Por Emma Rodríguez © 2017 /
El futuro que han augurado tantas obras de ciencia ficción, el futuro de la velocidad, la fatiga de información y la conexión permanente, ya está aquí. Avanzamos a un ritmo imparable marcado por la tecnología, pero eso no impide que la desigualdad crezca, que en muchos de los países que habitamos se atraviesen etapas de regresión en cuanto a derechos y libertades. Sentimos que no son los artefactos más avanzados los que proporcionan plenitud a la vida. ¿Qué nos falta a los hombres y mujeres del siglo XXI; qué sentimos que nos han arrebatado; en qué punto del camino perdimos la perspectiva?
El silencio, la desconexión, la disponibilidad de tiempo para parar, para contemplar, el cultivo de la lentitud, son hoy los grandes lujos, como señala el escritor y explorador noruego Erling Kagge. Poco a poco empezamos a tomar conciencia de la necesidad de recuperar esas cosas aparentemente tan sencillas, pero que resultan difíciles de rozar en las sociedades de la producción y el ansia de estímulos y bienes. Sin volver a ellas, sin cuidar los más pequeños gestos de humanidad, es imposible que las sociedades cambien. Quiero creer que cada vez somos más los que compartimos esta idea y por eso no me sorprende que ahora coincidan en las librerías ensayos de ayer y de hoy que se aproximan a la soledad y llaman a recuperar, en la medida de lo posible, la pausa, la meditación, el silencio. He aquí un recorrido hacia esas rutas tan valiosas en compañía de dos pioneros: Strindberg y John Cage y de tres autores actuales: el citado Erling Kagge, Pablo d´Ors y Olivia Laing. Sus pasos y sus miradas parten de lugares, de experiencias y análisis distintos, pero en sus caminos hay espacios de encuentro, aprendizajes y complicidades que os animo a descubrir.
1 / August Strindberg
El alegato de un hombre solo

“La vida va en serio y es amarga”, escribió August Strindberg en las primeras páginas de Solo, un relato confesional, a la manera de El paseo de Robert Walser, pero más sombrío. El gran dramaturgo, escritor, pintor y fotógrafo sueco, se centró en esta narración íntima a comienzos del siglo XX, ya en la cincuentena, cuando, tras un tercer fracaso matrimonial regresó a su ciudad natal, Estocolmo, y decidió entregarse al cultivo de la soledad. La frase anterior tiene que ver con el retorno a sus antiguas amistades y la constatación de lo distante que se sentía de ellas, de la falta de afinidad con sus cómplices de juventud. Tras varios intentos de reencuentro en el café, “metido hasta las orejas en las intrascendencias familiares de los demás”, consciente de que no hay verdadera comunicación, de que “cada cual se propone escuchar su propia voz”, el autor decide “regresar a casa solo y en silencio” para reencontrarse consigo mismo y sus preocupaciones más hondas, para envolverse en su propia “atmósfera espiritual”, en la que confiesa sentirse cómodo, “como cuando uno se pone ropa que le cae bien”.
Es aquí, en el punto en el que declara el “gran placer” que le proporciona “oír el silencio y prestar atención a las voces nuevas que en él pueden sentirse”, cuando comienza la experiencia, la aventura, la búsqueda de Strindberg. Confieso, llegada a este punto –poco más de veinte páginas de recorrido– que pensaba encontrarme con un elogio del silencio, de la calma, pero nada más lejos de la realidad. Lo que entabla nuestro hombre en este libro es una batalla consigo mismo, una investigación sobre sus propios límites, sobre su resistencia a vivir sin compañía. No podía ser de otra manera tratándose de un hombre de naturaleza inconformista, víctima de crisis psicológicas constantes en las que se sentía perseguido y que siempre combatió a través de la creación, muy atento a la introspección en sus dramas y tormentos vitales, de los que dio cuenta en obras autobiográficas como Inferno o la novela Alegato de un loco.
Lo que entabla el dramaturgo noruego en este libro es una batalla consigo mismo, una investigación sobre sus propios límites, sobre su resistencia a vivir sin compañía. No podía ser de otra manera tratándose de un hombre de naturaleza inconformista, víctima de crisis psicológicas constantes.
La lectura de Solo permite una aproximación a este ser genial, atormentado e insatisfecho, que se convierte a sí mismo en objeto de observación y se dedica a anotar todas las emociones y sentimientos que lo embargan. La lectura de estas páginas, sorprendentes por su sinceridad, procuran un retrato bastante certero del creador, de sus inseguridades y sombras, también de sus aprendizajes en el camino de la vida, de esos pequeños asideros que va encontrando. Nos cuenta el autor de La señorita Julia, uno de sus dramas más conocidos, donde explora la confrontación entre los sexos, tema que recorre su obra, que habiendo podido comprarse una casa, ha optado por alquilársela a una viuda, porque “no poseer nada es una de las facetas de la libertad”, porque, “no poseer nada, no desear nada, es hacerse inmune a los peores golpes del destino”. Alardea de que en sus paseos matutinos se familiariza con desconocidos a los que no saluda porque no tiene trato personal con ellos, pero no permanece inmune a sus gestos y miradas de aprobación o desaprobación. Las meditaciones sobre lo que ve y sobre lo que siente y piensa en esa temporada de voluntaria soledad son los materiales con los que el dramaturgo sueco construye este relato tan peculiar. Y también están los sueños, donde percibe que mejor se refleja su interior.
Avanzamos por las páginas de esta entrega, en la que Strindberg se maneja muy bien con los claroscuros, entregados a las confesiones de un hombre huraño que parece desear estar al margen de todo, pero que, en el fondo, necesita saber que los otros le rodean. Os decía que se trata de un testimonio sombrío, y lo es, pero también os adelanto que reiréis con algunas de las ocurrencias, anécdotas y toques de humor del narrador, con su animadversión al perro del vecino, por ejemplo, con las historias que se inventa sobre lo que escucha y observa a través de las ventanas, con sus rarezas, en definitiva, las rarezas de un ser complejo, desequilibrado y altamente dotado para la creación, porque muchas de sus vivencias se convierten en relatos que adquieren distintas tonalidades, porque su forma de estar en el mundo es un permanente vuelo de la imaginación.

Muchos de los temas, de las obsesiones de August Strindberg se reflejan en este breve libro. La crítica a los convencionalismos burgueses, a las instituciones, que tanto nutre su producción, se percibe en su repudio de la vida social, de sus normas, del juego de las apariencias, de lo políticamente correcto. “Verse obligado a cerrar los ojos por pura consideración, es una escuela de hipocresía. Acostumbrarse a callar el propio punto de vista, también por consideración, hace de uno un cobarde. Finalmente, asumir la culpa de acciones que uno no ha cometido, por mero afán de conservar la paz, te va degradando imperceptiblemente, hasta que por fin llega el día en que uno se siente una basura; no escuchar nunca una palabra de ánimo le roba a uno el valor y la autoestima. Y soportar las consecuencias de los errores de los otros te encorajina contra la gente y el orden imperante”.
“Lo que he ganado con la soledad es poder decidir por mí mismo mi dieta espiritual (…) Me he liberado de leer libros que desprecio y de visitar exposiciones y admirar cuadros que no me gustan. En una palabra, soy dueño de mi alma en aquellos casos en los que uno tiene algún derecho de serlo, y puedo elegir mis simpatías y antipatías”, declara más adelante.
Hay momentos de estremecedora lucidez, de ahondamiento en la obra, pero, sobre todo, pequeñas historias cotidianas que adquieren valor por el juego introspectivo que realiza el autor. Por momentos, Strindberg puede resultar antipático (sus quejas ante el trato con los demás, su falta de empatía), pero, en mi caso, han sido más las veces en que me ha ganado la sensibilidad que se percibe tras la coraza, tras la distancia que entabla con el entorno. Por encima de todo, Solo, publicado en España por la editorial Mármara, es un testimonio sobre la creación, sobre la soledad creadora, que en este caso es llevada al extremo.
El escritor da cuenta de sus paseos, de sus desacuerdos con el paisaje, que cada día se transforma, de la sensación que muchas veces experimenta de sentirse un extranjero en su propia ciudad. Pero todos los sinsabores desaparecen cuando se adentra en el mundo de la ficción. “Cuando llego a casa y me pongo ante mi mesa de escribir, revivo; y las energías que he ganado fuera, ya sea mediante la corriente alterna de las desarmonías o mediante la corriente continua de las armonías, se ponen ahora al servicio de mis diversos objetivos. Vivo, y vivo de forma múltiple, todas las vidas humanas que construyo: alegre con los alegres, malo con los malos, bueno con los buenos; abandono mi propia persona y hablo por boca de los niños, de las mujeres, de los viejos; soy rey y mendigo, soy el más encumbrado, el tirano, y el más despreciado, el perseguido enemigo del tirano; tengo todos los puntos de vista y profeso todas las religiones, vivo en todas las épocas y he dejado incluso de existir. Es un estado que proporciona una felicidad indescriptible”.
“Cuando llego a casa y me pongo ante mi mesa de escribir, revivo; y las energías que he ganado fuera, ya sea mediante la corriente alterna de las desarmonías o mediante la corriente continua de las armonías, se ponen ahora al servicio de mis diversos objetivos. Vivo, y vivo de forma múltiple, todas las vidas humanas que construyo…», escribe Strindberg en «Solo».
La escritura y la lectura son las dos tablas de salvación de este hombre que aprendió a vivir con sus demonios interiores. En la obra que nos ocupa Strindberg declara su fascinación por Balzac, que le mostró el camino del “compromiso consigo mismo y con el pasado”, a través de la soledad, y cuya lectura ejerció sobre él una transformación. “Viendo a los seres humanos a través de su binóculo aprendí a contemplar la vida con los dos ojos, mientras que antes había mirado a través de un monóculo y visto con un solo ojo”, nos dice. Y más adelante: “De su mundo obtuve un nuevo punto de vista desde el que contemplar el mío, y tras recaídas y crisis, alcancé al final una suerte de reconciliación con el sufrimiento, pues a la vez descubrí que la tristeza y el dolor, habían quemado, por así decir, las impurezas del alma (…) Desde entonces acepté los posos amargos de la vida como una medicina, y comprendí que mi deber era sufrirlo todo, ¡menos la humillación y la esclavitud!”.
También reconoce nuestro protagonista deber a Balzac la búsqueda de una especie de cristianismo aconfesional que le lleva a buscar respuestas –revelaciones, iluminaciones– en la Biblia y en otros textos sagrados. Es mucho lo que nos ofrece este Strindberg tan dispuesto a entregar sus aprendizajes a lectores de todos los tiempos. En esta travesía que es Solo le vemos recorrer su propia vida, trasladarse a su ayer, con solo volver a recorrer calles o entrar en estancias que un día fueron suyas. En esta travesía que es Solo pasamos del desasosiego a la luz y la calma que el autor encuentra en la alegría que experimenta ante el amor, ante la felicidad de los otros. No quiero desvelaros nada de la bella historia de amor que nos regala al final, cuando, por fin, accede a compartir algo de su tiempo y sus emociones con un músico al que conoce por colaborar en sus montajes teatrales y que vive en el cuarto que él ocupó en el pasado. Si algo nos regala este libro es ese momento maravilloso en el que el escritor se siente dichoso por ser capaz de compartir la alegría del amigo, en esa habitación que un día le perteneció y donde, en soledad, ya en la etapa final de su camino, siente la plenitud de todas las etapas de su existencia a las espaldas. Entonces le escuchamos decir que “la lucha continuaba con más furia que nunca, más en serio y a mayor escala, ¡adelante, siempre adelante!”
Solo, de August Strindberg, traducido por Manuel Abella, ha sido publicado por la editorial Mármara.
2 / Erling Kagge
“El silencio es el nuevo lujo”
Por Emma Rodríguez © 2017 / En el tiempo de las prisas, de la velocidad, cuando parece que todo se reduce a producción y consumo, el escritor, explorador y editor noruego Erling Kagge nos dice que “el silencio es el nuevo lujo”. Lo hace en un sugerente e inspirador ensayo, El silencio en la era del ruido (Taurus), que lleva como subtítulo El placer de evadirse del mundo. Cuando este hombre, que, en el equipaje de sus experiencias guarda los cincuenta días que pasó, en completa soledad, caminando por la Antártida, se refiere a la importancia del silencio en nuestras vidas, nos habla de la necesidad de desconectar, de parar, de contemplar, de seguir siendo niños capaces de descubrir, de maravillarse, de preguntar, no meramente seres atareados, movidos por el ajetreo y la ambición, por el ansia de ganar, de tener.

Primero fue el intento del autor de hacer comprender a sus hijas de trece, dieciséis y diecinueve años, durante una cena familiar, todo esto, ante la constatación de que cada vez se asombraban menos y cuando lo hacían sacaban “rápidamente el móvil para encontrar respuestas”. Después fue el ofrecimiento de una conferencia en la universidad de Saint Andrews, en Escocia, con un tema de libre elección. Podría haber optado por relatar uno de sus viajes a los confines de la tierra, pero decidió sacar la conversación citada del ámbito íntimo del hogar para acercarla a más gente, ávido por seguir reflexionando sobre el silencio. ¿Qué es? ¿Dónde está? ¿Por qué es más importante que nunca? De esas tres cuestiones nació el libro que ahora tengo entre las manos y que nos invita a no dejarnos dominar por un presente altamente tecnológico, que nos enriquece, sin duda, pero que al mismo tiempo, si no somos capaces de tomar el control, nos ciega y nos aleja de lo esencial.
Kagge se refiere al silencio que llevamos dentro, un silencio que nos hace tomar conciencia de quiénes somos y en qué punto del camino estamos. ¿Aún nos maravillamos? es una pregunta esencial. A través de su propia experiencia, contada de manera sencilla, con claridad, el ensayista anima a sus lectores a hacerse la pregunta. Y yo la amplío: ¿Nos maravillamos, somos capaces de contemplar, de escuchar, de vivir, o simplemente, como me decía en una entrevista Antonio Lobo Antunes somos gente que se sienta en el hielo? Recuerdo las palabras del escritor portugués mientras paso las páginas de este libro. “Somos casas con muchas habitaciones, pero sólo somos capaces de vivir en dos o tres. Tenemos mucho miedo a lo que está dentro de nosotros”. A la misma conclusión llega nuestro autor a través de la lectura de un poemario de su compatriota Jon Fosse, una lectura que le afecta hasta tal punto que descuelga el teléfono y llama al creador para charlar acerca del silencio.
Erling Kagge se refiere al «silencio que llevamos dentro», un silencio que nos hace tomar conciencia de quiénes somos y en qué punto del camino estamos. ¿Aún nos maravillamos? es una pregunta esencial.
“Es el silencio el que tiene que hablar”, le transmitió Fosse. “El silencio conlleva el hecho de maravillarse, pero también le es inherente una suerte de poderío, es como un mar, sí, como una gran extensión nevada. Y quien no se maravilla ante ese poderío es porque le tiene miedo. Seguramente sea esa la razón por la que muchas personas temen el silencio (y por eso hay hilo musical por todas partes y por encima de todo otro ruido)”.
Es ese miedo al que se refiere el poeta el que nos hace dejar de estar presentes en nuestras propias vidas, el que nos conduce a estar siempre ocupados, haciendo cosas, moviéndonos. Evitamos el silencio y vivimos a través de cada cosa que hacemos, en lugar de detenernos y aislarnos del mundo por momentos, se plantea, en primera persona, Erling Kagge. Y nos dice: “Creo que el miedo al que Fosse no pone palabras es el temor a conocerse mejor a uno mismo. Evitar eso huele a cobardía”.
“Otra forma de lujo es estar inaccesible”, comenta en otro momento el autor. “Poder alejarse del ruido cotidiano es un privilegio (…) no estar pendiente de los mensajes ni atender al teléfono cuando suena”, nos dice y constata que “el ruido también es un índice de las diferencias sociales”. Sigamos su argumentación: “Los trabajadores peor remunerados sufren por lo general más ruido en su entorno laboral que las personas con salarios altos, y las paredes de sus viviendas están peor aisladas de los vecinos. La gente acomodada vive en lugares con menos ruido y aire más limpio, sus coches son más silenciosos, al igual que sus lavadoras. Tienen más tiempo libre y comen alimentos más naturales y saludables. El silencio se ha convertido en parte de esa brecha que otorga a algunos la posibilidad de una vida más larga, más sana y más rica que la de la mayoría de las personas”.

También en los matices del silencio, en la posibilidad o imposibilidad de acceder a él, se percibe la desigualdad. Doy vueltas a esta reflexión, y confieso que, pese a mi identificación con el discurso, con el espíritu que impregna la obra, mientras leía determinados pasajes en los que el autor –no olvidemos que es nórdico, no olvidemos el bienestar de los países nórdicos– habla de sus viajes, concretamente de uno a Sri Lanka para desconectar y hacer yoga, pensé que había que ser un privilegiado para detenerse a cultivar hasta ese punto el silencio, que nadie preocupado por sobrevivir, por pagar el alquiler cada mes, por conservar el trabajo y mantener a la familia, podía permitirse soñar con emprender rutas similares, ni siquiera plantearse meditar sobre la agresión del ruido y su incidencia en la calidad de vida. Pese a que me identificaba con el punto de partida, con la filosofía del ensayo, no dejaba de percibir cierto malestar.
Pero más adelante en el recorrido, el autor parece ser consciente de esto y se dirige al común de los mortales. “Crear las condiciones adecuadas para el silencio es una medida estupenda, pero a veces es complicado coger el coche para llegar a un lugar donde calmarte, hacer yoga y dar un paseo, o subir a un avión para relajarte en un retiro. A veces lo mejor de la vida es gratis. El silencio que yo tengo en mente se encuentra allí donde estamos siempre que nos conviene, dentro de nuestras cabezas y no supone ningún coste”, señala, aludiendo a los treinta placenteros minutos que tarda en ir caminando de su casa al trabajo, tiempo más que suficiente para aislarse del mundo.
«A veces lo mejor de la vida es gratis. El silencio que yo tengo en mente se encuentra allí donde estamos siempre que nos conviene, dentro de nuestras cabezas y no supone ningún coste”, señala el escritor y explorador noruego.
Antes os hablaba de la conversación telefónica que sostuvo Erling Kagge con el poeta Jon Fosse, una lectura inspiradora para él, igual que la del filósofo Lars F. H. Svendsen, también noruego, otro hombre de letras que le ayuda a ir aclarando sus búsquedas y pesquisas. A él recurre cuando se para a pensar en el tedio, en la sensación que puede invadirnos en situaciones concretas, cuando alguien no acude a una cita, cuando falta la actividad. Hay una definición para esas ocasiones, “pobreza de vivencias”, que hace referencia tanto a la escasez de sucesos, como al exceso de los mismos. “El problema”, argumenta entonces, partiendo de Svendsen, “es que insistimos en buscar vivencias cada vez más intensas en lugar de respirar hondo unas cuantas veces, aislarnos del mundo e invertir el tiempo en adquirir conocimientos. La idea de evitar el tedio por el procedimiento de hacer siempre cosas nuevas, de estar siempre disponibles, de enviar mensajes, seguir tecleando, ver algo que no hemos visto con anterioridad es ingenua (…) Mantenerse ocupado se convierte fácilmente en un fin per se, en lugar de dejar que el impulso del desasosiego sea el que nos guíe”.
Hay muchos más nombres y referencias en este libro. Parémonos, por ejemplo, en las enseñanzas de Heidegger, quien nos hace tomar conciencia de que no se trata de acortar las distancias sino de hallar la proximidad. “Según el polémico filósofo alemán, para alcanzarla, debemos acercarnos a la verdad, no a la tecnología”, nos dice Kagge, quien profundiza en la conversión de seres libres a seres convertidos en recursos para las grandes compañías tecnológicas. ¿Cómo deberíamos vivir?, se pregunta. Y reflexiona: “Durante miles de años, las personas que han vivido aisladas consigo mismas, como los monjes en las montañas, los eremitas, la gente de mar, los pastores de ovejas y los descubridores que regresan a casa, han tenido la certeza de que los descubrimientos de la vida se hallaban en el silencio. Esa es la cuestión. Cruzas el mar en un velero y al volver quizá sepas que aquello que ibas buscando se hallaba dentro de ti”.
Os invito a explorar los muchos paisajes, sugerencias, claros que ofrece este recorrido. Os animo a emprenderlo con el ánimo dispuesto, cómplice, abierto a seguir indagando a partir de sus búsquedas. Hallar un poco de sentido, de plenitud, en la vida, es el gran reto, el camino, el aprendizaje. “Compartir las alegrías es muy grato”, señala Kagge, quien nos anima a hacerlo, y también a desconectar, a meditar, a lanzarnos al camino como exploradores dispuestos a descubrir nuestros paisajes interiores con sus llanuras y abismos. Probemos a dejar atrás las urgencias, las noticias, la actualidad acuciante, las presiones. A la vuelta, lo más probable, es que todo siga igual, en su sitio. “El silencio consiste en redescubrir la alegría de tomarse una pausa”, sigo recuperando frases que he subrayado. Y por último: “La vida es más emocionante cuando damos un poco de rienda suelta a los sentimientos. Siento, y además pienso, luego existo”.
El silencio en la era del ruido de Erling Kagge ha sido publicado por Taurus, traducido por Carmen Montes Cano.
3 / Pablo d’Ors
El camino de la meditación
Por Emma Rodríguez © 2017 / Si hay un libro que debería leer toda persona interesada en el arte del “bienser”, término que tomo del filósofo Emilio Lledó, es Biografía del silencio, de Pablo d’Ors. El ejemplar que tengo entre las manos, publicado por Siruela, es parte de una 25 edición (100.000 ejemplares vendidos). Pocas veces recurro a cifras para resaltar la valía de una obra, pero en este caso me alegra. Que una entrega así llegue a tanta gente me parece alentador. Este escritor y sacerdote, designado por el papa Francisco asesor cultural del Vaticano y que representa la corriente del catolicismo humanista, abierto y crítico, consigue en apenas 110 páginas, que el lector dormido empiece a percibir que el camino hacia la plenitud en la vida no está en los dogmas que venden los gurús del neoliberalismo, al tiempo que refuerza las convicciones del que ya ha despertado hacia otras posturas vitales.

Última parte de una trilogía sobre el silencio que se inició con El amigo del desierto y prosiguió con El olvido de sí, este breve y ameno manual, que parte de las experiencias del autor, logra interesar en el cultivo de la meditación a los inexpertos y afirma en su práctica a los ya iniciados. Convencen sus búsquedas, sus argumentos, expresados con un lenguaje cercano, transparente. En la línea de las búsquedas de Erling Kagge, nuestro anterior protagonista, se encuentra esta Biografía del silencio, pero D’Ors añade una mayor profundidad y espiritualidad, acota el marco, el espacio de reflexión, pues la meditación se convierte en la fuente de la que brotan todas las reflexiones, hallazgos, puertos de llegada.
El objetivo de la meditación es reconciliarnos con lo que somos, nos dice el autor, explicando todas las dificultades de algo aparentemente tan sencillo como sentarse, respirar y volcarse hacia dentro, hacia esa “flora y fauna interiores”, que se enriquecen a través de la observación constante. Yo, que, sin ser demasiado disciplinada en la práctica, siento la necesidad de meditar a menudo, puedo corroborar esa dificultad, así como los impagables beneficios que se obtienen: la sensación de limpiar la mente, de sumergirse en cada instante, borrando todo lo demás; la gratitud ante el paisaje de la calma que se percibe… Pero, mejor, escuchemos y sigamos a Pablo D’Ors: “La cantidad de experiencias y su intensidad solo sirve para aturdirnos. Vivir demasiadas experiencias suele ser perjudicial”, nos dice. Y añade: “No creo que el hombre esté hecho para la cantidad sino para la calidad. Las experiencias, si vive uno para coleccionarlas, nos zarandean, nos ofrecen horizontes utópicos, nos emborrachan y confunden… Ahora diría que incluso cualquier experiencia, aun la de apariencia más inocente, suele ser demasiado vertiginosa para el alma humana, que solo se alimenta si el ritmo de lo que se le brinda es pausado”.
El objetivo de la meditación es reconciliarnos con lo que somos, nos dice el autor, explicando todas las dificultades de algo aparentemente tan sencillo como sentarse, respirar y volcarse hacia dentro, hacia esa “flora y fauna interiores”, que se enriquecen a través de la observación constante.
Pausa, calma, son palabras refrescantes en sociedades como las actuales, que propugnan todo lo contrario, donde no entregarse al trabajo remunerado, no estar constantemente en acción, incluso puede llegar a levantar suspicacias, cuando menos extrañeza. “Hoy sé que conviene dejar de tener experiencias, sean del género que sean, y limitarse a vivir: dejar que la vida se exprese tal cual es (…) La verdadera vida está detrás de lo que nosotros llamamos vida. No viajar, no leer, no hablar…: todo eso es casi siempre mejor que su contrario para el descubrimiento de la luz y de la paz”.
No se trata de apartarse de actividades tan placenteras como la lectura, los viajes, las conversaciones, pero siempre que estos no nos alejen de la observación de los sentimientos, de las emociones, de todo lo que sucede por dentro: el viaje, la aventura interior. “El silencio mismo es una auténtica revelación”, señala el filósofo. Pero, siguiendo sus palabras, eso es únicamente “el marco o el contexto que posibilita todo lo demás (…) la vida misma que transcurre, nada en especial”. Nada en especial o “todo”, aclara a continuación quien se define como un «occidental hasta la médula” (un occidental que se dejó cautivar por las enseñanzas orientales) y que explica su camino, el modo en que llegó a percibir que podía “estar sin pensar, sin proyectar, sin imaginar; estar sin aprovechar, sin rendir: un estar en el mundo, un con-fundirme con él, un ser del mundo y el mundo mismo sin las cartesianas divisiones o distinciones a las que tan acostumbrado estaba por mi formación”.
“Todo lo que haces a los demás seres y a la naturaleza te lo haces a ti. Mediante la meditación se me ha ido revelando el misterio de la unidad”, apunta más adelante D’Ors. Y ahora que repaso estas palabras no puedo dejar de relacionarlas con Arundhati Roy, que en El ministerio de la felicidad suprema, su última novela, tiene el propósito de estar en todo y en todos, emprender con sus personajes la senda de la compasión. Nuestro pensador, insisto, comparte las mismas fuentes que la autora india y, en el trayecto comprueba que empieza a experimentar un amor progresivo por la naturaleza, cuyo contacto necesita cada vez más, así como los retiros en soledad, la alimentación saludable, el cultivo de amistades más afines (es uno de los fundadores del colectivo Amigos del Desierto, cuyo propósito es difundir y profundizar en la meditación).

Podemos definir, pues, este libro, como un viaje personal, espiritual, transformador, y también como una invitación, un acto generoso, en la medida en que comparte sus enriquecedores hallazgos, incluidos los propios errores, con los demás. Así, confiesa el autor que empezó a meditar porque su deseo de triunfar como escritor, de alcanzar el prestigio, le impedían disfrutar, le arrebataban la quietud; porque era consciente de que no debía cifrar su felicidad en el alcance de esa meta, de esa expectativa tan poco fiable.
Podemos inscribir este libro, como decía al principio, en la estela de los que ayudan a alcanzar el “bienser”. “La meditación es una disciplina para acrecentar la confianza. Uno se sienta, ¿y qué hace? Confía. La meditación es una práctica de la espera. Pero ¿qué se espera realmente? Nada y todo (…) Por ser no utilitaria o gratuita, esa espera o confianza se convierte en algo neta y genuinamente espiritual”, vamos leyendo, y en un momento dado nos enfrentamos a una pregunta clave: “¿Qué ha pasado para que nos hayamos perdido tanto? ¿Qué ha sucedido para que ya no nos reconozcamos en lo más genuinamente humano?”
Podemos definir «Biografía del silencio» como un viaje personal, espiritual, transformador, y también como una invitación, un acto generoso, en la medida en que su autor comparte sus enriquecedores hallazgos, incluidos los propios errores, con los demás.
Biografía del silencio es una de esas obras que nos ayudan a encontrar respuestas, si de verdad nos interesa y estamos abiertos a ello (no serán pocos los que prefieran mirar para otro lado ante propuestas así). Pablo d’Ors señala el camino y apunta hacia la compasión, la generosidad, la entrega a los otros como asideros y maneras de hallar un sentido. Mirar hacia dentro para salir fuera con capacidad de amar a los demás y de amar el planeta en el que vivimos.
Son muchas las revelaciones de este libro que nos anima a parar, a mirar, a sonreír, a no huir de la tristeza, a aceptarla, del mismo modo que la desgracia, como partes del crecimiento que es toda vida. Os animo a quienes me estáis leyendo, si aún no lo habéis hecho, a recorrerlo. Tal vez sintáis el mismo agradecimiento que yo al ir pasando sus páginas. Me limitaré, en este tramo final, a transcribir algunos fragmentos que he ido subrayando, pasajes especialmente certeros e inspiradores:
– “Ganaríamos mucho si en lugar de enjuiciar las cosas, las afrontáramos. Nuestras cabalas mentales no solo nos hacen perder un tiempo muy precioso, sino que por su causa perdemos también la ocasión para transformarnos (…) Pensamos mucho la vida, pero la vivimos poco. Ese es mi triste balance...”
– “A los seres humanos nos caracteriza un desmedido afán por poseer cosas, ideas, personas, ¡somos insaciables! La meditación enseña en cambio que cuando no se tiene nada, se dan más oportunidades al ser (…) Conviene dejar de una vez por todas de desear cosas y de acumularlas; conviene comenzar a abrir los regalos que la vida nos hace para, acto seguido, simplemente disfrutarlos...”
– “De un modo u otro, al meditar se trabaja con el material de la propia vulnerabilidad. Y uno siempre tiene la impresión de estar comenzando desde cero: la propia casa no parece dejar de construirse nunca; cree uno estar permanentemente reforzando los cimientos...”
– “En la meditación escucho que no debo privarme de nada, puesto que todo es bueno. La vida es un viaje espléndido, y para vivirla solo hay una cosa que debe evitarse: el miedo (…) La vida es todo menos segura, pese a nuestros absurdos intentos para que lo sea. O se vive o se muere, pero quien decide lo primero debe aceptar el riesgo…”
– “La práctica de la meditación puede seguramente resumirse en saber estar aquí y ahora. No otro lugar, no otro tiempo (…) Queremos estar con nosotros: nuestra inconsciencia habitual lo rehúye, pero nuestra conciencia más honda lo sabe (…) Cuesta mucho bajar a esas profundidades donde late esta sabiduría; la mayoría de las personas que conozco no frecuenta esta zona de su ser jamás. Hasta ignoran que exista algo así. También hay quien se mofa de quienes hablamos en estos términos. Estos últimos son, por lo general, ratas de biblioteca; solo han leído, no han vivido, piensan que el mundo cabe en una categoría mental”.
Biografía del silencio, de Pablo d’Ors, ha sido publicado por Siruela en su colección Biblioteca de Ensayo.
4 / John Cage
Lecciones de música y de vida
Por Emma Rodríguez © 2017 / Hace años asistí en Santa Cruz de Tenerife a una representación muy especial de 4’33, la pieza silenciosa del compositor de vanguardia norteamericano John Cage y consiguió sorprenderme hasta tal punto que se ha quedado grabada en mi memoria como un momento revelador. No recuerdo muy bien lo que pasó allí, pero sí que me resultó insólito, como un anticipo de algo, tal vez de los efectos que se logran con la meditación, con los blancos campos de silencio que se abren en la mente cuando conseguimos parar o dejar que todo suceda, que todo fluya. Los ruidos de la calle, el llanto de un niño, determinados sonidos fugaces, llegan a mí tanto tiempo después y me veo, nuevamente, sentada en el suelo, con apenas luz, rodeada de gente expectante, viviendo y sintiendo la experiencia sin preguntarme nada más. Los cuestionamientos y reflexiones vendrían después.

Hace poco, mientras leía la última novela de Paul Auster, 4 3 2 1, recuperé esa vivencia y descubrí la existencia de un libro donde se recogen todas las investigaciones, conferencias y reflexiones en torno al camino que le llevó a fraguar esa composición tan irreverente, extraña, a contracorriente, que muchos no dudaron en vilipendiar, en catalogar como una broma, sin entender que el autor estaba experimentando, rompiendo los dogmas musicales, abriendo nuevos cauces, gritando que siempre es posible, y liberador, avanzar, mirar, sentir, observar, escuchar de otra manera. Su título no podía ser otro: Silencio. A él se refiere Auster, a través de Archie Ferguson, el protagonista en cuatro tiempos de su novela, como una lectura transformadora, del mismo modo que Walden de Thoreau y Crimen y castigo de Dostoievski, dos obras que también han contribuido a cambiar mi mirada. Un tratado sobre cómo pensar, así define el escritor esta obra. Ante la misma su personaje siente que “un viento tempestuoso y purificador soplaba por su cerebro limpiando la basura allí acumulada, que estaba en presencia de un hombre sin miedo a hacer preguntas fundamentales, a empezar desde el principio y andar por un sendero por el que nadie había transitado antes”.
Teniendo en cuenta la afinidad con los gustos lectores de Auster/Ferguson, no paré hasta encontrar el ejemplar en español del libro. Tras varios intentos fallidos en las librerías, donde, según me dijeron, ya llevaba años descatologado, me encontré con la cuidada y bella edición de Árdora (2012) a través de Amazon. No puedo más que darle las gracias a Paul Auster y corroborar que, efectivamente, las casualidades, los azares, están a nuestro alcance. Mientras avanzaba por las páginas de Silencio fui consciente de lo mucho que habían inspirado al autor norteamericano en toda su obra y especialmente en 4 3 2 1, en su estructura basada en el juego de las probabilidades, de las combinaciones, de los imprevistos. Hay una frase de Cage que Auster destaca en la novela y que, en cierto modo, la explica: “El mundo es prolífico: puede ocurrir cualquier cosa”.
Son muchas las frases que queremos subrayar, guardar, mientras leemos este libro tan especial. Os recomiendo concentración y amplitud de miras antes de iniciar un recorrido que por momentos se vuelve intrincado, complejo, pero que nos regala fogonazos, impagables instantes de intensidad y de revelación, y, sobre todo, como dice Ferguson, la sensación de que la mente se limpia, se libera de falsos grumos, de prejuicios fijados, alzando el vuelo hacia paisajes menos trillados. En mi caso, los momentos más gozosos de lectura llegaron por las mañanas, muy temprano, cuando todo dormía y aún no habían irrumpido los ruidos, las presiones, las noticias…
Cuando sentía que la lectura no transcurría fluida, que determinados capítulos me aturdían, me resultaban obtusos –sobre todo los de letra excesivamente pequeña– cerraba el tomo y esperaba otra ocasión más propicia para volver a adentrarme en sus geografías, sin urgencias, tomándome tiempo y la libertad de abrir las páginas por el principio, por la mitad, por el final, saltándome determinados pasajes y volviendo a otros especialmente inspiradores, que me ofrecían hallazgos, luz, alegría.

Estamos ante un manual en el que Cage reúne sus investigaciones y experimentos sobre la música y el silencio, estudios y reflexiones que fue desgranando en conferencias, muchas veces destinadas al público universitario (entre las más conocidas su Conferencia sobre nada). Pero esta entrega también es un diario personal en el que el autor va apuntando anécdotas de sus días y de sus aprendizajes. De hecho, como cuenta, solía animar sus charlas públicas con pequeñas historias personales y enseñanzas extraídas de sus maestros zen, corriente budista que es clave en el territorio Cage. Espesura y ligereza; profundidad y humor… “Cage hace reflexiones muy profundas e intelectuales sobre el silencio”, señala Erling Kagge, otro de los protagonistas de este recorrido.
En la obra que nos ocupa nos encontramos con textos que son como aforismos a veces y otras como microrrelatos, con estructuras escritas que emulan las formas de las piezas musicales, con sus ritmos, sus silencios, sus estribillos, repeticiones… El compositor nos habla de música, pero todo lo que nos transmite nos sirve para la vida, nos motiva a emprender el aprendizaje esencial: “simplemente estar”. El azar y la imperfección están presentes en la música; en su compañía se mueve, avanza, la existencia. Nada está preconcebido. Todo “son ocasiones para la experiencia”, nos dice, animándonos en todo momento a la indeterminación, a no seguir pautas establecidas, a jugar, a mover piezas, a remover, a aceptar el cambio, la transformación, a que todo está sujeto.
En «Silencio» John Cage reúne sus investigaciones y experimentos sobre la música, estudios y reflexiones que fue desgranando en conferencias, muchas veces destinadas al público universitario. Pero la entrega también es un diario personal en el que el autor va apuntando anécdotas de sus días y de sus aprendizajes.
Os animo a seguir las palabras, las interpretaciones sobre la vida, de John Cage. Yo he ido subrayando fragmentos y fragmentos de discurso que me han regalado esa alegría de la que hablaba antes, la alegría que depara estar ante verdades de las que no teníamos conciencia y que nos mueven a la comprensión, a la aceptación, a la acción. “Hay una incalculable infinidad de causas y efectos, en realidad todas y cada una de las cosas en el tiempo y el espacio tienen relación con todas las demás cosas en el tiempo y el espacio. Así pues no hay necesidad de proceder cautelosamente en términos dualistas de éxito y fracaso o de belleza y fealdad o de bien y mal, sino simplemente seguir adelante “sin preguntarse”, siguiendo al maestro Eckhart, “si tengo razón o estoy haciendo algo mal”, seguimos a Cage.
Y continuamos a su lado cuando nos dice: “Todos somos héroes si aceptamos lo que viene, sin que sea perturbada nuestra alegría interior”. Y cuando analiza la obra del expresionista abstracto John Rauschenberg, que tanto le influyó: sus pinturas blancas y negras, su permanente estado de búsqueda, de experimentación, nos dice: “la belleza está bajo nuestros pies dondequiera que nos molestemos en mirar”. Y más adelante: “Una y otra vez me ha resultado imposible memorizar las pinturas de Rauschenberg. Pregunto continuamente: “¿La has cambiado?” Y entonces noto que cambia mientras miro...”
Son ejemplos de las inspiraciones de las que da cuenta este hombre que en sus escritos rinde homenaje a todos aquellos que le han influenciado y le han ayudado a seguir su camino. He aludido a Rauschenberg, al maestro Ekchart, místico alemán del siglo XIII que se convierte en una referencia constante. Pero en el trayecto nos encontramos también con figuras como Joseph Campbell y sus libros sobre filosofía y mitología, con compositores como Arnold Schömberg, quien fuera uno de sus maestros, Stravinski, Debussy, Satie, Pierre Boulez… y compañeros en la ruta de la experimentación como Virgil Thomson, Morton Feldman, Earle Brown, Christian Wolff, Edgard Varèse, Ben Weber y Alexei Haieff, entre otros. Del mismo modo nos aproxima Cage a las experiencias que marcan el camino de sus ideas, de sus composiciones, de sus teorías sobre los ruidos y el silencio, así el libro de las mutaciones chino (I Ching), que tanto le ayuda en el juego de las combinaciones; su visita a una cámara anecoica, completamente aislada del exterior, que es donde comprueba que el absoluto silencio no existe, que siempre estamos acompañados de los sonidos de nuestro cuerpo, del ruido del sistema nervioso en funcionamiento, de la sangre circulando. “Hasta que muera habrá sonidos. Y estos continuarán después de mi muerte. No es necesario preocuparse por el futuro de la música”, señalaba.
Su visita a una cámara anecoica, completamente aislada del exterior, le mostró que el absoluto silencio no existe, que siempre estamos acompañados de los sonidos de nuestro cuerpo, del ruido del sistema nervioso en funcionamiento, de la sangre circulando.
“En esta nueva música nada sucede excepto sonidos: los que están sobre el pentagrama y los que no. Los que no lo están aparecen en la música escrita como silencios, abriendo así las puertas de la música a los sonidos del ambiente. Esta apertura existe en los campos de la escultura y la arquitectura modernas. Las casas de cristal de Mier van der Roher reflejan lo que les rodea, presentando al ojo imágenes de nubes, de árboles o de hierba. Y si miramos las estructuras en alambre del escultor Richard Lippold, es inevitable ver otras cosas, y también personas, si están allí en ese momento, a través de la red de alambres. El espacio y el tiempo vacíos no existen. Siempre hay algo que ver, algo que oír. En realidad, por mucho que intentemos hacer un silencio, no podemos”, transcribo este párrafo que, a modo de resumen, tanto nos dice de las investigaciones del compositor y de su apertura a todas las disciplinas de la creación artística.
Hay muchas otras vertientes interesantes en Silencio, una obra, como decía antes, abierta a las búsquedas espirituales, que nos estimula a observar, a mirar de otra manera, a “seguir adelante, a través de numerosas situaciones de riesgo”, convirtiéndose también en una crítica al ansia de posesiones, a las sociedades capitalistas. Os he contado mucho, pero me da la impresión de haber dejado muchas cosas en el tintero. Este Silencio, de John Cage, es un libro escurridizo, que cambia según lo miramos, según quien lo mire. Apenas me he referido a las pequeñas historias que va contando, observaciones sagaces, impregnadas de humor, en muchas de las cuales recurre a las lecciones y actitudes de su gran guía, el maestro zen Suzuki, filósofo japonés, uno de los introductores del movimiento en Occidente. Seguro que disfrutaréis de todo ello.

Silencio de John Cage, traducido por Marina Pedraza, con epílogo de Juan Hidalgo, ha sido editado por Árdora.
5 / Olivia Laing
Con Hopper, Warhol y demás en la ciudad solitaria
Por Emma Rodríguez © 2017 / Empezamos este recorrido hablando de la soledad creativa con August Strindberg y lo acabamos volviendo a la soledad, de la mano de la autora británica Olivia Lang y su ensayo La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo (Capitán Swing). Se trata de un interesantísimo trayecto que parte de la propia biografía de Lang, de su extrema soledad en Nueva York en una etapa de crisis vital, para trazar un puente con distintos creadores que experimentaron situaciones de indefensión, de carencia, de locura, de aislamiento, levantando su obra con los materiales emocionales de todo ello. La soledad llevada a sus límites, motivadora de expresiones artísticas que buscan llenar su vacío, es el hilo que hermana en esta entrega los destinos de Edward Hopper, Andy Warhol, David Wojnarowicz, Henry Darger, Klaus Nomi (el cantante mutante) y Josh Harris, precursor de la era de las redes sociales, con apariciones estelares de figuras como Basquiat, Billie Holliday y Greta Garbo, entre otras.

La ensayista comienza reflexionando, a raíz de la lectura de Virginia Woolf, sobre hasta qué punto la soledad no nos lleva a preguntarnos lo que significa estar vivos y narra cómo ante sus angustiosas vivencias siente la necesidad de buscar e investigar sobre otros pobladores de esa gran, inmensa, ciudad de soledades. Escuchando una canción de Dennis Wilson, un tema incluido en el álbum Pacific Ocean Blue, se encuentra con una frase altamente inspiradora: “La soledad es un lugar muy especial” y reconoce, que pese a que no le resultó fácil asumirlo, estaba enfrentándose a una situación “en absoluto inútil”, capaz de llegar “al corazón de lo que necesitamos y valoramos”.
“Son muchas las cosas maravillosas que han salido de la ciudad solitaria: cosas forjadas en soledad, pero también cosas que sirven para curarla”, señala Laing antes de iniciar este itinerario, este mapa de la soledad, como ella lo denomina, que empezó a construir por interés y por la necesidad de “comprender lo que significa estar solo y cómo influye esta circunstancia en la vida de la gente”, aventurándose después a “cartografiar la complicada relación que existe entre la soledad y la creación”. Un mapa que resulta tan revelador como desasosegante, especialmente atractivo por ser un lugar de encuentro con artistas que lograron superar el dolor, el rechazo por ser diferentes, a través de la imaginación, de la invención de mundos paralelos, lejos de la realidad circundante.
Olivia Laing antes empezó a construir su mapa de la soledad por interés y por la necesidad de “comprender lo que significa estar solo y cómo influye esta circunstancia en la vida de la gente”, aventurándose después a “cartografiar la complicada relación que existe entre la soledad y la creación”.
En este caso la soledad no es algo placentero, anhelado en medio de los ruidos de las urbes en las que vivimos, donde apenas hay tiempo para disfrutar de momentos de desconexión, para observar, para buscar el silencio y meditar. En este caso el recorrido nos dice más acerca de lo angustioso y negativo de una experiencia que se puede convertir en motor, en impulso de búsqueda. “¿Qué se siente al estar solo? Es una sensación parecida al hambre mientras alrededor todo el mundo se prepara para un banquete. Produce vergüenza y miedo, y poco a poco estos sentimientos se irradian al exterior, de manera que la persona solitaria se aísla progresivamente, se distancia progresivamente (…) La soledad avanza, fría como el hielo y traslúcida como el cristal, y encierra en un abismo a quien la padece”, escribe la autora en las primeras páginas de un camino que se inicia con Edward Hopper.
El retrato del pintor es el que más se aproxima al de Strindberg. Ambos son consumados voyeurs. A ambos los vemos asomándose a ventanas ajenas, persiguiendo escenas, intentando atrapar la intimidad, los gestos secretos de otras vidas. Señala la ensayista que a Hopper nunca le gustó que la soledad se considerase el centro de su obra. Decía que “se exageraba” y no se esforzaba en dar explicaciones cuando algún periodista quería saber si lo que buscaba era reflejar el aislamiento del mundo moderno (en su lugar, ha sido la escritora Joyce Carol Oates la que se ha referido a su cuadro Los noctámbulos en la noche como “la imagen romántica de la soledad en Estados Unidos más sobrecogedora y mil veces reproducida”). A través de la indagación en su vida y en su obra, en sus silencios como barrera frente a los otros; en la complicada, incluso agresiva relación con su mujer, Josephine Nivison, conocida como Jo, a quien consiguió anular como artista, Olivia Laing analiza los conflictos emocionales del artista, el profundo desapego que logró traspasar a los personajes y escenas de sus cuadros, reflejando como pocos la soledad, la incomunicación, que se experimenta en las grandes ciudades, donde podemos estar cerca de miles de personas y sentirnos absolutamente aislados.

Como decíamos, es la propia soledad la que lleva a Olivia Lang a buscarse en los cuadros de Hopper y a sentir curiosidad, fascinación, por Andy Warhol, un artista que hasta ese momento no le había interesado lo suficiente. Le llamó la atención que alguien como él, una figura de tanto éxito, tuviera tantos problemas para comunicarse, para entablar diálogos con los demás. Resulta difícil de creer. Hay que conocer la infancia del creador, un niño tímido, hijo de emigrantes eslovacos, que contrajo unas fiebres reumáticas y pasó largos meses sin salir de su habitación, una especie de primer taller en el que se dedicó a dibujar y a hacer collages. Hay que acercarse al joven que desde muy pronto comprendió que no se ajustaba a los roles de género tradicionales.
Alude la autora al retrato que trazó de él Truman Capote: “un pobre fracasado de nacimiento, un hombre sin amigos, la persona más sola que he conocido en la vida”. Y al análisis que hizo el crítico John Richardson una vez que Warhol empezó a destacar con su originalidad y sus puestas en escena: “Transformó su vulnerabilidad en una virtud; se anticipaba a cualquier provocación y, de esa manera, la neutralizaba. Nadie podía burlarse de él. De eso ya se ocupaba él personalmente (…) El compromiso de Warhol para intensificar sus defectos al máximo es en verdad muy raro, y revela tanto su maestría como su pavor al rechazo”.
Olivia Laing recorre los momentos clave en la vida del artista pop, con una parada muy especial en su relación con Valerie Solanas, la mujer solitaria, incomprendida, autora de un interesante y airado alegato de feminismo radical, Manifiesto SCUM, que acabó pegándole un tiro. Warhol salvó la vida de milagro, fue operado y hubo de recurrir a la utilización de corsés el resto de su vida. A partir de ese suceso, reaccionó, como dice la ensayista, alejándose, enmudeciendo, refugiándose en sí mismo aún más.
Truman Capote retrató a Warhol como “un pobre fracasado de nacimiento, un hombre sin amigos, la persona más sola que he conocido en la vida, mientras que el crítico John Richardson señaló que el artista logró transformar su vulnerabilidad en una virtud.
Solanas es otro de los personajes secundarios de esta obra que se convierte en una biografía coral enfocada desde la exploración psicológica. La autora ha elegido enfoques y perfiles diversos en torno a la soledad. Sus siguientes protagonistas han sido auténticos descubrimientos para mí. Sabía muy poco de David Wojnarowicz y no conocía a Henry Darger, aunque algunos datos de su biografía me resultaban familiares, absolutamente novelescos. Al primero, contemporáneo de Basquiat, Keith Haring, Nan Goldin y Kiki Smith, lo presenta Laing a través de su provocativa, irreverente, serie de Rimbaud. La imagen del poeta realizando diversas acciones: viajando en el metro, pinchándose heroína, masturbándose en la cama, comiendo en una cafetería, se convierte en una especie de máscara creativa tras la que el artista se ocultaba, llevando a sus espaldas toda la carga de abandono y malos tratos de su atormentada biografía.
Aislado, marginado por el lastre de su infancia y por su homosexualidad, del mismo modo que Warhol, fue a través del arte, de sus fotografías y textos, como Wojnarowicz “pasó progresivamente de la destrucción a la creación”, levantando una obra que se convierte en espejo del mundo underground donde se movía, de los ambientes gays, marginales, del Nueva York de la década de los 70, con sus encuentros en los muelles y otros ambientes clandestinos.
Henry Darger, por su parte, permite a la autora ahondar en la relaciones entre soledad, locura y creación. La suya es una historia, efectivamente, novelesca, deslumbrante, la historia de un artista anónimo, que levantó un universo paralelo al margen del mundo. De niño vivió en un orfanato y de adulto dividió su tiempo entre un oscuro, anodino trabajo como conserje en hospitales católicos de Chicago y la desconcertante, original obra creativa a la que se dedicaba cuando volvía a la habitación de la casa de huéspedes donde vivía. Fue su casero, nos cuenta Olivia Laing, el que, a su muerte, descubrió unas extrañas historias escritas y unas “preciosas y desconcertantes acuarelas de niñas desnudas, con pene, que jugaban en paisajes de colinas ondulantes. Algunas describían cautivadoras imágenes propias de los cuentos de hadas, como nubes con caras y criaturas aladas que retozaban en el cielo. Otras eran coloristas descripciones de torturas…”
La figura de Henry Darger permite a la ensayista ahondar en la relaciones entre soledad, locura y creación. La suya es una historia, efectivamente, novelesca, deslumbrante, la historia de un artista anónimo, que levantó un universo paralelo al margen del mundo.
El caso de Darger demuestra hasta qué punto el mundo interior puede imponerse al real, al visible para los ojos ajenos. En el perfil que traza sobre este creador autodidacta tan singular, Laing reivindica la ternura que subyace en una obra que refleja toda la crueldad que sufrió de niño, así como su absoluto desamparo y soledad. Nuestra autora se enfrenta a los críticos que han visto en sus creaciones simplemente a un pervertido, a un enfermo mental. “Para mí estos cuadros los había hecho una persona que tuvo el valor de mirar una y otra vez las múltiples formas de las atrocidades cometidas en el mundo”, señala, valorando una exposición de 2001 donde la obra de Darger se hizo acompañar de la de Goya y los hermanos Chapman, otorgándole su lugar en el recorrido de la historia del arte, más allá de su condición de artista trastornado y marginal.
Resultan muy reveladores cada uno de los capítulos de este libro que se detiene también en las figuras de Klaus Nomi, el cantante mutante “que supo transformar en arte como nadie el hecho de ser distinto” (su relato es también el de la demoledora etapa del sida; soledad y rechazo social), y de Josh Harris, visionario y emprendedor en los comienzos de Internet. A través de él la autora acaba explorando el alcance de la soledad en nuestros días.
“Buscamos alivio en el espacio virtual, en estar conectados y ejercer el control. Fuera a donde fuera, en el metro, en los cafés, en la calle, veía a la gente, en Nueva York, encerrada en su red. El milagro de los ordenadores portátiles y de los teléfonos móviles es que nos divorcian del mundo físico, que permiten a la gente aislarse en su burbuja privada a la vez que está nominalmente e interactuar con otros a la vez que está nominalmente sola. Parece que los únicos que se libran son los sin techo y los pobres, aunque eso no incluye a los chicos de la calle, que se pasan el día conectados a Facebook en la tienda de Apple de Broadway, aunque –puede que precisamente por eso– no tengan dónde dormir esa noche”, transcribo esta certera observación de Laing.
Josh Harris, el último protagonista de esta ruta tan sugerente, supo ver el colapso de las fronteras entre lo público y lo privado que iba a producirse con la llegada de Internet. Sus experiencias, sus proyectos, marcaban el camino hacia el lugar en el que ahora estamos y que en sus aspectos más negativos conduce hacia el aislamiento y la adicción virtual, el fetichismo, la banalidad…
Olivia Laing ha comenzado completamente sola un camino que la ha llevado a encontrar compañeros de viaje capaces de hacerla crecer y comprender que “buena parte de la soledad tiene que ver con su ocultación, con que nos sentimos obligados a esconder la vulnerabilidad, la fealdad y las cicatrices como si fueran realmente repulsivas”, algo estimulado por el ritmo acelerado y la insensibilización de las sociedades capitalistas, con su afán por vender la perfección y dar la espalda a la muerte. A través de sus vivencias y logros, de sus creaciones, los protagonistas de este libro demuestran que “no todas las heridas necesitan curarse y no todas las cicatrices son feas”, que el arte es una manera de acercarse a los demás, de dar. Concluye la autora que la soledad es personal, pero también política. “La soledad”, nos dice, “es colectiva. Es una ciudad (…) Estamos juntos en esta acumulación de cicatrices, en este mundo de objetos, en este refugio físico y temporal que a menudo se parece al infierno. Lo importante es la bondad. Lo importante es la solidaridad…”
La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo, de Olivia Laing, ha sido publicado por Capitán Swing. La traducción ha corrido a cargo de Catalina Martínez Muñoz.





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