Foto de cabecera por (cc) jeanbaptisteparis / Emma Rodríguez © 2025 /
Invita Arundhati Roy a leer, como si fuera una novela, su último libro, Mi refugio y mi tormenta, una entrega biográfica en la que repasa a fondo su trayectoria, a partir de la complicada relación con su madre. “La mayoría de nosotros somos un caldo que vive y respira imaginación y memoria”, señala, aludiendo a la manera en que los recuerdos acuden a ella envueltos de extrañeza y bruma. Y realmente cuando nos sumergimos en la obra nos olvidamos de que se trata de unas memorias, pues la vida de la escritora está llena de vicisitudes y personajes absolutamente novelescos. Quienes nos hemos sentido cautivados por títulos como El dios de las pequeñas cosas y El ministerio de la felicidad suprema, reconocemos detalles, voces, situaciones, a las que alude Roy en diferentes momentos del recorrido que nos ocupa.
Como es habitual en ella, un río caudaloso de acontecimientos, corre ante nuestros ojos, cargado de emociones, de indagaciones, de verdades, pero en esta ocasión no hay protagonistas tras los que esconderse. El reto de este libro es llegar hasta lo más hondo a través del desciframiento, del levantamiento de capas, a la manera de un auto-psicoanálisis, pues la autora necesita saber, necesita comprender el por qué de sus decisiones, de sus sentimientos, de sus fortalezas y debilidades; necesita descubrir sus nutrientes, saber el origen de sus motivaciones e impulsos. Y en ese proceso entra en sí misma para poder salir y abrazar a los otros, para mirar a la historia de la India, a los acontecimientos sociales y políticos en los que se ha involucrado, pues estamos ante una mujer combativa, cercana a los más vulnerables desde su propia vulnerabilidad, ante alguien que ha experimentado la violencia y la pobreza antes de convertirse en escritora de éxito, situación que no ha obstaculizado la continuación de sus luchas por causas que considera justas.
Todo arranca con la muerte de la madre, a punto de cumplir los 89 años, una mujer fuerte, singular, entregada a la docencia, reconocida por sus hazañas en ese ámbito, por el logro de haber levantado una escuela en el estado de Kerala prácticamente de la nada, venerada por distintas generaciones de alumnos, pero incapacitada para ofrecer calidez, acogimiento emocional, a sus hijos (la escritora y su hermano), a los que maltrató y humilló, del mismo modo que ella fue humillada por sus padres, educada en una sociedad desigual donde las mujeres apenas tenían derechos. Roy intenta acercarse a sus verdades en este libro en el que reconoce su influencia, el amor que le profesó pese a todo. Es hermoso el comienzo, la manera en que cuenta de qué forma, cuando el avión se inclinaba para aterrizar el día que la madre falleció, la topografía de Kerala, impregnada de la pérdida, de la ausencia, le provocó un palpable dolor físico.
«Mi refugio y mi tormenta» parte de la muerte de la madre, una mujer fuerte, singular, reconocida por sus hazañas en el ámbito de la docencia, venerada por distintas generaciones de alumnos, pero incapaz de ofrecer calidez, acogimiento emocional, a sus hijos.
“Nunca había visto ese paisaje querido, nunca lo había imaginado, nunca lo había evocado, sin que ella formara parte de él. No podía pensar en aquellas lomas y aquellos árboles, en los verdes ríos, en los arrozales encogidos y cubiertos ahora de cemento, salpicados de gigantescas vallas publicitarias que anunciaban horrorosos saris de boda y joyería aún más horrorosa, sin pensar en ella…”, nos dice en la primera página, donde ya reconocemos el don de la autora para conmover, para utilizar el poderoso lenguaje del corazón.

Antes hablaba del desciframiento como clave del libro, ahora constato que se trata de un desciframiento doble, pues para acceder a sus interiores, la autora ha debido aproximarse lo más posible a los fondos maternos. “En el intento de descifrar a mi madre, de ver las cosas desde su punto de vista, de situarla, de comprender qué le hizo daño, qué le llevó a hacer las cosas que hizo y a predecir lo que podría hacer o no acto seguido, me metí en un dédalo, en un laberinto subterráneo de senderos en zigzag que afloraban a la superficie en lugares extraños, con la esperanza de encontrar un punto de vista que ofreciese una perspectiva distinta de la mía. Mirarla a través de prismas que no estaban teñidos del todo de mi propia experiencia con ella me permitió valorarla como mujer. Me transformó en escritora, en novelista. Porque eso somos los novelistas: laberintos. Y ahora este laberinto tiene que dar sentido a su ser laberíntico sin ella”, vamos leyendo.
Hay fragmentos de gran fuerza en el arranque del libro, donde ya se marcan sus pilares, sus propósitos. Roy, que narra su abandono de la casa de su infancia, en el pueblo de Ayemenen, cerca de la ciudad de Kottayam (estado de Kerala), cuando tenía 18 años, rumbo a la ciudad de Delhi, donde acababa de empezar tercer curso en la Escuela de Arquitectura, escribe: “Dejé a mi madre no porque no la quisiera, sino para poder seguir queriéndola. Si me hubiera quedado, eso habría sido imposible. Cuando por fin me fui, pasé varios años sin verla ni hablar con ella. Nunca me buscó…”
La figura de la señora Roy, que inspiró el personaje de Ammu en el Dios de las pequeñas cosas, está presente en todo el camino, un trayecto que nace a partir de ella y por ella. Además de sus reconocidos métodos pedagógicos, basados en la educación en igualdad entre los dos sexos, en su biografía destaca su larga lucha judicial por la igualdad de derechos de sucesión para las mujeres cristianas (Ley de Sucesión Cristiana de Travancore), que dio lugar a un crudo enfrentamiento contra su hermano y su madre, y que acabó ganando. La escritora la define como “un gángster” por su chulería para enfrentarse a las normas masculinas, a las reglas de un pueblo del sur de la India “sofocante y conservador”. Fue una mujer capaz de abandonar a su marido alcohólico (un hombre muy peculiar que reaparece muy tarde en la vida de sus hijos); de salir de la pobreza y construir su propio destino, haciendo frente a un asma persistente que agrió aún más su carácter, con fuertes dosis de ira de fondo, una ira dirigida, como señala la autora, “contra la propia maternidad”, contra los hombres y contra sus descendientes.
“Dejé a mi madre no porque no la quisiera, sino para poder seguir queriéndola. Si me hubiera quedado, eso habría sido imposible. Cuando por fin me fui, pasé varios años sin verla ni hablar con ella. Nunca me buscó…”, escribe Arundhati Roy en estas memorias.
Si algo resulta conmovedor en estas memorias es comprobar de qué manera el daño y el amor están entrelazados. Arundhati Roy habla de las espinas que clavó en ella su madre, a la que se refiere como su “refugio” y su “tormenta”. En esas dos palabras, que dan título al libro, está expresado todo. Mientras vamos leyendo, realmente como si se tratara de una novela, percibimos la semilla del combate por las causas justas que esa mujer tan contradictoria dejó en ella. En la infancia de la escritora ya está el magma de su literatura, de su empatía con los seres que sufren, que resisten, que no se resignan.
Arundhati Roy fue una niña que creció con temor, en conexión con la naturaleza, que se pasaba las horas en las orillas del río en Ayemenem. Se describe a sí misma como parte del paisaje, como “una niña salvaje, con los pies encallecidos, que conocía hasta el último atajo y camino secreto para ir del pueblo al río”. Las complejas y singulares relaciones entre los miembros de la familia materna, “una constelación de personas singulares, excéntricas, cosmopolitas y derrotadas por la vida”, crean a su alrededor un entramado de conflictos, de disputas, un escenario poco propicio para una niñez sana, sin que falten personajes bondadosos, caso de Kurussammal, la mujer que cuidó de ella y su hermano durante una breve temporada, enseñándoles a ambos el significado del cariño, de la confianza, del abrazo.
Dejo aquí las referencias a la infancia, paso las páginas de los conmovedores primeros capítulos y me detengo en la vida de la escritora fuera de la influencia materna, en Delhi, ya liberada de ser la “valiente hija-órgano” que creía que debía respirar por su madre, convertirse en sus pulmones para salvarla. Una y otra vez se refiere Roy al miedo, esa “polilla fría” que habitaba en su corazón desde muy temprana edad y que llegó a limitarla, a aislarla de su entorno, en su etapa de estudiante, ajena entonces a los importantes movimientos históricos que estaban acaeciendo a su alrededor.
En esa etapa “India estaba viviendo su peor crisis política desde la Independencia. En 1975, con el fin de acallar el malestar y el descontento generalizado contra el gobierno, la primera ministra Indira Gandhi, decretó el estado de emergencia. Se suspendieron los derechos civiles; miles de personas fueron encarceladas. El poder judicial estaba corrompido, la prensa de rodillas. El hijo menor de Indira Gandhi, Sanjay Gandhi, y su camarilla de rufianes privilegiados abogaban por el control de la población en campos de internamiento para la esterilización forzosa de miles de hombres, en su mayoría musulmanes. La otra obsesión de esta camarilla era el embellecimiento urbano. Las excavadoras arrasaron los arrabales de todo el país y expulsaron a los pobres de sus hogares (…) En 1977, Indira Gandhi convocó elecciones y las perdió. Yo lo celebré como si hubiera encabezado la resistencia”, hace repaso de esos momentos cruciales la escritora.

El trayecto personal y el colectivo se entrelazan en esta entrega que nos permite un acercamiento a la historia reciente de la India. El interés por las causas sociales, por la defensa de los derechos humanos, de la ecología, cada vez van preocupando más a nuestra protagonista, hasta llegar a marcar de forma rotunda su etapa adulta, con procesos judiciales en su contra que coinciden con su reconocimiento literario. Pero antes de llegar ahí hemos de atravesar su etapa de formación, donde la arquitectura tiene un papel importante, del mismo modo que el cine, ocupaciones y actividades anteriores a su despertar a la literatura, a su encuentro con esa voz propia que sabía tenía que surgir en cualquier momento. Hemos de conocer sus amistades, sus amores, su necesidad de huir de las relaciones estables, su rechazo a las familias privilegiadas, aparentemente felices.
Es mucho lo que nos ofrece este libro de autoexploración que seguramente, me atrevo a decir, Arundhati Roy necesitaba escribir para seguir dando pasos hacia delante. Hay un momento en el que valora la esperanza que su madre supuso para sus alumnas, a las que estimulaba a desafiar el miedo y el control masculino. Y se refiere a la manera en la que el cine que se hacía entonces en su país reflejaba la superioridad de los hombres, el castigo que esperaba a las mujeres transgresoras. “Como todas las jóvenes que han crecido viendo estas películas yo creía que a todas las mujeres las violaban, que solo era cuestión de cuándo y dónde. Esto explicaba que llevara un cuchillo en el bolso cuando llegué por primera vez a la estación de tren en Nizamuddin, en Delhi”, nos hace saber, contraponiendo el bien que su madre supuso, como docente, para tantas jóvenes, con la actitud que mantuvo con su propia hija. “A mí, en cambio, la señora Roy me enseñó a pensar y luego despotricaba de mis ideas. Me enseñó a ser libre y luego despotricaba de mi libertad. Me enseñó a escribir y luego no le gustó la escritora en que me convertí”.
Capítulo a capítulo vamos asistiendo a la forja de un carácter. La rebeldía, la no aceptación de las reglas porque sí, la batalla contra las injusticias, se ponen de manifiesto ya en la joven estudiante de arquitectura que fue Arundhati Roy, una vez superados los bloqueos. La vemos proponiendo proyectos para los más necesitados, discutiendo con sus profesores, inspirada por las enseñanzas de Laurie Baker, un pionero de la arquitectura sostenible y ecológica, en quien su madre confió la construcción de su escuela en una zona sin urbanizar, denominada “el monte pelado”. Sobre Baker señala la escritora: “Era un genio no solo porque hacía construcciones baratas, sino porque sus edificios no tenían ese aire triste, sucio y deprimido de la construcción modular propio de la arquitectura de bajo coste. Cada uno de sus edificios era único y tenía alma, alegría y una especie de irreverencia radical característica de su personalidad”.
Capítulo a capítulo vamos asistiendo a la forja de un carácter. La rebeldía, la no aceptación de las reglas porque sí, la batalla contra las injusticias, se ponen de manifiesto ya en la joven estudiante de arquitectura que fue Arundhati Roy.
Toda esta parte, que tango conecta con otro de los temas de este número de Lecturas Sumergidas, dedicado a la arquitectura y las emociones, me ha sorprendido (desconocía esta faceta de la autora) y me ha resultado muy interesante, porque muestra las afinidades de Roy, la coherencia de sus principios en los distintos momentos de su recorrido vital.
Delhi acabó aportando a Arundhati Roy ligereza, independencia, libertad. Señala que se sintió feliz por primera vez en su vida en esta ciudad que ya no abandonaría. En ella experimentó la precariedad, que la condujo a vivir en un barrio de chabolas en compañía de JC, su primer amor, también estudiante de arquitectura, con el que fingió una boda para no tener problemas con la ley. En ella entabló amistades duraderas, sobrevivió realizando trabajos temporales, realizó distintas mudanzas, y vio cómo la fortuna llamó a su puerta tanto en el plano emocional como material. “Me encantaban la ciudad, el hollín, el caos y, sobre todo, el anonimato (…) Más de veinte millones de seres humanos vivimos aquí, contaminando el aire, vaciando los acuíferos, y aun así todavía doy gracias a la ciudad a diario, porque me salvó, me libró de la perspectiva de una vida que me produce escalofríos de solo imaginarla…”, vamos leyendo.
En 1980 Roy presentó en Facultad de Arquitectura, una tesis, poco habitual, a contracorriente, que giraba precisamente sobre “el desarrollo urbanístico poscolonial en Delhi”, preguntándose “cómo la ciudad llegó a ser lo que es hoy y cómo afecta esto a quienes viven en ella”. Su preocupación por los desfavorecidos, a los que da voz en sus novelas, se manifestó en su trabajo de fin de carrera. “Mi tesis”, explica, “trataba de la “La ciudad” y “La no-ciudad”, de los “no ciudadanos” que viven en las grietas de la ciudad, amontonados en mínimos espacios, entre instituciones y planes urbanísticos. Los planes de vivienda no eran para ellos, tampoco los mercados de barrio ni las leyes de uso del suelo. Para ellos no había nada...”
Son muchas las aventuras, las vicisitudes, los cambios de rumbo, en la vida de Arundhati Roy. El suyo es un trayecto apasionante, lleno de obstáculos, de aprendizajes, de casualidades, de sorprendentes encuentros. El director de cine y destacado naturalista Pradip Krishen, autor de Los árboles de Delhi y otras obras de referencia en su campo, es una figura esencial en estas memorias que vamos leyendo como una novela. “Me había enamorado perdida y peligrosamente”, asegura, quien pasa a contar que, poco después de conocerlo, él la invitó a participar en el rodaje de la película Massey Sahib, en la que interpretó un papel en el que no tenía que pronunciar palabra, solo ser presencia. Ese rodaje lo cambió todo, dio inicio a la que ha sido su relación sentimental más estrecha, a lo más parecido a una familia, a la manera de ambos, en compañía de las dos hijas de él, además de a una fructífera colaboración profesional, en la que Roy demostró sus dotes como guionista, preludio de su nacimiento como escritora.
Mientras tanto, se producen encuentros con su madre, siempre entre el amor y el conflicto, al tiempo que reaparece el padre, “un completo desconocido” para ella, un ser singular, errático, embaucador, con no poco encanto, por el que llega a sentir afecto. Las relaciones con él, con su hermano, un adulto que había logrado disfrutar de la vida, pese a su infeliz infancia, ocupan un lugar destacado en el libro. Pero doy un salto y me detengo en el momento en el que Arundhati Roy comprende que había llegado el momento de convertirse en la escritora que de niña imaginó ser.

“Nada me hacía olvidarme del mundo tanto como leer. Nada me hacía pensar en el mundo tanto como leer. Nada me llenaba más. Nada me vaciaba más”, escribe, reconociendo la formación literaria cercana que recibió (Shakespeare, Kipling, Joyce y otros “escritores varones y blancos”), gracias a su madre y a su tío, G. Isaac, otro personaje a contracorriente, verdaderamente novelesco, que ha traspasado a sus ficciones.
Y capítulos más adelante da cuenta exacta del día en el que fue consciente de que había encontrado su voz, de que por fin había dado caza a ese “animal-lenguaje” que estaba esperando emerger de lo más profundo de su ser. “Sabía que si era capaz de describir mi río, si era capaz de describir la lluvia, si era capaz de describir la sensación de tal modo que otros pudieran ver, oler, tocar todo ese mundo, entonces podría considerarme escritora”.
Así relata ese momento de revelación. Y así se refiere al nacimiento de una historia que llegó a ella a través de una imagen: “dos niños, Rahel y Estha, hermanos gemelos, la cara pegada contra la ventanilla de un Plymouth azul cielo con el sol en los alerones traseros y un anuncio de conservas en el techo…” Se trata de El dios de las pequeñas cosas, a la que puso el punto final después de más de cuatro años; una primera novela que narra la historia de una familia que vive en un pueblecito de Kerala, una historia que se nutre de su infancia, de sus vivencias, con la que ganó el Premio Booker, un galardón que le regaló una de las pocas muestras de reconocimiento, de amor, de su madre (“Enhorabuena, niña”).
El dios de las pequeñas cosas conmovió, y sigue haciéndolo, a lectores de todo el mundo, pero dentro de su país disgustó a los dirigentes del partido comunista que gobernaba Kerala, con los que la autora sentía afinidad, pero que se sintieron molestos por la crítica que veían en el libro a la actitud del partido ante la cuestión de la casta. Y, además, fue señalado por “obsceno y corrupción de la moral pública” por cinco abogados varones de una ciudad vecina, dando lugar a la primera querella criminal interpuesta contra la escritora a lo largo de los años, las otras dos por textos de carácter político, llevándola una de ellas brevemente a prisión.
La novela le abrió las puertas a un nuevo mundo (editores, agentes literarios, lectores, presentaciones, viajes) y llegó el dinero que tanto se había resistido, un dinero que ha seguido fluyendo y que ha compartido generosamente, desde el primer momento, con sus próximos: su madre, su hermano, sus amigos y “todo el que mereciera algo”, señala la escritora, quien prosigue: “A lo largo de los años he aprendido que compartir dinero con amor y solidaridad es un proceso delicado, mucho más difícil que acapararlo. Pero mientras no vivamos en un mundo más igualitario, compartir (con responsabilidad) es lo único que podemos hacer”.
Roy narra el nacimiento de su primera novela, «El dios de las pequeñas cosas,» a la que puso el punto final después de más de cuatro años, la historia de una familia que vive en un pueblecito de Kerala, con la que ganó el Premio Booker.
Confiesa Roy algo que encaja muy bien con su manera de ser, con sus convicciones y principios. Ganar tanto con un primer libro que vendía millones de ejemplares le ocasionó problemas de conciencia. “Me asaltaba cierta vergüenza (…) Era problemático ser una escritora conocida y rica en un país de gente muy pobre y mayoritariamente incapaz de leer un libro. ¿Qué significaba esto? ¿Qué significaba ser yo?”, reflexiona y reconoce haber pasado tiempo sin encontrar una solución que, en cierto modo, la aliviara de tal peso, hasta dar con la idea de la creación de un fondo fiduciario, al que ella aportaría una parte de sus ganancias todos los años, con el fin de apoyar a “periodistas, activistas, profesores, abogados, artistas y cineastas que tienen la valentía de nadar a contracorriente”.
Son muchos los motivos para admirar a esta escritora, a esta mujer que sueña con un mundo más justo. A través de sus libros de no ficción comprobamos hasta qué punto se ha implicado en diferentes causas desde la pasión y la rabia. Así la vemos en la movilización contra la construcción de gigantescas presas en el río Narmada, anegando inmensas extensiones de selva y desplazando a indígenas y campesinos. A finales de la década de los 90 del pasado siglo, esta corriente de protesta, liderada por mujeres indias, a las que Roy se sumó, fue pionera de la conciencia ecológica que anima el activismo actual contra el cambio climático, algo en lo que ella hace hincapié.
Un artículo, El mayor bien común, publicado en distintos medios, donde “defendía que las grandes presas son desastrosas en lo ecológico, descabelladas en lo económico y antidemocráticas en lo político”, molestó a los poderes de su país y fue considerado un desacato por el Tribunal Supremo, al que se mencionaba. Paso las páginas en las que da cuenta de toda la experiencia y no puedo mencionar el impacto que sufrió la escritora al aproximarse de cerca el drama de Cachemira. “Para un ciudadano indio con un mínimo resquicio de conciencia, visitar Cachemira es quedarse sin hogar. Porque después de conocer Cachemira uno no puede volver a las conversaciones, las bromas, la diversión inofensiva de antes. La ignorancia amoral, deliberada y cultivada que manifiestan la mayor parte de los indios sobre lo que allí está ocurriendo, lo que se está haciendo en su nombre, resulta difícil de soportar. Casi sin que me diera cuenta, mi círculo de amigos más cercanos cambió. Yo cambié. Mi humor cambió. Me volví un poco cachemira: más pesimista, más oscura”.

Conmueve la capacidad de la autora para salir de sí misma y abrazar a los otros. Conmueve su furia contra el extremo, cruel, nacionalismo hindú. En 2010 la vemos recorriendo la selva de Dandakaranya, con una brigada de combatientes naxalitas –Partido Comunista de la India (maoísta)–, donde “se estaba librando una guerra sangrienta”. Al respecto escribe: “La guerra era nueva, pero la historia era muy muy vieja. una historia de compañías mineras, dinero, mentiras, soldados, guerrillas, vigilantes, violencia brutal y expolio de la tierra. Una historia muy vieja que hay que contar muchas veces, porque amenaza el significado del progreso, de la felicidad y de la civilización misma”.
acercarse al drama de Cachemira supuso un fuerte impacto para la escritora. «Casi sin que me diera cuenta, mi círculo de amigos más cercanos cambió. Yo cambié. Mi humor cambió. Me volví un poco cachemira: más pesimista, más oscura”, confiesa.
Cuando emprendió esa marcha, la autora estaba inmersa en la escritura de su segunda novela, El ministerio de la felicidad suprema, donde da entrada a la realidad de Cachemira. La novela, que ocupa otra página de Lecturas Sumergidas, fruto de la particular mirada, compasiva y rebelde, de Arundhati Roy al mundo, se publicó en 2017 y su largo proceso tuvo lugar en años muy oscuros para la historia de su país. En 2014, Narendra Modi juró el cargo de primer ministro y se inauguró una nueva alianza entre el nacionalismo hindú y el capitalismo corporativo. “Una alianza que iba a desgarrar el tejido social y hasta la misma idea de la India”, señala la autora.
Fue una época oscura, de nacionalismo exacerbado, con linchamientos públicos de musulmanes y detenciones de estudiantes. Muchos amigos de la escritora entraron en prisión y ella, una vez más, fue señalada, víctima del odio de los medios al servicio del poder. “Cuanto más me tachaban de antipatriota más segura estaba yo de que la India era el país que amaba, el país en el que estaban mis raíces. ¿Dónde si no podría ser la “hooligan” en que me estaba convirtiendo? ¿Dónde si no podría encontrar a otros “hooligans” como yo, a quienes tanto admiraba?”, se plantea.
Son muy interesantes los análisis y reflexiones sobre la historia de su país de esta mujer que, en la fuerza de sus convicciones, recuerda a Mary Roy, su madre, quien, en sus últimos años, se mostró orgullosa de sus batallas, y la defendió allí donde pudo. A punto de acabar este artículo no puedo dejar de citar la amistad de la escritora con John Berger, a quien define como “uno de los escritores más sensibles, atentos y maravillosos” que ha leído y a quien agradece no haber contrapuesto nunca su escritura de ficción y de no ficción, dos vertientes conectadas que veía como las dos piernas de Roy, capaces de llevarla por todo el mundo.
Berger siguió muy de cerca, con entusiasmo, la evolución de El ministerio de la felicidad suprema, escuchó en la voz de ella algunos de sus pasajes, en unos días que pasaron juntos en la casa del autor en los Alpes franceses. La animó a seguir adelante, a terminarla. Su manuscrito fue la última obra de ficción que leyó antes de morir, a principios de enero de 2017.
El final de la madre, el funeral, ocupa las últimas, cálidas y emotivas, páginas de estas memorias llenas de “refugio” y “tormenta”. Con estas palabras la escritora se refiere a su relación con ella, pero yo pienso que también son válidas para describir los caminos de su vida. Un mensaje de la señora Roy, un día imprevisto, expresándole lo mucho que la quería, fue un hermoso regalo para la hija, quien escribe: “Hasta el último día que pasé con ella, nunca conseguí acostumbrarme o anticiparme a esos giros imprevisibles, a la luz y la sombra, a sus bruscos cambios de humor Pero sí había aprendido a quedarme fuera del azote de su furia lacerante. O eso creía. A veces no calculaba bien. En realidad, estoy hecha con los residuos de esa furia”.
Este fragmento de reconocimiento da sentido a un libro lleno de verdad y de búsqueda, de dolor y también de sanación. Tras la muerte de su madre, Arundhati Roy recuperó su primera vocación, la arquitectura, para remodelar la ya estropeada casa de su madre y construir una Arboleda en su honor. De esta manera, con una vuelta atrás, se cierran estas memorias que discurren como un río caudaloso, que leemos como una novela, como nos pidió su autora, muy al comienzo del trayecto, páginas iniciales en las que confiesa que “quizá, incluso más que como hija que llora el fallecimiento de su madre”, lloraba como escritora ante la pérdida de quien no duda en considerar su tema más fascinante.
Mi refugio y mi tormenta lo publica Alfaguara en castellano, con traducción de Catalina Martínez Muñoz.









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