Volverás a Región, a la Región Martín Gaite

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Por Emma Rodríguez © 2014 / A Carmen Martín Gaite le gustaba meter los fragmentos de su vida en sus “Cuadernos de todo”, cuadernos de variadas formas y colores que llenaba de palabras, de garabatos, de recortes. Le gustaba dar cuenta de los días que iba pisando, del transcurrir del tiempo, porque tal vez esa le parecía la mejor manera de que nada se le escapase sin haberse detenido en sus alrededores. A Carmen Martín Gaite le gustaba apresar el ritmo lento, pausado, de sus reflexiones, y tirar de ese hilo como si sostuviera una cometa, una cometa que pudiera elevarla y llevarla muy lejos. Le gustaba también personalizar sus boinas con chapas, estrellitas y botones, y decorar los acogedores rincones de su casa -recuerdo la de la calle Doctor Esquerdo- con escritorios diversos sobre los que colocaba pequeños jarrones con flores, lapiceros, plumas, tinteros, tarjetas y papeles especiales para escribir cartas. Le gustaba, sobre todo: dialogar, debatir, mirar por la ventana, salir a la calle y exprimir el jugo de la existencia, sabedora de que los instantes de felicidad eran fugaces y de que los zarpazos y dolores podían estar agazapados tras las esquinas más insospechadas.

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 – Madrid, 2000) supo contar su vida tal cual la iba recorriendo; dio voz a personajes memorables, utilizó un lenguaje franco y abierto, soñó y dejó el rastro de sus sueños y de sus fantasías en las páginas de sus libros y lanzó puentes con sus siempre anhelados interlocutores que permanecen intactos, puentes que aguardan a todo aquel que esté dispuesto a llegar a la otra orilla del río, a cruzar a ese otro lado en el que el paisaje se torna caprichoso en su vaivén de llanuras y pendientes. Un vasto territorio de nubosidades variables espera al lector  y ha de recorrerlo bien pertrechado para la sorpresa, para enfrentarse a una literatura cargada de registros, de bifurcaciones: del realismo propio de los 50, que le sirvió para retratar las espesuras de la posguerra con su falta de esperanzas, al vuelo de la fantasía más libre; de la novela al ensayo o al apunte biográfico de sus “Cuadernos”, absolutamente modernos, que como dice la especialista en su obra María Vittoria Calvi, tanto la acercan a la inmediatez de los blogs de hoy en día, a la autonarrativa o escritura del yo.

Regresar a la obra múltiple de esta mujer que fue una contadora de cuentos nata, de esta constructora de ficciones dotada de un oído privilegiado para escuchar las conversaciones de la calle y a la vez dueña de un temperamento dado a la introspección, al viaje hacia los recintos interiores, es una experiencia altamente gozosa. Cualquier oportunidad es buena para volver a la Región Martín Gaite, y, sobre todo, para leerla, para recuperar obras como “El cuarto de atrás”, “Entre visillos”, “Lo raro es vivir”, “Caperucita en Manhattan”, “La  reina de las nieves” o esos “Cuadernos de todo” en los que yo acabo de iniciarme y que ya me han cautivado con su mezcla de cuento, de confesión y de reflexión sobre la vida y sobre la escritura, sobre las vivencias, percepciones y saberes de quien nunca perdió “la mirada asombrada de una chica de provincias”, según me dijo una vez.

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Imitando, jugando a imitar la estructura de esos “Cuadernos”, quiero contar a partir de ahora otro cuento, mi cuento personal, en torno a Carmen Martín Gaite. Un cuento a partir de los recuerdos, de las lecturas, de los acontecimientos, de las voces de quienes la conocieron y siguen hablando con ella cada día, a través de sus ficciones, de sus razonamientos, de tantas y tantas palabras que derramó sobre la hoja en blanco. Un modesto cuento, diario, compendio, de situaciones y experiencias, que evidentemente ha de acabar, aunque podría ser interminable.

Una visita, una conversación

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Tras las huellas de Carmen Martín Gaite visité un día soleado la casa de El Boalo, una casa luminosa que, pese a las ausencias, parece guardar la memoria de la alegría, de las risas, de las voces, de las palabras. Allí, en el ala reservada a su legado, acaricié los lomos de algunos de sus libros y abrí sus páginas. Me detuve ante fotografías familiares -¡que fotogénica era Martín Gaite!- y reconocí esos escritorios, esos objetos que tanto me habían llamado la atención en la casa de Doctor Esquerdo las veces que tuve la oportunidad de entrevistarla. Objetos ahora tan huérfanos de su presencia, de su gracia, de su particular desorden. Vuelvo a sentir la emoción del momento al repasar el cuaderno con las anotaciones que fui haciendo mientras conversaba con Ana Martín Gaite y con Maria Vittoria Calvi, la profesora de la Universidad de Milán que tanto frecuentó a la autora y que tanto la ha estudiado. Una conversación intensa se fue desgranando ese día. Una conversación sobre los entornos, los paisajes, la vida, la obra, los recuerdos y olvidos que iban llenando el hueco dejado por la que fue la hermana, la amiga, la escritora.

“La relación entre Carmiña y yo fue muy importante. Cada vez que nos encontrábamos era una fiesta. Fue una relación muy bonita, muy fluida. Nos pudimos ayudar mucho la una a la otra, pero porque supimos mantener la distancia. Vivir juntas hubiera sido destruirnos… Solíamos charlar mucho, pero cuando la he conocido realmente ha sido después de su muerte, al releerla, al enfrentarme a su legado, a todo lo que dejó escrito. Aparentemente parecía muy extrovertida, pero en el fondo era muy hermética, como mi madre, muy gallega. Ambas se han ido a la tumba con sus adentros”, voy recobrando las palabras de Ana, de Anita con su cabello blanco, su figura delgada, su sensibilidad y su amor por la soledad, tan perceptible ese contraste entre la suavidad y el carácter de los que tienen claras las cosas, de los que saben luchar y sobrevivir.

“La verdad es que en ese proceso la he llegado a admirar mucho más. Su valentía, su libertad, ese no abaratarse, no engancharse al poder. Siempre mantuvo una actitud de distancia, de cinismo, con la clase política, dirigente”, sigo tirando del hilo, hilvanando las confesiones con el particular arrullo que tienen las evocaciones como música de fondo.

“Solíamos charlar mucho, pero cuando la he conocido realmente ha sido después de su muerte, al releerla, al enfrentarme a su legado, a todo lo que dejó escrito. Aparentemente parecía muy extrovertida, pero en el fondo era muy hermética, como mi madre, muy gallega. Ambas se han ido a la tumba con sus adentros”, cuenta la hermana de la esritora.

El monólogo se quebró en un momento en el que todas -también estaba  presente Lola Ferreira, responsable de prensa de Círculo de Lectores durante mucho tiempo y gran amiga de las hermanas- nos fijamos en una fotografía en la que se ve a la escritora muy jovencita en el interior de la catedral de Salamanca, cerca de un confesionario. No sé quién hizo el primer comentario sobre lo bonita que era la imagen, pero sí conservo clara la anécdota que contó Anita entre risas: “El curita le dijo que hacía muy bien en confesarse porque tenía unas piernas de pecado”.

“Carmiña escribía casi en cualquier lado: en las cafeterías, en los trenes, en el metro”, prosiguió el relato. “Los de la generación del 50: los de Madrid y los de Barcelona –Gil de Biedma, Castellet, los Goytisolo– mantuvieron una relación muy estrecha. Una relación de amistad, de encuentros y tertulias en las que hablaban de todo: de literatura, de cine, de teatro, de arquitectura, de medicina…” Pese a la represión del franquismo, asegura esta testigo excepcional, “esos tiempos para ellos fueron floridos porque eran jóvenes y el Régimen no se enteraba de su presencia. Pasaban desapercibidos”.

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Puso como ejemplo Ana Martín Gaite lo insólita que fue la representación en Madrid de “Escuadra hacia la muerte”, de Alfonso Sastre [Teatro María Guerrero, 1953]. “Sin que se les notase demasiado, ellos hicieron denuncias importantes, fueron abriendo el camino de la Transición”, señaló. Y pasamos a hablar del ambiente que reinaba en la casa de El Boalo cuando eran jóvenes. “Aquí se ha dado entrada a todo tipo de gente. Mis padres eran unas personas muy abiertas progresistas, tolerantes y nos enseñaron a valorar la amistad. Nosotras siempre dimos más importancia a la amistad que al amor, porque la amistad implica libertad y el amor posesión. Siempre fuimos muy dadas a los intercambios epistolares. Carmen tuvo muy grandes amigos, pero de quien estuvo muy enamorada, creo que hasta el final, fue de Rafael Sánchez Ferlosio”.

El autor de “El Jarama”, novela mítica de los 50, y la autora de “Entre visillos” fueron pareja de corazón y de letras. Juntos vivieron la pasión por la literatura, la alegría de los buenos momentos y el dolor por la muerte inesperada de su hija a los 27 años -el matrimonio había perdido también a su primer hijo con apenas siete meses-. Según Ana Martín Gaite, pese a su separación, siempre se mostraron aprecio. En su opinión, él le enseñó a habitar la soledad, a no hacer concesiones para ganar dinero, a mantener la autonomía intelectual, mientras que la libertad de juicio de ella también supuso un modelo para el rebelde ensayista, del que dice que siempre ha sido como “un lobo solitario”.

“Carmen era muy teatral. Nació personaje y Ferlosio también. Ambos se pusieron listones muy altos, pero sus universos literarios fueron muy distintos y en un primer momento, cuando ella empezó a trabajar en “El libro de la fiebre”, él y los demás hombres del grupo, con sus valoraciones negativas, contribuyeron a bloquear el desarrollo de su creatividad. No acabaron de entender, desde los presupuestos realistas, ese carácter de la obra entre la vigilia y el sueño”, intervino María Vittoria Calvi, a quien se debe la recuperación de la narración a título póstumo.

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La profesora italiana fue la destinataria de una gran caja con “Los cuadernos de todo” que Anita le envió un tiempo después de la muerte de Carmiña. “Al principio me encontré un poco perdida. Una parte ya había sido publicada, “El cuento de nunca acabar”, pero ganaba profundidad al ser leída en el conjunto de Los “Cuadernos”, sobre todo el relato del paseo con su hija por El Boalo. Había muchos materiales desconocidos. Pero lo que me dejó realmente asombrada fue la narración de “El otoño de Poughkeepsie”, una auténtica joya que merecería ser publicada como un libro independiente. No había ninguna referencia a ese relato donde recrea su estancia en Nueva York, ciudad  a la que fue invitada a dar unos cursos después de la muerte de Marta. Fue allí donde descubrió que seguía teniendo deseos de escribir”.

“Carmen era muy teatral. Nació personaje y Ferlosio también. Ambos se pusieron listones muy altos, pero sus universos literarios fueron muy distintos y en un primer momento, cuando ella empezó a trabajar en “El libro de la fiebre”, él y los demás hombres del grupo, con sus valoraciones negativas, contribuyeron a bloquear el desarrollo de su creatividad. No acabaron de entender, desde los presupuestos realistas, ese carácter de la obra entre la vigilia y el sueño”, señala María Vittoria Calvi.

Según Calvi, entre los muchos valores de “Los cuadernos de todo” está la elaboración literaria que hace la escritora con lo personal, con lo íntimo. “No hay desahogo de ningún tipo, no hay sensiblería. Es como si en esos escritos fuese desplegando una segunda vida”, vuelvo a sus palabras y recreo el transcurso de las horas, la charla girando en torno a la infancia, al legado familiar, los amigos, las pérdidas. “He visto morir a mis padres, a mi hermana, a mi sobrina. Ha sido doloroso. Pero todos se fueron en paz y eso me consuela. ¿Cuáles fueron las vivencias juntos, qué lecciones me dejó Marta en sus 27 años de vida? Eso es lo importante”, sigo escuchando las sabias palabras de Ana mientras  imagino a Carmen como ella la retrata: escribiendo siempre en sus cuadernos, hasta el final, lanzándose a la piscina de El Boalo, esa piscina donde tantos niños del pueblo han aprendido a nadar, incluso cuando ya estaba muy enferma.

Lecturas, descubrimientos

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No podía dejar de acercarme a los “Cuadernos de todo”. Se publicaron en 2002 y no había tenido la oportunidad de recorrerlos hasta hace muy poco. Aún inmersa en su lectura, sigo disfrutando de la capacidad de la escritora para registrar el ritmo de sus días, de sus sensaciones y pensamientos, de su proceso creativo. Son como una ventana abierta a la vida, a las afueras, a los interiores, a esos sueños que para Martín Gaite llegaban en ocasiones a adquirir más intensidad y relevancia que los hechos cotidianos, repetidos, rutinarios. “El conocimiento de los “Cuadernos” supuso un indudable viraje en el estudio del territorio Martín Gaite. Adentrarse en ellos es como acceder a su taller literario, constatar como todo se confunde en ese magma de vida y literatura”, me decía José Teruel, uno de los grandes expertos en su obra, hace poco. “Todo es cuento, todo es un lugar para la construcción de la identidad, todo es narración. Desde la infancia nos configuramos como narradores de historias”, transcribo las palabras de María Vittoria Calvi.

No he empezado desde el principio, ordenadamente, la lectura de las seiscientas y pico páginas de estos “Cuadernos de todo” (Círculo de Lectores), que anulan las fronteras entre los géneros y vuelan en total libertad, sólo atados a la necesidad de escribir, de poner voz a lo acontecido. No pude resistir la tentación de ir directamente al cuaderno 35, ya en el tramo final, que contiene “El otoño de Poughkeepsie”, sin duda un hermosísimo, estremecedor relato, a partir de la profunda, dolorosa soledad que sintió la escritora al cerrar su casa de Madrid con la convicción de que nadie cogería el teléfono cuando llamase desde Nueva York, de que ya no estaría su hija esperándola a la vuelta para comprobar qué regalos, qué cuadernos maravillosos le había comprado.

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Martín Gaite indaga en la soledad y sobrecoge por su sinceridad, por su valor, por su verdad. “No puedo hacer otra cosa que estar aquí, donde me pilló la cornada, aguantando a pie quieto, mientras ordeno el caos poquito a poco, qué verano tan largo, qué avanzar tan penoso el de las horas arrastrándose por las habitaciones de esta casa donde nunca volverá a oírse la llavecita en la puerta ni su voz llamándome por el pasillo”, recuerda la escritora a su hija, sin decir su nombre, antes de partir, mientras piensa en los reproches que le hacía, en “aquella explosión de vida” ante la que a veces protestaba.

Una semana después está en Nueva York -ha de impartir un curso de cuatro meses sobre el cuento español contemporáneo en la Universidad de Vassar-. Se siente desorientada en el aeropuerto, se queja del control de pasaportes. Teme perder el equipaje y eso la lleva a desenrollar el hilo de sus pensamientos. “Lo peor de todo es perder la cabeza, no vivir cada tramo de la vida, hasta los más espantosos, con la mente serena y la mirada alerta, procurando apreciar lo que se tiene, lo poco o mucho que nos queda”.

Hay biografía en esta pieza que deberían leer todos los que han disfrutado con “Caperucita en Manhattan”, un libro mágico tanto para niños como para mayores dispuestos a ponerse alas. En “El otoño de Poughkeepsie” Martín Gaite cuenta cómo nació esa novela cuando ella no tenía ánimos para escribir nada más; cómo fue un amigo ilustrador quien le dio la idea, a partir de unos dibujos que había hecho de una niña con impermeable rojo que parecía perdida en la ciudad de los rascacielos.

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Hay biografía en “El otoño…”, pero también hay ficción. No pienso desvelar más detalles porque merece la pena que todos los que hayan llegado hasta aquí se acerquen por sí mismos a las reflexiones de la escritora sobre “el vicio de la escritura”, sobre el milagro de los libros que nos acompañan siempre y que parecen contener señales apropiadas ante las dudas del existir. Reflexiones sobre la extrañeza y el prodigio del vivir, sobre tantas y tantas cosas… Merece la pena visitar esa habitación extraña, medio vacía del campus universitario, donde la narradora, la propia Martín Gaite recreándose a sí misma, empieza a descubrir cosas y a descubrirse a sí misma, a recobrarse.

Dejo esas estancias y sigo buscándola en otras partes de los “Cuadernos”. Me detengo en el uno, que me llama la atención porque en él está la mujer que piensa en estado puro, la mujer que se aparta de lo trillado, que impone sus propias ideas, que se preocupa de la realidad de su tiempo. “La capacidad de reflexión es lo único que puede salvar al hombre de desear las guerras y también de pudrirse en la paz. Disputar y pelear por la justicia social no es nada, en cuanto que esta justicia social que suele preconizar la gente sólo llevaría a repartir el dinero de otra forma, pero nunca a enseñar a los hombres a pensar sobre el dinero…”, voy leyendo.

Y más adelante me encuentro a la Martín Gaite, objeto de estudio en los ámbitos del feminismo con obras tan significativas como “El cuarto de atrás”, achacando a las feministas que “todo lo que hacen lo hacen en función de no ser menos que los hombres”. “Cuando una mujer no pretenda demostrar que ni es muy mujer ni que deja de serlo y se entregue a cualquier quehacer o pensamiento desde su condición sin forzarla ni tampoco enorgullecerse de ella, sólo entonces será persona libre”, señala. Y se queja de las veces que ha tenido que escuchar a otras mujeres decirle lo aburrido que debe ser estar todo el día leyendo. Las anima a descubrir el placer de la soledad, de la no sujeción al otro, “dentro de las limitaciones innegables con que una mujer tropieza” y les dice a las que intentan independizarse que el camino no es imitar a los hombres sino encontrar su propia libertad interna.

No se trata de cambiar el breviario por la taquigrafía o la agencia de seguros, ni de tener más medios “para hacerse valer”, observa una sagaz Martín Gaite. “Pero es que una persona no tiene que hacerse valer”, razona. “Tiene que hacer  bien las cosas que hace, tiene que hacerlas de verdad, entregarse a lo que haga. Tiene que hacer algo, no fingir que lo está haciendo”.

Martín Gaite se queja de las veces que ha tenido que escuchar a otras mujeres decirle lo aburrido que debe ser estar todo el día leyendo. Las anima a descubrir el placer de la soledad, de la no sujeción al otro, “dentro de las limitaciones innegables con que una mujer tropieza” y les dice a las que intentan independizarse que el camino no es imitar a los hombres sino encontrar su propia libertad interna.

El sentido común, la reflexión propia, valiente, libre de prejuicios, es la que vuelvo a encontrarme en otro libro que he leído recientemente y que reúne parte de las cartas que la escritora cruzó con Juan Benet, quien fuera uno de sus interlocutores favoritos. Puede descolocar un poco la relación cercana, de camaradería, entre dos personalidades aparentemente tan distintas. Pero su diálogo, intelectual y cotidiano a la vez, mantenido en la distancia, en los huecos que les dejaban sus idas y venidas, sus creaciones y sus trabajos profesionales -los cursos y conferencias de ella; los puentes que él iba construyendo como ingeniero-  demuestra que ambos compartían afinidades, hablaban el mismo lenguaje y eran dos auténticos maestros en el arte de la discusión constructiva, del contraste de pareceres e ideas.

En esta reveladora “Correspondencia”, publicada por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Martín Gaite pide consejos a Benet y le habla de esos momentos de duda -concretamente cuando estaba trabajando en su ensayo histórico sobre “El proceso de Macanaz”– en los que que creía estar bloqueada, sin noción de cómo seguir adelante, falta “del placer incomparable que produce inventar literatura”. “Yo ahora no puedo, algo se ha obstruido en mí, y no sé si sabría explicar en qué consiste (…) Me da vergüenza reconocer que no sé por dónde ando, ni lo que busco, ni lo que quiero. Cada vez se nos hace más difícil saber y poseer conjuntamente, ser al mismo tiempo lúcidos y espontáneos”, le dice. Y recibe la respuesta, la reflexión del amigo: “La necesidad de escribir sentida como una compulsión, no sólo no mitiga el dolor de la crisis sino que parece añadir sal a la herida (…) Los recursos de la literatura en la literatura se crean; en la lectura, en la conversación, en la mirada, en el paseo, en la observación. Cuando los recursos que así se crean alcanzan un cierto nivel, el literato -como el flotador de la cisterna- puede abrir la espita y sacar lo que tiene dentro”.

En otra ocasión ese Benet que parecía tan frío, tan seguro de sí mismo, tan serio -simple imagen pública, ya que quienes le conocieron sabían de su gran sentido del humor- le habla a su pareja epistolar de la depresión. Y lo hace con conocimiento de causa. “Ciertamente uno de los aspectos más costosos de la depresión es el tiempo que roba (…) En la depresión ni divierte el “Quijote”, ni delecta Brahms ni distrae escribir y ni siquiera los lujos te sirven de nada, de forma que es un embrutecimiento”.

Realmente resulta apasionante acceder a este intercambio entre dos intelectuales que disfrutaban armando historias, hilando argumentos, desmontando tópicos. “Es verdad lo que dijiste ayer de que un pez aprovecha mucho más sus posibilidades de vida de pez, que un hombre las suyas de hombre. Estamos rodeados de tabús, fronteras y superestructuras que nos hacen relacionarnos unos con otros con arreglo a patrones impuestos por fuera de nosotros mismos”, leemos una carta que Martín Gaite envió al ingeniero Benet en noviembre de 1964. Una carta en la que le sigue diciendo: “No parece haber más que dos caminos: o meterse en un agujero a hacerle cara a la soledad y a todo lo que ella, después de vencidas las arideces primeras, quiera regalarnos, o perderse entre los demás tratando de acertar con la llave que pueda abrir cada puerta de entrada…”

Miradas, retratos

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¿Cómo somos realmente, cómo son quienes nos rodean? Me hago estas preguntas mientras intento fijar la imagen de la Carmen Martín Gaite que conocí cuando, tras una larga trayectoria, ya disfrutaba del éxito de novelas como “Nubosidad variable” o “Lo raro es vivir”, novelas que precisamente por haber llegado al gran público han sido menos reconocidas por la crítica. La recuerdo jovial, dicharachera, con una lucidez que partía de la sencillez de una mirada sin complejos. Recuerdo su cuidada melena blanca y su manera de vestir tan particular. Recuerdo el día que Miguel Delibes estaba leyendo su discurso de recepción del Premio Cervantes y ella, en medio de la solemnidad y el silencio del Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, se levantó a gritar “bravo” desde una absoluta espontaneidad y desinhibición. Recuerdo su despedida, el paseo por el caminito de piedra que lleva hasta el pequeño cementerio de El Boalo, donde descansa. Pero lo que de verdad me queda de ella son sus libros, las voces de sus personajes, que tanto la retratan, y ahora estos “Cuadernos de todo” en los que de veras logró dejar esa marca, esa huella que buscaba.

Hay tantas “Carmen Martín Gaites” como personas la conocieron. Las imágenes diversas se superponen, se van colocando sobre el tapiz de la memoria a la manera de esos collages que a ella tanto le gustaba componer. A lo largo del tiempo he visto su reflejo en los retratos construidos por otros, retratos dispares, sugerentes e interesantes en la multiplicidad de sus matices “Parecía extrovertida, pero en el fondo era hermética, como mi madre”, recobro las palabras de su hermana. “Era muy teatral, un personaje en sí misma”, vuelvo a la imagen de la profesora Calvi, que la trató con frecuencia a raíz del estudio de su obra.

Es ahora Ton Carandell, la viuda de José Agustín Goytisolo, quien la recuerda. “Un verano que Carmiña, Rafael y la niña estuvieron con nosotros en Reus, ella pasaba muchos ratos callada, silenciosa, y se iba a su habitación a escribir. Ferlosio tenía una personalidad muy clara, muy definida, pero ella ya tenía una gran seguridad en sí misma. Sin duda, él fue para ella un estímulo, pero también un freno. Para mí fue la primera que me abrió un poco los ojos, que me hizo ver hasta qué punto las mujeres de entonces estábamos absolutamente relegadas a los padres, a los maridos, a las reglas y costumbres de la sociedad”.

“Era una gran ensayista y una mujer de letras en el amplio sentido de la palabra, en la misma línea que María Zambrano o Rosa Chacel. Mantuve con ella una relación de estudioso. En los 80 escribí un artículo sobre “El cuarto de atrás” y me llamó enseguida, una muestra de su talante generoso. No fuimos amigos íntimos. Siempre la vi desde la admiración por su obra y con el tiempo he llegado a conocerla a través de sus libros”. Quien habla es José Teruel.

“Era una mujer entre hombres. Realizó un trabajo tan intenso como callado. Sentía un absoluto desprecio de los vanidosos y un radical rechazo de cualquier tipo de moralinas”, repaso lo que dijo de ella el escritor Rafael Chirbes en una mesa redonda celebrada en el marco de un Congreso Internacional que se celebró en 2013. Chirbes fue otro de sus grandes interlocutores. “Le solía llamar esas madrugadas en las que no le llegaba el sueño. Sabía que siempre podía contar con él”, son palabras de Ana Martín Gaite.

El escritor valenciano reivindicó ese día la altura intelectual de una mujer que no alardeaba de sus conocimientos y lecturas. “Guardaba sus saberes en la recámara de su obra, alejada de pretenciosidades”. Y También puso de manifiesto su admiración por el modo en que su obra “da testimonio de los demoledores efectos del franquismo en la vida cotidiana y ofrece una lección sobre cómo mantener la dignidad en todo momento”.

“Era una mujer entre hombres. Realizó un trabajo tan intenso como callado. Sentía un absoluto desprecio de los vanidosos y un radical rechazo de cualquier tipo de moralinas”, la retrata el escritor Rafael Chirbes, quien reivindica la altura intelectual de una mujer que no alardeaba de conocimientos y lecturas, así como su lección sobe cómo mantener la dignidad en todo momento.

Belén Gopegui habló en el mismo acto de “su arrojo y osadía”, ella que tantó la conoció y que tanto sabía de la fuerza de su carácter y de los secretos que guardaba. Manuel Longares se refirió a su generosidad a la hora de valorar y dar a conocer la obra de aquellos autores que empezaban y que ella descubría, como fue su caso y el de todos los que intervinieron en la mesa. Y, finalmente, Soledad Puértolas, hizo hincapié en su “impresionante capacidad de razonamiento”.

“Era muy persuasiva, estaba cargada de energía y sabía convencer”, señaló, recordando encuentros en los que también asistió a sus momentos bajos, a esos instantes de abatimiento “que la llevaban a buscar afanosamente la verdad”.  Exigente, rigurosa, valiente, sincera, meticulosa, obsequiosa, fueron adjetivos utilizados por Puértolas, quien acabó su intervención con el perfil de una mujer que disfrutaba en el acto de la amistad, el arte, de la amistad como clave de la vida. Tal vez ahí es donde coinciden todos los retratos. Pero, repito, la mejor manera de conocer a Carmen Martín Gaite es leyéndola, prolongando ese diálogo que ella dejó abierto, dando vueltas a esos interrogantes que ella se hizo y que nos llevan a la conclusión de que verdaderamente “lo raro es vivir”.

Nota final: Noticias y novedades

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Cualquier fecha es buena para volver a la Región Martín Gaite, pero ahora hay una serie de circunstancias, de hechos, que si cabe lo propician aún más. Hay muchas excusas, sí, para hablar de Carmiña, como cariñosamente la llamaban sus amigos. Empecemos por  la exposición que, comisariada por Elisa Povedano y Fátima García, se inaugurará en la Biblioteca de la Facultad de Humanidades de la Universidad Carlos III el próximo  23 de abril y que permanecerá abierta hasta el  22 de mayo. Su título: “El Equilibrio y el Caos”, dos términos muy presentes en los mapas vitales y literarios de Martín Gaite. Mapas que el visitante podrá recorrer, adentrándose en su universo; deteniéndose ante sus objetos personales; acercándose a los que fueron sus amigos y sus libros y recuperando su voz y su imagen a través de conferencias y entrevistas, sin olvidar el repaso a sus trabajos como guionista para adaptaciones televisivas como la de la serie infantil “Celia” de Elena Fortún.

Sigamos con “Un lugar llamado Carmen Martín Gaite”, libro que la editorial Siruela pondrá en las mesas de novedades próximamente y que recoge las miradas y lecturas de un nutrido grupo de estudiosos y adictos a la obra de la escritora. Todos participaron en el Congreso Internacional celebrado en abril de 2013, bajo la dirección de José Teruel y Carmen Valcárcel, profesores del Departamento de Filología Española de la Universidad Autónoma de Madrid. Un encuentro donde “se resaltó mucho el perfil de Martín Gaite en el ámbito del ensayismo”, como recalca Teruel, coordinador y autor del prólogo de este volumen colectivo, que se acompaña de un álbum fotográfico y en el que se incluyen textos de José-Carlos Mainer, José María Pozuelo Yvancos, Domingo Ródenas de Moya, Maria Vittoria Calvi, Carme Riera, Joan L. Brown, Roberta Johnson, Rafael Chirbes y Belén Gopegui, entre muchos otros.

Si algo quedó claro en esa cita, ahora reflejada sobre el papel, es el permanente interés hacia la autora en los ámbitos del hispanismo. Muestra de ello es un libro muy reciente, editado por la editorial estadounidense MLA (Modern Language Association of America), dentro de una colección en la que distintos profesores cuentan cómo explican en clase los libros de los escritores protagonistas. En el ámbito de los de lengua española, Martín Gaite acompaña al “Lazarillo de Tormes”, a Cervantes, a Bartolomé de las Casas, a Santa Teresa de Jesús y a Gabriel García Márquez. No es difícil de entender su presencia en una selección tan escogida si se parte del hecho de que “los primeros estudios sobre su obra se hicieron en Estados Unidos”, de que “mientras en España permanecía en segundo plano por ser mujer y por la potencia de las figuras masculinas de su generación, allí era reconocida, lo que no dejaba de provocarle un cierto vértigo”, señala José Teruel, quien participa en la entrega con su lección sobre “Ritmo lento”, una novela que a él le enseñó a entender mejor otra obra clave de la época, “Tiempo de silencio”, de Luis Martín Santos, ya que  ambas obras, la de ella menos tecnicista, indagan en “el callejón sin salida a que nos conduce la inteligencia crítica”.

Sólo falta que se publique, por fin, el cuarto tomo de las “Obras Completas” de la escritora. Se echa en falta una mayor fluidez y continuidad en este itinerario acometido por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, detenido en 2010, cuando vio la luz un tercer volumen con la narrativa breve, la poesía y el teatro. El plan trazado abarca siete entregas y está previsto que la séptima incluya un cuaderno inédito, “Libro de la memoria diaria”, pero, aunque desde la editorial se indica que siguen adelante con ello, aún no hay fechas fijadas. Ni siquiera José Teruel, al frente del proyecto, con todo el material en sus manos, posee más noticias al respecto.

Sólo falta que se publique, por fin, el cuarto tomo de las “Obras Completas” de la escritora. Se echa en falta una mayor fluidez y continuidad en este itinerario acometido por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, detenido en 2010, cuando vio la luz un tercer volumen con la narrativa breve, la poesía y el teatro. El plan trazado abarca siete entregas y está previsto que la séptima incluya un cuaderno inédito, “Libro de la memoria diaria”.

”Lo que sí ha avanzado es la constitución de la Fundación Centro de Estudios de los Años Cincuenta, ubicada en la casa familiar de El Boalo, bello pueblo de la sierra madrileña que tanto amaba la escritora y que tanto aparece en sus narraciones. Gracias al tesón de su hermana Ana ha sido posible comenzar una aventura que busca fomentar el estudio de ese grupo clave en el desarrollo de las letras españolas a través de congresos, como el que ya se celebró en 2013, de cursos y actividades diversas. El apoyo activo del Ayuntamiento de El Boalo y los convenios de colaboración con instituciones como la Universidad Autónoma o la Carlos III, muy atentas a la obra de la autora, pueden hacerlo posible en tiempos tan estériles para la Cultura.

En este reportaje se habla de muchos libros de Carmen Martín Gaite, con especial hincapié en “Los cuadernos de todo” [Círculo de Lectores. Edición e introducción de María Vittoria Calvi; prólogo de Rafael Chirbes] y “Correspondencia” [Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Edición de José Teruel], que recoge las cartas cruzadas entre la escritora y Juan Benet. Próximamente se publicará el volumen colectivo “Un lugar llamado Carmen Martín Gaite” en la editorial Siruela, que acoge en su catálogo gran parte de sus obras.

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Las fotografías de la escritora que aparecen en esta entrada -la primera y la última- nos las ha cedido la editorial Siruela. El resto fueron realizadas por quien firma este reportaje, durante la visita a la casa familiar de El Boalo.

C. Martín Gaite

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