Carmen Laforet, «Nada» y Todo lo que quiso contar. Aproximaciones a su mundo

Emma Rodríguez © 2021 / 

Bienvenidos sean los premios a toda una obra y las conmemoraciones si sirven de estímulo, si ayudan a regresar a un territorio literario o a descubrirlo. Sobre esto he reflexionado mientras disfrutaba volviendo a la palabra, a las ficciones, a los pensamientos de una mujer llamada Carmen Laforet, de la que ahora se celebra su centenario. Una mujer convertida en leyenda desde que ganara la primera edición del Premio Nadal en 1944, con apenas 23 años. Una sola novela, Nada, sirvió para convertirla en una celebridad en la cerrada España franquista. A partir de ahí el desarrollo de un recorrido marcado por el oficio de la escritura, una aventura vital sobre la que se pondrá el foco en los próximos meses. 

Recuperamos ahora a esa chica tan joven, que con su indudable talento consiguió plasmar la oscuridad del tiempo posterior a la Guerra Civil, años de desmoralización, de hambre, de violencia y odio no superados dentro de los vecindarios, de las familias… Volvemos a emocionarnos con las experiencias de Andrea, la protagonista, con su afán de libertad, de ser ella misma fuera de las convenciones, los prejuicios, los barrotes de la prisión social en la que le tocó madurar. En su genial primera obra vemos reflejada a la autora, sus deseos y frustraciones de juventud. Volver a pasar las páginas de Nada puede convertirse también en un retorno a nuestro pasado. ¿En qué momento leímos la novela, cómo nos afectó? 

Me planteo la pregunta y me veo en mi etapa universitaria, cómplice de muchos de los anhelos de Andrea, atrapada en la corriente de una historia que me resultaba demasiado inquietante, preocupada por el destino de la protagonista. Como dice en el prólogo de la nueva edición de Destino la escritora Najat El Hachmi, hablamos de “una novela que nos impregna y se queda en nosotros para siempre”. Coincido plenamente con ella. El hondo impacto que provoca la obra permanece de algún modo en nuestra memoria, y también sus atmósferas en penumbra, sus acechos, sus fondos de agresividad y suciedad moral. Y junto a ello, como también indica la prologuista, el descubrimiento del mundo, las incertidumbres, las decepciones y desazones que acompañan a toda persona en los años de primera juventud, circunstancias reflejadas con tanta autenticidad que convierten la obra en universal, más allá de su momento histórico concreto.


Es obligada esta vuelta a Nada si queremos transitar por los mapas de Carmen Laforet (Barcelona, 1921- Madrid, 2004), a quien tanto gustaban las maletas, los viajes, los vagabundeos. Pero sus 100 años son, sobre todo, una ocasión para descubrir en las mesas de novedades otros de sus títulos, para acercarnos a escritos desconocidos, olvidados, para dejar de considerarla únicamente la artífice de una única novela. Se sucederán en los próximos meses actos diversos y exposiciones, surgirán nuevas publicaciones y reediciones. De Laforet seguirán hablando y escribiendo estudiosos, críticos, escudriñadores de su vida, de sus andanzas, a la caza de significados y enigmas.

Se seguirá analizando su legado, se indagará en las razones de sus silencios y en sus escapadas fuera de la España asfixiante de su tiempo, se querrá saber y contar aquello que ella nunca quiso sacar a la luz… Todo ello, siempre que no esté motivado por el morbo, siempre que no se acabe contagiando del sesgo de espectáculo, me parece positivo en la medida en que acabe dirigiendo el interés hacia los libros. A título personal, creo que la riqueza de toda obra de análisis, de toda exploración biográfica, consiste en provocar el acercamiento, la proximidad. Es a través de sus propios testimonios, como podemos llegar a conocer un poco mejor a Carmen Laforet e incluso a convertirla en una amiga, como le sucedió a ella con Elena Fortún antes de tratarla, o con Galdós y Baroja, a los que, por supuesto, no tuvo ocasión de conocer, que se convirtieron en amigos fuera de época, afines, cómplices por obra y gracia de la lectura.

Lo que no goza en absoluto de mi simpatía es la superioridad de quienes creen tener la capacidad de atrapar a una persona en determinados marcos, de juzgarla saltando por encima de sus complejidades, de sus zonas de intimidad. En estos días en que he buceado en algunos artículos sobre la autora me ha sorprendido comprobar el modo en que ciertos aspectos de la personalidad y de las circunstancias vitales de Laforet son juzgados a la ligera, a partir de consideraciones personales. ¿Acaso que fuera tímida, huidiza, insegura, excesivamente sensible, puede considerarse negativo y llevar a tacharla de “rara”? ¿Acaso es criticable que le costase asumir el éxito temprano o la adaptación a una sociedad pacata, en la que una y otra vez era interrogada sobre cómo compaginaba la escritura con las labores del hogar y la crianza de sus hijos? ¿Tan difícil es entender que no le gustase formar parte del mundillo literario e intelectual y que en cambio disfrutara viajando, emprendiendo la huida a ciudades extranjeras donde sentirse más libre, menos observada?

A todo ello, además, se refiere la escritora, de un modo u otro, en su obra, en sus escritos biográficos, especialmente en una interesantísima serie titulada Diario de Carmen Laforet, que inició en el “Arriba” y prosiguió en “ABC”, de 1969 a 1971, y en otros artículos en publicaciones como la revista “Destino”, donde ofrece sus puntos de vista sobre el mundo que la rodea, sobre la condición de la mujer.

Es ahí donde hay que buscarla, entendiendo que no fue una creadora convencional. Las ideas y planteamientos de Laforet alcanzan muchas veces un alto vuelo. En esta época dominada por el exceso de exposición, cuesta entender su deseo de ocultarse; hoy que tanto se ansía el éxito social y material; cuando la integridad ya no es un valor a tener en cuenta, chocan sus ideas sobre la amistad y el amor en mayúsculas, hacia las personas, hacia los animales, como impulso y sentido de la existencia. 

Todo recorrido vital es un proceso, un itinerario lleno de obstáculos, de logros y de caídas, y si algo queda claro cuando nos aproximamos a la obra de nuestra protagonista es que en su trayecto hubo transformaciones diversas, cambios de rumbo. A sus distintas etapas podemos aproximarnos a través de El libro de Carmen Laforet (Vista por sí misma), una hermosa entrega compuesta a la manera de un álbum de recuerdos, de fotos, por uno de sus hijos, el también escritor Agustín Cerezales.

La joven autora de Nada sufrió bloqueos creativos, atravesó etapas personales difíciles, cumplió con su destino de escritora como supo y pudo, en paralelo a su matrimonio con el editor y crítico literario Manuel Cerezales, con quien tuvo cinco hijos y del que se separó en 1970. La joven impetuosa, andariega, amante de las montañas y lectora apasionada, acabó sus días en una residencia, sin palabras, sin capacidad para escribir, afectada por una enfermedad degenerativa, “con toda probabilidad una afasia primaria progresiva”, que se fue intensificando con el tiempo y causó el gran silencio de sus últimos años, según explica Agustín Cerezales en el prólogo. Un triste final que contrasta con la alegría y la belleza que se transmite en muchos de los retratos que se conservan de ella.

Es obligado volver a «Nada» si queremos transitar por los mapas de Carmen Laforet. Pero sus 100 años son, sobre todo, una ocasión para descubrir otros de sus títulos, para acercarnos a escritos desconocidos, olvidados, para dejar de considerarla únicamente la artífice de una única novela.

Como si se tratara de ir juntando las piezas de un puzzle, esta entrega ofrece, en su sencillez, las principales claves de la vida y la obra de Laforet, mezclando fragmentos de sus novelas, cuentos, artículos, entrevistas en medios y cartas personales, con discretas explicaciones del responsable de la edición, que actúa a modo de guía, alentando el descubrimiento, el diálogo, dejando muchos cauces abiertos para que seamos los lectores quienes prolonguemos el acercamiento siguiendo el  discurrir de sus creaciones, de las piezas escritas a lo largo del camino.

La niña que disfrutó de una infancia feliz en Las Palmas de Gran Canaria, hasta la muerte de Teodora, su madre, a la que se sentía muy unida, cuando apenas tenía 13 años, llena las primeras páginas con sus constantes preguntas, con su pasión temprana por la lectura, con sus juegos en la playa. “De mi infancia recuerdo mucho el sol, el mar, los juegos con mis hermanos y mis amigos. Y también una cosa extraña, que era la siguiente: yo me daba cuenta de que era feliz. Lo sentía. Y sin embargo deseaba crecer. No me daba ningún miedo enfrentarme con la vida. Al contrario. Enfrentarme con la vida me parecía obtener la libertad. Y lo mejor que me enseñaron es que esa libertad costaba trabajo, había que merecerla. Yo me propuse merecerla”, escribió en un texto de 1963

Una imagen de infancia de la escritora en las Palmas de Gran Canaria.

La búsqueda de la libertad, entendida como espacio de independencia, en el que ser ella misma, es una preocupación constante para Laforet, a la que seguimos en sus aventuras de adolescencia, en las evocaciones de su primer amor y sus primeras amistades, en el viaje que emprende a Barcelona, a punto de cumplir los 18 años, para vivir con la familia paterna. Un momento decisivo porque será ese entorno el que le inspire el oscuro retrato de posguerra que es Nada. Una novela que parte de lo vivido en el ámbito doméstico, universitario, social, para alzarse, por medio de la recreación, del talento literario, en una historia universal de formación, de crecimiento, de aguda introspección psicológica. 

Juventud y libertad van unidas en el camino de Laforet, como indica Agustín Cerezales, quien titula uno de los capítulos del libro Crecer hacia la juventud, una frase de Lou Andreas-Salomé que su madre hizo suya. Crecer hacia la juventud y la alegría era una idea a la que recurrió en más de una ocasión en sus artículos, faceta que para mí ha sido todo un descubrimiento. Hay lucidez en sus opiniones y una mirada original sobre los más diversos asuntos, a contracorriente de convenciones e ideas preconcebidas, desde una rebeldía de fondo que se convierte en una de sus indiscutibles señas de identidad y que explica muchas de sus actitudes.

Carmen Laforet se definió a sí misma como un mundo de novelista (…) Carmen Laforet es un mundo, un mundo en el que ella se ha transformado. Y un mundo no cabe en una explicación. Todo lo que sigue son aproximaciones, perspectivas tomadas desde distintos ángulos”, explica en sus anotaciones Cerezales, quien nos anima a entablar nuestros propios diálogos con la escritora.

La búsqueda de la libertad, entendida como espacio de independencia, en el que ser ella misma, es una preocupación constante para Laforet, a la que seguimos en sus aventuras de adolescencia, en las evocaciones de su primer amor y sus primeras amistades, en el viaje que emprende a Barcelona, a punto de cumplir los 18 años, para vivir con la familia paterna.

Si algo voy teniendo cada vez más claro es que la experiencia lectora es un proceso particular, privado, en el que entran en juego las emociones, las experiencias de cada cual, las edades. En este libro del que os hablo se recogen algunos textos muy significativos, apenas una pequeña muestra de todo lo que escribió Laforet para distintos medios, ya que se calcula que publicó más de 400 artículos a lo largo de 50 años. Como decía antes, en estos escritos elaborados con la urgencia de la publicación, nos encontramos con lo que pensaba, sentía, y quería contar, transmitir a los demás, esta mujer que se refería al valor de vivir la vida con gusto. Entre los muchos de esos artículos que han llamado mi atención y despertado en mí una corriente de complicidad, me decanto por transcribir, en este recodo de mi propia lectura, un fragmento de Los elegidos, pieza aparecida en “La Actualidad Española” en 1967 que refleja muy bien la manera de ser de la autora, su natural sabiduría. 

Es claro que hay vidas prolongadísimas en un largo vegetar y que la “seguridad” sin grandes altibajos emocionales o económicos, la dorada mediocridad en todo, es la aspiración más corriente entre la masa humana. En la lucha contra el fantasma de la inseguridad se van las fuerzas de la mayoría de los hombres. / Pero hay un descubrimiento trascendental que a veces llega en la plenitud de la vida: el de que esa tan tópica seguridad es un espejismo. Un día se advierte que no hay nada tan inseguro como lo seguro (…) Si en vez de esconder la cabeza, aceptamos que la inseguridad, que sabemos cierta después de tantas pérdidas y encuentros, es también una promesa siempre renovada de algo nuevo, si lo sabemos y el pasado no es una nostalgia sino un trampolín, una base de apoyo para poder obtener nuevos puntos de vista, llegaremos a darnos cuenta de que cada momento tiene una plenitud en sí mismo y cada cosa un sentido, un sabor que no es el del día anterior ni quizá el del día de mañana. / Creo que es entonces cuando, al desaparecer el miedo a la inseguridad, desaparecen también el miedo al esfuerzo, el miedo a la vida y el miedo a la muerte…”

Esta entrega está llena de claves, de hilos de los que ir tirando. Es muy curioso comprobar la manera en que los recuerdos y las vivencias son traspasados a la ficción. Una y otra vez podemos reparar en ello a través de los testimonios que se van incluyendo, muchas veces cartas familiares, incluso relatos elaborados para los hijos, que salen de los cajones privados, para entablar enriquecedores puentes con la obra literaria.

La actitud de descubrimiento constante define a Laforet en todo momento y nos acompaña también mientras vamos pasando las páginas de la entrega que nos ocupa. Sus experiencias y pareceres, tan lejanos en ocasiones a los parámetros de la sociedad española de su tiempo, están cerca, aunque ella nunca se identificó con grupos ni corrientes, de los de otras escritoras como Carmen Martín Gaite o Ana María Matute, a las que allanó el camino tras obtener el Nadal. Las tres lucharon, cada una a su manera, contra los embates del machismo. Sus puntos de vista también la sitúan al lado de creadoras de otros ámbitos.

En los más de 400 artículos que escribió a lo largo de 50 años, elaborados con la urgencia de la publicación, nos encontramos con lo que pensaba, sentía, y quería contar a los demás, esta mujer que se refería al valor de vivir la vida con gusto.

En un momento de la lectura, mientras me sumergía en sus textos, establecí paralelismos con la autora italiana Natalia Ginzburg, a la que nuestra protagonista llega a citar posteriormente, para mi sorpresa. Algunas de sus estampas sobre sus allegados –su madre y su abuela, principalmente– me trasladaban a los testimonios de Ginzburg en Léxico familiar; sus preocupaciones y opiniones sobre la educación de los hijos o sobre el oficio de la escritura me llevaban a las páginas de Las pequeñas virtudes.

En un capítulo titulado Mi oficio, incluido en esta última obra, escribe Ginzburg, tras repasar sus distintas etapas, que la escritura es un oficio que se alimenta de los días y los asuntos de la propia existencia y de las existencias de los demás, pero que también se nutre de cosas horribles. “Se come lo mejor y lo peor de nuestra vida, en su sangre fluyen tanto nuestros sentimientos malos como los buenos”. 

En un texto de 1957, que lleva por título ¿Vocación o destino?, elaborado como prólogo para una publicación de su obra en Planeta, señala Laforet, estableciendo una similitud con el pescador de El viejo y el mar de Hemingway: “He salido, después de superar todas mis dudas y mis temores, dispuesta a aprisionar el gran pez de la literatura. He luchado y casi he dejado la vida en esta lucha, he vencido, he creído vencer al menos… ¡Y al volver a mi playa he visto empequeñecida mi ilusión, he visto detrás de mi barca sólo el gran esqueleto de lo que hubiera querido hacer!… / Pero he alcanzado una sabiduría difícil y pequeña (…), la humildad. Por esta humildad sé que no importa que el combate  sea grande y el resultado desproporcionado. Por ella sé que no puedo renunciar a la obligación de una vocación verdadera, sea cual sea el resultado final de esta vocación, que quizá mi vida humana tiene sentido solo por perderla en esta entrega apasionada, es bella por esto y no por el resultado de este esfuerzo sincero...”

Carmen Laforet reflexionó honda y sinceramente sobre su oficio, del mismo modo que Natalia Ginzburg. En una conferencia de 1971, titulada Tiempo libre y creación literaria, ella misma reconoce que entre ambas hay una corriente de afinidad, que coincide en muchísimos puntos con las percepciones de su colega de letras. “El oficio, como ella dice, no le deja a uno nunca (…) No se puede contraponer una ocupación a esta tarea de escribir una vez que nos ha apresado. Todo lo que uno vive se transforma, se vuelve vida distinta en nuestro interior cuando cogemos el lápiz o nos sentamos a las máquinas…”, vamos leyendo. Y, en otros momentos, cuando aboga por educar a los hijos en libertad, fomentando en ellos el vuelo de la imaginación, la invención de sus propios juegos, el disfrute del campo, del aire libre, también, de algún modo, se hace presente la escritora italiana cuando señalaba en un hermosísimo texto que “a los hijos hay que enseñarles no las pequeñas, sino las grandes virtudes”.

Carmen Laforet con Marta y Cristina, dos de sus hijas, en 1951.

Toda lectura es un trazado de complicidades, de puentes, de ríos que se juntan. Visitando el mundo de Carmen Laforet propuesto en el recorrido del que os estoy hablando, también me he cruzado yo con otra gran dama de las letras, Victoria Ocampo, que al igual que ella consideraba que las mujeres de su tiempo aún debían de conquistar y contagiar su propio lenguaje y su manera de ver, enfocar y sentir el mundo, hablando de sí mismas con claridad y también de los hombres que tanto les han dado voz, seguros de conocerlas a fondo. 

“Es fácil comprobar que hasta ahora la mujer ha hablado muy poco de sí misma, directamente. Los hombres han hablado enormemente de ella, por necesidad de compensación sin duda, pero, desde luego y fatalmente, a través de sí mismos, a través de la gratitud o la decepción, a través del entusiasmo o la amargura que este ángel o este demonio dejaba en su corazón, en su alma y en su espíritu. Se les puede elogiar por muchas cosas, pero nunca por una profunda imparcialidad acerca de este tema (…) Y es a la mujer a quien le toca no solo descubrir este continente inexplorado que ella representa sino hablar del hombre, a su vez, en calidad de testigo sospechoso. Si lo consigue, la literatura mundial se enriquecerá incalculablemente”, argumenta Ocampo en sus cuadernos biográficos.

Carmen Laforet, por su parte, en una carta dirigida en 1967 al escritor Ramón J. Sender, quien fuera uno de sus grandes confidentes, le hace saber que tiene el proyecto de escribir una novela sobre los secretos del mundo del Gineceo, el de las mujeres dentro de las casas, con los hijos. “Las pobres escritoras no hemos contado nunca la verdad, aunque queramos. La literatura la inventó el varón y seguimos aplicando el mismo enfoque de las cosas. Yo quisiera intentar una traición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, sin  sometimientos, ni aparentes ni reales, de unos a otros… Tiene que llover mucho para eso. Pero, ¿verdad que está usted de acuerdo, en que lo verdaderamente femenino en la situación humana las mujeres no lo hemos dicho, y cuando lo hemos intentado ha sido con un lenguaje prestado, que resultaba falso por muy sinceras que quisiéramos ser?”

A la desigualdad entre hombres y mujeres dedicó Laforet  su atención en una gran variedad de textos. Educada del mismo modo que sus dos hermanos varones, con “las mismas oportunidades de estudio y de independiencia”, según sus palabras, cultivados los tres en la lectura por parte de la madre, y en la práctica deportiva, por deseo del padre, nuestra protagonista no experimentó de cerca la discriminación por sexos y tampoco el drama de la Guerra Civil, que vivió a distancia desde Canarias. Pero pronto hubo de enfrentarse a normas y disposiciones legales que, según cuenta en una página de su “Diario” para “ABC”, le ponían los pelos de punta. “Sé que la luz de mi corazón se apagaría de pronto si en un movimiento a favor de algo que considero tan natural como la libertad humana en cualquier faceta, yo no estuviera al lado de los que luchan contra una esclavitud de consecuencias tan tremendas como ha sido y aún es la esclavitud de la mujer”.

Cuando en un cuestionario una estudiante romana le preguntaba en 1976 si se consideraba feminista, Carmen Laforet respondía que sí, que estaba en contra de cualquier discriminación y creía en la emancipación de la mujer en todos los terrenos, en el “político, profesional, matrimonial y sexual”. En distintos escritos para la revista “Destino”, analiza muchos aspectos de la desigualdad entre hombres y mujeres en la sociedad de su época: la aceptación de la infidelidad masculina frente a la exigencia de fidelidad femenina; la sorpresa cuando la mujer es la que trabaja y lleva el sueldo a la familia; el trato humillante hacia ellas en los documentos oficiales…

Cuando en un cuestionario una estudiante romana le preguntaba en 1976 si se consideraba feminista, Carmen Laforet respondía que sí, que estaba en contra de cualquier discriminación y creía en la emancipación de la mujer en todos los terrenos, en el “político, profesional, matrimonial y sexual”.

El libro de Carmen Laforet permite conocer sus querencias y sus tomas de postura, como ya he señalado, pero su gran valor radica en que nos permite aproximarnos a su figura desde su propio espejo, sobrevolar su mundo y apreciarlo en su conjunto, comprobando que las fronteras de su territorio son amplias y se expanden más allá de Nada. El centenario es, sí, una oportunidad para explorar ese territorio, para acceder a sus bifurcaciones, independientemente de que la maestría de su sorprendente primera obra no fuera alcanzada en títulos posteriores. ¿Cuántos autores han alcanzado esa obra genial capaz de sobrevivir generación a generación, de formar parte de la conciencia colectiva, de servir de reflejo a un tiempo concreto y trascenderlo?, me pregunto llegada a este punto.

Laforet vivió su carrera literaria bajo presión, a consecuencia de un éxito tan temprano, y tuvo la determinación de no seguir prolongando las peripecias de Andrea, su gran personaje, a la que deja abandonando el piso barcelonés de la calle Aribau. Una casa como “una prisión”, de la que no se llevaba nada que no fuese decepción, expone Ana Merino en el epílogo de la última edición de la novela. No llegamos a saber más de Andrea desde que puso rumbo a Madrid en el coche del padre de Ena, su mejor amiga, aunque muchos lectores y críticos no dejaron de reclamar una continuación de la historia. Dice mucho de la escritora que no sucumbiera al camino fácil, que prefiriera seguir por otros derroteros, de la mano de nuevos personajes.

Primera página del manuscrito de «Nada».

Su producción novelística, apunta Agustín Cerezales, está llena de guiños y paralelismos, de confluencias y contraposiciones que permiten entenderla “como un conjunto sutilmente trabado”. Nada, como novela de juventud, se acompaña de La isla y los demonios, que abarca la etapa de adolescencia, y La mujer nueva, que puede considerarse la obra de madurez. A ellas hay que añadir La insolación y Al volver la esquina, publicada póstumamente, las dos primeras entregas de una trilogía, protagonizada por un mismo personaje, Martín Soto, con el que aborda el tema de la homosexualidad en una sociedad opresiva. El tercer título proyectado, Jaque mate, no ha llegado a ver la luz. 

Laforet también escribió siete novelas cortas, a mediados de la década de los 50, en las que comparte temas y ambientes con sus obras de mayor recorrido, y un ramillete de cuentos, entre 1948 y 1954, que se fueron publicando en distintas revistas. La editorial Menoscuarto ha rescatado esta parte de su producción, las novelas en un tomo prologado por Álvaro Pombo y los cuentos, bajo el título de Carta a don Juan, con introducción de Carme Riera.

Señala Riera que los relatos, “a menudo protagonizados por personas de su misma condición social, las sufridas clases medias, nos trasmiten de manera vívida el ambiente de precariedad que éstas también padecieron en los años cuarenta y cincuenta” y que la autora “siente predilección por los personajes desvalidos y de entre éstos por los femeninos”, porque “le basta con mirarse a sí misma” y dar cuenta de la situación de “las mujeres casadas, madres de familia, preocupadas por el bienestar de los suyos, pendientes de la economía doméstica”.

La producción novelística de la escritora está llena de guiños y paralelismos que permiten entenderla “como un conjunto sutilmente trabado”, indica Agustín Cerezales. «Nada», novela de juventud, se acompaña de «La isla y los demonios», que abarca la adolescencia, y «La mujer nueva», su obra de madurez.

La amistad y el amor son temas a los que vuelve una y otra vez, afrontándolos desde distintas perspectivas, búsquedas y edades. En el trayecto es posible atisbar los cambios que ella misma va experimentando a lo largo de la vida, sus desasosiegos, obsesiones, aprendizajes, búsquedas. Al respecto me parece especialmente interesante la manera en la que traslada al personaje de Paulina, en La mujer nueva, su propia conversión religiosa, mística. Se trata de una experiencia que modifica la mirada de Laforet de manera profunda y se refleja en su obra.

La correspondencia que mantuvo con Elena Fortún permite acercarnos a ese proceso en el que parece emerger otra persona. De manera impetuosa le habla a su interlocutora de su inmersión en los libros religiosos, de su acercamiento a los místicos, de su acceso a la parte más espiritual de la existencia. “Me ha sucedido algo milagroso, inexpresable, imposible de comprender para quien no lo haya sentido (…) Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que no haya dificultad para creer, para entender lo inexpresable… Es que no se puede no creer en ello…”, le hace saber a la creadora de la popular serie de Celia, una amiga en la que depositó sus confidencias. 

La responsable de tan profunda transformación es Lilí Álvarez, escritora, periodista y conocida tenista de los años veinte y treinta, que a principios de los 50, cuando traba amistad con Laforet, lideraba “un singular y valiente feminismo católico”, como lo define Agustín Cerezales, quien circunscribe la amistad entre ambas al ámbito de lo espiritual. No coincide con él la biógrafa Anna Caballé, quien en la obra que dedica a la autora, Carmen Laforet. Una mujer en fuga, escrita en colaboración con Israel Rolón, sostiene, basándose en cartas cruzadas entre las protagonistas, que entre ellas hubo una intensa relación de carácter amoroso.

La escritora en el verano de 1950, de regreso a Las Palmas, a los paisajes de su niñez.

Lo que está claro, como se aprecia en sus escritos, es que Laforet  aspiraba a la amistad verdadera, al amor sin cadenas, sin posesión, y no solo en lo que atañe a las parejas. Habla de ello respecto a las relaciones entre padres e hijos, mostrándose muy crítica con el dominio ejercido por madres excesivamente controladoras que ponen freno a la libertad de sus vástagos. Se trata de un ideal que asoma en su obra, de un ideal difícil de entender y de alcanzar en la España de su tiempo.

El amor en todas sus ramas es lo más importante, lo único importante, esa expansión de llama desde nuestro ser, ese encuentro con todo o con algo entre todo, se hace por el amor (…) Qué duro es en la juventud no creer o no saber qué cosa mágica y necesaria –tanto como el correr de la sangre– es el amor...”, escribe en una carta dirigida a su hijo Agustín en 1977. Y, años antes, en el prólogo que hizo para un libro de Ytho Parra, Monstruos domésticos, señala: “Dentro de una severa línea social de represión de lo que los mayores llaman “indecencia”, el amor en nuestro país no ha perdido aún su nombre y es difícil. Tenemos que saltar muchas barreras hasta llegar a ser nosotros mismos (…) Ya se inicia en nuestro espíritu la seguridad de que nuestra época es una época tremenda y hay que vivirla en todo su tremendismo. Nuestras fuerzas se agotan en gestos de rebeldía que son como zarpazos en el aire. Por ejemplo, exponernos a una multa en la playa por quitarnos el albornoz, simplemente, para tomar el sol...”

Hay otro artículo muy interesante, escrito en 1958 para la revista “Destino”, en el que rebate las ideas de Goethe sobre el aislamiento y la soledad de las mujeres porque son incapaces de concebir la amistad. “Yo, como mujer, no puedo estar conforme con esta afirmación del genial escritor. Me sentiría ingrata con una multitud de rostros de mujer que la palabra amistad me evoca. Mujeres que a lo largo de mi vida han descansado mis preocupaciones con su charla amable, que me han comprendido y a las que, en su diversidad, he comprendido yo también”, asegura, concluyendo con una alusión a Orlando, de Virginia Woolf, personaje que cambia de sexo y al que en más de una ocasión menciona en sus textos.

Carmen Laforet y Manuel Cerezales, con quien se casó en 1946.

Testimonio a testimonio, en sus artículos Laforet se muestra apasionada, anhelante de libertad siempre, a la busca de una habitación propia donde poder escribir, feliz en la montaña, entre sus perros y gatos, con las maletas preparadas para emprender rumbo a lugares nuevos, disfrutando de ciudades como París, Nueva York o Roma, donde vivió una larga temporada y mantuvo contactos con Rafael Alberti, con María Teresa León, con María Zambrano… Son estampas diversas, momentos diferentes de su vida. Todas sus etapas, sus grandes momentos, encuentran cabida en este recorrido en el que no es notoria la figura de Manuel Cerezales, su marido y padre de sus hijos. No se alude a la relación de la pareja, apenas se nombra la ruptura.

Fue Cerezales, reconocido crítico literario, quien animó a la joven escritor a presentar el manuscrito de Nada al Premio Nadal y quien puso como condición a la separación en 1970 que no contase nada de su vida conyugal en novelas futuras. Curiosamente a partir de esa fecha, no publicó ninguna más. Apunta Anna Caballé, en la biografía ya citada, que Cerezales pudo ser un freno para la plena libertad creativa de Laforet. Pienso en lo difícil que es comprender las relaciones, siempre complejas, cargadas de matices, cambiantes… Busco al hombre, al compañero, en las páginas del libro preparado por su hijo. Se hace presente en el tramo final, en el apartado titulado Epílogo con espejos, en el que el responsable de la edición busca otras miradas, de amigos, de seres queridos, para acabar de componer el retrato de la protagonista. 

En ese espacio no puede faltar la visión del que fuera su marido, quien en 1985, escribió un texto para el diario “Ya” dando cuenta de sus impresiones cuando la conoció: “Carmen era entonces una joven de veintitrés años, menuda, risueña, muy atractiva, tanto por su belleza física, con una cabeza de facciones angulosas, de bella talla ósea, como por su carácter, libre de prejuicios y de convencionalismos sociales (…) En algunas de las informaciones que le dedicaron al salir “Nada” se la presentaba como una muchacha tímida y distraída. Nada de eso. Era una joven intrépida, dada al vagabundeo y a la aventura, discreta en el trato social, comportándose siempre con sencillez y naturalidad, y si rehuía alguna clase de relaciones no lo hacía por timidez, sino simplemente porque no le interesaba. El rasgo más acusado de su carácter era el espíritu de independencia”.

Voy acabando este artículo, pero no sin volver a las palabras de la mujer de la que ahora celebramos su centenario, concretamente a una de las páginas del Diario que fue publicando, fechada en 1972. Se trata de una bellísima narración sobre una excursión al campo en compañía de la segunda de sus hijas, de su nieta Clara, entonces un bebé, y otros miembros de la familia. El paisaje, la búsqueda de su hija de una casa en el bucólico entorno la llevan a recordarse cuando tenía su edad y a reflexionar sobre su desapego hacia lo vivido. Recojo aquí un fragmento de la que es una de mis piezas favoritas de entre sus publicaciones de prensa. Todo un descubrimiento, como os decía. He aquí la Carmen Laforet que me cautiva, que me emociona. He aquí la gran escritora que siempre fue. He aquí sus confidencias, lo que de verdad importa, porque fue lo que quiso contar.

Veo a aquella mujer, pero tan despegada de mí que no puedo encontrar ni siquiera un hilo de nostalgia para prenderla, para coserla a mis talones, para pegarla con goma a mi sombra. No encaja con mis cortos cabellos grises aquella mujer de espeso cabello rubio oscuro, rodeada de criaturas pequeñas, escuchando el primer canto del grillo, contenta de la felicidad de los niños que jugaban sin peligro, al caer la tarde a la luz de su lámpara de trabajo, encendida ya en el interior de la casita del bosque. Ni el bebé ni yo echamos de menos a aquella mujer entre los tréboles y las violetas. Nada queremos saber de ella y de las pesadas máquinas de escribir que arrastraba en todos sus viajes (…) Me llena la sensación de que el pasado y el futuro no son nada. Solo presente que existe hoy entre estos tréboles, esta llovizna que cae, estas flores abiertas y el circo de montañas nevadas”. 

El libro de Carmen Laforet. Vista por sí misma, con edición y textos a cargo de Agustín Cerezales Laforet, ha sido publicado por Destino para conmemorar el centenario de la escritora. La editorial también ha lanzado una nueva edición de “Nada”, con prólogo de Najat El Hachmi y epílogo de Ana Merino, dos de las más recientes ganadoras del Premio Nadal.

En este artículo también se cita la biografía Carmen Laforet. Una mujer en fuga, de Anna Caballé e Israel Rolón-Barada, editada por RBA. Y las antologías recientes realizadas por el sello Menoscuarto de las novelas cortas de la autora, Siete novelas cortas, con prólogo de Álvaro Pombo, y de sus cuentos, introducidos por Carme Riera en un volumen titulado Carta a don Juan.

Los artículos escritos por Laforet para la revista Destino han sido recuperados en un tomo que lleva el mismo título de la sección que mantuvo entre 1948 y 1953, Puntos de vista de una mujer. La edición ha sido preparada por Ana Cabello y Blanca Ripoll.

Las fotografías que ilustran este artículo, cedidas por la editorial Destino, forman parte de El libro de Carmen Laforet.

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