Carta a Julio Cortázar a propósito de los 50 años de “Rayuela”

Por Emma Rodríguez © 2013 / Querido Julio Cortázar, quizás esta carta tendría que habértela enviado hace muchos años, cuando leí por primera vez “Rayuela”. Te hubiera contado entonces que durante un par de semanas casi no salí de mi oscura habitación de estudiante, que me olvidé de las clases, de los amigos, de cualquier tipo de compromiso cotidiano, y me sumergí de manera febril en el mundo caótico de Oliveira, de La Maga, de todos los miembros del Club de la Serpiente, respirando, primero, las atmósferas de París cuando llovía: la humedad del río, el aliento a alcohol y tabaco de las buhardillas… Y después los ambientes más abiertos, calurosos, de un Buenos Aires lleno de pliegues, de huecos, de pasadizos hacia el otro lado. Ambientes de circo y de psiquiátrico. Puentes de madera improvisados, palanganas de agua como muro defensivo ante el miedo.

Te hubiera contado que la melodía de la novela, que acaba de cumplir ya sus 50 años, me acompañó durante todo el tiempo que duró la lectura: cuando me animaba a dejar el libro brevemente y salía a un exterior que ya no era el mismo; cuando miraba a la gente intentando atisbar algo más que sus gestos y rostros; cuando intentaba cerrar los ojos para dormir e incluso en el transcurso de los sueños. Te hubiera contado entonces que esa melodía, mezcla de jazz -el jazz que tanto te gustaba-, y de susurro, de sonido de guijarros y de olas tímidas, que me producía una indefinida punzada en el estómago, me acompañó mucho más allá de esas jornadas de encierro.

Pero sólo ahora que te escribo, sabiendo que ya has logrado lanzar la teja hasta la casilla del cielo y más allá, puedo decirte que esa música jamás escrita en pentagrama alguno, sigue en mí, echada en el fondo de mis emociones como un gato muy manso. Lo he comprobado apenas recorridos los primeros capítulos, superados ya los temores de que esa historia que tanto me había sacudido en su día pudiera decepcionarme, hacerse añicos entre mis manos ahora que ya había traspasado el umbral de tantas experiencias, andado gran parte del camino hacia lo que se denomina madurez.

Y es que si algo une a todos los personajes de la novela, si algo convierte en cómplices -ya en la segunda parte- a Horacio, a Talita y a Traveler, es la capacidad para seguir jugando, siendo niños. Y ahí me reconozco, me sigo reconociendo. Pienso que sólo quienes conserven una pizca de infancia, quienes hayan visto lanzarse a sus brazos al niño o a la niña que fueron, podrán abrir, pasado el tiempo, las puertas de “Rayuela” nuevamente, sin inhibiciones.

Esta es una carta que te escribo a ti y que me escribo a mí misma. Es una carta y a la vez un viaje. Un viaje hacia atrás, hacia lo que se va dejando y hacia lo que se toma renovado. Cuando volví a “Rayuela”, sentí que recuperaba muchas sensaciones que me habían conmovido y que seguían haciéndolo. Un día, sentada a la sombra, en la terraza preferida de mi barrio, -me encanta leer al aire libre, levantar los ojos de las páginas y observar el tránsito de la vida- me di cuenta de lo poco que había cambiado y me alegré por ello. En lo más profundo seguía identificándome con el inconformismo de Oliveira; seguía deseando acercarme al corazón de las cosas desde la espontaneidad de La Maga, aunque con ligeros, o no tan ligeros, cambios en la percepción.

Julio Cortazar. Fotografía suministrada por la editorial.

Como buena lectora activa, de las que tanto te gustan, he subrayado, garabateado todo el libro; lo he llenado con mis observaciones; lo he hecho mío hasta regresar a ese hueco donde un día me refugié y me sentí a gusto. Pero, también he de decirte, y vuelvo a lo de antes, que en cierto modo, percibí que los muebles habían cambiado de sitio. La relectura de “Rayuela” ha sido para mí una experiencia similar a la de visitar muchos años después una casa, una ciudad, un país, importantes en nuestra biografía y que ya están deshabitados de nosotros. Espacios donde fuimos felices, donde crecimos, donde amamos, donde nos transformamos. Todo sigue igual, pero nuestra manera de mirar, de rozar los objetos, los paisajes, es diferente. Cosas que habíamos exaltado ya no nos parecen tan inmensas y otras que no habíamos visto -un ángulo, una perspectiva- reclaman una atención hasta ese momento inconcebible.

Como buena lectora activa, de las que tanto te gustan, he subrayado, garabateado todo el libro; lo he llenado con mis observaciones; lo he hecho mío hasta regresar a ese hueco donde un día me refugié y me sentí a gusto.

Te cuento: Cuando leí por primera vez “Rayuela” estuve muy pendiente de la historia de amor entre Oliveira y La Maga. A él, bohemio, rebelde, buscador de su centro, explorador de lo que no se ve, lo idealicé, pese a sus incongruencias y crueldades. A ella quise parecerme. Me compenetré con sus despistes y con su fatal manejo del tiempo; con sus intuiciones y con su abrazo permanente a los azares. Todo eso lo he recobrado, quizás con nuevos matices, parándome más en las brechas, en las heridas, en el abismo entre ambos. “Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la detenga”, hago una parada en el capítulo 21.

Me ha vuelto a fascinar el tono evocador con el que se recuerdan los momentos vividos, esas pizcas de felicidad, de misterio, de las que no solemos ser conscientes hasta que no las hemos perdido. “Se citaban por ahí y casi siempre se encontraban. Los encuentros eran a veces tan increíbles que Oliveira se planteaba una vez más el problema de las probabilidades y le daba vueltas por todos lados, desconfiadamente (…) Sentados en un café reconstruían minuciosamente los itinerarios, los bruscos cambios, procurando explicarlos telepáticamente, fracasando siempre, y sin embargo se habían encontrado en pleno laberinto de calles, casi siempre acababan por encontrarse y se reían como locos, seguros de un poder que los enriquecía”. No puedo resistirme a tomar este párrafo porque me parecía y me parece maravilloso; como tantos otros salidos de tu mano. No quiero cansarte.

Me ha vuelto a conmover, de igual modo, la relación de La Maga con Rocamadour: el bebé enfermo irrumpiendo en la vida de la pareja, la preocupación de la joven madre… Pero no recordaba, o no lo había percibido así, los muchos cuentos que están dentro de la novela: el anciano escritor que es atropellado y llevado al hospital, abriendo la compuerta de la empatía en Oliveira. El paseo esperpéntico por la noche lluviosa de París con Berthe Trépat, la vieja pianista, desolada después de perder, uno a uno, a los pocos espectadores que acudieron a escucharla a un concierto. De nuevo el Oliveira que quiere salir de sí mismo, tender el brazo al otro.

Julio Cortazar. Fotografía suministrada por la editorial.

El otro día creí verte a ti, Julio Cortázar, en ese episodio. Me acerqué a tus palabras, a tu imagen, detenidas en una grabación, en una profunda, magnífica, entrevista televisiva -de las que ya no se hacen, ¡lástima!- que concediste en 1977 a Joaquín Soler Serrano en el legendario programa “A fondo”. Declarabas que habías sido un niño “de pocos, pero buenos amigos”, un solitario por naturaleza que descubrió al prójimo en su primera juventud en Europa, sintiéndose culpable cada vez que prefería que los demás le dejasen en paz. Ese continuo enfrentamiento también lo experimenta Oliveira, acercándose y alejándose; queriendo huir y necesitado de compañía, de calor, de afecto.

Hay ternura en “Rayuela”. Pienso en el loco del psiquiátrico acariciando a la paloma y en La Maga cuidando a Rocamadour, hablándole a través de una carta… Y hay evidentes toques de humor. El episodio de Berthe Trépat, que finalmente cree que Oliveira en vez de ayudarla quiere seducirla, es un magnífico ejemplo de la comicidad que puede encerrarse en las situaciones más sórdidas, más trágicas. La risa asoma en momentos incongruentes, absurdos desde un punto de vista convencional: así la escena bonaerense de Talita pasando de su habitación a la de enfrente, a través de un inestable tablón de madera, con el único fin de llevarle clavos y hierba para el mate a Oliveira, mientras todo el vecindario contempla el espectáculo. Hay locura y pasión; preguntas y desazones en esta historia que transcurre como la vida, desordenando la vida.

Declarabas, Cortázar, que habías sido un niño “de pocos, pero buenos amigos”, un solitario por naturaleza que descubrió al prójimo en su primera juventud en Europa, sintiéndose culpable cada vez que prefería que los demás le dejasen en paz. Ese continuo enfrentamiento también lo experimenta Oliveira, acercándose y alejándose; queriendo huir y necesitado de compañía, de calor, de afecto.

Te hablo desde la cercanía, Julio, porque así lo siento, y voy pasando las páginas del libro para contarte más impresiones. Quiero decirte algo que creo que te va a gustar: “Rayuela” es capaz de sacar lo distinto, lo excepcional, de todo aquel que deambule por sus territorios. A mí ”Rayuela” me ha enseñado a cultivar los encuentros fortuitos, a creer en las casualidades, en los imprevistos; a transitar por las lindes de los sueños, a no conformarme con la apariencia, con lo convencional, con lo ordenado. Por todo ello es una obra que ha llegado a los más jóvenes. Decías en la entrevista que eso te llenaba de satisfacción; que no lo buscabas para nada; que la novela la escribiste ya desde la experiencia de la edad adulta. Pero es que tú no eres un adulto convencional. Nadie que sea capaz de soñar los cuentos que tú has soñado y vislumbrar a los cronopios por primera vez en la sala vacía de un teatro puede ser un adulto convencional.

He leído “Rayuela” de un tirón esta segunda vez. He vuelto a desconectar prácticamente de todo estos calurosos días de julio de 2013 y he ido abriendo sin tregua sus espacios, las estancias de sus delirios, de sus honduras. Pero prefiero recomendar, y me imagino que estarás de acuerdo, una lectura más pausada, menos vertiginosa, a pequeños sorbos; haciendo paradas en los momentos de espesura para ver mejor los claros posteriormente; para entrar en ese bosque que nos inquieta porque desconocemos lo que hemos de encontrarnos.

Una lectura lenta, con todo el horizonte por delante, no tan dirigida a entender, a reconocer cada una de las referencias, como atenta al latido, al pulso, al ritmo, al lenguaje que se desliza suave o abruptamente, a las atmósferas envolventes, a los descubrimientos, a las sorpresas. ¿Qué contestaría si me preguntasen de qué trata “Rayuela”? Diría que del peregrinaje por la vida, de los agujeros negros en los que cae todo ser que piensa, que no es un simple cordero en el rebaño; del amor y sus inconsistencias; de la inseguridad y el miedo a la muerte; de la soledad; de la creación… De nada en concreto, pero de todo. ¿Cómo es “Rayuela”? Es como un compendio de materiales y de texturas diversas; de emociones, de colores y sabores… Una montaña rusa. Un océano de palabras. Un espacio abierto, amplísimo, para ser moldeado a gusto de cada cual.

Julio Cortazar. Fotografía suministrada por la editorial.

Repaso ahora las cartas que escribiste a críticos, a amigos y a lectores sobre una novela con la que ya sabías que ibas a cambiar el panorama de la literatura contemporánea. Cartas reveladoras que se incluyen en la edición que tengo entre las manos y con la que Alfaguara celebra el 50 cumpleaños de “Rayuela”. Entre los reproches que se te hacen está el del exceso de conversaciones, de intelectualismo, de filosofía. Y tú lo reconoces, pero te defiendes porque así hablabas con tus amigos en el París que en mayo del 68 enarboló una bandera de otro color, el del cambio que aún muchos seguimos anhelando. Y no niegas tu intención de “exasperar al lector”, tu intención de convertirlo en “un cómplice, un colaborador en la obra”, alguien capaz de abrazarte, de pelearse contigo o de mandarte a la mierda.

Repaso ahora las cartas que escribiste a críticos, a amigos y a lectores sobre una novela con la que ya sabías que ibas a cambiar el panorama de la literatura contemporánea. Cartas reveladoras que se incluyen en la edición que tengo entre las manos y con la que Alfaguara celebra el 50 cumpleaños de “Rayuela”.

Una vez leída la novela, convencida de que es imposible descifrarla del todo, arrebatarle sus enigmas; feliz por ello, me intereso por tus palabras y reflexiones respecto a la obra, a su génesis, a las expectativas que pusiste en ella, al modo en que fue saludada. “He roto tal cantidad de diques, de puertas, me he hecho pedazos a mí mismo de tantas y de tan variadas maneras, que por lo que a mi persona se refiere ya no me importaría morirme ahora mismo”, le dices a tu amigo Jean Barnabé. “La búsqueda de lo otro es el tema central y la razón de “Rayuela”, le comunicas en otra misiva a Graciela de Sola. Y le indicas: “Lo que denuncio en nuestra cultura es la monstruosa hipertrofia de algunas posibilidades humanas (la razón por ejemplo) en desmedro de otras, menos definibles por estar situadas precisamente al margen de la órbita racional. Pero no me crea un enemigo de la razón, porque sería pueril. Lo que me inquieta es comprobar cotidianamente los efectos de ese desequilibrio resultante de un “humanismo” de raíz griega, que en definitiva pone el acento en el sapiens más que en el homo”.

Repaso tus palabras y pienso en lo poco que hemos avanzado al respecto desde que no estás. Qué poco sabemos de los sueños, de la fantasía. Cuánto nos resistimos a aceptar lo que no comprendemos, aunque sabemos que hay cosas que nos afectan y nos impulsan más allá de lo reconocible. Por eso “Rayuela” seguirá viva, por su apertura hacia lo insondable; por su permanente cuestionamiento de las verdades clasificadas, impuestas.

He leído estos días, en alguna parte, que “Rayuela” está desfasada y que en su día sirvió para que los argentinos se sintieran miembros de esa intelectualidad francesa a la que aspiraban. He leído que a la gente del siglo XXI, la que se maneja tan bien con los 140 caracteres, ya no le interesan los discursos pedantes. Seguro que te gustará saberlo, a ti que tanto te gustaba despertar al lector, aunque fuese desde la crítica despiadada. Debo decirte que, frente a este testimonio, también he encontrando otros que elevan la novela a la categoría de las más grandes, de las más rupturistas e innovadoras. Críticos y escritores que reconocen su influencia alaban su cariz experimental y su potencia transgresora.

Fotogramas extraídos del programa “A Fondo” (RTVE) - 1977. Joaquín Soler Serrano entrevista a Julio Cortazar. Realización Tv: Ricardo Arias.

En lo que a mí respecta y para ir terminando ya esta carta, te diré que pocas novelas me parecen más aptas para leer en unos tiempos en los que no acabamos de encontrar el calzado necesario para andar por terrenos cada vez más frágiles, por esos tablones inestables de un presente que nos desborda en sus contradicciones, en su repetida ceremonia de la confusión y la mentira, en su afán por controlarnos. Me imagino qué escribirías ahora, Cortázar, en esta Europa cada vez menos luminosa…

“Rayuela” nos impulsa a deambular por los márgenes de un sistema que cada vez nos gusta menos y al que habrá que darle la vuelta. Pero para que eso suceda harán falta más “oliveiras”, más creadores y lectores disconformes, dispuestos a pensar, a salir de la amnesia de las comodidades, de lo superficial.

“Rayuela” nos impulsa a deambular por los márgenes de un sistema que cada vez nos gusta menos y al que habrá que darle la vuelta. Pero para que eso suceda harán falta más “oliveiras”, más creadores y lectores disconformes, dispuestos a pensar, a salir de la amnesia de las comodidades, de lo superficial.

“Rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela, caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo (…), lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido (…) se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino Cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar”, leo en el capítulo 36. Y te lo escribo. ¡Cómo si tú no lo conocieras! Pero no se me ocurre forma más bonita de despedirme de ti. Querido, admirado, Julio Cortázar.

“Rayuela” acaba de ser editada nuevamente por Alfaguara, con motivo de su 50 Aniversario, incluyendo distintas cartas del autor sobre la génesis de la novela y su repercusión.

(Las fotografías que aquí aparecen han sido facilitadas por la editorial. El “collage” de imágenes, que aparece al final de este artículo, ha sido montado a partir de una entrevista realizada a Cortázar por Joaquín Soler Serrano en 1977, en el programa “A fondo” de RTVE. Está disponible en “YouTube”).

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