Un regalo para Chavela Vargas

Por Milagros Martín-Lunas © 2015 / Recuerdo con cierta nostalgia la primera vez que la vi en directo. Aquel viernes 7 de junio de 1996 cubría un concierto más de la interminable lista que llevaba entre mi alma, mis dedos y mi pluma. Me senté en la primera fila, sola, sin expectativas, pero cuando se apagaron las luces, ella surgió de la nada, caminando desde la oscuridad con su poncho de rayas rojas, acaparando las tablas de nuestro añorado Teatro Albéniz. Recuerdo que al sonar los primeros acordes de la ‘Macorina’ un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Cómo un cuerpo tan diminuto era capaz de llenar el escenario de esa manera tan brutal? Abría los brazos y todo aquello se le quedaba pequeño. Chavela Vargas me sedujo y en ese mismo instante me convertí en su última y mayor admiradora.

Fue una velada inmortal. Con su incombustible jovialidad la cantante rompió el silencio protegida por un escaso grupo de músicos. Desde aquel viernes, mi presencia en sus conciertos se convirtió en una constante.

Chavela se entregaba, lo hacía siempre. Sus visitas a Madrid eran lo más parecido a una comunión para sus fieles. Con su irrepetible voz aguardentosa, que más bien debería ser tequilosa, le cantaba al amor en todas sus versiones, al amor salvaje, al tierno, al prohibido, al fiel, al turbulento, al imposible. La Chamana le cantaba a la soledad, a las pequeñas cosas y en el último trago buceaba por ese pasado turbulento que no ocultaba y del que, a pesar de todo, se sentía orgullosa. Confesaba que volvería a vivir todo, que nunca hizo mal a nadie. Fueron 20 años bebiendo, lo hacía a sabiendas, consciente de lo malo que era, pero ni robé ni maté. Bebía por miedo. Lo peor era cuando me veía borracha mi perrita Vicenta Vargas y me tiraba la botella por el suelo, ese animal creía ser mi madre. ¡Quizá era su reencarnación!”.

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Chavela recitaba, cantaba, pero no sólo con las cuerdas vocales, ella lo hacía con los gestos, con las manos y con su enjuto cuerpo que el óxido del tiempo iba consumiendo. “Gracias por los aplausos, son el pan del artista. Dicen que hay una cosa en la tierra más importante que Dios: es que nadie escupa sangre ‘pa’ que otro viva mejor”. Siempre tenía una sonrisa para el público y nosotros, cada vez que se iba, nos preguntábamos si aquella sería la última vez.

Chavela se entregaba, lo hacía siempre. Sus visitas a Madrid eran lo más parecido a una comunión para sus fieles. Con su irrepetible voz aguardentosa, que más bien debería ser tequilosa, le cantaba al amor en todas sus versiones, al amor salvaje, al tierno, al prohibido, al fiel, al turbulento, al imposible. La Chamana le cantaba a la soledad, a las pequeñas cosas y en el último trago buceaba por ese pasado turbulento que no ocultaba y del que, a pesar de todo, se sentía orgullosa.

El 17 de abril de 2012, la voz de México celebró su último cumpleaños. Lo festejó con un nuevo disco entre sus manos, no era un trabajo más, se trataba del final de un ciclo. La dama había consumado la promesa que le hizo a su venerado Federico García Lorca cuando se encontró con él en aquellas las noches de insomnio en la Residencia de Estudiantes.

 Frida Kahlo junto a Chavela Vargas. Fotografía tomada en 1945 por Tina Modotti
Frida Kahlo junto a Chavela Vargas. Fotografía tomada en 1945 por Tina Modotti

La Luna Grande lo bautizó. Y así, a lo grande, lo presentó en el Teatro Bellas Artes de México, el mismo rincón que antaño le cerró las puertas tantas y tantas veces porque las autoridades consideraban que no tenía categoría suficiente para entrar en él.

Yo hacía tiempo que sabía de la existencia de este trabajo, intuía que aquel disco de Lorca se iba a convertir en su último legado y me propuse, como regalo de cumpleaños, rebuscar entre los rincones del Madrid que le abrió las puertas al mundo a principios de la década de los 90.

Escuché los recuerdos de Laura García Lorca, las anécdotas de su encuentro, las dos abrazadas llorando sin saber porqué; me senté en su habitación de la Residencia de Estudiantes y, como a ella, el viento de una recién estrenada primavera me condujo hasta el espíritu de aquellos estudiantes que a principios del siglo XX se convirtieron en la vanguardia, en la sensibilidad de una libertad a la que cortaron las alas sin remordimientos una mañana del mes de julio; en el mismo escenario donde dio el primer concierto de la segunda parte de su vida me tomé un café con José García-Velasco, entonces director de la Residencia. Velasco me regaló su tiempo y sus recuerdos de aquella mujer tan especial que amó hasta la enfermedad.

“Fueron 20 años bebiendo, lo hacía a sabiendas, consciente de lo malo que era, pero ni robé ni maté. Bebía por miedo. Lo peor era cuando me veía borracha mi perrita Vicenta Vargas y me tiraba la botella por el suelo, ese animal creía ser mi madre. ¡Quizá era su reencarnación!”

Manuel Arroyo se topó con una Chavela rehabilitada que cantaba en El Hábito, un recóndito garito de México DF. El editor de Turner se empeñó en traerla a España, me llamó para preguntarme si podíamos alojar a Chavela en la Residencia de Estudiantes, estaba empeñado en que la quería traer a un sitio especial ya que pensaba que no se la podía hospedar en un hotel cualquiera”, me confesaba García-Velasco.

Así surgió su romance con la Residencia y con Lorca. “Nos pareció bien, ya que la Residencia siempre ha sido la casa de la poesía y no cabe duda que lo suyo y lo de José Alfredo era poesía pura. En la Residencia se codeó con gente de la ciencia y la cultura. Fue muy divertido el día que se encontró con Octavio Paz. Él estaba un poquitín rígido, ella no pertenecía a ese universo intelectual refinado de Paz, aunque estaba encantada. Tuvo una relación estupenda con Andrés González, pero sobre todo, Chavela estaba siempre rodeada de juventud, pasaba las horas pegada a los becarios incluso comía con ellos, les llamaba ‘mis polimeritos’ porque uno de ellos estaba haciendo la tesis sobre polímeros”, me confesaba sonriente Velasco.

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Pedro Almodóvar desnudó sus recuerdos y me contó anécdotas increíbles. “Nuestro primer encuentro fue el de dos amantes que físicamente no se habían visto hasta entonces pero que previamente, como dice una de sus canciones, nos habíamos adivinado mutuamente, era como si nos conociéramos de toda la vida. Cuando debutó en el Olympia de París yo acababa de dejar de fumar, en los camerinos éramos víctimas de nuestros respectivos síndromes de abstinencia. Chavela se lamentaba no poder beberse una botella de tequila y yo de fumarme una cajetilla entera de cigarrillos. La sala estaba llena, había venido ‘todo París’. Después de mi presentación vi el concierto sentado entre Jeanne Moreau y Françoise Hardy. Esa misma mañana habíamos estado probando sonido, vi que Chavela le preguntaba algo a uno de los técnicos, no sé en qué idioma, porque ella no hablaba francés. La vi después, desplazarse hasta el lugar del escenario que el técnico le había indicado con un gesto. Más tarde, le pregunté que le había preguntado. Chavela me respondió que quería saber dónde se colocó Edith Piaf cuando actuó en esa sala, y a ese lugar se dirigió, allí estuvo todo el concierto. No tengo palabras“, me decía.

Escuché los recuerdos de Laura García Lorca, las anécdotas de su encuentro, las dos abrazadas llorando sin saber porqué; me senté en su habitación de la Residencia de Estudiantes y, como a ella, el viento de una recién estrenada primavera me condujo hasta el espíritu de aquellos estudiantes que a principios del siglo XX se convirtieron en la vanguardia, en la sensibilidad de una libertad a la que cortaron las alas sin remordimientos una mañana del mes de julio.

Chavela tenía un talento especial para adaptar y someter las canciones de los demás a su propio ritmo, las recreaba como nadie. “Piensa en mí”, de Agustín Lara, la reinventó Chavela, la canción original tenía mucho ritmo (era un danzón o casi) y Chavela la redujo hasta convertirla en un fado portugués, desechó la orquesta y la base rítmica y se acompañó solo de dos guitarras portuguesas. Y dilató el ritmo de la canción hasta acompasarlo con el de su propia agonía cuando la cantaba”, seguía emocionado.

Chavela Vargas con el director de cine Pedro Almodovar
Chavela Vargas con el director de cine Pedro Almodóvar

Andaba yo organizando mi regalo a la Chamana cuando desde México (su ciudad adoptiva, pocos sabía que había nacido en Costa Rica) recibí una llamada: “Chavela quiere hablar contigo”. Sí, me regalaba una entrevista sin medida, sin tiempo, sin reglas. Podía hablar con ella hasta que el cuerpo aguantara. Mi regalo cambió de dirección, en lugar de hacerlo yo, me lo hacía ella a mí. Podía hablar de lo que quisiera, sin tapujos, sin censuras… Me sentí afortunada por llevar el veneno del periodismo en la sangre desde los siete años. Fue uno de esos privilegios que te otorga la profesión.

Chavela era una mujer de carácter, crítica, de formas exquisitas, con un sentido del humor muy ácido y con gran inteligencia natural. Empezamos hablando de Madrid, de sus amigos y de sus rincones favoritos. “Me acuerdo de la amabilidad de la gente, el clima, la belleza… Llevo a España en el corazón. Me encantaba hospedarme el la Residencia. En ese lugar habitaron todos mis adorados poetas y escritores, así que me empeñé en vivir allí y lo logré. Allí me topé con las almas de los que vivieron entre sus paredes, en mis noches de insomnio los oía, los sentía. Tenía mucho chance de hablar con Federico, que lo quiero desde que era una niña”.

Su vida no había sido un camino de rosas, quizá de rosas y espinas. Su turbulenta trayectoria la llevó a beberse todo el tequila del mundo. El público la olvidó, la creyó muerta, el paso del tiempo acabó con ella. Manuel Arroyo y Almodóvar la resucitaron. “España me dio todo el amor y me volvió a abrir las puertas al mundo. Me agarró, me llevó arriba y allí me mantiene, mi hijita”.

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Mujer de rompe y rasga se puso los pantalones cuando ninguna mujer se atrevía. He tenido que luchar para ser yo y que se me respete. Llevar ese estigma, para mí, es un orgullo llevar el nombre de lesbiana. No voy presumiendo, no lo voy pregonando, pero no lo niego. He tenido que enfrentarme con la sociedad, con la Iglesia, que dice malditos a los homosexuales… Es absurdo. ¿Cómo vas a juzgar a un ser que ha nacido así? Yo no estudié para lesbiana. Ni me enseñaron a ser así. Nací así. Desde que abrí los ojos al mundo. Nunca me he acostado con un señor, nunca. Fíjate qué pureza, yo no tengo de qué avergonzarme… Mis dioses me hicieron así”.

Desde México (su ciudad adoptiva, pocos sabía que había nacido en Costa Rica) recibí una llamada: “Chavela quiere hablar contigo”. Sí, me regalaba una entrevista sin medida, sin tiempo, sin reglas. Podía hablar con ella hasta que el cuerpo aguantara.

Chavela había dicho adiós a Madrid físicamente en 2006. Se fue, pero se llevó muchas almas prendidas en su corazón. “Híjole, no me alcanza el resto de la vida que me falta para contarlas todas y seguir soñando. Las echo de menos. Echo de menos Madrid, recuerda que España es la hembra de Europa, turrona y coqueta”, me decía socarrona.

A través del hilo telefónico Chavela sentía que ya había cumplido su destino. Hablaba con la libertad que le otorgaba el retar a la muerte día a día. Yo le gusto a la vida y le gusto a la muerte. La muerte le pregunta a la vida: ‘¿Qué tienes tú con Chavela?’, ‘Que esta vieja sabe vivir, me es leal, no me traiciona’, dice la vida. Y la muerte replica: ‘Pues yo he quedado con Chavela en que nos daremos la mano un día de estos y será precioso’”.

Entonces, todavía tenía planes. “Si Dios me presta la vida, todavía tengo cosas que hacer, pero ya me toca descansar eternamente, lo único que me resta es regresar a Madrid, porque allí dejé aparcada mi alma. Tengo que pasar a recogerla y seguro que lo haré. No sé cuándo exactamente, pero tengo que reencontrarme con mis viejos amigos”.

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Chavela cumplió su promesa. Aquel verano de 2012 viajó a Madrid con la excusa de presentar su Luna Grande, pero lo que realmente quería ella era recoger su alma, aquella que había dejado entre los muros de la Residencia. Perdía movilidad, no la fuerza que  nunca residió en su físico. Se movía en una silla de ruedas mientras llenaba la sala con sus arrestos. Chavela cantó por última vez en Madrid una calurosa tarde de julio acompañada por Martirio y Miguel Poveda. Yo esperaba ansiosa que se recuperara del esfuerzo puesto que mi regalo de cumpleaños le había llegado al corazón y su asistenta y amiga  María Cortina me había prometido que en cuanto se recuperara del esfuerzo del concierto podía ir a conocerla en persona, mi regalo de cumpleaños le había gustado tanto que quería pasar un rato charlando cara a cara.

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Yo no estudié para lesbiana. Ni me enseñaron a ser así. Nací así. Desde que abrí los ojos al mundo. Nunca me he acostado con un señor, nunca. Fíjate qué pureza, yo no tengo de qué avergonzarme… Mis dioses me hicieron así”

Mi sueño se truncó la mañana del 12 de julio de 2012. Chavela Vargas fue ingresada en el Hospital de la Princesa por agotamiento y tras unos días de recuperación regresó a México muy cansada y con la tranquilidad del deber cumplido. Estaba en su casita de colores y había llegado con el alma debajo del brazo, como ella me prometió. “No me preocupa la muerte, puede ser bellísima”. El cinco de agosto de ese mismo año su corazón dejó de latir en Cuernavaca. ¿Tiene pensado su epitafio? “Una frase náhuatl: Nada quedó de mí en la tierra, nada”.

FIRMAS SUMERGIDAS | MILAGROS MARTÍN-LUNAS

por Begoña Rivas

Nací en Pamplona un 20 de febrero de 1965, pero mi corazón es medio navarro medio malagueño. Licenciada en Ciencias de la información, Máster en Gestión y Dirección de Empresas de Comunicación por la Universidad de Navarra, trabajé durante 23 años en El Mundo, donde fui fundadora de la revista Metrópoli y también participé en el nacimiento de M2, el suplemento de Madrid del diario. Siempre me he movido entre la cultura y la comunicación. Ahora vivo atenta a la vida, al presente y a cualquier oportunidad.

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