Por Emma Rodríguez © 2019 /
“Hay libros que inauguran una nueva forma de entender un fenómeno”, señala el sociólogo Pau Marí-Klose en el prólogo de Igualdad, entrega en la que los investigadores británicos Richard Wilkinson y Kate Pickett nos ayudan, a través de un análisis exhaustivo, a interpretar las claves de nuestro modo de vida en las sociedades actuales y a atisbar nuevas sendas para el futuro que ya nos alcanza. La misma frase nos vale para referirnos a otros dos ensayos: Para combatir esta era, de Rob Riemen, y Dónde aterrizar, de Bruno Latour, pues también son obras que abren nuevas miradas y formas de entendimiento.
En este caminar a ciegas en el que todos podemos reconocernos, en mayor o menor medida, en estos comienzos del siglo XXI, en estos momentos de incertidumbre e imprevisibilidad, frente a un planeta amenazado por el calentamiento global, con un modelo económico y social en crisis, necesitamos diagnósticos y necesitamos faros que nos orienten. Hoy que la tecnología nos permite, como nunca, el acceso a la información y al conocimiento, cuando parece que lo tenemos todo a nuestro alcance, nos sentimos huérfanos de valores, de inspiraciones, de referencias, que ofrezcan respuestas desinteresadas a nuestra perplejidad ante la velocidad del presente, ante la avalancha de negaciones y de mentiras en la que estamos inmersos. Temerosos de una transición que no acabamos de asimilar, ante el retroceso a movimientos del pasado que creíamos superados, podemos optar por cerrar los ojos, o por abrir de par en par las ventanas para comprender lo que está sucediendo, camino previo a la preparación para los cambios que se avecinan. Hoy que la tecnología nos permite, como nunca, el acceso a la información y al conocimiento, cuando parece que lo tenemos todo a nuestro alcance, nos sentimos huérfanos de valores, de inspiraciones, de referencias.
El siguiente recorrido, a través de tres lecturas, va para los que se decidan por lo segundo y estén dispuestos a la autocrítica, a la escucha de argumentos muchas veces demoledores, pero esenciales para avanzar. “Todos estamos en migración hacia territorios por redescubrir y por reocupar”, nos dice Bruno Latour. No debemos negar que el fascismo “se ha vuelto activo de nuevo en nuestro cuerpo social”, señala Rob Riemen, quien nos invita a combatirlo a través del regreso a las Humanidades. “La democratización de la economía debe convertirse en un objetivo públicamente reconocido. Todos los políticos progresistas tienen que propugnarla y defenderla (…) Más que una revolución, lo que hace falta es una transformación gradual y de largo alcance”, argumentan Wilkinson y Pickett. Si en algo coinciden todos los autores es en la necesidad de identificar los cauces que mueven las corrientes de la actualidad, para proceder a cambiar su rumbo, a modificar nuestros hábitats. He aquí sus pronósticos, sus reflexiones e investigaciones. Un diálogo abierto, estimulante, en el que unos temas llevan a otros, en busca de los horizontes de un mañana que ya está aquí, llamando a la puerta.
Rob Riemen: Frente al fascismo, recuperemos las Humanidades
“Nuestra época recuerda la de la decadencia griega: todo subsiste, pero nadie cree ya en las viejas formas. Han desaparecido los vínculos espirituales que las legitimaban, y toda la época se nos aparece tragicómica: trágica porque sombría, cómica porque aún subsiste”.

Con estas palabras de Kierkegaard extraídas de la obra O lo uno o lo otro, inicia Rob Riemen (Países Bajos, 1962) su ensayo Para combatir esta era, donde apuesta por la vuelta a los valores del humanismo con absoluto convencimiento y pasión, como el arma más eficaz para luchar contra la ola de fascismo que nos amenaza. Sostiene el ensayista que nada hay más alejado de las mejores sociedades que anhelamos construir que la involución, que el retorno a lo peor de nuestra historia reciente; se queja de lo mucho que se ha tardado en definir y visibilizar a los movimientos retrógrados, fascistas, que han ido resurgiendo y se han vuelto a fortalecer en los últimos años. El término ha llegado a ser un tabú, nos dice, en cierto modo se ha encubierto la existencia del fascismo en Europa, se le ha acogido bajo la capa de difusas y engañosamente abarcadoras denominaciones como “populismo”, “una forma más de cultivar la negación de que el fantasma del fascismo amenaza nuevamente a nuestras sociedades y de negar el hecho de que las democracias liberales se han convertido en su contrario: democracias de masas privadas de su espíritu democrático”.
Se propone el autor llamar a las cosas por su nombre, partir del reconocimiento, sin medias tintas, sin blanqueos de ningún tipo, de que, efectivamente, el fascismo ha vuelto, e identificar las causas de lo que está sucediendo, al tiempo que nos invita a recuperar lo mejor del pensamiento y la cultura occidental, nutrientes que nos libran de la sinrazón y nos otorgan el regalo de la “conciencia histórica”. Recurre Riemen a una frase, pronunciada en 1933, en su discurso de investidura, por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, quien decía, con la mirada puesta en una Europa tomada por los fascistas: “De lo único que debemos tener miedo es del miedo mismo”, argumentando a partir de ahí que son el miedo –que se aviva en situaciones de crisis, de inseguridad económica, de amenazas de terror o de guerra–, pero también la ignorancia, la banalidad creciente, la “estupidez organizada” de nuestras sociedades, las razones de fondo que nos permiten entender la deriva actual.
Frente a la perplejidad de una gran parte de la ciudadanía, incapaz de entender por qué hemos regresado a esta vieja pantalla, por qué hemos retornado a un mal que parecía superado, el pensador busca respuestas y lo hace hermanado con filósofos de ayer y de hoy, con creadores comprometidos, con resistentes como Leone Ginzburg, intelectual comprometido con la defensa de la cultura como camino para encontrar la libertad y la verdad, que en su día fue uno de los pocos docentes que se negó a firmar la carta de lealtad, exigencia de Mussolini a todos los maestros italianos para que mantuviesen sus puestos de trabajo, y fue arrestado y deportado, muriendo con posterioridad a manos de los nazis (de todo ello da cuenta la que fuera su compañera, la escritora Natalia Ginzburg en las estremecedoras páginas que le dedica en su libro Las pequeñas virtudes, que también es referencia aquí).
Entre los muchos nombres que nos acompañan en este recorrido, continuador de las búsquedas emprendidas con anterioridad por el ensayista en Nobleza de espíritu (ambas obras dialogan, se complementan), nos encontramos con el del cineasta Federico Fellini, quien durante un breve periodo de su vida fue miembro de las juventudes fascistas italianas, y quien ya a una edad avanzada, argumentaba: “El fascismo siempre surge de un espíritu provinciano, de una falta de conocimiento de los problemas reales y el rechazo de la gente –por pereza, prejuicio, avaricia o arrogancia– a dar un significado más profundo a sus vidas. Pero aún, se jactan de su ignorancia y buscan el éxito para ellos mismos o su grupo, mediante la presunción, afirmaciones sin sustento y una falsa exhibición de buenas características, en lugar de apelar a la habilidad verdadera, la experiencia o la reflexión cultural. El fascismo no puede ser combatido si no reconocemos que no es más que el lado estúpido, patético y frustrado de nosotros mismos y del cual debemos estar avergonzados. Para contener esa parte de nosotros necesitamos más que activismo en favor de un partido antifascista, pues un fascismo latente está oculto en todos nosotros. Alguna vez ya ganó voz, autoridad y confianza, y puede hacerlo otra vez…”
“El fascismo siempre surge de un espíritu provinciano, de una falta de conocimiento de los problemas reales y el rechazo de la gente –por pereza, prejuicio, avaricia o arrogancia– a dar un significado más profundo a sus vidas…».
Federico Fellini.
Ese más al que alude el director de películas tan inolvidables como La Dolce Vita o Amarcord está en el cultivo de las humanidades, en las pequeñas virtudes de las que hablaba Natalia Ginzburg y que son las bases de la “civilización democrática”. “La capacidad humana de ir más allá de nosotros mismos, de tener imaginación y empatía, de vivir en la verdad, crear belleza y hacer justicia” debe alzarse por encima de las ideas de la grandeza de “la fuerza, el poder y la promesa del regreso a un pasado inalcanzable”. Palabras como “democracia, libertad y civilización” deben recobrar su auténtico sentido ahora que tanto impera “el refinado arte de la mentira y el torcimiento del significado de las palabras, lo cual es parte de la naturaleza del fascismo”, sostiene el ensayista.
Igual que sucede con la lectura de Nobleza de espíritu, luminosa entrega a la que dedicamos un artículo en un número anterior de “Lecturas Sumergidas”, en esta ocasión, con su estilo diáfano característico, con su capacidad para ahondar y conmover a través de su complicidad con autores clásicos y modernos, pero también con las enseñanzas de personas desconocidas, sin publicaciones a sus espaldas, pero cargadas de sabiduría, Riemen se convierte en un despertador de conciencias, obra el milagro de hacernos comprender, de centrarnos en lo que de verdad es trascendente, alejándonos del ruido mediático, de la confusión imperante. “No debemos aceptar el poder ciego de lo actual (…) en vez de amoldarnos a la cultura farsante de nuestra era debemos ser combatientes contra esta era”, nos dice, tomando como referencia a Nietzsche, que ya lo tuvo muy claro en su momento, en la segunda mitad del siglo XIX.
Y al lado del filósofo, dos de los autores de cabecera del ensayista, Albert Camus y Thomas Mann, quienes, una vez terminada la II Guerra Mundial, asumieron que, pese a haber sido derrotado militarmente, “el bacilo del fascismo” permanecería “virulento en el cuerpo de la democracia de masas”. Ya no vale negarlo, nos dice Riemen. Ha llegado el momento de nombrarlo; de admitir que “se ha vuelto activo de nuevo en nuestro cuerpo social”; de asumir que “el fascismo nunca es un reto, sino un problema mayor, pues inevitablemente conduce al despotismo y a la violencia”.
“No debemos aceptar el poder ciego de lo actual (…) en vez de amoldarnos a la cultura farsante de nuestra era debemos ser combatientes contra esta era”, reflexiona Rob Riemen.
Llegados hasta este punto del diagnóstico, las preguntas simples son: ¿Qué hacer? ¿Cómo pertrecharnos para combatirlo? Pues con más cultura, con el apoyo a formaciones políticas atentas a la mejora de una educación que tenga en cuenta principios menos materiales, conscientes de la necesidad de devolver a las humanidades el lugar que les corresponde, después de tanto tiempo de ser consideradas inútiles en estas sociedades de la productividad y del consumismo (aquí os conduzco al ensayo del autor italiano Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil). Recuperemos los valores espirituales, cultivemos el alma, nos indica el camino Rob Riemen, siguiendo las huellas de Sócrates, de Spinoza, nuevamente de Nietzsche, quien alertaba de la pérdida de dignidad del hombre moderno a marchas forzadas, entregado sin freno a sus deseos, emociones y prejuicios, cada vez más guiado por la voluntad de poder y de prosperidad, cada vez menos interesado en buscar significados, en hallar la verdad.
Para el autor de Así habló Zaratustra el peligro de todos los peligros consistía en que nada tuviera significado. Apoyándose en su pensamiento, el ensayista reflexiona: “Con la pérdida de los valores espirituales absolutos, todo aquello a lo que el hombre había atribuido sentido desaparecerá: el conocimiento del bien y el mal, la compasión, la idea de que el amor es más fuerte que la muerte, todo gran arte, la cortesía, la conversación, el aprecio por la calidad y el valor”.
Y más adelante se detiene a dialogar con el filósofo español José Ortega y Gasset, quien acuñó el término “hombre-masa”, ese hombre que, vamos leyendo a Riemen, “se comporta como un niño malcriado”; que “no quiere ser confrontado, menos aún agobiado, con valores intelectuales o espirituales”; para el que la vida “siempre debe ser sencilla y abundante”, sin reconocimiento de “la naturaleza trágica de la existencia”, convencido de que “todo está permitido, pues no hay restricciones”; de que “escuchar, evaluar críticamente sus propias opiniones o actuar con consideración con los otros no es necesario”. Ese hombre al que “solo le importan él y sus iguales”, para el que “el resto debería adaptarse…”, con un fuerte “anhelo de control” y un sentido del poder reforzado. Ese hombre que “no piensa”, que “se amolda, ajusta su apariencia a las modas dominantes y busca sus propias opiniones en el cálido cobijo de los medios masivos de comunicación”.
Para combatir esta era, que lleva como subtítulo Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo, es un libro guía, en el sentido en que nos abre la puerta a autores y obras capaces de rearmar nuestro pensamiento, fuera de la confusión, opacidad y trivialidad que la actualidad nos impone. En este sentido, Riemen recurre al escritor satírico vienés Karl Krauss, quien, en la primera década del siglo XX, ya vapuleaba a los periodistas “por tener, a pesar de sus pretensiones, una mayor tendencia a socavar la democracia que a protegerla”, movidos por el hecho de que “las páginas deben llenarse, los periódicos deben venderse”, con el consiguiente resultado de “un diluvio de trivialidad, sensacionalismo y tontería”.
EL escritor satírico vienés Karl Krauss, en la primera década del siglo XX, ya vapuleaba a los periodistas “por tener, a pesar de sus pretensiones, una mayor tendencia a socavar la democracia que a protegerla”.
Nos anima el autor a pensar por nosotros mismos, a imaginar otros trayectos, a alejarnos del pensamiento único, de las consignas neoliberales que, en las últimas décadas, han acentuado la idea de que productividad y consumo son sinónimos de felicidad. Para hacerle frente basta volver a las palabras del poeta Paul Valéry, quien también analizó en los años veinte del pasado siglo, la crisis del espíritu humano, señalando, entre otras cosas: “El hombre moderno necesita ruido, excitación constante, solo quiere satisfacer sus necesidades (…) La idea de la superioridad absoluta de las grandes cantidades –una idea cuya vulgaridad e ingenuidad es evidente– es una de las características del ser humano moderno. Hemos renunciado a nuestro tiempo libre (…) al descanso interior, a ser libres de todas las cosas, la distancia mental que necesitamos, con respecto al mundo, para dejar espacio a los elementos más delicados de nuestras vidas. Nos dejamos llevar por la velocidad, la inercia –todo debe ocurrir ahora– y los impulsos. Ya nada es duradero (…) Vivimos pasivamente. Nos volcamos en los teléfonos, en nuestro trabajo, en la moda. La vida se vuelve cada vez más uniforme (…) Vacilamos entre la superficialidad y el desasosiego (…) Tenemos los mejores juguetes que el hombre nunca ha tenido. ¿Qué gran diversión! Pero ¡cuántas preocupaciones! Nunca antes ha habido tanto miedo…”

Qué cercano resulta el discurso de Valéry del de filósofos tan actuales como el coreano Byung-Chul Han, afanado en identificar las inconsistencias y estupideces de nuestro modo de vida… Imposible recoger aquí todos las referencias y aprendizajes que contiene este libro en el que Rob Riemen busca, en última instancia, la esencia de Europa, una Europa que ha perdido su rumbo, intentando encontrar respuestas a la pregunta de si aún es posible que lo recupere. Para ello repasa conceptos como igualdad y justicia social, que han sido pervertidos en las actuales democracias, donde se han desplomado “los niveles de exigencia de la educación universitaria”, donde la adecuación a la masa y la obsesión por tener cuanto más mejor, siempre en comparación con los otros, ha abierto profundos cauces de resentimiento entre las personas, políticas de agitación llamadas a promover la agresión y el enfado. He ahí el germen del fascismo.
Se suponía que teníamos que haber aprendido de la Historia, pero… ¿Estamos a tiempo? ¿Nos servirán las lecciones de Theodor Adorno, Winston Churchill, Thomas Mann, Albert Camus y Primo Levi a las que Rob Riemen recurre? No puedo resistirme a recobrar las reflexiones de Levi: “Ha ocurrido contra las previsiones; ha ocurrido en Europa; increíblemente ha ocurrido que un pueblo entero civilizado, apenas salido del ferviente florecimiento cultural de Weimar, siguiese a un histrión cuya figura hoy mueve a risa; y sin embargo, Adolf Hitler ha sido obedecido y alabado hasta su catástrofe. Ha sucedido y, por lo tanto, puede volver a suceder…”
A partir del recuerdo de esas lecciones que no deberíamos haber olvidado, Rob Riemen desenmascara muchos de los argumentos utilizados por el fascismo en el pasado y en el presente, muchas falsas ideas que se han ido colando sin ser desarticuladas eficazmente por los medios de comunicación, por los intelectuales, por los gobernantes europeos, así el peligro de la emigración, la identificación del Islam como enemigo absoluto, o la defensa a ultranza de la patria, de la nacionalidad. “El fundamentalismo islámico y el terrorismo jamás serán vencidos por el fascismo europeo”, señala.
El fascismo, basado en “el miedo a la libertad y la resistencia a todo lo diferente”, jamás puede ser el camino, pero es muy fácil acabar tomando esa dirección en una civilización en crisis, cuando los valores espirituales se han perdido. En un momento dado, el ensayista se pregunta: “¿Cuál es la forma correcta de vivir? ¿Cómo es una buena sociedad?” y nos invita a realizar un ejercicio muy simple, observar las publicaciones en un quiosco para identificar qué valores tenemos, qué nos parece realmente importante.
El fascismo, basado en “el miedo a la libertad y la resistencia a todo lo diferente”, jamás puede ser el camino, pero es muy fácil acabar tomando esa dirección en una civilización en crisis, cuando los valores espirituales se han perdido.
“¿Por qué conferimos tanto valor, en nuestra sociedad, a la tecnología, la velocidad, el dinero, la fama, el acicalamiento y las apariencias?, nos interroga. Y a continuación argumenta: “La nuestra es una sociedad kitsch, pues en ella el bien más alto, los valores espirituales, es desechado y nuestra existencia entera es vivida bajo el emblema del placer. Las consecuencias de esto son largas y profundas”.
Este libro es un bello manifiesto a favor de las humanidades, pero también un potente recordatorio de cuáles son nuestras responsabilidades individuales en lo que está pasando, en el tipo de sociedades que estamos construyendo. Porque no vale con echar todas las culpas a los políticos, a los empresarios, a los periodistas… No vale con decir que “todos son iguales” y que, por lo tanto, claudicamos. Como ciudadanos, cada uno de nosotros, tenemos que ejercer la autocrítica, intervenir, pensar, decidir con nuestro voto y a través de nuestras actitudes y actividades, transformar costumbres arraigadas, parar los ritmos impuestos, no temer nombrar a las cosas por su nombre y recuperar el lenguaje de la dignidad, porque sin un cambio de conciencia, sin una transformación interior, nada será posible. “En una sociedad kitsch”, sigue diciéndonos Riemen, “la política deja de ser una plaza pública para el debate serio sobre lo que es una buena sociedad y cómo puede alcanzarse. Se ha convertido principalmente en un circo en el que las personas tratan de ganar y mantener poder político mediante consignas y estrategias de imagen pública. En esta sociedad la economía está dominada por el espíritu del comercio, que quiere ganar dinero a costa de todo lo demás (las personas, el medio ambiente, la calidad) y que exige, a todos los que caen presas de su embrujo, conformarse, ser competitivos, productivos, eficientes y, sobre todo no ser ellos mismos…”
“Debemos estar atentos a lo nuevo y al cambio. Debemos buscar configuraciones significativas si queremos evitar caer en el oscurantismo e ir por la vida adormecidos y anquilosados”, señala el ensayista. Y en otro momento declara: “Una vez que redescubramos nuestro amor por la vida y decidamos entregarnos a lo que realmente da vida –la verdad, el bien, la belleza, la amistad, la justicia, la compasión y la sabiduría–, solo entonces, y no antes, nos volveremos resistentes a ese bacilo mortal llamado fascismo”.
“Debemos estar atentos a lo nuevo y al cambio. Debemos buscar configuraciones significativas si queremos evitar caer en el oscurantismo e ir por la vida adormecidos y anquilosados”, señala el autor de «Para combatir esta era».
Podría seguir transcribiendo párrafos y párrafos de esta entrega, os lo aseguro, pero mejor que os acerquéis a ella. Os diré, eso sí, antes de concluir, que Europa, su concepto, su futuro, es fundamental en el ensayo y ocupa toda su parte final. Europa y los principios de la democracia, tan en peligro actualmente. De nuevo el autor vuelve la mirada a Thomas Mann, quien sostenía que la educación es el verdadero corazón de la democracia, algo que no solemos plantearnos cuando hablamos de ella en términos de libertades, elecciones, Estado de derecho, derechos humanos… Pero, “¿Educación en qué?”, cuestiona Riemen. “¿Qué puede ser un criterio para nosotros, una regla de medir distinta del poder de mercado, que simplemente lucra con nuestros instintos más primitivos? ¿Dónde encontraremos esta guía, este hilo de Ariadna que pueda orientarnos de regreso a una sociedad civilizada y digna…?
El pensador asiste a un encuentro de intelectuales. Se habla de Europa. Se proponen salidas, entre ellas la de un futuro en manos de hombres-máquina. Resulta muy interesante el contraste de puntos de vista, pero hay un personaje enigmático, Radim, “el maestro checo”, que fuera amigo de Václav Havel, quien acaba ofreciendo una gran y conmovedora lección, transmitiendo lo que a él y a Havel, les enseñó su mentor, Jan Patocka, desconocido e interesantísimo personaje, sobre lo que significa ser verdaderos europeos, algo muy alejado de los acuerdos económicos y comerciales, de la tecnología, de la banalidad de los medios de comunicación, del auge de los nacionalismos…
“Ser europeo también significa tener que combatir, combatir por una sociedad europea humanista, en la que los central no sea el individuo, sino la idea del ser humano, con educación –más allá de las universidades–, en la que los jóvenes puedan desarrollar una conciencia cultural, en la que el alma humana sea cultivada de tal forma que las personas puedan madurar moralmente (…) Patocka nos dijo una y otra vez que nos encontrábamos ante una disyuntiva que concernía, desde hacía mucho tiempo, no solo a nuestro hemisferio, sino también a todo el planeta y al futuro de la humanidad. ¿Aceptaremos el regreso de la barbarie o lucharemos por el renacimiento de la nobleza de espíritu?”, recoge Rob Riemen las palabras de Radim, inspiración y latido en este ensayo que nos hace recuperar lo esencial, que se convierte en brújula para caminantes en busca de nuevos horizontes.
Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo, de Rob Riemen, ha sido publicado por Taurus, con traducción de Romeo Tello A.
Bruno Latour, diagnóstico y retos de un presente de mutación ecológica
Si en su ensayo Para combatir esta era Rob Riemen analiza la negación, durante demasiado tiempo, del resurgimiento del fascismo, en Dónde aterrizar. Cómo orientarse en política, el filósofo, sociólogo y antropólogo Bruno Latour (Beaune, Francia, 1947) parte de otra llamativa y preocupante negación, la del cambio climático, a la que han estado entregados gobernantes, empresarios y medios afines a las políticas neoliberales, durante demasiado tiempo, tanto que ya nos estamos dando de bruces contra un fenómeno que ha de cambiar el rumbo de la humanidad en un margen mucho más breve del que habíamos supuesto.

Latour empieza su ensayo conduciéndonos a comienzos de los años noventa, al capítulo de la caída del Muro de Berlín, cuando la “victoria contra el comunismo” marca un tiempo nuevo, el de la “desregulación”, el inicio de “una explosión cada vez más vertiginosa de las desigualdades”. Todo está relacionado, nos indica el autor. La negación del cambio climático está unido a la nueva estructura económica y social que se implantó entonces y que continúa adelante, acentuada con políticas como las del presidente Donald Trump, sin hacer frente al reto que se le presenta a la humanidad.
“Todo parece indicar que una buena parte de las clases dirigentes ha llegado a la conclusión de que ya no hay suficiente espacio en la tierra para ellas y para el resto de sus habitantes (…) Las élites han terminado por considerar inútil la idea de que la historia se dirige a un horizonte común donde “todos los hombres podremos prosperar de igual manera. Desde los años ochenta, las clases dirigentes ya no pretenden dirigir, sino ponerse a salvo fuera del mundo. De esa fuga, de la que Donald Trump es apenas un síntoma entre muchos, todos sufrimos las consecuencias, enajenados como estamos por la ausencia de un mundo común por compartir”, inicia su argumentación el pensador.
«Las élites han terminado por considerar inútil la idea de que la historia se dirige a un horizonte común donde “todos los hombres podremos prosperar de igual manera…», señala Bruno Latour.
¿Cómo resistir a este pérdida de orientación colectiva, dónde aterrizar, cómo orientarnos?, son las preguntas que formula este ensayo. Pese a ser consciente de la complejidad del asunto, de la dificultad de hallar respuestas, Latour tiene claro que la identificación del paisaje, la visibilización de los problemas, la vinculación de conceptos y decisiones políticas, ya es un buen punto de partida. Y nos dice que ni el activismo de millones de ecologistas, ni las alertas de miles de científicos, ni siquiera las llamadas de atención del Papa Francisco, han conseguido poner bajo los focos la cuestión climática como lo hizo Trump al retirarse, en 2015, del acuerdo de París sobre el clima, momento que marcó un antes y un después, porque “ahora todo el mundo sabe que la cuestión climática está en el corazón de todos los retos geopolíticos y directamente vinculada al problema de la injusticia y la desigualdad”.
Bruno Latour argumenta que la decisión del presidente estadounidense, la dirección de sus políticas, indica el deseo de EEUU de desvincularse de los problemas del mundo, de la idea de un mundo compartido. “El país que se había fundado en la emigración, eliminando a sus primeros habitantes, le confía su destino a quien promete aislarlo como una fortaleza, no dejar entrar refugiados, no participar en ninguna causa fuera de su suelo, al tiempo que sigue interviniendo en todas partes con la misma descarada torpeza”, señala. Y a ello suma otro acontecimiento histórico, el Brexit, otra forma de “no seguir jugando a la mundialización”, de “desprenderse de Europa en busca de un imperio desaparecido desde hace mucho tiempo”.
Si algo consigue esta entrega absolutamente clarificadora, escrita con mirada punzante, con un aliento rabioso ante el rumbo inconsistente, estúpido, ciego, del presente, es que la tendencia a defender las fronteras no puede separarse de “la extensión, de la amplificación de las migraciones”. Occidente está cerrando sus puertas a millones de personas que huyen de guerras, que, frente a “los fracasos del desarrollo económico y la mutación climática” se lanzan “a la búsqueda de un territorio habitable para ellos y para sus hijos”. Pero es que, en mayor o menor medida, nosotros, nuestros hijos, vamos a “sentir que el suelo desaparece bajo nuestros pies”. De hecho, esa percepción, ya presente, explica el miedo, la zozobra, la angustia que nos invade.
Latour es duro, demoledor en su argumentación. Muchos, en las filas del negacionismo, le tacharán de catastrofista, de agorero, pero yo me pregunto: ¿cabe otro argumento ante la evidencia de las transformaciones que ya está provocando el cambio climático y que, al paso que vamos, se acentuarán en menos tiempo del previsto? “Estamos descubriendo, con relativa claridad, que todos estamos en migración hacia territorios por redescubrir y por reocupar”, sostiene el autor, quien nos recuerda que en 2015, durante la cumbre del clima de París, los firmantes del acuerdo final, al mismo tiempo que lo aplaudían, “comprendieron con horror que si llevaban a cabo sus respectivos planes de modernización, no habría un planeta compatible con sus expectativas de desarrollo”, que tendrían que contar con varios planetas para llevarlas a cabo y que solo disponían de uno.
“Estamos descubriendo, con relativa claridad, que todos estamos en migración hacia territorios por redescubrir y por reocupar”, sostiene el autor de «Dónde aterrizar».
Ante esta situación, “o bien negamos la existencia del problema, o bien buscamos donde aterrizar. Es esto lo que nos divide a todos, mucho más que la adhesión a la derecha o a la izquierda”, nos dice Bruno Latour, indicándonos que ya se vislumbra la que será una dura prueba colectiva, común, vernos “privados de tierra”, y que el camino para hacer frente al desafío pasa por aterrizar, por cambiar nuestro modo de vida. Un aviso para el conjunto de las poblaciones mundiales, especialmente para los habitantes de los países ricos. Un aviso que demasiados gobernantes están dejando caer en saco roto, siguiendo el ejemplo de Donald Trump, que, en vez de ser consciente de su enorme responsabilidad, ha decidido “profundizar más en la negación (…) retrasar el aterrizaje y prolongar el sueño de América unos cuantos años más, lo que termina por arrastrar a los otros países al abismo”, argumenta el ensayista.
“La impresión de vértigo, casi de pánico, que atraviesa toda la política contemporánea, viene de que el suelo de pronto está cediendo bajo los pies de todo el mundo, como si cada uno se sintiera atacado desde todas partes en sus costumbres y en sus bienes”, insiste, animándonos a mirar hacia atrás, a aprender de la experiencia de los pueblos colonizados, explotados, privados de sus tierras. Habría que preguntarles cómo hicieron para resistir, para sobrevivir, y tomar nota para enfrentarnos a las consecuencias, cada vez más acusadas, del cambio climático: subida de las temperaturas que puede superar los tres grados, erosión, contaminación, agotamiento de los recursos, destrucción de los hábitats… La solución no consiste en sellar las fronteras. En vez de optar por las murallas, habría que empezar a plantearse seriamente que, a partir de ahora, la mejor y más esperanzadora salida será, “descubrir entre todos qué territorio es habitable y con quién compartirlo”, nos dice Latour. En vez de seguir saqueando los suelos, haciendo uso y abuso de nuestros recursos, debemos plantearnos la cuestión de los límites.
Hay muchos interrogantes en este libro que expone los hechos con absoluta claridad, que despeja las espesuras de los territorios que habitamos y obra el poderoso efecto de ampliar las miradas, de activar las conciencias dormidas. “¿Cómo rehacer los bordes, los revestimientos, las protecciones, cómo recuperar un punto de apoyo teniendo en cuenta, a la vez, el fin de la mundialización, la dimensión de las migraciones y los límites de la soberanía de los estados frente a las mutaciones climáticas? (…) ¿Cómo organizar una vida colectiva en torno al gran desafío de acompañar a millones de extranjeros en la búsqueda de un suelo perdurable?”, se pregunta, nos anima a reflexionar, el filósofo.
Donald Trump ha decidido “profundizar más en la negación (…) retrasar el aterrizaje y prolongar el sueño de América unos cuantos años más, lo que termina por arrastrar a los otros países al abismo”.
Faltan respuestas concretas, nos movemos a tientas. Pero el diagnóstico no puede ser más certero. “Es necesario hacer frente a un problema que es, literalmente, de dimensión, de escala, de habitabilidad: el planeta es demasiado estrecho y limitado para el globo de la globalización, y demasiado grande, activo y complejo para ser contenido dentro de las fronteras estrechas y limitadas de la localidad”, argumenta Latour, quien lamenta, se indigna ante la ceguera de las “élites oscurantistas”, aferradas a la negación; enfrentadas, en defensa de sus intereses particulares, a las investigaciones y alarmas de los científicos del clima; empecinadas en seguir adelante con la “ferocidad de la desregulación, la explosión de las desigualdades, el abandono de la solidaridad”, en un momento en el que la modernización ya no tiene nada que ver con “progreso, emancipación y riqueza”; en que “el mejor de los mundos se convirtió en el peor”, a causa de “una decisión arbitraria tomada en favor de unos cuantos”.

Bien, entendemos el trayecto, el modo en que hemos llegado hasta aquí, en que hemos sido engañados, pero ¿qué hacer ahora frente a la reacción de la Tierra que ante las fatales iniciativas humanas, “ha dejado de encajar los golpes y los devuelve cada vez con más violencia”?, “No hay nada que hacer: hay que aprender a vivir con las consecuencias de esos desencadenamientos”, contesta el antropólogo. Y más adelante señala: “Estamos demasiado desorientados para clasificar las posiciones a lo largo del eje que iba de lo antiguo a lo nuevo, de lo Local a lo Global (…) Es necesario cartografiar todo de nuevo y, además, urgentemente, antes de que los sonámbulos aplasten en su ciega huida lo que más apreciamos”.
“A juzgar por las discusiones de los especialistas del clima, no hay precedente alguno de la situación actual”, seguimos leyendo. “El suspenso es total. ¿Habrá que volver atrás? ¿Recuperar las viejas recetas? ¿Apreciar las sabidurías milenarias? ¿Aprender de las culturas que no han sido modernizadas? Claro, pero sin hacerse ilusiones; tampoco para ellas hay un precedente de lo que viven en la actualidad (…) El vacío de la política sería incomprensible sin tener en cuenta que la situación carece de todo precedente. Es desconcertante…”
En el trazado de un mapa y de un lenguaje nuevos, Bruno Latour propone el término “Terrestre” como ese nuevo espacio en el que aterrizar, un espacio al que llevan un largo tiempo queriéndonos dirigir los movimientos ecologistas, muchas veces batiéndose en crueles campos de batalla (pensemos en el asesinato de militantes ecologistas que en distintas partes del mundo se enfrentan a las conveniencias de las élites empresariales).
Hay mucho dinero e intereses en juego, por lo que las formaciones verdes se ven sujetas a bloqueos de todo tipo, silenciadas y abocadas a la marginalidad. En los últimos años, en Europa, parece que empiezan a ser escuchadas, apoyadas por movimientos dinámicos, entre ellos el de jóvenes activistas del clima que piden actuar por la salvación del planeta, de su futuro. Es increíble que aún, en la situación límite que vivimos, la economía siga oponiéndose a la ecología.
En el trazado de un mapa y de un lenguaje nuevos, Bruno Latour propone el término “Terrestre” como ese nuevo espacio en el que aterrizar, un espacio al que llevan un largo tiempo queriéndonos dirigir los movimientos ecologistas.
No hay horizontes de esperanza si no tomamos conciencia, si no demostramos a los políticos que nuestro voto será para aquellos que tengan en cuenta los grandes desafíos de un presente en proceso de transformación; si no les hacemos ver que reclamamos de ellos valentía para combatir el negacionismo. Ya no podemos mirar para otro lado y apoyar propuestas económicas que no tengan en cuenta la escasez de recursos, las reacciones del globo terráqueo a las acciones humanas. He aquí nuestro gran reto como colectividad. Latour nos propone ser “radicalmente terrestres”, más allá de la división que imponen las ideologías. “La ecología no es el nombre de un partido, ni siquiera el de un tipo de preocupación, sino el de una llamada a cambiar de dirección: significa encaminarse hacia lo terrestre”, declara.
Si el siglo XIX “fue la era de la cuestión social”; el siglo XXI es “el de la nueva cuestión geo-social”, voy pasando las páginas de esta obra de urgencia de cuya lectura no salimos indemnes, en la que Latour se dirige a los partidos de izquierda para decirles que si no cambian sus mapas “terminarán pareciéndose a las plantas atacadas por el piral: solo quedará de ellas un montón de polvo para echar al fuego”.
Cuando nos integramos en lo Terrestre, ya no podemos acercarnos a la naturaleza desde las premisas de la producción y la explotación, sino de la dependencia, porque todos los seres vivos, todos los elementos que conforman el planeta, se influyen los unos a los otros. El sistema tierra, como nos dice Latour, reacciona a las acciones humanas, y ya es hora de que “los terrestres descubran de qué otros seres necesitan para subsistir” y aprendan “a depender de ellos”, voy trazando a grandes pinceladas, apenas con alfileres, la que es una argumentación mucho más compleja. No pretende este ensayo, como señala el autor, adelantarse a la Historia. Estamos en pleno proceso de metamorfosis, lo importante es estar al tanto, asumirlo, prepararnos.
Claro que hay iniciativas de futuro: regreso al suelo, recuperación de lo rural, resurgimiento de lo común…, pero el sentido de identidad y la fortaleza de las fronteras se impone; aún siguen brillando demasiado las viejas premisas de lo Global; aún estamos lejos de atisbar que otro régimen reemplazará al capitalismo, para lo cual será esencial definir claramente “nuestros intereses, reivindicaciones y quejas”, como en su día hicieron los prerrevolucionarios, voy siguiendo el hilo argumental de Bruno Latour, quien dedica el capítulo final de su ensayo a dibujar la Europa en la que a él le gustaría poder aterrizar, una “Europa que retome el hilo de su propia historia”; que “con su entramado de reglamentos”, de “superposición de intereses nacionales”, ha desarrollado “un complejo ecosistema” que puede señalar la vía para abordar “la mutación ecológica que cabalga por encima de todas las fronteras”.
Aún siguen brillando demasiado las viejas premisas de lo Global; aún estamos lejos de atisbar que otro régimen reemplazará al capitalismo, para lo cual será esencial definir claramente “nuestros intereses, reivindicaciones y quejas”.
Pese a sus afilados análisis, hay esperanza en las palabras de este hombre que sigue confiando, como Rob Riemen, en el sentido de solidaridad y justicia del ser humano, en las raíces del humanismo como inspiración. De hecho, esta parte del libro es una especia de giro, un soplo de fe, de confianza. “Si la primera Europa Unida se hizo por abajo –el carbón, el hierro y el acero–, la segunda se hará también por abajo, la humilde materia de un suelo un poco duradero. Si la primera Europa Unida se hizo para dar una casa común a los millones de personas desplazadas, como se decía al final de la última guerra, entonces la segunda se hará por y para las personas desplazadas de hoy”.
¿Inimaginable, imposible, utópico? Entiendo que, puedan caber estas preguntas ante la exposición del ensayista, cuando comprobamos que en los países europeos aumenta el sentimiento xenófobo. Pero, ¿acaso para afrontar los desafíos que tenemos por delante no se hace necesario el cultivo de la esperanza, la capacidad de imaginar, de creer, en nuevos órdenes y trazados? La crítica que realiza el filósofo de nuestras sociedades, su enojo ante el presente, resultan demoledores, son una especie de aldabonazo que nos induce a reaccionar, pero su anhelo de “autoconstrucción” (aquí os recomiendo el ensayo de Jorge Riechmann que lleva precisamente esa palabra como título, que también nos alerta sobre la necesidad urgente de cambio), es también muy potente.
“¡Sin alma, Europa! ¡Qué mal la conocéis! Habla decenas de idiomas –y gracias a los refugiados, miles–. Ocupa de sur a norte y de este a oeste centenares de ecosistemas diferentes. Tiene en todas partes, en cada pliegue de terreno, en cada esquina, la huella de batallas que han vinculado a cada uno de sus habitantes con todos los demás…”, expone apasionadamente Bruno Latour, y nos dice que, entre otras muchas razones, “nada mejor que un Viejo Continente que ha saboreado durante siglos el pan de la democracia, para recuperar lo que es común y aceptar, temblando, que hoy la condición universal consiste en vivir en las ruinas de la modernidad buscando a tientas dónde habitar”.
“Dónde aterrizar. Cómo orientarse en política”, de Bruno Latour, ha sido publicado por Taurus, traducido por Pablo Cuartas.
Richard Wilkinson y Kate Pickett, hacia las sociedades de la Igualdad
Los investigadores Richard Wilkinson y Kate Pickett (Reino Unido, 1943, 1965, respectivamente) son los autores de Igualdad, un ensayo subtítulado Cómo las sociedades + igualitarias mejoran el bienestar colectivo. Ambos, referencias en el ámbito de la economía, la medicina y las ciencias sociales, promotores de la organización Equality Trust, dedicada a la comprensión pública de los efectos de la desigualdad, han elaborado un clarificador y exhaustivo análisis donde se parte de datos y estudios recientes sobre el tema. Estamos ante una obra de cariz científico y divulgativo, que dialoga con la de Bruno Latour, ya que ambas se complementan y contribuyen a proporcionarnos un mapa bastante completo del momento en el que nos encontramos, de la conexión indiscutible entre unos fenómenos y otros.

Estamos ante una entrega que continúa y completa las búsquedas y logros de un título anterior, Desigualdad, donde, como se indica en el texto introductorio firmado por el sociólogo español, experto en estudios de la pobreza, Pau Marí-Klose, se ofrecía “un catálogo inacabable de escenarios sociales indeseables asociados a la desigualdad” y se demostraba que “en las sociedades con brechas de ingresos más grandes entre ricos y pobres, la salud general de la población se resiente”. Los autores trazan un recorrido que actúa como un espejo en el que reflejarnos, desmontando la estupidez de muchas de las tesis y erróneos valores sobre los que se apuntala el modo de vida en las sociedades del capitalismo. Como nos dicen, “una mayor igualdad no solo contribuye al bienestar de poblaciones enteras, sino que allana el camino de la sostenibilidad, atenuando el impacto ambiental sobre dichas poblaciones”.
Wilkinson y Pickett van, paso a paso, identificando problemas y falsas creencias, dando interesantísimas vueltas de tuerca, ofreciendo argumentos que desmienten muchas verdades asumidas, por ejemplo la idea de que el crecimiento económico y el bienestar van de la mano. Nos dicen, basándose en “un amplio y creciente conjunto de pruebas”, que cuando las sociedades alcanzan determinados niveles de prosperidad, como sucede en los países del Primer Mundo, “el crecimiento ha concluido en gran medida su trabajo”; que “los índices de calidad de vida demuestran que el aumento del nivel de vida medio en los países ricos ya no mejora el bienestar”. Y, esta constatación, que no solemos ver reflejada en los medios, supone un punto de inflexión importante para el desarrollo humano, porque a lo largo de la historia de la humanidad, “más” siempre ha significado “mejor”. Es pues el momento, y aquí se alinean los autores con Bruno Latour y con tantos economistas y filósofos que apuestan por el decrecimiento, de optar por poner límites al crecimiento.
“Una mayor igualdad no solo contribuye al bienestar de poblaciones enteras, sino que allana el camino de la sostenibilidad, atenuando el impacto ambiental sobre dichas poblaciones”, demuestran los investigadores Richard Wilkinson y Kate Pickett.
Es imprescindible para avanzar por el buen camino, en este tiempo de mutación ecológica, cuando los recursos escasean y la producción frenética, acelerada, nos conduce a la catástrofe planetaria; pero también lo es por motivos de salud. “Una vez satisfechas las necesidades más básicas, el aumento de ingresos solo produce rendimientos decrecientes (…) Cuanto más tenemos de partida, menos influye en nuestro bienestar el incremento del consumo. Es decir, que podemos incluso cansarnos de las cosas buenas”, señalan los investigadores, quienes nos conducen a un concepto esencial para entender nuestra perniciosa forma de vivir y de relacionarnos, “la competición por el estatus”, una práctica que “sigue impulsando a todo el mundo a ambicionar mayores ingresos , aunque eso ya no contribuya al bienestar de la población en su conjunto y produzca un daño grave al medio ambiente”.
Frente a quienes sostienen que reducir el crecimiento perjudicaría a la innovación y el avance de la tecnología, nuestros autores indican que esta debería estar al servicio de un objetivo urgente: desarrollar modos de vida más limpios y eficientes en el uso de los recursos. “Más que aumentar la economía lo que necesitamos es aumentar el bienestar sostenible. Y, como la continua innovación incrementa la productividad, debemos emplearla para aumentar el tiempo de ocio en lugar del consumo”, argumentan, abriendo el camino a un nuevo tipo de sociedades en las que disfrutemos del auténtico bienestar, basado en “ese tiempo de ocio liberado de las imposiciones de la necesidad y compartido con los amigos, la familia y la comunidad, o dedicado a hacer aquello con lo que disfrutamos”.

Llegados a este punto, me permito hacer un inciso, una reflexión que parte de mi propia experiencia. Acostumbro a debatir sobre este tipo de temas con gente cercana y suelo encontrarme con el escepticismo y la resignación como principales respuestas, con el convencimiento de que nada de esto es posible, de que no hay forma de cambiar un sistema con el que, en el fondo, todos parecen estar encantados. El cinismo imperante conduce a calificar de utópico e ilusorio todo aquello que se salta los esquemas habituales. Por eso este libro, tan enriquecedor para cualquier persona despierta, con deseos de comprender, de avanzar hacia nuevos horizontes, es especialmente revelador para toda esa mayoría de población que se resigna, que niega, que no se quiere enterar de que el cambio climático requiere otra economía y que, a título personal, seremos más felices como colectivo cuando logremos superar la idea de “estatus”, el temor a la “evaluación social”, como pilares de nuestras vidas, porque disminuirán los grados de ansiedad, de estrés, que nos atenazan.
“Es llamativo que el período en el que se ha demostrado que el crecimiento económico de los países ricos ha concluido en gran medida su función transformadora de la calidad de vida de la gente haya coincidido con el momento en que empezamos a tomar conciencia de los límites medioambientales del crecimiento”, voy leyendo. Nadie se está inventando ni exagerando nada. Richard Wilkinson y Kate Pickett recurren a informes y datos incontestables para dar cuenta de la urgencia de una lucha efectiva contra el calentamiento global, que “se está produciendo más deprisa de lo previsto”.
“En el año 2009 el Foro Humanitario Global con sede en Ginebra, estimaba que entre olas de calor, sequías, escasez de agua e inundaciones, el cambio climático ya estaba produciendo 300.000 muertes anuales y había obligado a desplazarse a 26 millones de personas; se considera probable que el número de muertes se triplique en la década de 2020. El 90% de estas muertes se produjeron en países en desarrollo, no en los países ricos, que son los que producen las mayores emisiones de carbono per cápita. La OMS ha calculado que, entre 2030 y 2050, las inundaciones, sequías y pérdidas de cultivos derivadas del calentamiento global causarán otras 25.000 muertes adicionales…”, nos transmiten los autores. ¿Alarmismo? No, simplemente la realidad, los datos que tanto reclaman quienes prefieren tacharlo todo de catastrofismo.
La pareja de investigadores plantea buscar las razones por las que, “a pesar de que los costes del cambio climático y la destrucción del medio ambiente empiezan a ser aterradoramente tangibles, siguen sin adoptarse las medidas políticas urgentes que permitirían poner fin a esta crisis”. Y responden que, “aparte de la negación del cambio climático, una de las principales razones es que las reducción de las emisiones de carbono se percibe como la desagradable necesidad de apretarse el cinturón”.
Aquí es donde entramos todos, aquí se trata también de responsabilidad ciudadana. Quedarse con la idea de que cualquier cambio supone un deterioro del nivel de vida, es una opción no solo egoísta, sino estúpida. El camino es la concienciación a través de una buena información que hay que buscar en medios serios, independientes, no sujetos a intereses (miremos hacia webs alternativas). Pero eso es algo que muy poca gente hace. Libros como este deberían tener mucha más repercusión, abrir más debates, en los periódicos, en los informativos de televisión, en las redes sociales. “La sostenibilidad se acepta cuando se presenta como un modo de prolongar lo más posible el actual modelo de vida, haciendo caso omiso de las amenazas que está señalando la ciencia climática. La verdad, sin embargo, es muy diferente. La sostenibilidad se nos escapará de las manos si no acometemos cambios fundamentales en la organización social (…) si no somos capaces de cambiar el modo de impulsar la economía y el modo de vida vamos directos al desastre (…) No es posible seguir haciendo las cosas como hasta ahora…”, advierten los autores.
«Aparte de la negación del cambio climático, una de las principales razones para no tomar medidas políticas urgentes frente al cambio climático es que las reducción de las emisiones de carbono se percibe como la desagradable necesidad de apretarse el cinturón”.
Todas las circunstancias, todos los conflictos a los que nos enfrentamos, son analizados concienzudamente en esta entrega que repasa los diferentes tipos de economía que han ido definiendo las sociedades a lo largo del tiempo. El recorrido es una invitación a recuperar capítulos del pasado para identificar los cambios de modelo y reflexionar sobre determinados comportamientos y actitudes del ayer. Miremos, por ejemplo, a las poblaciones de cazadores y recolectores que “anteponían el ocio a un mayor nivel de consumo y normalmente conseguían todo el alimento necesario en dos o cuatro horas al día”. No, no se trata, de retornar a esa época, pero sí de reconocer la estupidez de las sociedades de la abundancia, donde tener más significa disponer de menos tiempo para “ser” (el tiempo, el gran lujo de nuestra época).
Todo el camino, todo el trazado de esta obra, nos conduce a entender y afianzar su tesis: todos saldremos beneficiados, todos ganaremos, si avanzamos hacia sociedades más igualitarias. A mayor igualdad, más salud emocional, más seguridad y menos violencia, más empatía y menos envidia, más capacidad de afianzar los lazos comunitarios, de actuar por el bien común. Todos estos puntos son ampliamente analizados, contrastados, por los autores, quienes nos dicen: “Reducir el consumismo, y el daño que causa a nuestro bolsillo y al planeta, pasa necesariamente por disminuir la desigualdad que intensifica la competición por el estatus”.
¿Qué podemos hacer para construir un mundo mejor?, es la gran pregunta que abre el capítulo final del libro. “La elección a la que nos enfrentamos es si expandir la dimensión jerárquica y vertical de nuestras sociedades o la igualitaria y horizontal; si aumentar la desigualdad y las divisiones por el estatus o reducirlas; si incrementar las apariencias de superioridad e inferioridad o rebajarlas y mejorar la calidad de las relaciones y el bienestar de toda la sociedad”, argumentan Richard Wilkinson y Kate Pickett. Os propongo el sano ejercicio de identificar vuestras posiciones y anhelos, de definir cuál es vuestro ideal de sociedad. Leer este libro, os lo aseguro, os ayudará. Empezamos a visibilizar los problemas, los engaños. Algo empieza a moverse, hay acciones y agitaciones en la opinión pública a favor de la Justicia Social, del Salario Digno, de la Renta Básica, de la ayuda a la creación de cooperativas de trabajadores que poco a poco vayan sustituyendo el modelo tradicional de las empresas…, pero los retos son demasiado poderosos, “los cambios que debemos acometer son de una magnitud abrumadora”, indican los investigadores.
A mayor igualdad, más salud emocional, más seguridad y menos violencia, más empatía y menos envidia, más capacidad de afianzar los lazos comunitarios, de actuar por el bien común.
Antes de poner el punto final, no me resisto a transcribir algunos fragmentos especialmente reveladores de Igualdad:
– “En los años de la Gran Depresión, cuando el presidente Roosevelt introdujo el New Deal en Estados Unidos y redujo drásticamente las diferencias de ingresos, explicó a los industriales y a los ricos que para preservar el sistema había que reformarlo. De hecho, a veces se dice que fue Roosevelt quien salvó al capitalismo de sí mismo. La reducción de la desigualdad fue así el resultado tanto de un movimiento colectivo que unió a la gente en torno a un sentido de identidad y un objetivo común, como de la amenaza que dicho movimiento entrañaba. Los millones de personas que hoy sufren las consecuencias de la desigualdad no han logrado hasta ahora constituirse como una fuerza social progresista, unidas por una causa común y unas necesidades que es urgente atender…”
– “El aumento de la desigualdad alrededor de 1980 es ampliamente atribuible a la fuerza política de la ideología neoliberal propugnada y promulgada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. En todos los países, los esfuerzos legislativos se centraron en debilitar el poder de los sindicatos. La privatización de los servicios, el transporte y las mutualidades produjo un rápido crecimiento de las diferencias salariales, a la vez que los impuestos sobre la riqueza se recortaban drásticamente…”
– “Hemos alcanzado niveles de comodidad física sin precedentes y, sin embargo, soportamos una inmensa carga de infelicidad y enfermedad mental. La meritocracia, que modela nuestras aspiraciones y define el éxito, ha resultado ser un anacronismo ampliamente basado en una falsedad. Las relaciones internacionales siguen estando presididas por la creencia de que es mejor mantener el gasto militar –generalmente contraproducente– que desarrollar la cooperación y el apoyo mutuo a escala internacional. Y, a falta de un marco propicio, somos incapaces de resolver la creciente lista de problemas planetarios como el cambio climático, el aumento de los flujos de refugiados y migrantes desesperados, el poder antidemocrático y sin freno de las multinacionales…”
– “El volumen de negocio de muchas compañías multinacionales supera el PIB de numerosos países. Unas pocas se sitúan incluso por encima de Estados como Noruega y Nueva Zelanda; sin embargo, no tienen ninguna responsabilidad democrática y a menudo pagan pocos impuestos o no los pagan (…) No podemos olvidar que estas empresas dependen del conjunto de las infraestructuras financiadas con fondos públicos, desde los sistemas de transporte a la educación y la policía, que se financian con los impuestos que otros pagan”.
– “La democratización de la economía debe convertirse en un objetivo públicamente reconocido. Todos los políticos progresistas tienen que propugnarla y defenderla como el siguiente gran paso en el progreso de la humanidad. Necesitamos que la población comprenda que esto forma parte de la transición hacia un futuro sostenible y capaz de ofrecer una calidad de vida superior a la que tenemos hoy. Más que una revolución, lo que hace falta es una transformación gradual y de largo alcance”.
“Igualdad. Cómo las sociedades + igualitarias mejoran el bienestar colectivo”, de Richard Wilkinson y Kate Pickett, con prólogo de Pau Marí-Kose, ha sido publicado por Capitán Swing. La traducción ha corrido a cargo de Catalina Martínez Muñoz.










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