“Bebedores de luz”, amantes del Mediterráneo

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Por Emma Rodríguez © 2015 /Con la llegada del invierno, el viaje al sur llegó a convertirse en un rito de paso para los nórdicos. Al cruzar esa frontera invisible señalada por la aparición de olivos y cipreses en el paisaje, los viajeros abandonaban los márgenes del mundo, penetraban en el centro de las cosas y se reconciliaban con los orígenes”. Así comienza un libro fascinante que he descubierto recientemente, Peregrinos de la belleza (Acantilado) de la antropóloga María Belmonte. Fascinante, entre muchas otras cosas, por la recreación de un tiempo ido y por el sugerente cruce de destinos y deslumbramientos.

Nos propone la autora en este recorrido, subtitulado Viajeros por Italia y Grecia, una experiencia inolvidable a través de los retratos de nueve personajes, nueve devotos del Mediterráneo, nueve creadores que partieron en busca de la luz y de la alegría, atraídos irremediablemente por el legado de los clásicos, por la riqueza de una cultura que nos sigue nutriendo. Es esta entrega un canto, un elogio de ese legado, una reivindicación necesaria hoy que tan denostados están los pueblos del sur por esa estúpida interpretación materialista según la cual los números, la economía, se imponen al enriquecimiento personal, a la felicidad, a los bienes intangibles.

Los nueve protagonistas de esta historia nos demuestran cuán equivocados están quienes no son capaces de leer más allá del principio de la eficiencia y la utilidad mal entendidas. Ellos, que emprendieron la marcha  buscando la belleza y la autenticidad, que no renunciaron a hallar su lugar en el mundo pese a las adversas circunstancias del tiempo que les tocó vivir, son, siguiendo el orden de los capítulos: Johann Winckelmann, Wilhelm von Gloeden, Axel Munthe, D. H. Lawrence, Norman Lewis, Henry Miller, Patrick Leigh Fermor, Kevin Andrews y Lawrence Durrell.

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María Belmonte traza el retrato de nueve personajes, nueve devotos del Mediterráneo, nueve creadores que partieron en busca de la luz y de la alegría, atraídos irremediablemente por el legado de los clásicos, por la riqueza de una cultura que nos sigue nutriendo.

Podéis estar seguros de que ninguna de sus historias os dejará indiferentes. La autora recrea sus biografías desde la complicidad, desde el conocimiento y la cercanía, con una amenidad y una capacidad para despertar los sentidos dormidos, que hace que no queramos salir de los escenarios que habitaron; que deseemos emprender el viaje hacia esas geografías que tanto amaron y que la ensayista visita para recuperar esos rincones míticos, sublimes, salvados de la derrota y de los estragos del tiempo gracias al poder de la literatura, del arte. Pero volvamos al comienzo, al revelador prólogo. Belmonte recurre al poeta griego Yorgos Seferis, quien anotó en sus diarios la sensación que siempre le provocaron los paisajes mediterráneos de “sentirse en casa”, de “recluirse en un microcosmos”. He ahí el hilo que une todas las vidas que se despliegan en esta ruta coral.

De la mano de María Belmonte nos trasladamos al siglo XVIII, cuando dio comienzo la gran tradición cultural conocida como el Grand Tour;  cuando conocer la herencia grecolatina, era fundamental en la educación de los jóvenes aristócratas. Libros como Viaje a Italia, de Goethe contribuyeron a fomentar el deseo y la aventura por acudir a los lugares sagrados de la Antigüedad. Novelas posteriores como Una habitación con vistas, de Edward Morgan Forster, transmiten maravillosamente la transformación que experimentaban quienes emprendían el itinerario. “Si bien hasta llegar a Roma Goethe iba en busca de la cultura y el arte clásicos, a partir de Nápoles, su diario de viaje permite observar un sutil cambio, pues desde entonces se puede ver al erudito viajero disfrutar del aspecto sensual, espontáneo, físico y hasta peligroso del sur”, nos cuenta la autora.

Y, en su compañía, escuchamos el grito que emitió Shelley durante la guerra de liberación de Grecia del dominio turco: “¡Todos somos griegos!”. Un grito en el que tantos nos reconocemos actualmente, impotentes y dolidos ante el acoso y humillación de la gobernanza europea, de los poderes financieros, a un país al que tanto debemos cultural y espiritualmente. Es impagable el nutriente que los países del Norte han tomado de Grecia, viaje iniciático, de regeneración, en el que se dejaba atrás la personalidad anterior y se volvía diferente a como se había salido”, nos dice la ensayista.

Grecia e Italia fueron el destino anhelado por quienes podían permitírselo y por quienes se arriesgaban a dejarlo todo atrás porque no tenían nada que perder en sus sombríos, encorsetados, lugares de origen. Así sucedió hasta mediados del siglo XIX, cuando se inventaron los viajes organizados y cada vez más personas pudieron descubrir los tesoros hasta entonces sólo reservados a intrépidos exploradores, a eruditos y privilegiados.

En el siglo XVIII dio comienzo la gran tradición cultural conocida como el Grand Tour;  cuando conocer la herencia grecolatina, era fundamental en la educación de los jóvenes aristócratas. Libros como Viaje a Italia, de Goethe contribuyeron a fomentar el deseo y la aventura por acudir a los lugares sagrados de la Antigüedad. Novelas posteriores como Una habitación con vistas, de Edward Morgan Forster, transmiten maravillosamente la transformación que experimentaban quienes emprendían el itinerario.

Pero no es la mirada de este libro la del mero turista que cada temporada cambia de destino sin más, en lo que ya se ha convertido casi en una excitante rutina, sino en la del viajero auténtico del que habla Paul Bowles en su novela El cielo protector, ese viajero capaz de mudar de piel, de crecer vitalmente a través de la interiorización de nuevas culturas y paisajes. “El amante del Mediterráneo suele ser un devoto del pasado clásico, obsesionado o no por él, pero poseedor de una visión propia de cómo sucedieron los hechos, según fueran sus estudios, mentores, viajes y juegos...”, seguimos las palabras de María Belmonte, quien habla con conocimiento de causa, pues ella se incluye entre esos devotos. En la especial tribu de adoradores de la luz y del sol de la que hablamos se incluyen personalidades como Yukio Mishima, cuya vida dio un vuelco cuando a los 26 años visitó Delfos; Marguerite Yourcenar, quien dejó constancia de su amor en su célebre novela Memorias de Adriano, o el historiador Edward Gibbon, quien tras conocer las ruinas del Capitolio decidió dedicar su vida a trabajar en su voluminosa y esencial obra Decadencia y caída del imperio romano.

Todos ellos son citados en Peregrinos de la belleza. Todos ellos, y muchos más, nombres del pasado y del presente, célebres y anónimos, se hermanan y se reconocen -nos hermanamos y reconocemos-, en la pasión por el Mediterráneo. Pero ya es hora de detenernos en los grandes protagonistas de este libro. Confieso que no seguí el orden fijado por la autora. Confieso que empecé por los nombres que me resultaban familiares y que dejé para el final aquellos de los que nada o muy poco sabía. Confieso también que estos últimos se han convertido en auténticos descubrimientos, en puertos de llegada cuya atracción, con total seguridad, me llevará a querer volver a ellos en futuras incursiones.

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DURRELL Y MILLER, DOS AMIGOS EN GRECIA

Empecé pues mi particular trayecto con Lawrence Durrell. Me sumergí de lleno en el texto a él dedicado porque su Cuarteto de Alejandría es una de esas obras elevadoras, inspiradoras, que marcaron un antes y un después en mi formación lectora, en mi percepción sobre el mundo. Nunca antes de adentrarme en sus historias enigmáticas, en sus personajes tan contradictorios, complejos, pasionales, fui consciente de la importancia de los lugares en las acciones, de la fuerza de los entornos que nos rodean, así como de las múltiples interpretaciones de una escena, de una vivencia, de una historia, dependiendo de la mirada, del estado de ánimo, de la emoción o sentimiento de quien la esté protagonizando o relatando.

Lawrence Durrell
Lawrence Durrell

Me recuerdo un largo verano, con poco más de 20 años, en los escalones de la azotea de la casa familiar en Tenerife, a la sombra, absolutamente inmersa en los cuatro tomos de una narración que hubiera querido que no terminara nunca. En ese mismo lugar he seguido ahora las andanzas de Durrell, ese Durrell “filoheleno e islomaníaco” que tan bien conoce y describe María Belmonte, admiradora de su trilogía de las islas griegas: Corfú, Rodas y Chipre. Una trilogía que ella califica como “incoherente por poética”, donde el escritor da cuenta de la irresistible atracción por una tierra donde aprendió el arte de la frugalidad.

Los libros de Larry Durrell sobre las islas griegas enseñan a ver cosas que pasan desapercibidas para la mayoría de los ojos mal entrenados pero no para la mirada de un poeta. Son libros inútiles para quien busca una guía de viajes, pero un tesoro para quien desea conocer cosas tan imprescindibles como el origen de la famosa expresión homérica “aurora de rosáceos dedos” o la cualidad única de las puestas de sol en Rodas o el porqué de atar a los gatos a las puertas de las casas en las islas…”, señala Belmonte, quien sigue las huellas del escritor en esos lugares milagrosos en los que halló el amor y dialogó con las musas de la inspiración.

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En cada isla hubo para ese hombre que huyó del frío y de las restricciones de Inglaterra una casa especial y una mujer especial. En Corfú vemos a una jovencísima pareja de recién casados –Larry y Nancy– en la Casa Blanca, una espaciosa vivienda alquilada a un pescador en una tranquila bahía al norte de la isla donde se bañaban desnudos. En Rodas, en Villa Cleóbulo, asistimos a la relación del escritor con Eve Gipsy Cohen, quien acabó convirtiéndose en la inolvidable, misteriosa y sensual Justine de El cuarteto de Alejandría, y en Chipre, en la localidad de Bellapais, seguimos sus paseos con Claude, “la mujer tranquila que le acompañó al destierro de Provenza”, donde culminaron sus días.

“Los libros de Larry Durrell sobre las islas griegas enseñan a ver cosas que pasan desapercibidas para la mayoría de los ojos mal entrenados pero no para la mirada de un poeta. Son libros inútiles para quien busca una guía de viajes, pero un tesoro para quien desea conocer cosas tan imprescindibles como el origen de la famosa expresión homérica “aurora de rosáceos dedos” o la cualidad única de las puestas de sol en Rodas o el porqué de atar a los gatos a las puertas de las casas en las islas…”

María Belmonte va hilando los lugares con la vida y con la literatura. Cada uno de los personajes principales conduce a otros secundarios, igualmente atractivos. Hay hermosas descripciones de los entornos. Hay recorrido histórico, pasión viajera y un aliño de anécdotas, referencias literarias y cruce de caminos que convierten al libro en un energético y estimulante cóctel, capaz de despertar los sentidos más aletargados y de recordarnos continuamente el arte del buen vivir. En el caso de Lawrence Durrell asistimos a un relato de una metamorfosis, al nacimiento de una voz, de un  estilo, de una forma inconfundible de narrar, de evocar. Me hicieron falta el ajo, el vino y el mar azul para quitarme todo aquello de encima y convertirme en escritor, declaró el autor en una entrevista.

También vemos la faceta del hombre que durante la II Guerra Mundial hubo de ganarse la vida realizando labores de espionaje para los británicos en Atenas y después en Alejandría, donde fue nombrado agregado de prensa por el Foreign Office y donde tanto material atesoró para escribir su gran obra narrativa. “Grecia le había dado la belleza del paisaje. Alejandría le dio lo que necesitaba en ese momento”, señala Belmonte, “una atmósfera de sexo y muerte que asombra por su intrensidad”, toma las palabras del propio escritor. Tras esa escala tan fructífera, el escritor volvió a Grecia donde siguió con sus labores de información, deseoso de soñar y de escribir todo lo que tenía que decir.

Las dos contiendas mundiales, que llenaron de sombras y de terror el siglo XX, cruzan los destinos de la mayor parte de los protagonistas de un libro que nos enseña a seguir adelante, resistiendo, amando y celebrando la vida pese a las adversidades y los más espesos nubarrones. Hay zonas de sombra en todos los trayectos y grandes aperturas de luz, de alegría. El Lawrence Durrell que regresó en 1945 a una Grecia en ruinas, concretamente a Rodas, recién liberada del yugo alemán, donde viviría una nueva e intensa etapa creativa y vital, escribió sobre el lugar un libro titulado Reflexiones sobre una Venus marina (segunda parte de la trilogía de las islas griegas), un libro feliz, como señala María Belmonte, pese a ser el fruto de una época de desolación. En esa obra, según nos explica, el escritor capta el espíritu placentero del lugar, “pero también nos recuerda que el Mediterráneo es un escenario sangriento, uno de los enclaves más violentos de la tierra en el que han dejado su huella a lo largo de los siglos, conquistadores, piratas, comerciantes, mercenarios y corsarios”.

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Después de Rodas fue Chipre, otro sendero de una vida fructífera, intensa, llena de gozos y de búsquedas, pero también de contradicciones y pesares. Allí descubrió el budismo zen y volvió a enamorarse, pero también, en cierto modo, traicionó su estrecha relación con Grecia, poniéndose al servicio de los intereses británicos en la isla. Durrell definía a los habitantes de las islas del Egeo como “bebedores de luz”, nos dice la autora de Peregrinos de la belleza, quien toma uno de los fragmentos del autor para transmitir lo que él encontró en tan prodigiosas geografías: “Existe una clase especial de presencia aquí, en estas tierras, en esta luz, y no es raro que el visitante con sensibilidad tenga la incómoda sensación de que el mundo antiguo está ahí todavía, muy cerca, casi al alcance de la vista”.

Entre los amigos de Durrell, entre aquellos a los que convenció de la excelencia del país heleno, se encuentra Henry Miller, de quien la historiadora nos descubre facetas inéditas que poco tienen que ver con la imagen convencional del maestro del erotismo, desplegada en sus célebres e irreverentes Trópicos. Una obra centra el capítulo dedicado al autor estadounidense, El coloso de Marusi, “considerado por algunos el libro más influyente sobre Grecia desde la guía de Pausanias, y, por otros, el mejor libro de viajes jamás escrito”.

Henry Miller:. Foto de la Everett Collection. PARIS, FRANCE - 1960s.
Henry Miller:. Foto de la Everett Collection. PARIS, FRANCE – 1960s.

Miller llegó a Grecia en junio de 1939, pocos meses antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Tenía cuarenta y siete años y ni un céntimo en el bolsillo. Inició su viaje dispuesto a empezar de nuevo y a reinventarse a sí mismo”, vamos leyendo, dejando atrás sus más conocidos episodios parisinos, la libertad y la bohemia en compañía de June, su introductora en las artes amatorias y su indiscutible musa, con la que mantuvo una tormentosa relación durante siete años. La ensayista repasa esa etapa y nos presenta a otro hombre, el que ese año en el que estaba a punto de estallar la guerra escribió a su amigo Durrell: “La gente no compra libros; de hecho, ni siquiera vive, se limita a contener el aliento frente a la inminente catástrofe”.

Ahí, en esa encrucijada de la vida, en vez de abandonar París y regresar a Estados Unidos, que era lo aconsejable, Miller apostó por la aventura y repentinamente decidió poner rumbo a un país cuya lengua no conocía y cuya cultura, a diferencia de otros, no veneraba particularmente. Interesado, como Durrell en su última etapa, por el budismo zen y por las corrientes místicas, sobre las que planeaba escribir un libro, este Miller menos conocido, decidió cortar amarras con todo lo anterior y disfrutar de la vida.

A punto de estallar la Segunda Guerra Mundial, en una encrucijada de la vida, Henry Miller, en vez de abandonar París y regresar a Estados Unidos, que era lo aconsejable, Miller apostó por la aventura y repentinamente decidió poner rumbo a Grecia, un país cuya lengua no conocía y cuya cultura, a diferencia de otros, no veneraba particularmente.

Así nos lo muestra María Belmonte en un retrato realizado, como todos los restantes, desde la más absoluta complicidad; atrapándonos, con un estilo ameno, poético, cautivador, en las redes de la proximidad; mostrándonos, con la sabiduría de las grandes contadoras de historias, cómo Miller quedó tocado profundamente por los nuevos paisajes desde su paseo por los Jardines Nacionales junto a la plaza Sintagma. “Mientras la guerra estaba a punto de estallar y la oscuridad se iba apoderando de Europa”, escribe, “Miller daba comienzo a un viaje iniciático, un peregrinaje a través de un reino de luz, en el que iría encontrando diversos personajes y experimentando metamorfosis y revelaciones. Un mundo que estaba a punto de desaparecer bajo la ocupación nazi, la guerra civil y la devastación de posguerra”.

A la mañana siguiente de su llegada, el autor se embarcó rumbo a Corfú y el espectáculo de las islas casi le hizo aullar de alegría, relata Belmonte. En el muelle le esperaban Larry y Nancy Durrell para demostrarle que nada de lo que le habían dicho por carta era fruto de la ensoñación. No sólo los paisajes sino las gentes tocaron el corazón del ilustre invitado, quien muy pronto se convirtió en uno más del lugar y fue miembro destacado de las tertulias de poetas y creadores. Su amistad con el humanista, editor y dinamizador cultural Yorgos Katsimbalis, el Coloso de su libro, fue esencial en su nueva vida, así como la relación con otros personajes como Teodoro Stephanides y el poeta Yorgos Seferis (Premio Nobel en 1962).

Henry Miller (a la izquierda)
Henry Miller (a la izquierda)

De la mano de esos amigos cultos, cosmopolitas, comprometidos políticamente y apasionados de un país cuya historia y cultura tanto conocían y sabían compartir, Miller se convirtió en un testigo aventajado y utilizó sus dotes de narrador avezado y sensible para llevar a su propia obra todas las enseñanzas recibidas. “El coloso de Marusi contiene algunos pasajes inolvidables sobre los lugares más emblemáticos de Grecia: Delfos, Tirinto, Epidauro, Micenas, Eleusis, Cnosos. Llama la atención que alguien que se ha confesado ignorante de la cultura griega pueda transmitir la atmósfera malsana del palacio de los Atridas, o la magia del recinto sagrado dedicado al dios de la creación, Asclepio, de una manera tan esclarecedora y emocionante…”, reflexiona Belmonte.

Pero llegó el día de la partida y el  escritor dejó Grecia y se despidió de sus amigos, quienes habían de tomar parte activa en la II Guerra Mundial. Se despidió de ellos profundamente agradecido por su bondad e integridad (“me limpiaron de odio, celos y envidia, dejó dicho en su libro) y puso rumbo a otro lugar sagrado para él, Big Sur, en California, donde llevó una vida simple y austera, convirtiéndose en un severo crítico del tipo de vida materialista de Estados Unidos, en una especie de icono de la contracultura. El aprendizaje griego había arraigado muy hondamente en él, así como sus lecturas místicas y llegó a preguntarse sobre su país: “¿Qué tenemos para ofrecer al mundo aparte del sobreabundante botín que incansablemente robamos a la tierra bajo la falsa ilusión de que esa actividad maníaca representa el progreso y la iluminación?

María Belmonte abre para nosotros, hombres y mujeres del  siglo XXI, este interrogante de Miller en un momento en el que adquiere especial relevancia porque ahora, como entonces, todo está cambiando sin que tengamos perspectiva suficiente para percibir los signos del porvenir. Y concluye la ruta del escritor visitando su humilde cabaña, con espectaculares vistas al océano Pacífico, en Big Sur, uno de los lugares más agrestes y despoblados de Estados Unidos, el sitio en el que se despidió del mundo.

D. H. LAWRENCE, LA ITALIA CURATIVA

Leer Peregrinos de la belleza es como iniciar un camino en el que nos vamos encontrando con aventureros, artistas, contempladores, exploradores de lo sublime. Con todos ellos entabla un ferviente y estimulante diálogo la autora. Siguiendo el orden de quien esto escribe cambiamos de escenario y de época. Viajamos a la Italia de comienzos del siglo XX para seguir los pasos a David Herbert Lawrence, el autor de otra obra inolvidable, El amante de lady Chatterley, prohibida en su día en Inglaterra por obscena. Su autor viajó al sur en busca del sol, como tantas otras personas aquejadas de tuberculosis, y allí se le abrió un horizonte totalmente nuevo. Como indica nuestra guía en este itinerario múltiple su vida fuera corta, pero él decidió vivirla al máximo.

D.H. Lawrence
D.H. Lawrence

Atormentado por una infancia infeliz, por una madre castradora, Lawrence buscó siempre la belleza y la plenitud, intentando equilibrar su frágil salud y su difícil carácter con el ímpetu de la escritura. Conoció la pasión de la mano de una mujer absolutamente desinhibida, Frieda Weekley, quien fuera amante del psiquiatra Otto Gross y entusiasta de las ideas de Freud y del psicoanálisis. Con ella, que decidió tras conocerlo abandonar a su marido y a sus hijos, se marchó en busca del bienestar físico y espiritual a Italia. Como señala María Belmonte, el país mediterráneo no pudo ser más generoso con el escritor. “Le dio sol a raudales, algo que él consideraba vital para su maltrecha salud. Le permitió vivir en lugares que todavía resultaban escandalosamente hermosos (y baratos). Y en Florencia escribió y publicó el libro que mucho más adelante le haría definitivamente rico y famoso”. Como contrapartida, Lawrence legó a la posteridad tres libros de viajes curiosos y apasionados sobre esa tierra de adopción cuyos paisajes amó “por encima de todos los lugares del mundo”.

La pareja, que acabó contrayendo matrimonio en 1913, con Katherine Mansfield y John Middleton Murry como testigos, eligió distintas localizaciones para vivir en Italia, pero, también en esta historia irrumpió la guerra. La contienda mundial que abrió el siglo XX les obligó a regresar a Inglaterra con pesar. Hubieron de pasar cinco años para que el escritor volviese a recuperar la magia de Italia. Viajó a Florencia solo y en esa estancia entabló una relación con la mujer que le sirvió de inspiración para el célebre personaje de lady Chatterley. Las idas y venidas de Lawrence al país del sol fueron constantes y, nuevamente en compañía de Frieda, encontró una villa en Taormina, la Fontana Vechia, “suspendida frente al mar Jónico y con el volcán Etna humeando en lontananza”, según la describe María Belmonte, quien nos hace saber que tiempo después otro visitante ilustre, Truman Capote, se dejó cautivar también por el entorno y pasó allí dos productivos años en los que concluyó su libro El arpa de hierba.

Nos cuenta la autora que en la inspiradora villa Lawrence pudo llevar la vida que deseaba, convirtiéndose en una especie de eremita epicúreo. “Con su inmenso poder para captar el espíritu del lugar allí lo absorbía de las piedras, de los árboles, del volcán, al que cariñosamente llamaba “bruja malvada”, del vino y del aceite, del color de las olas. Mantenía una estrecha relación con el algarrobo centenario que guardaba la fuente y bajo el que le gustaba escribir”, va relatando, y nos ofrece la mejor pista para percibir la atmósfera del lugar, un relato titulado simplemente Sol.

Las idas y venidas de Lawrence al país del sol fueron constantes y, nuevamente en compañía de Frieda, encontró una villa en Taormina, la Fontana Vechia, “suspendida frente al mar Jónico y con el volcán Etna humeando en lontananza”, según la describe María Belmonte, quien nos hace saber que tiempo después otro visitante ilustre, Truman Capote, se dejó cautivar también por el entorno y pasó allí dos productivos años en los que concluyó su libro “El arpa de hierba”.

Apetece leerlo, del mismo modo que apetece apresar las atmósferas e impresiones de Cerdeña y el mar, un libro de viajes que Belmonte define como “malhumorado y un punto sombrío”, en el que, sin embargo, “Lawrence logra transmitir genialmente su visión de una isla abandonada a su suerte, fuera de los circuitos de la civilización“. Tras la publicación de la obra en Estados Unidos (1921), una millonaria envió una invitación al autor para que acudiese a Taos, en Nuevo México, y escribiese un libro semejante del lugar. Fue aceptada y se abrió un nuevo horizonte de exploración, un paréntesis de tres años lejos de Italia.

D.H. Lawrence y Frieda, Chapala, Mexico, 1923. D.H. Lawrence Collection
D.H. Lawrence y Frieda, Chapala, Mexico, 1923. D.H. Lawrence Collection.

La cercanía y la comunicación con la naturaleza, con los árboles, con todos los elementos del universo, esa sabiduría esencial que tanto olvidamos en las prisas del mundo urbano, es común a muchos de los protagonistas de este libro. D. H. Lawrence, que al, final de su vida tanto se aproximó al pueblo etrusco, al que identificaba con la exaltación de las cosas realmente importantes de la existencia, comparte sus búsquedas con un personaje que ha sido para mí todo un descubrimiento en este libro, el médico sueco Axel Munthe, autor de La historia de San Michele, una obra donde cuenta sus experiencias en Capri y en los entornos mediterráneos que acometió pensando en el consejo que un día le dio el escritor Henry James: “No hay nada como escribir un libro si uno desea olvidarse de su propia miseria, si uno no puede dormir”.

NOVELESCOS AXEL MUNTHE Y LEIGH FERMOR

También fue la tuberculosis la que en 1876 hizo que Munthe emprendiera viaje en busca de localizaciones más soleadas. Recaló primero en el sur de Francia, en la localidad de Menton, donde había un célebre centro de salud, y de allí viajó a Capri, donde acabó encontrando su lugar en el mundo. Como sucedió con Lawrence, el Mediterráneo también fue muy clemente con él.Se curó y fortaleció rápidamente, lo cual incrementó aún más el gozo de la revelación inesperada y chocante que supuso su encuentro con una cultura y un paisaje que amaría el resto de su vida”, señala María Belmonte, quien recorre la novelesca biografía del joven médico: los éxitos continuados en su oficio, los vaivenes amorosos, la buena suerte que siempre le acompañó, su compasión por los más débiles (renunció a cobrar a los pacientes que no contaban con recursos económicos), su despreocupación hacia las cosas materiales y su afán por la búsqueda de la soledad y de la belleza.

Axel Munthe
Axel Munthe

Las gentes de Capri, a finales del siglo XIX una isla pobre y analfabeta, llegaron a considerar una especie de santo a este hombre que se ofreció como voluntario para luchar contra una grave epidemia de fiebre tifoidea, según nos va relatando la historiadora. Fueron muchas más las causas en las que participó este doctor humanista en su larga vida, así la epidemia de cólera en Nápoles, que atajó con ahínco, acompañado en todo momento de su perro Puck y de una pequeña burra llamada Rosina, que le ayudaba a transportar el equipo médico. El trío se hizo célebre en la época, ya que Munthe se decidió a escribir sus aventuras napolitanas a través de cartas que enviaba al periódico sueco Stockholm Dagblad.

“En la primera de las cartas, que firmaba como Puck Munthe”, nos hace saber María Belmonte, “Axel hacía una declaración de amor incondicional a Italia y hablaba de la deuda moral contraída con el país, por el que estaba dispuesto incluso a morir”. Y nos sigue contando que también “escribió sobre las monjas de clausura atrapadas en un convento levantado sobre una antigua villa romana; sobre los milagros efectuados por los santos patronos de algunos de los barrios y sobre los baños del médico y su equipo en la playa de Mergellina al amanecer para reponer fuerzas antes de afrontar un nuevo día”.

“En el frío otoño sueco”, prosigue la autora, “los lectores leían con avidez la descripción de la embriaguez de amor y vino que flotaba en el aire de Nápoles durante la epidemia de cólera (…) Los críticos fueron unánimes en las alabanzas al estilo de Munthe y los lectores quedaban atrapados por la empatía transmitida por lo descrito, ya fueran personas, animales o paisajes”, aunque “también se creó enemigos como Strindberg, el prócer de las letras suecas, que se sintió directamente atacado en una de las cartas en las que Axel criticaba a los autores que describían de oídas las miserias humanas desde la comodidad burguesa de sus estudios”.

Es apasionante seguir los pasos de este ser humano extraordinario, que se sentía dentro de una jaula en ciudades como París, que conoció el peligro, se puso al lado de quienes sufrían y apreció la plenitud de una vida al aire libre, en contacto con la belleza. En Capri, a través del relato de Belmonte, vemos a Axel Munthe en una casa sencilla que alquiló en la parte alta de la isla, una isla donde, además de practicar la medicina con los lugareños, se convirtió en un campesino más. Allí, “se radicalizó en sus costumbres; consideraba el lujo inmoral, vivía frugalmente, trabajaba la tierra  y no cobraba a sus pacientes”, nos dice la antropóloga, quien reproduce el fragmento de una carta que el doctor envió a uno de sus amigos: “He aprendido la gran regla de la sabiduría; por la que no deberíamos tratar de satisfacer nuestras necesidades sino de reducirlas. Los antiguos filósofos lo hicieron y también Jesucristo”.

En Capri vemos a Axel Munthe en una casa sencilla que alquiló en la parte alta de la isla, una isla donde, además de practicar la medicina con los lugareños, se convirtió en un campesino más. Allí, “se radicalizó en sus costumbres; consideraba el lujo inmoral, vivía frugalmente, trabajaba la tierra  y no cobraba a sus pacientes”, señala María Belmonte.

Munthe dejó constancia en sus escritos de lo mucho que valoraba el silencio y el refugio que encontró en Capri, la tranquilidad, la calma y la posibilidad de permanecer alejado “de gente engreída y pesada. Son muchos los perfiles de este hombre que recomendaba a las señoras ociosas que se acercaban a su consulta, la mayor parte de las veces enfermas de aburrimiento, que hicieran ejercicio, se compraran un perro y entregaran parte de su fortuna a los necesitados. A él dedica María Belmonte el capítulo más largo de su libro.

Fue la suya una vida llena de búsquedas, dde contrastes. El doctor de moda por el que la alta sociedad de su época quería ser tratado, que en determinadas épocas de su vida tuvo consultas de éxito en París y Roma y que se convirtió en médico privado y gran confidente de la reina Victoria de Suecia, convivía con el profesional entregado a los más humildes, con el ser solitario que se cansaba pronto de las servidumbres de la vida social y de las grandes urbes y huía a Capri a pasar larguísimas temporadas. El hombre de acción, que acudía allí donde se desataba una epidemia y que participó activamente en la Primera Guerra Mundial, encontró finalmente su equilibrio en la hermosa Capodimonte, con magníficas vistas sobre el golfo de Nápoles.

En ese entorno descubrió la antigua capilla de San Michele, de los tiempos de Augusto o de Tiberio, donde acabó construyendo una magnífica villa y donde, se atreve a decir María Belmonte, pasó la etapa más feliz de su vida. Uno de los episodios más divertidos que nos encontramos al seguir su historia es la visita de una de las mujeres más excéntricas de su tiempo, la marquesa Luisa Casati, amante de Gabrielle d’Annunzio. A él le proporcionó auténticos quebraderos de cabeza, pero, vista a distancia, resulta de lo más cinematográfica.

Hay mucho más en este capítulo. Hay otras apariciones estelares como la de Greta Garbo o Stefan Zweig, de quien Munthe dijo que nunca había conocido a nadie tan obsesionado con la muerte. María Belmonte consigue que nos enamoremos de este personaje y, sobre todo, que deseemos leer La historia de San Michele, donde da cuenta de todas sus vivencias italianas, a las que hubo de poner fin, una vez más, cuando estalló la II Guerra Mundial y regresó a Suecia, donde, ya fallecida su amiga la reina Victoria, acabó sus días alojado junto al rey Gustavo V en dos habitaciones que le cedió del palacio de Estocolmo.

Si novelesca es la trayectoria de Munthe, también lo es la de otro de los peregrinos de la belleza reclutados por María Belmonte, Patrick Leigh Fermor, a quien apenas conocía y del que tanto me encantaría ahora leer El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, algunos de sus títulos más destacados. El retrato que dibuja de él María Belmonte comienza como un evocador relato en el que vemos a la autora charlando con la señora Theanó, al cuidado del hotel de Kardamyli (Grecia) donde se alojó durante siete meses -y en cuyos alrededores decidió que fueran esparcidas sus cenizas tras convertirse a la religión ortodoxa- un gran viajero llamado Bruce Chatwin.

Patrick Leigh Fermor con Spiro y Maria Lazaros, propietarios de un molino de agua en Lemonodassos, Grecia, donde primero estuvo en el verano de 1935.
Patrick Leigh Fermor con Spiro y Maria Lazaros, propietarios de un molino de agua en Lemonodassos, Grecia, donde primero estuvo en el verano de 1935.

¡Aquí hay tanta belleza que no puedo trabajar!”, le reveló la anfitriona que decía Chatwin, quien llegó al lugar a los 45 años, ya enfermo y obsesionado con terminar su libro australiano sobre el nomadismo. Fue su amigo Leigh Fermor, que llevaba tiempo viviendo en la localidad, quien le invitó a visitarlo y ambos compartieron durante esos meses charla, caminatas y el hermoso paisaje de un bosque de olivos y cipreses frente al mar. “A los dos les apasionaba caminar. Chatwin tenía la teoría de que el cuerpo humano estaba diseñado para un día de marcha y que todos los males de la humanidad habían llegado con el sedentarismo. Creía que caminar no era algo simplemente terapeútico, sino una actividad poética que podía curar al mundo de sus males”, escribe Belmonte.

A partir de este preludio, que es todo un canto a la amistad, a la complicidad, entre dos creadores y dos caminantes convencidos, la autora pasa a contarnos la fascinante -nuevamente fascinante- trayectoria vital de Patrick Leigh Fermor, desde que a los dieciocho años, sumido en un mar de dudas respecto a su futuro, tomó la decisión de viajar a pie desde Holanda hasta Constantinopla. “Corría el año 1933, Hitler acababa de subir al poder y la vieja Europa estaba a punto de desaparecer bajo el infierno de la Segunda Guerra Mundial”, nos pone en situación, abriéndonos las puertas a otra de esas biografías en las que no parece haber pausas ni silencios, por la cantidad de acontecimientos vividos, de aprendizajes y revelaciones.

Si interesante es la primera parte de su vida, ese largo y enriquecedor viaje iniciático en el que se encontró con gentes y experiencias de todo tipo, hasta que, tras dos años de periplo, llegó a Estambul y desde allí se dirigió a Grecia, habiendo vivido una bella y decisiva historia de amor; la segunda parte, su participación en la guerra, donde fue protagonista de un hecho absolutamente insólito: el secuestro del general Heinrich Kreipe, comandante de las fuerzas alemanas en Creta después de la invasión de la isla, no puede ser más apasionante. El episodio, los detalles del plan, las escenas bélicas, no tienen desperdicio, pero, sobre todo, nos atrae la relación que entablaron los soldados ingleses, acompañados de guerrilleros cretenses, con el militar alemán cuando éste empezó a recitar a Horacio dentro de la oscura cueva donde se encontraban.

Las palabras del viejo poeta”, escribe María Belmonte, “se abrieron paso y obraron el milagro, haciendo que por unos instantes la guerra se disipara y que unos hombres enfrentados por ideologías irreconciliables se reconocieran por haber bebido en las fuentes clásicas. A partir de ese momento, la relación entre ellos cambió y la poesía griega y latina pasó a ser uno de los temas de conversación durante las largas de inacción a las que se veían obligados”.

Durante su participación en la guerra, Patrick Leigh Fermor  fue protagonista de un hecho absolutamente insólito: el secuestro del general Heinrich Kreipe, comandante de las fuerzas alemanas en Creta después de la invasión de la isla. El episodio, los detalles del plan, las escenas bélicas, no tienen desperdicio, pero, sobre todo, nos atrae la relación que entablaron los soldados ingleses, acompañados de guerrilleros cretenses, con el militar alemán cuando éste empezó a recitar a Horacio.

La honda afinidad de Patrick Leigh Fermor con Grecia, que siguió explorando y conociendo a fondo una vez concluida la contienda, la resume la autora del siguiente modo: “Desde que puso el pie en Grecia, cuando apenas contaba veinte años, Paddy se enamoró de un país que, como aspirante a escritor, le resultaba absorbente y estimulante y en el que, como escribió en el prólogo de su libro “Mani”, “apenas había una roca o un arroyo que no estuvieran vinculados a una batalla o un mito, a un milagro o una anécdota o superstición campesinas; un incidente extraño o memorable. Todo ello se iba espesando en torno al viajero a cada paso que daba”.

Patrick Leigh Fermor en Pholomochori, un pueblo en la península de Mani, sur del Peloponeso, Grecia.
Patrick Leigh Fermor en Pholomochori, un pueblo en la península de Mani, sur del Peloponeso, Grecia.

Los caminos que recorrió Leigh Fermor, muchos de ellos junto a Joan Eyres Monsell, su compañera de vida y de viajes durante sesenta años, estimulan las ansias aventureras de María Belmonte, quien a su vez consigue despertar los sentidos de todos quienes abrimos las páginas de su libro, un libro que se acompaña de fotografías escogidas y donde vemos a la autora, siguiendo los pasos de la pareja Leigh Fermor, en Mistrás, a punto de atravesar la cadena del Taigeto. “En mi opinión no hay un lugar que exhale tantos efluvios de antigüedad como la cordillera del Taigeto y los innumerables desfiladeros que la surcan”, señala, compartiendo su descubrimiento de “uno de los territorios más solitarios y hermosos de Grecia”, donde, “dada su inaccesibilidad, se refugiaron durante siglos las poblaciones de los valles huyendo del invasor turco…”

PERSONAJES EN BUSCA DE LA “ARCADIA”

Aún quedan otros protagonistas que os invito a descubrir, si una vez llegados hasta aquí, he conseguido transmitiros el carácter absolutamente seductor de un recorrido deslumbrante, de un libro que, sin ser en absoluto una guía de viajes, nos invita a viajar con espíritu intrépido y aventurero. María Belmonte sigue también las huellas de Johann Winckelmann, quien tanto influyó en el nacimiento del neoclasicismo; nos descubre los hallazgos de Wilhelm von Gloeden, un enamorado de Taormina en un interesantísimo capítulo titulado “El fotógrafo de la Arcadia”, que permite a la doctora en antropología reflexionar sobre el mito de la Arcadia a partir de Viaje a Italia de Goethe, una obra que permanece como melodía de fondo a lo largo de todo el recorrido.

La célebre obra fue publicada en 1816, “en plena Revolución Industrial, cuando el paisaje y la sociedad de Europa del norte estaban experimentando profundos cambios”, explica Belmonte. Y prosigue: “A medida que avanzaba la civilización las almas sensibles y de temperamento poético se volvían hacia el sur en busca de la Arcadia perdida. Los viajeros que regresaban de los países mediterráneos, especialmente de Italia, hablaban de la existencia de lugares idílicos, de campiñas bañadas por el sol y salpicadas de ruinas clásicas en medoo de las cuales habitaban todavía gentes sencillas que seguían viviendo según los ciclos de la naturaleza”.

También nos muestra la autora la Italia más turbia a través de la mirada de un autor tan secreto como Norman Lewis, que se casó con la hija de un mafioso siciliano afincado en Londres y fue testigo del desembarco aliado en Italia como  oficial de inteligencia durante la II Guerra Mundial, experiencia de la que dejó constancia en su obra Nápoles 1944. A su lado, la también cautivadora recreación de la vida de Kevin Andrews, un arqueólogo que arribó a Grecia en 1947, autor de El vuelo de Ícaro, obra en la que describe “una Grecia agreste y arcaica, de clanes de pastores, guerrillas paramilitares y luchas fratricidas”.

Andrews, que llegó al país heleno gracias a una beca de la universidad de Harvard para completar sus estudios de arqueología se convirtió, nos dice la autora, “en un griego montaraz e indómito que no tuvo problema en recorrer a pie el Peloponeso en plena guerra civil para cumplir el encargo de cartografiar fortalezas bizantinas y venecianas…”

Kevin Andrews
Kevin Andrews.

Es un placer seguir a este otro amante del Mediterráneo que “se involucró en la lucha contra la junta militar griega mientras se iba radicalizando políticamente hasta convertirse en un personaje incómodo para el acomodaticio círculo de expatriados de Atenas…”, según el esbozo que de él traza la autora. Es un placer acercarse a la vida al aire libre de este hombre y leer, nos anima Belmonte, “sus descripciones de caminatas interminables por lugares remotos -y peligrosos-, sus acampadas nocturnas en la montaña, sus campamentos improvisados junto a las ruinas que tenía que estudiar, sus largas temporadas con los pastores de Yerania, de los que adoptó costumbres y vestimenta (…)”

Kevin Andrews, que llegó al país heleno gracias a una beca de la universidad de Harvard para completar sus estudios de arqueología se convirtió, nos dice la autora, “en un griego montaraz e indómito que no tuvo problema en recorrer a pie el Peloponeso en plena guerra civil para cumplir el encargo de cartografiar fortalezas bizantinas y venecianas…”

Es un enorme placer, no me canso de repetir, seguir todos las sendas que abre esta entrega, un auténtico regalo para los sentidos, insisto, que nos cautiva con su combinación de ensayo, de literatura, de crónica de viajes; que nos atrapa a través del logrado tono narrativo, cómplice, biográfico, que utiliza la autora para presentarnos a los distintos personajes y para, mediante la utilización de múltiples anécdotas y referencias, irnos describiendo geografías, caminos, lecturas y pasadizos históricos que no nos resultará fácil olvidar. En el capítulo dedicado a Axel Munthe, María Belmonte señala que mientras seguía los lugares favoritos del médico sueco en Capri, sintió “una mezcla de agradecimiento y felicidad”. “Agradecimiento a aquellas viejas piedras romanas que me habían permitido atisbar la belleza durante unos instantes”, nos dice. “Y a Axel Munthe por haber materializado la esencia eterna del Mediterráneo”.

No hay mejores palabras para expresar lo que se experimenta al recorrer las páginas de Peregrinos de la belleza, un libro que es un viaje revelador, transformador. Una ruta que se convierte en una celebración de la vida y que nos hace reflexionar sobre la necesidad de seguir buscando la belleza pese a vivir en la incertidumbre, frente a la amenaza de tiempos convulsos, ayer, hoy, siempre. Al avanzar por las vidas, por los trayectos, de los nueve protagonistas del ensayo, en realidad de los diez, porque María Belmonte, es una peregrina más que afina su mirada y su sensibilidad a través de los espejos de los otros, nos sentimos, efectivamente, felices y agradecidos.

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María Belmonte, antropóloga autora del libro
María Belmonte, antropóloga autora del libro “Peregrinos de la belleza” (Acantilado).

 “Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia”, de María Belmonte, ha sido publicado por la editorial Acantilado.

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