Viaje a la vibrante, fecunda, en parte secreta, literatura de Latinoamérica

Ilustración de cabecera por Agustín Comotto /

Emma Rodríguez © 2022 /

Diversa, poderosa, renovadora, original, estimulante, provocativa, desafiante, cargada de energía y de insumisión, la literatura latinoamericana es como un río caudaloso lleno de sorprendentes afluentes. La tradición y la modernidad se dan la mano y discurren en paralelo, conectándose a través de puentes más o menos visibles y conformando un grandioso territorio en el que resulta fácil perderse, desorientarse. Por eso me parece tan interesante y útil la publicación de una obra que intenta aclarar los contornos, situar los paisajes, poner nombres y sacar a la luz las zonas menos conocidas, ocultas y olvidadas de esa vastedad literaria que no deja de florecer y que en la actualidad tiene en la narrativa escrita por mujeres su mayor brío.

Atlas de literatura latinoamericana (Arquitectura inestable) es una apasionante aventura impulsada por Nórdica Libros que ayuda a identificar las fuertes raíces que nutren los frutos del presente, los recorridos creativos de un amplio ramillete de creadores esenciales en el trazado de corrientes que definen múltiples maneras de contar. Bajo la supervisión de la escritora argentina Clara Obligado y con potentes ilustraciones de Agustín Comotto, esta obra coral, se convierte en un diálogo entre generaciones, en un viaje a través de los distintos países de esta vibrante área geográfica que han sido nombrados y rastreados literariamente. Como exploradores nos sumergimos en las aguas de ese río que nos lleva de una orilla a otra y nos depara no pocos descubrimientos.

Clara obligado. Fotografía por Isabel Wagemann

Amena, ágil, clarificadora, esta obra, sin pretensiones enciclopédicas ni abarcadoras, se convierte en un punto de partida, en una guía, en un impulso para seguir buscando. Las cincuenta entradas que la conforman bastan para situar enfoques, tendencias, direcciones, hilos de los que ir tirando, trazando paralelismos, reconociendo influencias. Hay ausencias en el trayecto, por supuesto, pero muchas de ellas son ausencias con sentido, pues no se trata de volver a los autores más reconocidos, que de una forma u otra siempre están proyectando su luz, sino de centrar el foco en figuras menos visibles, más en la penumbra, al margen del escaparate comercial, o incluso marginales, pero muy atrayentes en sus propuestas, en su capacidad de influencia, de renovación, de cuestionamiento y transformación de las voces y marcos literarios. 

Lo explica muy bien Clara Obligado en el prólogo de la entrega, donde, tras reconocer que organizar el libro fue una tarea al mismo tiempo «creativa y descorazonadora«, con mucho de «descubrimiento«, pero también de «misión imposible«, argumenta: “¿A quién sumar, y a quien excluir? Toda inclusión es, también, una exclusión soterrada, toda elección es una injusticia. Las rutas que emergían proyectaban un poderoso cono de sombra sobre los autores del “boom”, que son parte de la literatura universal y, por lo tanto obvios, y visibilizaban otros textos que no estaban tan claramente perfilados. También asomaban muchas autoras, tantas veces opacadas. ¿Borges, Onetti, Rulfo o García Márquez? No están en estas páginas, pero a la vez sí. La literatura es un gran sistema de citas, y están representados su impulso marginal, su eco, su mundo…

Amena, ágil, clarificadora, esta obra, sin pretensiones enciclopédicas ni abarcadoras, se convierte en un punto de partida, en una guía, en un impulso para seguir buscando. Las cincuenta entradas que la conforman bastan para situar enfoques, tendencias, direcciones, influencias.

No es el regreso a lo conocido y ya suficientemente celebrado, sino la apertura a nuevos y tentadores senderos, lo que otorga valor a esta entrega que, como decía, entabla diálogos. Uno de sus mayores aciertos, en mi opinión, radica ahí, en el intercambio, ya que cada protagonista de la entrega, cada escritor o escritora, es presentado por colegas, por críticos y docentes cómplices que aman sus obras, que se acercan a ellas con pasión. “¿Qué leen hoy los autores y autoras latinoamericanos? ¿Qué recomendarían? ¿Qué textos del viejo canon perviven, cuáles son los vasos comunicantes entre la pujanza actual y la tradición?” , son las preguntas de partida que llevaron a fraguar la estructura de la edición y que permiten que descubramos a la Silvina Ocampo de Mariana Enríquez; al Roberto Bolaño de Andrés Neuman; al Mario Levrero de Fernanda Trías o al Rodolfo Walsh, de Leila Guerriero, por citar, de entrada, algunos ejemplos a los que volveremos.

La lectura personal, apasionada, en la que cada invitado presenta a sus autores de referencia desde la admiración y la emoción, es uno de los rasgos que, particularmente, más me han cautivado de este itinerario que atraviesa Latinoamérica de la mano de quienes la han contado y la siguen contando, armando y desarmando el lenguaje en busca de formas nuevas, de caminos prodigiosos; dejando constancia de sus devenires históricos de sus latidos, de sus violencias, injusticias, brotes de rebeldía… Y al tiempo que seguimos estos cruces de afinidad también nos incorporamos nosotros, quienes vamos leyendo, a este lúdico juego que estimula las ganas de conocer mejor, de entrar en las obras de muchos de los creadores que acabamos de descubrir y que intuimos van a ser, en un sentido u otro, una buena compañía.

Define Clara Obligado el Atlas que nos ocupa como “un cruce de voces, orillas y fronteras”. Alude a su carácter “intergeneracional y diaspórico, movedizo, inestable”. En sus páginas, “el acto de leer y el de escribir se trenzan y se renuevan”, señala. Yo os animo a emprender este viaje como se emprenden los desplazamientos en la infancia, sin prejuicios, con la mirada dispuesta a la sorpresa. Y os confieso, que en mi caso, no seguí un camino lineal, sino que me fui desplazando por los distintos países a capricho, siguiendo mi propia ruta, buscando primero a esos escritores y escritoras que reconocía, por cuyos senderos ya había transitado, en ocasiones tímidamente, y acudiendo después a perfiles de creadores que me eran completamente ajenos y que he agradecido conocer.

Sentir la compañía de otros lectores que han tenido percepciones similares a las nuestras frente a la misma obra, o que nos muestran rasgos, recovecos, que no habíamos atisbado, es reconfortante; del mismo modo que reencontrarnos con referentes de la literatura por los que siempre hemos sentido atracción o dejarnos cautivar por las impresiones de alguien que sabe transmitir la manera en que un libro, un recorrido literario, cambió su mirada o le ayudó, de algún modo, a encontrar un nutriente para su propio camino, ya sea creativo o vital. Este Atlas me ha deparado experiencias de todos los tipos. Me centraré en algunas de ellas, consciente de que me dejaré otras atrás, animándoos a emprender vuestro itinerario, a encontrar vuestros hallazgos y mapas particulares.

Define Clara Obligado el «Atlas» como “un cruce de voces, orillas y fronteras”. Alude a su carácter “intergeneracional y diaspórico, movedizo, inestable”. En sus páginas, “el acto de leer y el de escribir se trenzan y se renuevan”, señala.

Los textos sobre Silvina Ocampo, Leonora Carrington, Clarice Lispector, Augusto Monterroso, Julio Ramón Ribeyro, Roberto Bolaño, Rodolfo Walsh, Elena Garro… llamaron mi atención de inmediato y me permitieron comprobar esa pasión lectora de la que os hablaba. Quienes participan en este Atlas nos cuentan una historia, la de su complicidad con un escritor o escritora que, de algún modo, ha permanecido muy adentro y ha contribuido a forjar su formación lectora. Cada cual lo hace a su manera, fijando la atención en detalles e impresiones que llegan a definir búsquedas diversas, dando lugar a una gran variedad de narraciones. Me detendré en algunas de esas historias, intentando establecer relaciones cómplices entre ellas, apenas un aperitivo de lo que os espera si acabáis emprendiendo la marcha. 

La escritora argentina Mariana Enríquez, por ejemplo, señala que el encuentro con su compatriota Silvina Ocampo, siempre ensombrecida por los hombres de su vida (su esposo Adolfo Bioy Casares y su amigo Jorge Luis Borges), “fue temprano y oblicuo”. En la biblioteca familiar llamó su atención un libro de relatos con una portada en la que aparecían figuras de muñecas o estatuas estrábicas y siniestras. La sorpresa, incluso el espanto, ante unos cuentos irreverentes y perversos, marcaron esa primera lectura. Había dado con una autora nada convencional, capaz de registrar “lo ridículo de la existencia”, de crear un mundo con otras reglas, “o con un idioma diferente”.

La escritora argentina Silvina Ocampo.

Nada convencional es también el recoorrido de la pintora y escritora Leonora Carrington, una inglesa exiliada en México, cuyo perfil traza Carmen Valcárcel, catedrática de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Madrid y una enamorada de la obra de esta mujer que, como dice, “siempre huyó, ya desde pequeña, de las normas y ataduras” de la sociedad convencional. Valcárcel repasa con gran cercanía y sensibilidad la trayectoria de la creadora, centrándose en una obra crucial, Memorias de abajo, donde relata su traumática experiencia en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y su paso por la España salida de la Guerra Civil, con su posterior internamiento en un manicomio de Santander. “Ese descenso al abismo de la locura y epifánica revelación y huida darían lugar (…) a una obra de catarsis personal y creadora, que conjura sueños, visiones, delirios, alucinaciones”, escribe Valcárcel. 

Las dificultades de las mujeres para llevar a cabo sus obras de creación, el esfuerzo por hacer oír sus voces frente a las de los varones, muchas veces compañeros de camino que, intencionadamente o no, las acaban opacando, es una constante. Carrington tuvo que alejarse de Max Ernst para poder llegar a ser ella misma y la mexicana Elena Garro, quien estuvo casada con Octavio Paz, ha llegado a ser valorada más por sus relaciones personales, amorosas, que por el interés de su propia obra. La filóloga Camila Paz se refiere a la vergonzosa faja con la que una editorial intentaba llamar la atención sobre la publicación de una de sus obras en España: “Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez”. 

La escritora mexicana Elena Garro.

La obra de Garro deslumbra por sí sola, como demuestra su entregada lectora, refiriéndose a títulos como Los recuerdos del porvenir o La semana de los colores, dando cuenta de una obra que explora, entre otros temas, “la complejidad de ser mujer en un mundo de hombres”, un motivo que aparece una y otra vez en el trabajo de muchas de las creadoras que van trazando la ruta. En este sentido, este Atlas se hermana con otra entrega reciente, Vindictas, una antología publicada por la editorial Páginas de Espuma que visibiliza la obra de veinte interesantísimas autoras –algunas de las cuales repiten protagonismo en el Atlas– que han permanecido fuera de los cánones, alejadas del público lector. 

Los responsables de la edición, el editor Juan Casamayor y la escritora Julieta Venegas, explican el título, Vindictas, como una venganza literaria, y, al hilo de esta idea, yo pienso en la venganza, en nombre de sus antecesoras, de tantas escritoras de las más recientes generaciones que hoy están renovando y haciendo florecer el mapa de las letras latinoamericanas, desmarcándose de la etiqueta de nuevo “boom”, pues al de antaño nada dicen deberle, repudian su cariz mercantilista y no olvidan que un su día dejó fuera a grandes voces femeninas. Algunas de esas poderosas voces del ahora están presentes en la entrega que nos ocupa: la ya citada Mariana Enríquez; Fernanda Trías, Liliana Colanzi, Mónica Ojeda…  Sus reivindicaciones lectoras se unen a las de compañeras de viaje de hornadas anteriores, todas juntas en el momento de ebullición actual de las letras de una región sujeta a intensos cambios políticos, sociales y culturales.

La obra de Elena Garro explora, entre otros temas, “la complejidad de ser mujer en un mundo de hombres”, un motivo que aparece una y otra vez en Un recorrido que reivindica a tantas creadoras silenciadas.

Sin olvidar a figuras tan singulares y reconocidas como la ya mencionada Clarice Lispector, cuya semblanza elabora la editora Florencia del Campo; Alejandra Pizarnik, de la que se ocupa la escritora María Negroni; o Gabriela Mistral, cuyo retrato elabora Julio Prieto, nos encontramos con autoras mucho menos conocidas, que se convierten en auténticos descubrimientos.

Merece atención la historia de Hebe Uhart, muy poco conocida fuera de los entornos argentinos, contada por Valeria Correa Fiz, quien se refiere a ella como “una máquina de producir asombro”. Y también la de la ecuatoriana Lupe Rumazo. “Parece mentira que una de las mejores escritoras ecuatorianas del siglo XX sea desconocida para los lectores de su propio país, que se haya exiliado y viva aún en Venezuela, que no haya podido regresar a Quito y encontrar a los lectores masivos que se merece”, declara Mónica Ojeda, animándonos a leer con urgencia a una autora “que no cree en los géneros, que es capaz de mezclarlos a favor de una escritura libre y ágil como el pensamiento y las sensaciones”. 

En el mismo apartado de las sorpresas cabe incluir a la dominicana Camila Enríquez Ureña, una poeta, intelectual y ensayista, potente voz del feminismo, también invisibilizada por el canon, cuyo trayecto repasa Ana Gallego Cuiñas, profesora de literatura de la Universidad de Granada. Y la de la española María Luisa Elío, una de las protagonistas de Vindictas, de la que escribe Juan Casamayor, nacida en Pamplona en 1926, pero exiliada a México, circunstancia que exploró a fondo en su obra. 

La autora dominicana Camila Enriquez Ureña.

Y no puedo dejar de citar a la puertorriqueña Julia de Burgos, a la que reivindica la escritora de su mismo país Margarita Pintado Rubio, que destaca el afán de la creadora por ser protagonista y dueña de su propia vida, “gran hazaña para una mujer pobre, de color, nacida en un país colonizado”. Su voz insumisa, rebelde y feminista, sí ha alcanzado a puertorriqueños de distintas generaciones, ya que “encarna el ideal y la práctica de la libertad que siempre empieza por uno mismo” a través de poemas como el titulado Yo siempre fui mi ruta. 

Marta Brunet, Adela Zamudio, Sara Gallardo, Marvel Moreno, Carmen Lyra, Blanca Varela, Teresa de la Parra, Nellie Campobello, Elizabeth Schön… Son muchas, y muy atrayentes, las mujeres escritoras que nos acompañan en este apasionante viaje a través de Latinoamérica y sus literaturas. Sus devenires han ido marcando un discurrir fecundo, un tapiz de palabras, de rebeldías, de luchas, de huellas reconocibles. Y no resultan menos interesantes las voces masculinas que reclaman atención en este Atlas que suma tantas singularidades, complejidades, desplazamientos, marginaciones, silencios… 

Os confieso que entre los perfiles que más me han cautivado se encuentra el del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, del que en Lecturas Sumergidas contamos con un personal, apasionado y magnífico texto escrito por el crítico literario Javier Goñi, fallecido recientemente, que tanto admiraba su obra (sirva esta breve mención como recuerdo y agradecimiento, siempre). En el Atlas es el autor argentino Marcelo Luján quien nos sumerge en sus aguas a partir de Surf, título del cuento que dejó inédito a su muerte. “El componente autobiográfico lo atraviesa de pleno como la luz que nos atraviesa –dicen, de pleno– al morir” (…) “Tiene sentido que un cuentista muera escribiendo un cuento y tiene sentido que un cuentista utilice su género más amado para hablar, por última vez y para siempre, de cosas suyas”, vamos leyendo.

Julio Ramón Ribeyro, «un escritor de la gente», en palabras de Marcelo Luján.

Luján expresa su veneración por títulos como Prosas apátridas y cataloga el universo de Ribeyro como “único y lleno de humanidad, de compromiso”. En su obra, nos dice, “hay humor y hay crítica y hay singularidad, con personajes postergados que siempre tienen un sueño ahí delante, un sueño que para ellos es enorme aunque para el resto del mundo no sea nada, un sueño que parece cercano y posible pero que siempre acaba desintegrándose”. Para Luján Ribeyro es “un escritor de la gente, un escritor con la valía suficiente para sobrevivir a la ceguera mercantilista del “boom”. Un tipo corriente que cuando le preguntaron cuál había sido su mayor logro dijo que ese logro había sido poder hacer lo que más le gustaba en la vida: escribir”. 

Para Marcelo Luján JUlio ramón Ribeyro es “un escritor con la valía suficiente para sobrevivir a la ceguera mercantilista del “boom”. cuando le preguntaron cuál había sido su mayor logro dijo que poder hacer lo que más le gustaba en la vida: escribir”. 

Entre los escritores más conocidos del público destacan en este recorrido los nombres de Manuel Puig, Roberto Bolaño, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Augusto Monterroso, Augusto Roa Bastos… Cada uno de ellos es abordado por otros autores que se han adentrado en sus particulares territorios. De Puig, autor de novelas como El beso de la mujer araña, Boquitas pintadas o Pubis angelical escribe la escritora, crítica y docente bonaerense Elsa Drucaroff, quien parte de la idea del creador que se afianza desde “la libertad del marginal”, del homosexual frente a una sociedad que no acaba de aceptar su condición, experiencia dolorosa que contribuye a intensificar su empatía con otras voces despreciadas, a las que hace entrar por la puerta grande de la literatura.

La obra de Monterroso es comentada por la autora argentina Ana María Shua, capaz de despertar las ganas de leer al genial escritor hondureño como solo puede hacerlo una maestra del relato breve. Pocos han logrado como él la celebridad con un cuento mínimo, el del dinosaurio que al despertar seguía ahí, como los grandes males que hemos de asumir, o, mejor, combatir. “Monterroso hace magia. En diez líneas es capaz de angustiarnos, hacernos reír, obligarnos a reflexionar y transmitir su ideología como solo pueden hacerlo los grandes escritores: con ambigüedades, contradicciones y dudas”, asegura Shua con pasión, la misma que desgrana la catedrática Carmen Alemany al referirse al paraguayo Augusto Roa Bastos, autor de obras como Hijo de hombre y Yo el supremo, donde afronta las “veleidades del poder absoluto”.

Augusto Monterroso por Max Zimmerman.

Los perfiles de los cubanos José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante son recreados por el escritor habanero Ronaldo Menéndez y por la autora argentina Matilde Sánchez, respectivamente. El primero alude a la “insularidad, Dios y los orígenes” como temas centrales de una obra prodigiosa que contiene la inmensidad de Paradiso. El texto sobre Cabrera Infante se centra, entre otras cosas, en sus desplazamientos, en la influencia del universo hollywoodense en su trayecto, que lo hermana con Manuel Puig, y en el cariz biográfico de novelas como La Habana para un infante difunto, que, como indica Sánchez, “se expone a nuestra lectura como un glosario fabuloso de incorrecciones y masculinidad rampante”.

Resulta muy sugerente el puente que tiende el escritor argentino Andrés Neuman con el chileno Roberto Bolaño, y el que cruza el mexicano Antonio Ortuño para adentrarse en el territorio de su compatriota Jorge Ibargüengoitia. Neuman intenta traspasar la leyenda del autor de Los detectives salvajes para acceder a las raíces de una obra singular y portentosa que propone “una metaliteratura visceral, una ficción emotiva sobre el propio fenómeno literario”. La necesidad de contar historias y la “furia de las últimas oportunidades”, debido a la mala salud del autor, a su lucha con la enfermedad, marcan una senda literaria forjada en largas madrugadas, hecha de “fragilidad, distancia y vagabundeo”, a la que nos acerca Neuman desde la complicidad.

Roberto Bolaño. Foto del editor Christian Bourgois.

La más absoluta complicidad y el agradecimiento dan lugar a otro de mis textos favoritos del Atlas. Antonio Ortuño cuenta que siendo “un chamaco” se encontró con un libro de Ibargüengoitia, Estas ruinas que ves, comprado por su hermano en el supermercado. Veía como este se reía a carcajadas al pasar las páginas y no pudo resistirse a leerlo. Entonces “algo cambió mi vida”, reconoce el escritor. “Ese libro (y los que vinieron, porque me lancé a conseguir todo lo que pude del autor hasta completar su bibliografía) me demostró que México era un escenario literario espléndido, que el lenguaje coloquial podía ser la pasta de la gran literatura, que la mordacidad era una forma de estar en el mundo. Nunca me he sentido tan en casa leyendo a nadie más”. 

También la autora uruguaya Fernanda Trías pone de manifiesto su cercanía con la obra y la personalidad de dos grandes autores de su país, Mario Levrero y Marosa di Giorgio. Del primero, al que califica como “uno de los más excéntricos y personales de la tradición uruguaya”, destaca su “imaginación desbordada” y su peculiar manera de vivir y entender el hecho literario. “Hasta el final, Levrero fue un lector del disfrute y un escritor de la espontaneidad. Tenía aversión a la corrección política y a la academia, y por eso se definía a sí mismo como un escritor aficionado, por contraste con los escritores profesionales que debían cumplir con expectativas de producción. Rechazaba la exposición pública y sus libros solo se leyeron masivamente cuando ya no estaba en este mundo…”

ANTONIO ORTUÑO cuenta que siendo “un chamaco” se encontró con un libro de Jorge Ibargüengoitia, «Estas ruinas que ves», comprado por su hermano en el supermercado. Veía como este se reía a carcajadas al pasar las páginas y no pudo resistirse a leerlo. Entonces “algo cambió mi vida”, reconoce el escritor.

Lo raro y marginal define también a Giorgio de Marosa, el segundo de los autores venerados por Trías, quien nos dice: “Cuando leí el primer volumen de “Los papeles salvajes”, compilación de sus poemarios anteriores, enseguida entendí que estaba ante una voz y una imaginación únicos, de exuberancia neobarroca, donde la infancia, la sexualidad, la muerte y el misticismo convivían sin tabués”.

Trías cita la afinidad de este último con Felisberto Hernández, a quien lee el poeta y profesor madrileño Julio Prieto, partiendo de su inadaptación a “la sociedad chata y provinciana” del Montevideo de su tiempo, que marcó una obra llena de una “melancólica y maravillosa cohorte de marginales e incomprendidos”. Los tres escritores mencionados, raros y geniales, dan idea de la riqueza de la tradición literaria de Uruguay. Las letras de Venezuela, por su parte, están ampliamente representadas a través de las lecturas de autores como Rafael Cadenas, Rómulo Gallegos, y las ya citadas Teresa de la Parra y Elizabeth Schön. 

Identificar corrientes de afinidades, influencias, es uno de los alicientes de la ruta propuesta en una entrega que nos hace partícipes de los gustos, referencias y nutrientes de la obra de muchos de los escritores y escritoras actuales con mayor proyección de Latinoamérica. Os animo a entrar en el juego, a conocer muchas otras pasiones, como la de la periodista argentina Leila Guerriero por el narrador y periodista Rodolfo Walsh, dueño de una obra y de una vida extraordinarias, ejemplo de transformación personal y de compromiso que sigue conmoviendo e influyendo en los grandes cronistas latinoamericanos de hoy.  

Os animo a descubrir literaturas tan poco difundidas fuera de sus fronteras como la de Carlos Martínez Rivas (Ciudad de Guatemala, 1924), al que el poeta Erik Blandón se refiere como “el desconocido que anda por ahí”. O la de Rogelio Sinán (Taboga, Panamá, 1902), que pese a ser el autor de una novela prodigiosa, La isla mágica, situada por la escritora Consuelo Tomás Fitzgerald a la altura de Cien años de soledad, de García Márquez, o El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, no ha alcanzado aún el reconocimiento que merece. 

Muy atrayentes también otras figuras como la del colombiano Fernando Molano (leído por el escritor Héctor Abad Faciolince), quien murió tempranamente dejando una obra de culto que poco a poco ha ido saliendo del ámbito de lo secreto, o Luis de Lion (San Juan del Obispo, Guatemala, 1939), que compaginó, como nos cuenta el escritor Rodrigo Fuentes, la práctica literaria, centrada en el universo indígena, con la acción política y sindical. Desaparecido en 1984, su nombre se encontró en el recién descubierto “Diario Militar”, junto a otras 182 personas secuestradas y asesinadas por el ejército de Guatemala. 

Luis de Lion, que compaginó la práctica literaria, centrada en el universo indígena, con la acción política y sindical, Desapareció en 1984. su nombre se encontró en el recién descubierto “Diario Militar”, junto a otras 182 personas secuestradas y asesinadas por el ejército de Guatemala.

El poeta chileno Nicanor Parra; el cubano Virgilio Piñera; el boliviano Jaime Sáenz; los argentinos José Hernández y Antonio Di Benedetto… Imposible dar cuenta de tantas historias que nos hacen partícipes de realidades, miradas y búsquedas diversas y fecundas. El camino arranca de raíces antiguas, se remonta hasta el siglo XVII, de la mano del Inca Garcilaso, que es glosado por Clara Obligado, responsable de la edición. Su obra cumbre, Comentarios reales de los incas, que fue publicada en Lisboa en 1609 y prohibida por la Corona de España en todas sus provincias en América, nos traslada a los tiempos de la conquista.

La explotación, el abuso, la violencia, la usurpación, han marcado una historia trágica que se ha prolongado, bifurcándose en revueltas, dictaduras y sangrientos golpes de Estado, durante siglos. La literatura latinoamericana da cuenta de ello. Está atravesada de violencia, pero también de anhelos de cambio, de voces que practican la disidencia con energía, a través de distintos cauces. 

Antes de terminar este artículo, decir que en la entrega se incluyen dos textos que funcionan a la manera de pilares, de visiones de conjunto. El primero de ellos está dedicado al silenciamiento de las escritoras latinoamericanas a través del tiempo. Se titula Las mujeres del boom para recalcar la manera en que fueron excluidas durante la década dorada de los sesenta del siglo XX, cuando sus compañeros varones empezaron a emerger y a ser consagrados en el ámbito internacional.

Es innegable que las narrativas de Elena Garro, Rosario Castellanos, Estela dos Santos, Elena Poniatowska o Clarice Lispector están a la altura estética y política de sus pares masculinos: García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso y Fuentes. Las causas de su exclusión las podemos imaginar: las mujeres, en el contexto de esa época, ni se veían, ni se leían ni vendían”, señala la profesora Ana Gallego Cuiñas, quien abre otro interesante tema, el de las mujeres que han estado detrás de los grandes escritores, ocupándose no solo de “los cuidados, sino de las economías domésticas, literarias y afectivas”. Pero este asunto, sin duda interesante, daría para otro artículo.

El segundo texto al que me refería, firmado por el profesor argentino Armando Victorio Minguzzi, se centra en el viaje, el desplazamiento, la migración, el exilio, como indiscutibles señas de identidad de la literatura latinoamericana. Este apasionante recorrido del que os he ido dando cuenta, a medida que lo realizaba, este Atlas hecho de “arquitectura inestable”, nos abre los ojos ante un panorama deslumbrante y complejo. Una vez iniciada la sugerente ruta que se nos propone siempre podemos seguir enriqueciéndola, completándola, con nuevas incursiones y descubrimientos, pues en su carácter abierto, estimulante, “mudable”, como indica Clara Obligado, radica parte de su atractivo.

Atlas de literatura latinoamericana (Arquitectura inestable) ha sido publicado por Nórdica Libros. La edición ha corrido a cargo de Clara Obligado. Se acompaña de las ilustraciones del artista Agustín Comotto. Un fragmento de una de ellas nos sirve para ilustrar la imagen de cabecera de este artículo.

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