Sergi Bellver: “La literatura que no emociona nace muerta”

Emma Rodríguez © 2022 /

La vida de János, el protagonista de Del silencio, la primera novela del escritor Sergi Bellver, es un viaje del pasado hacia el presente que arroja luz sobre el futuro. Los tiempos son aquí como pasadizos unidos por el hilo de la memoria, una memoria que adquiere una gran potencia a través de las voces y de las vivencias de un buen plantel de personajes. Subidos al tren de la historia, con vistas a países y paisajes diversos, entre asedios y bombardeos, despedidas y encuentros, recorremos dos décadas de Europa, desde la época de posguerra tras la II Guerra Mundial hasta el mes de julio de 1969, marcado por el despegue del Apolo 11 rumbo a la luna.

Los acontecimientos se desarrollan vertiginosa y dolorosamente en una obra que ofrece perspectiva y consigue una vez más que valoremos la importancia de no olvidar. Los hechos: la revolución húngara de 1956; la Primavera de Praga y el Mayo francés en 1968; los aconteceres de la etapa más negra de la Guerra Fría, importan, pero mucho más los movimientos que acaecen en el interior de las personas, las cicatrices, las transformaciones. Estremece volver a pasar las páginas de esta novela cuando, de nuevo, con el ataque ruso a Ucrania, el mapa de Europa ha vuelto a teñirse de oscuridad, de miedo.

Señala Bellver que “la literatura que no emociona nace muerta”. Emocionar es algo que consigue con creces esta obra coral en la que se suceden esos momentos cruciales en los que se han de tomar decisiones de las que cambian la vida; en la que vemos, en uno de los capítulos más potentes de la narración, a János, que pudo huir con su familia a Francia, llevar a cabo el gran plan de su juventud: sacar de una Hungría ocupada por los rusos a su querido tío Gábor, quien le enseñó el valor del silencio. “Mi tío Gábor, que resistió en su casa a los sátrapas húngaros, a los nazis y a los comunistas, a los alemanes, a los rusos y hasta a las tropas rumanas cuando tenía mi edad, pero a quien ya no le queda nada ni nadie por lo que sobrevivir en Óbuda”.

Dar voz a los exiliados, a los refugiados del mundo, que siempre han de pagar “un precio demasiado alto sin haber elegido el viaje”, es uno de los grandes valores de esta novela que anima a compartir el abrazo, el hermanamiento, superando el discurso de las banderas y fronteras. En Del silencio, como decía, entran los grandes acontecimientos históricos, pero, sobre todo, las historias humanas poderosas, sobrecogedoras muchas veces en su sencillez. Frente a los entornos de la derrota, el arte, la música, la literatura, el cine, como asideros, como posibles tablas de salvación. Frente a los trazos más negros del acontecer, el amor (Del silencio es una gran historia de amor) y la belleza. “A pesar de todo el daño y el ruido que he visto y sentido a mi alrededor, la belleza todavía es capaz de sanar cualquier herida”, escuchamos la voz de János.

Dar voz a los exiliados, a los refugiados del mundo, que siempre han de pagar “un precio demasiado alto sin haber elegido el viaje”, es uno de los grandes valores de «DEL Silencio», novela que anima a compartir el hermanamiento, más allá de banderas y fronteras

Viaje y literatura se unen en la trayectoria de Sergi Bellver (Barcelona, 1971). Son dos territorios que se superponen, que se nutren el uno al otro, en el trayecto de este autor tan singular, un rara avis en el panorama de la literatura española. La escritura, la creación, como fin, como propósito, como sentido, nunca como medio para conseguir el éxito, distingue a este hombre que ha elegido la vida nómada para poder llevar a cabo su vocación. Sobre su camino, sobre su novela, dialogamos a continuación, en un intercambio realizado a través de correo electrónico.

– La literatura y el viaje están muy presentes en tu recorrido. Te has referido al efecto transformador de ambas actividades, de ambas pasiones en tu caso, me atrevería a decir. ¿Hasta qué punto son dos ámbitos que se complementan?

– Cuando era niño, el póster más grande en la pared de mi habitación no era el de un superhéroe, una estrella del rock o un futbolista, sino un mapamundi físico. En él proyectaba todos los viajes con los que iba a salir de aquellas cuatro paredes para explorar otras tierras y conocer a otras gentes. Igual que con la literatura, que llegaría un tiempo después y al principio sólo como lector, tampoco recibí ningún estímulo especial para el viaje, dos querencias que no existían en mi familia. Sin embargo, ambas me harían imaginar y ensayar otras vidas. Con los años, al dejar todavía muy joven la casa del padre, se acentuó la faceta viajera, y sólo en la edad adulta empecé a indagar de veras en la escritura, pero creo que, en el fondo, viajo y escribo por jugar a ser otro, porque no me basta con las cartas que me han tocado en esta mano y prefiero decidir cuándo y cómo cambiar de mesa o de partida. Quizá por ello sean dos pulsiones tan relacionadas en mi caso, pues me dan libertad, mejores horizontes y más datos para alzar mi propio mapa del mundo, del prójimo y de mí mismo.

– Antes de publicar Del silencio vio la luz un libro de viajes, Variaciones sobre Budapest, centrado en una ciudad clave en la novela. ¿Se influyeron ambos recorridos? ¿Se nutrió la ficción de las anotaciones, de las experiencias del viaje? ¿Los personajes de la novela surgieron al deambular por la capital húngara? 

– En el otoño de 2015, tras dos semanas de viaje entre Praga y Viena, llegué a Budapest con una idea para la novela que aún estaba por definir pero cuya base era ya muy potente. Mi plan inicial era prolongar la ruta unos pocos días, pero de repente el destino me ofreció un regalo y pude quedarme varias semanas más en un piso del barrio obrero de Óbuda. Desde allí recorría sin prisas la ciudad durante las horas de luz y, por las noches o a primera hora de la mañana, pasaba a limpio mis notas en aquella cocina proletaria. Así que Variaciones sobre Budapest y Del silencio no sólo se gestaron en el mismo lugar y al mismo tiempo, sino que, de algún modo, un proyecto alimentaba al otro y ambos se enriquecían con imágenes y detalles que no siempre podía volcar en cada manuscrito. Cinco estaciones después, regresé a Budapest en primavera y me quedé otro mes y medio, ya con las ideas mucho más claras y los dos originales muy avanzados, pero recuerdo aquel primer otoño a orillas del Danubio como el momento en que de veras me hice escritor, por mucho que ya tuviera un libro publicado.

Esto merece algo más de explicación.

– En Budapest cambió mi vida y, mientras escribía, con ficción o sin ella, sobre la ciudad, su presente y su pasado, me di cuenta de que la literatura de viajes y la novela podían ser caminos y lenguajes distintos para llegar a un mismo destino: indagar en la existencia humana, captar parte de su esencia y fijarla para el lector a través del tiempo. No sé si alguna vez podré volver a vivir aquel nivel de inmersión en la escritura, pero mientras simulaba ser un vecino más de Budapest, improvisaba un itinerario con el tranvía o daba de repente con algún hallazgo inesperado ―el barrio de Kispest, por ejemplo, en el extremo opuesto de Óbuda, que se coló en mi novela tras un largo paseo―, sentía que estaba haciendo un viaje múltiple, como si mi experiencia vital y literaria atravesara las capas superpuestas de la memoria y del olvido, aquellos “estratos de realidades diversas” que apuntaba Claudio Magris en El Danubio.

– Cuando publicaste tu primera obra de ficción, el libro de relatos Agua dura, señalabas que gran parte de tus protagonistas estaban buscando “un lugar en el mundo”. En Del silencio sucede lo mismo. Cuántos viajes, cuántas vueltas por Europa realiza János para dar con ese lugar. Un lugar que finalmente encuentra en París, ciudad a la que ha llegado desde Hungría, con su familia, huyendo de la violencia. Una ciudad a la que le cuesta adaptarse y que finalmente hace suya a través del amor.

– Escribí Agua dura entre 2010 y 2013, un tiempo oscuro en mi vida y de cierto extravío interior. Por mucho que intente alejarme de la autoficción, todo escritor maneja de una forma u otra su propio material sensible y una parte de aquel naufragio personal se refleja en esos primeros cuentos. Del silencio es un libro muy distinto, pues la penumbra y la confusión rodean al protagonista y narrador de la novela, pero una suerte de brújula interna le lleva a no perder del todo el norte en su camino. En su odisea de dos décadas por media Europa no hay una verdadera Ítaca a la que regresar ni una Penélope que le espere al final del viaje, pero sí otra exiliada con la que no sólo escapará del Telón de Acero y redescubrirá París, sino también una mirada más adulta hacia la mujer y, sobre todo, ese lugar en el mundo. Un lugar que para János no será nunca una ciudad o un paisaje, sino el amor de Věra, como el de los pocos seres queridos que de verdad le hicieron sentir en casa.

– Podemos decir que Del silencio es una gran historia de amor, un amor capaz de atravesar las fronteras y los obstáculos de la Historia.

– Un amor capaz de superar muros más altos y complejos que el de Berlín, como lo son nuestros propios miedos, prejuicios y demonios. La Historia con mayúscula, la de los grandes nombres y las fechas solemnes, sólo es el pentagrama de esta novela. La melodía, el tono y, a menudo, la improvisación que la elevan hasta cierta armonía, suenan gracias a sus personajes. Del silencio es su historia, la “intrahistoria” de la que habló Unamuno, pero llevada hasta su naturaleza más épica y tan a menudo silenciada, la de los seres humanos que no protagonizan los libros de texto pero vierten su sangre, su sudor y sus lágrimas en el río de la verdadera memoria íntima de la especie, de nuestra existencia colectiva. Por esa voluntad de darles voz, y no sólo por la particular psicología de su protagonista, la novela se titula Del silencio

– Las fronteras están muy presentes en el libro. Parece haber en él un llamamiento a superarlas.

– Desde luego. Además de por el ruido del mundo, János siente una alergia especial por banderas y fronteras. No enmendaré a Flaubert diciendo “János Baros c’est pas moi”, pero sí comparto con mi personaje la sensación de desarraigo y cierto desdén por todos los nacionalismos, el húngaro o el francés en su caso, el catalán o el español en el mío. No se me ocurre ninguna civilización futura de veras avanzada si la Humanidad no deja de una vez atrás esta pesada herencia del romanticismo patriotero. Sin embargo, en casi todas las distopías que pasan por mi cabeza hay varias formas de fronteras y banderas, viejas excusas para colocar siempre un “nosotros” contra todos los “ellos” posibles.

«DEl Silencio» es una historia de amor capaz de superar muros más altos y complejos que el de Berlín, como lo son nuestros propios miedos, prejuicios y demonios. La Historia con mayúscula, la de los grandes nombres y las fechas solemnes, sólo es el pentagrama de La novela», señala el autor.

– Los viajes, los tránsitos, como camino de exploración, de búsqueda, de descubrimiento, están ya en el volumen de cuentos. ¿Qué une al Sergi Bellver de Agua dura con el autor de Del silencio? Te has tomado tu tiempo para enfrentarte a la novela. 

– Hay quien dice que sólo se puede escribir de lo que se conoce y quien sostiene justo lo contrario, que todo es ficción e impostura en la creación literaria, pero yo prefiero burlar también esa frontera. Cualquier viajero sensible ha tenido la impresión de que cada día se hace más ancho y profundo en ruta, de que el presente parece crecer mientras sucede el viaje. En cierto modo, la literatura es una manera de ensanchar también la vida, como si al escribir o al leer un libro nos volcáramos en un viaje en el que pasado, presente y futuro dejan de ser tramos separados de la misma vía. En ese sentido, no distingo demasiado mi vocación de mi apuesta vital y, ya sea con un cuento, una novela o un cuaderno de viajes, narrar es para mí otra forma de respirar.

Como te comentaba, escribí Agua dura en una etapa algo sombría de mi vida y, aun con la buena recepción que tuvo y las alegrías que me dieron algunos cuentos como «Islandia«, lo considero un libro de aprendizaje, una colección que hoy no enviaría tal cual a la imprenta. Del silencio, sin embargo, aunque no deja de ser mi primera novela, es un libro mucho más maduro y ambicioso, a todos los niveles, y no se lo entregué a mi editor hasta que no estuve convencido de haber dicho lo que pretendía decir y como quería decirlo. No sé qué va a pasar conmigo y con este extraño oficio en el futuro, pero aunque no volviera a publicar nada, estoy seguro de que Del silencio no va a caducar en cuatro días ni se le caerá de las manos a los lectores del mañana.

– Estamos ante una obra que nos conduce a la reflexión sobre lo que somos como colectividad y hacia qué realidad nos dirigimos. ¿El presente de Europa, el momento de regresión que estamos viviendo, te llevó a repasar la historia del viejo continente y sus heridas? ¿Te planteaste la escritura de la novela como un recordatorio de hacia donde no debemos volver?

Del silencio no sólo es una alegoría deliberada de nuestro presente, sino que el detonante para que escribiera la novela fue un hecho, por desgracia, de completa actualidad en aquel otoño de 2015: la crisis de los refugiados sirios y afganos, cuyos efectos pude empezar a ver por mí mismo en Alemania, luego en la estación central de Viena y, más tarde, en Budapest. La pasividad de toda Europa en general y la reacción del gobierno húngaro y sus votantes en particular me hizo sentir una fea mezcla de rabia, vergüenza y tristeza, como ser humano y como ciudadano europeo, a la que sólo pude dar salida con lo poco que sé hacer, que es contar historias. Como reza la cita de Milan Kundera en el frontispicio de mi libro, “El novelista no es un historiador ni un profeta: es un explorador de la existencia”, y eso es justo lo que me propuse, ni retratar los hechos con un gran angular ni sermonear a nadie con grandes respuestas, sino hacerme un montón de preguntas sobre nuestra memoria y nuestra identidad, que corren el riesgo de diluirse para siempre si dejamos que sean otros quienes decidan por nosotros lo que debemos o no saber, recordar, sentir y pensar.

«La crisis de los refugiados sirios y afganos en el otoño de 2015 fue el detonante para que escribiera la novela. La pasividad de toda Europa en general y la reacción del gobierno húngaro y sus votantes en particular me hizo sentir una fea mezcla de rabia, vergüenza y tristeza», dice Bellver.

– En Variaciones de Budapest señalas: “En pocos países como Hungría y en pocas ciudades como en Budapest siente uno las cicatrices ―a veces mudas y a veces elocuentes, según decida leerlas e interpretarlas― de la Historia”. En tu novela esto se hace muy evidente. Budapest se convierte en una protagonista más, del mismo modo que Praga y París. En cada una de esas ciudades el protagonista es diferente, se transforma, va construyendo su identidad, va creciendo como persona. 

– En toda mi narrativa el paisaje tiene un peso simbólico muy importante, que va mucho más allá de lo estético o de la necesidad de contexto. Salvo el largo capítulo dedicado al bosque en “Šumava” o la huída hacia la frontera en “Sopron”, Del silencio es una novela en esencia urbana, pues Budapest o Praga, pero también Viena y Berlín, a su pesar, fueron escenarios clave en ese lienzo de la Historia sobre el que voy pintando mi historia. París ejerce de contrapeso en Occidente y como espacio de libertad, aunque a János le cueste adaptarse al principio, igual que le sucede a cualquier ser humano arrancado a la fuerza de sus raíces, y por mucho que lo intente, como cuando decide volcar su nombre al francés y lucir un “Jean” en el nuevo pasaporte. Su vuelta a Budapest, sus breves viajes por media Europa, su visita a Praga o su regreso a París son marcadores de su evolución personal y su proceso de madurez, pero también de un desencanto muy particular, pues, lejos de encerrarse aún más en sí mismo, le hará abrirse hacia las personas que de veras le importan. Es decir, que su lucha por preservar su identidad individual no le convierte en un individualista, sino en un espíritu muy crítico con el adocenamiento de los demás pero, al mismo tiempo, en un hombre más empático, siempre abierto a tenderle la mano a quienes reconoce como aliados. Si recorrí todas esas ciudades mientras trabajaba en la novela fue precisamente por darles más viveza y detalle en la ficción, pues sólo así la voz de János podía sonar como lo hace, viva y sensible a lo que le rodea.

– ¿Cómo interpretar, tras tantos vaivenes históricos, a la Hungría de Orbán: el auge de la extrema derecha, la vuelta al antisemitismo, el señalamiento constante a los emigrantes, el cercenamiento de las libertades, de los derechos?

– Entre mis dos viajes a Budapest pasaron quince meses, y ya en ese tiempo pude notar cómo iban empeorando las cosas en la política húngara. Recuerdo una manifestación popular contra Orbán en la primavera de 2017, entre la avenida Andrássy y los bulevares del centro, que recojo hacia el final de Variaciones sobre Budapest. Sin embargo, su gobierno ha seguido forzando el límite de las libertades en un estado de derecho. Por desgracia, en varios países del entorno encontramos la misma dinámica, a la que nos podemos enfrentar muy pronto si la extrema derecha sigue creciendo en España, Francia y otros estados, donde los valores democráticos no están garantizados si la gente mira hacia otra parte cuando peligran. De modo que es un problema muy real que pone en jaque a toda la Unión Europea, demasiado tibia, a mi modo de ver, ante esa deriva retrógrada.

– Los viejos fantasmas europeos se han activado. El miedo escondido a una nueva guerra ha reaparecido con el ataque ruso a Ucrania. En estas circunstancias tu novela adquiere aún más significado…

– Conviene no perder de vista dos cosas en este asunto. La primera, que el mismo día en que Rusia comenzaba la invasión de Ucrania seguían cayendo las bombas en Yemen, Siria o Somalia, en guerras en las que, de un modo u otro, Rusia, Estados Unidos o sus aliados tienen mucho que ver, con lo que la partida de ajedrez de la Guerra Fría sigue su curso, aunque sea con otras piezas, nuevas reglas y un tablero distinto. La segunda, que el conflicto se ha agravado de forma dramática en la región, pero Putin lleva años con el mismo guión sobre la mesa en Crimea, Georgia y toda la zona. No en vano es heredero directo de la Unión Soviética, veterano de la KGB y nostálgico del imperialismo ruso, que considera a Ucrania una oveja descarriada. Pero me da la impresión de que, igual que en 1968 con la antigua Checoslovaquia y aquel “socialismo con rostro humano” de la Primavera de Praga, hay algo que le preocupa mucho más al Kremlin que la supuesta influencia de Occidente en sus vecinos, y es la influencia que una democracia de veras sana y próspera en Ucrania podría tener en la sociedad rusa, si sus ciudadanos se cansan de agachar la cabeza. Pienso estos días en las víctimas ucranianas, pero también en los disidentes que han protestado contra la guerra en la propia Rusia. Muchos han acabado en la cárcel, otros han perdido su trabajo y algunos temen represalias aún peores, pero su valentía y su dignidad arrojan un poco de esperanza. En fin, escribo este párrafo ―¿“invasión”, “imperialismo”, “disidentes”… en 2022?― y, con tristeza, casi me da vértigo comprobar la vigencia de todo lo que he intentado decir en mi novela.

La cocina de Óbuda, escenario clave en el proceso de escritura de «Del silencio» y «Variaciones de Budapest».

– La literatura es un arma muy poderosa contra el olvido y la desmemoria… 

– Para traer al presente otras vidas y hacer memoria, por muy indirecta y sutil que sea la forma narrativa elegida, siempre será mejor y más efectiva una buena ficción que cualquier panfleto más o menos bienintencionado. Saturados como estamos de opiniones peregrinas, noticias falsas y datos descarnados, seguimos necesitando que alguien nos cuente una historia en la que respire alguna verdad, una ficción con voz propia en la que desaparezca todo ese ruido de la actualidad, la industria y las modas. Por eso creo que, sin lo solemne de la posteridad, pero sí con la sana ambición de que la literatura sea algo más que un entretenimiento efímero, no está de más escribir con un pie en el presente y otro en el futuro, cuando sólo un puñado de libros nos sobreviva para decir quiénes éramos, cómo pasamos por el mundo y qué merecerá la pena recordar de nuestro tiempo.

«el mismo día en que Rusia comenzaba la invasión de Ucrania seguían cayendo las bombas en Yemen, Siria o Somalia, en guerras en las que, de un modo u otro, Rusia, Estados Unidos o sus aliados tienen mucho que ver, con lo que la partida de ajedrez de la Guerra Fría sigue su curso».

– En el devenir por la historia reciente de Europa, a través de las peripecias de los personajes, de sus adaptaciones, renuncias y descubrimientos, somos conscientes de cuantos ideales se han hecho añicos… Y, al mismo tiempo, sabemos de la necesidad de contar con ideales. Seguir creyendo en la belleza y en el arte,  constituye un elemento salvador, curativo, en la novela.

– Absolutamente. De hecho, haber escrito Del silencio durante todos estos años, en cierto modo, también ha supuesto una forma de redención para mí mismo, como artista y como ser humano, por varios detalles personales que sería demasiado largo e incómodo comentar en público. Pero si dejara de creer en el poder sanador del arte y de la belleza no sólo me sería imposible escribir, sino, como le sucede al propio János en la novela, sobrevivir siquiera en este mundo a menudo tan oscuro y mezquino. Del silencio es una crítica, a veces muy directa, a los desmanes del capitalismo salvaje y al falso mito del progreso, pero también al cinismo de una parte de la izquierda actual, con la legitimidad, si se me permite, de ser yo mismo una persona de izquierdas o, cuando menos, un socialdemócrata convencido. Todos esos ideales han sido o serán traicionados tarde o temprano, pero me sigo aferrando a otros que me parecen irrenunciables, como el humanismo, por ejemplo, sin el que dejan de importar “el desarrollo económico”, “el orden” o “la estabilidad”, pues sin ciertos valores la civilización es sólo un simulacro y la gente poco más que bestias de carga, parámetros de un algoritmo o carne de cañón.

Del silencio habla de los extranjeros, de los que huyen, de los considerados diferentes, de los que deben adaptarse a una nueva cultura, a una nueva lengua. La historia del protagonista es una historia de adaptación, de transformación, como decíamos antes. “Haga lo que haga, en un lugar o en otro echaré en falta algo o a alguien, pero supongo que ése es el precio que pagamos los exiliados, los refugiados y todos los que crecemos entre dos mundos sin haber elegido esta realidad perpetua...”, reflexiona János.

– De toda esa alegoría del presente que he intentado hacer con mi novela, quizá el tema que señalas sea la pieza más reconocible, y no sólo por la historia del propio János, un chaval húngaro que huye de la guerra hasta París con su familia, o por mi conmoción personal ante aquellos refugiados sirios y afganos que hacían cola por un cazo de sopa o una manta ―y a quienes atendió primero la “buena gente” de Halle o de Viena, mientras las autoridades se pensaban qué hacer con ellos―, sino por lo universal y atemporal del drama de todos los exiliados, migrantes y refugiados a la fuga de cualquier conflicto o necesidad. En la novela, además de János, hay otros desplazados como el argelino Omar en Francia, el asturiano Pablo en Praga o la misma Věra en París, que me permiten indagar en otras formas de exilio y desarraigo, a veces muy sutiles pero igual de dolorosas, como la de la señorita Germain en su callejón de Bastille, repudiada por sus vecinos en todas partes y acostumbrada ya a ese silencio en el que, como dos pájaros en la tormenta, se refugiará también con el joven János.

“Me pregunto cuántos miles de años harán falta para que se agote de una vez la voracidad del ser humano, capaz de hacer pasar todos los bosques del mundo por una zanja o a un camello por el ojo de cualquier aguja con tal de hacerse rico”, leemos en un momento dado. El deterioro de Europa, sus derrumbamientos y rendiciones, la crisis medioambiental, están muy presentes en el recorrido.

– Además de la regresión moral y material de Europa que comentábamos, hay un par de aspectos en el libro que abarcan una perspectiva global y muy vigente. Me refiero, como sugieres con esa cita de la novela, a la voracidad del capitalismo y a su impacto depredador en el ecosistema. Puede que ahora, demasiado despacio aún para la urgencia del asunto, vayamos adquiriendo más conciencia de ello, pero ya era un tema evidente en la época que retrata Del silencio, tanto en la década de los cincuenta, con la amenaza del desastre nuclear en el imaginario colectivo, como en los años sesenta, con la carrera espacial y, en particular, la batalla económica entre las dos potencias, pues el bloque soviético intentaba producir también a gran escala pero su industria pesada, a menudo obsoleta, producía efectos devastadores en el medio ambiente, como la contaminación que enrarecía el aire de Praga en 1968 o los bosques enfermos de Bohemia, que aparecen en el capítulo “Šumava”. Se trata de un contenido pero sincero alegato ecologista que deslizo en la novela.

«Saturados como estamos de opiniones peregrinas, noticias falsas y datos descarnados, seguimos necesitando que alguien nos cuente una historia en la que respire alguna verdad, una ficción con voz propia en la que desaparezca todo ese ruido de la actualidad, la industria y las modas».

– Has optado por una narración lineal en la forma, en la construcción, nada osada en cuanto a experimentaciones, muy cercana a las novelas clásicas. Háblame un poco del estilo, del enfoque de la novela.

– Durante los dos primeros años y medio, el borrador de la novela era más “convencional” si cabe, con un narrador omnisciente en tercera persona y en tiempo pasado. A principios de 2018, sin embargo, releí aquella primera versión y, siendo correcta, me sonó un poco acartonada, así que decidí reescribirla entera, desde cero, con un cambio total de narrador. Pasé entonces a la primera persona en presente que hoy narra la novela, y tuve que sacrificar un montón de datos, escenas, subtramas, personajes y diálogos, pero con ello la voz se hizo más cercana, natural y verosímil. Sin embargo, esa elección también planteaba otros retos, como reflejar el proceso de madurez de János, que empieza a contarnos su historia siendo un chaval de dieciséis años y termina la novela como un hombre ya bastante baqueteado de treinta y siete. Hace cuatro años, además, cuando tomé aquella decisión e imaginé a János cavilando en húngaro y en francés, surgió un desafío personal con mi propia condición bilingüe y me embarqué en la doble tarea de escribir también una versión catalana de la novela. La entregué casi al mismo tiempo que la castellana pero, si todo marcha como debe, llegará a las librerías esta primavera.

Hace décadas que las discusiones formales en literatura me parecen superadas y ya sólo le interesan a un puñado de pedantes que dan la brasa con la “innovación” y el “riesgo”, cuando la mayoría escriben refritos de las vanguardias de hace un siglo o llevan media vida repitiendo una fórmula que les “funciona”. No sé qué “innovación” puede haber en ese manierismo, si todo novelista asume un riesgo artístico al elegir una voz, un tono o un estilo y no otros para armar su relato. Mi ego no necesitaba lucirse ni complacer a nadie, y lo único que me importaba era elegir la mejor manera posible de contar esta historia. Digamos que, cuando el artista baja de su nube y deja que la novela sea más grande que el autor, todos salen ganando, lectores incluidos.

Sergi Bellver. Foto de Miguel A. Merodio.

– El contraste entre la dureza y la fragilidad es un registro que está muy presente. Ya sucedía en los relatos de Agua dura. Y también la capacidad para emocionar, para conmover. Del silencio es una novela que emociona. ¿Es algo que buscas intencionadamente? ¿Forma parte de tu manera de ser, de mirar, de sentir?

– Hay muchas diferencias entre el autor de esta novela y su narrador, así como las hay entre la voz de János y las que pululaban por aquellos relatos de mi primer libro o las que vendrán en mis futuras ficciones, pero sí tengo muy claro que la única manera de lograr que una obra literaria perdure es a través de la emoción. No con sentimentalismo ni cursilería, sino por la emoción, la misma con la que he escrito esta novela y que es, entre otras cosas, un mecanismo psicológico de fijación de la memoria. Si una historia no emociona ni conmueve de forma genuina, no deja huella y se olvida pronto, como le sucede a las novelas que se quedan en la sensiblería, la anécdota, el experimento o la tesis. Como lector, valoro los desafíos mentales y lingüísticos, pero lo cierto es que los olvido enseguida, no me interesan de veras o no me suelen conmover ni emocionar, dos verbos, por cierto, cuya etimología no remite por casualidad al movimiento. El movimiento es vida y, por mucho que brille en el museo de la teoría, la literatura que no emociona nace muerta.

– La construcción de las voces, de los personajes, es, en mi opinión, uno de los grandes valores de esta novela coral que también veo como un homenaje a la “buena gente”. Es evidente la potencia del tío Gábor. Él es la fuerza que mueve a János, su asidero. Él le enseña el valor de los silencios… 

– A mi modo de ver, no son la técnica, la estructura ni la acción las que levantan y sostienen de veras una novela, sino la voz. Si la encuentras, todo lo demás tiene solución, pero sin ella, sencillamente, no hay novela. Cuando decidí que János llevara todo el peso de la narración, además del doble reto de retratar a un individuo más bien silencioso con el prójimo y, al mismo tiempo, hacer que su voz interior madurara y se modulara a lo largo de dos décadas, sólo podía presentar o dibujar a los demás personajes a través de sus pensamientos, respuestas y emociones. Si el tío Gábor, la señorita Germain, su amigo Omar y los demás cobran presencia y carácter en la novela, es siempre a través de János, que también aprende a mirarlos con otros ojos mientras madura. Así, su tío Gábor es el pilar emocional y moral que le mantiene unido a Budapest durante su primer exilio parisino, pero luego, al regresar a Hungría, redescubre en él a un hombre con sus grietas y cicatrices, en un viaje personal al que se enfrentará el propio János con el tiempo.

– Y también está Věra, la protagonista femenina, una superviviente. En realidad, si nos paramos a pensar, todos son supervivientes en esta novela. ¿O prefieres resistentes?

– Superviviente y maestra, como dice János en un momento dado de ella y de su hermana Ági. Věra no sólo le enseña a vivir el tiempo presente y a superar el pasado, sino, entre otras cosas, a ver a la mujer de otra manera, menos idealizada y mucho más realista, sin dejarse el deseo o la belleza por el camino. Un proceso que también se refleja en la fijación por la Venus de Milo que desarrolla el János adolescente en sus visitas al Louvre, por ejemplo, y que luego madurará en una visión más adulta del mundo femenino. Las mujeres más importantes de la novela son personajes fuertes, incluso las que acarrean heridas o tragedias que no siempre revelan, y János va cobrando conciencia de todo ello conforme avanza la novela, sobre todo en la última parte, cuando regresa a París con Věra. E incluso en la escena final, que no vamos a desvelar pero que está cargada de simbolismo, cierra engarces que le dan sentido a todo lo que le ha sucedido a la pareja desde su primer encuentro en Budapest y les empuja hacia un futuro casi redentor. Por el camino, sin embargo, no todos los personajes sobreviven ni resisten, aunque abunden los “resilientes”, por así decirlo. Algunos caen sin poder remediarlo y otros se liberan a tiempo de una culpa o de una vergüenza que quizá no les correspondía, pero a todos, de un modo u otro, el rodillo de su tiempo les pasa por encima.

«Las mujeres más importantes de la novela son personajes fuertes, incluso las que acarrean heridas o tragedias que no siempre revelan, y János va cobrando conciencia de todo ello conforme avanza la novela, sobre todo en la última parte, cuando regresa a París con Věra».

– El silencio como tema es central en la novela y adquiere formas diversas. No puede dejar de estar presente el silencio como huida de los ruidos constantes de la actualidad, del agobiante modo de vida en las sociedades del ahora.

– A lo largo de la novela, János aprende que hay muchas formas de silencio, desde las que le ayudan a protegerse del mundo hasta las que se le imponen desde fuera. Formas tan benefactoras como la quietud, la complicidad o la belleza, pero también tan hirientes como la censura, la incertidumbre o el olvido. En todo el libro hay una voluntad de reparar en esas cosas que aún no han sido dichas o no fueron escuchadas con atención cuando intentaron decirse. Para mí, haber escrito Del silencio obedece en parte a una tensión personal entre decir y callar, entre contar algo que me importa, mientras todo el mundo parece hablar de otras cosas, o darme por vencido, entre decirlo en voz alta para que se distinga del barullo general o apenas susurrarlo, por si de ese modo permanece mejor en el tiempo, cuando se apague todo el ruido de fondo.

– Aquí, como en tu primer libro de relatos, hay muchas referencias literarias. El Sergi Bellver lector está muy presente. ¿Qué autores te han acompañado especialmente mientras escribías este libro?

– No hay escritor que uno se pueda tomar en serio si no es, antes que nada, un buen lector. Los autores que se mencionan en Del silencio, los que aparecen en escena, los que ni siquiera llegan a nombrarse pero se sugieren ―a veces sin que el mismo János se entere, cuando dejo que el lector maneje más información que el narrador― o incluso los que se citan al comienzo del libro y de cada una de sus cinco partes, me ayudan a construir el mapa literario de la novela, con varios hitos como referentes intelectuales y humanos de cada escenario y momento histórico, como Albert Camus o Bohumil Hrabal, por ejemplo. Cuando les sitúo por un instante en el camino de János, lo hago por desacralizar y a la vez homenajear la tarea del escritor, bajándolo del pedestal letraherido y dejando que se manche las manos con la vida y el prójimo, sin perder por ello un centímetro de su talla literaria. Además de las tres capas de lectura que siempre manejo en mi narrativa, la visible, la simbólica y la subconsciente, me he permitido dejarle algunas pistas al lector más juguetón, que en la escritura no tiene por qué desentonar lo lúdico con la profundidad.

Los mapas de Budapest, París y Praga «cosidos», como dice el escritor, «por sus ríos, como si el Danubio, el Sena y el Moldavia fueran uno».

– También hay cine y música, mucha música…

– El arte es uno de los refugios que János encuentra para huir del ruido que le rodea, pero cada vez que aparece o se menciona una película, una escultura, una pintura o una canción en Del silencio no es por un simple divertimento o un guiño generacional, sino que está ahí por una triple función en la novela: darle solidez al contexto cultural de su tiempo, ayudar a crear el tono intimista del relato y, sobre todo, mostrar la evolución interior del protagonista. Hay un cuadro de Caillebotte, por ejemplo, que me sirve para reflejar el tránsito que vive el narrador a lo largo de los años del idealismo juvenil a cierta lucidez que no será sólo desencanto. Al igual que en Variaciones sobre Budapest, la música vuelve a ser un elemento esencial, no sólo por la pasión que János siente por ella, su presencia casi constante en la novela o mi búsqueda de ritmo y resonancia en la prosa. También por no haber retratado a János como un pianista célebre y virtuoso, con todo el relumbrón novelesco que eso supondría, sino precisamente como un músico frustrado, más cerca de todas esas personas comunes y anónimas que he querido rescatar de aquella “intrahistoria”.

– Hablábamos del viaje. Tú mismo te defines como un viajero, como “un nómada constante y solitario”, que ha optado por llevar una vida austera, haciendo frente a la constante precariedad, renunciando a muchas cosas para poner la obra, la escritura por delante. No tienes casa, ni coche, ni propiedades. Tu sitio está allí donde puedas colocar una mesa y un ordenador. Dependes de la generosidad de los demás. Tu actitud ante la escritura y la vida va a contracorriente. Nada que ver con la figura del escritor que aspira al éxito, que puede llegar a poner los logros materiales por encima de los creativos. ¿Cómo ha sido el proceso? 

– No se me ocurre otro tipo de éxito para un escritor que esos logros creativos que comentas: hacer un buen libro y conectar con un buen lector. Todo lo demás es circunstancial y debería venir o no como consecuencia de tu trabajo. Si escribes demasiado pendiente de ese otro “éxito” material y mediático, lo más probable es que dejes de hacer literatura y te conviertas en un cortesano ocupadísimo o un mercachifle resultón. Es mejor tener cinco mil lectores que quinientos, desde luego, porque entonces tu propuesta llega a más personas, puedes pagar algunas facturas y seguir escribiendo, pero trabajar de antemano con más números que palabras en la cabeza trae la muerte de la literatura.

En mi caso, la vida nómada no fue tanto una opción como un accidente reconvertido en oportunidad. En plena crisis económica global, tras una ruptura de pareja, un desahucio, varias deudas y una debacle laboral, me vi en una situación muy crítica. En ese momento tuve que elegir entre dar marcha atrás, abandonar una vocación recién descubierta y sobrevivir como fuera, o echarme al monte y apostar mi última carta por la escritura. Una antigua alumna me ofreció una habitación libre en su casa para que me recuperara, luego vino un sofá, otra habitación, una casa de pueblo deshabitada, un piso vacío, toda España recorrida, media Europa, una cabaña en Oaxaca… Y así hasta hoy, diez años después, cuando te respondo a esta entrevista desde un estudio prestado en el inmenso espacio del escultor Xavier Corberó, donde llevo unos meses rodeado de arte y de silencio. Mientras, cubro mis gastos con algunas tareas en el mundo de la edición y algunos artículos en revistas de viajes, pero gracias a este peculiar modo de vida puedo dedicarme casi por completo a la literatura, el único fin de todo esto.

«la vida nómada no fue tanto una opción como un accidente reconvertido en oportunidad. En plena crisis económica global me vi en una situación muy crítica. tuve que elegir entre abandonar una vocación recién descubierta y sobrevivir como fuera, o echarme al monte y apostar mi última carta por la escritura».

¿Qué compensaciones, qué enseñanzas, te ha deparado y te sigue deparando este camino?

– Este camino me ha enseñado muchas cosas, ha ampliado mi perspectiva sobre la realidad y me ha permitido conocer a personas muy distintas, lo que me mantiene alejado de la endogamia de los círculos literarios y sus miserias, en una periferia no siempre grata, pero sí saludable, más cerca del verdadero pulso de la vida en el mundo, que es el único caladero digno para un auténtico narrador. Pago mis peajes, pues si no participas del ruido general tu obra no existe para muchos, pero prefiero ser libre y tener las manos limpias. Gracias a mi vida nómada he podido escribir sin concesiones. No sé cuánto tiempo ni cuánta energía me quedan, pues empiezo a echar de menos un hogar, un refugio que no dependa de terceros y una buena biblioteca, pero ya no me imagino pasando por ningún aro para conseguirlo.

– Me parece haber leído que tienes previsto escribir un libro sobre ello…

– Ya lo tengo casi terminado, se titula Blanco móvil y, si todo va bien, saldrá en pocos meses. Lo empecé cuando estuve viviendo en México y, aunque lo he abandonado, retomado, pulido y afilado durante todos estos años, he intentado mantener la frescura de la pulsión que me llevó a escribirlo. Con el pretexto de mi vida nómada, los viajes, los libros y la literatura, es un ensayo muy personal con el que espero motivar o inspirar a otros para que, cada quién según su deseo y sus posibilidades, se decidan a apostar también por su vocación. Si mi experiencia les sirve de algo, ya tendré un motivo más para pensar que esta década de nomadismo no fue en vano.

Sergi Bellver visto por Miguel A. Merodio.

– ¿Crees que tus narraciones, los temas que te preocupan literariamente, serían diferentes sin esta experiencia nómada? ¿Hasta qué punto también te sientes diferente, fuera del sistema, una especie de exiliado?

– La verdad es que no. Por supuesto, todo escritor se nutre de su experiencia vital y seguro que la mía se refleja de un modo u otro en lo que escribo, pero lo hago siempre a partir de lo que me conmueve, me emociona o me descoloca, y eso me puede suceder o no en cualquier parte. De hecho, hace unos años pasé todo un verano en Estados Unidos con un libro de viajes en mente, pero una vez allí fui incapaz de ponerme a ello y tomé notas para una ficción medio distópica. En fin, si tuviera casa y una situación material menos precaria, viajaría por mi cuenta pero me embarcaría en los mismos proyectos. En algún momento de mi vida planeo pasar una temporada en Alemania para darle forma al que quizá sea el mayor reto literario de toda mi carrera. Tanto si puedo costearme la estancia, como si consigo una beca de residencia o me prestan una vivienda, sé que escribiré el mismo libro.

En cuanto al “sistema”, supongo que vivir sin nómina, hipoteca ni pensión a la vista me hace un “bicho raro” para algunos, pero lo cierto es que hay miles de personas en situaciones similares. He conocido a toda clase de insumisos a la norma general y cada uno sobrevive como puede. Sí me siento, sin embargo, muy en la periferia del “ecosistema literario”, del mercado del libro o del tinglado cultural, como queramos llamarlo, pero ese es otro tema.

– ¿Al lado de que otros autores, creadores, te sitúas en la adopción de este tipo de vida? ¿Encuentras referentes, modelos, tal vez en el pasado? ¿Cómo te ves frente a otros escritores de tu tiempo?

– Como digo, este modo de vida es circunstancial y transitorio ―jamás pensé que iba a pasarme una década dando tumbos y, la verdad, no pretendo sumar otra―, pero sí propicia una mirada sobre la realidad que se aleja de lo sedentario y lo convencional, y esa singularidad se refleja también en lo creativo. Sin embargo, no sé qué responder a esas dos primeras preguntas, pues no mantengo contacto con otros, digamos, “escritores nómadas”, ni busco esos referentes en otras épocas. Me importa mucho más la obra que la circunstancia vital de cada autor, pues no siempre es elección suya y todos somos terriblemente fugaces en nuestra mundanidad. En la obra, sin embargo, sí respiran y perduran la voluntad y la esencia del artista. Al menos espero y deseo que nadie me recuerde sólo por “mi vida nómada”, sino sobre todo por alguno de mis libros.

En ese sentido, sí me siento más cercano a cierta posición ética y a cierto compromiso con la literatura de algunos de mis contemporáneos, al margen del sofisma de las generaciones. Autores que, como yo, también trabajan a su manera en la periferia de ese turbio ecosistema del libro ―ya publiquen en editoriales grandes, medianas o pequeñas―, a veces tan contaminado por el ruido de la industria, los medios y la actualidad. Y puedo encontrar esa afinidad, por ejemplo, en la última novela de Manuel Astur, en un libro de cuentos de Eloy Tizón, en el nuevo poemario de Chantal Maillard o en los libros de viajes de Jordi Esteva, aunque cada uno regrese a su casa y a su biblioteca después de darse un paseo por el mundo.

Del silencio, de Sergi Bellver, ha sido publicado por Ediciones del Viento, sello que también editó el libro de relatos Agua dura.
Variaciones sobre Budapest ha sido publicado por La línea del horizonte.

La fotografía de cabecera la firma Miguel A. Merodio, como el resto de las que acompañan esta entrevista. Fueron realizadas en el Espai Xavier Corberó, en Esplugues de Llobregat, de momento la última residencia nómada de Sergi Bellver. Todas las imágenes nos las ha facilitado el autor.

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