Deborah Levy: ”La libertad nunca sale gratis”

Emma Rodríguez © 2019 /

Me encuentro con una mujer llorando mientras sube por las escaleras mecánicas de una estación de tren. La sigo. Detrás de ella se encuentra Deborah Levy. Estoy leyendo la primera página de Cosas que no quiero saber, tomo inicial de su Autobiografía en Construcción, y aún no sé que se convertirá en esa amiga que me gustaría tener, en esa cómplice capaz de poner palabras a vivencias, emociones y preguntas que yo también me he formulado en recientes momentos de cambio, de ajuste vital.

Cuando tomamos decisiones que rompen con lo que hemos sido, con lo que hemos vivido; cuando decidimos dejar atrás trabajos, comodidades y relaciones que ya no nos hacen felices, que no encajan en el proceso de nuestro crecimiento; cuando, en esas circunstancias, nos lanzamos a la piscina asumiendo riesgos, atravesando inquietudes e incomprensiones, nos sentimos muy cerca de la mujer que llora, que indaga, que busca una nueva manera de estar en el mundo. 

Deborah Levy es escritora. Tiene una amplia trayectoria a sus espaldas, pero yo acabo de descubrirla con esta entrega y con la siguiente, El coste de vivir, segunda  de una narración biográfica en marcha que concluirá con un tercer volumen. Se trata de una intensa aventura literaria donde la escritora  parte de la necesidad de ser ella misma, fuera de convencionalismos y normas sociales, dejando de lado de una vez por todas lo que se supone que tiene que ser como mujer y como madre. Es ahí, en ese empeño, donde empieza a construirse una nueva identidad en todos los planos de su vida, recobrando las piezas rotas de su pasado, sobreviviendo al naufragio de su matrimonio, entablando una nueva manera de relacionarse con sus hijas, abriendo un cauce renovado en su escritura.

La «Autobiografía en construcción» de Deborah Levy es una intensa aventura literaria donde la escritora  parte de la necesidad de ser ella misma, fuera de convencionalismos y normas sociales, dejando de lado lo que se supone que tiene que ser como mujer y como madre.

La mujer que llora es capaz de hablar con un lenguaje preciso, renovado, original, sarcástico, de sentimientos escondidos, profundos, de comportamientos repetidos, asimilados, que no siempre nos resulta fácil identificar porque desde siempre hemos vivido con ellas. La mujer que me encontré llorando mientras subía las escaleras de la estación de tren se va fortaleciendo a medida que va asimilando vivencias y pasajes de su vida de los que durante mucho tiempo ha preferido no saber. La mujer que llora, Deborah Levy, ha construido un personaje con los mimbres de su propia biografía para dejar testimonio de un proceso de transformación en el que consigue, poco a poco, ir alzando la voz.

Cosas que no quiero saber y su continuación, El coste de vivir,  van de eso, de aprender a alzar la voz, a identificar los deseos, a vivir según las propias convicciones, aunque eso signifique salirse del rebaño, quedarse en las afueras, en ese lugar exterior al supuesto confort instituido (de nuevo acude a mí esa frase que tanto he escuchado y que tanto me irrita: “mejor no atreverse a salir, a cambiar, que fuera hace mucho frío”). En compañía de la mujer que me encontré llorando, de la mujer que va avanzando y aprendiendo a medida que yo voy pasando las páginas, he reconocido, actitudes propias, esa disposición a obrar según el criterio propio, esa dolorosa rebeldía con la que en ocasiones nos movemos por la vida y que tantas veces nos pasa factura. 

No alcanzaba a oírla, pero sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él”, seguimos a la narradora mientras recobra los recuerdos de su infancia. El trayecto de Cosas que no quiero saber empieza en el presente, con nuestra protagonista reflexionando sobre su llanto al subir por las escaleras mecánicas de las estaciones ferroviarias y tomando la decisión de emprender un viaje a Palma de Mallorca, al mismo hotelito aislado en la montaña, donde había estado sola cuando era una joven enamorada y ya entregada a la escritura. 

La percepción sobre el amor de aquella mujer joven ha cambiado por completo. Su ordenador ya no es el mismo, pesa menos y es mucho más sofisticado, pero el gesto de enchufarlo a la corriente para emprender la escritura es el mismo. Deborah Levy escribe a medida que vive. La inmediatez de sus pasos se apodera del relato, pero su fuerza está también en el manejo de los recuerdos, de la memoria, en el alcance e interpretación de las experiencias cuando el tiempo ha pasado y el dolor de las heridas se ha ido aminorando.

Una Deborah Levy convertida en personaje de sí misma, muerde la dulce pulpa de un albaricoque, observa a María, que regenta la pensión donde se ha instalado, una mujer que ha decidido vivir al margen del matrimonio y de los hijos, y se pone a pensar en su condición de madre, en todas las madres a las que conocía de la época en que iba a la escuela a recoger a sus hijas. ¿Qué significa la feminidad? ¿Hasta qué punto las mujeres deciden qué tipo de madres, esposas, amantes, quieren ser? ¿De qué modo están condicionadas por las reglas sociales, por una cultura patriarcal establecida desde muy atrás? ¿Se conforman con representar un papel o eligen llevar las riendas de sus destinos?

Deborah Levy formula preguntas muy interesantes respecto a todas estas cuestiones. En su indagación va encontrando respuestas y argumentos que iluminan, nos iluminan, el camino. El trecho lo realiza en compañía de otras mujeres que, antes que ella, han reflexionado sobre lo mismo, caso de Simone de Beauvoir o Marguerite Duras. Uno de los hilos conductores de las entregas que nos ocupan  es la búsqueda de una nueva identidad femenina, menos encorsetada, menos marcada por mitos y modelos fijados. Está presente todo el tiempo, aparece mientras el tiempo discurre, mientras la escritura se va desarrollando.

Uno de los hilos conductores de las entregas que nos ocupan es la búsqueda de una nueva identidad femenina, menos encorsetada, menos marcada por mitos y modelos fijados. El trecho lo realiza Levy en compañía de autoras como Simone de Beauvoir y Marguerite Duras.

Ahora que nos habíamos convertido en madres todas éramos sombras de lo que fuimos, perseguidas por las mujeres que fuimos antes de tener hijos. En realidad no sabíamos qué hacer con ella, con esa joven fiera, independiente, que nos seguía por ahí, gritando y señalando con el dedo, mientras empujábamos los cochecitos infantiles bajo la lluvia inglesa. Intentábamos responderle pero carecíamos del lenguaje para explicar que no éramos mujeres que simplemente habían adquirido unos hijos: nos habíamos metamorfoseado (cuerpos nuevos y pesados, leche en los pechos, programadas hormonalmente para salir corriendo hacia nuestros bebés cuando rompieran a llorar) en alguien que no terminábamos de entender)”, leemos muy al comienzo.

Y más adelante: “La Madre era la mujer que el mundo entero había imaginado hasta la saciedad. Costaba mucho renegociar la fantasía nostálgica del mundo acerca de nuestro propósito en la vida. El problema radicaba en que también nosotras albergábamos toda suerte de imaginaciones descabelladas sobre acerca de lo que debería “ser” la Madre y nos atormentaba el deseo de no decepcionar. Todavía no habíamos comprendido del todo que la Madre, tal como la imaginaba y politizaba el Sistema Social, era un engaño. El mundo quería más a esa falsa ilusión que a la madre…”

Como os decía, los merodeos, búsquedas y revelaciones sobre la condición femenina, conforman una especie de río que recorre toda la narración. Deborah Levy busca entenderse, explicarse, y nos explica. Pese a los avances del feminismo, es complicado huir de ese imaginario al que se refiere la autora, de comportamientos y verdades asumidas generación tras generación. Me consta que las cosas han cambiado poco en muchos aspectos, que las mujeres que hoy deciden ser madres se ven abocadas a asumir los mismos patrones. Me atrevo a decir que incluso hay un movimiento reaccionario en parte de la sociedad que cierra aún más los márgenes. No es fácil salir de esos patrones marcados, como no es fácil caminar por senderos ajenos a lo considerado “normal”. 

No me resisto a transcribir un nuevo pasaje especialmente significativo: “Como todo lo relacionado con el amor, nuestros hijos nos hacían inmensamente felices –e infelices–, pero nunca tan desgraciadas como nos hacía sentir el neopatriarcado del siglo veintiuno. Se nos exigía ser pasivas pero ambiciosas, maternales pero eróticamente enérgicas, abnegadas pero realizadas: teníamos que ser Mujeres Modernas Fuertes al tiempo que vivíamos sometidas a todo tipo de humillaciones, tanto económicas como domésticas…”

De manera valiente, sincera, honesta, desde la lucidez y el desparpajo, aborda Deborah Levy estas cuestiones y ayuda a avanzar, a leer de otra manera, con argumentos renovados, más ligeros. Este tipo de meditaciones son una parte fundamental de los dos tomos de Autobiografía en construcción. Forman parte de la piel de nuestra protagonista, quien parte de la empatía con las otras mujeres. “Ninguna mujer está completamente integrada en las instituciones concebidas por la conciencia masculina”, nos hace llegar estas palabras de Adrienne Rich, a quien lee mientras va levantando su propio texto, su propia historia.

En el camino al hotel de Palma de Mallorca la escritora que nos está narrando sus peripecias se pierde. “Quería perderme para ver qué pasaba”, admite. A partir de ahí, el relato da un vuelco al pasado, a Johannesburgo, donde Deborah Levy nació en 1959. El drama del apartheid entra en las páginas de Cosas que no quiero saber. El padre de la protagonista es encarcelado por defender los derechos de la población negra, por adscribirse a la lucha de Nelson Mandela. La niña crece siendo consciente de que hay “zonas reservadas para uso exclusivo de los miembros de la raza blanca”. Cuando el progenitor es liberado, en 1974 la familia emprende viaje a Inglaterra, donde esperan nuevas experiencias, nuevos abismos a los que enfrentarse.

Tenía muchas preguntas que plantearle al mundo desde el dormitorio de West Finchley sobre mi país de nacimiento. ¿Cómo se vuelve cruel y depravada la gente? Si torturas a alguien, ¿estás loco o eres normal? Si un hombre blanco azuza a su perro contra un niño negro y todos dicen que no pasa nada, si los vecinos y la policía y los jueces y los profesores dicen “A mí me parece bien, ¿la vida vale la pena? ¿Y qué pasa con la gente a la que no le parece bien? ¿Hay suficientes en el mundo?”, me detengo en este pasaje porque me estremece. Levy alude al apartheid, pero sus palabras sirven para nombrar otras muchas circunstancias y nos interrogan sobre nuestra posición ante situaciones de injusticia, de desigualdad, de maltrato, ante la demonización de los refugiados, por ejemplo, por parte de amplios sectores de la población, en gran parte espoleados por políticas reaccionarias.

Pienso ahora en una frase del escritor Hanif Kureishi con la que volví a encontrarme recientemente: “Si la política de partidos es vulgar, formularia y nada interesante, y lo mismo pasa con la mayoría de los medios de comunicación, puede muy bien resultar que algo tan pasado de moda como escribir sirva para expresar y compartir nuestras preocupaciones más profundas”. La lectura de Deborah Levy, como la de Kureishi, como la de tantos otros escritores que me interesan, que me enriquecen, consigue exactamente eso: “expresar y compartir nuestras preocupaciones más profundas”. 

Vuelvo a encontrarme a la mujer que lloraba al subir las escaleras mecánicas de una estación de tren, a la mujer que en Cosas que no quiero saber me atrapa con sus reflexiones, con sus altibajos existenciales, en las páginas de El coste de vivir. De nuevo la veo como la amiga que me gustaría tener, con la que compartir confidencias en esa terraza a la acuden pájaros, que es uno de los escenarios de su obra. “Cuando rondaba los cincuenta años y se suponía que la vida debía ir ralentizándose, volviéndose más estable y predecible, la vida se volvió más rápida, inestable, impredecible”, voy pasando las páginas de este segundo volumen donde se ahonda en el fracaso de un matrimonio, en la pérdida del anhelo “de un amor duradero que no reduzca a sus actores protagonistas a menos de lo que son”.

“Cuando rondaba los cincuenta años y se suponía que la vida debía ir ralentizándose, volviéndose más estable y predecible, la vida se volvió más rápida, inestable, impredecible”, leemos en «El coste de vivir».

La crisis, la tempestad que atraviesa la protagonista es lo que acaba acercándola a la manera en que desea estar en el mundo. De ese proceso, de las decisiones que tomamos y los riesgos que asumimos con ellas, trata El coste de vivir. Lo he percibido también como un ejercicio de libertad, de rebeldía, de resistencia, de afirmación.”La libertad nunca sale gratis. Cualquiera que haya peleado por ella sabe cuánto cuesta”, indica la narradora en este tramo del trayecto donde se relata un proceso de “desintegración y ruptura”, donde no se desea “restaurar el pasado”, sino hallar “una composición totalmente nueva”.

Deborah Levy

Sobre la búsqueda de esa libertad, que nunca sale gratis, se levanta esta Biografía en construcción. En el volumen del que ahora os estoy hablando nuestra protagonista ha de construir otra casa donde vivir con sus hijas después de la separación de su pareja. Todo se desmorona a su alrededor, pero no puede caer, debe seguir adelante. Deborah Levy sigue indagando en la feminidad y en la escritura. Hay páginas muy reveladoras sobre el sentido de la escritura en esta parte del recorrido. “En esa época incierta, escribir era una de las escasas actividades en las que conseguía manejar la ansiedad de la incertidumbre, de no saber qué iba a pasar a continuación”, reconoce la narradora. Toda escritura consiste en mirar y escuchar y prestar atención al mundo, indica más adelante. «La vida del escritor gira básicamente en torno a la resistencia«, apunta.

Entre los destacados de críticas elegidos por Random House para acompañar la edición española, me ha gustado especialmente el de una reseña de «The Irish Examiner» en la que se indica que esta aventura literaria es como “una versión actualizada de Una habitación propia. En efecto, del mismo modo que Virginia Woolf, Deborah Levy construye un nuevo lugar para escribir, para vivir, para ser ella misma, para situarse en una realidad donde las mujeres deben seguir alzando la voz para hacerse oír. La nueva habitación de su nueva vida, un cobertizo que le han cedido, es el lugar en el que empieza a escribir en primera persona, «a emplear un «yo» próximo a mí y que sin embargo no soy yo«, nos dice.

Era evidente que la feminidad, tal como la habían escrito los hombres y la habían interpretado las mujeres, era el fantasma agotado que todavía rondaba por los primeros años del siglo XXI”, argumenta. «Es un gran misterio querer reprimir a las mujeres. Y es otro misterio aún mayor cuando las mujeres quieren reprimir a las mujeres. Solo se me ocurren que somos tan poderosas que tienen que reprimirnos todo el tiempo…», sigo leyéndola.

Del mismo modo que Virginia Woolf en «Una habitación propia», Deborah Levy construye un nuevo lugar para escribir, para vivir, para ser ella misma, para situarse en una realidad donde las mujeres deben seguir alzando la voz para hacerse oír.

La autora sigue analizando las relaciones entre madres e hijos. Analiza su figura y la de su madre. Cuando esta muere, repasa los reproches que le hizo, aprecia su valentía en los ásperos días del pasado y se da cuenta de que ella también se ha movido en base a prejuicios, a los mitos asumidos sobre la abnegación, la generosidad y la protección exigidas a las eternas «arquitectas del bienestar para todos«.

“¿Me burlaba de lo soñadora que era mi madre y luego la insultaba por carecer de sueños?”, se pregunta. En el diálogo-monólogo de reconciliación que mantiene con ella (“¿Cómo estás, madre mía, dondequiera que estés?); en el sueño que la conduce como mujer adulta a abrazar y entenderse con la niña que fue (dos partes del libro cargadas de sensibilidad e inspiración, absolutamente maravillosas, conmovedoras), acaba encontrando Deborah Levy respuestas, sentidos. El coste de vivir es también una entrega sobre “la renovación y la muerte”, sobre la dureza y la luz de los días que habitamos.

En un momento dado, la protagonista brinda con un amigo por la recuperación de los golpes de los últimos años. “Ya no tenemos unos simples rasguños. De hecho estamos heridos”. En otro pasaje señala: “Si no podemos imaginar al menos que somos libres, vivimos una vida equivocada”. Para finalizar, subrayo esta otra frase: “La vida solo puede entenderse en retrospectiva; pero hay que vivirla mirando hacia adelante”. De todo esto, de las dificultades de una mujer para encontrar una nueva forma de vivir tras romper con los marcos fijados por la sociedad patriarcal, trata esta enriquecedora Autobiografía en construcción. Ya estoy deseando leer su tercera parte. Deborah Levy es adictiva. Cuando nos sumergimos en sus páginas no podemos dejar de leerla.

«Cosas que no quiero saber» y «El coste de vivir», los dos primeros volúmenes de «Autobiografía en construcción», que se completará con una tercera entrega. Han sido publicados por Literatura Random House, con traducción de Cruz Rodríguez Juiz.

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