Inmersión en Roberto Bolaño

Por Emma Rodríguez © 2015 / Una y otra vez en sus cuadernos anotó Roberto Bolaño que se sentía feliz, feliz escribiendo, feliz ante la libertad que le proporcionaba la hoja en blanco. La escritura era para él una especie de anarquía total, porque no había reglas ni imposiciones, porque ante las palabras, las invenciones, se sentía ajeno a las miserias de lo cotidiano y olvidaba los malos momentos, las precariedades económicas, los exilios, las orfandades, las ciudades dejadas atrás y los amigos diciendo adiós en tantos lugares y geografías hirientes.

Veo así a Roberto Bolaño, feliz pese a todo, llenando cuadernos sin respiro, intensamente, ferozmente, tras recorrer la exposición a él dedicada en la Casa del Lector (espacio de Matadero, Madrid). Una exposición que, al mostrar los tesoros de su archivo privado, se convierte en un auténtico regalo no sólo para los expertos, sino para quienes hemos disfrutado y seguimos disfrutando con sus historias, historias dentro de historias que nos trasladan una y otra vez al que fue su mundo paralelo, un mundo donde encontró certezas y donde fue capaz de perderse para seguir trazando las líneas de su mapa, el mapa de la novela total, abarcadora, que siempre persiguió.

Leer a Bolaño es como lanzarse a la piscina, sin miedo, dejando que suceda lo que tenga que suceder. Leer a Bolaño es partir de la intemperie y reconocer al fondo la cueva, el refugio, donde hemos de estar a salvo. Leer a Bolaño es penetrar en un microclima especial, en unas atmósferas nunca antes percibidas. Todas esas sensaciones que experimentamos cuando recorremos las páginas de sus libros, y nos dejamos arrastrar por su corriente, se reproducen al pasear por las salas de esta muestra comisariada por Juan Insua y Valerie Miles.

El gran acierto del itinerario que se nos propone es haber recreado la cueva, el refugio, el espacio íntimo del escritor. Hay un cierto magnetismo provocado por la sensación de tiempo detenido, atrapado, pero también por la música que escuchamos: susurros del mar, sonidos que parecen provenir de lo más profundo y que estimulan en nosotros la idea de la inmersión, de acceso a un espacio cerrado en el que se nos permite entrar para seguirle las pistas a la manera de detectives.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

Ya desde el principio se nos anima a ser detectives lectores, detectives salvajes. Ese es el estímulo inicial, el punto de partida. Y, en medio del camino, la percepción de estar manteniendo un diálogo cómplice, o, mejor, de estar invitados a entrar en un juego, el juego de Roberto Bolaño, quien, igual que Cortázar, no dejó de jugar nunca. De su mano entramos en unos espacios lúdicos, espacios donde sus libretas, sus manuscritos, sus fotografías, sus frases irreverentes, torrenciales, tan tiernas y tan afiladas al mismo tiempo, se mezclan con montajes audiovisuales a partir de narraciones como Estrella distante o Prosa del otoño en Gerona, o con proyecciones de los lugares en los que vivió, de los locales que frecuentó, de las calles por las que paseó durante su estancia catalana –de 1997 a 2003– en las ciudades de Barcelona, Gerona y Blanes.

Leer a Bolaño es como lanzarse a la piscina, sin miedo, dejando que suceda lo que tenga que suceder. Leer a Bolaño es partir de la intemperie y reconocer al fondo la cueva, el refugio, donde hemos de estar a salvo. Leer a Bolaño es penetrar en un microclima especial, en unas atmósferas nunca antes percibidas. Todas esas sensaciones que experimentamos cuando recorremos las páginas de sus libros, y nos dejamos arrastrar por su corriente, se reproducen al pasear por las salas de la exposición de la Casa del Lector, en el espacio de Matadero (Madrid).

Son muchas las sorpresas que encierra el Archivo Bolaño, un archivo que hasta ahora había sido celosamente conservado, cuidado y organizado por Carolina López, la compañera del escritor y madre de sus dos hijos. De la importancia del mismo a la hora de determinar el germen y los cauces de la obra del autor chileno, así como de la larga labor de investigación que queda por delante antes de sacar conclusiones, nos hablan los comisarios de la muestra en el catálogo que la acompaña. “Leer los materiales de un archivo es como emprender un viaje alrededor de la habitación del escritor: es un privilegiado vislumbre del interior de su mente, lo cual proporciona una ayuda inestimable para comprender su particular o peculiar manera de plantearse su oficio. Bolaño apuntaba a menudo notas dirigidas a sí mismo mientras escribía, a veces en mitad de una narración, a fin de guiarse a través de un pasaje difícil, o para cambiar de ángulo o de lente…”, explica Valerie Miles,.

La investigadora insiste en que los documentos personales del autor de Los detectives salvajes irán ayudando a “rectificar una serie de reiterados malentendidos” y a “corregir muchas nociones erróneas que se han ido sembrando a lo largo de los años, desde su muerte en 2003”, por ejemplo la idea de la improvisación como motor de sus escritos. “Sus cuadernos manuscritos ilustran un perfeccionamiento y una obsesiva atención al detalle que desmienten las hipótesis de que su prosa magnética es el resultado de técnicas de estilo libre o escritura automática”, señala Miles.

Personalmente me ha llamado la atención comprobar todos los inéditos que aún no han visto la luz de Roberto Bolaño, especialmente ver de cerca el manuscrito de puño y letra de los tres cuadernos que componen la novela titulada El espíritu de la ciencia ficción, de 1984, dedicada a Philip K. Dick. Y ser consciente de lo mucho que trabajó antes de empezar a ser conocido y valorado, lo que sucedió tras la publicación en 1995 de La literatura nazi en América. Los premios y los reconocimientos llegaron, pero antes Bolaño había presentado, con desigual suerte, sus textos a modestos premios provinciales de poesía y narrativa. Pese a los apuros económicos, había trabajado disciplinadamente, en soledad, alejado del primer plano.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015
“En mi cocina literaria ideal vive un guerrero
, al que algunas voces (voces sin cuerpo ni sombra) llaman escritor. Este guerrero está siempre luchando. Sabe que al final, haga lo que haga, será derrotado. Sin embargo recorre la cocina literaria, que es de cemento, y se enfrenta a su oponente sin dar ni pedir cuartel
”, dejó dicho en el texto titulado Un narrador en la intimidad, incluido en Entre paréntesis, entrega publicada póstumamente por Anagrama.

Fuera de los circuitos, como un guerrero, fue construyendo Bolaño su obra. Lo hizo desde los márgenes, a contracorriente, movido por el impulso de una furia interna, de un convencimiento, que le obligaba a seguir adelante, sin detenerse, feliz en el diálogo con sus personajes, en la burbuja de su mundo paralelo, una burbuja que lo aislaba de todo, pero que no le impedía estar profundamente conectado con el dolor, con la injusticia, con el sufrimiento del mundo.

Nada más entrar en la exposición un vídeo nos muestra escenas que reflejan el paisaje de fondo de la literatura de Roberto Bolaño. Escenas de los totalitarismos europeos y de las dictaduras latinoamericanas: la matanza de Tlatelolco (1968); la caída de Salvador Allende (1973). El escritor, que tomó el camino del exilio tras ser arrestado en los momentos previos al golpe militar de Augusto Pinochet, y liberado gracias a la intervención de dos amigos policías que habían sido compañeros de colegio, nunca dejó de mirar al sufrimiento del mundo, de dar cuenta de la violencia en sus libros. La novela total no podía dejar de reflejar la violencia, el abuso del poder como oscuros motores del destino colectivo, lo cual lleva al extremo en 2666, la novela en torno a los brutales asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez que ha sido considerada por la crítica su obra maestra.

Fuera de los circuitos, como un guerrero, fue construyendo Bolaño su obra. Lo hizo desde los márgenes, a contracorriente, movido por el impulso de una furia interna, de un convencimiento, que le obligaba a seguir adelante, sin detenerse, feliz en el diálogo con sus personajes, en la burbuja de su mundo paralelo, una burbuja que lo aislaba de todo, pero que no le impedía estar profundamente conectado con el dolor, con la injusticia, con el sufrimiento del mundo.

Hay una frase que obliga a detenerse en la exposición y que habla del compromiso que en todo momento mantuvo el escritor con las víctimas, con los perseguidos, con los más débiles: “Comprométete, Roberto, mete la nariz en la causa de los pobres”. Parecía decírselo a sí mismo para no olvidarlo, para tenerlo siempre presente. Es esa capacidad para comprender, para acompañar a los personajes en su dolor, lo que nos emociona de Bolaño, al mismo tiempo que nos divierte su visión irónica de los ambientes literarios y académicos, su mirada irreverente, incisiva.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

El escritor Enrique Vila-Matas, que lo frecuentó cuando vivía en Blanes, teje en torno a él la imagen del creador retirado, de los “gloriosos días sin gloria vividos antes de haber oído hablar del mundillo literario, de las envidias, de los egos y el mercado”. Recrea, a partir de Bolaño, dejando claro que no habla exactamente de su caso, esos días en que los artistas “fueron misteriosos y antisociales”, respirando en su personal reino sagrado “por mucho que deploraran moverse entre tanta desolación y tristeza”. Y, ya centrado en el caso del autor chileno, declara: “No hay duda de que la etapa de anonimato, de aislamiento, fue dura, pero también creo que providencial (…) porque su condición de gran desconocido no hizo más que facilitarle la plena dedicación a la literatura”.

En la intensidad de la rudeza de aquellos días en los que él era el gran olvidado, se fue forjando su carácter y muy especialmente –a veces rencoroso en buena lógica- estilo”, prosigue Vila-Matas, quien ve al creador, aislado y sometido a las asperezas del entorno, curtiéndose severamente, para, en el momento de dejar atrás “las tinieblas del desprecio o indiferencia de los otros” aparecer “a plena luz del día, para sorpresa de cuantos hasta entonces le habían ignorado”.

Todas las circunstancias que atravesó Bolaño, todos los hechos de su biografía, parecían irse encadenando para construir su leyenda. Como indica Vila-Matas, después de la larga etapa de desierto, de soledad, el escritor reapareció bien armado, pertrechado por una obra absolutamente original, diferente, que dialogaba con sus predecesores, con sus maestros, desde ángulos innovadores, abriendo caminos de evolución, marcando el rumbo a nuevas generaciones de narradores que se han nutrido y siguen haciéndolo de sus búsquedas y hallazgos.

Todas las circunstancias que atravesó Bolaño, todos los hechos de su biografía, parecían irse encadenando para construir su leyenda. Como indica Vila-Matas, después de la larga etapa de desierto, de soledad, el escritor reapareció bien armado, pertrechado por una obra absolutamente original, diferente.

Todos los acontecimientos parecían irse fraguando para construir una leyenda, sí. A partir de que Pere Gimferrer descubriera la explosiva Literatura nazi en América en 1996, un divertido diccionario de escritores apócrifos, todo sucedió de forma vertiginosa, especialmente tras la publicación de Los detectives salvajes en 1998, esa obra inolvidable, reveladora, transformadora, para tantos lectores, con la que ganó el Premio Herralde y el Rómulo Gallegos. Al escritor le quedaban cinco años, sabía que la enfermedad hepática que lo aquejaba limitaba su tiempo y que no podía parar. El aprendizaje de la creación en soledad, cuando nadie reparaba en él, del que habla Enrique Vila-Matas, le había otorgado la fuerza y la furia para seguir adelante, empeñado en llegar más allá, en avanzar hacia la novela total que ya fue 2666.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

Fue después de leer Los detectives salvajes y quedar absolutamente seducida por el torbellino de una narración que bebe de la propia vida del escritor, por la fuerza de sus jóvenes personajes, jóvenes heridos por la poesía, por el impulso revolucionario de la literatura, cuando tuve la ocasión de conocer personalmente a Roberto Bolaño. De aquella entrevista recuerdo la humildad del escritor, su curiosidad por saber más de la persona con la que estaba hablando. Recuerdo que me contaba sus pesquisas en Blanes tras las huellas de Juan Marsé y el personaje del Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa. Y también de su deseo de ir más allá, de escribir una novela en la que cupiese todo, que se pareciese al latido de la vida.

En los últimos años de su vida Roberto Bolaño pudo ser consciente del alcance de su obra, pero fue a partir de su muerte, cuando de verdad se abrieron las puertas del culto en torno a él. Fue entonces cuando llegó el reconocimiento internacional, cuando sus obras fueron traducidas y alabadas por la crítica francesa, alemana, estadounidense… “Es el más influyente y admirado novelista en lengua española de su generación”, sentenció Susan Sontag. The New York Times incluyó un volumen de cuentos traducidos al inglés, extraídos de sus libros Llamadas telefónicas y Putas asesinas, en su lista de los mejores libros del año, después de haberlo comparado con Kafka en “la creación de una especie de microclima cargado de un aura de misterio y melancolía”. Corría 2007 y Jorge Herralde, que se convirtió en su editor cómplice, tenía el encargo de editar las 1.100 páginas de la ambiciosa 2666, la obra en la que se condensan todas las obsesiones, todas las preocupaciones, todos los compromisos y enseñanzas acumuladas en el taller solitario, en los días en que la gloria estaba lejos y Bolaño iba llenando cuadernos y cuadernos con su ordenada caligrafía, esa letra recta y apretada, esos esquemas y listas, esos pequeños dibujitos en los que de vez en cuando se detenía.

Hay un fragmento que destaca en el recorrido de la exposición que dice mucho de la manera en que Roberto Bolaño concebía la literatura. “No se trata de escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues también lo puede hacer cualquiera”, decía, preguntándose a continuación. “¿Entonces qué es una escritura de calidad? Y respondiendo: “Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un asunto peligroso”.

“Es el más influyente y admirado novelista en lengua española de su generación”, sentenció Susan Sontag. Y The New York Times incluyó un volumen de cuentos traducidos al inglés, extraídos de sus libros Llamadas telefónicas y Putas asesinas en su lista de los mejores libros del año, después de haberlo comparado con Kafka en “la creación de una especie de microclima cargado de un aura de misterio y melancolía.”

Una exposición en torno a un escritor puede ser muy exhaustiva, muy espectacular, pero no ha conseguido su objetivo si no logra despertar en los visitantes la necesidad de ir a la obra, de bucear en los libros, de encontrar en ellos sus propios significados. En mi caso, la mera idea de que iba a pasear por los alrededores, por los escenarios de Bolaño, que iba a poder acceder, tanto tiempo después, a la intimidad de su rincón de trabajo, ya me despertó el deseo de regresar a sus territorios, de leerlo nuevamente. Pendiente la asignatura de 2666, que siempre voy postergando porque no acabo de encontrar el tiempo detenido, sin interrupciones, para adentrarme en sus geografías, opté por otro de sus libros póstumos, el último publicado por Anagrama, Los sinsabores del verdadero policía, una entrega en la que, como dice en el prólogo J. A. Masoliver Ródenas, el autor incorpora materiales de otras obras como Llamadas telefónicas, Los detectives salvajes e incluso 2666, y hace entrar en escena a protagonistas de otras aventuras como el profesor de literatura Amalfitano y su hija Rosa (las novelas de Bolaño están llenas de profesores, de críticos, de escritores…), pero aportando notables variaciones.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

Es el Roberto Bolaño en estado puro, inconfundible, inimitable, con el que me vuelvo a encontrar. Es su capacidad para la crítica, para la compasión, para la sorpresa, para la introspección psicológica de los personajes, lo que me vuelve a conmover. Me dejo llevar por las páginas de la novela sin esperar nada, pero abierta a todos sus prodigiosa. Como dice Masoliver Ródenas es la suya “una escritura provisional, construida fraccionadamente. “Nos preguntamos”, argumenta el crítico, “cuándo una novela empieza o no empieza a estar inacabada. Mientras el autor la escribe, el final no puede ser lo más importante y muchas veces ni siquiera está decidido cuál va a ser. Lo que importa es la participación activa del lector, simultánea al acto de la escritura”.

Sigo leyendo esta novela en la que Amalfitano descubre su homosexualidad, mantiene relaciones con el joven poeta Padilla y es expulsado por ello de la universidad de Barcelona en la que da clases. La estaba leyendo en el momento en el que  Nacho Goberna realizó las fotografías que acompañan este texto, un día de invierno soleado, en las afueras de los pabellones de Matadero. Inmersa en las vicisitudes de los personajes, en los vaivenes de la trama de Bolaño, accedí a las salas de la exposición. No pude evitar sentir que estaba accediendo a un espacio privado, prohibido, sagrado, en cierto modo. Y al mismo tiempo no pudo ser más placentera la experiencia.

Una auténtica inmersión en el universo Bolaño: las fotografías de las distintas etapas de su vida en Cataluña –destinos cruzados, imágenes de fotomatón…–; tantas libretas llenas de palabras, de reflexiones, de historias; la voz del escritor en distintas entrevistas, hablando de la poesía, de la literatura, de la vida… Una vez en casa volví a otro de sus libros, a los poemas de Los perros románticos (Acantilado), donde se incluye uno de mis poemas favoritos del autor, el que abre el volumen y le da título. Aquí os lo dejo:

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

“LOS PERROS ROMÁNTICOS”

En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.

Había perdido un país
pero había ganado un sueño.

Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.

Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.

Y el sueño vivía en el espacio de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.

Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.

Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.

Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
Y aquí me voy a quedar.


La exposición Archivo Bolaño, en la Casa del Lector (Matadero, Madrid), permacerá abierta hasta mediados del próximo mes de julio. Previamente se había mostrado en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB). El libro que estoy leyendo es Los sinsabores del verdadero policía (novela póstuma de Roberto Bolaño, publicada por la editorial Anagrama)

Créditos fotográficos: Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

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