Cinco aproximaciones a la soledad y al silencio

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3 / Pablo d’Ors
El camino de la meditación

Por Emma Rodríguez © 2017 / Si hay un libro que debería leer toda persona interesada en el arte del “bienser”, término que tomo del filósofo Emilio Lledó, es Biografía del silencio, de Pablo d’Ors. El ejemplar que tengo entre las manos, publicado por Siruela, es parte de una 25 edición (100.000 ejemplares vendidos). Pocas veces recurro a cifras para resaltar la valía de una obra, pero en este caso me alegra. Que una entrega así llegue a tanta gente me parece alentador. Este escritor y sacerdote, designado por el papa Francisco asesor cultural del Vaticano y que representa la corriente del catolicismo humanista, abierto y crítico, consigue en apenas 110 páginas, que el lector dormido empiece a percibir que el camino hacia la plenitud en la vida no está en los dogmas que venden los gurús del neoliberalismo, al tiempo que refuerza las convicciones del que ya ha despertado hacia otras posturas vitales.

Última parte de una trilogía sobre el silencio que se inició con El amigo del desierto y prosiguió con El olvido de sí, este breve y ameno manual, que parte de las experiencias del autor, logra interesar  en el cultivo de la meditación a los inexpertos y afirma en su práctica a los ya iniciados. Convencen sus búsquedas, sus argumentos, expresados con un lenguaje cercano, transparente. En la línea de las búsquedas de Erling Kagge, nuestro anterior protagonista, se encuentra esta Biografía del silencio, pero D’Ors añade una mayor profundidad y espiritualidad, acota el marco, el espacio de reflexión, pues la meditación se convierte en la fuente de la que brotan todas las reflexiones, hallazgos, puertos de llegada.

El objetivo de la meditación es reconciliarnos con lo que somos, nos dice el autor, explicando todas las dificultades de algo aparentemente tan sencillo como sentarse, respirar y volcarse hacia dentro, hacia esa “flora y fauna interiores”, que se enriquecen a través de la observación constante. Yo, que, sin ser demasiado disciplinada en la práctica, siento la necesidad de meditar a menudo, puedo corroborar esa dificultad, así como los impagables beneficios que se obtienen: la sensación de limpiar la mente, de sumergirse en cada instante, borrando todo lo demás; la gratitud ante el paisaje de la calma que se percibe… Pero, mejor, escuchemos y sigamos a Pablo D’Ors: “La cantidad de experiencias y su intensidad solo sirve para aturdirnos. Vivir demasiadas experiencias suele ser perjudicial”, nos dice. Y añade: “No creo que el hombre esté hecho para la cantidad sino para la calidad. Las experiencias, si vive uno para coleccionarlas, nos zarandean, nos ofrecen horizontes utópicos, nos emborrachan y confunden… Ahora diría que incluso cualquier experiencia, aun la de apariencia más inocente, suele ser demasiado vertiginosa para el alma humana, que solo se alimenta si el ritmo de lo que se le brinda es pausado”.

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El objetivo de la meditación es reconciliarnos con lo que somos, nos dice el autor, explicando todas las dificultades de algo aparentemente tan sencillo como sentarse, respirar y volcarse hacia dentro, hacia esa “flora y fauna interiores”, que se enriquecen a través de la observación constante.

Pausa, calma, son palabras refrescantes en sociedades como las actuales, que propugnan todo lo contrario, donde no entregarse al trabajo remunerado, no estar constantemente en acción, incluso puede llegar a levantar suspicacias, cuando menos extrañeza. “Hoy sé que conviene dejar de tener experiencias,  sean del género que sean, y limitarse a vivir: dejar que la vida se exprese tal cual es (…) La verdadera vida está detrás de lo que nosotros llamamos vida. No viajar, no leer, no hablar…: todo eso es casi siempre mejor que su contrario para el descubrimiento de la luz y de la paz”.

No se trata de apartarse de actividades tan placenteras como la lectura, los viajes, las conversaciones, pero siempre que estos no nos alejen de la observación de los sentimientos, de las emociones, de todo lo que sucede por dentro: el viaje, la aventura interior. El silencio mismo es una auténtica revelación, señala el filósofo. Pero, siguiendo sus palabras, eso es únicamente “el marco o el contexto que posibilita todo lo demás (…) la vida misma que transcurre, nada en especial”. Nada en especial o “todo”, aclara a continuación quien se define como un “occidental hasta la médula” (un occidental que se dejó cautivar por las enseñanzas orientales) y que explica su camino, el modo en que llegó a percibir que podía “estar sin pensar, sin proyectar, sin imaginar; estar sin aprovechar, sin rendir: un estar en el mundo, un con-fundirme con él, un ser del mundo y el mundo mismo sin las cartesianas divisiones o distinciones a las que tan acostumbrado estaba por mi formación”.

Todo lo que haces a los demás seres y a la naturaleza te lo haces a ti. Mediante la meditación se me ha ido revelando el misterio de la unidad”, apunta más adelante D’Ors. Y ahora que repaso estas palabras no puedo dejar de relacionarlas con Arundhati Roy, que en El ministerio de la felicidad suprema, su última novela, tiene el propósito de estar en todo y en todos, emprender con sus personajes la senda de la compasión. Nuestro pensador, insisto, comparte las mismas fuentes que la autora india y, en el trayecto comprueba que empieza a experimentar un amor progresivo por la naturaleza, cuyo contacto necesita cada vez más, así como los retiros en soledad, la alimentación saludable, el cultivo de amistades más afines (es uno de los fundadores del colectivo Amigos del Desierto, cuyo propósito es difundir y profundizar en la meditación).

“En el fondo da igual si se avanza mucho o poco, lo importante es avanzar siempre, perseverar, dar un paso cada día. La satisfacción no se obtiene en la meta, sino en el camino mismo. El hombre es un peregrino”. Foto por Karina Beltrán (2015-2017).

Podemos definir, pues, este libro, como un viaje personal, espiritual, transformador, y también como una invitación, un acto generoso, en la medida en que comparte sus enriquecedores hallazgos, incluidos los propios errores, con los demás. Así, confiesa el autor que empezó a meditar porque su deseo de triunfar como escritor, de alcanzar el prestigio, le impedían disfrutar, le arrebataban la quietud; porque era consciente de que no debía cifrar su felicidad en el alcance de esa meta, de esa expectativa tan poco fiable.

Podemos inscribir este libro, como decía al principio, en la estela de los que ayudan a alcanzar el “bienser”. “La meditación es una disciplina para acrecentar la confianza. Uno se sienta, ¿y qué hace? Confía. La meditación es una práctica de la espera. Pero ¿qué se espera realmente? Nada y todo (…) Por ser no utilitaria o gratuita, esa espera o confianza se convierte en algo neta y genuinamente espiritual”, vamos leyendo, y en un momento dado nos enfrentamos a una pregunta clave: “¿Qué ha pasado para que nos hayamos perdido tanto? ¿Qué ha sucedido para que ya no nos reconozcamos en lo más genuinamente humano?

Podemos definir “Biografía del silencio” como un viaje personal, espiritual, transformador, y también como una invitación, un acto generoso, en la medida en que su autor comparte sus enriquecedores hallazgos, incluidos los propios errores, con los demás.

Biografía del silencio es una de esas obras que nos ayudan a encontrar respuestas, si de verdad nos interesa y estamos abiertos a ello (no serán pocos los que prefieran mirar para otro lado ante propuestas así). Pablo d’Ors señala el camino y apunta hacia la compasión, la generosidad, la entrega a los otros como asideros y maneras de hallar un sentido. Mirar hacia dentro para salir fuera con capacidad de amar a los demás y de amar el planeta en el que vivimos.

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Son muchas las revelaciones de este libro que nos anima a parar, a mirar, a sonreír, a no huir de la tristeza, a aceptarla, del mismo modo que la desgracia, como partes del crecimiento que es toda vida. Os animo a quienes me estáis leyendo, si aún no lo habéis hecho, a recorrerlo. Tal vez sintáis el mismo agradecimiento que yo al ir pasando sus páginas. Me limitaré, en este tramo final, a transcribir algunos fragmentos que he ido subrayando, pasajes especialmente certeros e inspiradores:

– “Ganaríamos mucho si en lugar de enjuiciar las cosas, las afrontáramos. Nuestras cabalas mentales no solo nos hacen perder un tiempo muy precioso, sino que por su causa perdemos también la ocasión para transformarnos (…) Pensamos mucho la vida, pero la vivimos poco. Ese es mi triste balance...”

–  “A los seres humanos nos caracteriza un desmedido afán por poseer cosas, ideas, personas, ¡somos insaciables! La meditación enseña en cambio que cuando no se tiene nada, se dan más oportunidades al ser (…) Conviene dejar de una vez por todas de desear cosas y de acumularlas; conviene comenzar a abrir los regalos que la vida nos hace para, acto seguido, simplemente disfrutarlos...”

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– “De un modo u otro, al meditar se trabaja con el material de la propia vulnerabilidad. Y uno siempre tiene la impresión de estar comenzando desde cero: la propia casa no parece dejar de construirse nunca; cree uno estar permanentemente reforzando los cimientos...”

– “En la meditación escucho que no debo privarme de nada, puesto que todo es bueno. La vida es un viaje espléndido, y para vivirla solo hay una cosa que debe evitarse: el miedo (…) La vida es todo menos segura, pese a nuestros absurdos intentos para que lo sea. O se vive o se muere, pero quien decide lo primero debe aceptar el riesgo…”

–  “La práctica de la meditación puede seguramente resumirse en saber estar aquí y ahora. No otro lugar, no otro tiempo (…) Queremos estar con nosotros: nuestra inconsciencia habitual lo rehúye, pero nuestra conciencia más honda lo sabe (…) Cuesta mucho bajar a esas profundidades donde late esta sabiduría; la mayoría de las personas que conozco no frecuenta esta zona de su ser jamás. Hasta ignoran que exista algo así. También hay quien se mofa de quienes hablamos en estos términos. Estos últimos son, por lo general, ratas de biblioteca; solo han leído, no han vivido, piensan que el mundo cabe en una categoría mental”.

Biografía del silencio, de Pablo d’Ors, ha sido publicado por Siruela en su colección Biblioteca de Ensayo.

 


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