Tras los pasos de Walser y demás caminantes

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Por Emma Rodríguez © 2014 / Todos nos hemos echado a andar alguna vez y hemos sentido, como Robert Walser, que el entusiasmo de la libertad que se experimenta al estar al aire libre nos “arrebataba y arrastraba”. Hay muchos tipos de caminos, de viajes, de rutas, de senderos y bosques. Los hay lejanos, exóticos, misteriosos, intrincados y los hay amables, tan cercanos que pueden estar a la vuelta de la esquina. Es cierto que un simple paseo por los alrededores de la ciudad, por un parque, por un pueblo, poco tiene de riesgo y aventura, pero, para la mayoría de nosotros, seres urbanos y sedentarios, el hecho de desconectar de los ruidos, de los conflictos del presente, de las obligaciones cotidianas; la posibilidad de olvidar las rutinas y las servidumbres del trabajo y de dejar atrás, al menos por unas horas, los apéndices tecnológicos que amordazan nuestro tiempo, es ya todo un regalo para los sentidos.

Walser, Stevenson, Rousseau, Thoreau, Chatwin y tantos otros, experimentaron el placer de los desplazamientos, ese descubrimiento de paisajes externos que, mientras se avanza, se acoplan con el juego de la imaginación, activan el pensamiento y abren los cauces interiores, esos por los que discurren los sentimientos, los estados de ánimo. Todos han escrito textos reveladores y bellísimos sobre sus marchas, sus merodeos sencillos o sus vivencias de avezados exploradores. He aquí el comienzo de un recorrido de papel que pretende ser un elogio de la lentitud y de la mirada detenida; una invitación a emprender la ruta con la mochila cargada de ingenuidad y alegría y una humilde reivindicación del caminar en todas sus variantes, de la mano de algunos de sus más apasionados defensores.

Así, iniciamos el trayecto con Walser y nos vamos encontrando, a medida que se ensancha el camino, con otros muchos que, como él, han buscado el sentido de la existencia en las cosas elementales, en los senderos menos trillados, en la captura de momentos de auténtica dicha, en la contemplación de esos trozos de naturaleza virgen, sublime, incontrolable, olvidada en el día a día y que tiene el don de hacernos apreciar la belleza pero también de mostrarnos las inconsistencias de la vida, todas esas veces que dejamos de lado lo verdaderamente importante para abrazar lo banal. Empecemos, pues, acompañando a Walser una mañana luminosa y sigamos adelante, con la mirada atenta.

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Un simple paseo por los alrededores de la ciudad, por un parque, por un pueblo, poco tiene de riesgo y aventura, pero, para la mayoría de nosotros, seres urbanos y sedentarios, el hecho de desconectar de los ruidos, de los conflictos del presente, de las obligaciones cotidianas; la posibilidad de olvidar las rutinas y las servidumbres del trabajo y de dejar atrás, al menos por unas horas, los apéndices tecnológicos que amordazan nuestro tiempo, es ya todo un regalo para los sentidos.

“El Paseo” reflexivo, amable, a ratos ácido, de un poeta

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“Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”. Así comienza “El Paseo”, de Robert Walser, una obra publicada por primera vez hace ya cerca de un siglo y que rebosa frescura por todos sus costados. De corta extensión, tan corta como el recorrido que se relata -por los alrededores de un pueblecito rural a lo largo de un día, de la mañana a la tarde- su planteamiento no puede ser más simple: dar cuenta de lo que acontece, pero lo que de verdad nos cautiva es la voz narrativa, esa primera persona en permanente diálogo con el lector, que recurre a la ironía, al humor, para contraponer las excelencias, beneficios y dulzuras del paseo con la acidez de las correcciones, esclavitudes e hipocresías de los intercambios sociales.

Resulta divertido, reconfortante, enriquecedor y estimulante este paseo con Walser. Nos encontramos con él, con su narrador, y nos da cuenta de su ánimo romántico-extravagante cuando sale “a la calle abierta, luminosa y alegre”, con la impresión de estar viéndolo todo por primera vez. Asistimos a los encuentros que se van sucediendo en el trayecto, escuchamos las conversaciones que entabla con aquellos con los que se cruza y seguimos expectantes sus reflexiones. Así, entramos en la misma librería, le vemos pedir el libro más vendido y alabado por la crítica, preguntar si es realmente bueno con sarcasmo y marcharse sin comprarlo tras escuchar que había que leerlo “a toda costa”.

Más adelante visita una entidad bancaria, donde un empleado, al tiempo que se apiada de su pobreza, le anuncia que “un círculo de bondadosas y filantrópicas señoras”, que estiman su trabajo poético, ha abonado a su cuenta la cantidad de mil francos, y se detiene ante el rótulo dorado de una panadería, lo cual le lleva a preguntarse: ¿Necesita en verdad un sencillo y honrado panadero presentarse de modo grandilocuente, brillar y relampaguear al sol con su torpe anuncio de oro y plata, como un príncipe o una dudosa dama coqueta?”

Mientras recorre el pueblo y se regocija ante la luminosidad y amabilidad de la mañana, de muchas de las cosas y gestos que se encuentra, el paseante no deja de dar vueltas al a los males de un tiempo donde ya se percibe el culto al lujo, al dinero, al poder, a las apariencias. “En qué clase de mundo de engaño empezamos o hemos empezado ya a vivir cuando el municipio, la vecindad y la opinión pública no sólo tolera, sino que al parecer desdichadamente incluso ensalza aquello que ofende a todo buen sentido, a todo sentido de la razón y del agrado, a todo sentido de la belleza y de la probidad (…) Las espantosas jactancia y bravuconería han empezado en alguna esquina, en algún rincón del mundo, a alguna hora, como una lamentable y penosa inundación, han hecho progreso tras progreso, arrastrando consigo basura, suciedad y necedad…”, va pensando a medida que prosigue su ruta.

Mientras recorre el pueblo y se regocija ante la luminosidad y amabilidad de la mañana, de muchas de las cosas y gestos que se encuentra, el paseante no deja de dar vueltas al a los males de un tiempo donde ya se percibe el culto al lujo, al dinero, al poder, a las apariencias.

Hay momentos verdaderamente hilarantes en “El paseo”: Una comida en la casa de una dama, que interrumpe la caminata al mediodía; una mordaz carta enviada a un poderoso caballero de gran influencia; una encendida discusión con un sastre y una conversación con un funcionario de hacienda para pedirle que le cobren los impuestos mínimos, dada su condición de poeta sin éxito. Aquí nuestro hombre se defiende de la acusación de pasarse el día paseando y hace toda una defensa de los beneficios que tal práctica tiene para el creador. Pasear me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada”.

Walser aúna en esta obra genial la mirada contemplativa con el tono sarcástico y una deliciosa pizca “quijotesca”, por ejemplo cuando relata el tropiezo con un gigante; cuando idealiza a una mujer cuya belleza madura le lleva a imaginar que fue una actriz o vaticina una gran carrera como cantante a una joven a la que escucha cuando pasa al lado de su ventana. “¿Considera usted del todo imposible que en un suave y paciente paseo encuentre gigantes, tenga el honor de ver a profesores, trate al pasar con libreros y empleados de banca hable con futuras jóvenes cantantes y antiguas actrices, coma con ingeniosas damas, pasee por los bosques, envíe peligrosas cartas y me bata violentamente con insidiosos e irónicos sastres?”, se dirige al lector.

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Hay momentos verdaderamente hilarantes en “El paseo”: Una comida en la casa de una dama, que interrumpe la caminata al mediodía; una mordaz carta enviada a un poderoso caballero de gran influencia; una encendida discusión con un sastre y una conversación con un funcionario de hacienda para pedirle que le cobren los impuestos mínimos, dada su condición de poeta sin éxito. Aquí nuestro hombre se defiende de la acusación de pasarse el día paseando y hace toda una defensa de los beneficios que tal práctica tiene para el creador.

“Al paseante le acompaña siempre algo curioso, reflexivo y fantástico, y sería tonto si no lo tuviera en cuenta o incluso lo apartara de sí; pero no lo hace: más bien da la bienvenida a toda clase de extrañas y peculiares manifestaciones, hace amistad y confraterniza con ellas”, leemos a continuación. Y entendemos esa felicidad que se experimenta en “ese fiel y entregado disolverse y perderse en los objetos”, en “ese celoso amor por todas las manifestaciones y cosas”.

Observamos al paseante que es Walser mostrando su desprecio “a la gente que va levantando polvo en un rugiente automóvil”, incapaz de comprender que pueda ser un placer “pasar corriendo ante todas las creaciones  que muestra nuestra hermosa Tierra”. A su lado, ya dejados de lado los incordios y conflictos sociales, percibimos que “el paseo parecía querer ser cada vez más hermoso, rico y grande”. Comprendemos, a través de sus palabras y percepciones, que el buen paseo es un estado anímico, una predisposición de la mirada a fijarse en los detalles más imperceptibles, en los momentos plenos, y nos sentimos cómplices de esa comunión, de ese abrazo a la naturaleza, al universo entero. “Casas, huertos y personas se transformaban en sonidos, todos los objetos parecían haberse transformado en un solo espíritu y una sola ternura. Un dulce velo de plata y niebla espiritual nadaba en todo y se extendía en todo. El espíritu del mundo se había abierto y todos los padecimientos, todas las decepciones humanas, todo lo malo, todo lo doloroso parecía esfumarse para no volver más”.

Pocas maneras de describir de forma tan diáfana y hermosa la transformación interior que tiene lugar cuando se hace un buen camino y se percibe esa conexión con el entorno, con la naturaleza. “Yo me había convertido en un interior y paseaba como por un interior: todo lo exterior se volvió sueño, lo hasta entonces comprendido, incomprensible”, escribe. Pero a la luz se superponen, ya al final del recorrido, las sombras de la conciencia de la muerte, de la soledad, de lo efímero… Dejamos a Walser, quien ha cogido unas flores, ha pensado en un amor que no fue posible y ha emprendido, ya con el cielo oscurecido, el camino de vuelta.

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Tomas Espedal: con Rousseau y otros ilustres paseantes

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Seguimos atravesando los senderos con otro libro en las manos, “Caminar (o el arte de vivir una vida salvaje y poética) del autor noruego Tomas Espedal, una obra publicada ya hace algunos años por la editorial Siruela que para quien esto escribe se ha convertido en un libro muy especial, cargado de sugerencias y de recodos a los que volver una y otra vez. Un libro que parte de la experiencia biográfica de su autor, de la salvación que para él supuso descubrir su pasión por emprender el camino en unos momentos en los que su vida parecía venirse abajo, y que acaba combinando sus andanzas con las de otros paseantes que le marcaron la ruta y que, antes que él, meditaron sobre la dicha de atravesar campos, montañas, pueblos y ciudades a pie, ligeros de equipaje pero con la cabeza llena de sueños y de ideas.

El autor cuenta como uno de esos días totalmente negros, al borde de la depresión, decidió salir al exterior y, de repente, se sintió extrañamente feliz cuando la luz del sol alcanzó una señal de tráfico. Las ataduras de la familia, el pago de la hipoteca de una gran casa que en realidad nunca quiso y cuya carga le impedía dedicarse a escribir; todas esas dependencias de la vida moderna, todo ese cúmulo de necesidades prescindibles, le hicieron sentir atrapado, encerrado, y despertaron en él las ganas de huir a un lugar lejano. Movido por el “sueño de convertirse en otro, el sueño de una transformación”, Espedal relata cómo aprendió a caminar -en su caso no por las proximidades, sino emprendiendo itinerarios lejanos- y cómo la práctica de esa actividad, de esa nueva pasión, lo cambió todo.

“Caminar es, en cierto sentido, lo contrario de vivir en una casa”, nos dice. Y a partir del relato ameno, enriquecedor, de las muchas rutas que emprendió desde el momento que tomó la decisión de andar “de frente y desaparecer”, va hilando sus propias vivencias con las ajenas; de ahí que se convierta en una entrega estimulante por sí misma y porque abre el apetito, las ganas de ir a otros títulos y autores, convirtiéndose en una magnífica guía de recorridos y aprendizajes.

Este “Arte de vivir una vida salvaje y poética” nos permite condensar muchas lecturas y experiencias célebres, por ejemplo la de Jean-Jacques Rousseau, quien en sus “Confesiones” y en “Las ensoñaciones del paseante solitario” elaboró toda una teoría sobre ese alto vuelo del pensamiento, un vuelo que tiene lugar animado por el aislamiento de quien camina de espaldas a los ruidos y avaricias de la ciudad. “Nunca pensé tanto ni viví tan intensamente, nunca tuve tantas experiencias ni estuve tanto conmigo mismo (…) como durante los viajes que hice solo y a pie. Hay algo en eso de caminar que estimula y aviva mis pensamientos”, nos detenemos en las palabras del clásico y retomamos su imagen del caminante ideal, ese que “camina por los bosques, sin industria, sin discurso, sin hogar, sin guerra ni relaciones. No necesita a los demás, y tampoco tiene el mayor deseo de dañarlos”.

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Este “Arte de vivir una vida salvaje y poética” nos permite condensar muchas lecturas y experiencias célebres, por ejemplo la de Jean-Jacques Rousseau, quien en sus “Confesiones” y en “Las ensoñaciones del paseante solitario” elaboró toda una teoría sobre ese alto vuelo del pensamiento, un vuelo que tiene lugar animado por el aislamiento de quien camina de espaldas a los ruidos y avaricias de la ciudad.

Una imagen utópica, literaria, romántica, que para nada representó, como señala Espedal, un Rousseau que nunca fue realmente lejos y siempre regresó a su casa, a su escritorio, a sus cuadernos de anotaciones. Un Rousseau al que le bastaron los paseos cercanos, a entornos bucólicos de campos cultivados y casitas de campesinos, para alentar la imaginación propia y también la de sus lectores.

La combinación de biografía novelada y ensayo, de anécdotas, citas y experiencias diversas, convierte la obra que nos ocupa en un delicioso recorrido y nos lleva, irremediablemente, a la idea de la literatura como viaje excitante y paralelo. El autor noruego entabla un diálogo con Rousseau, pero también da entrada a otros personajes tan conocidos como el escritor D. H. Lawrence, quien escribiera: El gran hogar del alma es el camino abierto. No el cielo, no el paraíso. Ni siquiera nosotros mismos. El alma no está ni allá arriba ni en nosotros mismos. Es una vagabunda que viaja por el camino abierto. No al meditar. No al ayunar. No al explorar cielo tras cielo, contemplativamente, siguiendo la tradición de los grandes místicos. No al agotarse. No al entrar en éxtasis (…) No al compadecer. No al sacrificarse. Ni siquiera al amar. No al trabajar bien. Con nada de esto se realizará el alma. Sólo al viajar por el camino abierto. Al viajar por uno mismo, al descender por el  camino abierto. Sobre dos lentos pies. Encontrarse con lo que sea que descienda por el camino. En compañía de quienes persiguen la misma meta, recorren el mismo camino. Siempre el camino abierto”.

Espedal se deja aconsejar por las recomendaciones más prácticas, más terrenales, de Kierkegaard. “Ante todo, no pierdas las ganas de caminar. Yo camino todos los días hasta que alcanzo un estado de bienestar y dejo atrás toda enfermedad; he llegado a mis mejores ideas caminando y no conozco ningún pensamiento tan oprimente que no pueda dejarse atrás caminando”. Y corrobora que algo muy similar pensaban Nietzsche y Hegel, filósofos que no hicieron más que dar la razón a sus antecesores: a Aristóteles, que siempre conciliaba el pensar con el caminar y enseñaba paseando bajo la arquería del Liceo; a los sofistas, que caminaban de ciudad en ciudad enseñando retórica; a Sócrates, a quien le encantaba hablar, pasear y conversar, “pero que cuando se abstraía en sus ideas se quedaba parado, quieto y de pie durante un buen rato”, incluso una noche entera… Todo esto se cuenta en este ensayo delicioso, altamente recomendable, por cuyas sendas vemos andando también a los poetas: a Hörderlin, Wordsworth, Coleridge, Rimbaud, Baudelaire, éste último padre de todos los “flâneurs”, paseantes de ciudad, amantes del callejear sin rumbo.

En este punto, Espedal recurre a los sugerentes apuntes que dejara el romántico William Hazlitt en su ensayo “Sobre viajar a pie”, donde transmite las enseñanzas que recibió de los poetas, por ejemplo, la confesión que le hizo Coleridge de que prefería “poetizar mientras caminaba sobre un terreno irregular y se abría paso entre las afiladas ramas de los bosques”, o la de Wordsworth, que, “siempre que podía, escribía mientras paseaba por un camino recto de gravilla o por un terreno donde el libre fluir de los versos no tropezara con obstáculos de la naturaleza”.

Aristóteles siempre conciliaba el pensar con el caminar y enseñaba paseando bajo la arquería del Liceo; los sofistas caminaban de ciudad en ciudad enseñando retórica, mientras que a Sócrates le encantaba hablar, pasear y conversar, “pero cuando se abstraía en sus ideas se quedaba parado, quieto y de pie durante un buen rato”, incluso una noche entera.

Los imaginamos a ambos en sus paisajes. Dejamos atrás a Baudelaire, que, según la leyenda, en ocasiones se paseaba en pijama por los alrededores de su casa de París, una casa abierta como una calle, por la que la gente podía entrar y salir a su gusto, y nos ponemos al lado de Bruce Chatwin. “En nuestros tiempos, no hay muchos escritores que hayan caminado tanto y tan lejos como Chatwin”, señala Tomas Espedal, convencido de que con el autor de “En la Patagonia”, uno de sus libros de viajes fundamentales, “el caminar se convirtió en una profesión”.

Hay muchos pensamientos idílicos sobre las andanzas y los viajes en este trayecto apasionante, pero no deja de mostrarse el otro lado: el del agotamiento y derrumbe que tanto conocen los caminantes de larga distancia y que fue algo que, por ejemplo, Hörderlin llegó a experimentar hasta tal grado que afectó a su salud mental. “Quien ha pasado unos meses por los caminos sabe que caminar es algo demoledor y brutal. No se tiene casa. Se duerme al aire libre. Se es un forastero y se resulta sospechoso. Se está sucio y hambriento. Se está solo, se camina y camina, llueve y sopla viento, se duerme por caridad, en un pajar o en una pensión; se lleva a la espalda lo que se posee, duelen las piernas, duelen los hombros, duele el cuerpo, se echa en falta una cama y una novia”, expone Espedal, quien habla con conocimiento de causa.

El autor da cuenta de sus muchas experiencias, de los pesares que se sobrellevan y se ven compensados cuando se atisban unas impresionantes vistas que hacen gritar de alegría, cuando se alcanza la embriaguez de la libertad o se percibe el efecto transformador que provoca el ascenso a una montaña. “En la montaña”, afirma, “los pensamientos se transforman. Las ideas decrecen en número y aumentan en concentración a medida que la montaña crece y se va abriendo. Se piensa mejor cuando se camina por la montaña. Toma uno la decisión de volverse más difícil, menos complaciente, en la montaña se piensa más peligrosamente…”

Hay muchas reflexiones, muchas enseñanzas en esta entrega: sobre la amistad, sobre la soledad, pero también sobre  la necesidad de viajar en compañía cuando se va a lugares lejanos. Espedal nos ofrece magníficos relatos de viajes a países como Grecia o Turquía junto a un amigo cómplice de aventuras y nos ofrece un testimonio sincero, real, ese testimonio trazado con las experiencias vividas a fondo y con los mapas que no se compran, sino que se elaboran con las recomendaciones de aquellos a los que el viajero se va encontrando por el camino.

Hay muchos pensamientos idílicos sobre las andanzas y los viajes en este trayecto apasionante, pero no deja de mostrarse el otro lado: el del agotamiento y derrumbe que tanto conocen los caminantes de larga distancia y que fue algo que, por ejemplo, Hörderlin llegó a experimentar hasta tal grado que afectó a su salud mental.

Con Espedal vagamos por ciudades en el momento en el que él las descubre y sentimos el placer de lo recién visto, de esos escenarios y espacios que no son nunca los mismos, que varían según la mirada de quien los observa e incluso dependiendo, si tomamos como punto de partida a una sola persona, de sus circunstancias, de sus ritmos, de sus estados anímicos. Resulta bellísimo, por ejemplo, su vagabundeo sin rumbo por Estambul una mañana lluviosa de marzo. Y también su visita en París a los lugares por los que pasearon Alberto Giacometti y Erik Satie. Al primero lo ve en sus largos y solitarios paseos de noche, frecuentando burdeles, dibujando y tomando anotaciones mientras callejeaba. “Puede dar la impresión de que el caminante es un arquetipo de Giacometti; una imagen originaria o un prototipo: estar en movimiento, la figura que da zancadas y balancea los brazos…” escribe, preguntándose hacia dónde se encaminan las figuras del escultor.

A Satie lo busca en los lugares que habitó y en las calles por las que transitó. Toma un tren de cercanías y se dirige a la localidad de Arcueil-Cachan, donde se encuentra la casa ruinosa, la habitación pobre, tan pequeña que la puerta topaba con la cama al abrirse, en la que el compositor vivió los últimos veintisiete años de su vida. Satie, según relata el autor, salía cada día de allí y recorría a pie los más de doce kilómetros que lo separaban de su café favorito en París, haciendo paradas en los bares del camino. “Algunas noches también volvía a su casa andando, vacío de dinero, lleno de ideas; se cuenta que hacía paradas regulares bajo las farolas para apuntar en un cuaderno de notas lo que oía. Roger Shattuck, en una conversación con John Cage, desarrolla la teoría de que la fuente del gusto de Satie por los ritmos musicales, la posibilidad de la variación dentro de la repetición, el efecto del aburrimiento en el organismo, se puede deber a sus eternas idas y venidas por el mismo paisaje, día tras día”, vamos leyendo.

Esa búsqueda de Satie, que tanto emociona a Tomas Espedal, porque reconoce la soledad, la pobreza, la necesidad del alcohol… es otro enfoque del viaje: el desarrollo de la empatía, la comprensión y el acercamiento a los otros. Pese a haber viajado mucho, muy lejos, al final, el autor, ya de vuelta a tierras noruegas, reconoce que uno de sus caminos predilectos es el que recorre cada jornada, “desde la casa donde vivo hasta la tienda junto al mar”.

Satie recorría cada día a pie los más de doce kilómetros que lo separaban de su café favorito en París, haciendo paradas en los bares del camino. “Algunas noches también volvía a su casa andando, vacío de dinero, lleno de ideas; se cuenta que hacía paradas regulares bajo las farolas para apuntar en un cuaderno de notas lo que oía”.

David Le Breton, de la mano de Stevenson y Thoreau 

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El caminar es una apertura al mundo. Restituye en el hombre el feliz sentimiento de su existencia. Lo sumerge en una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena. A veces, uno vuelve de la caminata transformado, más inclinado a disfrutar del tiempo que a someterse a la urgencia que prevalece en nuestras existencias contemporáneas. Caminar es vivir el cuerpo, provisional o indefinidamente. Recurrir al bosque, a las rutas o a los senderos, no nos exime de nuestra responsabilidad, cada vez mayor, con los desórdenes del mundo, pero nos permite recobrar el aliento, aguzar los sentidos, renovar la curiosidad. El caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo”. Quien esto escribe es David Le Breton, antropólogo y profesor en la universidad de Estrasburgo, en su obra “Elogio del caminar”.

Se trata de un sugestivo ensayo que parte del argumento de que caminar, en el contexto del mundo contemporáneo, puede suponer una forma de nostalgia o de resistencia. “A pesar de los colapsos urbanos y las innumerables tragedias cotidianas que provoca, el coche es hoy el rey de nuestra vida diaria, y ha hecho del cuerpo algo superfluo para millones de nuestros contemporáneos”, indica el autor, quien apunta a que la desaparición del movimiento, de las actividades no sedentarias, merma la visión que tenemos del mundo, limita el campo de acción sobre lo real, disminuye el sentimiento de consistencia del yo y contribuye a debilitar el conocimiento de las cosas.

Le Breton remite a Roland Barthes, cuando decía, ya en los años cincuenta: “es posible que caminar sea mitológicamente el gesto más trivial y por lo tanto el más humano. Todo ensueño, toda imagen ideal, toda promoción social, suprime en primer lugar las piernas; ya sea a través del retrato o del automóvil”. Una interesantísima reflexión a partir de la cual el antropólogo da un paso más allá y se detiene en las aplicaciones informáticas que llegan a proponer paseos virtuales a localizaciones bucólicas, con bosques y cantos de pájaros, con sólo mover el ratón y hacer clic.

Una penosa escena que le lleva a reivindicar al senderista auténtico. “Los senderistas son individuos singulares que aceptan pasar horas o días fuera de su automóvil para aventurarse corporalmente en la desnudez del mundo”, escribe, aludiendo al desarrollo de esa filosofía elemental de la existencia que procura el camino, propiciando la interrogación del viajero acerca de sí mismo, su relación con los otros y con el entorno, al mismo tiempo que la meditación sobre “un buen número de cuestiones inesperadas”.

“El vagar parece un anacronismo en un mundo en el que reina el hombre apresurado. Disfrute del tiempo, del lugar, la marcha es una huida, una forma de darle esquinazo a la modernidad. Un atajo en el ritmo desenfrenado de nuestras vidas, una manera adecuada de tomar distancia”, leemos a Le Breton, quien analiza la contraposición entre la minusvaloración del caminar en su uso cotidiano -¡cuántas veces hemos observado el extrañamiento ante las personas que no tienen coche y recorren a pie sus ciudades!-  y su revalorización como instrumento de ocio.

En “Elogio del caminar”, un sugestivo ensayo que parte del argumento de que caminar, en el contexto del mundo contemporáneo, puede suponer una forma de nostalgia o de resistencia, el antropólogo David Le Breton expone: “A pesar de los colapsos urbanos y las innumerables tragedias cotidianas que provoca, el coche es hoy el rey de nuestra vida diaria, y ha hecho del cuerpo algo superfluo para millones de nuestros contemporáneos”.

“El vagabundeo, tan poco tolerado en nuestras sociedades como el silencio, se opone a las poderosas exigencias del rendimiento, de la urgencia y de la disponibilidad absoluta en el trabajo o para los demás (convertida, con la aparición del teléfono móvil, en una caricatura)”, seguimos avanzando en las páginas de este “Elogio del caminar”, un lúcido ensayo donde se siguen las experiencias y las enseñanzas de grandes conocedores de los efectos benéficos del camino, habitualmente defendido a ultranza por espíritus rebeldes  y creativos, caso de Stevenson, de Thoreau o del poeta japonés Matsuo Basho.

David Le Breton recurre constantemente a ellos. Toma textos tan inspiradores de Thoreau como el siguiente: “Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana (…) A mí, que no puedo quedarme en mi habitación ni un solo día sin empezar a entumecerme y que cuando alguna vez he robado tiempo para un paseo a última hora (…) me he sentido como si hubiese cometido un pecado que debiera expiar, confieso que me asombra la capacidad de resistencia, por no mencionar la insensibilidad moral, de mis vecinos, que se confinan todo el día en sus talleres y sus oficinas, durante semanas y meses, incluso años y años”.

De Basho se queda con su idea de que el tiempo por sí mismo es un viajero sin reposo y con su habilidad para observar el paso de las estaciones y lo días, un don que caracteriza a la gran literatura nipona. Alentado por la lectura del poeta, por su deseo de mudanza, de peregrinaje, siempre atraído por “el dios de los caminantes”, el ensayista argumenta sobre la frecuente dificultad a la hora de dar el primer paso, pero una vez acometido, la ruta emprendida, “nos arranca de la tranquilidad de la vida cotidiana por un tiempo más o menos largo y nos libra a los avatares del camino, del clima, de los encuentros, de un horario que no limita ningún tipo de urgencia”, mientras que “los demás, los amigos y familiares, se alejan al ritmo de los pasos…”

Al igual que Tomas Espedal, David Le Breton no se queda sólo en el elogio del camino, sino que hace referencia a los dolores y heridas que provoca, a la vunerabilidad del caminante. Como él también habla del equipaje ligero, de la soledad y del silencio. Sobre la primera teorizó Robert Louis Stevenson: “Para disfrutarla adecuadamente, una caminata hay que emprenderla en soledad. Si uno va acompañado, o incluso en pareja, ya es una caminata sólo en el nombre; es otra cosa, que se acerca más a una merienda campestre”, sentenció el autor de “La isla del tesoro”. “Una caminata”, dejó dicho, “hay que emprenderla en soledad,  porque la libertad es esencial; porque uno debería poder parar y seguir, recorrer un camino u otro, dejándose llevar por sus deseos; y porque uno debe seguir su propio paso, y no apretarlo junto al de un caminante consumado, ni pasear lánguidamente junto a una chica. Y, además, uno debe estar abierto a todas las impresiones y dejar que sus ideas se empapen de lo que ve. Uno debería ser como una flauta en la que toque cualquier viento”.

Sobre el silencio Thoreau escribió largo y tendido, dejándonos hallazgos como el de que “siempre hay una música de arpa eoliana en el aire”. Cualquier libro del autor de “Walden” es en sí mismo una reinvidicación del camino. Stevenson también dedicó tiempo a reflexionar sobre sus andares; muy recomendable un librito, publicado por José J. de Olañeta, Editor, en el que se incluye un ensayo suyo titulado “Excursiones a pie”, que se acompaña de otro de William Hazlitt, “Ir de viaje”.

Volviendo a “Elogio del caminar”, de David Le Breton, hay una mención destacada al escritor español Julio Llamazares y sus rutas alrededor del río de su infancia, el Curueño, en el corazón de los montes de León, y un capítulo esencial, “La reducción del mundo o caminar”, con el que merece la pena acabar este trecho. El antropólogo analiza los obstáculos con los que se enfrenta el caminante moderno, la dificultad que actualmente encontramos si queremos desplazarnos a pie entre dos ciudades o pueblos, ya que ni siquiera hay una protección que aísle de la carretera a quien se aventure a hacerlo. Critica el hecho de que la construcción o ampliación de carreteras, así como la creación de infraestructuras turísticas hayan convertido lugares de meditación y silencio en ruidosos campings. Y, finalmente, recurre al naturalista estadounidense Edward Abbey, quien se preguntaba: “¿Cómo podremos arrancar a los hombres de su automóvil y ponerlos de nuevo sobre sus pies, para que sientan la tierra sobre sus pasos?”.

“Se quejarán del cansancio físico los nietos de los pioneros. Pero no por mucho tiempo: una vez que hayan redescubierto el placer de poner en marcha sus miembros y sus sentidos de distintas maneras, espontánea o voluntariamente, se quejarán entonces de tener que volver al coche”, argumentaba Abbey. No puede estar más de acuerdo Le Breton, quien concluye que el resultado de una marcha es lo de menos, que el viaje, siempre, “nos hace y nos deshace, nos inventa”.

David Le Breton critica el hecho de que la construcción o ampliación de carreteras, así como la creación de infraestructuras turísticas hayan convertido lugares de meditación y silencio en ruidosos campings. Y, finalmente, recurre al naturalista estadounidense Edward Abbey, quien se preguntaba: “¿Cómo podremos arrancar a los hombres de su automóvil y ponerlos de nuevo sobre sus pies, para que sientan la tierra sobre sus pasos?”

Los andares por la ciudad de un pionero llamado Karl Gottlob Schelle 

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Karl Gottlob Schelle (1777-1825), amigo de Kant y uno de los promotores de la denominada “filosofía popular” en los países germánicos, es autor de “El arte de pasear”, que en su caso se circunscribe, como en Baudelaire, al deambular por los territorios de la ciudad. Criticado por su contemplación burguesa y desinteresada del mundo, por relacionar el tiempo de paseo con el ocio, como bien indica Federico L. Silvestre en un magnífico prólogo, la obra resulta atractiva por el encanto que emana de sus páginas y por la fijación temprana de asuntos a los que posteriores autores y ensayistas han de volver una y otra vez, por ejemplo la enriquecedora relación entre el andar y el pensar, o los saludables efectos del callejear sin rumbo fijo, libre de obligaciones y ataduras, puede tener para el caminante.

“No se puede pasear con el ánimo preocupado o el alma entristecida, y uno tiene que ser capaz de deshacerse de sus penas y de sus preocupaciones para poder participar de las impresiones vigorizantes y benéficas de un paseo”, nos dice Schelle, quien encuentra razones muy de peso para perderse en las calles de una gran ciudad, donde, al contrario que en una pequeña población, nadie conoce al caminante, y puede sentirse totalmente libre, distraído y animado.

Como si de un precursor de los libros de autoayuda se tratara, pero sin el estilo práctico de estos, con el lenguaje propio de un educado y amable caballero de su tiempo, el autor recomienda combinar los paseos por el campo y por los espacios públicos. “Si alguien paseara siempre por espacios públicos, no demostraría mucha sensibilidad por la naturaleza, y quien evitara a propósito todos los paseos públicos para tener un trato solitario con ella no sabría apreciar en mucho las ventajas que la vida en sociedad aporta a la cultura”.

“No se puede pasear con el ánimo preocupado o el alma entristecida, y uno tiene que ser capaz de deshacerse de sus penas y de sus preocupaciones para poder participar de las impresiones vigorizantes y benéficas de un paseo”, nos dice Schelle, quien encuentra razones muy de peso para perderse en las calles de una gran ciudad.

Schelle se refiere a Rousseau como “un soñador malhumorado”, que desprecia los buenos frutos de la ciudad, y reivindica no sólo la búsqueda de la soledad sino también el necesario contacto con los otros. Si bien todo el ensayo resulta atractivo, hay un capítulo que destaca especialmente, el XV, titulado “La naturaleza según la medida de nuestras sensaciones”, que comienza así: “A fin de sacar todo el provecho necesario del trato con la naturaleza, atender a los sentimientos es tan imprescindible para el paseante como pasear por ella con interés. Esta última cualidad lo ayuda más a conocerla, y ese conocimiento sólo puede ser la consecuencia de un interés vivo por la misma; pero para hablar a sus sentimientos, a su corazón, los elementos de la naturaleza tendrían que armonizar a un tiempo con su capacidad sensorial, con la naturaleza de sus emociones”.

Schelle nos pone sobre aviso. Nos anima, en todo momento, a descubrir lo cercano. Hemos de saber que “la costumbre torna insípido el disfrute de lo bello”, por lo cual, deberemos aportar a nuestros paseos la mayor variedad posible; que no todo habrá de dejarse en manos del azar y que hemos de calibrar los estados anímicos. Nos aconseja estar atentos al clima, a la calma o el movimiento de la naturaleza; interpretar la alegría o tristeza que emanan de un determinado paisaje y que pueden aumentar nuestra dicha o hacernos caer en la melancolía. “El pino delgado y alegre, el álamo temblón, adoptan un carácter determinado debido a la impresión que causan en los sentimientos humanos, con los que adquieren familiaridad y cercanía con determinadas cualidades humanas”, nos transmite, llevándonos a entablar asociaciones de ideas entre las formas de los árboles y los estados del alma.

La edición de este “Arte de pasear”, acometida recientemente por Díaz & Pons Editores, nos regala, además, no sólo el prólogo sino también una coda final, “Recorridos y paseos de papel”, donde Federico L. Silvestre nos pone en la pista de otros autores que han seguido la estela y las búsquedas de Schelle y constata “un reciente interés filosófico o político por el recorrido a pie”, interés, nos dice, que “como ocurre casi siempre, parece deberse al ocaso de una práctica que nunca debería confundirse con el éxito del turismo o de lo que se vende en los Decathlon”.

Remitimos a los interesados a ese texto. Y, recuperamos un fragmento del escritor Enrique Vila-Matas, al que a su vez alude el prologuista, y que resulta muy panorámico: “El tema del paseo nace ligero en Hazlitt, lo mantiene leve su discípulo Stevenson, se complica y se vuelve pesado con las meditaciones de Rousseau, lo aligera y noveliza increíblemente Robert Walser, y Winfried George Sebald lo convierte en el género novelístico/ensayístico por excelencia de nuestro siglo”.

“El tema del paseo nace ligero en Hazlitt, lo mantiene leve su discípulo Stevenson, se complica y se vuelve pesado con las meditaciones de Rousseau, lo aligera y noveliza increíblemente Robert Walser, y Winfried George Sebald lo convierte en el género novelístico/ensayístico por excelencia de nuestro siglo”, escribe Enrique Vila-Matas.

Visto todo esto, queda claro que el camino es ancho y abierto. Imposible de abarcar, en todas sus bifurcaciones, cada cual deberá encontrar sus preferencias e itinerarios, tanto literarios como geográficos, y ajustar los ritmos de su particular andanza por el mundo. Pongámonos las botas más cómodas, aligeremos el equipaje e iniciemos la marcha. Soñemos con entornos bucólicos, pero aprendamos también a mirar con renovado entusiasmo lo más cercano.

Ah! Y recordemos los versos de Walt Whitman, que, como cuenta Tomas Espedal, el viaje más largo que emprendió fue de Brooklyn a Nueva York, lo que no impidió que escribiese “el más sano y potente de los poemas de caminantes”, en opinión del autor noruego.

“Canto del camino abierto”

A pie, alegre, cojo el camino abierto

Sano, libre, el mundo ante mí

La larga senda parda me conducirá adonde yo quiera

Por eso no llamo a la fortuna, yo mismo soy la fortuna

Por eso ya no lloriqueo, no pospongo nada, nada necesito

He acabado con las quejas domésticas, con las bibliotecas,

con las críticas beligerantes

Vigoroso y contento bajo por el camino abierto…

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Los libros de los que se habla en este reportaje son: “El paseo”, de Robert Walser, traducido por Carlos Fortea para la editorial Siruela. “Caminar (o el arte de vivir una vida salvaje y poética), de Tomas Espedal (Siruela), traducido por Cristina Gómez Baggethun. “Elogio de caminar”, de David Le Breton, publicado también por Siruela, con traducción de Hugo Castignani, y “El arte de pasear”, de Karl Gottlob Schelle, con prólogo y epílogo de Federico L. Silvestre y traducido por Isabel Hernández para Díaz & Pons Editores.

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Excepto la fotografía que abre el reportaje ( Robert Walser en un paseo por los alrededores de Herisau ), el resto de las que acompañan este reportaje fueron tomadas por Nacho Goberna©2014 en el monte Urgull de Donostia, la ciudad y monte en la que Nacho nació, caminó y creció.

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