Óscar Hernández Arteaga © 2024 /
Hace como un par de meses me regalaron, por mi 45 cumpleaños, una novelita hermosa de Patrick Modiano, El café de la juventud perdida. Recuerdo que me la leí de un tirón en un café muy cerca de mi casa. En la portada aparece una joven en un café parisino. Está sentada en una terraza, tomando notas, con una taza de café y un cigarrillo. Es una foto quizás de los años 90, en blanco y negro. Yo no tengo recuerdos de mi infancia en blanco y negro y de mi juventud tampoco. Tal vez pondría el presente en blanco y negro, ciertos días al menos.
La novela cuenta las andanzas de una joven por el París bohemio y decadente de los años 50. Su historia es reconstruida a través de los ojos de los otros y de los recuerdos de niñez de la propia protagonista. Jacqueline, a la que llaman Louki, frecuenta un café a diario, siempre con algún libro en la mano, y pasa allí horas eternas, a veces sola y otras veces participando en las tertulias. El lector descubre su pasado y lo va reconstruyendo como si fuera un detective, a través de los ojos de la gente que la conoció. Ella me recuerda a Mick, la protagonista de la novela El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, y a la célebre Emma Bovary de Flaubert, tan soñadora e inteligente, tan ingenua y romántica, cuyo final es irremediablemente trágico.
Recuerdo haber ido a los cafés de París hace ya muchos años, intentando recrear a los escritores que me gustaban y que los habían frecuentado muchas décadas atrás, o imitando escenas de películas francesas de Truffaut, Godard o Rohmer, donde siempre se ve a alguien en terrazas tan famosas como el Café de Flore, que era el mítico lugar donde se reunían los existencialistas. El café, la cafeína, el existencialismo y la bohemia. Recuerdo una tienda en La Laguna, en Tenerife, a la que fui durante muchos años atrás, donde vendían café de todas partes del mundo. También intenté pasar horas ahí. Pero no logré escribir nada que mereciera la pena. El fenómeno de la escritura en los cafés (de cualquier parte del mundo) es una tradición que no me gustaría perder. Hoy en día, sólo tomo café descafeinado. Normalmente lo hago en casa de mi madre, mientras toco la guitarra.

Este presente es un poco gris y en blanco y negro. Siguen masacrando a los palestinos. Sigue muriendo gente. Las estadísticas son objetivas. Las cifras van en aumento. Y cada día me acerco con mi móvil a esa barbarie. Es un bombardeo diario, mediático y real. Y frívolamente, me permito hablar de esto. Mientras hago las cosas normales de mis rutinas diarias, mientras me preparo un café, hago algo de deporte, me ocupo de ir a comprar, o de escribir este artículo, sigue muriendo gente y yo sigo informándome sobre ello. Y nada más. No concibo, no puedo concebir, el sufrimiento de todo este pueblo. Descubro el testimonio del fotoperiodista Motaz Azaiza y su primera entrevista en inglés, un superviviente al que no le importan los likes que recibe y que no sale de su asombro ante la pasividad de todos frente a lo que ocurre en Gaza. Los likes se convierten en algo surrealista en un asunto como este. Escucho también el testimonio de un director de cine palestino, Elia Suleiman, al que han reprochado que en su cine no queda reflejado ese horror, sino el absurdo (con tintes cómicos que recuerdan a Buster Keaton y a Jacques Tati) de la vida cotidiana de Gaza.
El arte va siempre por otros lados, caminos indirectos y oblicuos. Si no, es panfleto y no arte. Dentro de mi frivolidad, me permito pensar en mi situación laboral y vital y en los experimentos estéticos que abordo casi a diario con la escritura y con la guitarra. A pesar de que, en lo que se refiere a la guitarra, soy un amateur que empezó hace muchos años, he conseguido tocar lo suficientemente mal para que no se me ocurra dejar de hacerlo ni un solo día. Siempre me viene a la cabeza la anécdota de Paco De Lucía, al que le horrorizaba tocar porque no podía hacer otra cosa. Alguien como él, que además de ser un genio, practicaba ocho o nueve horas diarias, vivía ese horror maravilloso. Y me doy cuenta de que visito a mi madre a diario porque es mayor, pero también porque a mí me hace falta esa rutina, acompañarla y tocar la guitarra española de mi padre en la cocina, mientras se va haciendo el potaje. La guitarra de mi padre está un poco rota pero aún suena. Yo aprendí a tocar gracias a él. Y ahora que él no se encuentra, suelo practicar con ella como si me estuviera escuchando. Últimamente, también he desempolvado la guitarra acústica que me había regalado mi hermano un par de décadas atrás. La sonoridad es distinta y me seduce.

Por recomendación de un amigo, llega un libro a mis manos. Es ése, quizás, el camino más directo y peligroso de encontrar un buen libro o de perder a un amigo, si el libro te parece malo. En este caso, conservo al amigo. La obra en cuestión es un conjunto de cuentos que se titula Los lemmings y otros, del argentino Fabián Casas. Después de un intento con Pascal Quignard y su obra La vida secreta (un libro lleno de filosofía y reflexiones sobre el amor, que se me atragantó un poco, a pesar del estilo depurado y lírico); el libro de Fabián Casas, se me presenta con un estilo elaborado y cercano, donde prima la anécdota. Y conecto con el podcast La inquietud, que lleva el autor junto a la narradora y poeta Marina Mariasch.
Los vasos comunicantes me conducen a Rumble fish, la película de Francis Ford Coppola, quizás su última obra maestra (con permiso de la tercera parte de El Padrino), porque es una película que no deja de citar Casas y porque su temática conecta con su libro de una manera indirecta, claro (como siempre ocurre con el arte). La calle y las bandas, y la imposición de reinar como pandillero y de ser el líder en ese cosmos urbano de peleas, trufado con la filosofía existencialista y cierto lirismo hace que este “rey” desterrado en busca de un sentido que no existe, con aire hamletiano, al que llaman “El chico de la motocicleta”, interpretado por Mickey Rourke, se me quede en la retina y lo haga conectar con ciertos personajes de Fabián Casas que van a la deriva en sus peripecias callejeras.
Se trata de antihéroes y perdedores que lideran en su soledad a otros que no saben a dónde ir. Finalmente Rourke se declara loco. Y me viene a la cabeza el liderazgo y el carisma de tantos locos actuales que son peligrosos por el poder que tienen. Rourke vuelve de un viaje a California donde ha encontrado a su madre, que lo abandonó junto a su hermano pequeño, Rusty James (Matt Dillon), quizás buscando una respuesta que no ha de encontrar nunca. Dillon, intenta en ausencia del rey (Rourke) liderar su propia banda y en esos derroteros propios de las rivalidades entre bandas, es dos veces herido y dos veces rescatado por su hermano mayor.

El título de la película, Rumble fish, hace alusión a esos peces de colores que Rourke se queda mirando hipnotizado, y que tienden a luchar cuando se ven amenazados por su propio reflejo. El padre de Rourke, un Dennis Hopper, en estado de gracia, le dice a Rusty James que ojalá no salga como el hermano mayor (Rourke), porque él ha llegado a una época que no le corresponde, es capaz de hacer cualquier cosa y hacerla bien, pero su maldición es que no desea nada, imbuido de una especie de nihilismo callejero. En España la película se llamó La ley de la calle.
Creo que la calle es el tema predominante tanto en el libro de cuentos de Fabián Casas como en el filme de Coppola, aunque con un tratamiento distinto. En los relatos del autor argentino resuena el realismo sucio, cierta frase a lo Bolaño y un toque local, depurado con la recreación de cierto coloquialismo, y una prosa que fluye y se hace fuerte en la representación de lo oral o lo conversacional. En la película, lo que parece ser arte y ensayo (como pasa con las grandes obras del director estadounidense), resulta ser un homenaje a la historia del cine. Aquí los referentes diría que son el expresionismo alemán, Orson Welles, Robert Rosen (sobre todo The Hustler) y la Nouvelle Vague. Y de fondo un ritmo shakesperiano de tragedia americana.
La calle es la protagonista de mis últimos meses. Con su desglose léxico, yo voy callejeando, que no haciendo la calle, y siempre he sabido que me falta calle, aunque pasé mucho tiempo de mi niñez jugando en ella. Después de un COVID, una faringitis y un tratamiento con antibióticos, tras padecer, por todo ello, síntomas como mareos, fatiga, vértigo, palpitaciones, ansiedad, somnolencia e insomnio, siempre en intermitencias, me he quedado un poco inhabilitado para entrenar como lo hacía antes; sin embargo, por prescripción médica y por salud mental, suelo dar grandes paseos o simplemente me desplazo para poder tomar el transporte público y procuro ir a todos sitios caminando.
A esto le sumo que a veces me puede el entusiasmo e intento caminar, e incluso trotar, a horas intempestivas, tanto nocturnas como diurnas, por la ciudad, mientras voy escuchando de fondo la música que he logrado recopilar y que funciona como la banda sonora de mis paseos políticos (aunque mi ciudad no sea como aquellas polis griegas).

Uno de los temas que escucho a diario es la hipnótica Streetfigther del grupo sueco The Amazing. Una banda que lleva un par de décadas de trayectoria con temas largos de rock alternativo, influencias del progresivo y cierta psicodelia, cuyo fuerte es la recreación de una atmósfera onírica, gracias a las guitarras y al uso de lo electrónico. Pienso que ojalá lograra, algún día, tocar la guitarra así. Y me doy cuenta de que no sé lo que dice la letra, salvo que se titula, curiosamente, Luchador callejero.
En este punto vuelvo a entablar una conexión con Casas y con Coppola y me doy cuenta de que mi acción callejera se aleja de lo contestatario y de lo político y se resuelve en un idiotismo griego (los griegos clásicos de Atenas consideraban que “el idiota” era el que le daba la espalda a los asuntos de la polis, es decir a la política), donde solo me ocupo de los asuntos privados y no de lo público, salvo por el hecho de que sigo compartiendo noticias y pequeñas frases, reels y titulares, sobre el genocidio palestino y su terror cotidiano. Y todo eso lo ejecuto desde un lugar público, que es la moderna polis y su interior callejero, y es mi móvil inteligente el que lo hace y me roba la inteligencia y lo vuelve a hacer.
Quizás el triunvirato Casas, Coppola y yo mismo en mi idiotismo (griego) triunfe o salga derrotado al reconocer la locura de estos últimos días sobre la tierra. Y vaya a casa de mi madre, que ya tiene la cafetera lista, y tome asiento en una de las sillas de plástico blanco que hay en la cocina, mientras ella me escuche escuche atenta y yo, algo nervioso, improvise una melodía con la guitarra acústica que mi hermano me regaló hace mil años y toque tan mal como siempre y quizás me descubra siendo otro, un poco menos idiota, un poco más como la otra que me mira y que me escucha, mientras el café va, poco a poco, saliendo de la cafetera.









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