Henry David Thoreau (1817 - 1862)

La lección de vida de Henry David Thoreau

Leyendo a H.D. Thoreau - Fotografía Nacho Goberna © 2013


Por Emma Rodríguez © 2013 /

Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862) lleva tiempo siendo uno de mis mejores compañeros de viaje. Leí una versión reducida de “Walden. La vida en los bosques” de adolescente y me pareció tan reveladora, tan a contracorriente, tan pegada a lo que yo, aún calladamente, pensaba de la realidad, del mundo, de la sociedad -cuyas falsedades e imposturas ya empezaba a atisbar- que, desde entonces, no sólo ha sido una presencia, más o menos constante, en mi trayecto, sino una influencia decisiva, muy intensa, muy interiorizada, en mi manera de mirar, pero también de soñar, de anhelar, de relacionarme con los demás.

Siempre ha estado ahí, pero en los últimos años he regresado a él de una manera más consciente. El azar volvió a ponerme en el camino “Walden” y a partir de ese momento, de su relectura, me he interesado por sus otros escritos, entre los que hoy adquiere especial significado “Desobediencia civil”, el más conocido de sus ensayos reivindicativos, pero no el único en esa dirección. Me alegra profundamente encontrar a Thoreau en las librerías. Me alegra que se siga editando, que siga llegando a nuevas generaciones de lectores, que siga asombrándonos a través de la publicación de textos aun por descubrir. Thoreau escribió mucho -sus “Diarios”, que vieron la luz en 1906, ya póstumamente, ocupaban 16 volúmenes- y me llena de felicidad saber que todavía podré seguir escalando sus montañas; apasionándome por las causas que defendió, tan semejantes a las que ahora yo y tantos otros defendemos; aprendiendo de su mano a cultivar el pensamiento propio, incontaminado...

Leer “Cartas a un buscador de sí mismo”, un volumen publicado por errata naturae, una interesantísima editorial -de las pequeñas, de las valientes- ha sido para mí un auténtico regalo. La correspondencia que cruzó Thoreau con su amigo Harrison G. O. Blake, un aprendiz de la autenticidad, fue una verdadera lección de vida para éste y continúa siéndolo para todos aquellos que no se conformen, que quieran ir más allá de los convencionalismos, que deseen crecer por sí mismos. Pensamientos, reflexiones, consejos, aire fresco, mucho aire fresco, hay en este libro tan iluminador, tan lúcido, tan sabio, que me hace reírme de todos esos manuales de autoayuda que en la mayoría de los casos no son más que construcciones hechas a la medida del sistema, que enseñan a sobrevivir en él sin apenas cuestionarlo.

¿Cuántos Thoreau harían falta hoy? ¿Cuántos filósofos, creadores, hombres y mujeres tan libres como Thoreau, necesitaríamos ahora para contagiar las ideas de cambio hacia un mundo mejor, para seguir avanzando sin miedo?, me he preguntado a raíz de unas recientes encuestas en las que se pone de manifiesto que, pese a la desafección de los ciudadanos por una Europa más preocupada por el mantenimiento de la moneda única que por el bienestar -la felicidad-  de los pueblos, existe el temor a que fuera de las fronteras comunes no haya salidas posibles. Afortunadamente -¡qué consuelo!- nos quedan sus libros, me digo. ¿Qué mejor guía que su obra? Thoreau puede multiplicarse por tantos lectores como le sigan, le descubran y estén dispuestos a avanzar por sus originales, heroicos, senderos del pensamiento.

Bosques - Por Nacho Goberna © 2012

En su época, este amigo de las largas caminatas y de las cabañas en el bosque, defendió a los esclavos, a los indios que fueron expulsados de sus tierras, a todos los perseguidos. De vivir hoy estaría del lado de los desahuciados, de los emigrantes, de los débiles, de los no sumisos, de los que son explotados, de los ecologistas, de todos aquellos que se sublevan ante las corrientes neoliberales, negándose a considerar la existencia como una mera suma de horas de trabajo tendentes a la acumulación de bienes materiales. Un siglo y medio después, al comprobar cómo sus ideas resultan tan actuales, tan acordes con el sentir de los millones de personas que día tras día salen a la calle a reclamar otro tipo de política, de filosofía de vida, no podemos definirlo más que como un visionario, como un ser de la estirpe de los que van abriendo el camino desde muy atrás, desde lo más hondo.

De vivir hoy estaría del lado de los desahuciados, de los emigrantes, de los débiles, de los no sumisos, de los que son explotados, de los ecologistas, de todos aquellos que se sublevan ante las corrientes neoliberales, negándose a considerar la existencia como una mera suma de horas de trabajo tendentes a la acumulación de bienes materiales

Me gusta preguntar -de hecho es una de las cuestiones fijas en otra de las secciones de “Lecturas Sumergidas”- por los autores y libros que pueden ayudar a afrontar el presente. Yo lo tengo claro: cualquiera de los títulos de este hombre considerado en su época una especie de iluminado, un asocial por no seguir el juego del arribismo, de los círculos de poder -él habla de “pasteleo”- , y preferir acometer empresas como la de construirse un refugio en el bosque, vivir allí durante más de dos años e ir anotando en un cuaderno impresiones como ésta. “Cuando estamos sin prisa y somos prudentes, percibimos que solo las cosas grandes y dignas tienen una existencia permanente y absoluta; que los temorcillos y los placeres despreciables no son sino la sombra de la realidad…”  O ésta otra: “Acumulando propiedad para nosotros o nuestra posteridad, fundando una familia o hacienda, o hasta adquiriendo fama, somos mortales; pero cuando tratamos con la verdad, somos inmortales y no debemos temer ningún cambio o accidente”.

Thoreau consideraba que el trabajo debía proporcionarle lo básico para el sustento y, sobre todo, no quitarle tiempo para escribir, para leer, para disfrutar de la salida y la puesta del sol, de la vida al aire libre. De ahí que se mantuviera gracias a las conferencias que impartía y a sus labores como agrimensor. Convencido de que el hombre sólo puede ser feliz sin olvidar el contacto con la naturaleza y sin dejar de lado su parte espiritual, este rebelde habitante de Concord, localidad de la que apenas salió y que le bastó para emprender las mayores aventuras, las del viaje hacia el centro, hacia el corazón de sí mismo, se convirtió en fuente de inspiración para Gandhi, del mismo modo que Ralph Waldo Emerson, quien fuera su mentor y amigo, junto a quien trazó las rutas del trascendentalismo.

En el magnífico prólogo de “Desobediencia civil y otros escritos”, de Alianza Editorial, que he vuelto a hojear estos días, Juan José Coy se refiere al elogio de la pereza que lleva a cabo el pensador como “mecanismo de defensa, como táctica de resistencia civil y pacífica”, con el fin de llegar a la “preservación del interior, a no dejarse contaminar ni convencer por las doctrinas económicas y sociales -liberales- al uso”.

Convencido de que el hombre sólo puede ser feliz sin olvidar el contacto con la naturaleza y sin dejar de lado su parte espiritual, este rebelde habitante de Concord, localidad de la que apenas salió y que le bastó para emprender las mayores aventuras, las del viaje hacia el centro, hacia el corazón de sí mismo, se convirtió en fuente de inspiración para Gandhi

Cuando leo me gusta subrayar con lápiz y hacer anotaciones en los márgenes y en las hojas en blanco del principio y del final. Los libros no son para mí un objeto sagrado, sino algo vivo, manejable, que me permite una interacción, un diálogo. Pero en el caso de “Cartas a un buscador de sí mismo”, como en el de las restantes obras de Thoreau, la práctica ha resultado exagerada. ¿Qué no he subrayado? Prácticamente todo me parece esencial, iluminador; todo lo tomo como un nutriente, como un alimento necesario. No quiero ahorrar adjetivos a la hora de expresar mi gratitud ni dejar de manifestar mi perplejidad por lo desconocido que continúa siendo Thoreau. Cuánto mejoraría el mundo, me planteo, si se leyera en los colegios; cuán lejos este deseo de los actuales planteamientos de los responsables de la educación en nuestro país, cada vez más empeñados en formar a ciudadanos simplemente competitivos, sumisos, alejados del humanismo, del crecimiento personal. ¿Soy demasiado ingenua? Me gusta serlo. Ingenua y utópica.

Bosques - Por Nacho Goberna © 2012

“Los hombres y los jóvenes aprenden todo tipo de oficios, pero no cómo convertirse en hombres. Aprenden a levantar casas, pero no están bien alojados, no son felices en sus casas, como lo es una marmota en su hoyo. ¿De qué vale una casa si no dispones de un planeta decente donde levantarla, si no soportas el planeta en el que está?”, leo a Thoreau, quien se pregunta: “¿Cuándo comenzaron los hombres a respetar las apariencias?”, y alienta en todo momento al amigo a quien dirige sus cartas a “colgarse a la espalda la mochila del cultivador de Alturas”. “Aférrese a su sueño más indefinido y esquivo”, le pide. “Calentemos el espíritu, realizando acciones nobles, no buscando innoblemente el aplauso y la admiración de aquellos que son mejores que nosotros”.

Qué poco han cambiado las cosas, qué gran perspectiva nos ofrece Thoreau para poder analizar nuestro tramo de existencia, para poder vernos con las suficientes dosis de humildad y de relatividad. No somos el centro del universo ni nuestros problemas son mayores -ni muchísimo menos- que los que han atravesado otros seres humanos, antes, en el anchísimo mar de la Historia. “No leáis los tiempos sino permaneced atentos a la eternidad”, nos dice. “Nunca el día es demasiado oscuro, ni siquiera la noche, pues al menos las leyes de la luz prevalecen y consiguen iluminar nuestro entendimiento, si está abierto a la verdad”, señala en otro momento.

Los mismos políticos corruptos; los mismos empresarios ciegos ante todo lo que no sea beneficio; los mismos banqueros especuladores, ya existían en su tiempo -las figuras apenas han cambiado- y ya fueron detestados por él. “Los ricos están siempre vendidos a la institución que los hace ricos. Hablando en términos absolutos, a mayor riqueza, menos virtud; porque el dinero vincula al hombre con sus bienes y le permite conseguirlos y, desde luego, la obtención de ese dinero en sí mismo no constituye ninguna gran virtud”, expone en “Desobediencia civil”. Un ensayo de lectura obligatoria hoy, en el que leemos: “Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, es decir, el derecho a negar su lealtad y a oponerse al gobierno cuando su tiranía o su ineficacia sean desmesurados e insoportables”.

“Si mil hombres dejaran de pagar sus impuestos este año, tal medida no sería ni violenta ni cruel, mientras que si los pagan se capacita al Estado para cometer actos de violencia y derramar la sangre de los inocentes. Ésta es la definición de una revolución pacífica, si tal es posible”, sostiene quien fue a la cárcel por negarse a pagar determinados tributos, quien criticó con todas sus fuerzas la guerra que Estados Unidos declaró en su día a México, a la que hace referencia en el texto citado.

“Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, es decir, el derecho a negar su lealtad y a oponerse al gobierno cuando su tiranía o su ineficacia sean desmesurados e insoportables”, escribe en su ensayo “Desobediencia civil”.

Seguir el discurrir del razonamiento de Thoreau y pensar en la necesidad de un cambio de valores es todo uno. Cuando deje de admirarse al rico, al poderoso, a todo aquel cuyo único mérito sea la exposición de sus pertenencias; cuando esta sociedad sea capaz de dar una vuelta de tuerca y apreciar a las personas por su grado de bondad, de solidaridad, de creatividad, de aportación a los demás en todos los ámbitos, será cuando realmente empezarán a transformarse las cosas.

Esta es una de las certezas a las que me ha conducido Thoreau. En este ser que practicó la rebeldía y que siguió siempre la melodía de su música interior, encuentro respuestas a casi todo. En medio del ruido, de la confusión, que impone la actualidad, ante la constante ceremonia de mentiras a la que nos asomamos cada día, me enseña a detenerme, a valorar el silencio profundo, la meditación. Cuando todo parece ir en una dirección que aborrezco, cuando he de encontrar el valor necesario para seguir mi andadura sin titubeos, de acuerdo a mis convicciones, él está ahí, con su ejemplo, con sus palabras, animándome a respirar hondo, a mirar al cielo, a sentir las energías del poderoso universo que está por encima de todo, ante el que somos insignificantes briznas de hierba.

Bosques - Por Nacho Goberna © 2012

Imposible dejar de asociar ya los paisajes abiertos, la naturaleza salvaje, esas impresiones de plenitud que percibimos al emprender una caminata a campo abierto, al contemplar el mar desde un ángulo de soledad, al iniciar el ascenso de una pequeña montaña que para nosotros pueda suponer un reto, con las experiencias que él plasmó en sus páginas. Me encanta volver a sus vivencias como hombre solitario, de las que dejó constancia en “Walden, la vida en los bosques”. “En la proximidad de la primavera”, relata, “las ardillas coloradas llegaban desde abajo de mi casa, por parejas, directamente hasta mis pies, mientras yo estaba sentado leyendo o escribiendo, y lanzaban los sonidos más extraños que jamás he oído…”


Imposible reflejar en un artículo tantos aprendizajes, tantos deslumbramientos a lo largo del tiempo que he decidido acompañar a Thoreau en sus paseos. Si me centro en mi último acercamiento a él, “Cartas a un buscador de sí mismo”, me inclino ante su valentía, ante su increíble mirada, tan adelantada a su época, ante la empatía con el amigo,  ante su sentido del humor, que lo tiene, y mucho, ante párrafos tan poéticos y bellísimos como el siguiente: “Debe haber valor y heroicidad en nuestro amor, como en las mañanas invernales”. Entre las muchas imágenes e ideas que me han impactado de este libro, elijo para finalizar una: el retrato que hace de Walt Whitman, un poeta por el que también siento devoción y al que me reencontré recientemente -azar- cuando volví a ver la película “El club de los poetas muertos”.

“Ese Walt Whitman del que le hablé es lo que más me ha interesado en estos momentos”, le confiesa al amigo. “Acabo de leer su segundo libro (que me dio él personalmente), y me ha sentado mejor que ningún otro libro en mucho tiempo (…) Debemos regocijarnos con él. En ocasiones sugiere algo más allá de lo humano. No se le puede confundir con el resto de los habitantes de Brooklyn o Nueva York. ¡Cómo deben de estremecerse cuando lo lean! Es terriblemente bueno”. Pues bien, regocijémonos con Whitman y con Thoreau. No dejemos que termine el día sin crecer un poco, como decía el primero. Hagamos caso al segundo y aprendamos a no perder el alma por conseguir el mundo entero.

(Los libros de los que hablo en este texto son: “Cartas a un buscador de sí mismo”. Traducción: Antonio García Maldonado (Errata Naturae); “Desobediencia civil y otros ensayos”. Introducción y notas: Juan José Coy. Traducción: Mª. Eugenia Díaz (Alianza Editorial); “Walden”, en la edición de Javier Alcoriza y Antonio Lastra (Cátedra) y “Walden. La Vida en los Bosques”, en la edición resumida que leí hace ya mucho y que sigo conservando. Selección e introducción: Leandro Wolfson. Traducción: Jorge Lobato (Clásicos de Bolsillo, errepar).

Henry David Thoreau. Retrato realizado por Benjamin D. Maxham (daguerrotipo) en Junio de 1856.

Todas las fotografías, salvo el retrato de Henry David Thoreau que fue realizado por Benjamin D. Maxham (usando la técnica fotográfica del  daguerrotipo) en Junio de 1856, han sido realizadas por Nacho Goberna en distintos escenarios: El bosque y el camino de Aldea os Muiños (A Coruña) y la plaza de San Ildefonso, en Madrid, donde leo a Thoreau mientras Mateo corre. El vídeo, inspirado en Thoreau y dirigido, grabado, editado y post-producido por el propio Nacho Goberna, fue realizado en la primavera del 2011. Corresponde al tema “Son las tres de este día”, perteneciente a su álbum “Un Bosque de Té Verde”. El niño que corre también es Mateo.


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