La alegría de leer a Victoria Ocampo

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Por Emma Rodríguez © 2016 / Victoria Ocampo habla de la “familia espiritual”, de esos autores de la literatura, del pensamiento, con los que dialogamos profundamente, de los que nos sentimos cómplices, afines. Yo quiero empezar este artículo declarando que en estos momentos, después de un mes en su compañía, puedo afirmar que Victoria Ocampo forma parte de mi familia espiritual, porque en muchas de sus palabras, de sus vaivenes emocionales, de sus anhelos, me reconozco, y porque sus reflexiones, sus búsquedas, sus contradicciones, al llegar a mis manos tanto tiempo después de que ella las pusiera por escrito, me ayudan a entender actitudes vitales, a recobrar sentimientos dormidos, a iniciar una conversación, insisto, con alguien a quien creo comprender y a quien no puedo dejar de admirar.

Lectora voraz, crítica severa, Ocampo, quien confesara que no le gustaba escribir “más que sobre aquellas cosas, o seres”, que por defectos que tuvieran, le gustaran del todo, tituló uno de sus textos, La alegría de leer a Rabindranath Tagore, poeta de referencia para ella. Yo me permito hacer uso del mismo encabezamiento para declarar mi alegría al leer, al descubrir, a una mujer que siempre me había atraído, a la que conocía a través de retazos y retratos de quienes la trataron, entre ellos de otro miembro de mi familia espiritual, Francisco Ayala, que durante su exilio en Argentina, la frecuentó como directora de la revista SUR, dejando testimonio de ello en sus Recuerdos y olvidos, donde ella aparece en el centro de un grupo mítico de intelectuales y escritores: Borges, Bioy Casares, su hermana Silvina Ocampo

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Poco más sabía yo del recorrido de Victoria Ocampo, de su vida, de sus escritos memorialísticos. Encontrarme con sus confidencias, con sus arrebatos, con sus admiraciones, con sus desencantos, ha sido para mí un regalo posible gracias a la publicación de parte de su Autobiografía y Testimonios en un cuidado volumen de la colección Obra Fundamental de la Fundación Banco de Santander. Una simple palabra, Darse, elegida por el escritor Carlos Pardo, responsable de la edición y del prólogo, da título del tomo y dice mucho de una manera de estar en el mundo apasionada, abierta, generosa. Al hilo de la lectura de esta entrega he estado buscando declaraciones y fotografías que me acercaran más al objeto de mi atención y me he encontrado, más de una vez, con el retrato de una mujer de carácter, temperamental, arrogante, egocéntrica, incluso irascible en ocasiones, como si todo ello fuese negativo o le restase valor. Nada que ver con la persona que se muestra ante mí tras sus confesiones, que habla el lenguaje de la sinceridad, que abre las cortinas de su intimidad, de su corazón. En mi opinión esos rasgos de carácter con los que se la suele adornar, y que no pongo en duda, no dicen nada si no se los complementa con otros como la intuición, la inteligencia, la sagacidad, la capacidad de empatía, el entusiasmo, la rebeldía, la autenticidad. Es todo junto lo que acaba trazando el perfil de alguien que no se dejó domar por los prejuicios de su tiempo, que tomó las riendas de su vida y perfiló su propio camino.

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De Victoria Ocampo se destaca también, frecuentemente, su alta posición social, su fortuna, sus privilegios, como si su labor de dinamizadora cultural, de mecenas convencida, de descubridora de talentos, fuese fruto de los caprichos de una dama acomodada (Carlos Pardo en el prólogo menciona, para desmontarlos, calificativos comunes como el de “groupie intelectual”, “pija acaudalada” o “aristócrata superficial”). Pero, ¿cuántas mujeres fueron capaces de leer como ella; cuántas en su situación emplearon su herencia en acometer la hazaña de lanzar una revista literaria en los años 30 del siglo pasado, una publicación de largo recorrido, única en su género, capaz de lanzar un puente entre Latinoamérica y otras culturas?

Victoria Ocampo, 1939

He sentido la necesidad de acometer este preludio porque a menudo me molestan las simplicidades al abordar a un personaje, los lugares comunes, repetidos una y otra vez, la aceptación de que determinadas actitudes merecen el insulto. Compleja y contradictoria, feminista convencida, adelantada a su tiempo en usos y costumbres, incapaz de aceptar la sumisión de un matrimonio convencional y dispuesta a renunciar a la maternidad porque no concebía tener hijos que no fuesen fruto del gran amor, un amor que ella vivió en la clandestinidad, la Victoria Ocampo con la que yo me he encontrado vivió y se entregó plenamente a los goces de la vida, pero también aceptó el sufrimiento que le deparaban sus firmes principios, sus deseos y decisiones. Señala Carlos Pardo que las memorias de Ocampo contagian las ganas de vivirpor una fortaleza que asume el dolor pero no el desánimo”. Estoy de acuerdo con él. Contagiar la alegría de vivir. He aquí uno de los regalos del libro que ahora vuelvo a recorrer para poner en orden mis apreciaciones. Aplaudo al prologuista por contribuir a echar abajo algunos de los tópicos en los que antes he reparado y otros muchos clichés sobre nuestra protagonista, por ejemplo el hecho de que se la reduzca a fundadora de SUR y se salte por encima de sus indudables méritos como escritora.

Victoria Ocampo y Stravinsky
Victoria Ocampo y Stravinsky

Victoria leía a los clásicos para construirse, pero dio un paso más. Aquí, como en tantos otros momentos, la guiaba la intuición, que no es sino una manera veloz de la inteligencia: en contra de un mundo que no valoraba la escritura autobiográfica, y menos de una mujer, Victoria escribió sin la garantía de éxito una de las primeras biografías en nuestro idioma verdaderamente sinceras. “Muy pocas mujeres las han escrito interesantes y veraces”, le había dicho Virginia Woolf por carta, y Victoria asumió la tarea”, señala Pardo, quien más adelante dice: “Es raro encontrar una página de Ocampo sin intensidad”.

De Victoria Ocampo se destaca, frecuentemente, su alta posición social, su fortuna, sus privilegios, como si su labor de dinamizadora cultural, de mecenas convencida, de descubridora de talentos, fuese fruto de los caprichos de una dama acomodada. El escritor Carlos Pardo, en el prólogo de “Darse”, su tomo autobiográfico recién publicado, menciona, para desmontarlos, calificativos comunes como el de “groupie intelectual”, “pija acaudalada” o “aristócrata superficial”.

Hay intensidad, sí, en este recorrido que atraviesa el tiempo sin perder un ápice de fuerza. Contemplo el rostro, los ademanes de Victoria Ocampo (1890-1979) en múltiples fotografías: desafiante en una imagen con pamela, fechada en 1917; subida a un automóvil, ella que fue de las primeras mujeres en conducir en el Buenos Aires de principios de siglo; sentada en el suelo, al lado de Tagore en 1930; paseando con Borges y Bioy Casares, que fuera su cuñado; con Stravinsky apoyado en su hombro o, ya en la última etapa de su vida, a los 80 años, con sus inseparables gafas de montura blanca… Distintos momentos y edades de una mujer que, si bien, como ella misma reconocía, no estaba dotada para la fabulación, supo contar su propia vida otorgándole la hondura, la tensión, de las grandes novelas.

Entremos pues en las páginas de esta vida que tanto nos revelan y enseñan. ¿Qué encontramos en ellas? ¿De entre todos mis deslumbramientos que os puedo transmitir para animaros a recorrerlas, a descubrir a vuestra propia Victoria Ocampo? ¿Qué es lo que a mí tanto me ha gustado y por qué? Comenzaba este texto hablando del diálogo que entablamos con los libros, con los autores que de verdad nos enamoran. Vuelvo a la idea para deciros algo que ya sabéis, que seguramente os ha pasado en alguna ocasión: el diálogo, la afinidad puede llegar a ser tal, que, en el momento de leer, vislumbramos paisajes, reflexiones, coincidencias, voces, que el autor o autora luego se encargará de corroborar. En este caso, mientras, absolutamente entregada, seguía el capítulo en el que Victoria Ocampo narra los comienzos de su relación con Julián Martínez, primo de su marido y el gran amor de su vida, los continuos episodios de celos por el pasado de seductor de éste, las peleas y los reencuentros, la seguridad de haber encontrado la pasión y la ternura y el hondo pesar por tener que vivir todo eso a escondidas, como adúltera, frente a una sociedad cerrada y machista, pensaba yo en la manera tan proustiana de contar todo eso.

EL AMOR Y PROUST

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La capacidad de la autora para explorar los sentimientos, los estados del alma en todas sus variantes, la pervivencia de los recuerdos, de los fogonazos de felicidad, me hacía sentir las mismas sensaciones, el mismo estremecimiento, que depara la lectura de Proust. Cuál sería mi sorpresa cuando es ella misma quien confiesa que “sufría de unos celos retrospectivos, a lo Proust”, antes de conocer al escritor, pues En busca del tiempo perdido se publicó en 1914, “en plena guerra”, cuando ella vivía la plenitud de su amor. “Nadie ha analizado el fenómeno de los celos como Proust”, señala más adelante, sintiéndose del todo cercana al escritor, asegurando que tuvo que hacer esperar la inmersión profunda en su obra, una vez descubierta, porque “la semejanza en el sentir” le impedía “leerlo a sangre fría”.

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El pasado de J., dormido en él, vivía en mí de manera aguda. Este intercambio de carga del pasado es fatal entre amantes que padecen de amor pasión. Nos habíamos encontrado a alturas muy distintas de nuestras vidas, con una experiencia sin relación una con otra, ni equilibrio...”, confiesa en La rama de  Salzburgo, un capítulo absolutamente maravilloso donde Victoria Ocampo habla de su relación excepcional con Julián Martínez, una relación que se prolongó hasta la muerte de él, en la que los dos compartían el mismo lenguaje emocional, que le descubrió la fuerza del deseo y de la ternura y que con el tiempo se transformó en una amistad cómplice (transformación que también ocupa reflexiones muy enriquecedoras).

En “La rama de  Salzburgo”, un capítulo absolutamente maravilloso, Victoria Ocampo habla de su relación excepcional con Julián Martínez, una relación que se prolongó hasta la muerte de él, en la que los dos compartían el mismo lenguaje emocional, que le descubrió la fuerza del deseo y de la ternura y que con el tiempo se transformó en una amistad cómplice.

Victoria Ocampo en la playa, en 1924.Es absolutamente reveladora esta franja de sus memorias en la que desnuda por completo sus sentimientos y habla sin tapujos, reconociendo el error de su matrimonio con Luis Bernardo de Estrada, un matrimonio que la decepcionó desde un primer momento porque enseguida, en el viaje a Europa de luna de miel, descubrió que, tras el flechazo inicial, había una total falta de afinidades, y fue consciente de la soledad que se puede experimentar viviendo en pareja, así como de las mordazas que le impedían desarrollarse más allá de las obligaciones de mujer casada. No era el destino de Victoria Ocampo sucumbir a la pasividad y sumisión que se le exigían y fue su sublevación ante todo eso lo que consolidó su espíritu rebelde.

Es maravilloso este capítulo que provoca emociones a raudales, lleno de escenas inolvidables que no quiero desvelar (si habéis llegado hasta aquí espero haber despertado vuestro deseo de sumergiros en el territorio Ocampo). Pero no puedo evitar referirme a un gesto que nuestra protagonista evoca cuando escribe sus memorias, un simple gesto capaz de encerrar algo grandioso. Después de un fuerte desencuentro con Julián Martínez ambos van en coche y él pasa su brazo tras la espalda de ella. “Siguió manejando con una sola mano, mudo. Besé la mano que estaba cerca de mi boca, sin atreverme a hablar, a llorar, sin moverme casi. Entraba en puntas de pie en una felicidad que no creía recuperable, por haberla puesto en peligro. El gesto de aquel brazo ha quedado vivo en mí a través del tiempo, de la separación y de la muerte”.

Su matrimonio con Luis Bernardo de Estrada la decepcionó desde un primer momento porque enseguida, en el viaje a Europa de luna de miel, descubrió que, tras el flechazo inicial, había una total falta de afinidades, y fue consciente de la soledad que se puede experimentar viviendo en pareja, así como de las mordazas que le impedían desarrollarse más allá de las obligaciones de mujer casada.

Este capítulo sublime, insisto, merece que lo pongamos en el altar de la gran literatura, más allá de los géneros, porque rebasa las fronteras de lo confesional, porque Virginia Ocampo, que tanto dudó de sus dones de escritora, consigue novelar su vida, explorar esas profundidades del alma de las que tanto ha bebido, y sigue bebiendo, la ficción. Ella parte de sus vivencias, adopta la primera persona para escribir de lo que ha conocido, de lo que ha sentido. Bien pertrechada con las armas de la experiencia, de la autenticidad, consigue conmovernos e iluminarnos.

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Victoria Ocampo con Tagore
Victoria Ocampo con Tagore

He querido muy pronto centrar la atención en el amor, porque el amor es el argumento de fondo, la línea vertebral que atraviesa este tomo de memorias, que lo convierte en irresistible. Hablar de los sentimientos, de las relaciones, es uno de los puntos fuertes de la autora, quien mantuvo estrechos lazos de complicidad, encuentros y desencuentros, con escritores e intelectuales como Ortega y Gasset, Rabindranath Tagore, André Gide o el filósofo alemán Hermann Keyserling, a quien admiró por sus libros y acabó detestando como ser humano por su prepotencia, por su incapacidad para asumir que la admiración que ella sentía por su obra no tenía que traducirse en una relación sexual. “¿Por qué a este báltico se le habrá metido en la cabeza enamorarme?”, se preguntaba.

Ocampo mantuvo estrechos lazos de complicidad, encuentros y desencuentros, con escritores e intelectuales como Ortega y Gasset, Rabindranath Tagore, André Gide o el filósofo alemán Hermann Keyserling, a quien admiró por sus libros y acabó detestando como ser humano por su prepotencia, por su incapacidad para asumir que la admiración que ella sentía por su obra no tenía que traducirse en una relación sexual.

La amistad intelectual, la conversación inteligente, la lectura cómplice, y, sobre todo, la búsqueda de la energía espiritual, fueron esenciales en el trayecto de Victoria Ocampo, de ahí lo que le fascinó la obra de Keyserling; de ahí su conexión con Tagore, que se sintió atraído por ella, aunque su amor por él fuese de cariz “enteramente espiritual”, y su veneración por figuras como Gandhi o Lawrence de Arabia (sobre todos ellos hay constantes referencias y textos formidables en la selección realizada por Carlos Pardo, tanto en la parte autobiográfica como en el apartado de testimonios, que incluye los artículos publicados en su día por la autora, quien también publicó libros de ensayo y crítica literaria).

tagore-with-victoria-ocampoDesprejuiciada, auténtica, ocurrente, intuitiva, sensible, exigente, muy crítica consigo misma y con los demás. Así es la Virginia Ocampo que nos encontramos en este libro y que podemos conocer un poco a través de sus pensamientos, de sus confesiones, de sus diálogos y las cartas que cruzó con los otros. Hay otra, la dominante, poderosa, caprichosa, incluso irascible, en retratos ajenos, pero aquí se trata de sacar a la luz lo que ella, que decidió escribir lo fundamental de su vida para que ningún biógrafo se le adelantara, nos ha legado.

DRIEU LA ROCHELLE, MUSSOLINI, NÚREMBERG

Victoria Ocampo. Fotografía por Schonfeld, 1930
Victoria Ocampo. Fotografía por Schonfeld, 1930

En el plano de los múltiples intercambios amistosos y afectivos que mantuvo la fundadora de SUR destaca la atormentada relación que vivió con el escritor Pierre Drieu la Rochelle, al que se refiere, en una narración también de tono proustiano, como “ese hombre por quien sentía un enternecimiento (más que ternura) y sin embargo del que aborrecía buen número de ideas”. Fue la suya una relación hecha de admiración y de desacuerdos, atravesada por la dureza de la Historia, por la gran herida que abrió en el corazón de Europa la II Guerra Mundial, por el fatal destino del novelista, que se adscribió a los principios del nazismo y, tras la derrota, puso fin a sus angustias e incertidumbres suicidándose.

Hay una carta muy reveladora, capaz de transportarnos a esos momentos trágicos, en los que tantos intelectuales se sintieron confundidos ideológicamente, en la que Ocampo le dice al autor de El fuego fatuo: “Me pregunto si en materia de política no te encuentras hoy en el mismo estado de ánimo en que te encontré hace algunos años con respecto a las mujeres. Es imposible que estés verdaderamente enamorado de esa cosa que se llama “fascismo”. Es simplemente un error de tu parte. Te digo, no creo que el fascismo aniquile menos que el comunismo las posibilidades de la libertad y del espíritu. Lo que un Mussolini piensa (eso que yo he sentido cuando yo conversé con él en 1934 es menos el resultado de las palabras que pronunció que el efecto de su presencia real, lo que emanaba de él me horripila…”

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En esa entrevista con el dictador italiano que cita, de la que habla más ampliamente en otro momento, y que tuvo lugar porque fue invitada al país a impartir unas conferencias en distintas universidades, junto al escritor y diplomático Eduardo Mallea, Ocampo preguntó a Mussolini sobre la situación de las mujeres en su régimen, y por supuesto quedó absolutamente horrorizada con las respuestas. En el plano histórico y político hay otro acontecimiento importante, su asistencia a los juicios de Núremberg, incluido en la serie de los
Testimonios.

Esta vez se trata de un texto de tono kafkiano, en el que Ocampo llega a la Alemania de después de la catástrofe, describe la ruina y la pobreza de unas gentes que miran con desprecio su elegante atuendo (“comprendí en Núremberg lo que es vivir en un país de vencidos en que fermentan los rencores”, escribe) y se adentra por largos, interminables, corredores, hasta llegar a la famosa sala del proceso, donde ese día se juzga a Alfred Jodl, mientras permanecen sentados los hace nada temibles Goering, Hess, Keitel y Ribbentrop. Como testigo ella tiene la oportunidad de ver, observar los gestos y analizar las actitudes de quienes ya están desposeídos de todo poder y han de ser sentenciados por sus crímenes. No puede dejar de pensar que no hay ninguna mujer entre los jueces. Y argumenta: “Todo en esta sala me prueba que se trata de un asunto que se ventila entre hombres solos (…) No se ha contado con la presencia femenina (…) hasta ahora el fracaso de los hombres en materia de represión o prevención de los crímenes de guerra, y de la guerra sencillamente –que es siempre crimen–, ha sido estrepitoso. Preguntar a las mujeres qué opinan sobre estas cuestiones, permitirles intervenir en ellas, no comporta ningún peligro y puede ofrecer ventajas insospechadas”.

EL FEMINISMO Y VIRGINIA WOOLF

El punto de vista feminista de Victoria Ocampo asoma una y otra vez en sus textos. Ella, que en 1936, fue una de las fundadoras de la Unión Argentina de Mujeres, que contribuyó activamente a impedir la reforma de la ley 11357, maniobra que pretendía que las mujeres casadas no gozarán de derechos civiles y dependieran del todo de sus maridos; ella, que fue la primera mujer miembro de la Academia argentina de Letras, ella, de la que Borges dijo que “supo ser individuo en un mundo de hombres donde las mujeres eran genéricas”, defendió siempre que pudo, en todos los ámbitos a su alcance, la igualdad. Hay concretamente un artículo, titulado La mujer y su expresión, transcripción de una conferencia radiotelefónica dirigida al público de España y Argentina en 1936, donde, a partir de su negativa a aceptar el monólogo masculino y la ausencia de conversación entre los sexos, sostiene: “Estoy convencida de que la mujer se expresa también, de que se ha expresado ya maravillosamente, fuera del terreno de la ciencia y de las artes. Que esta expresión ha enriquecido, en todos los tiempos la existencia, y que ha sido tan importante en la historia de la humanidad como la expresión del hombre, aunque de una calidad secreta y sutil menos llamativa”.

Ocampo reflexiona sobre la maternidad, sobre la manera en que ha recaído en las madres la responsabilidad de modelar a sus hijos, de dejar su sello impreso en las nuevas generaciones. Y cita a mujeres como Marie Curie, Virginia Woolf, Gabriela Mistral y María de Maeztu, como ejemplos del talento femenino, de la creatividad y capacidad de las féminas para levantar sus voces por encima de los obstáculos impuestos. No es fácil resumir esta compleja exposición en la que, tras un amplio rodeo, la conferenciante llama a las mujeres a hablar de sí mismas haciendo uso de la escritura. “Es fácil comprobar que hasta ahora la mujer ha hablado muy poco de sí misma, directamente. Los hombres han hablado enormemente de ella, por necesidad de compensación sin duda, pero, desde luego y fatalmente, a través de sí mismos, a través de la gratitud o la decepción, a través del entusiasmo o la amargura que este ángel o este demonio dejaba en su corazón, en su alma y en su espíritu. Se les puede elogiar por muchas cosas, pero nunca por una profunda imparcialidad acerca de este tema”, argumenta. Y prosigue: “Y es a la mujer a quien le toca no solo descubrir este continente inexplorado que ella representa sino hablar del hombre, a su vez, en calidad de testigo sospechoso. Si lo consigue, la literatura mundial se enriquecerá incalculablemente”.

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Creía Victoria Ocampo que no podían darse transformaciones radicales en la sociedad sin que hubiese cambios manifiestos en la situación de las mujeres; consideraba que su generación, y la que había de seguirla, aún por nacer, estaban destinadas a preparar y volver inminente ese “milagro”. Su deseo sigue, en muchos aspectos, sin cumplirse –la igualdad está lejos de ser un hecho, incluso en Occidente–, y, precisamente por eso, su voz acompaña, estimula y suena tan fresca, tan actual. A buen seguro, sobre estos asuntos sostuvo largas conversaciones la autora con las ya citadas Gabriela Mistral y María de Maeztu, que fueron amigas y cómplices. A ambas las respetaba y admiraba, del mismo modo que a Virginia Woolf, a quien solía visitar cuando viajaba a Londres.

El punto de vista feminista de Victoria Ocampo asoma una y otra vez en sus textos. Ella, que en 1936, fue una de las fundadoras de la Unión Argentina de Mujeres, que contribuyó activamente a impedir la reforma de la ley 11357, maniobra que pretendía que las mujeres casadas no gozarán de derechos civiles y dependieran del todo de sus maridos; ella, de la que Borges dijo que “supo ser individuo en un mundo de hombres donde las mujeres eran genéricas”, defendió siempre que pudo, en todos los ámbitos a su alcance, la igualdad.

De ella escribió, poco después de su muerte, cuando hacía menos de dos años que la había visto por última vez, dedicándole un hermoso, evocador, texto, en el que recobra sus palabras cuando la animaba a acercarse a su casita de Lewes (Sussex) con su río cercano, ese río donde acabó suicidándose. “No tuve tiempo de ir, precisamente porque creí que tendría tiempo (…) Me dije: “La próxima vez…” Y ya no habrá próxima vez. Nunca”, leemos a Ocampo, quien rememora el rostro “austero y encantador” de la escritora, “ese rostro modelado por la inteligencia y el ensueño, cuyo atractivo no disminuía ni siquiera con los años y la fatiga”, algo que no dudó en decirle personalmente para justificar la osadía de haber acudido a su casa en compañía de la fotógrafa Giséle Freund para inmortalizar sus perfiles, despertando el enfado de la escritora, que tanto detestaba ser fotografiada.

La señora Dalloway, Orlando, Al faro, Un cuarto propio, Flush, Roger Fry (…) están ahí, en los estantes de mi biblioteca, y en otras bibliotecas, en las librerías, traducidos a varios idiomas. ¿Pero su rostro?”, la escuchamos preguntarse en este homenaje a Virginia Woolf que es otra de las perlas de un libro lleno de perlas en el que destaca otro retrato fundamental, el dedicado a Borges, porque sí, queda hablar de Borges y de la aventura de Sur, que por ser la parte más conocida he preferido dejar para el final. Una y otra vez se ha escrito de los desencuentros entre Borges y Virginia Ocampo, pero es admiración, acompañada de la sinceridad habitual, lo que encontramos en el testimonio que dejó sobre el autor de El aleph, que, a su vez, tras la muerte de ella, un 27 de enero de 1979, señaló que Ocampo había educado a su país (Argentina) y a todo un continente (América del Sur).

BORGES Y LA AVENTURA DE “SUR”

Bioy Casares, Ocampo y Borges
Bioy Casares, Ocampo y Borges

La madurez es el tema que desarrolla Victoria Ocampo al referirse a Borges en un texto, fechado en 1961, donde muestra una capacidad de observación y una agudeza crítica no exenta de desparpajo y  mordacidad. “Diré que desde la época en que lo conocí, la de la revista “Proa”, hace la friolera de treinta y seis años, lo admiré. Pero con una reserva. Me preguntaba si Borges sería siempre un precioso capullo, o si se abriría sin deshojarse inmediatamente. Me lo preguntaba con inquietud, pues un talento singular, una personalidad excepcional como la suya representaban para nosotros algo más que un buen éxito literario: era tener en mano un as de triunfo, un futuro pasaporte que nos daría acceso a la alta sociedad literaria contemporánea, a nosotros, los argentinos que hablamos el idioma de los argentinos, con toda nuestra argentinidad y nuestra universalidad irrenunciable (que es uno de los rasgos de los mejores argentinos)”, seguimos sus palabras.

Ocampo pone de manifiesto su temor a que sus gustos literarios no estén a la altura de las preferencias del escritor y no duda en preguntarse por qué “demonios” él se limitaba tan a menudo a los juegos de ingenio, una impresión que cambió con el tiempo, del mismo modo que cambió el “panorama Borges” y ella fue acercándose paulatinamente a su obra y saludándola como todo un acontecimiento. En este texto, la crítica, hace una confesión muy significativa –ya citada en las primeras líneas de este artículo– que dice mucho de su manera de acercarse a la literatura, de su entrega a los autores a los que de verdad amó: No me gusta escribir más que sobre aquellas cosas, o seres, que por defectos que tengan me gustan del todo. Y como escribo por gusto, para satisfacer necesidades de un mundo interior que no tolera mentiras, si hoy escribo sobre Borges o me presto a Borges con satisfacción y orgullo es, porque hoy me gusta del todo. Y me gusta porque ha alcanzado esa hora de madurez en que, con inquietud nacida del deseo, le di cita hace muchos años, como nos damos cita con toda gran esperanza”.

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Jorge Luis Borges fue una de las firmas habituales de la revista, además de traductor de algunos títulos significativos de Virginia Woolf y de otros autores relevantes para la editorial del mismo nombre, creada con posterioridad. También Silvina Ocampo, la pequeña de seis hermanas, una escritora muy enigmática y original, con un mundo propio que emana de sueños, compañera de otro de los grandes de las letras argentinas, Adolfo Bioy Casares, fue asidua de sus páginas. A ella le dedica la hermana mayor una crítica en la que muchos han querido ver la rivalidad entre ambas, ya que Victoria, que parte de recuerdos de la niñez (del “fondo de un pasado común, vivido en la misma casa, inclinado sobre el mismo catecismo, abrigado por los mismos árboles y las mismas miradas…”) huye de la complacencia y le señala a Silvina, mucho más tímida que ella, refugiada siempre en la intimidad de sus fabulaciones, los defectos de su primer libro, Viaje olvidado, no sólo las cualidades, que también reconoce en sus páginas.

Silvina Ocampo, hermana de Victoria.
Silvina Ocampo, hermana de Victoria.

SUR, cuyo primer número salió en 1931 y que había de convertirse en un puente legendario entre océanos y culturas, fue el sueño de Victoria Ocampo, la mejor manera de dar cuerpo a ese “amor por las letras en todas sus formas” que la “había atrapado desde la infancia”. En SUR, que le deparó grandes satisfacciones y también disgustos y polémicas, dilapidó parte de su fortuna y encontró esa autorrealización que tanto reivindicaba para las mujeres. Fue el novelista e hispanista estadounidense Waldo Frank quien la impulsó a hacer realidad un deseo, a superar los miedos. No me sentía ni preparada ni dotada para semejante empresa, confesaba en una carta publicada en el primer número de la publicación, que previamente le había enviado a Frank.

SUR, cuyo primer número salió en 1931 y que había de convertirse en un puente legendario entre océanos y culturas, fue el sueño de Victoria Ocampo, la mejor manera de dar forma a ese “amor por las letras en todas sus formas” que la “había atrapado desde la infancia”. En SUR, que le deparó grandes satisfacciones y también disgustos y polémicas, dilapidó parte de su fortuna y encontró esa autorrealización que tanto reivindicaba para las mujeres.

La dudas de los comienzos, la filosofía de la publicación, el afán por la independencia y por descubrir a los nuevos talentos de las letras argentinas y latinoamericanas, la búsqueda de firmas de primer nivel, de fuera y de dentro (en un principio la revista fue criticada por volcarse en valores extranjeros), los problemas de la financiación, la fijación de un criterio y de un rumbo alejado de adscripciones ideológicas, las polémicas y apuestas. De todo esto se habla en la Autobiografía. El capítulo de SUR daría para un texto independiente. Tras sus portadas (fue ella la que diseñó la mítica flecha hacia abajo en distintos colores) encontramos interesantes artículos de debate y colaboraciones asiduas, no solo de los ya nombrados Borges, Waldo Frank, Silvina Ocampo, Bioy Casares, que formaban el núcleo cercano, sino de otros como Ernesto Sábato, Walter Gropius, José Ortega y Gasset, Octavio Paz, Federico García Lorca, Drieu la Rochelle, Eugenio d’Ors, Francisco Ayala, Eduardo Mallea…

Victoria Ocampo. Fotografía por Man Ray, 1930En el verano de 1931 nació SUR. A partir de ese momento mi historia personal se confunde con la historia de la revista. Todo lo que dije e hice (y escribí) está en SUR y seguirá apareciendo mientras dure. Lleva publicados más de doscientos números y me ha creado muchos más de doscientos problemas. Muchos más dolores de cabeza. También lo he dicho en y fuera de SUR. No sé si me sobrevivirá”, escribió en 1953 esta mujer tenaz, a quien Ayala se refería como “aficionada y mecenas”, en una Autobiografía, publicada, siguiendo su voluntad, a título póstumo, en seis tomos, y que, en un primer momento, decepcionó a la crítica por sus repeticiones y descuidos, como explica Carlos Pardo en el prólogo.

“En el verano de 1931 nació SUR. A partir de ese momento mi historia personal se confunde con la historia de la revista. Todo lo que dije e hice (y escribí) está en SUR y seguirá apareciendo mientras dure. Lleva publicados más de doscientos números y me ha creado muchos más de doscientos problemas. Muchos más dolores de cabeza. También lo he dicho en y fuera de SUR. No sé si me sobrevivirá”, escribió en 1953.

Aquí, en la selección que ha puesto en las mesas de novedades la Fundación Santander, nada sobra. Los escritos aparecen limpios de hojarasca y nos muestran una voz personalísima, flexible, llena de registros; un pensamiento fecundo; un temperamento vivaz e inquieto. Son muchos los personajes que desfilan a lo largo de sus 488 páginas, de los que apenas os he hablado, entre ellos Stravinsky, Cocteau, Ernst Ansermet, Coco Chanel, cuyos diseños vestía, y tantos otros. Por lo que cuenta, los testimonios de Ocampo son riquísimos. Como testigo de los tiempos estimulantes y convulsos que vivió, sus impresiones y confidencias, que en sí mismas encierran el espíritu y las contradicciones de su tiempo, no tienen precio, pero también está su estilo, su voz, su manera de contar, sus dotes de observadora de los acontecimientos exteriores, pero, sobre todo, de los paisajes interiores. “Creo que en la vida como en los sueños, y con pareja inconsciencia, pasamos diariamente junto a milagros sin atribuirles importancia, o sin distinguir su carácter milagroso”, escribió en ese bello capítulo que es La rama de Salzburgo. Por fragmentos así, y este tomo, que ya me dispongo a cerrar, está lleno de momentos luminosos, de revelaciones y enseñanzas, adoro a Victoria Ocampo y os digo que este acercamiento a su vida, si decidís emprenderlo –de veras os animo– os va a resultar realmente gozoso.

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Victoria Ocampo. Darse. Autobiografía y Testimonios, ha sido publicado por la Fundación Santander en la colección Obra Fundamental. El escritor Carlos Pardo ha realizado la selección y el prólogo.

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