Fidel Oltra © 2024 /
Si salimos a la calle y hacemos una encuesta, al azar, es poco probable que haya alguien que conozca a Elliott Smith. En cambio, si por casualidad nos encontramos con una persona que conozca su vida y obra, a buen seguro responderá de forma entusiasta. Estamos, como en tantas otra ocasiones, ante uno de esos artistas con pocos pero fervientes seguidores, un secreto bien guardado en el fondo del corazón de quienes amamos la música sensible y frágil. Así era Smith, sensible y frágil, un tipo torturado por mil demonios que, justo cuando parecía a punto de vencerlos, sufrió un triste y confuso final. Como ocurrió con Nick Drake, Judee Sill o Jeff Buckley, y como ocurre cada día con tantos miles de personas anónimas cuyas historias nunca conoceremos, la carga de la vida parecía ser demasiado pesada para unos hombros tan delicados. Es paradójico, pero muchos de esos artistas con vidas desgraciadas nos han dejado un legado en el que podemos refugiarnos y encontrar consuelo cuando las cosas nos van regular.
Elliott Smith nació como Steven Paul Smith en agosto de 1969 en Omaha, en el estado norteamericano de Nebraska. Sin embargo, creció en Texas y vivió buena parte de su vida en Oregón, concretamente en Portland, aunque también pasó temporadas en Nueva York y en Los Ángeles. Este dato puede servir para entender esa aureola de no-pertenencia, de desarraigo, que parecía acompañarle siempre. Sus padres se divorciaron cuando Smith era pequeño, quedándose con su madre y poco después con su nuevo marido. Con su padrastro no tuvo nunca una relación paterno-filial normal. De su madre, profesora de música, heredó seguramente su sensibilidad artística y su amor por la música.
Desde muy joven empezó a trastear con la guitarra y con el piano, mostrando un interés que le llevó más adelante a dominar también la batería y el bajo, entre otros instrumentos. De hecho, el bajo fue el primero por el que mostró interés, tras escuchar el White Album y quedar impresionado por el trabajo de Paul McCartney. Todo ello a una sorprendente tierna edad. Finalmente se inclinó por tomar clases de piano al tiempo que, de forma autodidacta, aprendía también a tocar la guitarra. Con apenas 10 años compuso su primera canción y ganó un premio en un concurso local. Casi al mismo tiempo empezó a probar el alcohol, y pocos años después la marihuana. De adolescente ya empezó a dar síntomas de una salud mental quebradiza y de una personalidad adictiva.

Por aquellos años se trasladó a Portland con su padre, quien le compró su primera guitarra. Animado, formó su primera banda, Stranger Than Fiction, en el instituto. Llegaron a grabar de forma casera algunas canciones y a sonar en algunas emisoras de radio independientes. A los 18 años, tras acabar sus estudios, formó otro grupo llamado A Murder of Crows. Además, decidió adoptar el nombre artístico de Elliott, aunque respetando su apellido, Smith. Aunque se graduó en Filosofía y Ciencias Políticas, a los 22 años Elliott Smith estaba trabajando en una panadería y pensando más en la música que en cualquier otra cosa. Fue por entonces cuando formó el que sería el grupo más estable y exitoso de su vida: Heatmiser. En aquella banda compartía tareas compositivas con un viejo compañero de clase, Neil Gust. Curiosamente, las canciones de Elliott Smith eran más alegres que las de Gust, aunque trataban temas igualmente oscuros que siempre tenían que ver con la angustia adolescente y sentimientos como la soledad o la melancolía.
Entre 1991 y 1993 Heatmiser mandaron sus maquetas a varios sellos discográficos. Uno de ellos, Frontier Records, les propuso grabar un disco. Así vio la luz Dead Air, el primer álbum “serio” en el que podemos encontrar el nombre de Elliott Smith. Otra de las discográficas que recibieron las demos de Heatmiser, Cavity Search Records, se interesó más por Smith que por el grupo. De esa forma Elliott Smith se vio en 1993 grabando dos discos casi de forma simultánea: el EP Yellow No 5, de Heatmiser, que vería la luz en abril de 1994, y Roman Candle, con el que debutó en solitario pocos meses después.
Era un disco que, en principio, no estaba destinado a ser publicado. Elliott lo grabó en el sótano de la casa de su novia, con un 4 pistas y tocando todos los instrumentos, más como una demo con la que dar a conocer sus canciones que como un álbum en sí. Cuando en Cavity Search las escucharon, decidieron que en lugar de sacar un sencillo publicarían todo el disco. En Roman Candle ya están presentes muchas de las características que definirían la obra de Elliott Smith: las canciones crudas y rugosas, como a medio hacer; un aire aparentemente amateur pero donde se adivinaba un espíritu experimentador; finalmente, esa voz tan peculiar, frágil y emotiva, que potenciaba haciendo varias grabaciones superpuestas.
Tan rápido fue todo que hay hasta cuatro canciones sin nombre en este primer disco en solitario de Smith. Roman Candle, con su folk de baja intensidad, con su emotiva sencillez, fue el primer chispazo de talento de su autor. Al igual que el estado de Oregon, enclaustrado entre la soleada California y el lluvioso Washington, donde por entonces lo que triunfaba era el grunge, la música de Elliott Smith no pertenecía a ninguno de los dos mundos. Sus primeros actuaciones en solitario mostraban a un cantautor sensible y frágil, pero había algo en él que conectaba con el público y captaba su atención.

Apenas tres días después de la primera aparición de Elliott Smith solo sobre un escenario, en otoño de 1994, Heatmiser sacaba su nuevo disco: Cop and Speeder. Ambas carreras, la de Smith en solitario y la del grupo, transcurrían en paralelo y sus hitos casi coincidían en el tiempo. Era como si el cantante no confiara demasiado en sus posibilidades y quisiera mantener el comodín de la banda, a la que no le iba mal.
Casi al mismo tiempo que Heatmiser fichaban por Virgin, Elliot sacaba su segundo disco. Un álbum homónimo que, en este caso, lanzó con el sello Kill Rock Stars. Elliott Smith (Kill Rock Stars, 1995) fue precedido, unos meses antes, por el sencillo Needle in the hay (La aguja en el pajar), en cuyo título y contenido pueden encontrarse referencias al consumo de drogas. Elliott, de todos modos, siempre quiso dejar claro que, por una parte, no todas las canciones tenían que hablar sobre sus propias experiencias; y por otra, que para él hablar de drogas era un recurso para hacerlo sobre algo más amplio: la inseguridad, la personalidad adictiva, el querer escapar de una situación y no conseguirlo.
En el aspecto musical, Elliott Smith mantiene su estilo minimalista, con algunas canciones apenas soportadas por dos o tres acordes rasgados en su guitarra. Al mismo tiempo se aprecia una intención de explorar algo más las posibilidades melódicas de las canciones y el uso simultáneo de guitarras acústicas y eléctricas, aunque ambas dibujando figuras parecidas. El sonido puede parecer más luminoso y optimista, de hecho lo es, pero indagando en las letras de la canciones se respira una atmósfera incluso más depresiva que en su debut. Con su apariencia frágil, sus actuaciones en directo y sus canciones de melancolía y desesperación, Elliott empezaba a ganarse una fama de cantautor introspectivo rayando en lo depresivo. La gente entonces no lo sabía, pero no iba muy desencaminada en esa apreciación. Pronto le diagnosticarían varios problemas mentales, entre los que se encontraba la depresión.

Finalmente ese pulso involuntario entre Elliott Smith y Heatmiser terminó a favor del primero. El grupo se disolvió en 1996, aunque poco después salió su disco póstumo, Mic City Sons. Por su parte, Elliott Smith se encontraba ya trabajando en el que sería su tercer trabajo, Either / Or. Para entonces ya parecía claro que Elliott en solitario tenía más posibilidades y conectaba más con la gente. Incluso un cineasta urbano, Jem Cohen, había rodado un documental sobre Eliott, principalmente usando grabaciones de sus actuaciones en vivo. El título de Either / Or está extraído de una obra del filósofo danés Soren Kierkegaard que reflexionaba sobre la yuxtaposición del yo subjetivo, con sus prejuicios y sus debilidades, y el yo objetivo asentado sobre una ética robusta.
No hay que olvidar que Elliott Smith se graduó en filosofía, aunque incluso así resulta bastante extraño inspirarse en Kierkegaard para un disco. Either / Or parte del mismo planteamiento musical que sus predecesores, aunque sigue intentando un viraje hacia una mayor luminosidad y diversidad sonora. Hay aquí más guitarras eléctricas, una batería marcando el ritmo donde antes lo hacían las propias guitarras. Las letras siguen siendo algo sombrías, con temas como Ballad of big nothing o Pictures of me, dejando un sabor agridulce debajo de su brillante envoltorio pop, pero se nota un intento por sonar más accesible y menos deprimente (generalmente en vano, hay que admitirlo, en sus letras sigue anidando el desasosiego y la desesperación). El disco no entró en listas, pero fue alabado por la crítica y llamó la atención El año 1997 parecía que iba a ser definitivo para la vida y la carrera de Elliott Smith, y realmente lo fue en sentidos totalmente opuestos.
Poco después de salir su tercer álbum, Elliott Smith se traslada primero a New Jersey, y después a New York. Por entonces el director Gus Van Sant, que había escuchado el disco, invita a Elliott Smith a participar en la banda sonora de su nueva película, El Indomable Will Hunting. Se escogen algunos temas de la trayectoria de Smith, que aparecerán junto a canciones de gente como Waterboys, Jackson Browne, Gerry Rafferty, Del Shannon, los Bee Gees e incluso Schubert.
Además, Van Sant le pide a Smith que escriba una canción nueva específicamente para la película. Elliott Smith responde con Miss Misery, una canción que insiste en los temas de desarraigo, soledad y una perenne lucha interna entre la oscuridad y la luz, entre dejarse caer o agarrarse a algo para permanecer de pie. Es lucha era real, como demuestra que, justamente cuando parecía que su carrera iba a despegar, Elliott Smith estuviera ya inmerso en la bebida y la depresión.
Ni siquiera la nominación de Miss Misery para los Oscar, que cualquier artista consideraría un regalo de la vida, le sacó de su situación. De hecho solo consintió en acudir a la ceremonia y cantar la canción si le aseguraban que, si en el último momento se arrepentía, no le pondrían ningún problema. Los tres primeros meses de 1998 fueron de promoción y éxito para Elliott Smith, pero a él no parecía importarle demasiado. Finalmente actuó en los Oscar, perdió ante Celine Dion y la famosa canción de Titanic, algo que tampoco pareció importarle demasiado. Poco después firmó por DreamWorks Records, una multinacional, al mismo tiempo que su depresión se agudizó. Su situación se complicó debido a la combinación de medicamentos con su habitual ingesta de alcohol, llevándole, ese mismo año, a su primer intento serio de suicidio. Se lanzó desde un precipicio y unos árboles amortiguaron su caída, salvándole la vida, aunque causándole considerables heridas.

Su aparente desgana de vivir no impedía que Elliott siguiera trabajando en nuevas canciones. Ese mismo verano publicó su nuevo álbum, XO (DreamWorks, 1998). La canción que abre el disco, Sweet Adeline, es otra muestra de esa extraña dualidad de su autor. Mientras el sonido se expande poco a poco hasta que el estribillo ilumina la habitación, Elliott remata la canción diciendo que «espera que le seden para desconectar su cabeza» y que “estaría mejor muerto”. La industría le quería, el público empezaba a quererlo, pero el problema es que él no se quería a sí mismo.
La discográfica le puso los medios, la posibilidad de grabar en Los Ángeles con buenos productores, pero Smith no quería, o no sabía, ser otra cosa que él mismo, con sus dudas, su depresión y su visión existencial y dramática de la vida. Eso sí, cada vez dominaba con más precisión las artes del pop melódico, y su nuevo sello le arropó con arreglos preciosistas, secciones de viento y todos los recursos disponibles en el estudio. Canciones como Waltz #2 (XO), que salió publicada como sencillo, son casi tarareables y no parecen responder al paradigma del cantautor torturado. Hasta que se lee la letra con atención, claro.
En Baby Britain, el segundo sencillo, ocurre algo parecido; uno podría tomarla por una canción de los Beatles o los Beach Boys atendiendo a su melodía, su ritmo, su progresión de acordes, su brillantez. Incluso se grabó un vídeo promocional con Smith trabajando en el estudio. Sin embargo, Baby Britain, a pesar de su apariencia positiva, hablaba de una persona adicta al alcohol, de un artista incomprendido. ¿De él mismo? En Pitseleh conoce a alguien pero se aleja voluntariamente de ella. «No soy la pieza que falta en tu vida«, le dice. «La primera vez que te vi ya supe que no podía durar» o «no soy ni la mitad de lo que me gustaría ser«, son otras de las perlas con las que se dedica a autoflagelarse. Smith insistía en que lo que cantaba no tenía que ver necesariamente con su propia experiencia, pero en retrospectiva es inevitable pensar que nos quería engañar o se quería engañar a sí mismo. En canciones como las mencionadas, y en otras del mismo disco, Elliott Smith parecía estar negándose el derecho a ser feliz. Ni siquiera se daba permiso para intentarlo.
En 1999 la fama de Elliott Smith se sigue expandiendo, dentro de las posibilidades que él mismo permitía. Toca por primera vez en Canadá, se establece definitivamente en Los Ángeles, y una canción suya vuelve a aparecer en una película de éxito, American Beauty. En realidad no era una composición suya, sino una versión que Smith hizo de Because, la canción de los Beatles que aparece en el Abbey Road. Todo un reto, atreverse con aquella canción a tres voces (nueve en la mezcla final) de la que Elliott Smith salió airoso demostrando de nuevo su talento oculto bajo tantas capas de inseguridad. Elliott era un gran admirador de los Beatles, y en algunas canciones de XO se nota su influencia, recordando en ciertos momentos la forma de cantar de George Harrison.
XO vendió medio millón de copias y se convirtió en su álbum de más éxito comercial, muy por encima de sus trabajos anteriores. Su nuevo estatus le llevó a Europa, donde dio entrevistas a diversas televisiones. En una de ellas, en Holanda, se sinceró abiertamente sobre su relación con la fama: «Soy la peor persona del mundo para ser famoso«.
Elliott Smith sufrió bastante durante ese periodo. Algo que se nota en las canciones de Figure 8 (DreamWorks, 2000). El disco fue grabado durante dos años en varios estudios de los Estados Unidos e Inglaterra, entre ellos el famoso Abbey Road. Sin embargo, o quizás por eso, las canciones parecen menos trabajadas en lo lírico, menos poéticas dentro de su oscuridad habitual. O bien Smith estaba mostrando ya síntomas de su inminente colapso, o el trasiego continuo al que le obligaba su nueva condición de famoso le impedía centrarse como antes en sus canciones.
Las referencias a la diosa hindú Shiva, el asesino en serie David Berkovitz (Son of Sam) o el actor Bruno Schleinstein seguramente tendrían sentido en la cabeza de Smith, pero rompían de alguna forma la línea conceptual en la que se venía basando desde sus inicios. Quizás fueran buenas noticias, tal vez Smith empezaba a abrirse a la vida y a explorar el exterior, olvidando su obsesión por el interior. La crítica saludó con entusiasmo el nuevo disco, mucho más melódico, brillante, expansivo y variado en lo musical. Canciones intimistas y casi desnudas como Somebody that I used to know o Better be quiet now comparten espacio con el barroquismo de Everything means nothing to me o Stupidity tries, igualmente exquisitas y tranquilas, pero más elaboradas. Personalmente, pienso que es su disco más conseguido en el aspecto musical. Una pena que fuera el último que publicó en vida.

Fiel a su rutina de trabajo, Elliott Smith empezó a plantear su nuevo álbum pocos meses después de publicar Figure 8. Esta vez, sin embargo, las canciones no fluían como habitualmente. A sus frecuentes problemas mentales se le sumó la paranoia, afirmando que había gente que lo seguía, que su sello quería deshacerse de él o que una furgoneta le perseguía para intentar secuestrarle. Sus amigos intentaron mil formas de que aceptara buscar ayuda. Seguramente 2001 es el año en el que toca fondo. Solo tras medio año de trabajo empieza a surgir alguna canción que vale la pena. El cine vuelve a cruzarse en su camino, pero en este caso Elliott no queda nada satisfecho con la experiencia: su canción Needle in the hay aparece en la película The Royal Tenenbaums, pero lo hace durante una escena que muestra un intento de suicidio. Para la ya delicada psique de Smith, aquello debió suponer otro golpe bajo. Los conciertos que da entre finales de 2001 y principios de 2002 suelen ser un desastre. Quien firma una crónica de un concierto que da en Chicago, junto a unos Wilco por entonces en la cresta de la ola, llega a afirmar: «No me extrañaría que en un año Elliott Smith esté muerto”. Finalmente, tras un año totalmente olvidable, Elliott acepta ingresar en un centro de desintoxicación, aunque aparentemente el tratamiento no tiene demasiado éxito. Smith considera que no es el adecuado para resolver sus problemas, empezando y abandonando varias veces.
El año 2003 empieza también con altibajos, pero hacia el verano Elliott Smith afirma que ha dejado el alcohol (aunque ocultaba que estaba enganchado a la heroína) y que quiere ponerse en serio a trabajar en un nuevo álbum. Se mostraba con ganas de probar nuevos sonidos, desde la electrónica hasta el noise rock, animado por los nuevos programas de grabación y edición que se encontraban ya disponibles para casi cualquiera. Dedicó varios meses a investigar y crear nuevas canciones, entre ellas algunos temas para una banda sonora y una canción de optimista título, Pretty (ugly before), que salió como sencillo en agosto. En el mes de septiembre dio su último concierto en un festival en la ciudad de Salt Lake City.
En octubre el cuerpo de Elliott Smith fue encontrado muerto, con dos puñaladas en el pecho, en la casa de Los Ángeles que compartía con su novia, Jennifer Chiba. Según Jennifer, habían discutido y ella se había metido en la ducha a darse un baño cuando oyó gritos. Salió rápidamente, se encontró a Elliott con un cuchillo clavado en el pecho y, cegada por los nervios, se lo quitó. Por supuesto el cuerpo de Elliott empezó a perder sangre y, a pesar de que Jennifer llamó al 112 y fue trasladado a un hospital a toda velocidad, murió nada más llegar.
Oficialmente se trató de un suicidio, llegándose incluso a hablar de que Smith dejó una nota, pero la autopsia dejó abierta la posibilidad de que no fueran heridas autoinflingidas. De manera sorprendente la cosa quedó así. Aunque en realidad la investigación no se cerró, tampoco llegó a progresar demasiado. Una de las cosas que más chocó a sus amistades es que, solo una semana antes del aparente suicidio, Elliott estaba ilusionado con el nuevo disco que estaba grabando y de hecho había citado al ingeniero Larry Crane para realizar las mezclas en noviembre. Algo extraño para alguien que planeara quitarse la vida, pero con Elliott Smith cualquier cosa podía suceder.

Ese disco que Elliott Smith estaba a punto de terminar, y que le había llevado hasta cuatro años poner en marcha, vio la luz de forma póstuma con el título de From a Basement on the Hill (Anti- / Domino, 2004). Planteado inicialmente como un doble álbum, el trágico final de su autor y el hecho de que muchas canciones estuviesen a medio terminar hizo que se seleccionaran solo quince de ellas para acabarlas y publicarlas. La mayoría insistían en los temas favoritos de Smith, la aflicción, el dolor, las drogas y la depresión, aunque de nuevo el acabado final contrasta con la crudeza de las letras.
El disco confirma que Elliott estaba trabajando en nuevos sonidos, como demuestra la fiereza de las guitarras en algunas canciones, el uso de elementos sintéticos o la introducción de pasajes instrumentales. From a Basement on the Hill, con un título que parece hacer referencia a aquel sótano donde todo empezó, puede verse como un adiós o como una promesa de lo que pudo ser y no fue. Hay gente que lo lee como una nota de suicidio, mientras que otros, por el contrario, ven en el disco una confirmación de que Elliott Smith estaba ilusionado con el futuro. En todo caso se trata de una despedida épica y tenebrosa, grandiosa y trémula al mismo tiempo. Cada uno puede sacar sus conclusiones, como siempre ocurre con las esquivas canciones de Elliott Smith. Su autor ya no está, pero ellas siguen ahí para jugar con nosotros a que intentemos adivinar sus secretos.










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