Clarice Lispector. Escritura desde la acosmia

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Alberto Trinidad © 2018 /

A veces me pregunto dónde habita la mujer que duerme en mí. En qué lugar de este cuerpo que no es un cuerpo se expande, con sus sinuosas y ambivalentes formas, la mujer que expulsa de mi piel las fronteras físicas que al nacer me separaron de la vida. Quién es esa mujer que me susurra desde dentro su nombre como si fuera el mío.

A veces, cuando nos miro al espejo, este espejo construido con palabras por supuesto, me pregunto por qué la gente habla de mí como si fuera un hombre. Me pregunto qué clase de cárcel ha habitado siempre la mujer para que fuera necesario, incluso, romper los barrotes de su cuerpo, de los cuerpos todos y presentarse delante de la existencia al margen del hombre, de la mujer, de lo femenino, de lo masculino… Qué clase de mundo nos ha expulsado siempre de la identidad. Qué escabrosos itinerarios del feminismo han servido para apuntalar esos barrotes y cuáles, liberadores y sugerentes, han logrado arrancarlos para clavarlos en los corazones viejos de los jerarcas heteronormativos.

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Clarice Lispector

Centrémonos hoy en aquel que hunde sus raíces en el pensamiento deconstructivista y postmetafísico, abonemos el campo de este texto (que busca su propio enunciador) para que aparezca, sin que nos demos cuenta, la figura de Clarice Lispector, que sea ella la que finalmente nos conduzca por franjas de literatura por venir. Partamos de esta teoría del pensamiento que rechaza la diferencia basada en el punto de vista binario y estático. Ven, nuestras andróginas manos agarran ese primer barrote y lo parten con sutileza, casi sin tocarlo, para abolir un mundo dividido únicamente entre hombres y mujeres definidos por su sexo biológico: inmanente y esclavizante. La diferencia va mucho más allá de esta división dual y determinista, la diferencia en realidad es algo que no puede fijarse ni pararse, que está en continuo movimiento y en proceso de constante recreación, un continuum que posee un carácter dinámico nunca acabado.

Así pues, adheridos a las tres acepciones del término diferir (ser distinto, aplazar y disentir), el reto consiste en explotar al máximo sus posibilidades semánticas; y ya que el lenguaje es performativo (y toda teoría de la postmodernidad se basa en este precepto) será preciso que esta diferencia se desarrolle en su ámbito para lograr de una manera eficaz llevar a cabo una (re)(de)construcción de nuestra percepción de la realidad. El ocultamiento (la marginación, el enclaustramiento, la desigualdad) al que ha sido sometida la mujer no puede ser combatida solamente desde perspectivas sociopolíticas, sino que debe deconstruirse minando las bases del lenguaje: el lenguaje es el que hace el mundo, por consiguiente, es a través de él que hay que transformarlo.

En contraposición a la teoría del signo de Saussure (a cada significante le corresponde un significado concreto), esta idea de diferencia (o différance, como la definiría Derrida) propone que cada significante remite a otro significante en una diseminación perpetua. No existen, según estos postulados, uno o dos sexos (o uno y un no-uno), sino una proliferación de sexos y géneros que están en perpetua definición. Avancemos, derribemos uno tras otro los barrotes de carne que encierran nuestro cuerpo inabarcable, y contrapongamos a lo masculino (falogocéntrico, binario, jerarquizante, estático) una idea de lo femenino liberada de los sexos, de la dualización, que inscribe la muerte del sujeto y se convierte en infinita, no determinable y en continua definición. Y será aquí, en este punto, cuando nos encontremos de frente con la voz líquida, diáfana, estremecedora, sugerente e inasible de Clarice Lispector.

La mujer no ha sido nunca pensada o desarrollada, no ha intervenido en los intercambios sociales donde se sustenta la cultura; privada de voz, excluida de su cuerpo (su cuerpo no le ha pertenecido a ella, sino que se ha establecido poco menos que como una mercancía en manos primero del esposo para su disfrute y después del hijo para su alimentación) y reprimida la construcción de una identidad propia, la mujer ha sido, literalmente, relegada a la no existencia. A un afuera del mundo de los hombres, es decir, una acosmia, definida por Françoise Collin como «el hecho de no tener otro mundo más que [un] mundo interior y subjetivo que [se] dilata desmesuradamente en palabras». Esta acosmia definirá para siempre la obra de Lispector: una ausencia de mundo (al que le es vedado el acceso) y la voluntad de recrear uno propio a través del lenguaje.

Su manera de abordar la elaboración de esta voz íntima estuvo íntimamente relacionada con la idea de «lo femenino» de la filosofía deconstructivista y con una exploración abisal del propio cuerpo y del instinto revelado por él.  La escritura de Lispector adopta el espacio del sentido y de la experiencia, y no el de la exactitud, se decanta por aquello irrepresentable a lo que se tiende, pero que nunca se alcanza, aquello que está en perpetuo desplazamiento de sí mismo y sin lo cual es imposible construirse. Engalanada de un halo de misticismo se aproxima incluso a la experiencia catártica, y en ese éxtasis lingüístico logra aislar el espacio donde se revela el secreto que en el habla está vedado, o, dicho de otra manera: pone de manifiesto el secreto que la escritura debe hallar no para descifrarlo, sino precisamente para seguir manteniéndolo como tal y salvarlo del acto de aniquilación al que queda sometido por el habla (descuartizado, pisoteado y ninguneado por ella).

Clarice realiza con el lenguaje un ejercicio que suspende su función puramente representativa y se arroja a las aguas de lo desconocido para dragar un sentido que solo puede manifestarse ocultándose; en cada acto de escritura se escenifica el drama órfico de aquel que solamente puede alcanzar su objetivo apartándose de él. Lispector describe esta paradoja dramática del escritor de forma magistral en su texto Escribir las entrelíneas: «… escribir es la manera de quien usa la palabra como cebo, la palabra que pesca lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra —la entrelínea— muerde el cebo algo se ha escrito. Cuando se ha pescado la entrelínea se podría con alivio tirar la palabra. Pero ahí acaba la analogía: la no palabra, al morder el cebo, lo ha incorporado. Lo que salva entonces es escribir “distraídamente”». Para lograr esa disimulación, para conseguir que el lenguaje invoque en esas entrelíneas la experiencia de lo inefable, de lo no-dicho, de lo por venir, es necesario deshacerse de las palabras gastadas, de las estructuras sintácticas al uso. Clarice, en este aspecto, es deudora de poetas como Novalis y Mallarmé; este último ya diferenciaba entre un lenguaje puramente comercial (de transacciones comunicativas) y otro mágico, hechizador, a través del cual crear un crisol de polisemias. La autora de Aguas vivas huye de neologismos para conseguir este efecto y decide jugar con combinaciones sintácticas ilógicas, ubicando palabras en lugares sorprendentes con el fin de provocar la extrañeza en el lector. Tal y como decía Nietzsche, lo cotidiano arrastra impurezas: aquello que nos resulta altamente conocido está manido y anquilosado, sin embargo, cualquier forma nueva de expresión despierta en nosotros una manera también nueva de enfrentarnos a aquello de lo que se nos habla.

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En primer plano, Clarice Lispector

El fenómeno de acosmia, al que también se ha visto sometida la escritura de muchos grupos minoritarios (judíos, negros, homosexuales…), esta incapacidad de inscribirse en el mundo objetivable tiene su origen, según nos cuenta Collin, en el hecho de que ese sujeto relegado nunca ha ocupado en la historia de la escritura la posición del destinador. Por tanto, cuando la mujer ha empezado a desempeñar ese papel (el de aquella que destina un mensaje propio a otro), se ha encontrado con que no existe ningún destinatario para su mensaje, no ha habido el indispensable feedback para interceder en el orden simbólico y transformar así su entorno. Cierta tendencia del feminismo, para tatar de superar esta carencia y forzar un camino de equilibrio en este orden, ha defendido activamente que estas nuevas destinadoras buscaran para sus mensajes únicamente destinatarias mujeres. Con esta actitud, lejos de conseguir su objetivo inicial, han sancionado el mensaje de la mujer como específico, apartándolo así del «universal» (el que hasta el día de hoy han dominado los hombres) que interviene de facto y de manera eficaz en las redes simbólicas que estructuran nuestra realidad. Dada la dificultad con la que se ha encontrado la mujer para erigirse como una destinadora válida, es decir, como aquella a la que el destinatario de la cultura oficial haga verdadero caso, es entendible esta primera postura. Pero, en definitiva, esta voluntad no hace más que ahondar en la secesión entre un lenguaje para las mujeres (específico y marcado) y otro universal (el de los hombres). Collin las insta a escribir en términos generales (sin especificaciones), aunque no exista para sus mensajes, a priori, ningún destinatario receptivo, escribir pues en «dirección a lo desconocido» ya que «tal vez su advenimiento tan solo sea posible olvidándolo [al destinatario], ni que sea por un momento; olvidarlo es la única manera de preocuparse verdaderamente por él. Puede que sea un nuevo “adviento”, pero ¿de qué resurrección?». A este respecto se hacen reveladoras las palabras de Franz Kafka, otro escritor que padeció la acosmia (aunque por motivos diferentes): «Toda escritura no es otra cosa que la bandera de Robinson en el punto más alto de la isla».

Clarice Lispector vivió toda su vida oscilando entra la tentación del silencio y la necesidad vital de la escritura, sufriendo varias crisis y resarciéndose de ellas, luchando denodadamente con los límites del lenguaje para ensancharse a sí misma en ellos con el consiguiente peligro de darlos demasiado de sí y acabar partiéndolos, rompiendo la propia escritura, rompiéndose a sí misma y naufragar en el abismo del silencio. Finalmente nos quedan los vestigios de esas luchas, los campos de batalla donde se produjeron esos combates, las fronteras quebradas y en constante redefinición del mundo que fue capaz de bosquejar en cada uno de sus libros. Allí donde encontraba el refugio del que hablaba Hélène Cixous cuando comparaba la escritura con una patria privada en la cual tener la oportunidad de no reproducir los sistemas logocéntricos de comportamiento; aquellos que conducen a la condena y la explotación del otro.

Nos queda la formulación de ese lenguaje «femenino» (tal como lo definió la posmodernidad: liberado de marcas, fronteras, definiciones y sexo), aquel que ha estado siempre excluido y que no ha tenido la oportunidad de expresarse, al cual está por llegarle el momento de reivindicarse y erigirse, no como una alternativa, sino como una realidad profundamente transformadora que hace décadas se está instalando entre nosotros. La revolución ha comenzado, ha dado sus frutos; todo está a punto de estallar.

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«Una cultura milenaria está siendo minada por millones de topos de una especie nunca conocida. Cuando ellas despierten de entre los muertos, de entre las palabras, de entre las leyes» (Hélène Cixous).


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