Cinco aproximaciones a la soledad y al silencio

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1: August Strindberg / 2: Erling Kagge / 3: Pablo d’Ors /
4: John Cage / 5: Olivia Laing

Por Emma Rodríguez © 2017 / El futuro que han augurado tantas obras de ciencia ficción, el futuro de la velocidad, la fatiga de información y la conexión permanente, ya está aquí. Avanzamos a un ritmo imparable marcado por la tecnología, pero eso no impide que la desigualdad crezca, que en muchos de los países que habitamos se atraviesen etapas de regresión en cuanto a derechos y libertades. Sentimos que no son los artefactos más avanzados los que proporcionan plenitud a la vida. ¿Qué nos falta a los hombres y mujeres del siglo XXI; qué sentimos que nos han arrebatado; en qué punto del camino perdimos la perspectiva?

El silencio, la desconexión, la disponibilidad de tiempo para parar, para contemplar, el cultivo de la lentitud, son hoy los grandes lujos, como señala el escritor y explorador noruego Erling Kagge. Poco a poco empezamos a tomar conciencia de la necesidad de recuperar esas cosas aparentemente tan sencillas, pero que resultan difíciles de rozar en las sociedades de la producción y el ansia de estímulos y bienes. Sin volver a ellas, sin cuidar los más pequeños gestos de humanidad, es imposible que las sociedades cambien. Quiero creer que cada vez somos más los que compartimos esta idea y por eso no me sorprende que ahora coincidan en las librerías ensayos de ayer y de hoy que se aproximan a la soledad y llaman a recuperar, en la medida de lo posible, la pausa, la meditación, el silencio. He aquí un recorrido hacia esas rutas tan valiosas en compañía de dos pioneros: Strindberg y John Cage y de tres autores actuales: el citado Erling Kagge, Pablo d´Ors y Olivia Laing. Sus pasos y sus miradas parten de lugares, de experiencias y análisis distintos, pero en sus caminos hay espacios de encuentro, aprendizajes y complicidades que os animo a descubrir.

1 / August Strindberg
El alegato de un hombre solo

La vida va en serio y es amarga, escribió August Strindberg en las primeras páginas de Solo, un relato confesional, a la manera de El paseo de Robert Walser, pero más sombrío. El gran dramaturgo, escritor, pintor y fotógrafo sueco, se centró en esta narración íntima a comienzos del siglo XX, ya en la cincuentena, cuando, tras un tercer fracaso matrimonial regresó a su ciudad natal, Estocolmo, y decidió entregarse al cultivo de la soledad. La frase anterior tiene que ver con el retorno a sus antiguas amistades y la constatación de lo distante que se sentía de ellas, de la falta de afinidad con sus cómplices de juventud. Tras varios intentos de reencuentro en el café, “metido hasta las orejas en las intrascendencias familiares de los demás”, consciente de que no hay verdadera comunicación, de que “cada cual se propone escuchar su propia voz”, el autor decide regresar a casa solo y en silencio para reencontrarse consigo mismo y sus preocupaciones más hondas, para envolverse en su propia “atmósfera espiritual”, en la que confiesa sentirse cómodo, “como cuando uno se pone ropa que le cae bien”.

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Es aquí, en el punto en el que declara el “gran placer” que le proporciona “oír el silencio y prestar atención a las voces nuevas que en él pueden sentirse”, cuando comienza la experiencia, la aventura, la búsqueda de Strindberg. Confieso, llegada a este punto –poco más de veinte páginas de recorrido– que pensaba encontrarme con un elogio del silencio, de la calma, pero nada más lejos de la realidad. Lo que entabla nuestro hombre en este libro es una batalla consigo mismo, una investigación sobre sus propios límites, sobre su resistencia a vivir sin compañía. No podía ser de otra manera tratándose de un hombre de naturaleza inconformista, víctima de crisis psicológicas constantes en las que se sentía perseguido y que siempre combatió a través de la creación, muy atento a la introspección en sus dramas y tormentos vitales, de los que dio cuenta en obras autobiográficas como Inferno o la novela Alegato de un loco.

Lo que entabla el dramaturgo noruego en este libro es una batalla consigo mismo, una investigación sobre sus propios límites, sobre su resistencia a vivir sin compañía. No podía ser de otra manera tratándose de un hombre de naturaleza inconformista, víctima de crisis psicológicas constantes.

La lectura de Solo permite una aproximación a este ser genial, atormentado e insatisfecho, que se convierte a sí mismo en objeto de observación y se dedica a anotar todas las emociones y sentimientos que lo embargan. La lectura de estas páginas, sorprendentes por su sinceridad, procuran un retrato bastante certero del creador, de sus inseguridades y sombras, también de sus aprendizajes en el camino de la vida, de esos pequeños asideros que va encontrando. Nos cuenta el autor de La señorita Julia, uno de sus dramas más conocidos, donde explora la confrontación entre los sexos, tema que recorre su obra, que habiendo podido comprarse una casa, ha optado por alquilársela a una viuda, porque “no poseer nada es una de las facetas de la libertad”, porque, “no poseer nada, no desear nada, es hacerse inmune a los peores golpes del destino”. Alardea de que en sus paseos matutinos se familiariza con desconocidos a los que no saluda porque no tiene trato personal con ellos, pero no permanece inmune a sus gestos y miradas de aprobación o desaprobación. Las meditaciones sobre lo que ve y sobre lo que siente y piensa en esa temporada de voluntaria soledad son los materiales con los que el dramaturgo sueco construye este relato tan peculiar. Y también están los sueños, donde percibe que mejor se refleja su interior.

Avanzamos por las páginas de esta entrega, en la que Strindberg se maneja muy bien con los claroscuros, entregados a las confesiones de un hombre huraño que parece desear estar al margen de todo, pero que, en el fondo, necesita saber que los otros le rodean. Os decía que se trata de un testimonio sombrío, y lo es, pero también os adelanto que reiréis con algunas de las ocurrencias, anécdotas y toques de humor del narrador, con su animadversión al perro del vecino, por ejemplo, con las historias que se inventa sobre lo que escucha y observa a través de las ventanas, con sus rarezas, en definitiva, las rarezas de un ser complejo, desequilibrado y altamente dotado para la creación, porque muchas de sus vivencias se convierten en relatos que adquieren distintas tonalidades, porque su forma de estar en el mundo es un permanente vuelo de la imaginación.

“Así pues, me quedo en casa y encuentro esto tranquilo. Se me antoja estar libre de las tempestades de la existencia.Me gustaría, eso sí, ser un poco más viejo, para no sentir ya las atracciones de la vida, pero creo que lo peor ya está superado”. Foto por Karina Beltrán (2015-2017).

Muchos de los temas, de las obsesiones de August Strindberg se reflejan en este breve libro. La crítica a los convencionalismos burgueses, a las instituciones, que tanto nutre su producción, se percibe en su repudio de la vida social, de sus normas, del juego de las apariencias, de lo políticamente correcto. “Verse obligado a cerrar los ojos por pura consideración, es una escuela de hipocresía. Acostumbrarse a callar el propio punto de vista, también por consideración, hace de uno un cobarde. Finalmente, asumir la culpa de acciones que uno no ha cometido, por mero afán de conservar la paz, te va degradando imperceptiblemente, hasta que por fin llega el día en que uno se siente una basura; no escuchar nunca una palabra de ánimo le roba a uno el valor y la autoestima. Y soportar las consecuencias de los errores de los otros te encorajina contra la gente y el orden imperante”.

Lo que he ganado con la soledad es poder decidir por mí mismo mi dieta espiritual (…) Me he liberado de leer libros que desprecio y de visitar exposiciones y admirar cuadros que no me gustan. En una palabra, soy dueño de mi alma en aquellos casos en los que uno tiene algún derecho de serlo, y puedo elegir mis simpatías y antipatías”, declara más adelante.

Hay momentos de estremecedora lucidez, de ahondamiento en la obra, pero, sobre todo, pequeñas historias cotidianas que adquieren valor por el juego introspectivo que realiza el autor. Por momentos, Strindberg puede resultar antipático (sus quejas ante el trato con los demás, su falta de empatía), pero, en mi caso, han sido más las veces en que me ha ganado la sensibilidad que se percibe tras la coraza, tras la distancia que entabla con el entorno. Por encima de todo, Solo, publicado en España por la editorial Mármara, es un testimonio sobre la creación, sobre la soledad creadora, que en este caso es llevada al extremo.

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El escritor da cuenta de sus paseos, de sus desacuerdos con el paisaje, que cada día se transforma, de la sensación que muchas veces experimenta de sentirse un extranjero en su propia ciudad. Pero todos los sinsabores desaparecen cuando se adentra en el mundo de la ficción. “Cuando llego a casa y me pongo ante mi mesa de escribir, revivo; y las energías que he ganado fuera, ya sea mediante la corriente alterna de las desarmonías o mediante la corriente continua de las armonías, se ponen ahora al servicio de mis diversos objetivos. Vivo, y vivo de forma múltiple, todas las vidas humanas que construyo: alegre con los alegres, malo con los malos, bueno con los buenos; abandono mi propia persona y hablo por boca de los niños, de las mujeres, de los viejos; soy rey y mendigo, soy el más encumbrado, el tirano, y el más despreciado, el perseguido enemigo del tirano; tengo todos los puntos de vista y profeso todas las religiones, vivo en todas las épocas y he dejado incluso de existir. Es un estado que proporciona una felicidad indescriptible”.

“Cuando llego a casa y me pongo ante mi mesa de escribir, revivo; y las energías que he ganado fuera, ya sea mediante la corriente alterna de las desarmonías o mediante la corriente continua de las armonías, se ponen ahora al servicio de mis diversos objetivos. Vivo, y vivo de forma múltiple, todas las vidas humanas que construyo…”,  escribe Strindberg en “Solo”.

La escritura y la lectura son las dos tablas de salvación de este hombre que aprendió a vivir con sus demonios interiores. En la obra que nos ocupa Strindberg declara su fascinación por Balzac, que le mostró el camino del “compromiso consigo mismo y con el pasado”, a través de la soledad, y cuya lectura ejerció sobre él una transformación. “Viendo a los seres humanos a través de su binóculo aprendí a contemplar la vida con los dos ojos, mientras que antes había mirado a través de un monóculo y visto con un solo ojo”, nos dice. Y más adelante: “De su mundo obtuve un nuevo punto de vista desde el que contemplar el mío, y tras recaídas y crisis, alcancé al final una suerte de reconciliación con el sufrimiento, pues a la vez descubrí que la tristeza y el dolor, habían quemado, por así decir, las impurezas del alma (…) Desde entonces acepté los posos amargos de la vida como una medicina, y comprendí que mi deber era sufrirlo todo, ¡menos la humillación y la esclavitud!”.

También reconoce nuestro protagonista deber a Balzac la búsqueda de una especie de cristianismo aconfesional que le lleva a buscar respuestas –revelaciones, iluminaciones– en la Biblia y en otros textos sagrados. Es mucho lo que nos ofrece este Strindberg tan dispuesto a entregar sus aprendizajes a lectores de todos los tiempos. En esta travesía que es Solo le vemos recorrer su propia vida, trasladarse a su ayer, con solo volver a recorrer calles o entrar en estancias que un día fueron suyas. En esta travesía que es Solo pasamos del desasosiego a la luz y la calma que el autor encuentra en la alegría que experimenta ante el amor, ante la felicidad de los otros. No quiero desvelaros nada de la bella historia de amor que nos regala al final, cuando, por fin, accede a compartir algo de su tiempo y sus emociones con un músico al que conoce por colaborar en sus montajes teatrales y que vive en el cuarto que él ocupó en el pasado. Si algo nos regala este libro es ese momento maravilloso en el que el escritor se siente dichoso por ser capaz de compartir la alegría del amigo, en esa habitación que un día le perteneció y donde, en soledad, ya en la etapa final de su camino, siente la plenitud de todas las etapas de su existencia a las espaldas. Entonces le escuchamos decir que “la lucha continuaba con más furia que nunca, más en serio y a mayor escala, ¡adelante, siempre adelante!”

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Solo, de August Strindberg, traducido por Manuel Abella, ha sido publicado por la editorial Mármara.

 


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