Andrew Marantz, alrededor de Trump, la extrema derecha y sus pasos en Internet

Emma Rodríguez © 2021 /

¿Sabéis lo que es la Ventana de Overton? Yo desconocía su existencia y significado hasta encontrarla en Antisocial, un ensayo de Andrew Marantz, subtitulado La extrema derecha y la libertad de expresión en Internet. Una entrega donde este cliché de la ciencia política resulta esencial para entender la reciente historia de Norteamérica con Donald Trump, para explicar y hacernos comprender “cómo fluctúan los vocabularios culturales conforme avanza el tiempo”; cómo las ideas que parecen irrealizables, imposibles, en un momento dado pueden llegar a imponerse. 

El autor de la obra nos invita a imaginar la imagen de una ventana y nos lo explica de la siguiente manera: las ideas que se encuentran en el interior de la misma son “universalmente aceptadas” y tan convencionales que se dan por descontado. Los cristales exteriores representan los argumentos más controvertidos; las opiniones radicales están junto al borde y por fuera se sitúan las ideas que no solo carecen de popularidad sino que son impensables.

Esa ventana, que no es estática en absoluto, que tiene una condición temporal y puede ir desplazándose, es fundamental en este libro que nos acerca a la locura trumpista, que nos conduce a reflexionar sobre las causas del renacer de la ultraderecha, no solo en Estados Unidos, sino a nivel global. El recorrido no llega hasta el asalto al Capitolio, tras el triunfo demócrata en las elecciones de diciembre de 2020, pero, a medida que vamos pasando sus páginas tenemos presente ese horizonte, del mismo modo que somos conscientes de que la salida del empresario del poder no significa que su movimiento, bajo las siglas de MAGA (“Make America Great Again”) haya desaparecido. Tal vez esté algo agazapado, a la espera de una nueva oportunidad. Todo dependerá de la dirección en que la población sea capaz de mover el arco de la historia, otra de las ideas básicas del ensayo.

¿La dirección puede ser la del retroceso o la del progreso? La ventana de Overton se ha desplazado y ha ido aproximando hasta su centro la xenofobia, la misoginia, la desigualdad. Ha sucedido en EEUU y está sucediendo en otras partes del mundo, incluida España, donde las ideas de la ultraderecha cada vez se normalizan más. Pero lo mismo puede suceder con la visión, para muchos aún utópica, de sociedades de la igualdad y los cuidados, más feministas, más concienciadas con la ecología y la lucha por atenuar el Cambio Climático, acordes con políticas de justicia social, con sistemas de ingresos mínimos… Desde este punto de vista, podemos oponer la esperanza a los peores presagios, y tener muy presente que como colectividades algo tendremos que hacer para que los desplazamientos vayan produciéndose en la dirección deseada.

Pero volvamos a Antisocial, publicado por Capitán Swing, sello con un olfato especial para hacernos llegar títulos apegados a la inmediatez, capaces de profundizar en las grietas del presente. Entre el ensayo y la crónica, la entrega de Marantz es un ejemplo de la capacidad del buen periodismo para ahondar en los conflictos, para adentrarse en lo que está pasando a nuestro alrededor con tanta velocidad que el simple repaso a las noticias del día a día no basta, mucho menos si nos paramos a pensar en la gran confusión y el ruido que nos rodean..

Desde antes de la llegada de Trump al poder, este redactor de The New Yorker empezó a captar en las redes sociales movimientos oscuros, subterráneos, desestabilizadores. Experto en temas de tecnología percibía con lucidez que las nuevas plataformas de Internet eran el mejor escenario para contagiar el odio, para manipular a través de la difusión de bulos y teorías conspiratorias, capaces de atrapar en sus redes a una ciudadanía perdida, descontenta con la política, abandonada por el sistema neoliberal, falta de valores, de referencias, de anclajes y horizontes de futuro. Marantz fue identificando la presencia de cada vez más villanos en la red y decidió seguirlos, conocerlos, acercarse a ellos para comprender sus impulsos y estrategias. Muchas de esas aproximaciones se convirtieron en piezas para su revista antes de entrar en el libro que nos ocupa, en el que estuvo trabajando desde 2016 hasta 2019.

A través de encuentros y entrevistas con las figuras más significativas de las nuevas corrientes mediáticas y alternativas de la derecha, decisivas en el triunfo de Trump, contra todo pronóstico, frente a Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de 2016, el autor construye un apasionante, esclarecedor, recorrido que participa del testimonio, del análisis y la reflexión. Entre sus méritos, la capacidad para detectar las vulnerabilidades de las sociedades tecnologizadas; la maestría en la exposición y el seguimiento de este momento clave de la historia de su país y del mundo; las preguntas que abre y la llamada de atención de los peligros que nos aguardan a nivel global si la política no es capaz de conectar con la gente. ¿Podrán los demócratas en EEUU, tras la victoria reciente de Joe Biden, cambiar las emociones y las convicciones de los norteamericanos? Y la pregunta cabe también para la Unión Europea: ¿Habrá un camino hacia la equidad capaz de hacer cambiar el rumbo y quebrar los intentos del fascismo por imponerse nuevamente?

Desde antes de la llegada de Trump al poder, AnDREW Marantz empezó a captar en las redes sociales movimientos oscuros, subterráneos, desestabilizadores. Experto en temas de tecnología percibía con lucidez que las nuevas plataformas de Internet eran el mejor escenario para contagiar el odio.

Andrew Marantz inicia el camino en la antesala de la campaña de Trump, cuando se dispuso a ir tras los pasos de importantes oradores e impulsores de la ultraderecha que, a través de sus medios, de sus plataformas en Internet, de su influencia en las redes sociales, empezaban a convencer a cada vez más gente, potenciales votantes, de que había llegado la hora de “cuestionar el relato dominante”, de “pensar lo impensable y doblar el arco de la historia”.

Sitios como Breitbart, liderado por Steve Bannon, estratega político de Trump, The Gateway Pundit, Vice, The Right Stuff… se nos hacen familiares a medida que avanzamos en la lectura. Pseudocelebridades como Cassandra Fairbanks; Jack Posobiec; Jeff Giesea; Mike Cernovich; Milo Yiannopoulos, Lauren Southern, Laura Loomer, Lucian Wintrich, Faith Goldy, Mike Enoch, Richard Spencer, David Duke o Emerson Spartz, entre muchas otras, nos acompañan. Sus nombres no dicen nada a primera vista, pero su papel como agitadores, como maestros de la viralidad, del troleo, de la conspiración, no deja de resultar sorprendente.

El papel de las redes, los denominados “medios de comunicación sociales, es analizado en profundidad por el periodista. Partieron, nos dice, “de un utopismo impreciso: conectar a la gente, acercar a unos con otros, hacer del mundo un lugar mejor”, pero, ¿qué es lo que ha pasado? ¿en qué momento esos ideales se trastocaron, se pervirtieron, permitiendo la entrada del insulto, de la mentira, del desprecio hacia los otros? He aquí algunas de las grandes cuestiones a las que intenta dar respuesta el ensayo.

Si bien las redes sociales han servido para organizarse, para denunciar abusos de poder y promover objetivos justos; también han sido utilizadas para sembrar la desinformación o incitar al odio, todo en nombre de una defensa ambigua de la libertad de expresión. “Su éxito en el plazo de una década, había superado todas las expectativas. Los medios de comunicación sociales se habían convertido en los instrumentos de difusión de la información más poderosos en la historia del mundo. Muchos medios informativos tradicionales estaban siendo desmantelados y nadie parecía tener ni la más remota idea de que los reemplazaría. En lugar de tomar el relevo de la vieja guardia, los alteradores –los nuevos guardianes– se negaban a reconocer la expansión de su ámbito de influencia y responsabilidad. Dejaron sin vigilancia la mayoría de las puertas confiando en que los transeúntes no trastearan con los candados”, expone Marantz en el prólogo.

El vocabulario nacional empezó a cambiar. El consenso estadounidense se rompió debido a la convergencia de esta nueva realidad y de muchos otros factores, entre ellos, por supuesto, las circunstancias económicas, sociales, políticas. Y, de repente, cada vez más gente se vio incapaz de distinguir “la simple verdad de informaciones falsas viralizadas”. De pronto pudimos ver a “una broma pesada de la cultura popular ascendiendo a la presidencia; neonazis desfilando con la cara al descubierto por distintas ciudades estadounidenses”, señala el autor. No era el tipo de alteración que habían imaginado los artífices de las redes. “Se había producido un grave error de cálculo”, nos dice.

De pronto pudimos ver a “una broma pesada de la cultura popular ascendiendo a la presidencia; neonazis desfilando con la cara al descubierto por distintas ciudades estadounidenses”, señala el autor de «Antisocial».

Andrew Marantz se plantea muchas preguntas alrededor de los hechos. Realiza un concienzudo trabajo de documentación, de investigación, desde que en 2014 sus antenas detectaron la corriente de la denominada derecha alternativa, término acuñado ya en 2008 por Richard Spencer, con un importante componente de racismo y antisemitismo desde sus inicios, no siempre perceptible, difuso para muchos seguidores que asociaban en un primer momento la corriente con el lbertarismo. Cuando nadie en su entorno creía en la capacidad de la misma para cambiar las cosas, supo ver su potencial. “Desarrollaron un tono contracultural –travieso, excéntrico, floridamente ofensivo– que atrajo a una creciente cohorte de jóvenes marginados adictos a Internet que buscaban darle un sentido a sus vidas”, señala. 

Pasó el autor de Antisocial cerca de tres años sumergido en dos mundos: el de la nueva guardia de Sillicon Valley y el de los nuevos protagonistas, a los que denomina intrusos, que no dudaron en aprovecharse del indudable poder que les proporcionaba las redes. Consciente de su posición en un tercer mundo, el de la vieja guardia, representado por The New Yorker, “en creciente riesgo de extinción”, se acercó a hábiles trolls y maestros de la viralidad, a supremacistas blancos, a activistas y generadores de contenidos de ultraderecha.

Todo ello convierte la entrega que nos ocupa en una lúcida ventana desde la que reflexionar sobre la deriva del periodismo en todas sus vertientes y la convierte en muy recomendable para aprendices de un oficio que no acaba de encontrar su rumbo, en realidad para cualquier interesado en el ámbito de la comunicación. Marantz reflexiona en más de una ocasión sobre el lugar que debe ocupar el periodista ante las nuevas realidades, lenguajes y estrategias. Y tiene claro que no es a través de la equidistancia, de la complacencia y blanqueo del fascismo. 

No he sucumbido a la idea equivocada de que en toda historia un periodista debe poner ambas partes sobre la mesa o mostrar la misma simpatía hacia todos los sujetos entrevistados. No soy de la opinión de que les debamos nada a los nazis. Sí que estoy convencido, sin embargo, de que si queremos entender qué está ocurriendo en nuestro país no debemos confiar en las ilusiones. Tenemos que prestar atención al verdadero problema: cómo nuestro vocabulario nacional –y por tanto nuestro carácter nacional– está en proceso de ser destrozado”, hace Marantz una declaración de principios.

Pese a la oposición de la mayoría de los medios convencionales, acusados por los nuevos actores mediáticos de representar a las élites, al establishment, Trump logró ganar las elecciones en 2016, un hecho que demuestra el éxito de sus prácticas. Leyendo este ensayo, que tan bien visibiliza los males y los desafíos de los medios de comunicación, no puedo dejar de apuntar algo que llevo observando desde hace un tiempo en muchos canales de información españoles, algunos de ellos de nuevo cuño, creados para agitar y ensuciar el panorama; otros con una larga trayectoria a sus espaldas: el seguimiento y fabricación de bulos, el comportamiento en redes como auténticos trolls. La falta de contraste de las noticias, el periodismo declarativo, la búsqueda del clic fácil, el blanqueo de la ultraderecha y la práctica de la equidistancia a la que alude Marantz en su ensayo, destrozan los pilares del periodismo, la ética que tanto defendió Albert Camus, gran protagonista de este número de Lecturas Sumergidas, un camino siempre a seguir.

Marantz reflexiona sobre el lugar que debe ocupar el periodista ante las nuevas realidades, lenguajes y estrategias. Y tiene claro que no es a través de la equidistancia, de la complacencia y blanqueo del fascismo. 

Aquí el mejor oficio lleva tiempo practicándose en medios independientes, alternativos, que requieren de lectores comprometidos para seguir subsistiendo sin someterse a los intereses de grupos de presión, pero este ya es otro tema. Volvamos a Estados Unidos, al 19 de enero de 2017; entremos, de la mano del reportero, en una curiosa fiesta, la Deploraball, denominada así en alusión a la mención de Hillary Clinton de “la cesta de deplorables”, en la que metía a gran parte de los protagonistas de este libro. Fue una celebración independiente previa a la toma de posesión de Trump, “organizada por y para los troles y los ultranacionalistas, que, como les gustaba decir, habían llevado a Donald Trump a la Casa Blanca a base de memes (…) Toda la gente que ha unido sus fuerzas en internet, todos juntos por primera vez en una misma sala”.

Andrew Marantz

Andrew Marantz sigue a la llamativa Cassandra Fairbanks, que trabaja para distintos medios, entre ellos la agencia rusa Sputnik, una “exvotante de izquierdas reconvertida en activista de la alternativa ligera (rama que ensalza los valores occidentales, pero que rechaza el racismo explícito y el antisemitismo de la derecha alternativa). A través de su acercamiento a ella y a sus muchos amigos blogueros comprueba que lo que les une no es tanto un ideario político. Lo que comparten es “una aversión instintiva a todo lo que formara parte de la corriente dominante”.

Señala Marantz la antipatía de estas figuras mediáticas por las “alas pro-establishment de los partidos Demócrata y Republicano”; su gusto por la desorganización y la rebelión; su defensa de una libertad de expresión sin límites de ningún tipo. “Toda mi vida he sentido que, independientemente del relato que quisieran hacerme tragar, no me lo estaban contando todo (…) La censura ahora viene de todas partes, no sólo del gobierno”, le dijo entonces Fairbanks, incluyendo en el todo a Silicon Valley, “gente sentada en habitaciones minúsculas decidiendo qué información podemos ver (…) puto control mental”.

Pese a trabajar para un medio considerado elitista como The New Yorker el autor de Antisocial logró introducirse en los círculos de los “nacionalistas blancos, misóginos, nihilistas beligerantes y troles provocadores”. El resultado de su investigación, acometida desde la perplejidad y el afán de comprender qué estaba motivando a toda esa gente, es una narración vibrante, un ejercicio de crónica sobre el terreno admirable.

El autor nos muestra los ambientes, los canales, en los que surgen las grandes teorías conspiratorias, difundidas a través de memes virales, vídeos de youtube, podcasts, tretas publicitarias diversas. Nos dice que algunos de los personajes a los que conoció exhibían grandes conocimientos de política, mientras que otros no tenían ni idea, “pero todos compartían la misma habilidad: un talento para identificar imágenes y temas de conversación relevantes y para impulsarlos desde los márgenes de internet a la corriente principal”.

Gavin McInnes, creador de contenido, uno de los fundadores de la revista Vice y asiduo del canal de noticias Fox News, apoyó desde un primer momento a Trump por considerarlo “anti-Yihad”, “antinmigración” y “anti-establishment”. No dejaba de considerarlo, apunta Marantz, “un grosero, maleducado e irracional”, pero opinaba públicamente que era precisamente eso lo que se necesitaba, “sembrar el odio, el miedo”.

Marantz muestra los ambientes, los canales, en los que surgen las teorías conspiratorias, difundidas a través de memes virales, vídeos de youtube, podcasts, tretas publicitarias diversas.

Es más molón ser un rebelde que un cómplice del sistema. Pero no todo vale”, sostiene el autor, quien expresa su irritación cuando los “deplorables” –expresión que se apropiaron como un elogio– le metían en el grupo de los cómplices. El “no todo vale” es una idea sencilla y firme, un asidero al que acudir cuando alguien intenta defender cualquier cosa (llamadas a linchamientos, levantamientos de odio, persecuciones a una parte de la población…) en nombre de la libertad de expresión. “La tarea del periodismo –o una de las tareas de cierto tipo de periodismo– es mirar de frente y con honestidad al mundo y proyectar al mismo tiempo una serena actitud de decencia y templanza”, reflexiona en un momento dado, consciente de las dificultades para llevarlo a cabo en un presente dominado por las verdades alternativas.

No es que las mentiras no existieran antes. Andrew Marantz nos remite a un libro de Edward Herman y Noam Chomsky de 1998, Los guardianes del poder, donde se advertía de que “la simbiosis no controlada entre el poder gubernamental y el periodismo corporativo podría permitir que los guardianes de los medios de comunicación engañaran de alguna manera a un público crédulo”. Pero tan solo dos décadas después todo se ha disparado y las nuevas tecnologías no han sido capaces de “dirigir al mundo con una mayor eficacia” en una dirección mejor. De hecho, sin la capacidad de sustituir a los viejos guardianes, todo el sistema de la información se ha sumido en el caos.

Richard Rorty es otra de las referencias de Marantz, quien recurre a su obra Contingencia, ironía y solidaridad (1989), donde se refería a que la forma en que una sociedad se habla a sí misma, a través de libros, películas populares, medios de comunicación, escuelas y universidades, “determina las creencias de esa sociedad, su política, su propia cultura”. Todo cambio de vocabulario moral lleva mucho tiempo de “trabajo intelectual y político de organizadores, predicadores, artistas y todo tipo de personas”. Siempre ha sido así. Marantz pone el ejemplo de las leyes antisegregación en EE.UU y vuelve a insistir en que no siempre se avanza hacia los mejores vocabularios morales, de progreso; en que el arco de la historia también puede dirigirse hacia la regresión.

Lejos ha quedado la etapa de aplausos generalizados a Silicon Valley, a los logros de sus “innovadores jóvenes con sudadera”. La utopía se ha dejado vencer por el capitalismo. Ha llegado el tiempo de la crítica, de la reflexión. El periodista analiza la transición de la palabra impresa a la web, a principios del siglo XXI, cuando los quioscos de publicaciones de papel iniciaron su declive y los editores de periódicos vieron amenazados sus modelos de negocio. De pronto la gente empezó a acudir a las redes sociales para informarse. De repente todo el mundo podía opinar. Poco a poco fuimos conociendo los efectos de la viralidad y el funcionamiento de los algoritmos, basados en el mecanismo de las emociones, desactivadoras o activadoras, éstas últimas las más productivas. Marantz se centra en la evolución de Facebook y escribe: “Desde el punto de vista de la competencia empresarial pura y dura, lo importante no es que una pieza de contenido de internet sea verdadera o falsa, responsable o imprudente, social o antisocial. Lo único que importa es cuántas emociones activadoras es capaz de generar”. 

Se entraba en la era del “clickbait”, de la viralidad, al tiempo que el ritmo de vida se aceleraba y nos sentíamos desconcertados ante la avalancha de noticias de todo tipo, incapaces muchas veces de separar el grano de la paja, de acceder a lo realmente esencial. Nacían cada vez más sitios en Internet destinados a agregar contenidos ingeniosos, capaces de atraer la atención de audiencias proclives a compartir, y de generar ingresos por publicidad. Ahí seguimos todavía, aunque quiero creer que cada vez somos más conscientes de lo que sucede, del terreno que pisamos.

Andrew Marantz

Andrew Marantz realiza un certero recorrido de las distintas fases por las que se ha ido pasando. Como os decía, mezcla el análisis con el testimonio a través de interesantísimos perfiles. Para tratar el tema de la viralidad recurre a Emerson Spartz, a sus veintisiete años fundador y director de Spartz Inc, un espacio dedicado al ocio, a cosas divertidas, quien le dice: “Me di cuenta de que si se pudieran viralizar las ideas, podrían decantarse las elecciones, poner en marcha movimientos, revolucionar industrias”. 

Spartz le ofrece recetas de éxito para mejorar The New Yorker, sin que se las hubiera pedido; básicamente párrafos supercortos y muchísimas imágenes, porque “el aburrimiento es el enemigo”. Marantz medita al respecto: “Si el único objetivo era maximizar clics, ¿por qué una revista o un periódico iba a contratar a personas que verificaran los datos? O a reporteros, si me apuras. ¿Por qué no limitarse a reciclar comunicados de prensa, reescribiendo las aburridas citas para darles más ritmo? ¿Por qué no reemplazar toda la cobertura de Siria con otra sobre las Kardashian? ¿Por qué no nos olvidamos para siempre de las palabras y nos dedicamos a algo más remunerativo, como el vídeo, los juegos para móviles o la explotación minera?”

Llegada a este punto me planteo cuántos periodistas nos hemos hecho las mismas preguntas en los últimos años. Marantz es capaz de resumir en unos cuantos interrogantes, absolutamente acertados, los problemas, dilemas, a los que se enfrentan los medios actualmente. Optar por imitar el comportamiento de sitios creados especialmente para su circulación en redes, renunciando al control, a la comprobación de las noticias y las fuentes, no ha hecho más que empobrecer y desprestigiar el oficio. Marantz alude a cómo las fábricas de contenido optimizado para las redes sociales han llegado a superar a las “sobrias revistas de política” y a los “anticuados semanarios alternativos”. Añade que “periodistas ganadores del Premio Pulitzer, pero incapaces de cobrar un salario que les permitiera vivir huían del periodismo para ocupar puestos de relaciones públicas o marketing en los medios de comunicación sociales”.

Es muy extensa e interesante toda esta parte del ensayo que introduce temas como el del escándalo de Cambridge Analytica, la “consultora británica que utilizó la microfocalización en Internet para incrementar la participación de los votantes de Trump, refrenar la participación de los votantes de Clinton y contribuir a la viralización de los memes nacionalistas en Facebook”, plataforma que le cedió los datos de millones de usuarios sin su consentimiento.

Marantz busca situar el momento, el caldo de cultivo, en el que surgen los alteradores de ultraderecha, personas capaces de detectar las grietas por las que colarse y difundir sus discursos de odio sin escrúpulos de ningún tipo, sin el peso de ninguna mochila cargada de moral , sin vergüenza. El consenso bipartidista de respetar los crisoles culturales, de despreciar el racismo, se quebró en Estados Unidos. Fue ganando peso la teoría de que la derecha tenía que ganar el voto blanco apostando por un claro discurso identitario nacionalista, atrayendo a la clase obrera con diatribas contra los inmigrantes. Cada vez surgían más publicaciones y blogs dispuestos a destrozar las correcciones, el relato dominante, adoptando posiciones extremas, frívolas, salvajes.

Estas páginas estaban a menudo plagadas de chistes alegremente racistas (…) Los autores insinuaban –y a veces declaraban de forma explícita– que la diversidad no era un valor, sino un caballo de Troya, o que el autoritarismo era preferible a la democracia, o que el dominio masculino blanco era lo que había hecho grande a la Antigüedad”, vamos leyendo. 

Los nuevos conversos de la derecha alternativa, cuyo número crecía mes a mes, seguían formando comunidades” alrededor de los nuevos medios, de las redes”, señala Andrew Marantz. Y prosigue: “En 2014, las hordas de la derecha alternativa comenzaron a unirse en torno a un conjunto de temas de conversación: que ser racista era ser realista, que la diversidad era un código para el genocidio blanco, que la inmigración no blanca representaba una amenaza para la soberanía estadounidense...”

La cruzada para convertir a Trump, al que empezaron a denominar “Dios Emperador”, en presidente estaba en marcha, pero primero tenía que convertirse en líder de su partido. Había que abonar el terreno, persistir, dar con los mensajes, tocar las emociones, las rabias y frustraciones contenidas de una gran parte de la población. Los perfiles más reaccionarios iban ganando espacio y nuestro reportero se afanaba por buscar a los hacedores de un triunfo en el que prácticamente nadie quería creer, pese a que las encuestas daban a Trump como favorito de las primarias republicanas

«EN 2014, las hordas de la derecha alternativa comenzaron a unirse en torno a un conjunto de temas de conversación: que ser racista era ser realista, que la inmigración no blanca representaba una amenaza para la soberanía estadounidense».

Una vez superado ese primer peldaño, cada vez era más posible, pese a los muchos incrédulos, que la ventana de Overton se estirara “de una forma tan radical que fuera capaz de arrastrar la idea de una presidencia de Trump hasta el ámbito de lo imaginable”. Justo en ese momento se empezó a hablar del empuje de granjas de troles rusas, pero aún así, “los rusos de ninguna manera podrían llevar a cabo toda la actividad, ni siquiera la mayor parte de ella”, apunta el autor.

Marantz se propone entonces identificar las corrientes que transcurrían por debajo, en los fondos de Internet; escuchar los zumbidos conspiranoicos en los páramos de la red. Observa a los muchos “influencers” que empiezan a destacar, entre ellos Mike Cernovich, con quien mantiene un contacto directo y constante y quien le revela sus mantras: “El conflicto es atención” y “la atención es influencia”, dos ideas básicas en la elaboración de memes y exitosos hashtags en Twitter. Todo tiene que ver con la provocación, con la visibilidad a cualquier precio, algo que se ha contagiado, por desgracia, a una gran parte de la ciudadanía, a usuarios ansiosos por tener cuantos más seguidores mejor; que miden su valía en función de los “me gusta” en las redes.

Es posible que los troles sean pueriles, pero tienden trampas ingeniosas. Si respondes a sus provocaciones, te arriesgas a amplificar su mensaje. Si los ignoras, te arriesgas a parecer complaciente o cómplice (…) Para los reporteros que analizan esa horripilante basura, a menudo resulta imposible ser imparcial y veraz al mismo tiempo”, señala el autor del ensayo, quien en otro momento nos dice que los trolls tienen la habilidad de convertir a sus enemigos en organismos huéspedes para expandir sus mensajes de forma gratuita.

Concentración de supremacistas blancos en Charlottesville

El relato de los encuentros y conversaciones con Cernovich resulta cautivador por la proximidad, por el tono casi novelado. Esto se acentúa aún más en el retrato de Mike Enoch (seudónimo) y su familia. Andrew Marantz nos cuenta la historia de un hombre inadaptado, acomplejado, un programador informático que crea un espacio en Internet, el blog The Right Staff y el podcast The Daily Shoah, para expresar su ideología nazi, su antisemitismo. Poco antes de la investidura de Trump, su auténtica identidad fue revelada, lo que provocó el divorcio de su mujer, de origen judío. 

El autor analiza su infancia, las circunstancias de su vida, su desprecio de las reglas desde siempre, su secretismo respecto a sus auténticas ideas, desconocidas por su entorno. “De alguna manera había caído atrapado en una madriguera en la que muchas de las peores ideas de la historia moderna se reinventaban como la solución al malestar general del siglo XXI”, escribe.

Y aún hay otra historia igualmente reveladora, la de Samantha, una joven decepcionada ante las políticas de Obama, ante el no cumplimiento de sus promesas, que, tras su enamoramiento de Richie, que le acaba confesando que es un fascista, se convierte en una activista de Identity Evropa, en una defensora de la raza blanca. Sin embargo, en este caso, la protagonista se arrepiente de su decisión y abandona el movimiento, desengañada ante los comportamientos agresivos y machistas del mismo, ante las celebraciones en las que se siente obligada a hacer el saludo nazi. 

EL INFLUENCER MIKE CERNOVICH REVELA AL AUTOR SUS MANTRAS: “EL CONFLICTO ES ATENCIÓN” Y “LA ATENCIÓN ES INFLUENCIA”, IDEAS BÁSICAS EN LA ELABORACIÓN DE MEMES Y EXITOSOS HASHTAGS EN TWITTER.

En el ensayo hay un punto de inflexión que frena, un año después de que Trump fuera elegido presidente (momento en el que Marantz relata el desmoronamiento de la plantilla del The New Yorker, la sensación de estar viviendo una pesadilla) el avance de la derecha alternativa. Se trata de la segunda gran concentración de supremacistas blancos en Charlottesville (Virginia) en agosto de 2017. También se congregaron manifestaciones antifascistas. Un participante de la derecha embistió con su coche a la multitud y murió una mujer de izquierdas, hecho que provocó divisiones y rechazo ante un movimiento que cada vez se fue haciendo más tóxico. Las organizaciones más afines al nazismo fueton apartadas de las redes sociales y ganó impulso la alternativa ligera. 

En lo que respecta al análisis de los medios de comunicación sociales el ensayo también visibiliza las corrientes tendentes a un cierto control, a iniciativas para detener el caos. Son muy significativas las páginas dedicadas a la plataforma Reddit, en principio abierta a todo tipo de tendencias y discursos, cuyos artífices se plantean trazar límites y prohibir sus comunidades más ofensivas (racistas, pornográficas). No todo vale. “La fiesta se había hecho muy grande muy rápido” y ahora los anfitriones “se disponían a descubrir el modo de controlar el caos sin dejar de respetar la autonomía básica de sus invitados”, expone Marantz.

Este libro no llega hasta el asalto al Capitolio, último acto vergonzoso, deleznable, de las hordas pro-Trump, convencidas por su líder, el ex-presidente de EEUU, “el troll mediático más dotado del mundo”, de la ilegitimidad del resultado electoral, del triunfo de Joe Biden. Concluye mucho antes, pero detecta los comportamientos, las circunstancias que lo harían posible y nos permite tomar nota, identificar las señales en otros países (en España muchas situaciones, a nivel de partidos y de estrategias mediáticas, parecen calcadas de las corrientes de la derecha alternativa norteamericana).

Al final, los Deplorables no habían sido capaces de ensanchar la ventana de Overton de una forma tan drástica como para que cupieran dentro. No obstante, lograron algunas victorias aún más importantes. Ayudaron a impulsar a su hombre a la presidencia. Ayudaron a normalizar la flagrante mendacidad y el racismo declarado. En algunos círculos –círculos que se extienden hasta la Casa Blanca–, el desprecio jocoso hacia las mujeres ha vuelto a ponerse de moda, así como la islamofobia explícita, el nativismo puro y duro y la biodiversidad humana”, argumenta el autor de Antisocial.

Lo que necesitamos, y de forma urgente, es un nuevo vocabulario moral”, nos dice. La educación importa para “vacunar a la inmensa mayoría contra la intolerancia y la propaganda maliciosa”, sostiene. “Los intolerantes no están destinados a ganar, pero tampoco a perder. El final aún no está escrito”, me quedo con estas palabras, con la imagen de la Ventana de Overton, con la idea de que corresponde a los pueblos dirigir el arco de la historia.

Antisocial. La extrema derecha y la “libertad de expresión” en Internet, de Andrew Marantz, ha sido publicado por Capitán Swing. La traducción ha corrido a cargo de Lucía Barahona.

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