Celebremos ser lectores rebeldes (Con Berardinelli, Pennac y Pivot)

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna© 2016

Por Emma Rodríguez © 2016/

 

Dice el escritor Hanif Kureishi que “escribir, hacer cualquier cosa creativa, es anticonsumista en sí mismo”; apunta en su libro de ensayos biográficos Soñar y contar que “cuando hacemos algo original con la propia vida y sentimientos, no somos meramente objetos con cartera, sino sujetos libres y activos, autores o artistas de nuestras propias vidas”. Yo quiero aplicar sus declaraciones a la lectura, porque considero que la lectura es un acto creativo. El propio Kureishi insiste en ello: Siempre he asumido que la lectura y la escritura de creación van juntas”, declara. En una entrevista reciente con Luis Landero, con destino a la revista literaria Turia, el autor se refiere a los lectores inspirados, capaces de alargar la obra con sus interpretaciones, de dejar sus huellas en las páginas, de marcar el destino de un libro.

Hoy, en la Ventana abierta que es este diario, os propongo celebrar la lectura por todo lo alto: la lectura como acto creativo, inspirador, enriquecedor. La lectura como nutriente, como refugio, como ampliación de la vida, como despertador de conciencias, como práctica de rebeldía, de resistencia frente a un mundo que nos impulsa a ejercer la rapidez, a ser, por encima de todo, sujetos de producción, ciudadanos activos en todo momento, cada vez más incapaces de disfrutar de la calma, de la contemplación. En una época de adicción tecnológica, de consumo de información de usar y tirar, el sosiego, el esfuerzo, la concentración que impone la lectura es un acto de insumisión, sin duda. Con un libro entre las manos podemos pararlo todo: el tiempo, las carencias, las inquietudes, las ansiedades, hasta el tráfico… Esto último es una broma, claro… O, mejor, una metáfora, una imagen muy potente. ¿Imagináis una ciudad sin coches porque, a determinadas horas, todo el mundo está sumergido en sus lecturas, transportado a las urbes de la ficción? En el reportaje fotográfico, que ha realizado Nacho Goberna, en la calle Fuencarral de Madrid, hemos querido reflejar esa capacidad de la lectura para apagar el ruido, para detener el movimiento. Llamamos la atención con un libro en las manos, en medio del barullo habitual de la ciudad, cuando todos pasean, entran en los comercios, pasan de largo… Llamamos la atención, cada vez más, en el metro, en el parque, en el restaurante cuando acudimos solos, y mientras esperamos que nos traigan el plato que hemos pedido, nos entregamos a la lectura: inmersos, ensimismados, lejos de la habitual conexión al móvil, ajenos a lo que pasa alrededor.

Como argumenta el filósofo coreano Byung-Chul Han en su ensayo El aroma del tiempo la fugacidad, lo efímero, lo superficial, son los rasgos de un presente donde “nada es importante, nada es decisivo, nada es definitivo”, donde “la vida ocupada, a la que le falta cualquier dimensión contemplativa, no es capaz de la amabilidad de lo bello” y “se muestra como una producción y destrucción aceleradas”. ¿Se os ocurre mejor forma de ir a contracorriente que abrir las páginas de un libro? ¿Llegará un día en el que se olviden del todo las bondades, los beneficios de la lectura, y ésta se convierta en un secreto, un remedio, en manos de unos cuantos privilegiados? En su obra Un balcón en invierno, Landero imagina un futuro no muy lejano en el que los lectores ya se han convertido en una especie de secta de resistentes.

“La vida ocupada, a la que le falta cualquier dimensión contemplativa, no es capaz de la amabilidad de lo bello. Se muestra como una producción y destrucción aceleradas”, escribe el filósofo coreano Byung-Chul Han en su ensayo “El aroma del tiempo”. ¿Se os ocurre mejor forma de ir a contracorriente que abrir las páginas de un libro?

En otro artículo de este número de “Lecturas Sumergidas”, el dedicado a la autora canadiense Margaret Atwood y las distopías, resulta inevitable citar a Ray Bradbury y su Fahrenheit 451. Aquí, ahora, os propongo recuperar la pasión por los libros que desata esta novela donde leer ha sido prohibido por las autoridades porque despierta el pensamiento propio; en la que los osados que no abandonan esta costumbre considerada asocial son castigados severamente. Os propongo recordar a Montag, el protagonista, el bombero-policía que hasta entonces se había dedicado a quemar estos artefactos tan peligrosos que son los libros, en el momento en que abre las páginas de uno de ellos y descubre la inmensidad de los horizontes literarios, su efecto transformador.

He elegido a Montag, el inolvidable personaje de Bradbury como telonero de tres autores, de tres magníficos ensayos, de los que voy a hablaros a continuación y que son en realidad, cada uno a su manera, distintas reivindicaciones de la lectura: Leer es un riesgo, del crítico y agitador cultural italiano Alfonso Berardinelli; Como una novela, del escritor francés Daniel Pennac, y De oficio lector, volumen que recoge las conversaciones-entrevistas mantenidas entre el historiador y académico Pierre Nora y Bernard Pivot, periodista, crítico literario y conductor del célebre programa de libros de la televisión pública francesa Apostrophes. Veamos cuáles son las experiencias de cada uno de ellos. Sepamos qué les aporta la lectura y qué les lleva a promover con entusiasmo su práctica.

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna© 2016

“LOS LIBROS SON CONTAGIOSOS”

(Alfonso Berardinelli)

Primero presentemos al autor de Leer es un riesgo, un interesantísimo compendio de artículos aparecidos en distintas publicaciones sobre temas relacionados, en su mayor parte, con el cultivo de la lectura y el oficio de la literatura en todos sus ámbitos: la escritura, la crítica literaria, la enseñanza… A Alfonso Berardinelli, lo retrata de este modo tan peculiar el filósofo Hans Magnus Enzensberger: “Es el italiano invisible (…) No es fácil de encontrar. No se le ve en la Plaza, ni en una oficina, sino en su escondrijo. Desde ahí observa a sus compatriotas. No tiene dinero. Piensa. Lee. Escribe. Trabaja. Tal vez se haya apartado a propósito, o quizá haya sido expulsado. A veces está al borde de la desesperación. A veces, ríe. No se queja. Es testarudo. Sin gente como él Italia sería un caso perdido. Por suerte, a lo largo de los siglos siempre ha habido un par de individuos así”.

¿A qué se refiere Enzensberger? es lógico preguntarse cuando no estamos al tanto de la trayectoria de este autor que nos descubre Círculo de Tiza. Lo aclara el filólogo Salvador Cobo en un texto introductorio titulado Un francotirador de la crítica y donde se refiere a nuestro hombre como “el crítico cultural más indómito y polémico de toda Italia”. Nacido en Roma, en 1943, en el seno de una familia obrera, Berardinelli estudió Letras Modernas y en la década de los 70 inició su andadura como profesor de literatura en la universidad, al tiempo que colaboraba en Quaderni Piacentini, importante revista político-literaria de la Nueva Izquierda italiana, y  empezaba a publicar sus primeros libros como crítico literario y cultural.

En 1995 tuvo lugar un revelador punto de inflexión en su camino, ya que, después de 20 años impartiendo clases, renunció a su cátedra universitaria y abandonó la enseñanza por aburrimiento, cansado de la burocracia y sus corrupciones, harto de dinámicas educativas en las que prima la práctica “embrutecedora”, “degradante”, de los exámenes, y donde los profesores se limitan a poner calificaciones, a evaluar sin conocer apenas a los alumnos. De todo esto escribió en una carta dirigida a Sandro Briosi, también docente y ensayista, que intervino, junto a otros, en la polémica abierta tras las declaraciones de Berardinelli en un artículo-entrevista aparecido en el diario “La Repubblica” tras su renuncia, bajo el título de Adiós, universidad cruel.

La universidad perdió a un profesor, pero el mundo literario y editorial ganó a un crítico y a un conferenciante osado, indomable, porque considera, según indica Salvador Cobo que el crítico debe “permanecer al margen de los partidos políticos, la industria cultural, modas intelectuales, instituciones o departamentos universitarios”. Porque, en su opinión, “el intelectual debe ser un misántropo”, entendiendo la misantropía como “un antídoto notable para tener presente en las sociedades modernas, en las cuales la socialización, la coacción a ser partícipes, a hacer lo que todos hacen, a decir lo que todos dicen, a tener los gustos que todos tienen, es un gran peligro”.

Opina Alfonso Berardinelli que “el intelectual debe ser un misántropo”, entendiendo la misantropía como “un antídoto notable para tener presente en las sociedades modernas, en las cuales la socialización, la coacción a ser partícipes, a hacer lo que todos hacen, a decir lo que todos dicen, a tener los gustos que todos tienen, es un gran peligro”.

La defensa del pensamiento crítico, tan necesario para evitar los lugares comunes, y de la libertad individual, como pilares básicos de las democracias, son fundamentales en el pensamiento de este agitador de conciencias que se muestra muy crítico con la utilización de las nuevas tecnologías y reconoce estar instalado en el pasado, en el territorio de los libros impresos, orgulloso de su absoluta desconexión. “Las tecnologías informáticas y telemáticas son mi bestia negra, o mejor aún, mis molinos de viento. No son enemigos a combatir. Han vencido desde el principio, y doblegarán también la mente humana que piensa que las ha creado para “usarlas”, para ponerlas a su servicio (…) El gigante tecnológico que hemos inventado para ser ubicuos, omniscientes y más rápidos que la luz, ya ha comenzado a jugar con nosotros como el gato y el ratón. No somos sus amos, somos sus esclavos”, declara en un artículo titulado Contra la desmemoria 2.0, donde sostiene que la acumulación de datos, de información, de saber disponible, no conducen a un conocimiento en profundidad; que la cantidad se está imponiendo a la calidad; que el cerebro se acaba aletargando ante tanta tableta, teléfono móvil, ordenador, videojuegos…; ante este continuo delegar “en la máquina cada vez más funciones cerebrales”. Y se pregunta: ¿Dónde terminará la memoria, madre de todas las musas; la voluntad, que permite llevar a cabo elecciones; la sensorialidad, que te vincula al ambiente físico; la capacidad manual, que caracterizó al Homo Habilis, la capacidad de orientarse en el espacio, etcétera?

El autor ni siquiera cree a quienes consideramos que todo consiste en hacer un uso adecuado de las nuevas tecnologías, en enseñar a las jóvenes generaciones a utilizarlas con criterio y equilibrio; en que la lectura es lo que importa, más allá del formato… Su crítica es absolutamente radical y no le faltan argumentos. A su favor, las preferencias del recientemente fallecido neurólogo Oliver Sacks, quien en un artículo periodístico declaraba no querer un kindle, ni un Nook, ni un iPad, sino “un libro de verdad, impreso en papel: un libro que tenga un peso, que huela a libro, tal y como han sido los libros durante cinco siglos y medio”. A su favor también las constataciones de un defensor a ultranza de las maravillas del mundo digital, el periodista Federico Rampini, quien pone de manifiesto su evidente desencanto en un ensayo sobre el lado oscuro de la revolución de Internet; sobre los vicios escondidos tras sus aclamadas virtudes.

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna© 2016

Internet no proporciona libertad, no vuelve mejores nuestras vidas ni nuestras mentes. Los geniales y jovencísimos ingenieros-empresarios de Silicon Valley no son ni Leonardo da Vincis ni benefactores de la humanidad. Hoy estamos todos bajo su control y (por emplear una palabra pasada de moda) estamos todos “manipulados” hasta niveles que ninguna tecnología de la comunicación había logrado jamás”, señala Berardinelli, partiendo de las observaciones sobre el terreno de Rampini, quien reconoce percibir en la cuna tecnológica de San Franciscoun malestar, una inquietud, debidos a la velocidad con la que se consumen las ilusiones, se traicionan los ideales y se subvierten las utopías”, refiriéndose a cómo hoy la idea de un Internet abierto, como bien público, bandera que enarbolaban los hackers de los orígenes, ha sido arrasada en aras del beneficio empresarial de colosos que persiguen lo que siempre ha perseguido el capitalismo, “los mismos proyectos hegemónicos y monopolistas”.

Siguen vistiendo como hippies, pero detrás de los rostros de todos esos veinteañeros soñadores se advierte una máquina dispuesta a triturar todo aquello que suponga un obstáculo a sus planes de conquista”, pone de manifiesto el periodista, ofreciendo los datos que Berardinelli necesita para constatar el papel nefasto de redes como Facebook y Twitter en la destrucción de nuestra privacidad, “espiándonos para vender al mejor postor información sobre nuestros gustos y sobre nuestros hábitos de consumo”.

“Internet no proporciona libertad, no vuelve mejores nuestras vidas ni nuestras mentes. Los geniales y jovencísimos ingenieros-empresarios de Silicon Valley no son ni Leonardo da Vincis ni benefactores de la humanidad. Hoy estamos todos bajo su control, “manipulados” hasta niveles que ninguna tecnología de la comunicación había logrado jamás”, señala el autor de “Leer es un riesgo”

Hay un bloque de artículos muy interesantes sobre la revolución digital, sobre el efecto que los nuevos artefactos tienen sobre nuestro modo de vida. Y hay textos que defienden con pasión, y con indudables notas de humor, el cultivo de la lectura –verdadero propósito de este artículo–, empezando por el que da título al libro, Los riesgos de la lectura, que bien merece una parada detenida.

Leer es un riesgo”, nos dice el autor. “Leer, querer leer y saber leer son costumbres cada vez más menos garantizadas. Leer libros no es algo natural y necesario como caminar, comer, hablar o usar los cinco sentidos. No es una actividad vital, ni en el plano fisiológico ni en el social. Viene después, implica una atención especialmente consciente y voluntaria hacia uno mismo. Leer literatura, filosofía y ciencia, si no se hace por trabajo, es un lujo, una pasión noble o ligeramente perversa, un vicio que la sociedad no censura. Es tanto un placer como un propósito de mejora. Requiere cierto grado y capacidad de introversión y concentración. Es una forma de salirse de uno mismo y del ambiente que nos rodea, pero también es un medio para conocerse mejor, para ser conscientes de nuestro orden y desorden mental”.

Pocas descripciones tan acertadas, tan lúcidas, sobre el acto de leer. Berardinelli reflexiona después sobre el sosiego y la distancia que proporciona sumergirse en las páginas de un libro y alude a que en las últimas décadas el valor de la lectura parece amenazado, su prestigio en franca decadencia. No tiene desperdicio este análisis absolutamente lúcido en el que el crítico constata que los libros son contagiosos, pero que, “para sufrir el contagio hace falta leerlos con pasión” y con “cierta predisposición ingenua”. Y más adelante, argumenta: “La lectura permite establecer vías de comunicación entre el yo profundo –con su caos– y el yo social que debe enfrentarse a las normas del mundo”.

Sostiene el autor algo con lo que estoy muy de acuerdo: las lecturas predilectas acaban formando parte de la construcción de la identidad, sin necesidad, nos dice con humor, de que acabemos convertidos en Don Quijote o Emma Bovary con sus obsesiones. Y señala que entre las más arriesgadas están aquellas cuyo contagio “sugiere o impone cambiar de vida, escapar del mundo o transformar radicalmente la sociedad”, poniendo como ejemplos el Nuevo Testamento o las obras de Marx y Engels, causantes de no pocas transformaciones.

Nos habla en el mismo artículo de los cambios que el canon literario va experimentando a lo largo de las épocas, de los males que el estructuralismo, en su opinión, causó a la crítica al considerar los libros como meros objetos para ser analizados textualmente, sin alma, ajenos a la tan necesaria subjetividad en la recepción lectora. Y nos pone en alerta sobre un antiguo y grave riesgo que debe afrontar todo lector: el de “querer convertirse en escritor, o, lo que es peor, en crítico literario”. Hay un saludable sarcasmo en Alfonso Berardinelli, en su manera de exponer sus experiencias, aprendizajes, observaciones y hasta maldades.

El autor muestra su admiración por Montaigne, uno de los primeros lectores “sin método”. “Es verdad que Montaigne no era un crítico literario. Pero sus ensayos nos muestran a un hombre que, a partir de sus lecturas, reflexiona sobre sí mismo y sobre el género humano”, señala. Y más adelante nos dice: “Para ser un hiperlector el crítico debe continuar siendo un simple lector, un lector sin defensas, sin pinzas, tijeras ni bisturí, un lector receptivo, que acepte los riesgos de la lectura, que suspenda la incredulidad y crea, al menos mientras lee, en aquello que lee”.

Para culminar, el ex profesor recurre a Enzensberger y su defensa de la lectura como acto “irreductiblemente anárquico y particular” y coincide con el filósofo y poeta alemán en la aversión a los métodos utilizados en la escuela para “torturar a los estudiantes, obligados a dar con la interpretación adecuada de sus poemas”, hasta hacerlos sentir náuseas “tanto de esa cosa incomprensible y aburrida llamada poesía, como de esos individuos a evitar que son los poetas”. Hay muchos más artículos que merecen atención en este volumen, artículos sobre las propias lecturas del autor: sobre sus gustos y animadversiones (su pasión por Elsa Morante, su antipatía por Umberto Eco…). Hay sugerentes, inspiradores, análisis de los clásicos, con puntos de vista muy originales. Hay, sobre todo, audacia y pasión lectora, capaz de despertarnos el apetito, de hacer que queramos leer obras y acercarnos a autores a los que aún no hemos descubierto.

Pero para dar el paso al siguiente autor, Daniel Pennac, me quedo con una alusión de Berardinelli a Kierkegaard, quien anotó en su diario: “Yo amo al hombre común, pero los docentes me causan aversión”, una declaración que conecta con otra de las grandes preocupaciones del autor, la enseñanza. De cómo enseñar a amar la lectura; de cómo contagiar su placer a los más jóvenes, es de lo que trata Como una novela, de Pennac.

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna© 2016

“LA LECTURA ES UN ACTO DE CREACIÓN PERMANENTE”

(Daniel Pennac)

El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo amar…, el verbo soñar”… Así comienza este hermoso, enriquecedor, ensayo del novelista Daniel Pennac, quien también ha ejercido como profesor de instituto. Una obra que nace con la pretensión de lograr que padres y profesores sean conscientes de la necesidad de que la lectura se libere de normas, obligaciones, imposiciones, para convertirse en un placer al que ha de llegarse por propia elección.

Antimanual de literatura, como se indica en la contraportada, monólogo cautivador, la narración sigue el argumento de unos padres preocupados porque su hijo adolescente, al que tanto gustaban los cuentos que le contaban de pequeño, ha perdido las ganas de leer, se aburre cuando en el colegio le hacen leer para un comentario de texto obras como Madame Bovary y, lo que es peor, es incapaz de comprender lo que lee. A partir de ahí, todo el empeño de esos padres está en hacerle recuperar el paraíso perdido de la lectura, intercalándose la experiencia con observaciones y reflexiones sobre la sociedad, la educación, las nuevas tecnologías…

El autor empieza trasladándose al pasado, a su propia adolescencia, cuando sus padres ponían restricciones al tiempo dedicado a leer, igual que hoy se ponen al uso de Internet, a los videojuegos. De día le decían que hacía demasiado buen tiempo como para que se quedase en casa leyendo y de noche que estaba demasiado oscuro y tenía que apagar la luz. Entonces “leer era un acto subversivo. Al descubrimiento de la novela se añadía la excitación de la desobediencia familiar”, cuenta, recordando las inolvidables horas de “lectura clandestina, debajo de las mantas a la luz de la linterna eléctrica”.

Daniel Pennac se traslada al pasado, a su propia adolescencia, cuando sus padres ponían restricciones al tiempo dedicado a leer, igual que hoy se ponen al uso de Internet, a los videojuegos. De día le decían que hacía demasiado buen tiempo como para que se quedase en casa leyendo y de noche que estaba demasiado oscuro y tenía que apagar la luz. Entonces “leer era un acto subversivo”, asegura.

El tono literario, el estilo sencillo, cercano, de Pennac, convierten esta entrega, publicada en nuestro país por Anagrama en su colección Argumentos, en una delicia. Los padres del adolescente que aborrece leer, le hicieron descubrir cuando aún no sabía leer el mundo paralelo de la ficción, el descubrimiento de “la paradójica virtud de la lectura, que consiste en abstraernos del mundo para encontrarle un sentido”, pero el efecto no duró. Llegó un momento en que en la casa se perdió la costumbre de leer en voz alta. Se apagó el entusiasmo, falló la comunicación.

¡Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía!”, exclama el narrador en un momento dado. Vemos al adolescente encerrado en su cuarto, delante de un libro que no lee, pensando en las muchas páginas que le quedan para terminar la novela, desesperado porque no logra avanzar y el trayecto se le hace interminable, tedioso. Y asistimos a una conversación en la que se buscan los motivos que han propiciado esa situación, a un diálogo muy habitual, que puede desarrollarse en el salón de cualquier casa de familia, sobre la poca predisposición a la lectura, donde siempre se acaba echando la culpa a la vulgaridad, la estupidez, la dispersión que provoca la televisión. “En una película todo está dado, nada se conquista, todo está masticado, la imagen, el sonido, los decorados, la música de fondo en el caso de que no se entendiera la intención del director (…) En la lectura hay que imaginar todo eso… La lectura es un acto de creación permanente”, escuchamos.

Pennac analiza los cambios de la sociedad, de los usos y costumbres, retrata a los adolescentes occidentales de hoy como clientes potenciales, con demasiadas cosas que atender, que desear, que comprar. Se fija en la desigualdad existente en barrios en los que la violencia y la droga están a la orden del día, donde no hay lugar para los libros. Arremete contra los planes de estudio, contra el aberrante aprendizaje de la lectura, contra los mermados presupuestos para educación, contra la falta de bibliotecas. Todo eso sí, pero no demoniza los ritmos de la actualidad, ni la televisión, ni siquiera los juegos electrónicos. Intencionadamente, el autor nos lleva a localizar los discursos imperantes, los estereotipos, para decirnos que gran parte de culpa la tienen los adultos que han dejado de alimentar el entusiasmo lector de sus hijos; que han dejado de leer en voz alta en casa…

Emma Rodríguez. Fotografía por Nacho Goberna© 2016

No trata pues el autor de dar recetas sino de localizar los focos de placer que emanan de la lectura para poder recobrarlos, así la intimidad, el paraíso de la intimidad, que proporcionan los libros, el momento de calma de los cuentos leídos al niño por la noche. “Una de las funciones esenciales del cuento, y, más ampliamente del arte en general” consiste “en imponer una tregua al combate de los hombres”, nos dice Pennac. Son muchos los aprendizajes que extraemos de este ensayo tan lleno de sencillas verdades que no siempre son fáciles de ver. Antes me refería a la lectura en voz alta. He aquí un hilo del que tirar, una sugerencia que los padres conscientes no deberán dejar caer en saco roto. Leer en voz alta. “Este placer está muy próximo. Es fácil de recuperar. Basta con no dejar pasar los años. Basta con esperar la caída de la noche, abrir de nuevo la puerta de su habitación, sentarnos a la cabecera de su cama, y reanudar nuestra lectura en común”, seguimos el razonamiento del escritor.

Fuera deberes, fuera fichas de lectura, fuera obligaciones. Bienvenida la intimidad, ese momento mágico en el que todo lo demás queda atrás. Bienvenida la repetición de esas historias favoritas, ofrecidas gratuitamente, generosamente, sin prisas. Bienvenidos los relatos, las novelas cautivadoras, leídas por placer, capítulo a capítulo, hasta que el adolescente, movido por la curiosidad, no pueda resistir la tentación de coger el libro por sí mismo para saber qué pasa, qué les va a suceder a los personajes. Ya no hay aburrimiento, sólo deseo, ímpetu por ir más allá, por conocer, por conectar con otras vidas. De todo ese proceso habla Daniel Pennac en este libro altamente recomendable en el que se cuestiona duramente, como os decía antes, el papel de la escuela, de un sistema educativo que cada vez se reduce más a exámenes y clasificaciones, que cada vez fomenta más la competitividad, en clara sintonía con el mercado de trabajo.

Despertar la pasión por los libros no será posible si se parte de la enseñanza de reglas y técnicas, si se reduce todo al desarrollo de tediosos comentarios. De esta forma, lo único que se consigue es cortar “el acceso inmediato a los libros mediante la abolición del placer de leer”, insiste el autor, quien se pregunta: “¿Y si, en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer?”. Más adelante nos dice que toda lectura es un acto de resistencia frente a las más variadas contingencias. Y que la mayor parte de las lecturas que nos han formado no las hemos hecho a favor sino en contra. “Hemos leído (y leemos) como si nos parapetáramos, como si nos negáramos o como si nos opusiéramos. Si eso nos da aires de fugitivo, si la realidad desespera de alcanzarnos detrás del “encanto” de nuestra lectura, somos unos fugitivos ocupados en construirnos, unos evadidos a punto de nacer”.

El autor de “Como una novela” cuestiona duramente el papel de la escuela, de un sistema educativo que cada vez se reduce más a exámenes y clasificaciones, que cada vez fomenta más la competitividad, en clara sintonía con el mercado de trabajo.

La reivindicación que hace este hombre de la lectura no puede ser más apasionada.  “Una lectura bien llevada nos salva de todo, incluido uno mismo”, asegura. “Y, por encima de todo, leemos contra la muerte”, prosigue, citando a Kafka, mientras leía “contra los proyectos mercantiles del padre”; a Flannery O’Connorleyendo a Dostoievski contra la ironía de la madre”, que le decía que un título como El idiota le iba que ni pintado; a Thibaudetleyendo a Montaigne en las trincheras de Verdún”; a Henri Mondorsumido en su Mallarmé en la Francia de la Ocupación y del mercado negro”…

Son muchos los ejemplos que pone Pennac en este homenaje encendido, en esta defensa de la lectura donde nos recuerda las vías de afecto, de complicidad, de afinidad, que abren las ficciones, y donde se pregunta cómo es posible que los buenos libros, los libros que nos despiertan, que nos afectan, que nos conmueven, no sean capaces de modificar ni un poquito el orden del mundo. “Que unos libros puedan alterar hasta tal punto nuestra conciencia y dejar que el mundo siga de mal en peor, es algo que deja sin palabras”, escribe. Cierro este capítulo reflexionando sobre todo esto, mientras abro las páginas en las que Bernard Pivot habla de su experiencia con los libros y en la televisión, un medio al que, efectivamente, culpamos de tantas cosas y que podría servir, como en el caso del mítico programa Apostrophes, que el periodista condujo durante muchos años en la televisión pública francesa, para poner los los libros en la calle, en la conversación de la gente corriente.

Emma Rodríguez. Todas las fotografías por Nacho Goberna © 2016

“EL PÚBLICO LECTOR ES REDUCIDO, PERO DE DECISIONES FIRMES Y CURIOSIDAD VALIENTE”

(Bernard Pivot)

Conocer de cerca las opiniones de un periodista cultural y entrevistador de referencia, de un crítico literario que, durante la década de los 80, fue capaz de alzar a la lista de los más vendidos aquellos libros de los que hablaba, es un auténtico regalo para todos los que nos dedicamos a esto, y, sin duda, para cualquier lector amante de la literatura o que sienta curiosidad por los medios de comunicación, en especial por el fenómeno televisivo. De oficio, lector (Trama editorial), una obra estructurada como una larguísima conversación entre Bernard Pivot y el historiador Pierre Nora, nos acerca a las claves, a las anécdotas, incluso a algunos secretos de un hombre que ha conseguido echar abajo muchas teorías acerca de la incapacidad de la televisión para promover la cultura.

Con Apostrophes, un programa que se empezó a emitir en 1975, los viernes por la noche, en Antenne 2, y que al cabo de cuatro, cinco años, se hizo imprescindible, traspasando las fronteras francesas, Pivot demostró que es posible atraer, divertir, entusiasmar a un público nada desdeñable (a mitad de trayecto, de 1982 a 1984, se podían alcanzar los cinco millones de espectadores) hablando de libros, manteniendo diálogos extensos, vibrantes, cercanos y muy interesantes, con escritores, filósofos, historiadores… “El público al que le gustan los libros es reducido, pero de decisiones firmes y curiosidad valiente. A mí me tocaba que la capacidad de seducción del escritor y del texto fuera mayor para una minoría muy sólida, que la del actor y de la imagen”, cuenta Pivot, en referencia a la competencia con el teatro y el cine, que, el mismo día y en la misma franja horaria, ocupaban la programación de los otros canales.

Escuchar de su voz la manera en que, poco a poco, el programa se fue afianzando y sacralizando incluso, algo que califica como “ridículo”, resulta muy interesante, así como acercarse a su método de trabajo, a su intensa dedicación a la lectura, alejado de la vida social y literaria, de las constantes presiones editoriales, que eran filtradas por competentes miembros de su equipo. La independencia es sobre todo cuestión de carácter (…) Yo aspiraba a ser un periodista excelente, y con franqueza, a menos que adolezca de una ingenuidad y una ceguera excepcionales, no se me ocurre cómo puedes tener éxito en este oficio a largo plazo si te limitas a poner tu nombre junto a cifras o palabras que estén claramente sometidas a la comodidad o al reconocimiento. Evitar caer en esas tentaciones es uno de los motivos por los que los periodistas deben estar bien retribuidos”, responde a Pierre Nora cuando le menciona la fama de incorruptible que tenía en las editoriales, su poca alternancia con editores, agentes y escritores, a excepción de amistades como la del político y escritor español Jorge Semprún, que él mismo reconoce.

Con Apostrophes, un programa que se empezó a emitir en 1975, los viernes por la noche, en Antenne 2, y que al cabo de cuatro, cinco años, se hizo imprescindible, traspasando las fronteras francesas, Pivot demostró que es posible atraer, divertir, entusiasmar a un público nada desdeñable hablando de libros, manteniendo diálogos extensos, vibrantes, cercanos y muy interesantes, con escritores, filósofos, historiadores…

Cuenta Pivot que él mismo hacía la propia elección de los libros y de los autores protagonistas en cada programa (153 en  total, a lo largo de un trayecto que culminó en 1990), porque eso le protegía contra las maniobras del amiguismo y los intereses personales. Reconoce también la complicidad y colaboración con los miembros de la revista Lire, con quienes compartía lecturas e intercambiaba ideas. “Nuestras elecciones son, a fin de cuentas, el resultado de lo que nos gusta, lo que nos repele, lo que ignoramos, lo que nos apasiona y lo que nos deja fríos, y del estado de ánimo que tengamos”, señala, asegurando que más que crítico literario prefiere para él la denominación de cronista o reportero cultural; que sus jornadas de lectura podían llegar a alcanzar las doce o quince horas y que nunca ha podido concebir recomendar o incitar al público a leer libros que no le hayan gustado.

La evolución, los cambios experimentados por la sociedad, por la cultura, por los medios, también es motivo de reflexión. El periodista, que siempre ha estado dedicado a la difusión cultural a través de distintos espacios de televisión y medios escritos, se refiere a la deriva hacia sociedades en las que la cultura se presenta cada vez “más desmigajada, incompleta”, al alcance del pulgar del espectador entregado al mando, al ejercicio del zapping. Hay declaraciones, confesiones muy reveladoras, en esta obra en la que Bernard Pivot se toma la molestia, como dice Pierre Nora, su interlocutor, de “observar su propio trabajo, de analizar qué consecuencias y qué influencia tuvo, de revelar recuerdos y entresijos, de dar a conocer tanto el decorado como los bastidores, y de prestarse también a que lo examinen a él”.

La animadversión de parte de la intelectualidad francesa que lo consideraba un intruso, poco preparado y académico para llevar a cabo una empresa de difusión cultural de tal calibre, entra en las páginas del libro (muchos de esos intelectuales, después de criticarlo, se morían de ganas de ser invitados a su programa), así como los recuerdos y anécdotas referidas a las circunstancias y temas de sus entrevistas con grandes personajes de la literatura del siglo XX.

Un capítulo aparte merecen, pues, los entrevistados, entre ellos Nabokov, Solzhenitsyn, Duras, Yourcenar, Simenon, Cohen, Mitterrand, Lévi-Strauss, y un larguísimo etcétera. Del autor de Lolita, por ejemplo, al que le costó convencer porque era muy reacio a las apariciones públicas, especialmente televisivas, lo retrata Pivot como un hombre “enérgico, irónico, divertido y prodigiosamente culto”; reconoce que hubo de pactar con él el envío previo de las preguntas ante su aversión a improvisar y que, durante la conversación, se le sirvió, previa petición, whisky en una tetera para no dar mal ejemplo a los espectadores. De Nabokov Pivot recuerda una frase que le dirigió: “Huyamos, el ruido derrotará el mundo”, perlas de la memoria junto a otras muchas a las que tenemos acceso en este libro que no tiene desperdicio y que se convierte, también, en un homenaje a los autores a los que amamos, a la lectura y al arte de la conversación. 


Leer es un riesgo, de Alfonso Berardinelli, con prólogo de H. M. Enzensberger y traducido por Salvador Cobo, responsable de la edición, ha sido publicado por Círculo de Tiza.

Como una novela, de Daniel Pennac, ha sido editado por Anagrama en su Colección Argumentos. La traducción ha sido realizada por Joaquín Jordá.

De oficio lector. Respuestas a Pierre Nora de Bernard Pivot, en Trama Editorial, ha sido traducido por Amaya García Gallego.

Emma Rodríguez. Todas las fotografías fueron tomadas por Nacho Goberna © 2016