No hay una sola Alejandra Pizarnik

Óscar Hernández Arteaga © 2021

El adolescente maldito Rimbaud inaugura la poesía moderna con una iluminación. Que el yo del poema es otro o que él es otro cuando escribe o cuando es. La conciencia del escritor/autor moderno de la otredad es un síntoma de la mirada ombliguista del siglo XX. Alejandra Pizarnik, no escapa a eso. Es una representante del malditismo literario, de la escritura como salto al vacío (que diría Bolaño). Nos queda el gusto de su poesía intensa, hermética, precisa. Con aspiraciones místicas o románticas, alusiones simbólicas, femeninas, sexuales. Pero Pizarnik tiene otras Pizarniks. De ahí su grandeza. Su visión estética la dota de un conocimiento que va más allá de los poemas oscuros y luminosos (geniales poemas) y de una habilidad para con el lenguaje que la coloca en un lugar de honor de las letras universales. Un claro ejemplo es su dedicación al humor. Un humor que contrasta con la Pizarnik más reconocida y que demuestra la desmesura de los acercamientos a su obra a partir de los hechos más macabros de su corta vida: su gusto por los fármacos, su infancia dolorosa, su suicidio a los 36  y demás anécdotas significativas.

Cuando pienso en poetas suicidas, las primeras que me vienen a la cabeza son  Silvia Plath y Alejandra Pizarnik. De esta última leí algo en la carrera. Su fascinación por el silencio y la muerte y su sensibilidad pictórica, sus poemas cortos, sobrios y herméticos  y el hecho de que Cristina Peri Rossi nos contara en una charla amena anécdotas de su relación con ella y con Cortázar, fue haciendo que me interesara cada vez más y que terminara comprando la edición de sus Poesías Completas, editada por Lumen allá por el comienzo de este milenio en la librería Lemus de La Laguna (Tenerife), mientras una dependienta de más o menos mi edad me miraba perpleja por mis compras compulsivas.

PIZARNIK Es UNA Representante del malditismo literario, de la escritura como salto al vacío, que diría Bolaño. Nos queda el gusto de su poesía intensa, hermética, precisa.

La leí con atención durante un tiempo y luego la olvidé. A día de hoy veo que cada vez es más reivindicada. La asocio a Lispector, a McCullers, a Paley, a Laforet  y a las pintoras Remedios Varo y Maruja Mallo. Recuerdo sus fotos en las que sale con una mirada enigmática e infantil, con su pelo corto y su afición a las pastillas, su muerte temprana, su estancia en París en los primeros años de la década de los 60. También me la imagino sola en alguna habitación de hospital lidiando con sus fantasmas y demonios. Y es posible que las reflexiones feministas, su interés por el psicoanálisis y los fármacos que alivian ese peso de la existencia se canalizara en poemas y en confesiones casi diarias de su malestar o de su visión del mundo.

Averiguo que escribe desde los 15 años. Busco alguna información nueva y descubro que Aurora Bernárdez y Julio Cortázar consiguieron salvar los diarios de la quema de su madre. Unos diarios que quizás sean lo más interesante y lo menos leído de la autora. Recuerdo a Cortázar y el ensayo que le dedica a Keats, tan original y documentado, y pienso en la amistad de ellos dos. Cortázar le sacaba veinte años. Pero Cortázar parece rejuvenecer en su biografía, en sentido inverso a lo esperado. Pienso que quizás se encontraron como en aquel momento de la película El curioso caso de Benjamin Button en el que los protagonistas se encuentran en la misma edad. Demasiado simétrico, pienso. Julio y Alejandra no tuvieron, seguro, un romance. No sé si Alejandra era o no bisexual. En cualquier caso, sí que cultivaron una amistad profunda.

También recuerdo a Petra y a Belén Castro, profesoras muy relevantes de mi carrera, que me fueron mostrando el mundo de la literatura hispanoamericana. Y la biografía que compré sobre ella escrita por César Aira. Con la foto de Pizarnik en la portada. Una foto en la que aparece mirando a alguien con la cabeza apoyada en su mano izquierda. No sabemos si posando, o escuchando. Pero casi feliz. Quizás  la felicidad esté sobrevalorada, piense. Tiene un rostro cansado y parece mayor de lo que es. Navego un poco por Internet y exploro las fotos de Alejandra. Hay algunas, pocas, de cuerpo entero. Una en la que está sentada en un banco. Vestida como una poeta maldita, agotada. Sin pose. Otra en la que aparece en su estudio, feliz (ahora sí) con una pintura de fondo.  Y con manchas en la ropa.

Aurora Bernárdez y Julio Cortázar consiguieron salvar los diarios de la quema de su madre. Unos diarios que quizás sean lo más interesante y lo menos leído de la autora.

Un César Aira cruel y seco nos cuenta en la biografía que le dedica a la escritora argentina que Pizarnik fue construyéndose a sí misma como un “personaje alejandrino”, revestido de una juventud permanente y del deseo de convertirse en una gran poeta. Proyecto de vida que la redime de lo contingente. No en balde, escribía como si le fuera la vida en ello. El ambiente en su casa no era demasiado óptimo para evitar que ciertas circunstancias importaran tanto. Digamos que Flora (tal y como empezó llamándose Alejandra) no era demasiado querida. Su propensión a engordar, que no se viera guapa, que fuera bajita y que sus estudios de periodismo y filosofía no prosperaran, hizo que sus padres se compadecieran mostrando quizás algo de indiferencia (sigue Aira). Así se establece una dependencia familiar en lo económico que la ayuda a mantener ese personaje, con su ejercicio de escritura vital, sus años parisinos, sus crisis periódicas. Que sobrevivir es duro, todos los sabemos. Pero en el caso de Pizarnik, hay un plus de visión de sí misma como trasunto de lo leído. Algo así como cuando nos identificamos con el héroe o antihéroe de una película, y sus atributos o no atributos, van siendo recopilados para formar nuestro propio personaje. Algo que tiene que ver, a veces, con ese proyecto de adolescencia prolongada de algunos autores. Mantener la adolescencia como un periodo de sufrimiento pero también de fertilidad creativa.

 Su infancia con una madre que la rechazaba y con un cuerpo que no le gustaba la marca (como nos pasa a todos) para hacer que la vía de escape fueran los estudios de filosofía y periodismo, allá por los años 50 en Buenos Aires. Su formación pictórica y surrealista también son nuevos datos para mí. Me viene sin embargo ese trabajo casi escolar que hice tras la lectura de su relato (o artículo como le gustaba llamar) La condesa sangrienta, que surge de la lectura de la novela homóloga de Valentine Penrose basada en la vida de la condesa Bathory. Compendio de ensayo, ficción y poesía estructurado en un prólogo y  once capítulos, que le sirve a Pizarnik como excusa para reflexionar sobre la belleza convulsiva.

Los análisis que hace sobre los hechos de la condesa Bathory y su interpretación poética de esos hechos, demuestran la catadura lírica y filosófica (por decirlo de un modo pedante) de la argentina. En momentos de esta rareza Pizarnik vincula la muerte real con la metafórica del orgasmo. Y pienso que ese es el refugio de aquellos episodios depresivos que pueblan su biografía, las reiteradas recaídas hasta su muerte. O quizás no sea el refugio de nada, simplemente una manera extraordinariamente fértil  de canalizar su neurosis. Pienso en Silvia Plath y en su horno de gas. En Siri Hustvedt y en sus pasajes biográficos sobre sí misma en Nueva York, sus incertidumbres de escritora existencialista y freudiana. Y la relaciono con lo que pudo vivir Alejandra una década antes. Pienso en que si Alejandra hubiera nacido hombre quizás no necesitara tanta reivindicación. Considerada la última poeta maldita de América.  Sin embargo, etiquetas reduccionistas aparte, Pizarnik trasciende las lecturas superficiales sobre su final suicida o su propensión a la nostalgia, a la muerte y al silencio.

Ana Nuño nos advierte en el prólogo a la edición de su Prosa Completa, publicada en Lumen, que medir la obra de la argentina por esos parámetros contextuales es desviar la atención de la obra y centrarse en anécdotas de folletín que no suponen un verdadero criterio de lectura. El lector como receptor y casi como crítico, realiza potencialmente una lectura que va cercando el estilo de Pizarnik. Un estilo basado en la pluralidad de voces o registros (un desdoblamiento casi heterónimo); en el tratamiento temático de la infancia, la muerte, el tiempo y la nostalgia. Y una prosa con una densidad poética, producida por la exploración del lenguaje que la hace original en su experimentación lúdica (recordando a Lewis Carroll, Mallarmé, Joyce, Gómez de la Serna, Beckett,  Dylan Thomas,  Raymond Roussell, Raymond Queneau, Boris Vian, lamentable que sólo se me ocurran referentes masculinos, lo sé). Y eso es lo que me viene a la cabeza de la lección de Pizarnik, su concepción del lenguaje como habitáculo de silencio o de un ser que no se termina de encontrar: “Todo es un interior. Por tanto, el poema es incapaz de aludir hasta a las sombras más visibles y menos traidoras (…) Ya no es eficaz para mí el lenguaje que heredé de unos extraños (…) Yo hablo desde mí, si bien mi herida no dejará de coincidir con la de alguna otra supliciada que algún día me leerá con fervor por haber logrado, yo, decir que no puedo decir nada”.

Considerada la última poeta maldita de América, Pizarnik trasciende las lecturas superficiales sobre su final suicida o su propensión a la nostalgia, a la muerte y al silencio.

Quizás aquí se emparenta con el socrático logro de saber que no se sabe nada. Al menos decir que no puede decir nada. Decir la imposibilidad de decir. Tema recurrente de la poesía moderna. Pero Pizarnik es algo más que una poeta. Su obra reúne ensayo, teatro, relato, dietario. Sabemos que como toda escritora que perdura en el tiempo, será leída según las épocas. Sabemos que será instrumentalizada, su obra y su vida. Que tendrá una lectura feminista y una lectura formalista. Alejandra usa el metalenguaje y se apropia de los recursos de una tradición moderna, la hace suya: “El lenguaje silencioso engendra fuego. El silencio se propaga, el silencio es fuego /Era preciso decir acerca del agua o simplemente nombrarla, de modo de atraerse la palabra agua para que apague las llamas de silencio.”

Alejandra también se interesa por el silencio como ensayista. En su análisis del libro de H.A. Murena, El demonio de la armonía, nos habla sobre el empeño de poetizar el silencio, hablar de lo inefable: “(…) imágenes líricas, se intercalan, se enlazan un instante, para dar paso a un pequeño silencio.” Una atención a la palabra por otro lado. Por un lado alusivo e invisible. La otra vía, el humor, también tiene un elemento alusivo e invisible. La forma visible, los juegos de la palabra exprimida surte un efecto cómico y también serio. Dan cuenta de las posibilidades del lenguaje para referirse no sólo al silencio, sino también a lo implícito. A ese otro lado, íntimo y menos aparente. Quizás el humor no sea una vía de conocimiento metafísico como lo pueda ser la poesía mística, pero sí es una buena manera de plasmar la psicología social de una época y romper su estatus normativo, cuestionarlo: “-¡Chanchu! ¡Se mancó el esmoquin blanquo! –dijo la fantasma de la Coja. Il profesore Fiore Chuti asió el ramo de flores que una niña de moñalbo en el cabculo le entregó en nombre del miembro homólogo de la colegiata.

Mejor entonces no pensar en poetas suicidas cuando piense en Pizarnik (transformación del apellido polaco-ruso Pozharnik y primera metamorfosis previa e inconsciente de su  mundo de palabras), sino en sus logros estéticos: “Tanto en la China como en el Perú, los niños, junto con una hoja de té, dados, el cubilete y las ubres completas de Mallarmé en veinte tomos, compran, también, siempre, una docena de concubinetas, con las que ejecutan, ejecutan, ejecutan, ejecutan…”

Si hubiera sido hombre, no habría sido su suicidio un criterio de lectura. Ni su orientación sexual. Pizarnik demuestra en su corta vida el uso experimental del lenguaje como un logro estético. Otro referente que me viene de la lectura de algún texto de humor de Pizarnik es Juan Emar. Y su novela Un año. Novela breve de corte vanguardista, publicada en los años 20 del siglo pasado. Un registro diferente, lleno de ironía, parodia y anagramas. Roturas con el lenguaje, con su expresividad. Extrañamiento por la vía del humor.

En la obra de Alejandra Pizarnik hallamos varios enfoques, pero con un punto en común: la preocupación por el lenguaje y sus posibilidades de extrañamiento. Si es Wittgenstein el que también parece mostrarse con una síntesis de sus dos momentos es por ese mismo extrañamiento pero a nivel interno, un poco más serio, aunque no más importante. Ser consciente del giro lingüístico de la filosofía (no por casualidad cursó Filosofía en Buenos Aires) y aplicarlo a su estilo, fue otro de los logros conseguidos por Pizarnik. Darse cuenta de que precisamente ese callar es lo que más importa y oculta ese otro lado, que diría Cortázar. La realidad mística, e inabarcable.

Alejandra Pizarnik decía que con el habla se menciona el mundo aparente. Pero que con su escritura pretendía mostrar la imposibilidad de escribir cuando se pretende escribir sobre el interior de uno mismo. Una especie de silencio místico. Pero a la otra Pizarnik el humor le sirvió para romper ese silencio y catapultarse con el lenguaje a un lugar simbólico, irónico y expresivo que demuestra su amor por la literatura. Así lo contaba en una entrevista: “(…) me desintereso con entusiasmo de las modas literarias y del término auge. Leo y releo según mis preferencias, que pueden o no coincidir, por azar, con autores hispanoamericanos en auge. La razón de este desinterés es fácil de explicar: amo la literatura”. Lejos de las modas, Alejandra (o Flora) persiguió lo que aquel personaje de Cortázar quizás con el saxo. Y mientras  conseguía eso, o hacía por conseguirlo, distraerse con la vida y su absurdo gustoso: “(…) rubricaba ruborosa la cosa, ruborezándole a la cosa, rubricabalgando a su dulce amigo en sube y baja, en ranúnculo de hojas estremecidas como las vivas hojas de su nueva Poética que Joe Supererguido palpa delicadamente, trata de abrir, que lo abra, lo abrió, fue en el fondo del pozo del jardín, al final de estagirita me abren la rosa, sípijoe, másjoe, todavía más, y ¡oh!:

            –Joe, ¡llamame Lola!

            –¡Llamame puta!

            –¡Y que viva Alicia la de las maravillas!

Por ÓSCAR HERNÁNDEZ ARTEAGA

Nacido en Tenerife en 1978, cursa estudios de Filosofía y Filología hispánica en la universidad de La Laguna. Fue colaborador de varios blogs y de un programa de radio cultural llamado El ladrón de libros. Actualmente trabaja en la biblioteca universitaria donde estudió. Y ultima su primera novela. (+ info)

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