Antonio Ortuño: “La vida del escritor suele ser, por lo general, patética”

Antonio Ortuño. Fotografías y vídeo por Nacho Goberna

Por Emma Rodríguez © 2017 / 

Escribiendo relatos es muy conciso, mide las palabras, procura que nada sobre, pero hablando su discurso resulta torrencial. Como interlocutor Antonio Ortuño es muy generoso. Le gusta explicarse largamente, ofrecer argumentos, hacerse entender. El día que tuvo lugar esta entrevista, en la sede de la editorial Páginas de Espuma en Madrid, el escritor estaba a punto de finalizar la campaña de promoción del Premio Ribera del Duero. En pocas horas iba a coger un avión para regresar a México, su país, y se encontraba agotado de tanto “ranchear”, de ir de provincia en provincia, como señalaba. Apenas una queja inicial que se disipó de inmediato, en cuanto se hicieron presentes los relatos de La vaga ambición, la obra con la que ha ganado la quinta edición del citado galardón, una entrega sorprendente por la mezcla de registros, por la unidad de las distintas piezas que la componen, por la originalidad, autenticidad, ironía y lucidez con que se ahonda en la grandeza y la miseria del oficio de la escritura. A quien esto escribe le dio la impresión de que los cuentos actuaban en Ortuño como un motor que le impulsaba a circular a cien por hora por la ruta abierta de la conversación.

Ahí estaba el autor, como valiente superviviente de un torneo interminable, haciendo gala de ese sentido del humor tan característico que se filtra en lo que escribe. Ahí estaba, ataviado con camiseta negra de los Sex Pistols y gorra de los Who, como buen amante y conocedor del rock que es, dispuesto a contar sus experiencias, a transmitir lo que siempre ha significado para él llenar de sentido las páginas en blanco de la existencia. Mucho de lo que es, de su trayecto más íntimo, se refleja en esta obra que tiene como protagonista a un escritor, Arturo Murray, al que en muchos sentidos podemos considerar su álter ego. A través de Murray, Ortuño nos habla de un niño que desde muy pronto supo que había una especie de maravillosa salvación en la escritura; con un dosificado sarcasmo nos muestra las bambalinas del mundillo literario, un ámbito por lo general carente del glamour que tantas veces se le supone; de manera sutil, sin necesidad de lágrimas, nos transmite que para crecer es necesario asumir la pérdida…

Nacido en Zapopan (Jalisco) en 1976, Antonio Ortuño, elegido por la revista Granta, en su hornada de 2010, como valor a destacar de las letras mexicanas, tiene ya a sus espaldas una larga trayectoria. Tres libros de relatos, que se suman a La vaga ambición (El jardín japonés; La señora Rojo; la antología Agua corriente), y siete novelas (con una de ellas, Recursos humanos, fue finalista del Herralde en 2007), son las cartas de presentación de este hombre que hasta el momento no había sentido la necesidad de acercarse tanto a sí mismo, a todo lo que se mueve alrededor de un trabajo que esencialmente se desarrolla en la más absoluta soledad. De la escritura como combate, como memoria, como venganza, como resistencia, hablamos a continuación, pero antes escuchemos a Murray, su protagonista, cuando les dice a los alumnos que asisten a su taller: “Escribir es inventar quiénes somos y por qué estamos en este campo sucio, con una espada en la mano y una cota de malla que parece camisa de hockey, y es encontrar en una mentira absoluta las razones para embestir a la estampida de locos que corren hacia nosotros...”

Ortuño
Antonio Ortuño. Fotografías y vídeo por Nacho Goberna

– Hay muchos caminos que se cruzan en La vaga ambición, pero hay dos esenciales: la reflexión sobre la naturaleza y la necesidad de la escritura, y la experiencia de la pérdida, en este caso de lo que supone quedarse sin la protección de la madre. ¿Cómo se juntan esos dos caminos, de qué manera tiene que ver el uno con el otro, cómo están ambos en el origen del libro?

– Concebí el libro, antes que nada, como un mecanismo narrativo. Lo primero que se me ocurrió fue hacer una colección de cuentos en la que pudiera cambiar absolutamente de lenguaje, de escenario, de códigos, de todo, entre un relato y otro. Necesitaba esa libertad, pero a la vez buscaba unirlos sutilmente, que tuvieran resonancias y que se pudieran leer como algo orgánicamente relacionado, de tal modo que la lectura completa diera una clave distinta a la de los relatos sueltos, aunque, por supuesto, cada una de las piezas se pudiera leer de forma autónoma. A partir de ahí, casi simultáneamente, aunque un poquito después, surgió lo que quería contar dentro de ese mecanismo. Desde hacía mucho tiempo me interesaba escribir sobre la vida literaria, sobre la escritura, y quería hacerlo aprovechando mi experiencia personal después de tantos años en el oficio, tras conocerlo desde las más diversas posiciones: desde el niño lector hasta el tipo que está contestando entrevistas sobre su libro, que ya hace el número 12, abarcando los distintos trechos de un camino largo, porque he sido periodista, he entrevistado a escritores, he ido a presentaciones desastrosas, como público y como presentador, me han entrevistado y me han preguntado por qué escribí un manual de crianza de perros… Todas esas cosas me han pasado y no creo que sea importante que me hayan pasado a mí, pero sí las considero un buen combustible para la ficción.

A través de Murray, protagonista de La vaga ambición, Ortuño nos habla de un niño que desde muy pronto supo que había una especie de maravillosa salvación en la escritura; con un dosificado sarcasmo nos muestra las bambalinas del mundillo literario, un ámbito carente del glamour que tantas veces se le supone.

– Escribes de lo que más conoces, pero desde una cierta distancia, la distancia que da parapetarse tras la ironía…

–  Bueno, tuve claro que tenía que encauzar ese apetito de escribir sobre literatura, pero sin la languidez de la metaliteratura, de los aparatos de referencias, de los juegos de mímesis con otros autores, de  la cita dentro de la cita, dentro de la cita, y cosas similares que a mí, personalmente como lector, siempre me han aventado de los textos porque me parecen, en el mejor de los casos, juegos de ingenio, y, en el peor, lecturas snobs y desagradables. Y en cuanto a la experiencia de la pérdida, por la que me preguntabas, debo decir que el libro me ofrecía la posibilidad de escribir de cosas que me han sido vitalmente importantes, pero sin la otra languidez, que es la de la autoficción, en la que se abusa de los lectores y se les termina ofreciendo el mismo resultado que obtendrían si se fuesen a tomar unas copas con un amigo pelmazo, un amigo que les contase su vida durante horas interminables: lo mal que se lleva con su padre; que la llave del portón de abajo ya no le abre; que la mujer se ha hartado de él y otras cosas similares, de las que hacen que uno acabe diciendo: “oye, tengo que irme…” Todo eso, presentado como literatura, me parece inadmisible, no me interesa en absoluto.

– El uso de la ironía es una de las señas de identidad de Antonio Ortuño. ¿Te ha resultado complicado mostrarte irónico con tu propia vida?

– Sí. Hay una carga muy grande de ironía en el libro, de autoironía. Es un recurso que me resulta muy útil y muy querido incluso, pero que no sirve absolutamente para todo. Si tienes un desarmador puedes hacer muchas cosas con el desarmador, pero no puedes quitar un clavo de la pared con él. Es una herramienta y cumple ciertas funciones. La ironía, como mecanismo estético, puede estar muy bien, pero si quieres hacer algo que vaya más allá de eso, necesitas recursos adicionales, debes trabajar con la compenetración, o con la armonía, o con la tensión entre unos recursos y otros. Yo eso lo tuve muy claro. Tuve claro que quería hablar de cosas que fueran más allá del mundillo literario y de la autoironía del escritor y que para hablar de eso tenía que poner en juego diferentes registros.

– ¿Qué lugar ocupa el libro en el conjunto de tu obra? ¿Hay un punto de inflexión? ¿Hablar desde la proximidad de tus propias experiencias supone un cambio respecto a otras de tus entregas?

– Supone un cambio en varios sentidos, pero no se trata del primero. No se puede decir que haya seguido una trayectoria en una cierta dirección y que ahora haya girado. No, más bien he tratado de construir cosas muy distintas y de incursionar en campos diferentes. Yo he discutido mucho con autores, con colegas, en México, que apuestan muy enfáticamente por la literatura experimental, por un tipo de libro hostil, como despojado de deseo, poco verboso, bien peinado, pero que al final no resulta especialmente experimental, porque esa clase de obras terminan pareciéndose entre ellas, sin nada característico, diferenciador. A mí me gusta experimentar mucho, pero sin perder de vista que lo que más me gusta es jugar el juego de un narrador, es decir, captar la atención del lector y llevarlo hasta la última página de la manera en que pueda, a veces con una apuesta verbal más radical, jugando con el tiempo de la narración, de las estructuras; a veces con una exposición quizá más lineal de episodios que expresan deseo, vitalidad, emoción. Yo creo que todo es parte de una poética que tiene que ver con la idea de que la narrativa es la plaza pública de la literatura. No necesitas 300 páginas para mostrar que tienes talento verbal. No necesitas 300 páginas para exponer y discutir una idea. Lo que necesitas son 300 páginas para jugar esa partida con el lector, para ir llevándolo, y llevándolo, por el camino, reservándole información, atrayéndolo con las entregas episódicas, internas, dentro de un texto, y manejando el tiempo, que es, en última instancia, en lo que consiste narrar.

– El primer cuento, Un trago de aceite, ya es todo un aldabonazo. La escritura se ve como una manera de venganza ante el abuso que sufren los dos niños protagonistas del relato. La chica le dice al pequeño Murray que escriba lo que han vivido: “que lo lean, que arranquen las hojas y se las traguen”. Por una parte está el arte de las mentiras y por otra el cultivo de la verdad, porque la literatura es una manera de dar a conocer lo que no se quiere mostrar, lo que está oculto, lo que se busca mantener en secreto, los tabúes, lo maldito. Es un cuento que ya da el tono de lo que va a ser el libro, que ya marca el itinerario.

– Sí. Y además hay algo que a mí me parece importante y que consiste en que un libro establezca un diálogo veloz y directo con quien lo abre. Como lector prefiero algo que desde la primera página se sienta, que te arrastre y te obligue a seguir, a una construcción que arranque lentamente, como si todavía estuvieran afinando los músicos. A veces escribo cosas así y luego las elimino de tajo, las tiró o las reacomodo en otro lugar. No es que crea que todos los textos literarios tengan que empezar a grandes golpes de estilo, pero es lo que más me gusta, sobre todo en un libro de relatos que, por definición, es más apretado, más breve, que un novelón. Desde luego que para desmentir este argumento está Proust, la magdalena, la memoria, todo deslizándose como si le chorreara la prosa de los dedos. Es fabuloso, sin duda. Nada que ver con este libro donde  yo necesitaba comenzar a la manera de una sinfonía clásica, con todos los instrumentos sonando a la vez, en un registro fuerte y alto, que luego varía hacia otras intensidades.

No necesitas 300 páginas para mostrar que tienes talento verbal. No necesitas 300 páginas para exponer y discutir una idea. Lo que necesitas son 300 páginas para jugar esa partida con el lector, para ir llevándolo, y llevándolo, por el camino.

– Pero lo que te preguntaba: ¿La escritura puede ser una forma de venganza, un acto de resistencia, de rebeldía? Es muy significativo que aparezca el personaje del Quijote y que el niño protagonista quiera copiar, escribir a su manera, la obra de Cervantes.

– Claro. Yo creo que escribir permite emborronar y sustituir en cierta medida el pasado. La escritura es una manera de establecer sentido y Murray lo que decide es entresacar del pasado su identidad como escritor. Del naufragio de la infancia lo que rescata es eso, el compromiso de la escritura, más allá del compromiso de la verdad, que termina por salir tramposamente a la luz. La escritura es su modo de estar en el mundo y le sirve para vengarse, para explicarse, para justificarse, para relacionarse, para sobrevivir. No solamente es un arma, aunque exista esta visión bélica de la misma, sino que también es una especie de salvavidas, de botiquín, de barrilito de coñac que llevan los perros al cuello para reanimar a la gente cuando la sacan de la nieve… Hay un momento clave en el libro, que es cuando la madre está agonizando, un suceso que, de alguna manera, hace que el personaje tome conciencia y asuma por completo ese gran compromiso del que hablamos.

– Esa idea de no rendición, de batalla, de lucha, que es la literatura, se expone claramente en La batalla de Hastings, el último de los relatos del libro, que es como una especie de manifiesto, una reivindicación tanto de la escritura como de la lectura.

– Por supuesto. En medio del discurso emotivo que es este cuento se entremezclan varios parlamentos, entre ellos uno que está entre mis momentos favoritos de la literatura, el del Enrique V de Shakespeare cuando manda a sus tropas a una batalla que parece perdida de antemano. Aunque en el relato hay mucha autoironía y se deja entrever el cierto grado de hipocresía de Murray (simultáneamente a lo excelso de sus palabras, está deseando cobrarles a los alumnos del taller; está pensando en los problemas con su mujer; reconoce que al chico, al que tanto ha animado y protegido teóricamente, ni siquiera lo ha leído; aunque se hace el firme compromiso de hacerlo…) , lo esencial es que finalmente el protagonista llega a declarar lo que le importa realmente. Ahí está la dualidad de verdad y mentira que constituye la literatura. Hay cosas que se tienen que decir porque son importantes, porque son necesarias. No importa si son mentira o verdad.

– La literatura es también una manera de iluminar la oscuridad del mundo. “Los muertos iluminan la ruta de los vivos. Por eso leemos: para que se inflame una antorcha. Bajo su luz escribimos…” Así comienza La batalla de Hastings, con el símbolo de la antorcha, que vuelve a aparecer después.

– Por supuesto. La literatura ilumina. Y también está la idea de la escritura como lo que hace moverse al mundo. El narrar permite que las cosas se muevan. Eso que la gente, con un instinto que a mí me parece precioso, dice: “no me gusta y no me convence como narrativa porque no pasa nada”, encierra una verdad técnica que es profundísima. Si no pasa nada, no estás narrando. Si el tiempo está detenido, si lo que estás escribiendo acaba como un grupo escultórico, tendrás prosa, que podrá ser mejor o peor, pero no estás narrando, porque la narración implica el paso del tiempo, implica acción, en el sentido en el que se quiera: puede ser acción intelectual, puede ser acción verbal, acción física descrita… pero el tiempo tiene que discurrir y tiene que establecerse una cierta cronología. Yo creo que un mal narrador es aquel al que las cosas se le quedan estáticas cuando narra. El problema para mí es el estatismo, escribir despojado de deseo, de conflicto, de acción, de fricción. Pero que nadie piense que me refiero exclusivamente al tipo de acción de las películas catalogadas en ese género. Hay películas muy distintas, por ejemplo, las de Fellini, en las que pasan muchísimas cosas.

– Este último relato transcurre en un taller de escritura. ¿Te planteas los talleres de escritura así, como Murray? ¿Le dices a los alumnos que no se rindan, que combatan, que hagan frente a todo a través de la escritura? ¿Les imprimes ese coraje?

– Debo decir que yo no tengo vocación pedagógica ni tallerística, que el motivo principal por el que imparto talleres es porque me pagan por ello. Pero una vez que acepto darlos lo hago con toda seriedad, porque tengo un sentido de la vergüenza profesional muy alto y una ética del trabajo implacable. Si alguien paga por algo tienes que esforzarte al máximo para que eso le sea útil. Respecto a lo que me preguntas, el relato no es una transcripción, aunque sí he dado sesiones hablando justamente de los episodios a los que hago referencia: a la Chanson de Roland, la mentira histórica y el discurso oficial convertido en una suerte de verdad poética que perdura por sí misma, por su belleza y por su energía mucho más allá de las necesidades políticas, de la ideología, de la coyuntura, del tiempo… Perdura como mecanismo literario porque es capaz de conmover a la gente, incluso a unos tipos que no tienen absolutamente nada que ver ni histórica, ni política, ni culturalmente, al menos de entrada, con los que empezaron a cantar y tuvieron originalmente la Chanson de Roland para ellos. En mis talleres he hablado de todo esto y mis reflexiones me parecían relevantes para lo que se planteaba en el texto.

– El relato dura lo que dura la sesión de un taller…

– Sí. Es curioso porque, ahora que hablaba de la acción, se trata de un cuento que linealmente dura lo que dura la sesión de un taller y que termina cuando termina la sesión del taller, pero a la vez en él sí que ocurren muchísimas cosas, porque se alude a parte de la historia de Europa occidental, al menos  a algunos episodios importantes, tan importantes como la conquista de Inglaterra por los normandos, y, a la vez, se muestra parte del drama personal de Murray y se desarrolla la historia del alumno favorito, que, de alguna forma, es como si muriera y resucitara en el cuento, en un mecanismo que es muy similar al de la Chanson de Roland, porque Murray lo levanta, y lo alza, como si fuera una suerte de Lázaro… Ese personaje, que ha sufrido un accidente, que además de manco parece que le ha dejado afásico, de algún modo vuelve a recobrarse, vuelve a ponerse en pie para la batalla, mediante la parrafada de Murray.

– Es también una narración muy quijotesca.

–  Por supuesto, esencialmente es el mecanismo del Quijote. Mi pequeño libro, de manera modesta, trata de jugar la misma jugada que el Quijote. Cervantes hace una sátira que va mucho más allá de la sátira. Se ridiculiza al protagonista, pero se reconoce su espíritu heroico y trascendente, lo que hace que la vitalidad de la novela se mantenga hasta la fecha, aunque el vocabulario, la sintaxis, nos aleje cada vez más del idioma del Siglo de Oro. Si perdura el Quijote, si sigue siendo una figura central, es porque no solamente es una sátira. Si fuera simplemente un caballero estúpido que hace cosas ridículas, el héroe sería muy divertido y en ese nivel se quedaría todo. Desde el momento en que recurre a la parodia, pero reconociendo el carácter heroico de su caballero, Cervantes hace algo que es hermoso: mandar al cielo los límites de su registro expresivo. Es como si cargara el texto con esa potencia que tiene la sátira, con esa potencia que tiene la ironía, pero para impulsar la emotividad propia del texto, el propio final del protagonista. Por ahí hay un ensayo de Borges sobre esto. Cervantes parece no saber cómo decirnos que se muere su protagonista y lo acaba haciendo de la manera más llana y casual posible, simplemente con la frase “entregó el espíritu”. Es como si estuviera conmovido de su propia incapacidad para contar algo grandioso y eso es lo que me parece que lo hace estupendo. Después de haber tenido continuos momentos altísimos de retórica, es capaz de echar mano también del recurso más simple y modesto. Es ese contraste lo que sigue siendo fascinante del Quijote.

Si perdura el Quijote, si sigue siendo una figura central, es porque no solamente es una sátira. Si fuera simplemente un caballero estúpido que hace cosas ridículas, el héroe sería muy divertido y en ese nivel se quedaría todo. Desde el momento en que recurre a la parodia, pero reconociendo el carácter heroico de su caballero, Cervantes hace algo que es hermoso: mandar al cielo los límites de su registro expresivo.

– ¿De qué nos puede salvar la literatura en un mundo tan desquiciado?

– Yo creo que la literatura esencialmente no sirve para nada, no sirve del mismo modo que sirven otras cosas. No te da una ideología ni una mitología única, integrada, capaz de explicar el mundo con pelos y señales, desde el lugar que ocupa el individuo en la sociedad hasta lo que pasa en las esferas celestiales. Hay muchos recetarios preconcebidos para entender el mundo, visores prefabricados, con los que vamos a acabar entendiendo mejor o peor, pero más o menos articuladamente, una serie de cosas. Puede ser la lucha de clases o pueden ser los coros de los ángeles; el predominio de los más fuertes o la libertad de empresa… Pero la literatura es otra cosa, no sirve para eso, y qué bueno que así sea, porque ofrece una perspectiva transversal, un visor mucho más amplio que nos permite tener una mirada mística sobre ciertas cosas, combativa sobre otras, irónica sobre algunas más, y apreciar la tradición, pero también la ruptura. La literatura nos ayuda a mirar en todas las direcciones, para muchos lados a la vez y, sobre todo, a aceptar el conflicto como algo que existe y la imposibilidad de una explicación congruente y absoluta de la vida.

– Te refieres a la complejidad, a los matices, a que no todo es blanco o negro.

– Sí. Me refiero, por ejemplo, a que podemos estar en un desacuerdo profundo, cerval, y sentir casi odio físico por alguien como Celine y a la vez adorarlo como narrador. O dicho de otro modo: reconocer que no hay un correlato lineal entre que haya sido un antisemita, un nazi, un hijo de la chingada, y lo impresionante narrador  que era. A mí eso me fascina de la literatura y creo que es para lo que sirve, para habitar un mundo mucho más sutil y mucho más complejo. No digo que a los que la cultivamos nos conduzca a entender más cosas, pero sí, al menos, a hacernos mejores preguntas que aquellos que, por obra o por omisión, por fanatismo o porque ni siquiera se lo plantean, sólo ven el mundo desde una cierta mirada y desde un cierto ángulo.

– Después de reflexionar sobre lo mucho que aporta y enriquece la literatura, no podemos más que concluir que es una pena que cada vez se lea menos…

– Bueno, yo eso no lo tengo tan claro… He leído bastante sobre el auge de la narrativa, de la novela, específicamente en el siglo XIX y, para empezar, en el siglo XIX no había educación universal, ni siquiera existía tal concepto. Sólo la gente que podía y quería era educada y las cifras de analfabetismo eran exponencialmente mayores que las de ahora. Los estados no tenían ninguna clase de obligación de proporcionar ni salud, ni educación, ni seguridad social, ni nada a sus habitantes. Accedía a la educación el que se lo podía pagar o aquel al que le resultara imprescindible: el hijo del comerciante, que tenía que aprender a contar, por ejemplo, o el que se metía a cura y necesitaba saber leer. Pero, aún dentro de esa sociedad en la que la lectura era marginal y poco frecuente, sí se dio un fenómeno de masas, acotado, insisto, como la democracia en Atenas, donde votaban unos cuantos y había una enorme masa de gente que estaba fuera del juego. Lo mismo pasaba en el XIX. Que hubiera miles de personas leyendo a Dickens, a Dumas, a Flaubert, a Zola o Dostoievski, no significa que fuera un porcentaje de la población significativamente mayor al que lee actualmente. Hay mucha gente que lee hoy, aunque no compartan las cosas que nos gustan a quienes nos interesa la literatura un tanto más rigurosa. No se puede decir que no se lee en un mundo en el que ha vendido tantos ejemplares Harry Potter como la Biblia. Otra cosa es que yo no encuentre un mérito particular en Harry Potter, pero se lee. Y muchas personas que leen esos libros, a lo mejor después se decantan por otros con los que los lectores exigentes podemos coincidir más. Yo confieso que leí mucha literatura fantástica en mi adolescencia. Hay cosas que me siguen gustando muchísimo y otras que, con un poco más de perspectiva literaria, sitúo ahora en una dimensión mucho más modesta. Fue tan entretenido como hacer crucigramas, pero desde luego nada que ver con la lectura de Victor Hugo. Pero también debo decir que, en ese ámbito de lo fantástico, me encontré con libros fabulosos y que otras obras de mayor reputación literaria no me han dado lo que me dieron aquellas lecturas.

No se puede decir que no se lee en un mundo en el que ha vendido tantos ejemplares Harry Potter como la Biblia. Otra cosa es que yo no encuentre un mérito particular en Harry Potter, pero se lee. Y muchas personas que leen esos libros, a lo mejor después se decantan por otros con los que los lectores exigentes podemos coincidir más.

– Eres de los que prefieren huir de los agoreros que tanto tiempo llevan vaticinando el fin de los libros tal cual los conocemos, de la lectura.

– Sí, claro. Hay que mantener la perspectiva, no idealizar la existencia de una Edad de Oro de la cultura y pensar que todo lo que vivimos hoy es decadencia. Personalmente, yo veo ahora a muchos más jóvenes leyendo en mi entorno que en mi época. Cuando yo era adolescente era un bicho raro por leer, ninguno de mis compañeros de la escuela, ni de mis amigos del barrio, leía, y fue con el tiempo cuando me fui haciendo cómplice de aquellos que disfrutaban con los libros, pero siempre éramos los menos. Ahora mis dos hijas, que están en la escuela, tienen varios amigos que son muy lectores, del mismo modo que ellas. Yo veo muchos de los libros que leen y me dan escalofríos. Todas esas historias de hombres lobo y vampiros románticos y demás, desde luego que a mí no me interesan en absoluto, pero, mi hija mayor ya hace mucho que dejó de leer libros de hombres lobo y tiene Humillados y ofendidos, de Dostoievski, como su libro favorito. La pequeña ahora está más volcada en esas historias de literatura popular, por llamarla de alguna manera, y sinceramente no me preocupa para nada. Incluso si llega a los 40 años y sigue leyendo eso, bueno, pues es su decisión. Yo creo que ese tipo de obras no van a quedar con letras de oro en la historia futura de la literatura, pero tampoco creo que supongan un pecado, ni una crisis social, ni que haya que llevarse las manos a la cabeza. De pronto asumimos como propias quejas que son de la industria editorial. Para mí cada queja de un editor de que ya no se lee a los clásicos, significa: “quiero vender estas colecciones de clásicos y quiero que se vendan tanto como los libros de youtubers”. Pues, bueno, eso es imposible. Siempre habrá más gente viendo la tele, atenta al fútbol, que leyendo literatura, pero fatalmente están los que están. Y hay un montón de carreras, de talleres… Las escuelas de escritura creativa desbordan de gente. En absoluto la literatura es una actividad en vías de extinción. No sabemos hacia dónde evolucionará y cuáles serán sus formas y soportes, pero siempre va a haber historias que nos parezcan rigurosas, sugestivas, interesantes, y que nos terminen importando muchísimo.

– De hecho, se lleva anunciando la crisis, la desaparición de la novela desde hace mucho…

– En efecto. Está claro que no va a haber otro Homero ahora, que no va a haber otro Homero nunca, pero a la novela la empezaron a matar en el año mil setecientos y tantos, cuando todavía en realidad no llegaba siquiera a su auge; y la volvieron a matar a finales del XIX; y la quiso matar el modernismo… Y ahí sigue. Continuamos leyendo a autores que, después de esas supuestas muertes de la ficción, han hecho maravillas. No se puede ser tan fatalista. Otra cosa es que nos quejemos muchísimo del pésimo manejo que en general dan las administraciones públicas a la cultura. Eso sí lo comparto: la crítica ante el desprecio continuo, la falta de recursos para la cultura, la ignorancia supina de los que toman decisiones. Son fenómenos que todos vemos. De la misma manera que yo quiero que en pavimentos esté alguien que no haga que las calles parezcan zanjas bombardeadas, me gustaría que en cultura hubiera gente que entendiera la magnitud de lo que está haciendo y que utilizara los recursos públicos para que la cultura llegara a más personas y de mejor manera.

– ¿Crees que las políticas culturales y educativas van a peor, que el neoliberalismo lleva en su hoja de ruta un el desprecio por la filosofía, por la literatura, concediéndoles cada vez menos importancia en los planes de estudio?

– Sí, pero también me gusta aplicar perspectiva: En la Edad Media no había sistemas educativos y en el Renacimiento tampoco. Muy poquitas personas eran las que estudiaban. En el presente, ya el hecho de que haya sistemas educativos es algo que nos aleja mucho del pasado. Dicho esto, desde luego que estamos yendo, y eso también me parece preocupante, hacia una educación vehicular que es prácticamente un adiestramiento y no una educación. Ya hubo inquietudes cuando desapareció la educación clásica y se volvió humanista; cuando salieron de los programas el griego y el latín y la Historia dejó de estudiarse como antiguamente. Desde el momento que quitaron la lista de los reyes godos, en México de los presidentes y los emperadores aztecas, algo murió en el mundo, sin duda… Yo siempre estuve en sistemas de educación pública y creo que recibí una buena educación en la que había un lugar para la filosofía y un lugar para la literatura. Eso no quitaba que hubiera matemáticas y ciencias naturales, que la gente aprendiera a contar y que de ahí salieran trabajadores. Pero el discurso ultraliberal ha roto esos puentes con el argumento, más o menos velado, de que lo que se necesita es que de las escuelas salgan ingenieros y obreros y que, si la gente quiere leer, que lo haga en su casa. Esto es una imbecilidad, y por supuesto que hay un trasfondo político en quitarle ciertas herramientas a la gente para que sean incapaces de tomar distancia y ser críticas respecto a ciertas políticas. Claro que eso existe, pero aquí el problema es de la sociedad, no de la literatura. A mí me preocupa lo que pase con la sociedad porque se están perdiendo las herramientas críticas, pero la literatura va a seguir pase lo que pase.

– ¿No te parece fundamental la escuela para contagiar el gusto por la lectura?

– Considero que hay que cuestionar el modo en que se enseña la literatura. Creo que el Quijote, que no sólo a mí, sino a otra mucha gente más enterada, me parece la piedra angular de la literatura en español, ha sido una pesadilla recurrente de los niños en la escuela. Les atizan el Quijote a los 10 años, a los 11 años. Y hacer las cosas así no sirve para nada. A mí me gustaría que hubiese materias de literatura bien calculadas e impartidas, y que de verdad se ayudara a la gente a llevar un camino de lecturas que desembocara en el Quijote a su debido tiempo, ya en posesión de las herramientas necesarias para de verdad disfrutar el libro. Lo que es penoso es partir del Quijote y que se convierta en una especie de muro de Berlín que impida volver a leer nada en la vida, ya que la persona se puede sentir impactada y humillada por la grandeza de una obra que no pudo entender ni disfrutar. Mi principal preocupación al respecto de toda esta involución de nuestros sistemas educativos es el precio que ya está pagando y que va a pagar la sociedad por ello. Pero, a lo que me refería, es a que la literatura está ya grandecita para que no pase nada si la quitan de los programas escolares, porque creció durante siglos y siglos, cuando no existían los programas escolares en el mundo.

Hay un trasfondo político en quitarle ciertas herramientas a la gente para que sean incapaces de tomar distancia y ser críticas respecto a ciertas políticas. Claro que eso existe, pero aquí el problema es de la sociedad, no de la literatura. A mí me preocupa lo que pase con la sociedad porque se están perdiendo las herramientas críticas, pero la literatura va a seguir pase lo que pase.

– En La vaga ambición se juega, por una parte, con la idea de lo sublime de la literatura, de su grandeza, y por otra con la lucha de los escritores por sobrevivir, por hacer frente a la precariedad, algo que no se visibiliza lo suficiente, como también sucede en otros ámbitos creativos. La gente tiene una idea del escritor asociada al éxito. Por el mero hecho de publicar libros se supone que esa persona no tiene dificultades.

– Sí, claro. Hay ahí una ilusión óptica, porque cuando la gente, que no está metida en el mundo literario, llega a enterarse de la existencia de un escritor, generalmente es porque lo ha visto en la tele, o porque contempló sus montañas de libros en una gran superficie. Y si llega a enterarse de la vida de ese escritor por la tele, efectivamente es que se trata de un escritor rico, o en vías de serlo. Esa idea prevalece, del mismo modo que la del futbolista como triunfador. No todos los futbolistas son ricos. Hay una gran cantidad de gente que sale a patear balones en canchas, a todos los niveles: desde niños a los que, desde que aprenden a caminar, el padre va y les lleva de cabeza a un campo de fútbol, hasta gente que a los veintitantos sigue todavía probándose en equipos cada vez más pequeños, a ver si en una de esas le llega la oportunidad de su vida. Son miles y miles de personas detrás de un Messi multimillonario, y en la escritura pasa un poco lo mismo. La gente identifica al escritor con un Stephen King, con alguien que ha vendido mucho, que tiene legiones de lectores, que posee una especie de mansión que es casi un parque temático, donde vende sus libros y camisetas; aunque no vive en ella, porque no quiere, desde luego, que sus seguidores le estén tocando todo el tiempo a la puerta.

– Nada más alejado del escritor protagonista de tus relatos.

– Claro. Detrás de todo eso hay legiones de personas que tienen que sacar el dinero de sus libretas de ahorro para autoeditarse, que van dejando manuscritos en las manos de un editor al que conocen en una comida, sin sospechar siquiera que cuando el editor salga lo tirará al cubo de la basura porque está harto de que le den manuscritos. Y están esos otros autores ya publicados, pero que cuando van a la librería no ven sus libros por ninguna parte. En realidad este oficio es una especie de carrera de obstáculos, en la que abres una puerta y de inmediato te encuentras con otra. Yo me reía con un amigo recordando que, al principio, cuando empezábamos a publicar, nos invitaban a bibliotecas de pequeños municipios del sur de Jalisco a hacer lecturas. Entonces bromeábamos diciendo que estábamos rancheando, y que, en algún momento, acabaríamos llegando a la gran ciudad. Pues yo ahora estoy rancheando el mundo. Acabo de pisar por todas partes de España haciendo presentaciones, algunas enormes como la de la Feria del Libro de Madrid, y otras mucho más modestas, en pequeñas librerías, ante veinte personas, de las cuales diez eran amigas personales del organizador. Eso es ranchear el mundo. Mucha gente puede pensar que como acabo de ganar el Premio Ribera del Duero me vine en mi yate y regreso en nave espacial a México (risas), pero la verdad es que no. Antes estaba rancheando las bibliotecas del sur del Estado y ahora he rancheando por España, de provincia en provincia.

– Todo el rato se entabla ese debate  entre la autenticidad, la ética, la verdad de la escritura, y al mismo tiempo, las imposiciones del mercado, la promoción, la publicidad. El escritor no puede dejar de estar ahí, de preocuparse por todo eso. Es una contradicción permanente.

– Sí. Así es. Yo creo que en la literatura ocurren cosas sublimes, impresionantes, en el espacio entre el texto y quien lo lee. Hay libros que te cambian la vida. ¿Cuánta gente se ha dormido abrazada a un libro; cuánta gente ha llorado con una historia de ficción o se ha reído a carcajadas con otra? En los libros puedes encontrar ideas que articulen el resto de tu vida, o puedes descubrir cosas de ti mismo a través de la identificación con un personaje que siente y experimenta lo mismo que tú en un momento dado. Por todo esto es por lo que nos gusta la literatura, por lo que pasa entre el yo y lo que leemos. Pero lo que sucede en la vida del escritor suele ser, por lo general, triste, patético y un poco risible. A mí me pasa con los escritores que, cuantas más bufandas llevan, cuanto más se disfrazan, más tristes me parecen, aunque tengan yate y nave espacial. Ya puede tratarse de todo un premio Nobel y comportarse como un niño, al que no le compraron el juguete, si en una nota se critica su nuevo libro. Puedes haber accedido a alturas a las que no va a llegar casi prácticamente nadie en el mundo y te sigues frustrando. Escribir es frustrarse permanentemente.

– ¿No hay remedio para esto?

– No lo creo. La frustración se da a todos los niveles. La mayor parte de la gente escribe cosas y se las manda a su pareja o a sus amigos y ahí mueren los textos. La pareja dice: “Ah, qué bonito escribes”, y los amigos comentan: “Ah, muy bueno lo que me mandaste”, seguido de unos puntos suspensivos que quieren decir: “jamás, por ningún motivo, me vuelvas a mandar nada similar”. La mayor parte de los textos que se escriben en el mundo se quedan en esa esfera, y luego hay un siguiente escalón en el que están, por ejemplo, un tallerista literario y sus compañeros, que aunque están aprendiendo y saben muy poquito o nada de literatura, hacen juicios determinantes. En los talleres se trenza la gente como gallos de pelea. Por eso cuando imparto alguno les digo a mis alumnos: “si ustedes ya saben mucho de literatura como para opinar, por favor no vengan a un taller, den ustedes uno”. Yo no creo que un taller deba ser como un club social en el que la gente se pelea,  convive, se enamore y acaba teniendo hijos. Si van a interesarse en literatura tienen que acudir al taller a escuchar, tomar notas y después ponerse a escribir. Pero en casi todos los talleres literarios acaba pasando que la gente escenifica cosas de su vida, frustraciones profundas, ambiciones terribles, y las cosas en general salen mal. No estamos en el mundo del fútbol o del cine. Aquí el glamour básicamente no existe, dinero hay, pero poco, muy concentrado y mal repartido.

– Con todas estas declaraciones, puedes desanimar a más de uno.

– Eso no lo sé, pero sí puedo asegurar que hablo con conocimiento de causa. Hay una maledicencia natural que siempre está presente en el medio literario: en el taller, en las entregas de los premios más importantes, en las reseñas críticas, en la convivencia entre escritores. Te vives en esa especie de ambiente aceitoso y llegas a pensar que de ahí no puede salir nada bueno, pero lo extraño es que sí, que salen cosas que de verdad valen mucho la pena. Hay gente que es muy miserable y que escribe cosas increíblemente buenas y hay gente que es buena como un santo y escribe cosas horribles. Nunca hay una linealidad entre esa vida literaria tan mezquina, tan desagradable, y lo que puede pasar en los textos, que sí puede ser maravilloso.

Hay una maledicencia natural que siempre está presente en el medio literario: en el taller, en las entregas de los premios más importantes, en las reseñas críticas, en la convivencia entre escritores. Te vives en esa especie de ambiente aceitoso y llegas a pensar que de ahí no puede salir nada bueno, pero lo extraño es que sí, que salen cosas que de verdad valen mucho la pena.

– ¿Alguna experiencia en concreto, personal, que te haya hecho ser consciente de esa maledicencia?

– Muchas, pero puedo contar mi experiencia con uno de los escritores mexicanos que más me han interesado e importado, Daniel Sada, un tipo con el que pude charlar mucho y que era muy generoso. Cuando Daniel murió, después de haber tenido bastantes dificultades económicas (él y su esposa lucharon mucho para que tuviera la mejor atención posible, pero necesitaron pedir favores, pedir ayuda, y esa lucha extra a la enfermedad, fue muy terrible) la gente decía: “sí, fue un grandísimo escritor, pero es que era un glotón, le gustaba comer y beber, y, además, era bien chismoso”. A mí me dolieron mucho ese tipo de comentarios porque yo no lo conocí en esos términos. Sus textos me parecen impresionantes, y con él aprendí muchísimo de literatura, simplemente platicando. Pero hay personas que lo reducen todo a un señor chismoso que comía demasiado flan. Es algo similar a cuando escuchamos en los foros a gente diciendo que Messi es un inútil. Pues si Messi es un inútil, si Sada, si Chéjov… Pues habrá que cerrar la cortina, dejar de escribir e irnos todos al demonio. Esa es la maledicencia a la que me refiero.


– ¿Habrías sido un narrador diferente de no haber nacido en México? ¿De qué manera el ambiente, el lugar, el paisaje, la sociedad en la que has vivido, te han marcado?

– Estoy seguro de que todo eso marca de algún modo. Yo no encuentro ninguna clase de relación en lo que me interesa, en lo que veo, en el lenguaje que utilizo cuando hablo o escribo, con los narradores del norte de mi país. Ni siquiera, aunque a algunos de ellos les guste mucho hablar del equipo del norte, encuentro relaciones entre ellos. La literatura, al menos a mí, me sirve para singularizarme. Puedo dar un paso al costado y observar las cosas cuando escribo, y cuando leo me pasa exactamente lo mismo. Pero, dicho esto, desde luego que es innegable que el lugar en el que vives tiene un peso y una sombra sobre lo que escribes, sobre la manera en la que ves el mundo, sobre el lenguaje, ya sea porque te identificas telúricamente con el sitio y te sientes como un poco la  voz de la tierra, algo que a mí no me interesa en absoluto, pero que pasa y a veces funciona, o porque te defines con distancia sobre el lugar que habitas.

– ¿La toma de distancia es la posición que ha adoptado Antonio Ortuño como escritor?

– Sí. Yo soy de una ciudad muy conservadora, que se mueve en unos códigos bastante estrictos de clasismo y de racismo, y mucho de lo que he escrito tiene que ver justo con la sátira y con la crítica social, porque me he sentido toda la vida incómodo en esa ciudad donde, además, la gente tiene una identidad muy marcada. Guadalajara es la capital de Jalisco y representa el mariachi, el tequila, la charrería. Son arquetipos que se identifican con lo mexicano y que muchas personas asumen y enarbolan. En mi caso, ni mi padre ni mi madre eran de allí, acabaron en la ciudad un poco por casualidad y yo no me siento representado por nada de eso, ni tampoco me siento un mal ciudadano porque no me interese la charrería. Lo que pasa es no me pondré un sombrero charro en mi vida, porque para mí sería una cosa completamente exótica, no habría ninguna naturalidad. Todo esto tiene que ver con esa distancia, que me define como narrador, respecto a la sociedad en la que vivo. El hecho de que en lo que escribo haya una crítica constante, una sátira recurrente hacia el pensamiento conservador y religioso, hacia el regionalismo cerrado, tiene que ver con que nací en ese lugar. A lo mejor si hubiera nacido en París, tendría otra idea y puede que, a lo mejor, sintiera nostalgia de algo así y me encontrara perdido en una ciudad mucho más cosmopolita. No sé… En mi ciudad, con millones y millones de habitantes, hubo un momento en que no había más de diez librerías. Podías comprar algún libro en el supermercado, en negocios de librería-papelería; pero librerías verdaderamente bien surtidas, en las que uno pudiera ir a buscar una variedad amplia de libros, había muy poquitas. Ahora han entrado unas cuantas cadenas que palían un poco esta carencia, y en cuanto al teatro, es muy sufrido. Los teatreros fueron echados de la universidad, no son apoyados por la secretaría de cultura, no hay prácticamente industria que los sostenga, son como kamikazes. Y lo mismo pasa con la danza y con el cine. Todo aquel al que le interesa el cine en Guadalajara se acaba yendo o se conforma con sufrir y dedicarse al cortometraje.

– Todo eso contrasta con el gran escaparate que supone la Feria del Libro de Guadalajara.

– Sí. Tenemos una feria del libro tremenda, pero solo hay un par de editoriales que siguen dando la pelea, porque la industria editorial en realidad está en la ciudad de México DF. Guadalajara de cosmopolita tiene muy poco, incluso puede ser desesperante en términos culturales. Y, en términos de país, México es muy grande, tan grande que yo al menos no me puedo identificar con un país de 120 millones de personas. Mi ciudad es muy diferente a México DF, es muy diferente al norte del país, es muy diferente al sureste. Vivo rodeado por seis millones de personas. Hay más tapatíos que madrileños. Y es suficientemente grande para que yo me haya podido definir en ese huequito. De lo que significa ser mexicano, bueno, pues te puedo decir que me gusta mucho mi selección de fútbol; que me siento mexicano y latinoamericano, aunque mi madre fuera española. Pero yo no me he sentido europeo ni un solo día de mi vida. Vengo a España, me reconozco en muchas cosas y crecí leyendo literatura española, pero la  identidad es algo innegociable, que uno no elige. Mi casa está allá. Aunque no me guste mi ciudad, soy fatalmente de allá.

Yo soy de una ciudad muy conservadora, que se mueve en unos códigos bastante estrictos de clasismo y de racismo, y mucho de lo que he escrito tiene que ver justo con la sátira y con la crítica social, porque me he sentido toda la vida incómodo en esa ciudad donde, además, la gente tiene una identidad muy marcada.

– ¿Cómo te afecta la violencia, los altos índices de violencia de tu país? ¿Cómo la literatura puede también servir para mostrar esa violencia, para denunciarla?

– No creo que haya una especie de pacto que se firme en una oficina y por el cual uno como escritor mexicano tenga que escribir de ciertas cosas, pero por supuesto que muchos que vivimos en México no podemos no escribir de cosas que vemos y que están desde hace bastante tiempo poniéndole el pie en el cuello al país entero. Las  diversas sociedades que somos México estamos amenazadas por la violencia todo el tiempo, por muchos tipos de violencia, entremezcladas, porque la que se identifica en los periódicos es la de los cuerpos criminales pero hay una violencia estatal gigantesca. El hecho de que el Estado no pueda garantizar la seguridad de la gente ya es un tipo de violencia; el hecho de que el Estado esté absolutamente compenetrado con el crimen en amplias zonas del país es una violencia adicional, porque provoca lo que provoca, que haya más del 99 por ciento de impunidad en México; que sea prácticamente imposible que haya justicia, que se desarrolle alguna clase de proceso judicial que dé como resultado un castigo, sea por lo que sea, desde matar a 120 personas hasta romper un vidrio. Claro que eso afecta de muy distintas maneras. Hay muchos chicos, sobre todo de clase media alta, o con posibles, como dicen aquí en España, que por necesidades personales, o por incomodidad con esa atmósfera horrible, se han ido del país y escriben en otros lados. Muchos de ellos practican una literatura que es más intimista o más cosmopolita. Yo tampoco los voy a poner en una lista negra y voy a decir que no están reaccionado ante la realidad nacional. Están reaccionando de otra forma. Y además como escritores pueden hacer lo que les dé la gana. Si quieren contar la historia de Eslovaquia será su asunto y será un buen libro si saben como hacerlo. Los que nos hemos quedado en México ya es otra cosa y también hay que establecer distinciones. Mi situación en Guadalajara es muy distinta a la de alguien que vive en Tamaulipas, que es una zona de batalla donde sales a la calle y hay balaceras. En mi estado han matado a mucha gente, ha desaparecido mucha gente, pero mi ciudad es relativamente tranquila, no está la situación como en Tamaulipas, o como en Guerrero, o como ha llegado a estar en Juárez, por ejemplo.

Las  diversas sociedades que somos México estamos amenazadas por la violencia todo el tiempo, por muchos tipos de violencia, entremezcladas, porque la que se identifica en los periódicos es la de los cuerpos criminales pero hay una violencia estatal gigantesca.

– Como decías es un país muy grande, con muchos extremos.

– Sí. Y hay distintos niveles de cercanía con ciertos fenómenos que te hacen ser más sensible a unas cosas que a otras. Yo soy muy sensible, porque lo veo en mi ciudad, a la discriminación, a la violencia, al odio incluso, que se tiene por los migrantes centroamericanos que llegan a Guadalajara como estación de paso hacia Estados Unidos. Suelen arribar a la ciudad después de atravesar miles de kilómetros llenos de dificultades y cuando lo logran siguen siendo despreciados, humillados… Siempre hay gente que puede establecer empatía con ellos, claro que sí, no es que todo el mundo pase y les escupa; tampoco vivo en un aldea nazi, pero soy muy sensible a eso desde el día que salí a la calle, con mis hijas y con mi perro, a dar un paseo por el barrio, y pude ver que la zona de las vías del tren estaba llena de migrantes, muchos de ellos mutilados, maltratados. Son, como decía, gente que ha pasado por cosas terribles en el camino; que cuando llega Guadalajara ya está muy quebrantada –prácticamente todas las mujeres han sido violadas, prácticamente todos los hombres han sido golpeados– . Esa es la realidad que yo conozco y que se refleja en mis libros. Nunca he visto de cerca a un capo del narcotráfico con camisa hawaiana, con sombrero de diamantes y una pistola. Debe haber en Guadalajara, pero yo no he ido a sus fiestas y cuando voy a un bar no estamos en el mismo bar porque a mí no me gusta la música que le gusta a él y a él no le gusta mi música ni el local al que yo voy. No nos cruzamos, está muy lejos de mi experiencia personal.

– Tienes una novela que trata precisamente de todo esto de lo que hablas, centrada en el conflicto de los migrantes.

– Sí. La fila india. En verdad, a mí me resulta imposible escribir sobre cosas que, de un modo u otro, no se acaben relacionando con todo esto, aunque sea de una manera sutil. Cuando terminé de escribir los cuentos de La vaga ambición y me puse a revisarlos, de repente me di cuenta de que, aunque pensaba que en en ellos sólo parabólicamente se tocaban asuntos de la actualidad mexicana, se habían colado un montón de cosas que reflejaban, de forma más evidente de lo que yo creía, la realidad del país. Ahí está la ineptitud oficial, aunque sea en el aspecto cultural; los omnipresentes abusos contra los niños y las mujeres, porque es el modo de vida mexicano, lo propio de una sociedad brutalmente machista y brutalmente violenta en la esfera de lo doméstico. Mientras más leía los relatos, más me decía: “sí, esto sólo puede pasar en un país como el mío”. Lo que cuento en cualquiera de mis libros no puede ocurrir en Disneylandia. En el caso de La vaga ambición, por más libresco y literario que sea, y por más que aborde la esfera de intimidad de los personajes, resulta del todo mexicano, habla de una sociedad absolutamente desprotegida como la mía.

Yo soy muy sensible, porque lo veo en mi ciudad, a la discriminación, a la violencia, al odio incluso, que se tiene por los migrantes centroamericanos que llegan a Guadalajara como estación de paso hacia Estados Unidos. Suelen arribar a la ciudad después de atravesar miles de kilómetros llenos de dificultades y cuando lo logran siguen siendo despreciados, humillados…

– ¿Cómo contemplas la política internacional desde México, después de la llegada al poder de Donald Trump?

– Hasta el momento la diferencia entre Trump y Barack Obama es que Obama era un político muy educado, que tenía una relación pública muy cordial con México, nos hablaba bonito y acudía a todos los eventos relacionados con latinos en EEUU. Sus modales políticos eran impecables, pero ha sido el presidente que más mexicanos ha deportado en la historia, mientras que Trump, que en la práctica hace lo mismo que hacía la administración de Obama, además nos putea, nos insulta y nos humilla, convirtiéndonos en blanco político del ala más radical de sus huestes, aprovechándose y lucrándose políticamente con el odio a los mexicanos, que existe en muchas capas de la población estadounidense; desde el loco que siente que todos los emigrantes lo que hacen es recuperar el territorio que nos robaron después de invadirnos hasta el que, en términos abiertamente racistas, considera que el peligro es que en cien años el país se ocupe completamente con gente morena y que se acaben perdiendo sus raíces blancas, anglosajonas y protestantes. Pero si salimos de esa esfera de lo retórico, en la que desde luego Trump es una amenaza infinitamente mayor por las pasiones políticas con las que juega y por su discurso delirante e insultante, en las políticas concretas está haciendo exactamente lo mismo que hacía Obama, que es tener el pie en nuestro cuello. Cualquier administración estadounidense va a hacer eso.

– ¿No crees que esa política podría cambiar?

– A la primera potencia del mundo no le conviene que su vecino de abajo, con 120 millones de habitantes, sea una potencia por sí mismo. México tiene riqueza y población como para ser un país verdaderamente importante. Expulsamos migrantes como si no hubiera un mañana, pero producimos una cantidad de cosas bestial y, desde luego, si estuviéramos en unas condiciones de mayor paridad con EEUU les causaríamos un conflicto de hegemonía inmediata y grande. Un país como Estados Unidos no quiere un vecino poderoso, puede querer un vecino próspero como Canadá, que no representa ninguna amenaza. Los canadienses  son poquitos, se trata de una sociedad bastante tranquila, donde no se admiten armas, y siempre ha sido una aliada tradicional e incondicional de los gringos. Pero México se define frente a Estados Unidos. Siempre ha habido un conflicto entre los proyankis y los antiyankis, y una enorme masa más o menos indiferente. Pero en términos de política internacional EEUU jamás va a contribuir a que México salga definitivamente del hoyo. Tampoco le conviene que esté muy mal, porque se les iría toda la población para allá, pero sí que esté lo suficientemente mal para que llegue la mano de obra que necesita. Dicho todo esto, no creo que representemos una amenaza en ningún sentido. Un México poderoso, con un líder opuesto a EEUU, es algo que yo no creo que llegue a suceder jamás. Ellos tienen muchas maneras de intervenir en México y recurrentemente, a lo largo de la Historia, han impedido que eso pase.

Trump, que en la práctica hace lo mismo que hacía la administración de Obama, además nos putea, nos insulta y nos humilla, convirtiéndonos en blanco político del ala más radical de sus huestes, aprovechándose y lucrándose políticamente con el odio a los mexicanos, que existe en muchas capas de la población estadounidense.

– El miedo a los latinoamericanos está muy presente en la sociedad estadounidense. Es un poco irracional, ¿no?

– Bueno. No sucede en toda la sociedad norteamericana. Por supuesto que hay mucha gente en EEUU que tiene una posición totalmente distinta a la de Trump, y también hay mucha gente indiferente, a la que le da exactamente lo mismo la política. En Estados Unidos siempre se ha votado relativamente poco. No es una sociedad que esté muy politizada. En grandes zonas del país tienen ideas muy vagas y la discusión pública es muy rara. Hay estados enteros en los que la prensa es absolutamente conservadora y donde no hay prácticamente voces discordantes. Uno lee desde fuera a la gran prensa industrial americana y la ve bastante de derechas, pero dentro del país consideran como casi socialistas a medios como “The New York Times”. Yo me pregunto que tan a la derecha hay que estar para verlos como si fueran “Pravda”. Se trata de un país muy extraño en ese sentido, pero para ser justos hay que decir también que hay amplias capas de población que se sienten fascinadas con México y comunidades, en el sur de Texas, en California, que, con el trato frecuente con los mexicanos, se han acabado integrando bastante bien. A veces hay convivencia, a veces hay coexistencia y a veces hay integración. Siempre se dan una serie de injusticias fundamentales, porque los mexicanos han sido migrantes a los que les ha costado trabajo colocarse, que han tenido que sufrir códigos de racismo, de clasismo, estando muchos de ellos ajenos a la educación superior, obligados a ir ascendiendo muy lentamente en el escalafón social, pero es raro ver a un mexicano pidiendo en las calles en Estados Unidos. La gente no va allí a ejercer la mendicidad, sino a partirse el lomo, a trabajar a veces hasta tres turnos. Son más frecuentes las historias de los mexicanos que trabajan hasta la extenuación que las de los vividores… Y, además de la presencia en el campo, en los servicios públicos, etcétera, que es tremenda, hay que apuntar que las universidades están llenas de académicos y de investigadores mexicanos. Cuando empiezan a destacar se nacionalizan porque eso les facilita la vida, pero siguen siendo mexicanos y algunos de ellos regresan eventualmente a México y nutren el mundo intelectual de una manera muy patente. Todo esto es muy complejo. No podemos limitar nuestra visión a la de los gringos ignorantes que nos tienen miedo. Hay unos cuantos millones que, efectivamente, querrían que pasaran con una escoba y nos barrieran al mar, pero eso no es todo, no es lo único.

– ¿De qué manera están presentes en tu vida, en tu trabajo, tus orígenes, el legado español?

– Dado que hay una historia detrás, en México no es algo raro que uno tenga ascendencia española. No es como si mis padres hubieran sido croatas… La conquista marcó para siempre al país. México nació bajo la forja de una conquista y se construyó como nación moderna al fragor de la independencia. Los españoles se convirtieron durante mucho tiempo en el símbolo del enemigo, en la representación de todo lo malo. Nacimos en contra de ellos, que vinieron, nos conquistaron, nos esclavizaron y finalmente nos los quitamos de encima. Ese fue el discurso político en México, y pese a las etapas de dictadura que ha habido en la historia del país, se siguió cifrando lo español como el ultracatolicismo imperialista y malvado. Aún hoy, todo eso persiste en parte de la población mexicana. Hay un estrato para el que lo español siempre es como algo lejano, enemigo. Se cuentan muchos chistes de los españoles  y al mexicano hispanista se le sigue viendo como algo pretencioso, ridículo.

– Sin embargo, muchos españoles fueron acogidos en México durante la Guerra Civil.

– Sí. Ahí se cambió un poco de página y se giró a algo mucho más complejo. Lázaro Cárdenas, el presidente mexicano, tuvo la generosidad  y la visión enorme de abrirle el país al exilio español y  llegó un grupo de académicos, de intelectuales, que dinamizaron la vida cultural en México, así como un montón de gente de tropa, que se integró a la sociedad mexicana en un clima que era completamente distinto al de la conquista. Se puede decir que México y España se redescubrieron a raíz del exilio español. Ahí cambió la cosa. Existe aún una cierta tensión de fondo, como decía, pero que no tiene nada que ver con la hay con los gringos. Cada vez hay más gente que ha dejado la Historia atrás y que empieza a ver a España como otro país en el mundo. Sin embargo, la identidad mexicana es muy celosa, no enarbola los parentescos. Hay una especie de pacto tácito de tú puedes tener orígenes de otro lado, mientras lo que prime aquí sea lo mexicano y hables como si fueras uno más de la casa, porque si mantienes un pie fuera eres potencialmente un traidor, y además eres arrogante porque seguro que te sientes más que nosotros. Hay un montón de escritores en México que son descendientes de primerísima generación de exiliados y emigrantes españoles y, en general, con una excepción o dos, esto se manifiesta poquísimo o nada en su literatura. Está el caso de Jordi Soler, que hace muchos años que se vino a vivir a España y que ha escrito mucho sobre la Guerra Civil, sobre el exilio español, un poco sobre lo que significa ser descendiente de españoles en México, pero poco más.

Lázaro Cárdenas, el presidente mexicano, tuvo la generosidad  y la visión enorme de abrirle el país al exilio español y  llegó un grupo de académicos, de intelectuales, que dinamizaron la vida cultural en México, así como un montón de gente de tropa, que se integró a la sociedad mexicana en un clima que era completamente distinto al de la conquista.

– ¿A título personal como ha vivido Antonio Ortuño todo esto?

– A mí me costó bastante ecualizarlo, porque además mi madre defendía mucho su identidad como española y no se nacionalizó mexicana nunca. Todos los miembros de mi familia eran manchegos trasladados a Madrid y los que se exiliaron a México después de la Guerra Civil, mis abuelos, mis tíos, no se llegaron a integrar en muchos sentidos. No tenían demasiadas amistades, vivían muy metidos en su casa. Yo creo que optaron por marcharse más por buscar oportunidades en una España destruida que porque fuesen perseguidos políticos. Mi abuelo no fue un perseguido político, aunque había sido republicano, el único de su familia. Había sido maestro y su situación se volvió complicadísima en el clima de revanchismo que imperaba. Mi familia intentó integrarse a la comunidad española, en un primer momento en la ciudad de México, pero no se sintió cómoda y acabó en Guadalajara, donde mi abuelo consiguió trabajo y donde casi no había exiliados. Había algunos españoles que eran antiguos residentes, pero se mantenían a mucha distancia de las cosas y muchos de ellos, comerciantes prósperos, propietarios, se identificaban mucho más con la derecha, con el franquismo. Para mí no fue fácil… A los compañeros de escuela les resultaba impensable, por ejemplo, que apoyara a la selección nacional española y no a la de Brasil, que es con la que todo el mundo se identificaba en Guadalajara. Pero yo estaba con España y así me iba, porque siempre surgía el conflicto. “No mames, no seas ridículo”, es algo que he oído a lo largo de toda mi vida, siempre que he sacado a relucir mis orígenes. No podía evitarlos. En mi casa mi madre cocinaba exclusivamente comida española, tortilla, croquetas, cocido, y esa es mi comida familiar. Para mí comer tacos fue durante mucho tiempo, hasta que me casé con una mujer de familia alteña, de los altos de Jalisco de toda la vida, ir a un restaurante a comer tacos, del mismo modo que voy a un restaurante a comer sushi. Todo esto fue muy turbulento, durante muchos años, hasta que un día dije: “No soy menos mexicano por esto. Ser mexicano no significa comer tacos desde la cuna, ni que me tenga que gustar la música del norte del país, que no me gusta estéticamente, ni tengo nexos sentimentales con ella. Yo soy fatalmente mexicano, no me siento ninguna otra cosa. Soy muy, muy mexicano. Mi madre era irreductiblemente española, pero yo no”.

– Volviendo al libro, y para terminar, en el relato Provocación repugnante, ya de los últimos, se narra un encuentro-conversación entre dos escritores, Bulgákov y Walter Benjamin. Se trata  de un cuento muy especial, con un tono muy diferente, que sorprende, que rompe el rumbo del recorrido.

– Sí. Está pensado para eso, para descolocar un poco. Quería que en el libro hubiese una simetría, pero una simetría imperfecta, no que fuera como un dibujo impecablemente trazado en todos los sentidos, como una especie de círculo. Me gustaba esa sensación de descoloque. Los cuentos están todos relacionados entre sí, pero si todos son banderitas que apuntan hacia acá, ésta se dirige hacia el otro lado. Se puede ver como una pincelada de color en contraste con el sepia, o al revés, una pincelada sepia en medio del color. Y, por otro lado, yo sentía la necesidad de que mi personaje, que es escritor, escribiera algo. Provocación repugnante es el cuento que escribe Arturo Murray. Decidí no ser zafio poniéndole la firma, mostrándolo gráficamente de otro modo, pero cualquiera lo sobreentiende. Murray tiene que escribir,  porque, de otro modo, sería como tener a un hombre lobo que no se manifestara como hombre lobo. “Ah, es un hombre lobo, pero no le sale ni pelo, ni garras, ni se come a un vecino…” Eso sería muy triste. Si no le sucede eso, pues no es un hombre lobo, no es nadie, es un señor neurótico. En el cuento anterior a éste, Murray había llegado a un callejón sin salida. Lo único que había ido sacando de las cenizas de su experiencia era su convicción casi kamikaze de escribir, de mantener su vocación literaria a costa de lo que fuera, pero la única manera en la que logra éxito y, además, pagar sus cuentas, es desapareciendo como autor, integrándose en una línea de producción de ficción industrial, en una serie en la cual su participación, además de ser uno de los diferentes ladrillos del muro, se empieza a ver contaminada por las características generales. Acaba adoptando lo que en un primer momento le parecen frases cursis en los diálogos, no sólo en lo que escribe sino en su propia vida cotidiana. Se ve completamente contaminado por eso y llega a una suerte de callejón sin salida. Esa experiencia en equipo revive su carrera literaria, le da un montón de beneficios, pero lo despoja de lo que celosamente ha conservado hasta ese momento. De pronto se da cuenta de que a lo mejor ya no lo tiene.  Si el libro estuviera ordenado cronológicamente, siguiendo los pasos de la vida de Murray, el último cuento sería el de Bulgákov y Benjamin, porque para mí significa la recuperación de las fuentes de la escritura. Ahí están dos de los autores que más apasionan al protagonista, pero, además, estalla el análisis sobre un asunto que se esboza en todo el recorrido: el escritor se pierde para que la escritura se salve. A Benjamin se lo cascan; a Bulgákov se lo cascan. Aunque eso no se narre en el relato, los dos quedan de alguna manera marcados tras el encuentro en la noche con el comisario político. Ellos se van a perder, pero la escritura no, la escritura es lo que va a quedar. Murray se sabe perdido. Se va a quedar dando vueltas o viviendo a la sombra de la producción industrial, pero la escritura sigue siendo su botella al mar. Preferí terminar el libro con el discurso bélico, de combate, inspirado en el de Enrique V. Me parecía menos deprimente. Pero Murray no gana de ninguna manera, no creo que pudiera albergar esperanzas de ganar, y ni siquiera se trata de que lo haga. Pero es consciente de que lo que lo salva, lo que siempre lo saca de las cenizas, es la escritura.

Antonio Ortuño. Fotografías y vídeo por Nacho Goberna
Antonio Ortuño. Fotografías y vídeo por Nacho Goberna

La vaga ambición, ganador del Premio Ribera del Duero en su quinta edición, ha sido publicado por Páginas de Espuma, que también ha editado el resto de volúmenes de relatos de Antonio Ortuño.


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