Así es Lucia Berlin: intensa y verdadera.

Por Emma Rodríguez © 2016 / Caí rendida ante Lucia Berlin muy pronto. Ya en el primer cuento de Manual para mujeres de la limpieza, el que lleva por título Lavandería Ángel, cuando leí la frase: “Vi hijos y hombres y jardines en mis manos”. El libro llevaba esperándome algún tiempo, tan llamativo con su portada naranja y su no menos provocador eslogan inscrito en un llavero: “En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados”, fragmento tomado de otro de los relatos, Inmanejable. En cuanto lo vi supe que acabaría leyéndolo. Qué simple y acertado diseño. Enhorabuena a los responsables del mismo por saber ver que en ocasiones no hace falta ningún elemento más para llamar la atención, que basta con la fuerza de las palabras.

Si soléis frecuentar páginas y suplementos literarios habréis oído hablar ya de Lucia Berlin (Alaska, 1936- Los Ángeles 2004) y del fenómeno literario en que se ha convertido tiempo después de su muerte, cuando su obra se ha vuelto a poner en circulación, llamando la atención de la crítica y llegando hasta el gran público gracias al empeño de un grupo de escritores y apasionados admiradores, liderado por su amigo, el escritor Stephen Emerson, quien firma la introducción y el epílogo de la reciente edición recopilatoria de su obra, publicada en nuestro país por Alfaguara, en compañía de un entusiasta prólogo de Lydia Davis, otra singular, muy recomendable, escritora de la que ya os he hablado en “Lecturas Sumergidas”, que se carteó con nuestra protagonista, aunque no llegó a conocerla cara a cara, y fue consciente, a través del cruce de misivas, de la fuente verdadera de la que brotaban sus narraciones.

Las historias de Lucia Berlin son eléctricas, vibran y chisporrotean como unos cables pelados al tocarse”, dice Davis, quien también nos avisa de que una vez dentro de sus relatos llegamos a olvidar lo que estábamos haciendo, dónde estábamos e incluso quiénes somos. La autora analiza el estilo de Berlin, encuentra en ella similitudes con un maestro eterno, Chéjov, en el desapego, la compasión y la economía de medios de sus narraciones, y recuerda que ésta, siempre a la búsqueda de autenticidad, le dijo una vez a uno de sus alumnos que tratara de no ser ingenioso, que no era eso lo más importante.

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“Las historias de Lucia Berlin son eléctricas, vibran y chisporrotean como unos cables pelados al tocarse”, dice la escritora Lydia Davis, quien también nos avisa de que una vez dentro de sus relatos llegamos a olvidar lo que estábamos haciendo, dónde estábamos e incluso quiénes somos.

Es enriquecedora, interesantísima, la lectura que hace Lydia Davis, su intento de descifrar los resortes mágicos de una escritura sin igual, de un trayecto condensado en setenta y seis cuentos. Merece mucho la pena conocer los detalles de la biografía de una mujer que convirtió su vida en el material de fondo de sus historias, de la mano de Stephen Emerson. No puedo dejar de transcribir aquí algunos de los detalles, de las claves, que ofrecen ambos autores, y, seguramente, a lo largo de este texto recurriré más de una vez a sus impresiones, pero lo que me propuse en este viaje, como hago siempre que una obra consigue atraparme, fue encontrar mis propios caminos y emociones, abrir un diálogo particular, en la medida de lo posible libre, incontaminado, aunque atento a los ecos, a las similitudes, de otros acercamientos. ¿Qué es lo que me dice a mí Lucia Berlin? ¿Por qué su voz me llega y me resulta tan cercana? ¿Por qué convierto en favoritas, en imprescindibles, determinadas piezas que tal vez pasan desapercibidas para otros lectores?

Eso es lo que siempre me resulta fascinante: comprobar los múltiples senderos que abre la literatura, la comunicación íntima, compleja, que se entabla, personal y a la vez colectiva, en soledad y al mismo tiempo en compañía, porque lo que recibimos de una manera tan directa está llegando al mismo tiempo a muchas más personas, tocando otros corazones. Hay una conexión, un abrazo, una red invisible que nos une, que nos convierte en cómplices. No sé si logro explicarme del todo… El caso es que yo he buscado a Lucia Berlin y quiero compartir esa búsqueda con quienes ahora leéis este texto, animándoos a encontrar vuestros propios cauces de comunicación con ella.

Lucia Berlin. Fotografía por © Buddy Berlin

Intensa, caudalosa, desequilibrada… Así fue la existencia de Berlin, como la corriente de un río salvaje, imprevisible, indomable. De sus vaivenes da cuenta, desde la cercanía, Stephen Emerson, quien parte de los paisajes de Alaska, donde nació la autora. Su padre trabajaba allí, en los asentamientos y pueblos mineros de Idaho, Kentucky y Montana. El viaje, los desplazamientos, los cambios, la necesidad de adaptarse una y otra vez, marcaron desde un principio el trayecto. A Alaska siguió la geografía de El Paso, en Texas, a donde hubo de trasladarse en 1941, a los cinco años, con su madre y su hermana pequeña, cuando Estados Unidos entró en guerra y su progenitor partió para el frente. Y después fue Santiago de Chile, donde la familia vivió años de bonanza, integrada en la alta sociedad. “En Santiago”, nos dice Emerson, “asistió a cotillones y bailes de gala, le pidió fuego al príncipe Alí Khan para fumar su primer cigarrillo, acabó la escuela y ejerció de anfitriona por defecto en las reuniones de sociedad de su padre”, porque “la mayoría de las noches, su madre se retiraba temprano con una botella”.

En Santiago de Chile, en sus años juveniles,  “asistió a cotillones y bailes de gala, le pidió fuego al príncipe Alí Khan para fumar su primer cigarrillo, acabó la escuela y ejerció de anfitriona por defecto en las reuniones de sociedad de su padre”, porque “la mayoría de las noches, su madre se retiraba temprano con una botella”, cuenta su amigo y biógrafo Stephen Emerson.

El alcoholismo es una constante en la vida de la escritora. Su abuelo, su tío, su madre, fueron alcohólicos, y ella misma hubo de librar una dolorosa lucha contra la adicción. En sus relatos habla de esa fatal dependencia, de los paseos desesperados en busca de una botella en la madrugada, de las curas de desintoxicación, de la sensación de culpa, de la marginalidad. Sentirse diferente, fuera de lo convencional, es otro de los rasgos que definen a la creadora. Tanto en su devenir existencial como creativo Lucia Berlin siguió el caudal de sus impulsos, hizo caso a los latidos de su corazón, atravesó como pudo los obstáculos que se fue encontrando por el camino desde un principio, empezando por la hostilidad de su madre, por el rechazo de compañeras de colegio que la veían como un bicho raro con el corsé ortopédico de acero que hubo de llevar desde muy pronto debido a una grave escoliosis que, ya en su etapa final, afectó a sus pulmones y la obligó a vivir con un tanque de oxígeno en la espalda.

Su vida amorosa fue agitada. Se casó tres veces y tuvo cuatro hijos. Capaz de disfrutes y tormentos, tomó lo que la vida le daba intensamente y adoptó decisiones arriesgadas, impetuosas, que conocemos por lo que cuentan de ella amigos, conocidos y especialistas, pero, sobre todo, por las experiencias y emociones de las que dejó constancia en sus escritos. “Entre 1971 y 1994 vivió en Berkeley y Oakland, California. Trabajó como profesora de secundaria, telefonista en una centralita, administrativa en centros hospitalarios, mujer de la limpieza y auxiliar de enfermería a la par que escribía, criaba a sus cuatro hijos, bebía y finalmente ganaba la batalla al alcoholismo. Pasó buena parte de 1991 y 1992 en Ciudad de México, donde su hermana estaba muriendo de cáncer. Su madre había fallecido en 1986, un posible suicidio”, leemos el apunte biográfico sobre la autora de Stephen Emerson, que estrechó fuertes lazos de amistad con ella en los años que pasó en la localidad de Boulder, cercana a la Universidad de Colorado, donde disfrutó por fin de algo de tranquilidad y armonía, entregada a la enseñanza (ya retirada, en 2001 se trasladó a Los Ángeles, animada por sus hijos que vivían allí. Fue su escenario final).

Hasta aquí la nota biográfica, pero vayamos a los cuentos de Lucia Berlin. En ellos está todo, todo lo que vivió y todo lo que conoció y aprendió a lo largo del camino. Sus vivencias son el barro que la autora moldea a su gusto a través del filtro de la ficción. Berlin quita y añade materia, forjándose a sí misma como figura central, como fuente de la que todo mana. Berlin recrea situaciones e inventa, poniendo notas de humor a los hechos más demoledores, engrandeciendo con imágenes poéticas, bellísimas, lo banal, quitando hierro a las asperezas de la vida. De ese modo estremece y al mismo tiempo consuela.

Trabajó como profesora de secundaria, telefonista en una centralita, administrativa en centros hospitalarios, mujer de la limpieza y auxiliar de enfermería a la par que escribía, criaba a sus cuatro hijos, bebía y finalmente ganaba la batalla al alcoholismo.

A su lado constatamos que, pese a lo terrible de la existencia, no debemos renunciar a sus momentos de luz, de revelación, de belleza. Somos conscientes de la importancia que tiene resistir los embates del mar embravecido, estar siempre atentos, no dejar de esperar, de mirar, de aprovechar los momentos, de encontrar los sentidos, de percibir la imprevisibilidad de las cosas (lo fortuito; lo fugaz) y también lo imaginable, lo que no puede suceder de otro modo. Hay un relato muy revelador, el último del volumen, que condensa muy bien todo esto que intento haceros llegar. Se trata de Volver al hogar, donde la narradora se sienta en el balancín del porche de entrada a su casa, con su “tanque de oxígeno portátil a esperar la luz del atardecer” y se da cuenta de que un arce cercano se llena de cuervos.

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A partir de ahí empieza a plantearse preguntas sobre los hábitos de las aves y se asombra de haber sido testigo de la escena por casualidad, ya que normalmente, a esas horas, solía ponerse en la parte trasera del domicilio. “Lo que me preocupa”, reflexiona entonces “es que los descubrí solo por azar. ¿Qué más me he perdido? ¿Cuántas veces en mi vida he estado , digámoslo así, en el porche de atrás y no en el de delante? ¿Qué me habrían dicho que no alcancé a escuchar? ¿Qué amor pudo haberse dado que no sentí?

En esta maravillosa narración, que es una especie de autorretrato, de recuento final de su modo de vivir, de padecer y de entender la existencia, la escritora se plantea preguntas y nos las formula, porque, como en otras ocasiones, sus relatos se convierten en diálogos y su voz suena próxima, amigable, cómplice. En Volver al hogar, después de las interrogaciones, Berlin prosigue: “Son preguntas inútiles. La única razón por la que he vivido tanto tiempo es porque fui soltando lastre del pasado. Cierro la puerta a la pena al pesar al remordimiento. Si permito que entren, aunque sea por una rendija de autocompasión, zas, la puerta se abrirá de golpe y una tempestad de dolor me desgarrará el corazón…”  Y más adelante señala: “Todo lo bueno o malo que ha ocurrido en mi vida ha sido predecible e inevitable, en especial las decisiones y los actos que han garantizado que ahora esté completamente sola”.

Así es, así escribe esta mujer, de forma absolutamente sincera, “implacable, sin contemplaciones, y aún así la brutalidad de la vida siempre queda aplacada por su compasión ante la fragilidad humana, por la inteligencia y la agudeza de esa voz narrativa, y su fino sentido del humor”, nos dice Lydia Davis. Si algo derrocha su literatura es verdad. Si algo me llama la atención es su capacidad para hablar de las experiencias que conoce sin pudor, desde dentro, desde lo vivido. Los viajes, los amores, los padecimientos, los rechazos, los trabajos de miseria, los conflictos con los hijos, con la hermana… Todo lo que cuenta Berlin ha sucedido de alguna manera, pero, además, ella se ha permitido elevarlo, agitarlo, atenuarlo, vapulearlo a su antojo, como decía antes. Todos los materiales los tiene a mano, no necesita mirar lejos. Todo está a tiro de piedra, en sus pasos sobre las aceras, en sus percepciones de los paisajes que ama, en sus aullidos de placer, en sus gritos, en su manera de maldecir y de querer, de dejarse querer.

Davis recurre a una declaración muy significativa de uno de los hijos de Lucia Berlin sobre su proceso creativo: “Mi madre escribía historias verdaderas: no necesariamente autobiográficas, pero por poco (…) Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad. Lucia decía que eso no importaba: la historia es lo que cuenta”.

Todo lo que cuenta Berlin ha sucedido de alguna manera, pero, además, ella se ha permitido elevarlo, agitarlo, atenuarlo, vapulearlo a su antojo. Todos los materiales los tiene a mano, no necesita mirar lejos. Todo está a tiro de piedra, en sus pasos sobre las aceras, en sus percepciones de los paisajes que ama, en sus aullidos de placer, en sus gritos, en su manera de maldecir y de querer, de dejarse querer.

La propia autora nos ofrece en sus piezas pistas sobre su forma de entender el trabajo literario. “Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento”, confiesa en Silencio, la historia de una niña callada, solitaria, sin apenas amigos debido a vivir en pueblos mineros de montaña y mudarse demasiado a menudo de ubicación. Cuando se traslada a Texas con su madre, esa niña, que llevaba un aparatoso corsé para corregir su columna (los datos reales son evidentes) encuentra por fin a una amiga y se siente querida e integrada en su entorno, pero acaba rompiendo una promesa que hará que la pierda.

Lucia Berlin. Fotografía por © Buddy Berlin

Nunca he vuelto a tener una amiga como Hope, mi única amiga de verdad. Poco a poco empecé a formar parte de la familia Haddad. Creo que de no haber vivido esa experiencia, de mayor no solo habría sido una mujer neurótica, alcohólica e insegura, sino además con graves trastornos mentales. Chalada”, leemos en este relato donde Berlin nos ofrece otra de sus claves: No me importa contar cosas terribles si consigo hacerlas divertidas”, frase de su protagonista cuando se refiere a lo mal que lo pasa en el colegio. Y en otro de los textos, Temps perdu, leemos: Siempre he sido buena para escuchar. Esa es mi mejor cualidad.

Así es, así escribe esta mujer, que traza puentes entre unos cuentos y otros, hilvanando recuerdos, acontecimientos, repitiendo motivos, circunstancias, fragmentos de memoria que aparecen aquí y allá, bajo diferentes focos, de modo que en ocasiones nos da la impresión de estar pasando las páginas de un diario, de ir abriendo puertas que nos conducen a los mismos lugares, pero iluminados de forma diferente, según el paso del tiempo, de los días, de las estaciones.

Es tan auténtica, tan dura en su sinceridad y tan vulnerable, Lucia Berlin, que nos desarma. Como dice Lydia Davis al leerla nos olvidamos de todo lo demás, hasta de dónde estamos. Sus relatos son adictivos y, pese a la unidad que les confiere la voz narrativa, participan de tonos y modalidades diversas: los hay humorísticos, muy divertidos, como el que da título al volumen que nos ocupa, Manual para mujeres de la limpieza, donde demuestra que sabe muy bien de lo que habla y se permite dar consejos a quienes se dedican al oficio que ella desempeñó durante un tiempo. Por ejemplo: “Aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento”. O: “Como norma general, no trabajéis para las amigas. Tarde o temprano se molestan contigo porque sabes demasiado de su vida. O dejan de caerte bien por lo mismo”. Hay muchos más, pero mejor que cada cual los busque en este relato cargado de ingenio, del que no me resisto a resaltar una frase como ésta: “Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos” .

Sus relatos son adictivos y, pese a la unidad que les confiere la voz narrativa, participan de tonos y modalidades diversas: los hay humorísticos, muy divertidos, como el que da título al volumen que nos ocupa, “Manual para mujeres de la limpieza”, donde demuestra que sabe muy bien de lo que habla y se permite dar consejos a quienes se dedican al oficio que ella desempeñó durante un tiempo.

También hay en la producción de Lucia Berlin relatos de amor, de irresistible romanticismo, caso de Bonetes azules, en el que una mujer ya madura acepta la invitación de un hombre, un profesor del que ha traducido un libro muy abstracto de filosofía y lingüística, al que sólo ha tratado a través de misivas y llamadas telefónicas, a pasar unos días en su granja. Lo hace desoyendo lo que le dice su hijo: “–Mamá, no puedo creer que hagas esto. No sales nunca con nadie, y ahora te vas a pasar una semana con un desconocido. Podría ser una asesino con un hacha, no sabes nada de él”.

Así arranca este hermoso cuento que, en primer plano, narra magníficamente una aventura erótica, pero que, al ir ahondando en sus capas, nos habla de la soledad, de la necesidad de afecto, de la búsqueda de comprensión, de afinidad, de comunicación más allá de las palabras. “¿Qué era el amor?, se preguntaba María, estudiando las líneas de la cara de Dixon mientras dormía. Qué nos impide hacerlo a ninguno de los dos, amar”.

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En la misma línea hay otra pieza inolvidable, Toda luna, todo año, en la que una profesora de español (idioma que la escritora dominaba muy bien) acude a pasar unas vacaciones en un complejo turístico de lujo, sola y desolada tras la muerte de su marido, y recobra el sentido de la vida gracias a la relación que entabla con un grupo de buceadores y al contacto sexual que mantiene durante una inmersión con su guía en la práctica del submarinismo. Mientras escribo soy consciente de que al contar así el argumento del relato puede parecer simple, incluso frívolo, pero nada más alejado del efecto que provoca la lectura, de su capacidad para hacernos partícipes de la recuperación de la dicha, de la alegría, de la celebración de la existencia por parte de la protagonista.

Este cuento, además, es muy especial, porque tiene continuación en otro de mis preferidos, Penas, de cariz claramente biográfico, donde dos hermanas (pocos relatos sobre hermanas tan reveladores, tan verdaderos como éste) se van juntas de vacaciones, al mismo lugar donde años atrás estuvo una de ellas. Acaba de morir la madre, una mujer atormentada, alcohólica, que les ha dejado traumas tremendos; la menor de las protagonistas ha sido operada de un cáncer de pecho y la mayor lleva en secreto su condición de bebedora. Necesitan hablar, olvidar los celos y diferencias entre ellas, reconciliarse… Y hay un hermoso acto de generosidad que tiene que ver con el buceo, con el descubrimiento de los fondos marinos y su poder sanador.

Lucia Berlin es capaz de destapar del todo el frasco de las emociones. Mientras la leemos no sentimos acariciados por una oleada de viento cálido o ateridos ante una helada. Podemos sentirnos abatidos o, al contrario, contagiados de vitalidad; agitados o en calma; sumidos en la tristeza o riendo abiertamente. Hay tensión y hay sutileza. Hay dulzura y agriedad. Hay dolor, mucho dolor; hay dureza en la lucha por la supervivencia que la autora pone de manifiesto en muchas de sus historias, historias que recibimos como auténticos mazazos. Hay situaciones de desigualdad, de marginación; relatos de violencia, de chicos destinados a convertirse en matones, de abusos sufridos por mujeres que se ven abocadas a abortar, a soportar humillaciones. Pero también hay abrazo, consuelo, comprensión y revelación, revelación de los momentos preciosos, de las perlas de la vida. ¿Acaso no se mueve toda gran literatura entre estos dos puntos? ¿Acaso no nos hacen sentir así, partidos en dos, conmovidos, todos los escritores que amamos y que nos ayudan a seguir adelante, a aceptar las enseñanzas del camino con sus llanuras y sus riscos afilados?

Lucia Berlin es capaz de destapar del todo el frasco de las emociones. Mientras la leemos no sentimos acariciados por una oleada de viento cálido o ateridos ante una helada. Podemos sentirnos abatidos o, al contrario, contagiados de vitalidad; agitados o en calma; sumidos en la tristeza o riendo abiertamente. Hay tensión y hay sutileza. Hay dulzura y agriedad.

Mamá, tú veías la fealdad y el mal en todas partes, en todo el mundo, en todos los lugares. ¿Estabas loca o eras una visionaria? Qué más da: no soporto la idea de acabar como tú. Me da mucho miedo. Estoy perdiendo el sentido de lo que es precioso, verdadero”, escribió la autora en la pieza Panteón de dolores. La madre es una presencia constante, una sombra alargada, en sus creaciones. Como os decía, Berlin está dentro de todo lo que narra porque lo ha vivido. Mucho de lo que cuenta ha acontecido en trayectos de autobús, en encuentros en lavanderías o mientras desempeñaba distintos oficios, oficios en ocasiones poco distinguidos, pero que para nada empañaban su grandeza como ser humano, como escritora capaz de mirar compasivamente a los otros y de enfrentarse a sus propias contradicciones. Así, la experiencia como recepcionista de hospital y ayudante de enfermería llevó a la autora a conocer muy de cerca la enfermedad, a reflexionar mucho sobre la pérdida.

Una cosa sé de la muerte. Cuanto “mejor” es la persona, cuanto más cariñosa, feliz y comprensiva, menor es el vacío que deja su muerte”, leemos en Apuntes de la sala de urgencias, 1977, donde la narradora dice pensar en “términos de muertes buenas o malas en función del afecto, de la compañía, de la cantidad de besos y abrazos que los que están en vías de irse reciben al final. “Las muertes malas de verdad son cuando llegan hijos y parientes después de viajar desde lugares inaccesibles y ni siquiera parece que se conozcan o que sientan el menor aprecio por el difunto. No hay nada que decir. Se ponen a hablar de los preparativos,de qué habrá que hacer los preparativos, de quién hará los preparativos”, nos dice. Y hay otra pieza sobrecogedora, titulada Luto, donde nos encontramos con esta frase: La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos”.

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Especialmente cercanos, significativos, han sido estos relatos para mí en estos últimos meses. Muy especiales son aquellos en los que la autora narra, como ya decía antes, la estrecha, enriquecedora relación que mantuvo con su hermana en la etapa final de la enfermedad de esta, cuando estuvo a su lado día y noche. Espera un momento es una narración absolutamente deslumbrante, cargada de sabiduría, de la que no me resisto a transcribir este párrafo: “El tiempo se detiene cuando alguien muere. Por supuesto se detiene para ellos, quizá, pero para los que sufren la pérdida el tiempo se desquicia. La muerte llega demasiado pronto. Olvida las mareas, los días que se alargan y se acortan, la luna. Hace trizas el calendario. No estás en tu escritorio o en el metro o preparando la cena para los niños. Estás leyendo People en la sala de espera de un quirófano, o temblando en un balcón donde fumas toda la noche. MIras al vacío, sentada en el cuarto de tu infancia con el globo terráqueo sobre la mesa. Persia, el Congo Belga. El problema es que cuando vuelves a la vida normal, todas las rutinas, las marcas del día parecen mentiras sin sentido. Todo es sospechoso, una trampa para adormecernos, para volver a arroparnos en la plácida inexorabilidad del tiempo”.

“Una cosa sé de la muerte. Cuanto “mejor” es la persona, cuanto más cariñosa, feliz y comprensiva, menor es el vacío que deja su muerte”, leemos en “Apuntes de la sala de urgencias, 1977”, donde la narradora piensa en “términos de muertes buenas o malas” en función del afecto, de la compañía, de la cantidad de abrazos que los que están en vías de irse reciben al final.

Así es. Así escribe Lucia Berlin. Su única voz se despliega en todas las voces. Su eco se convierte en coral. Su llanto y su risa son arrolladores. Sus relatos cubren sus tiempos y en esos tiempos nos reconocemos. Hay narraciones de infancia y de juventud. Hay escritos sobre el padre y la madre, que podrían ser páginas arrancadas de un diario, y también sobre los lugares en los que vivió. Genial en la descripción de paisajes geográficos y emocionales; en la recreación de atmósferas, cada historia participa de los ritmos, de la luz, de la naturaleza, de las costumbres, convenciones y conflictos del lugar en el que se desarrollan. Hay enamoramientos y rupturas también vividas. En varios escritos la autora recrea su propia biografía amorosa, la trasciende, le otorga esa hondonada existencial, esa autenticidad que tanto nos cautiva. Es así, por ejemplo, cuando da cuenta de arriesgadas decisiones, como la del día en que dejó a su segundo marido y en compañía de sus hijos se marchó a México con el que habría de convertirse en el tercero y último, Buddy Berlin, del que tomó su apellido de escritora, un atractivo músico de jazz con el que vivió una relación feliz pero también traumática por la adicción de él a las drogas.

Intensidad y verdad son dos buenas palabras para acabar este artículo, pero no quiero poner el punto final sin citar otros tres relatos que me gustan especialmente. El primero es Melina, lo destaco porque parece sacado de Las mil y una noches y porque tal vez sea de los que más se alejan de la propia vida. Se trata del relato de una mujer seductora, misteriosa, turbadora, de la que se enamoran, a su manera, distintos hombres, y que tiene una ingeniosa resolución. El segundo, Buenos y malos, está ambientado en Chile y tiene que ver con la toma de conciencia social, con el alejamiento e indiferencia de las clases privilegiadas del padecimiento de los más desfavorecidos. La protagonista, trasunto de la autora en esos años juveniles en los que se codeó con la clase alta de la sociedad chilena, acepta, sin permiso de su padre, la tutela de una profesora comunista que quiere despertar en ella nuevas inquietudes y que le dice: “Vivirás siempre paralizada por las normas, por lo que la gente te dice que deberías pensar o hacer”. Aquí Berlin plantea un enfrentamiento ideológico y moral, dos modos de entender el mundo siempre en conflicto, de una manera muy interesante.

Y por último, me detengo en A ver esa sonrisa. Si alguien me dijera que le indicase un solo relato de este libro seguramente sería éste, y os aseguro que me resulta difícil, muy difícil escoger. Me gusta pensar que si a distintos lectores se nos pidiera lo mismo, la elección sería diferente en cada caso, lo cual resultaría muy enriquecedor, estimulante. Si me preguntáis por qué en mi caso me inclino por este cuento os diré que porque narra una historia de amor enigmática entre dos personas llamadas a sentir de un modo diferente; porque nos habla de la parte de nosotros que no conocemos, o que no mostramos; porque nos incita a saltarnos las reglas, a pensar y vivir sin convencionalismos, de acuerdo a nuestras convicciones más íntimas, porque nos anima a hacer cosas indebidas, a jugar, a ser un poco más rebeldes en todas las etapas de la vida, también en la madurez, comprendiendo que en el camino siempre hay riesgo.

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En el relato titulado “A ver esa sonrisa” la escritora nos habla de la parte de nosotros que no conocemos, o que no mostramos; nos incita a saltarnos las reglas, a pensar y vivir sin convencionalismos, de acuerdo a nuestras convicciones más íntimas, nos anima a hacer cosas indebidas, a jugar, a ser un poco más rebeldes en todas las etapas de la vida.

Me encanta A ver esa sonrisa por todo esto y por tantas y tantas cosas más. Os animo a descubrirlo. No esperéis más a conocer a Lucia Berlin. Aquí está. Así es. Así escribe. Todos tenemos nuestros álbumes de recortes mentales. Planos congelados. Instántaneas de gente a la que amamos en distintos momentos, nos dice en B. F. y yo, casi al final de este volumen que cierro sin ganas de acabarlo, deseosa de más. Hay en él muchas instantáneas, muchos fragmentos de vidas, muchas situaciones fugaces pero absolutamente capaces de quedarse grabadas en la memoria con la fuerza de su autenticidad.

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Manual para mujeres de la limpieza ha sido publicado por la editorial Alfaguara. Stephen Emerson ha sido responsable de la edición y la introducción; Lydia Davis del prólogo. La traducción ha corrido a cargo de Eugenia Vázquez Nacarino.

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