Andrés Neuman: “Borges puede ser vampirizante”

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Por Emma Rodríguez © 2014 / Un ahogado es “un inconsciente del mar”. Un bloguero: “un ocioso atareadísimo”. Un anciano: “un joven que ha tenido paciencia” y un presidente: “un individuo elegido entre los diversos candidatos que no representan a sus electores”. Se trata de algunas de las definiciones incluidas en “Barbarismos”, el irreverente, osado, original, actualísimo y personal diccionario de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977). El escritor define “asombro” con dos acepciones: “Comprensión más profunda de lo mismo” o “facultad para ver las últimas cosas por primera vez”. También hace una doble interpretación de “español”: “ciudadano de España más o menos a su pesar” e “idioma que le queda grande a España”. Ofrece dos significados para el término “capitalismo”, que, por una parte considera un “juego de azar donde se sabe de antemano quiénes pierden” y, por otra, el “único camino posible hacia ninguna parte”. E interpreta a la izquierda de dos formas: como una “ideología política que parece irreconocible hasta que gobierna la derecha” o como la asunción de un “sentido crítico con tendencia a atentar contra sí mismo”.

El inquieto, creativo y polifacético autor argentino, considera el feminismo como “la liberación de ambos sexos en nombre de la mujer”; señala que Internet es “un éter superpoblado”, y “tuit” un “telegrama de Narciso” y no duda en calificar al novelista como un “individuo capaz de recrear todos los sentimientos humanos e incapaz de tolerar ninguno de ellos”, lo que demuestra su capacidad para aplicar la ironía a lo que más conoce. Podríamos seguir tirando del hilo de las definiciones que conforman este libro inusual que nos lleva a detenernos en palabra tan asimiladas, tan teñidas de rutina, que el simple revés, la mera sacudida a sus significados, el trato ligero, inusual, nos las devuelve como recién nacidas, como si las escucháramos y procediéramos a usarlas por primera vez.

Las distintas definiciones que se han dado en los distintos manuales a barbarismo, y que son repasadas por el escritor José María Merino en el prólogo, coinciden en el desorden, lo impropio y lo imprudente. Neuman se refiere a la entrega como “un libro lenguaraz y de amor desesperado a las palabras” y reconoce que, entre sus motivaciones a la hora de escribirlo, estaba el deseo de restar algo de solemnidad a esos volúmenes sabios en los que habita la lengua con todas sus vertientes, posibilidades y tesoros. “El mal uso en la escuela, la función didáctica, ha enturbiado la naturaleza dinámica, valiente y atrevida de los diccionarios”, señala, convencido de que es posible acercarse a ellos como libros disfrutables, aunando placer, risa y reflexión, recorriendo sus páginas con una actitud juguetona y apasionada. “Te puedes divertir, sorprender y hasta ofender repasando las distintas acepciones de los vocablos”, sostiene.

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El inquieto, creativo y polifacético autor argentino, considera el feminismo como “la liberación de ambos sexos en nombre de la mujer”; señala que Internet es “un éter superpoblado”, y “tuit” un “telegrama de Narciso” y no duda en calificar al novelista como un “individuo capaz de recrear todos los sentimientos humanos e incapaz de tolerar ninguno de ellos”, lo que demuestra su capacidad para aplicar la ironía a lo que más conoce.

– ¿Hasta qué punto “Barbarismos” es un diccionario a la medida de Andrés Neuman? ¿Las palabras que utilizamos y amamos nos acaban retratando?

– En un principio no pensé en absoluto en componer un diccionario personal. Mi pretensión fue compartir con los demás determinadas palabras y, a través de ellas, conflictos, diversiones, dolores, pero inevitablemente al elegirlas lo autobiográfico se fue colando en el libro sin querer, de una manera sincera, honesta, sin impostura de ningún tipo, ya que para nada estaba intentando contar mi historia. A medida que avanzaba me fui dando cuenta de que aparecían palabras que consideraba amigas, que eran mis favoritas, y otras a las que odiaba y veía como enemigas.

– ¿Puedes dar algún ejemplo?

– Todavía no he llegado a analizar esto del todo, aunque soy consciente de ello. Tal vez prefiera no revelarlas porque han aparecido de un modo subterráneo, imprevisto, inevitable, y no deseo que pierdan ese misterio, pero, por ejemplo, te puedo decir que “violín” es una palabra muy querida, muy importante para mí. Mi madre era violinista y no hay instrumento más obsesivo que el violín.

– ¿Y en qué medida esta entrega es un ejercicio de rebeldía ante el permanente secuestro, encarcelamiento, a que son sometidas las palabras? Me refiero al lenguaje político, económico, al de los medios de comunicación…

– La idea era desautomatizar ciertos hábitos de ocultación de los significados, desvestir ciertos eufemismos, delatar ciertas correcciones políticas que humillan el sentido de las palabras. Hoy el ciudadano es humillado lingüísticamente de forma permanente. La crisis económica y del modelo democrático está llevando esa humillación, esa manipulación de fondo y forma hasta los extremos. No te despiden sino que te reajustan. No te bajan el sueldo sino que revalúan tu salario. No se llevan a cabo recortes sino reformas necesarias. Cuando se privatiza lo público y se alteran los derechos adquiridos se va desmantelando todo en el terreno material y se va suavizando en el ámbito del lenguaje. Y en el fondo de este libro hay un deseo de desobedecer esa norma del disimulo respecto de la violencia de ciertos significados y de hacerlo con sentido del humor, no de un modo panfletario ni recurriendo al chiste, sino a través del humor como modo de protesta.

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Andre_s-Neuman-5-©-karina-beltra_n.-2014

– ¿Cada época tiene sus palabras de referencia?

– Así es. Cada época tiene sus palabras  y su manera de definir las palabras de siempre. Hay vocablos que están en la urgencia diaria, caso de Europa o democracia, cuyo sentido no es el mismo ahora que hace diez años. Mi intención ha sido definir de manera actual y jocosa términos de carácter atemporal, jugar a nombrar lo conocido de manera ingenua, nueva, y acercarme a palabras que acaban de nacer, caso de “tuit” o “wifi” con una perspectiva más histórica. He tratado de mirar con distancia a lo inmediato como si se tratara de un objeto remotísimo.

– Hay algunas palabras que han perdido su frescura de tanto usarlas y otras que no circulan, que no están en la onda y que precisamente por eso nos avergüenza utilizar. Es el caso de bondad, de felicidad, incluso.

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– En esto tiene mucho que ver el cinismo reiterado sobre ciertas conductas y modos de ser. Hay casos muy interesantes. La palabra felicidad, en inglés “happy”, un término que se utiliza para todo, es una palabra de la que se ha apropiado el capitalismo, que la asocia repetidamente con la compraventa de emociones. Su carácter espiritual ha quedado solapado por lo material. Y por eso fue una palabra que me costó definir, que me parecía peligrosa. Al final opté por uno de los pocos enfoques que me parecía razonable, el del misterio, la asociación con la mítica Ítaca del poema de Kavafis; la utopía como felicidad, no como misión ni como punto de llegada [Neuman define felicidad del siguiente modo: "Elevación de la supervivencia” y "Misterio cuyo hallazgo depende de su falta de búsqueda”].

Cada época tiene sus palabras  y su manera de definir las palabras de siempre. Hay vocablos que están en la urgencia diaria, caso de Europa o democracia, cuyo sentido no es el mismo ahora que hace diez años. Mi intención ha sido definir de manera actual y jocosa términos de carácter atemporal, jugar a nombrar lo conocido de manera ingenua, nueva, y acercarme a palabras que acaban de nacer, caso de “tuit” o “wifi” con una perspectiva más histórica.

– ¿Algunas otras palabras que te resultaron especialmente difíciles?

– Pues están esas palabras con las que se nos suele llenar la boca y que están cargadas de significados, caso de sexo o de pene. Esta última nos remite al patriarcado, a lo antropológico, a conflictos culturales. Y algo similar sucede con el término maternidad, dado a infinidad de usos, trampas, santificaciones y abusos. Junto a estos casos también me encontré con otros que me resultaban íntimamente dolorosos. Y aquí volvemos a lo biográfico. Un ejemplo claro es la alusión a cáncer, un vocablo odioso, pero fundamental, porque nombrarlo, definirlo, es el punto de partida para empezar a afrontar el duelo.

– En la serie de palabras que se incluyen en “Barbarismos” y que retratan el presente se echa en falta “casta”, uno de esos términos que se han rescatado del diccionario y se han puesto de moda.

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– Bueno, es una palabra muy de última hora. No llegué a tiempo. Yo veo en ella un cierto conflicto. No estoy muy seguro de que sea un buen hallazgo, porque tradicionalmente ha tenido, además de su uso para referirse a las élites, una acepción de elogio  y se ha empleado mucho en el campo deportivo con sentido positivo. Pero, indudablemente, resulta muy interesante la recuperación de términos como éste, que se encontraban en el fondo del diccionario y que, de repente, se ponen de moda, ocupan el primer plano de la actualidad, se cargan de fuerza y son usados reiteradamente por todos. Ahí también tenemos el verbo decidir, que nunca había sido tan empleado. Ahora se reclama el derecho a decidirlo todo. Vaticino que acabará muy manoseado.

– Siendo una obra única en tu trayectoria, también es una especie de mezcla de distintos registros creativos. José María Merino dice en el prólogo: “En bastantes ocasiones, el autor abandona la concisión que parece norma habitual de su trabajo, para presentar breves composiciones cargadas de posibilidades narrativas”.

– Puede decirse que sí, que he reunido en este libro varios procedimientos de escritura. Aquí está la síntesis conceptual aforística, pero también se aprecian en las definiciones esos recursos de ritmo que las acercan a la poesía y el toque narrativo del microrrelato. Lo que sucede con los diccionarios es que existe un desfase entre lo académico y lo apasionante. Esto me recuerda lo que dice Juan Rodolfo Wilcock en su “Sinagoga de los iconoclastas”: que los diccionarios no están bien escritos porque los lectores nunca los terminan. A partir de ahí se me ocurre que se podría desarrollar una narración, de entrada en entrada, de la “a” a la “z”. Pero ese es otro desafío.

Andrés Neuman pasa la mitad del año viajando y por eso los aeropuertos y los vestíbulos de los hoteles son para él lugares de paso en los que llega a sentirse como en casa. Busca un rincón alejado del ruido, un sillón cómodo, a ser posible, y se instala allí con su ordenador portátil y siempre con un libro a mano, en cuyas páginas se sumerge, no sin antes hacer acopio de un lápiz con el que poder subrayar, en su caso, un requisito fundamental. Las fotos que acompañan esta entrevista, realizadas recientemente por Karina Beltrán en el Hotel Convención de Madrid, no pueden ser más descriptivas. El escritor estaba leyendo en esos momentos “El sueño imperativo”, de John Ruskin, una antología que reúne distintos pasajes de la obra de este autor victoriano sobre la naturaleza, la arquitectura, el arte, la sociedad. “Me está encantando. Es lo primero que leo de él y me está está llevando a revisar mis lecturas sobre arte y sociedad. Es un volumen muy hermoso, contiene unas ideas reveladoras y unas frases verdaderamente clarividentes que no me canso de subrayar”, señala mostrando el libro. Efectivamente, no miente.

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– ¿Siempre has leído así, con ese afán de intervenir? ¿Qué autorretrato hace Andrés Neuman de sí mismo como lector?

– Para mí es imposible leer sin un lápiz, sin un bolígrafo a mano. Me pongo muy nervioso. Tengo la necesidad de intervenir en el texto, de dialogar con él, de apropiármelo, en cierto modo. Anotar, subrayar, es también una manera de reescribir, de enriquecer el texto. Como lector soy irregular, desordenado y cambiante. Cuando me obsesiono con algo, con un autor, con un tema determinado, me vuelco completamente en ello. Es como si experimentara una especie de enamoramiento. Me considero un nómada para el que es un auténtico placer leer en los viajes y disfrutar de los tiempos muertos, esos tiempos tan fructíferos para la introspección que se dan en los lugares de tránsito. Y, por otro lado, cuando estoy en mi casa, en Granada, no tengo un único espacio donde me guste leer. Cualquier habitación me vale, aunque hay un butacón, que se reclina un poco y me permite poner las piernas en horizontal, que es mi favorito. Hay pilas de libros por todas partes, a excepción de la cocina, y, curiosamente, mi escritorio está prácticamente vacío, ya que quiero evitar la tentación de leer cuando estoy con mis propias historias.

Para mí es imposible leer sin un lápiz, sin un bolígrafo a mano. Me pongo muy nervioso. Tengo la necesidad de intervenir en el texto, de dialogar con él, de apropiármelo, en cierto modo. Anotar, subrayar, es también una manera de reescribir, de enriquecer el texto. Como lector soy irregular, desordenado y cambiante. Cuando me obsesiono con algo, con un autor, con un tema determinado, me vuelco completamente en ello. Es como si experimentara una especie de enamoramiento.

– ¿Qué recuerdos guardas de tus primeras lecturas?

– Pues mi primer recuerdo es el de mis padres leyéndome. Ambos eran músicos y la escucha, los sonidos, el oído, eran elementos muy importante en la vida diaria. Recuerdo que mi madre entonaba musicalmente los cuentos infantiles clásicos que me leía y que mi padre, que era muy buen narrador oral, se inventaba historias absurdas, de humor, de las que hacía variantes cada vez más retorcidas y graciosas. En una segunda etapa, llegaron a mi vida los disco-libros, que reproducía en un tocadiscos que había heredado. Así aprendí a leer el cuento del rey desnudo o el de Alí Babá. Los aprendí a leer escuchándolos. Para mí los libros eran objetos que se me metían en la oreja. Siempre había una voz dentro de ellos. Eso también ha influido mucho en mi manera de escribir, en el ritmo, en la necesidad de escuchar esa voz para ponerme a escribir.

– ¿Títulos, autores que te fascinaron como lector primerizo?

– Los cómics de Tintín y de Astérix y Obélix están en los inicios. También Salgari y Verne, sobre todo Verne, que me gustaba mucho más. A los 11, 12 años, ya llegaron Poe y Cortázar. En realidad descubrí a Poe a través de Cortázar, que lo traducía, y eso me llevó a pensar que todos los autores que me gustaban se traducían entre sí. Después, recuerdo la “Poesía completa” de Oliverio Girondo, los cuentos de Horacio Quiroga y “El sueño de los héroes”, de Bioy Casares. A Borges lo leí un poco más tarde, no antes de los 15 o 16, y me volví un fanático absoluto.

– Has citado a Bioy y a Borges, dos de los grandes de las letras argentinas, amigos y cómplices literarios, a los que en ciertas ocasiones la crítica ha puesto a rivalizar.

– A mí hacer competir me parece absurdo. La obras de ambos se rozan en su gusto por lo fantástico y en su parodia de lo policial, pero el alcance, la influencia y la originalidad de Borges no admite comparaciones. Borges fue un terremoto y Bioy un excelente narrador.

– ¿Sigues leyendo a Borges?

– Como lector lo tengo como uno de mis autores de cabecera, pero su influencia me parece muy fuerte, devastadora, como para acercarme a él como escritor. Puede llegar a ser vampirizante, paralizante. A poco que te descuides, te acabas convirtiendo en un imitador y, en ese sentido, reconozco que en un momento dado me dio miedo el efecto que podía provocar sobre mí. Una vez acabados mis estudios decidí acercarme a él de forma no académica y me dediqué a leerlo todo un verano. Desde entonces suelo visitarlo recurrentemente. Es un clásico, un maestro, igual que Kafka.

– Me imagino que para cualquier escritor el contagio, la imitación de aquellos autores a los admira, es algo inevitable.

– Así es. Los escritores no podemos evitar ser lectores sesgados, deformados. Todo lo que leemos nos acaba nutriendo y afectando. En la época de aprendizaje eso llega a asustar, porque entonces estás buscando tu propia voz y te sientes muy pequeño. Te puede pasar con Borges o con Pessoa, cuyos libros tienes que cerrar cuando estás empezando a escribir porque si no te acabas convirtiendo en un imitador. Y en ese grupo yo metería también a Lorca, de quien me interesa todo: su biografía, su poesía, sus circunstancias históricas y políticas. Con él he tenido que hacer verdaderos esfuerzos para no imitarlo. Pero, repito, eso suele pasar en etapas de formación. Una vez superada esa fase, hasta se llega a desear el contagio. Lo peligroso es adoptar una voz en particular, convertirse en un epígono, pero la mezcla de voces, de influencias, es muy positiva, porque con todas ellas uno se acaba fabricando su propio Frankestein. Todo escritor es un lector en tensión permanente. Es fácil encontrar la inspiración mientras lees. Es frecuente que se te ocurran ideas y entonces te preguntas: ¿sigo disfrutando de este libro o lo dejo y me pongo a escribir? Esa reacción tan corriente, me suscita un cierto grado de sobresalto personal y siempre que estoy leyendo una obra que me fascina pienso cuánto me gustaría detenerme ahí y apagar el botón de mi cabeza.

Los escritores no podemos evitar ser lectores sesgados, deformados. Todo lo que leemos nos acaba nutriendo y afectando. En la época de aprendizaje eso llega a asustar, porque entonces estás buscando tu propia voz y te sientes muy pequeño. Te puede pasar con Borges o con Pessoa, cuyos libros tienes que cerrar  porque si no te acabas convirtiendo en un imitador. Una vez superada esa fase, hasta se llega a desear el contagio.

– Hablas de mezcla de influencias, de voces. ¿Alguna mención en particular?

– Muchísimas. Están Clarice Lispector y Flannery O’Connor, que en un momento dado se metieron dentro de mi escritura, pero también Onetti y Felisberto Hernández, capaces de impregnarme con sus voces. Y César Vallejo, Rilke, Wallace Stevens, Roberto Juarroz. Los dos últimos: Stevens y Juarroz coinciden en la precisión de la síntesis aforística y en la producción de imágenes.

Andre_s-Neuman-3-©-karina-beltra_n.-2014–  ¿Si tuvieras que elegir un libro transformador, capaz de modificar tu mirada, cuál elegirías?

– Pues cualquier título de los autores ya citados, por ejemplo los “Nuevos poemas” de Rilke. Ellos cambiaron mi visión de la visión.

– ¿Qué lectura recomendarías para afrontar el convulso presente?

– No soy muy amigo de recurrir a un libro concreto para entender las claves de nuestro tiempo. Tengo la sospecha de que ese tipo de aproximaciones proviene de la influencia de la autoayuda  en el mercado editorial. No podemos prometer respuestas definitivas a partir de un libro. Tendría muy fácil responder a esta pregunta con cualquiera de las novelas de Scott Fitzgerald, que vivió el crack del 29. Podría hacer este enfoque periodístico, pero me parece un ejercicio reductor de alcance simbólico. Prefiero decir que los clásicos son capaces de mejorar nuestras preguntas y que cualquier libro bueno nos puede dar pistas. Todos tienen algo que decirnos sobre lo que estamos viviendo.

– ¿Te gusta estar al tanto de las novedades?

– Suelo estarlo y siempre combino la novedad con lo clásico. Si lees sólo el presente te falta el antecedente, el contexto, la referencia, mientras que si sólo vas al pasado te pierdes los matices e inflexiones de tu tiempo. En la mezcla es donde se forja el lector completo. Dicho esto, lo que no hago es vivir pendiente de lo que sucede en mi gremio. La actualidad literaria no es algo que me interese mucho.

– ¿Lecturas recientes destacables?

– De los más jóvenes me ha interesado mucho “Chatterton”, de Elena Medel. Me parece un libro extraordinario, de lo mejor de la última  generación de poetas. Otro libro que me ha fascinado recientemente es “Saliendo de la estación de Atocha”, de Ben Lerner. Me ha parecido muy divertido, en la línea de “Lost in translation”. Pero también he de citar “Alabanza”, de Alberto Olmo, “La ciudad en invierno”, de Elvira Navarro, y “Los hemisferios”, de Mario Cuenca Sandoval. Y, ya del lado argentino, “Lumbre”, de Hernán Roncino, que es uno de los autores jóvenes que más me interesan de mi país, junto con Samantha Schweblin y Mariana Enríquez.

Siempre combino la novedad con lo clásico. Si lees sólo el presente  te falta el antecedente, el contexto, la referencia, mientras que si sólo vas al pasado te pierdes los matices e inflexiones de tu tiempo. En la mezcla es donde se forja el lector completo.

– ¿Qué libros te llevarías a una isla desierta?

– Depende del tiempo que tuviera que pasar en ella, de lo que tardaran en rescatarme. Para un corto periodo estaría bien algo de Robert Walser o de Bruno Schulz. Para una buena temporada, optaría por Kafka, pero si la cosa se prolongara, para toda una vida, sin duda el “Quijote” y algún libro de poemas: de Rilke, de Keats, de Dante… También estaría bien algo de Wislawa Szymborska, porque su sentido del humor me llevaría a no sentirme loco entre tanta soledad.

El-rinco_n-de-lectura-de-Andre_s-Neuman-1-©-karina-beltra_n.-2014

“Barbarismos”, de Andrés Neuman, con prólogo de José María Merino, ha sido publicado por la editorial Páginas de Espuma.

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Todas las fotografías han sido realizadas por © Karina Beltrán.

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