Es saludable cambiar el discurso, el lenguaje, del trabajo

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Por Emma Rodríguez © 2016 /

Llevo tiempo encontrándome con noticias, con lecturas, que me han llevado a reflexionar sobre un tema tan importante como poco dado al cuestionamiento, al análisis en profundidad, el trabajo. Por circunstancias y experiencias, tanto personales como de personas cercanas, llevo tiempo constatando algo que sabía, pero que no había despertado tanto mi atención como hasta ahora: la fuente de preocupación, de frustración, de insatisfacción, de humillación que, la mayor parte de las veces, supone el trabajo; su capacidad para agriar la vida, para desarmar, para mantener bajo control, para alentar la sumisión y la falta de iniciativas.

Conozco a gente desesperada ante la imposibilidad de encontrar una ocupación remunerada y sé de otra que harta, aburrida, de desempeñar tareas nada estimulantes, o que, ante la actual situación de crisis, de recortes, ya sólo tienen como objetivo sobrevivir al precio que sea. Conozco a personas aferradas a sus mesas de oficina, temerosas de engrosar las listas del paro, y a otras que no dudan, pese a todo, en dar portazo y dejar sueldos y posiciones acomodadas, pero que para nada les satisfacen, para lanzarse a aventuras más satisfactorias, en ocasiones, incluso, en nuevas geografías, lejos de sus sitios de origen. Yo misma, en estos tiempos de precariedad, he tenido la ocasión de asistir a situaciones rocambolescas, de observar el comportamiento de empresarios sin escrúpulos, a quienes poco les importa salir adelante a costa del esfuerzo de sus empleados, pagándoles –en el caso de hacerlo– sueldos de miseria, minusvalorando su talento, haciendo oídos sordos a sus reclamos.

En fin, todo está en el ambiente; todo propicia que, en esta ocasión, en esta Ventana, os proponga tres libros que hablan del trabajo desde enfoques y perspectivas diferentes. Se trata de dos ensayos saludables y en mi opinión muy necesarios: Sobre el sentido de la vida en general y del trabajo en particular, de Yun Sun Limet, y La abolición del trabajo, de Bob Black, y de una novela muy interesante en su proximidad, Trabajar cansa, de Javier Morales, que demuestra el valor de la ficción para reflejarnos, para hacernos comprender hechos, actitudes, dolores, que muchas veces son evitados, dejados de lado.

Conozco a personas aferradas a sus mesas de oficina, temerosas de engrosar las listas del paro, y a otras que no dudan, pese a todo, en dar portazo y dejar sueldos y posiciones acomodadas, pero que para nada les satisfacen, para lanzarse a aventuras más satisfactorias, en ocasiones, incluso, en nuevas geografías, lejos de sus sitios de origen.

¿Por qué no somos felices trabajando? ¿Por qué hemos llegado a poner el rendimiento, la productividad, en el centro de nuestras vidas? ¿Por qué nos dejamos engañar y aceptamos que todo está permitido en nombre del capital, del beneficio? ¿Dónde hemos dejado el espacio para la contemplación? ¿Cuántos de nosotros disfrutamos con nuestro trabajo y lo vemos como una fuente de alegría? ¿De qué manera tender al ideal y plantearnos actividades más gratificantes y lúdicas? ¿Cómo cambiar la mentalidad de empresarios anquilosados, alejados de todo concepto de creatividad y empatía? Sé que os planteáis muchas de estas preguntas y os aseguro que encontraréis argumentos para responderlas en estos libros que buscan comprender y rebelarse a su manera contra los lugares comunes y las aceptaciones impuestas.

LA REVELADORA CORRESPONDENCIA

DE YUN SUN LIMET

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

El análisis sobre el trabajo, sobre su evolución a lo largo del tiempo, se mezcla en Sobre el sentido de la vida en general y del trabajo en particular, el ensayo de Yun Sun Limet, publicado en España por la editorial errata naturae, con el relato íntimo, estremecedor de las circunstancias personales de la escritora, quien decide escribir el libro en forma de cartas, de correos electrónicos que envía a sus amigos y compañeros desde el hospital.

Es la lucha contra una grave enfermedad, esa vivencia extrema, límite, la que la hace abrazar la escritura, observar el pasado con distancia y adoptar la perspectiva necesaria para comprender y comprenderse, para hacerse preguntas que llevaban aparcadas demasiado tiempo. “Estamos aquí para conocernos”, declara Juan Arnau, en la entrevista que publicamos en este número de Lecturas Sumergidas. La frase acude a mí en estos momentos, porque se ajusta como un guante a lo que es esta entrega que os comento, un camino de conocimiento para quien lo escribió y para quienes recorremos sus páginas.

Nacida en Seúl (Corea del Sur) en 1968, pero de nacionalidad belga y residente en París, nuestra autora realizó estudios de cinematografía, pero orientó su carrera hacia la filosofía, la literatura y la crítica literaria, tras el descubrimiento de las obras de Maurice Blanchot y Jacques Derrida. Doctorada por la Universidad París VIII, se dedicó una temporada a la enseñanza, pero después entró a trabajar en el mundo de la edición, tarea que fue compaginando con su verdadera pasión, la escritura, habiendo publicado varias novelas y ensayos dedicados a Cioran y sus contemporáneos y a Blanchot. El trayecto realizado es puesto en cuestión en la obra que nos ocupa.

La vida está ahí. Bien cerca. Casi al alcance de la mano. He pensado mucho en las grandes etapas de mi existencia durante los últimos días. Y sé que ha perseguido un objetivo sin alcanzarlo en realidad del todo. Ser libre. Tú me dirás: pero, ¿qué es ser libre? ¿Vivir sin ataduras ni obligaciones? No. Es poder responder a las necesidades interiores. Vivir según elecciones que le dan sentido a esta vida. Y como estamos hechos de contradicciones no siempre es fácil discernir lo que es necesidad y lo que es sentido”, leemos en la carta que abre el libro, una misiva en la que se plantea la distancia entre los proyectos queridos y las obligaciones económicas, la dificultad para ganarse la vida con lo que realmente nos resulta enriquecedor, satisfactorio. Se trataría de que “la posibilidad material esté en consonancia con los proyectos”, de poder vivir de “un trabajo que responda a un deseo personal y esencial.

He aquí el arranque del ensayo, su tono reflexivo, indagador, cercano, porque quién no se ha planteado alguna vez lo que se expone a continuación: “Pasamos más tiempo de nuestra vida con personas que no nos importan nada, o bastante poco, que no hemos elegido, que el sistema nos impone, que con aquellos que amamos, gracias a los cuales nuestra vida tiene sentido”. Cuando escribe esto, alude Sun Limet a la jefa de prensa de una importante editorial el día que descubrió que su hija había empezado andar, momento importante, feliz, al que asistió su niñera, no ella. “¿Por qué nos obligamos a esto? ¿Por qué el trabajo? ¿Por qué no se puede escapar de él?”, se cuestiona.

“Pasamos más tiempo de nuestra vida con personas que no nos importan nada, o bastante poco, que no hemos elegido, que el sistema nos impone, que con aquellos que amamos, gracias a los cuales nuestra vida tiene sentido”, escribe Yun Sun Limet.

Es al poner sobre el papel todas estas reflexiones, todos estos interrogantes, cuando decide mirar hacia atrás, recorrer la Historia: desde Adán y Eva, donde ya encontramos la idea del trabajo como maldición divina (“te ganarás el pan con el sudor de tu frente”), hasta un presente en el que el trabajo se ha convertido en una ideología dominante. “La actual “religión” del trabajo no tiene otro horizonte que el trabajo en sí mismo, como instrumento y testimonio del éxito económico (…) Y ahí estamos nosotros, completamente cautivos. Y vemos bien hasta qué punto no hay alternativa posible, ni tan siquiera anhelada por la gente…”, vamos recorriendo las páginas del libro.

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Épocas, conceptos, filosofías, se dan cita velozmente, a pequeñas ráfagas, en un recorrido que atraviesa el río del tiempo (los griegos y romanos, la Edad Media, el Renacimiento, la preindustria del siglo XVIII y la industrialización del XIX; las revueltas obreras y revoluciones, el comunismo, las raíces del capitalismo…), en compañía de pensadores como Séneca, cuyo pensamiento es una continua inspiración para la autora, porque también él se planteó en su momento si el trabajo permite la felicidad o es un impedimento.Séneca piensa en una libertad con respecto a la tiranía de los placeres, pero cómo no escuchar aquí resonancias también de una llamada hacia una libertad más general, una libertad para con los servilismos que denuncia en “De brevitate vitae”, servilismos de la ocupación pública, profesional, que impide vivir un tiempo que tal vez está contado. Estamos lejos de la idea que vendrá algunos siglos más tarde, según la cual, precisamente porque está contado, el tiempo debe ser ocupado plenamente por el trabajo; estamos lejos también de las recomendaciones estoicas que ordenan la acción, “trabajar por el bien de la sociedad”, argumenta Yun Sun Limet.

Épocas, conceptos, filosofías, se dan cita en un recorrido que atraviesa el río del tiempo (los griegos y romanos, la Edad Media, el Renacimiento, la preindustria del siglo XVIII y la industrialización del XIX; las revueltas obreras y revoluciones, el comunismo, las raíces del capitalismo…), en compañía de pensadores como Séneca, cuyo pensamiento es una continua inspiración para la autora.

Si la travesía histórica, de la que apenas os he transmitido algunos apuntes es realmente interesante (sumergiros en el libro, de verdad merece la pena), la parte más íntima del recorrido es un regalo que la escritora nos otorga desde la lucidez que le despierta la enfermedad, experiencia por la que todos hemos de pasar. Hay momentos hermosísimos que tienen que ver con revelaciones y también con recuerdos, así el sueño con la abuela; la visita de un adolescente a su madre enferma, vecina de habitación en el hospital, ambos observados en su forma de asumir la desgracia, sin dejar de celebrar por ello la alegría de los encuentros. “Felicidad de la vida que está ahí, que persiste, que tal vez tendrá la última palabra antes de la vejez, felicidad del instante que es eternidad y que hay que vivir como tal”, escribe, pasando a rememorar, en otro bello capítulo, su conversación con Derrida antes de que este muriera, evocando sus últimas palabras publicadas: “Aprender a vivir por fin”.

Es este libro una defensa de la existencia vivida con plenitud, de la búsqueda de esa plenitud. Es este libro, como señalaba antes, un recorrido hacia el propio conocimiento. Al final, pese a los cuestionamientos y las dudas, vemos a la autora reconciliada con sus decisiones, de vuelta a un trabajo que ha retomado a tiempo parcial tras la superación de la enfermedad. “Curiosamente”, comenta en una de sus misivas finales, “después de un pequeño recorrido histórico, parcelario, he llegado a la conclusión de que el trabajo acompaña la evolución de nuestras sociedades, y que poco a poco incluso se ha convertido en su motor. Nos quejamos, evidentemente, cuando vemos el malestar que engendra, pero al mismo tiempo, ya no me arrepiento de haber compartido con los otros los mismos límites, los mismos sufrimientos, aunque fuera a un nivel menor, que los asalariados del textil o de otras industrias. Supone compartir una experiencia común al homo faber. Es lo esencial de nuestra condición como seres humanos del siglo XXI...”

Llegados a este punto, la escritora señala que darle sentido a la vida es la misión de la escritura y deja para el final un mensaje para los políticos que no puedo dejar de transcribir: Nuestros políticos, que se llenan la boca con la palabra “consumo” y “crecimiento”, ¿han pensado que éstos ya no son valores positivos? ¿Y que ha de inventarse algo diferente para darles sentido a nuestras vidas? El trabajo, desde luego. Sí, ¿pero cuál y por qué, si no es para pagar el alquiler y la compra del sábado? Me gustaría que esos mismos políticos interviniesen más a menudo para evocar todo lo que denota nuestra especificidad como mujeres y hombres: inventar, compartir y transmitir saberes, por ejemplo. ¿Y quién en su lecho de muerte pronunciará la palabra “consumo”? No, quizás ROSEBUD, inscrito en el trineo del recuerdo infantil de Ciudadano Kane.

Concluye en Sobre el sentido de la vida en general y del trabajo en particular Yun Sun Limet que las ideas de cambio, en marcha, tendrán que “desarrollarse en un momento de mutación importante de la sociedad”. No puede haber mejor manera de dar paso al siguiente libro que os quiero comentar, La abolición del trabajo, publicado por el sello Pepitas de calabaza.

LA SALUDABLE IRREVERENCIA

DE BOB BLACK

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Estimulante, contagioso, saludable, divertido, ingenioso. Así es La abolición del trabajo, un manifiesto apto para mentes despiertas, para espíritus inquietos, dispuestos a asumir que la provocación, la risa, la frivolidad, también son necesarias. Cuando empecé a leer este ensayo breve, a contracorriente, de Bob Black (Detroit, 1951), un autor libertario, polémico, bastante desconocido fuera de los círculos más progresistas de Estados Unidos, me planteé de qué manera recibir hoy, cuando tanta gente sufre por falta de trabajo, un discurso que desmonta los argumentos en torno a su culto, que ridiculiza el tiempo que se gasta en tareas insatisfactorias, nada creativas ni estimulantes, en la producción desmesurada de bienes de consumo destinados a enriquecer a empresas absolutamente alejadas del bienestar de sus empleados.

Lo explican muy bien los editores de Pepitas de calabaza, que ya han lanzado tres ediciones de una obra que, como dicen, a estas alturas del siglo XXI sigue siendo una herejía para muchos. Comentan que “en un momento en que muchos de nosotros nos estamos quedando sin ese trabajo que nos sirve para ganarnos la vida pérdiendola”, llevar el ensayo de Black a la imprenta, no era “una provocación, sino una invitación a no esperar a que no se sabe qué fantasma financiero nos salve de la catástrofe más absoluta”. Y nos animan a pasar las páginas de una entrega que es “además de un armonioso canto a la vida, un monumental corte de mangas al orden establecido”.

Estimulante, contagioso, saludable, divertido, ingenioso. Así es La abolición del trabajo, un manifiesto apto para mentes despiertas, para espíritus inquietos, dispuestos a asumir que la provocación, la risa, la frivolidad, también son necesarias.

Así hay que verlo para de verdad entender el sentido de este recorrido, que si no nos ponemos las gafas adecuadas, si nos estancamos en el conformismo, en la aceptación de los discursos predominantes, puede parecer un disparate. Bienvenidos los disparates, digo yo. Bienvenida la propuesta de Bob Black de emprender una revolución lúdica, de celebrar el trabajo no solamente por la remuneración que obtengamos de él, sino por la alegría que depara cuando se ajusta a nuestros deseos, cuando el tiempo empleado es un tiempo también para el disfrute. ¿Por qué no reírnos, por qué no ver desde fuera la ridiculez de las sociedades en las que vivimos? ¿Por qué no tomar impulso de la ironía para, por lo menos, desmentir, desarticular, los discursos trillados y avanzar hacia otros conceptos? A lo mejor basta con cambiar un poco el punto de mira y creer en iniciativas transformadoras como la de la renta básica, que pueden ayudar a que se puedan llevar a cabo actividades tan creativas como necesarias, pero poco valoradas por las sociedades del lucro (la renta básica ya era defendida por pensadores como Erich Fromm; os animo a leer el texto que le dedicamos en otra de las entradas de esta publicación). A lo mejor basta con introducir palabras nuevas al lenguaje: lúdico, juego, compañía, empatía, creatividad… Sí, también, todo esto, en el ámbito de trabajo.

¿Por qué no reírnos, por qué no ver desde fuera la ridiculez de las sociedades en las que vivimos? Bienvenida la propuesta de Bob Black de emprender una revolución lúdica, de celebrar el trabajo no solamente por la remuneración que obtengamos de él, sino por la alegría que depara cuando se ajusta a nuestros deseos, cuando el tiempo empleado es un tiempo también para el disfrute.

Quizá os preguntéis si hablo en broma o en serio. Hablo a la vez en broma y en serio. Ser lúdico no equivale a hacer el ridículo. El juego no tiene por qué ser frívolo, aunque no quepa equiparar la frivolidad a la trivialidad: es más, deberíamos tomarnos la frivolidad en serio más a menudo...” señala el autor muy al comienzo del libro. ¿Estáis dispuestos a seguirle el juego? El recorrido es breve. En su brevedad condensa unas cuantas ideas revolucionarias, auténticos despertadores de conciencia.

Traza el autor un diagnóstico certero, fruto de la observación de los centros de trabajo en Estados Unidos, que es la realidad que mejor conoce. “La jerarquía y la disciplina que hay en una oficina o en una fábrica es del mismo tipo que la que hay en una prisión o en un monasterio. De hecho, como han demostrado Foucault y otros, las prisiones y las fábricas aparecieron más o menos al mismo tiempo, y quienes las gestionaban se inspiraron conscientemente en sus técnicas de control respectivas”, le vamos leyendo.Y prosigue: “Un trabajador es un esclavo a tiempo parcial. El jefe dice cuándo tiene que presentarse, cuándo tiene que marcharse y qué tiene que hacer entretanto. Decide cuánto hay que trabajar y a qué ritmo (…) Si hacemos salvedad de algunas excepciones puede despedirte por cualquier motivo o sin motivo alguno (…) El degradante sistema de dominación gobierna más de la mitad de las horas de vigilia de la mayoría de las mujeres y de la inmensa mayoría de los hombres durante la mayor parte de las décadas que abarca su existencia (…) Quienquiera que diga que esta gente es “libre” miente o es estúpido. Somos lo que hacemos (…) El trabajo explica mucho mejor el creciente cretinismo que nos rodea que mecanismos de idiotización tan relevantes como la televisión o la enseñanza…”

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

El diagnóstico ocupa la primera parte del libro, donde, del mismo modo que hace Yun Sun Limet, se compara la visión actual con las culturas antiguas, donde Black encuentra aliados en Platón, Jenofonte, Heródoto, Cicerón y Sócrates, quien avisaba ya de que “los trabajadores manuales eran malos amigos y malos ciudadanos porque no disponían de tiempo para cumplir con las responsabilidades de la amistad y la ciudadanía”. Para apoyar sus argumentos, se basa el autor en las estadísticas, en la cantidad de empleados hartos de sus actividades, en las tasas de absentismo, en las huelgas, en los robos y sabotajes cometidos por los trabajadores…

“La jerarquía y la disciplina que hay en una oficina o en una fábrica es del mismo tipo que la que hay en una prisión o en un monasterio. De hecho, como han demostrado Foucault y otros, las prisiones y las fábricas aparecieron más o menos al mismo tiempo, y quienes las gestionaban se inspiraron conscientemente en sus técnicas de control respectivas”, señala el autor de “La abolición del trabajo”.

Y de ahí pasa a las propuestas: “Supongamos por un momento”, nos dice, “que el trabajo no convierta a la gente en seres embotados y sumisos”. Supongamos que el trabajo nocivo es abolido y que el que cumple una función útil es reemplazado “por una multitud de nuevas formas de actividad libre”. Supongamos que  pueda transformarse en placenteros quehaceres… “La creación podría convertirse en diversión. Y todos podríamos dejar de temernos los unos a los otros”, nos dice este hombre a contracorriente.

Podemos estar de acuerdo con él en unas cosas; podemos disentir en otras, pero su discurso irreverente, no nos dejará indiferentes. Inspirémonos, pues, en sus ideas, que en la edición que presenta Pepitas de calabaza, se acompaña de un epílogo cómplice, igualmente rebelde, firmado por Julius Van Daal, quien también apuesta por la creatividad, por “la invención de una vida no mutilada”, reconciliada con la naturaleza, basada en una producción y un consumo menos salvajes. Inspirémonos en esta obra que demuestra, una vez más, hasta qué punto la lectura puede ser beneficiosa, liberadora, energizante; también “peligrosa” para mentes que alardean de bienpensantes, porque nos lleva a romper los barrotes de los prejuicios, de los dogmas asumidos, y hacernos soñar, imaginar, volar, comprender.

JAVIER MORALES: LA PROXIMIDAD

DE LA FICCIÓN

Comprender, observar la realidad, fotografiarla, profundizar en ella, poner delante de nuestros ojos un espejo que nos refleje, que nos impida cerrar los ojos y salir corriendo, es lo que hace Javier Morales en Trabajar cansa, su última novela, publicada por Baile del Sol, una interesante propuesta en la que el autor parte de situaciones cercanas, de escenas cotidianas en estos tiempos de crisis y de pérdida de sentido. ¿La literatura puede ser impermeable a lo que está sucediendo? ¿Puede el novelista escapar de lo que se vive? son preguntas pertinentes. En un reciente encuentro con Morales, me decía el autor lo mucho que le preocupan estas cuestiones y de qué modo con este libro ha buscado “implicarse con la realidad, mancharse”.

Leer Trabajar cansa, frase tomada del título de una obra de Cesare Pavese, es como asomarse a la ventana que da a la calle por la que paseamos habitualmente, en la que vemos a gente que escarba en los cubos de basura, en la que somos testigos de largas colas de personas para acceder a los comedores de Cáritas (me refiero a si vivís en el centro de una ciudad como Madrid, como es mi caso, no en urbanizaciones amuralladas). En Trabajar cansa, donde no se incluyen estas escenas, pero sí se retrata la actualidad que las propicia, Morales nos pone en contacto con lo que somos, con lo que sentimos ahora mismo. Nos hace andar al lado de personajes que “quizás buscan un lugar donde olvidarse de las asperezas de la vida cotidiana, puede que de sus propios miedos y demonios”.

Comprender, observar la realidad, fotografiarla, profundizar en ella, poner delante de nuestros ojos un espejo que nos refleje, que nos impida cerrar los ojos y salir corriendo, es lo que hace Javier Morales en “Trabajar cansa”, una novela donde ha buscado implicarse con la realidad, “mancharse”.

El amor, el desengaño, la frustración, la angustia y, pese a todo, un atisbo de esperanza. De todo hay en las historias cruzadas de esta novela de proximidades en la que entra el lenguaje de los expedientes de regulación de empleo, de las bajas incentivadas… El lenguaje de la humillación que tan bien saben utilizar empresarios sin escrúpulos. El lenguaje de la frustración de tantos trabajadores que de repente se quedan a la intemperie. Dando muestras de su buen olfato y oído para registrar las conversaciones, los gritos, los dolores de la calle, Morales, que compagina la escritura con el periodismo y la enseñanza en talleres de creación literaria, consigue que nos reconozcamos en sus historias.

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016

Nos reconocemos, sí, en los diálogos de la pareja protagonista, en el instante en que ella, después de las vacaciones de verano, anuncia que, en plena crisis, va a dejar su fenomenal y envidiado trabajo como abogada laboralista, en el que se dedica a propiciar el despido de otros, porque no le gusta en lo que se ha convertido. Hay capítulos, en el intercambio de destinos que es la novela, que podrían ser protagonizados por nuestros amigos, por nosotros mismos, como el de El expediente, que tan bien transmite la angustia de los que van a ser despedidos, la incertidumbre que a día de hoy se vive en muchos lugares de trabajo.

Y por debajo, el latido de la pérdida, la pérdida de sentido, de valores, ese murmullo de los que se quedan sin horizontes. Javier Morales ha escrito una novela sobre un tema que no es frecuente en la literatura, aunque cada vez más autores sienten la necesidad de afrontarlo. Pienso ahora en Isaac Rosa y sus obras La mano invisible y la valiente, claustrofóbica, La habitación oscura. Pienso en La trabajadora, de Elvira Navarro, y, por supuesto, en Estupor y temblores, de Amélie Nothomb, donde la autora aborda con humor el absurdo de las jerarquías en el trabajo, y, por supuesto, en La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, a cuyas páginas estoy deseando volver. Tal vez antes de que acabe este verano…

NOTA FINAL: Las fotografías que ilustran este artículo las ha hecho Nacho Goberna en casa, en mi entorno habitual de trabajo, durante la elaboración de este número, el 34 ya, de la revista. Os puedo asegurar que desde que inicié la aventura de LECTURAS SUMERGIDAS he comprendido el valor del trabajo por sí mismo, la satisfacción, la alegría que depara, más allá de la remuneración que obtengamos por él. Es un trabajo intenso, que requiere esfuerzo y pasión a partes iguales. Que podamos seguir adelante, con las mismas ganas y dedicación, desarrollando el periodismo independiente que nos gusta, depende, en gran medida, de vosotros, nuestros lectores, de vuestro apoyo. Por eso, una vez más, desde aquí os pregunto: ¿Queréis apoyarnos?

Apoyo-al-final-de-artículos

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna © 2016


Los libros de los que hablo en este artículo son:

  • Sobre el sentido de la vida en general y del trabajo en particular, de Yun Sun Limet. Traducido por Sara Álvarez Pérez y publicado por errata naturae.
  • La abolición del trabajo, de Bob Black, con epílogo de Julius Van Daal, traducido por Federico Corriente y editado por Pepitas de calabaza.
  • Trabajar cansa, de Javier Morales, en Baile del Sol.

  • Todas las fotografías a Emma Rodríguez fueron tomadas por Nacho Goberna © 2016