Hanif Kureishi: irreverente, ácido, sincero, crítico, adictivo…

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Por Emma Rodríguez © 2015 /

Libro a libro Hanif Kureishi se ha ido retratando y retratando a su generación. Libro a libro ha ido dando cuenta de su crecimiento, de sus contradicciones, y a la vez, ha ido reflejando los conflictos de la sociedad inglesa. En uno de los escritos de Soñar y contar, precisamente el que da título al libro que recoge sus textos de no ficción, el autor señala: “Para mí, escribir es un alimento y una necesidad, un lugar para comunicarme conmigo mismo, para meditar y estar a solas sin estar en soledad: un tercer espacio, como lo llama Winnicott, entre uno mismo y el mundo (…) He sido un hombre que siempre está a punto de entrar en una habitación y ponerse a escribir. Es donde preferiría estar la mayor parte del tiempo. Algunas veces pienso que todo lo demás –y todos los demás– no es más que un estorbo en el camino...”

He encontrado esta pieza autobiográfica, después de cerrar las páginas de su nueva novela, La última palabra, mientras recuperaba entregas anteriores e intentaba recordar las diferentes historias con sus respectivas experiencias de lectura. Kureishi es para mí otro de esos escritores adictivos. Le sigo desde El buda de los suburbios, que marcó su debut después del éxito de guiones para el cine como el de Mi hermosa lavandería, y, aunque algunos libros me entusiasmen más que otros, siempre encuentro motivos de interés, siempre me atrae esa mirada irreverente a la realidad, esa capacidad para ahondar en lo que no se ve, para contar las etapas de transformación, las renuncias, el momento en que las construcciones de la vida, los afectos, se desmoronan y hay que levantar nuevas estructuras, nuevos asideros emocionales.

La obra de Kureishi es un camino paralelo al de la vida, un camino frecuentado por viajeros que van dejando en él sus experiencias, sus frustraciones, sus descubrimientos. Los temas que siempre le han  preocupado están nuevamente en La última palabra: el desgaste del deseo, el deterioro de la vida en pareja; la hipocresía de las relaciones... Pero, fiel a su trayecto literario, a su empeño de ir contando y contándose a sí mismo, de ir dando cuenta de las encrucijadas de un presente cambiante, en esta ocasión, ahonda más en el tema de la vejez y sus servidumbres, y hace entrar por la ventana de esa habitación en la que se sienta a escribir el desagradable viento de la zozobra, de la crisis, de las penurias del ahora, demostrándonos una vez más que dar la espalda a la realidad, a los conflictos sociales, no va con él, sino todo lo contrario.

Ya desde el principio nos pone en situación. “La tranquila Inglaterra, ajena a la guerra, la revolución, las hambrunas y los disturbios étnicos o religiosos. Y, sin embargo, si los periódicos estaban en lo cierto, Gran Bretaña era una pequeña isla superpoblada, atestada de bulliciosos inmigrantes, muchos de ellos aferrados a los bordes del país, como un pequeño bote a punto de volcar. Y no sólo eso, miles de buscadores de asilo y refugiados, desesperados por escapar de la inseguridad del resto  del caótico mundo, intentaban cruzar la frontera (…) Mientras tanto, aparentemente, desde la crisis económica, todos los que iban a bordo del país estaban tan apretados y sentían tal claustrofobia que empezaban a agredirse unos a otros como animales enjaulados. Con la creciente escasez –pocos trabajos, pensiones reducidas y una exigua seguridad social– la vida de la gente se iría deteriorando (…) Era como si el gobierno estuviese inyectando deliberadamente un contundente chute de ansiedad en la agenda política…”

Fiel a su trayecto literario, a su empeño de ir contando y contándose a sí mismo, de ir dando cuenta de las encrucijadas de un presente cambiante, en esta ocasión, Hanif Kureishi ahonda más en el tema de la vejez y sus servidumbres, y hace entrar por la ventana de esa habitación en la que se sienta a escribir el desagradable viento de la zozobra, de la crisis, de las penurias del ahora, demostrándonos una vez más que dar la espalda a la realidad, a los conflictos sociales, no va con él, sino todo lo contrario.

La inmediatez, el ahora, es el escenario de fondo de una novela ácida, divertida y desoladora al mismo tiempo. En realidad, son las señas de identidad del autor, su manera de mirar, su estilo inconfundible. Y, de nuevo, como en otros de sus títulos, nos encontramos con escritores como protagonistas. Pocas novelas hablan del mundo editorial y, mucho menos, de una manera tan afilada. Recuerdo, entre las lecturas más recientes, Todo lo que hay, de James Salter, y, si miro más atrás, Happiness, del autor canadiense Will Fergusson, pero Kureishi vence en mordacidad incluso a la segunda, que es una sátira del mercado de los libros de autoayuda.

Tenemos a Mamoon Azam, un célebre escritor al final de su trayectoria, que cree que ya no va a ser capaz de volver a escribir nada grandioso. Se trata de un hombre enrevesado, gruñón y controvertido, cuya vida y circunstancias son muy, muy parecidas a las del Premio Nobel de origen hindú V. S Naipaul. Tenemos a un joven biógrafo, Harry Johnson, a quien le encargan escribir una obra sobre él, tarea nada sencilla, y tenemos a un editor que aspira a vender millones de ejemplares y que le vapulea para que consiga los detalles más morbosos y escandalosos. Junto a ellos está la segunda mujer del célebre escritor, que pretende controlar todo el entramado y obtener los beneficios económicos que su marido no ha conseguido hasta ahora con una obra prestigiosa, pero no al alcance de un público masivo. Y también conocemos a la novia del joven biógrafo, que acaba manteniendo una curiosa relación con Mamoon, y a Julia, una atractiva sirvienta de la casa del matrimonio que acaba manteniendo una relación clandestina con el invitado. En fin, el juego de la seducción, de las pasiones desatadas, del sexo, vuelve a ser central en esta obra de Hanif Kureishi.

Pero volvamos al retrato de los ambientes de la edición. Volvamos al tono burlón con el que el autor habla de la manera en que se fabrican los best sellers que tanto obsesionan a los grandes grupos. “Las instrucciones de Rob [el editor] fueron que debía escribir un libro lo más “loco” y “salvaje” que pudiese. Sería la consagración de Harry. Debería ejercitarse en el arte de firmar autógrafos; lo invitarían a festivales literarios en Latinoamérica, India e Italia, saldría en televisión y daría charlas y conferencias bien pagadas sobre la naturaleza de la verdad y la sumisión del biógrafo a ella. Sería su pasaporte a la fama. Si escribes un libro de éxito, puedes vivir de su relumbrón durante diez años...”

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El morbo vende, la maldad vende, la desvergüenza vende, nos transmite Kureishi. En un momento dado Harry Johnson se entrega a sus razonamientos: “El arte de la biografía se había impregnado mucho de los escándalos de los tabloides; el género había sido succionado hacia el chismorreo zafio en un proceso desolador. El reto era ahora desenmascarar, dejar las entrañas al descubierto. ¿Crees que te gusta ese escritor? Mira lo mal que trataba a su mujer, a sus hijos y a sus amantes. ¡Incluso se acostaba con hombres! Detéstalo, detesta su obra; lo mirases por donde lo mirases, la cosa había caído muy bajo. El asunto había pasado a ser: ¿qué podemos perdonarles a los demás? ¿Cuál es el límite al que pueden llegar antes de que perdamos la fe en ellos?”.

Este es el tono de la novela, mordaz y reflexivo; divertido y hondo. El autor no se queda en la superficie, en lo frívolo. Como siempre en Kureishi hay crítica al modelo de sociedad occidental, al neoliberalismo que campa a sus anchas. Como siempre Kureishi nos pone ante conflictos sociales como el racismo o el islamismo. Como siempre, está muy latente la dificultad de los que se integran en una cultura de acogida, sin dejar de percibirla desde los márgenes, desde la distancia, algo que él, hijo de la unión entre un padre pakistaní y una madre inglesa, conoce muy bien. Como siempre, detrás de las anécdotas, de las ironías, hay una indagación en la zona más oscura que mueve los deseos, las acciones. Por eso es un placer acceder a sus puestas en escena, dejarse sorprender por las situaciones que plantea, por las ocurrencias de sus personajes, por la extrañeza de los comportamientos, por esas dosis de perversión que asoman y que no son más que la cúspide de todo lo que permanece oculto.

Como siempre en Kureishi hay crítica al modelo de sociedad occidental, al neoliberalismo que rampa a sus anchas. Como siempre Kureishi nos pone ante conflictos sociales como el racismo o el islamismo. Como siempre, está muy latente la dificultad de los que se integran en una cultura de acogida, sin dejar de percibirla desde los márgenes, desde la distancia, algo que él, hijo de la unión entre un padre pakistaní y una madre inglesa, conoce muy bien. Como siempre, detrás de las anécdotas, de las ironías, hay una indagación en la zona más oscura que mueve los deseos, las acciones.

En La última palabra Hanif Kureishi nos habla de la identidad, de las pérdidas y de todas las vidas que hay en una vida, constatación que complica el trabajo de cualquier biógrafo, siempre corriendo el peligro de odiar o de amar demasiado al objeto de su estudio. Antes decía que Mamoon se parece demasiado a Naipaul, pero también hay en él un cierto toque a lo Philip Roth, sobre todo en lo que toca al discurso de la decadencia, de la vejez, de la enfermedad. Kureishi lleva a su personaje a quejarse de “la horrible carga de ser un escritor al que ya no le queda nada que decir y que tan sólo tiene por delante ceguera, incontinencia, impotencia, malas críticas, muerte y oscuridad”.

Pero también se vale de él para hablar de las culturas de acogida, de la pérdida de las referencias de origen, de la India, del colonialismo. He aquí Naipaul. He aquí un retrato ante el que resulta complicado no pensar en el autor de obras como Los simuladores o Una casa para Mr Biswas. “Durante la mayor parte de su vida adulta, Mamoon había sido un radical muy particular, que se había metido en algunos líos por mofarse de y darle la vuelta a la corrección política, rebelándose contra los inconformistas tan de moda en su época, como los hippies, las feministas, los antirracistas, los revolucionarios y cualquiera que fuese decente, bondadoso o partidario de la igualdad y la diversidad”.

En las relaciones turbulentas del viejo escritor con su primera mujer, a la que trató con crueldad y en cuyos diarios bucea el biógrafo, en sus continuas infidelidades, también hay retazos de la biografía del Nobel, así como en la valoración de la genialidad de muchas de sus obras. “Mamoon podía haber sido en ocasiones mezquino, borracho y lascivo, como lo eran todos los hombres y mujeres, pero era importante que la lujuria no lo apartase, ni a él ni a sus lectores, de la cada vez más relevante lección de que el gran arte, las mejores palabras y las buenas frases, eran importantes, y su importancia iba en aumento en un mundo degradado y reprobable, un mundo en el que la pasión por la ignorancia había alcanzado la dimensión de una religión”, piensa el biógrafo, quien también señala, siempre partiendo de su biografiado, que las palabras son el puente con la realidad; que sin ellas lo único que queda es el caos; que las palabras inadecuadas nos pueden envenenar y arruinar la vida, mientras las adecuadas son capaces de reformular la realidad; que el antídoto de la escritura es el antídoto para la verdadera locura.

El personaje de Mamoon, el escritor consagrado, se parece demasiado al Nobel de origen hindú V. S. Naipaul, pero también hay en él un cierto toque a lo Philip Roth, sobre todo en lo que toca al discurso de la decadencia, de la vejez, de la enfermedad. Kureishi lleva a su personaje a quejarse de “la horrible carga de ser un escritor al que ya no le queda nada que decir y que tan sólo tiene por delante ceguera, incontinencia, impotencia, malas críticas, muerte y oscuridad.”

La última palabra es una novela muy literaria, muy centrada en los entornos de la creación. Toda la narración está salpicada de reflexiones al respecto, pero eso no quita ni un ápice de agilidad, de atractivo, a la acción. Acertar en la combinación entre el devenir de los acontecimientos y el caudal de los pensamientos, de los discursos, es algo que distingue a Kureishi. Particularmente me gustan las novelas en las que se piensa, en las que escuchamos la voz interior de los personajes, sus dudas, sus culpas, sus intenciones soterradas. Particularmente me atrapan las novelas capaces de seducirme con la historia que me cuentan, pero también con su carga de crítica, de provocación. Todo eso está aquí.

El escritor nos habla de lo difícil que es abrirse camino en la cerrada sociedad británica para los que llegan de fuera, del odio a los musulmanes, a los inmigrantes. Del mismo modo que Zadie Smith, consigue trazar un retrato palpitante, colorista, contradictorio, de un país cosmopolita y a la vez volcado sobre sí mismo. Ambos, cada uno a su manera, dan voz a los desposeídos, a los fracasados de un sistema donde la desigualdad cada vez es más evidente. En la novela que nos ocupa, frente a lo idílico de la campiña, del confortable entorno de la casa del escritor y su mujer, está el pueblo en el que viven Julia, su madre y su poco recomendable hermano, todos al servicio del matrimonio; el pueblo con sus horribles casas de protección oficial, con sus calles deterioradas y llenas de grafitis. Ese es el escenario de los desempleados, “una semiviolenta Inglaterra pobre y desesperanzada en la que el gobierno llevaba años sin invertir una libra”.


Es a Mamoon Azan a quien corresponde establecer la frontera entre los privilegiados y los desfavorecidos del mundo, el discurso de los integrados frente al de los que no pueden salir de la marginalidad. “Soy un inmigrante, pero Inglaterra es mi hogar”, dice el escritor consagrado. “He pasado más tiempo en esta selva de monos, en esta democracia de necios que en ningún otro lugar, y prefiero su atmósfera pueblerina de libertad y de juego limpio al de cualquier otro sitio. También he seguido con sumo interés su tragedia y su comedia. Cuando era pequeño Inglaterra era la nación más poderosa de la tierra y sus líderes eran a un tiempo temidos y admirados. Adoro el cinismo que se desarrolló aquí en la década de los sesenta; el modo en que las figuras políticas, lejos de ser idealizadas como demasiado a menudo sucede en otras partes del mundo, son objeto de mofa y ridiculizadas sin ningún temor”.

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Londres. Portobello. Por Nacho Goberna © 2011

 Mamoon reconoce alojarse en lo que denomina el “Gran Hotel del Abismo”. Sus vistas “son increíbles, porque está construido sobre un acantilado. Y como sus moradores excavan por debajo en busca de petróleo, puede desmoronarse en cualquier momento”, señal. Y sigue diciendo ante un nutrido grupo de invitados que le rinde homenaje: “Sobrevivimos, en este confortable y liberal enclave en el que la gente lee y habla libremente, durante un tiempo que hemos tomado prestado. Pero para quienes no están dentro…, los desposeídos del mundo, los pobres, los refugiados y los que se han visto obligados a partir para el exilio…, la existencia es un erial”.

No pueden ser más lúcidas y demoledoras las palabras de este personaje. Hay otro momento en el que Harry le pregunta a Mamoon por qué le gustaba la señora Thatcher, “alguien que no poseía ninguna cultura perceptible y que había conducido a Inglaterra hacia la vulgaridad y el consumismo”. La radiografía letal de la realidad, el humor hiriente, también lo comparte Kureishi con Zadie Smith. Los dos forman parte, junto con otros autores como Kazuo Ishiguro o Salman Rushdie, de la generación que renovó las letras inglesas, todos provenientes de orígenes ajenos, capaces de aportar frescura, desenvoltura, nuevas vueltas de tuerca a la tradición. Todos han sido capaces de mirar sin prejuicios, de enriquecer el panorama desde el contraste, desde la apertura a otras realidades, tanto en cuestiones temáticas como de estilo y de lenguaje.

El escritor nos habla de lo difícil que es abrirse camino en la cerrada sociedad británica para los que llegan de fuera, del odio a los musulmanes, a los inmigrantes. Del mismo modo que Zadie Smith, consigue trazar un retrato palpitante, colorista, contradictorio, de un país cosmopolita y a la vez volcado sobre sí mismo. Ambos, cada uno a su manera, dan voz a los desposeídos, a los fracasados de un sistema donde la desigualdad cada vez es más evidente.

La última palabra es una novela que hiere, que incomoda, que escandaliza incluso con su irreverencia. Me he centrado en sus aspectos más críticos porque me interesan especialmente, porque me gustan las novelas capaces de atravesar las murallas de la conformidad, de traspasar, a la manera de un cuchillo, el duro hueso de la realidad asumida. Pero este aspecto, como decía antes, forma parte de un todo. Los personajes reaccionan ante las circunstancias mientras viven sus vidas y despliegan el amplio abanico de las emociones. El amor, los celos, la traición, la humillación y el sexo, el sexo y su poder para determinar las acciones de los personajes.

La ambigüedad de los deseos, las rupturas amorosas, el acabamiento del amor y de la vida de pareja, la infelicidad y la rutina, son asuntos a los que Hanif Kureishi vuelve una y otra vez, así como las relaciones entre padres e hijos, un tema que ha explorado a partir de su propia biografía, reconciliándose con su progenitor a través de la literatura en un hermoso libro, Mi oído en su corazón, en el que rescata una novela nunca publicada de Shanoo Kureishi, un funcionario de la embajada de Pakistán en Londres, cuyo sueño fue siempre ser escritor.

En La última palabra Harry Johnson, el protagonista, le pregunta a su padre si quería realmente a su madre, una mujer escindida entre sus obligaciones familiares y sus deseos de libertad, de independencia, y éste le contesta: “La verdad es que yo no creo exactamente en el acuerdo del matrimonio burgués, una estructura diseñada para acortar la sexualidad y que obviamente exige pagar un precio muy alto…” Y hay otro momento en el que le confiesa: “Soy incapaz de contabilizar las múltiples maneras en que nos hacíamos daño el uno al otro…” La sinceridad, la verdad, puede ser muy dura, hacer daño, pero Kureishi no la evita –es uno de sus principios-. Si seguimos el diálogo entre el padre y el hijo, el primero no duda en decir lo siguiente: “La verdad es que para ti ella era tu vida y te acompañará en tus sueños hasta el día de tu muerte; era tu madre, Harry. Pero para mí no era más que otra mujer...”

Tanto en sus libros de relatos (Amor en tiempos tristes, Siempre es medianoche...) como en la distancia larga, Kureishi se enfrenta al desamor y su amargura. Hay crueldad, pero también un profundo afán por comprender, por contar lo que habitualmente se calla. Si hay una novela de entre las suyas que adoro y que afronta con sinceridad, con valentía, todos estos conflictos, es Intimidad, que fue trasladada al cine y donde desarrolla de forma magistral ese tema tan literario del cambio de vida, de identidad. En ella el protagonista decide un día dejarlo todo y empezar de cero. Abandona a su mujer y a sus hijos, después de poner a un lado de la balanza la obligación y el deber y en el otro el deseo de cambio, el nacimiento de una nueva pasión.

Kureishi transmite el dolor de la decisión tomada, saca a la luz las mezquindades, los maltratos, las grietas que se habían ido abriendo en la relación fracasada, de una manera descarnada, directa, llegando a tocar ahí donde más duele. Lo que se piensa y no se dice resulta clave en todas sus narraciones. El retrato psicológico de los personajes, la habilidad para sacar a la luz los secretos, lo más perturbador, está presente también en La última palabra. Son muchos los temas, los registros de esta historia que indaga en lo complicado que resulta conocer de verdad a los otros, despojarlos de la anécdota, de lo superfluo.

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Londres. Portobello. Emma Rodríguez. Por Nacho Goberna © 2011

Al biógrafo el biografiado se le escapa una y otra vez porque es múltiple y complejo, porque no puede ser encorsetado. “Me gustaría que no intentases pelarme como a una cebolla. ¿Sabes? Como al público común y corriente, me apasiona la ignorancia. Quiero trabajar a oscuras…., ése es el mejor modo para mí, para cualquier artista. Las cosas surgen así, compactadas como en un sueño…”, le llega a decir Mamoon a Harry. Durante toda la novela se entabla una lucha entre ambos. ¿Quién se impondrá al otro, qué versión de la vida del personaje célebre, qué verdades, serán iluminadas? Kureishi se mueve con maestría en ese campo y al final consigue sorprendernos con un giro inesperado que cambia por completo la posición de los jugadores.

La vida y la escritura son una prolongación del mismo libro. Sucede lo mismo con todos los escritores”, leemos en La última palabra. Y esa frase me lleva al comienzo de este artículo, al texto de Kureishi, Soñar y contar, un texto en el que habla de su oficio como un alimento, una necesidad, la apertura de un espacio entre él y el mundo. En cierto modo, en ese texto tan autobiográfico, que parte de su experiencia impartiendo talleres de escritura y donde tantos datos aporta de su propio trayecto literario, el autor nos ofrece muchas pistas sobre sus intereses, sobre el germen de su obra, y pone encima del tapete ideas y convicciones, por ejemplo en lo que respecta a la evolución del mundo editorial, que desarrolla literariamente en su nueva novela.

Ciertamente escribir es bueno en el sentido más amplio, político, particularmente donde hay una tendencia para que sólo se atienda a las voces más aceptadas o popularizadas. Los escritores que más me impresionaron e influyeron en mi juventud eran disidentes como Baldwin, Genet, Salinger, Fanon y De Beauvoir. Son las voces de la discusión, de la disputa y el desacuerdo las que pueden enseñarnos más cosas sobre la posición de individuos o grupos excluidos …”, nos dice el escritor.

Y seguimos sus palabras: “El esfuerzo político de mi tiempo era que aquellas voces antes suprimidas, las de las mujeres, negros, gays, maltratados y ofendidos, mentalmente enfermos y adictos, contasen su historia y obtuvieran reconocimiento. Es la lucha por descubrir lo que antes estaba oculto. Es también la lucha en el interior de cada escritor individual por creer que su voz merece ser oída. La confesión, más que la ironía, se ha convertido en la forma moderna. Si la política de partidos es vulgar, formularia y nada interesante, y lo mismo pasa con la mayoría de los medios de comunicación, puede muy bien resultar que algo tan pasado de moda como escribir sirva para expresar y compartir nuestras preocupaciones más profundas”.

Todo esto es Kureishi. Sirva esta declaración de principios para acercarnos a su literatura y para identificarnos como lectores que participamos de las mismas percepciones. Reitero que su literatura es adictiva por muchos motivos, sobre todo por su capacidad para escudriñar, para desvelar, aquello que queremos esconder, esas pulsiones en las que, inevitablemente, acabamos reconociéndonos.

Foto-Hanif-Kureishi-2014-©-Kier-Kureishi

La última palabra ha sido publicado por Anagrama, como el resto de la obra de Hanif Kureishi. La traducción de la novela ha corrido a cargo de Mauricio Bach.


Créditos Fotográficos: Foto 1: ©MTSlanzi / Foto 2: ©MTSlanzi / Foto 5: ©Kier Kureishi / Fotografías de Londres: ©Nacho Goberna


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