La profunda sencillez de Natalia Ginzburg

Por Emma Rodríguez © 2016 / Leí Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg hace tiempo y es un libro al que vuelvo una y otra vez, una de esas obras que contiene enseñanzas esenciales que solemos olvidar y cuya recuperación nos procura un hondo consuelo. Se trata de un compendio de textos de diferente factura, fragmentos de la memoria que dan idea de los recuerdos, intereses, preocupaciones y obsesiones de la autora italiana (Palermo, 1916-Roma, 1991). Se trata de una ventana abierta por la que mirar a los interiores de Ginzburg, de una invitación a prolongar el recorrido por su obra, una invitación que yo había dejado a buen recaudo en un cajón hasta estas últimas semanas en las que he vuelto a pasar, con renovada alegría, las páginas de una entrega que se ha enriquecido al acompañarla de la lectura de novelas como Las palabras de la noche, publicada poco después de la muerte de la autora y reeditada continuamente por Pre-Textos, y Léxico familiar, que Lumen acaba de poner en las librerías, junto con otros de sus títulos, para celebrar los cien años de su nacimiento.

Ver el nombre de la escritora en las mesas de novedades fue suficiente para estimular un deseo dormido, para emprender un viaje literario que aún no ha terminado, pero del que ya quiero hablaros, un viaje en busca de la sencillez, de la emoción, de la complicidad. Señala la poeta Elena Medel, quien ha puesto prólogo a los renovados “Ginzburg” de Lumen, que el prodigio de la autora reside, entre otras muchas cosas, en su capacidad para “convertir lo íntimo y cotidiano en una experiencia común, compartida por quienes la leen”. Asegura que cuando se acerca a ella no la siente extraña, sino propia. Dice que “esa mujer menuda de mirada penetrante no nos cuenta nada que no le haya ocurrido, y no nos cuenta nada que no nos haya ocurrido”. Resalta que su escritura tiene que ver con “el tono propio de las confidencias de amigos y que en el fondo su obra “traza un recuerdo de dignidad y resistencia con palabras domésticas, lejos de la épica y cerca de lo que es suyo y nuestro”.

Ginzburg, Natalia ©Agnese De Donato
Ginzburg, Natalia. Fotografía por © Agnese De Donato

No puedo estar más de acuerdo. Pese a la lejanía en el tiempo y en las circunstancias, cuando leemos a Natalia Ginzburg la sentimos muy próxima. Cómplices de su mirada, de sus observaciones, no es raro que sonriamos al reconocer situaciones, comportamientos secretos que tal vez no nos atrevemos a confesar. Hay constantemente en sus narraciones una sensación de felicidad no apreciada en el momento, sino cuando se va; una melancolía de lo vivido. Hay una belleza de lo pequeño, de lo corriente, y un abrazo a los seres queridos, con toda su carga de imperfecciones, que difícilmente podemos olvidar. Nos reconocemos ahí, nos conmovemos ante la intensidad de las experiencias de Ginzburg, y seguimos sus pasos sin querer apartarnos del camino que abrió para nosotros, porque en ese camino hay dolor, pero también luz y aprendizaje.

Señala la poeta Elena Medel que el prodigio de Natalia Ginzburg reside, entre otras muchas cosas, en su capacidad para “convertir lo íntimo y cotidiano en una experiencia común, compartida por quienes la leen”. Asegura que cuando se acerca a ella no la siente extraña, sino propia. Dice que “esa mujer menuda de mirada penetrante no nos cuenta nada que no le haya ocurrido, y no nos cuenta nada que no nos haya ocurrido”.

Cuando leemos un libro que nos marca profundamente, conservamos durante mucho tiempo determinadas atmósferas, imágenes, palabras. De Las pequeñas virtudes (Acantilado) yo guardaba el recuerdo de un pueblo italiano pobrísimo en tiempos de guerra y de una mujer, la escritora, con el miedo a cuestas, temiendo siempre que su marido sea encarcelado, velando por sus hijos pequeños. El mismo estremecimiento de la primera lectura ha reaparecido cuando he vuelto a las páginas de Invierno en los Abruzzo. El estilo conciso, el dominio de los tiempos, de los silencios, convierten esta pieza en una de mis favoritas. En apenas veinte páginas Ginzburg nos cuenta el episodio más duro de su vida y, al mismo tiempo, rememora esos días felices, en las más adversas de las condiciones, esas jornadas cuya plenitud no fue capaz de reconocer hasta que pasó a formar parte del equipaje del pasado.

A ese pueblo fueron obligados a ir, como “confinados de guerra”, la autora y su marido, Leone Ginzburg, de quien toma el apellido, un intelectual de origen judío que fue uno de los fundadores de la mítica editorial Einaudi y que estuvo vigilado permanentemente por sus firmes convicciones antifascistas y su oposición a la dictadura de Mussolini. Durante tres años vivieron allí en compañía de sus hijos y, poco después de dejar el lugar, Leone fue encarcelado por los nazis y murió en la cárcel romana de Regina Coeli, a causa de las torturas.

La nostalgia crecía en nosotros día a día. A veces era incluso agradable, como una compañía tierna y ligeramente embriagadora (…) A veces la nostalgia se tornaba oscura y amarga, se convertía en odio…”, cuenta la escritora. “Cuando comenzaba a caer la primera nieve, una lenta tristeza se apoderaba de nosotros. Lo nuestro era un exilio: nuestra ciudad estaba lejos, y lejos estaban los libros, los amigos, las vicisitudes varias y cambiantes de una verdadera existencia…”, leemos en esta evocadora narración que habla también del sentido de solidaridad, de la ayuda que se prestaban unos a otros en medio de la intemperie, de la desolación. Ginzburg rememora los cálidos momentos de reunión familiar, los paseos con su marido, cogidos del brazo y “hundiendo los pies en la nieve, todas las tardes de invierno, y el alimento de los sueños y las esperanzas del porvenir.

Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias”, argumenta la escritora [la lúcida reflexión, los pensamientos expuestos en voz alta, es otra de sus características]. Y al final se pregunta si ella es la misma que se paseaba por la nieve en aquel pueblo, con fe “en un porvenir fácil y alegre”, en aquella época pasada que fue la más feliz de su vida, de lo que es consciente cuando ya ha pasado para siempre.

Insisto en esta idea, me detengo en este fragmento, porque aquí está una de las fuentes esenciales que alimentan toda la obra de Natalia Ginzburg. Es esa sensación la que volvemos a encontrar en Léxico familiar, una hermosísima novela biográfica donde recupera la figura de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos y conocidos: la plenitud de los momentos compartidos, la complicidad de las palabras, la mirada compasiva hacia los próximos, el discurrir del tiempo, la sucesión de las edades de la vida. Hay humor y ternura en esta obra que amplía el relato de los Abruzzo y lo vuelve a presentar en medio de la historia coral. Bañada por esa profunda sencillez tan definitoria, la obra retrata la Italia oscura de Mussolini desde la realidad íntima, cercana y cerrada, de una familia que nunca creyó que los años de la dictadura durasen tanto tiempo, cuya casa sirvió de refugio a conocidos resistentes y que, posteriormente, fue sometida a vigilancia, sufriendo algunos de sus protagonistas penas de cárcel.

Italo Calvino, Natalia Ginzburg archivio Giovannetti/effigie / COVER
Italo Calvino, Natalia Ginzburg – archivo Giovannetti/effigie/COVER

Natalia Ginzburg parte siempre de lo vivido. Todos los elementos de sus novelas arrancan de la realidad, pero se muestran, son recreados, a la manera de una ficción. En otro de los textos de Las pequeñas virtudes, titulado Mi oficio, tras repasar sus distintas etapas, el trabajoso camino de las búsquedas, la autora concluye que la escritura es un oficio que se alimenta de los días y los asuntos de la propia existencia y de las existencias de los demás, pero que también se nutre de cosas horribles. “Se come lo mejor y lo peor de nuestra vida, en su sangre fluyen tanto nuestros sentimientos malos como los buenos”, asegura en una pieza esencial para comprenderla.

En su novela “Léxico familiar” la escritora retrata la Italia oscura de Mussolini desde la realidad íntima, cercana y cerrada, de una familia que nunca creyó que los años de la dictadura durasen tanto tiempo, cuya casa sirvió de refugio a conocidos resistentes y que, posteriormente, fue sometida a vigilancia, sufriendo algunos de sus protagonistas penas de cárcel.

A mi madre le alegraba contar historias, porque amaba el placer de narrar. Comenzaba a contar algo en la mesa dirigiéndose a uno de nosotros, y tanto si contaba algo de la familia de mi padre como de la suya, ponía mucha pasión y siempre era como si relatase aquella historia por primera vez a oyentes que no la conocían”, leemos en Léxico familiar y comprendemos la influencia materna, la importancia de las palabras y expresiones recordadas, del relato oral, cuyas tonalidades y ritmos se filtraron en la sensibilidad de la hija pequeña, convirtiendo su habilidad para expresar lo dicho desde la cercanía, para desplegar diálogos absolutamente espontáneos, en uno de los rasgos inconfundibles de su literatura.

Somos cinco hermanos. Vivimos en distintas ciudades y algunos en el extranjero, pero no solemos escribirnos”, seguimos el relato de Ginzburg. “Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos los unos de los otros, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, alguna de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia (…) para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación…”

Hay ternura, hay sonrisa, compasión, afecto, mucho afecto, en la historia de los Levi, apellido familiar. Cuando la autora nos invita a sentarnos a la mesa, con sus seres queridos, no podemos evitar sentirnos cómplices. Estamos ahí, compartiendo los alimentos y la conversación, y aceptamos habitar ese espacio durante mucho tiempo, porque las emociones que despierta la lectura, se quedan en nosotros, nos impregnan. Hay espontaneidad y verdad en este relato que se convierte en un recorrido por la dignidad, el compromiso, el valor frente al miedo y la resistencia.

La alegría, las pequeñas anécdotas, los cambios de humor del padre, el profesor Levi, amante de las ciencias y de la montaña, declarado antifascista, conviven con la tristeza, con las sombras, porque la época en la que todo transcurrió estuvo marcada por la dictadura, y desembocó en la ocupación alemana y en la II Guerra Mundial. Estamos en Italia, pero la sociedad que retrata Natalia Ginzburg se asemeja mucho, corre en paralelo a la de la España franquista. Hoy, cuando hay quienes optan por poner equidistancia frente a los hechos del pasado; cuando se ningunea la memoria histórica; cuando determinados políticos aplauden “la paz y el orden” de las dictaduras, merece mucho la pena leer libros como los de Natalia Ginzburg, como los de tantos otros escritores que todos conocemos, que no merece la pena enumerar. Libros para no olvidar lo que supone vivir sin posibilidad de expresar la disidencia, con el constante temor a ser denunciados, interrogados, encarcelados, torturados.

Aquí quiero hacer un inciso para reivindicar, una vez más, el poder de la ficción para salvarnos de la desmemoria, para hacernos comprender, desde dentro, desde el corazón, desde el estremecimiento, el devenir de los acontecimientos, para situarnos en el presente sin perder de vista el largo río de la Historia. Leer a Ginzburg nos hace ponernos en la piel de todos los que han vivido bajo dictaduras, de todos los que sufrieron el terror de las guerras y traspasaron, irremediablemente, su dolor a las generaciones siguientes, un dolor que se ha diluido en el tiempo, pero que conviene no olvidar, pese a la velocidad y la confusión que la actualidad impone.

Estamos en Italia, pero la sociedad que retrata Natalia Ginzburg se asemeja mucho, corre en paralelo a la de la España franquista. Hoy, cuando hay quienes optan por poner equidistancia frente a los hechos del pasado; cuando determinados políticos aplauden “la paz y el orden” de las dictaduras, merece mucho la pena leer libros como los de Natalia Ginzburg para no olvidar lo que supone vivir sin posibilidad de expresar la disidencia, con temor a ser denunciados, interrogados, encarcelados, torturados.

Nos habla la escritora de la soledad de sus padres cuando la mayoría de sus amigos van asumiendo los principios del fascismo o no son “tan abierta y declaradamente antifascistas como éstos hubieran deseado”. Recuerda la veneración del profesor Levi por los compañeros encarcelados y su pesimismo al pensar que no va a volver a verlos nunca más. “No pensaba que hubiera nuevos conspiradores entre las generaciones más jóvenes, y si hubiese sospechado que los podía haber, le habrían parecido unos locos. Según él, contra el fascismo no había nada, absolutamente nada que hacer”, relata Ginzburg, quien a continuación, en contraste con la actitud paterna, nos ofrece unas pinceladas sobre su madre que no pueden dejar de conmovernos, el retrato de una escena familiar inolvidable.

En cuanto a mi madre, era optimista por naturaleza, y esperaba algún buen golpe de mano. Confiaba en que un día alguien “hiciese” caer a Mussolini de alguna forma. Y salía por la mañana diciendo: “Voy a ver si el fascismo está todavía en pie. Voy a ver si han hecho caer a Mussolini”. Recogía alusiones y rumores en las tiendas y traía presagios animosos. Decía a mi padre durante la comida: “Por aquí se nota un  gran descontento. La gente no puede más”. “¿Quién te lo ha dicho?”, gritaba mi padre. “Me lo ha dicho mi verdulero”, respondía mi madre. Y mi padre resoplaba con gran desprecio”.

Esta es la manera de contar de Natalia Ginzburg, esta es su irresistible manera de ganarnos, de convertirnos en sus afines, en sus iguales. Antes os hablaba del texto de Pequeñas virtudes dedicado a su confinamiento en los Abruzzos. Es una narración breve que completamos con lo que nos dice en Léxico familiar sobre esa etapa, sobre su relación con Leone Ginzburg, cuya verdadera pasión era la política, por encima de la poesía, la filología y la historia. Impulsor de la aventura de la editorial Einaudi, gran amigo, igual que la escritora, de Cesare Pavese, aparece en la parte final del libro, entrando y saliendo de la cárcel, despreciado por muchos que, de caer rendidos ante su brillantez de buen conversador, pasaron a querer evitar el peligro de su compañía.

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Si en todo momento la autora se mantiene en un prudente segundo plano, desde la perspectiva de observadora que cuenta lo más cercano como si le hubiese pasado a otra, como personaje de la novela de su vida, es aquí cuando el relato adquiere mayor carga emocional, pero sin desbordarse en ningún momento, sin exceso de lamentos, ni de lágrimas. Somos conscientes de su amor, de su entrega, a un hombre, perseguido; asistimos de su mano a los estimulantes comienzos de Einaudi: la escuchamos decir que “el fascismo parecía que no iba a acabar nunca”; seguimos su relato de la penosa situación de los judíos, huidos de Alemania, que llegaban a Turín. Por todas partes se sentía un oscuro miedo, escribe. Le bastan pocas páginas para trasladarnos a ese momento de adioses y exilios, con los alemanes avanzando, cada vez más cerca. Y después: el estallido de la guerra, narrado con la más absoluta lucidez.

La vida en familia, el nacimiento de su hija Alessandra, en el 43, los últimos meses que pasó junto a su pareja, cuando se confiaba en un próximo final de la contienda, la protección que siempre le proporcionó su madre… He aquí la novela de lo cotidiano. He aquí el testimonio de la intrahistoria, de las pequeñas y grandes emociones humanas en medio de los caudalosos acontecimientos que han de pervivir para siempre en los manuales académicos. Esto es Léxico familiar. Y es, como decía antes, el relato de las esperanzas y los quiebros y las heridas, porque cuando el horror toca a su fin y parece que llega el momento de los claros, Leone muere en la cárcel. “Al llegar a Roma respiré, y pensé que comenzaría una época feliz para nosotros. No tenía motivos para pensarlo, pero lo hice...”, escribe Ginzburg y abre un largo silencio que nos cuenta el resto. No le hacen falta más palabras ni tiene necesidad de ofrecer detalles grandilocuentes. De nuevo nos cautiva la emotividad contenida, la verdad austera, desnuda, sin adornos.

Además de los miembros de la familia, por las páginas de esta entrega de Ginzburg circulan muchos otros personajes, así otra familia cercana, los Olivetti [sí, los fabricantes de la famosa máquina de escribir Olivetti], también antifascistas. Y, por supuesto, el escritor Cesare Pavese, al que citaba antes, que acudía todas las tardes a ver a su vigilado amigo Leone, casi siempre apesadumbrado, triste, por sus desengaños amorosos, y que, convencido por éste, acabó trabajando y siendo clave en el devenir de la editorial Einaudi, ya que gracias a él se tradujo y editó a autores como Faulkner, Hemingway, Joyce, Whitman y Melville, entre otros [resulta muy interesante todo lo que nos cuenta Ginzburg de su paso como editora por Einaudi, donde trabajó intensamente, y donde su destino se cruzó también con otro de los grandes de las letras italianas, Italo Calvino].

Pavese es un personaje muy logrado en esta novela biográfica de Ginzburg, pero donde de verdad consigue la autora hacernos comprender al poeta, y autor de novelas como De tu tierra, El camarada o Entre mujeres solas, es en el texto que le dedicó, sin citar su nombre en ningún momento, y que podemos leer en Las pequeñas virtudes, bajo el título de Nuestro amigo. Es muy bella esta pieza en la que la escritora parte de un retrato de la ciudad de Turín, una ciudad entre nieblas, “melancólica por naturaleza”, que tanto se ajustaba al espíritu de quien acabó suicidándose en un hotel, en pleno mes de agosto, cuando nadie estaba a su lado.

Ahora nos damos cuenta de que nuestra ciudad se parece al amigo que hemos perdido y que tanto la amaba; es, como era él, laboriosa, ceñuda en su actividad febril y terca, y, al mismo tiempo, apática y dispuesta a holgazanear y a soñar. En la ciudad que se le parece, sentimos revivir a nuestro amigo donde quiera que vayamos. En cada esquina y en cada vuelta creemos que puede surgir de repente su alta figura con el abrigo oscuro de trabilla, el rostro oculto tras el cuello, el sombrero calado hasta los ojos…”, vamos leyendo. Y más adelante: “Conversar con él nunca era fácil, ni siquiera cuando se mostraba alegre; pero un encuentro con él. aunque hecho de pocas palabras, podía resultar tónico y estimulante como ningún otro. En su compañía nos volvíamos mucho más inteligentes, nos sentíamos inclinados a poner en nuestras palabras lo mejor y lo más serio que llevábamos dentro, descartábamos los lugares comunes, los pensamientos imprecisos, las incoherencias”.

“Nuestro amigo” es una pieza muy bella en la que la escritora parte de un retrato de la ciudad de Turín, una ciudad entre nieblas, “melancólica por naturaleza”, que tanto se ajustaba al espíritu de Cesare Pavese, quien acabó suicidándose en un hotel, en pleno mes de agosto, cuando nadie estaba a su lado.

Natalia Ginbzburg habla de Cesare Pavese desde la admiración y nos ofrece valiosas claves, con su sagacidad y sabiduría a la hora de captar las contradicciones del alma humana, de acceder a los pozos más profundos de los demás y de sí misma. “Para nosotros no fue un maestro, a pesar de que nos había enseñado muchas cosas, porque nos dábamos perfecta cuenta de las absurdas y tortuosas complicaciones de pensamiento en que aprisionaba su alma sencilla, y habríamos querido enseñarle a vivir de un modo más elemental y respirable; pero nunca hubo manera de enseñarle nada, porque cuando intentábamos exponerle nuestras razones, levantaba una mano y decía que él ya lo sabía todo”.

Cuántas cosas nos enseña Natalia Ginzburg, a nosotros, sus lectores. Cuando entramos en su casa no queremos salir, porque nos sentimos acogidos y todo nos resulta transparente, diáfano, por efecto de su estilo sutil, sobrio, preciso, y porque apreciamos la autenticidad. Como os decía antes, como ella misma confesó, en toda su obra habló de lo vivido, de lo experimentado, de lo conocido. Y he ahí su verdad. Una verdad que brilla en sus narraciones y novelas, todas con un sesgo más o menos autobiográfico.

La verdad asoma en otro de los libros que he leído estas últimas semanas y que no puedo dejar de recomendaros también, Las palabras de la noche, donde la escritora vuelve a hacernos reír y reflexionar; donde vuelve a demostrarnos su dominio de los diálogos y su conocimiento de los pueblos, de los espacios cerrados y asfixiantes, donde todos lo saben todo de todos, y si no lo saben lo imaginan y lo difunden [los que sois de pueblo sabéis de lo que hablo ]. A través de las conversaciones entre una madre y una hija, la autora nos habla de la dificultad de huir de los convencionalismos, de las etiquetas y reglas sociales; de la construcción de la identidad; de las decisiones que se toman y marcan el camino en una u otra dirección. La Italia fascista vuelve a ser el telón de fondo, el decisivo telón de fondo, y, como siempre, el río de la vida fluyendo, arrastrando sueños, deseos, edades.

Ginzburg nos hace tomar conciencia en esta novela, a través de la relación de una joven pareja, de que la excesiva sumisión y la aceptación a lo establecido, conduce a la infelicidad, de que actuar de acuerdo a lo que los demás –la sociedad, la familia– reclaman, lleva a la muerte de lo que verdaderamente se piensa y se es. Resulta increíble la sencillez con la que en esta novela nos habla de lo más hondo y nos transmite la sensación del paso del tiempo, de las costumbres repetidas, de lo que sigue acaeciendo generación tras generación.

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También encontramos aquí esa idea esencial en su literatura: –“La felicidad siempre parece mentira, es como el agua, y se comprende sólo cuando se ha perdido”, pone en boca de uno de sus personajes, en medio de una charla. –“Incluso el mal que hacemos, es así, parece mentira, parece una tontería, agua fresca, mientras lo hacemos; si no, la gente no lo haría, tendría más cuidado”, prosigue el diálogo.

Así es Natalia Ginzburg: sutil y ligera, pero sin dejar de apresar las complejidades y luchas del espíritu, las zonas de conflicto, las espesuras que debemos despejar para encontrar un poco de armonía, de calma, de alegría. Pasear por sus paisajes, entrar en sus estancias, participar de sus escenas cotidianas, es descubrir y descubrirnos, apreciar el proceso del crecimiento, el camino de la búsqueda, del aprendizaje constante. Empecé este artículo con Las pequeñas virtudes, siempre al alcance de la mano, siempre libro de cabecera, y no quiero acabarlo sin aludir a otra de sus piezas, porque tiene mucho que ver con lo que acabo de exponer. Se trata de Las relaciones humanas y recorre las distintas etapas de la existencia: la infancia, la adolescencia, la adultez, a partir de experiencias propias, pero con los brazos extendidos a las constantes imperturbables que marcan todo destino.

Así es Natalia Ginzburg: sutil y ligera, pero sin dejar de apresar las complejidades y luchas del espíritu, las zonas de conflicto, las espesuras que debemos despejar para encontrar un poco de armonía, de calma, de alegría. Pasear por sus paisajes, entrar en sus estancias, participar de sus escenas cotidianas, es descubrir y descubrirnos, apreciar el proceso del crecimiento, el camino de la búsqueda, del aprendizaje constante.

Me detengo en el momento en el que la escritora habla del dolor. De nuevo nos trasmite sus vivencias en la guerra, pero lo hace con otras palabras, de manera diferente, más poética. Cuando no queda otro camino que huir y esconderse; cuando se pasa hambre y frío; cuando se duerme con los hijos en estaciones, en escalinatas de iglesias, en albergues para pobres; cuando se aprende a pedir auxilio, “sólo a ratos”, nos cuenta, “del fondo de nuestro cansancio, surge en nosotros la conciencia de las cosas, tan punzante que hace que se nos salten las lágrimas; tal vez miramos la tierra por última vez. Nunca hemos sentido con tanta fuerza el amor que nos une al polvo de los caminos, a los estridentes gritos de los pájaros, a ese ritmo jadeante de nuestra respiración (…) Nunca hemos amado tanto a nuestros hijos, su peso entre nuestros brazos, la caricia de sus cabellos en nuestras mejillas; sin embargo, ya no sentimos miedo ni siquiera por nuestros hijos. Le decimos a Dios que los proteja, si quiere. Le decimos que haga lo que quiera”.

Con un nudo en la garganta, agradecidos por tanta verdad, por tanta revelación, seguimos leyendo este texto de Ginzburg en el que nos indica que ante esas experiencias extremas es cuando realmente nos convertimos en adultos; cuando hemos perdido a las personas queridas, cuando pasamos a custodiar los objetos de los muertos, “a volver solos a los lugares donde habíamos estado con ellos, a preguntar y a oír el silencio a nuestro alrededor”. En el espacio que se abre entre las pérdidas y los dolores es donde aprendemos, nos dice, a encontrar un equilibrio en nuestra vida oscilante”, a mirar al prójimo, “con una mirada siempre adecuada y libre, no con la mirada temerosa o despreciativa del que siempre se pregunta, en presencia del prójimo, si será su amo o su siervo…”

Nos anima Natalia Ginzburg a buscar nuestros momentos secretos, esos instantes vitales, de descubrimiento, que son los más altos de nuestros destinos, para desde ahí reconocernos, empatizar con los otros, con las edades de los otros. Podría seguir transcribiendo párrafos y párrafos de este texto tan necesario, pero prefiero que lo leáis, que os busquéis en él. No os perdáis esta joya que es Las pequeñas virtudes, volumen que toma el título de su último texto, en el que la escritora habla de la educación, donde nos dice que a los hijos hay que enseñarles no las pequeñas, sino las grandes virtudes, “no el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”.

Nos anima Natalia Ginzburg a buscar nuestros momentos secretos, esos momentos vitales, de descubrimiento, que son los más altos de nuestros destinos, para desde ahí reconocernos, empatizar con los otros, con las edades de los otros.

Ya me había referido en alguna otra ocasión, en las páginas de la sección “Una ventana propia” a este libro y a este texto en concreto que tanto representa a la autora, escrito, como siempre, a partir de lo vivido (pulsar aquí). Repaso ahora imágenes de Natalia Ginzburg, una mujer siempre alerta, siempre comprometida, que acabó participando en política en la última fase de su vida (a mediados de los 80 fue elegida diputada del Parlamento por el Partido Comunista Italiano). Oriana Fallaci, que la entrevistó en su casa de Roma, donde vivía con su segundo marido, Gabriele Baldini, estudioso de la literatura inglesa, la retrató tímida, con esa timidez que nunca se pierde y que se vuelve más audaz con los años, como ella misma dijo. Según Fallaci no era para nada guapa ni elegante, pero tenía una voz fascinante, como de femme fatale. Es duro, severo, el rostro de esta mujer que nos observa hondamente a través del tiempo, a la que tanto admiró Carmen Martín Gaite, que nunca llegó a conocerla, pero que bebió en las aguas calmas, profundas, de su prosa. Las heridas y los ofrecimientos de la vida, las virtudes cotidianas, se reflejan en los gestos, en las miradas, que la cámara atrapó. Cierro las páginas de sus libros y le doy gracias por su compañía, por su espontaneidad, por su intensa, enriquecedora, humanidad.

Los libros de los que se habla en este artículo son: Las pequeñas virtudes (Acantilado), traducido por Celia Filipetto; Léxico familiar (Lumen), con prólogo de Elena Medel y traducido por Mercedes Corral, y Las palabras de la noche (Pre-Textos), traducido por el escritor Andrés Trapiello.

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