Los viajes transformadores de Paul Bowles

Por Emma Rodríguez © 2013 / Al comienzo de “El cielo protector”, su obra más célebre, Paul Bowles deja claro que la diferencia fundamental entre el turista y el viajero reside en el tiempo. “Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra”, dice el narrador de la novela, quien alude también a otra distinción: “el turista acepta su propia civilización sin cuestionarla”, no así el viajero, “que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan”. En esta breve y certera argumentación se dibujan no sólo los rasgos del Bowles viajero sino su manera de abarcar la existencia.

“Mi interés por las culturas extrañas era ávido y obsesivo. Estaba convencido de que me era beneficioso vivir entre personas cuyas motivaciones no entendía; tan irracional convicción era sin duda un intento de justificar mi curiosidad”, confiesa el escritor en “Memorias de un nómada”, un libro que repaso recién terminada la lectura de “Desafío a la identidad”, título con el que Galaxia Gutenberg publica un riquísimo compendio de sus artículos de viaje: tránsitos de ida y vuelta; caminos y fascinaciones de quien nunca se resistió a buscar la poesía y la magia allá donde los sueños le indicaban que podían hallarse.

Durante una época leí mucho a Paul Bowles, subyugada por sus universos remotos, por su indagación en las diferencias, por sus peregrinaciones en busca de calma y de sentido, por su manera tan especial, tan distante, de mirar al mundo sin llegar a implicarse del todo, por su voz diáfana. Una  voz capaz de llegar al corazón de las cosas sin dar rodeos, provocando un suave aleteo de melancolía, una dulce y envolvente tristeza, un sentimiento de fragilidad y de pérdida, de soledad e insignificancia ante la grandiosidad del universo, pero también dispuesta a atrapar la energía estimulante de los despertares, de lo recién descubierto; la sonrisa cómplice que se instala en los labios ante giros inesperados, divertidos, ante situaciones cómicas, nacidas tantas veces de la constatación de las distancias entre las culturas, entre las personas.

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Al comienzo de “El cielo protector”, su obra más célebre, Paul Bowles deja claro que la diferencia fundamental entre el turista y el viajero reside en el tiempo. “Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra”

Mucho de eso me lo he vuelto a encontrar ahora en un volumen que he recorrido gozosamente, cuya lectura he vivido como un reencuentro con alguien a quien nunca había olvidado. He regresado al universo de Bowles, he seguido sus rutas y he buscado sus composiciones musicales, animada por las constantes referencias a la música en sus textos, por la importancia que adquieren en los mismos los sonidos, lo que se escucha. He recuperado la imagen y la palabra de Bowles gracias a la adaptación cinematográfica que Bernardo Bertolucci realizó de “El cielo protector”.

En la película el escritor, que se prestó a hacer el papel de narrador, aparece sentado al fondo del café, observando con los ojos sabios del anciano, los movimientos de sus personajes, releyendo su propia vida, porque hay mucho de su vida en “El cielo protector”: la presencia permanente de los sueños, la conflictiva y siempre cómplice relación con Jane Bowles, el deseo de huir muy lejos de Norteamérica, las ansias de moverse, de no parar, hasta encontrar por fin el lugar en el que percibir una cierta plenitud. Hay un momento estremecedor en la novela en el que la pareja protagonista contempla a un viejo y venerable árabe, inmóvil en lo alto de una roca en medio de la majestuosidad del paisaje, y él le dice a ella: “El cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás”. Y ante la pregunta de lo que ha de encontrarse al descorrer las cortinas celestes, responde: “Nada. Solamente oscuridad. La noche absoluta”.

Paul y Jane en Nueva York. 1944. Fotografía © descendientes de Paul Bowles

El texto que cierra “Desafío a la identidad” se titula simplemente “Cielo” y en él Bowles señala: “El estado de ánimo de cualquier escena que representemos en nuestras vidas viene determinado, en gran parte, por la luz que se proyecta sobre nosotros desde arriba. El cielo, en calidad de maestro electricista, proporciona a nuestras acciones una infinita variedad de efectos lumínicos que contribuyen a moldear hasta las emociones que las acompañan. La luz menguante del crepúsculo sirve para el intercambio de intimidades; los chorros de luz de una mañana de primavera, para sentir un placer irracional; la oscuridad de la noche, cuando no cae del cielo ni una pizca de luz, para convertirse en víctima de las propias fantasías; el gris claro e indiferente del cielo encapotado de verano, para estimular la indolencia. ¿Cómo podemos saber en qué medida ha determinado nuestras acciones la luz que nos bañaba mientras las realizábamos?”

Hay muchos cielos en este libro que nos conduce a entornos grandiosos, pero asimismo a callejones miserables. Hay piezas que son lúcidas crónicas de observador avezado y otras que parecen relatos sacados de las “Mil y unas noches”. Bowles nos lleva de la mano, como el buen guía que es, por parajes diversos (Marruecos, Ceilán, India, Tailandia, Madeira, Estambul…), recorre las geografías del globo terráqueo buscando siempre el equilibrio entre la descripción de los paisajes y los latidos de la vida cotidiana.

Él es un testigo que contempla sin juzgar, sin inmiscuirse la mayor parte de las veces, distante pero no lejano, atento a las escenas cotidianas, a lo que sucede dentro de las casas, pero también a sus impresiones más íntimas, a las emociones que le producen determinados rincones o personas. Es precisamente este último aspecto, la capacidad para apresar las atmósferas, el aura de los lugares y sus habitantes, lo que otorga a sus escritos, muchas veces encargos destinados a revistas de viajes, un largo aliento que rebasa el tiempo y las circunstancias en que fueron realizados -desde 1931 a 1993-.

“La vida de Bowles era complicada en lo emocional, lo sexual, lo geográfico y, por supuesto, en lo creativo”, indica Paul Theroux, otro de los grandes viajeros de las letras contemporáneas, en su papel de prologuista. “Era guapo, difícil de impresionar, atento, solitario y sabía lo que quería; su aceptación casi fatalista le convertía en el viajero ideal (…) Tenía miedo de volar, por lo que viajaba en barco, autobús y tren”, sigue trazando su retrato.

Oliver Smith, Jane Bowles & Paul Bowles, Nueva York, Mayo 23, 1947. Fotografía por Irving Penn

Quienes no se hayan adentrado en las ficciones del escritor, quienes apenas le conozcan y se acerquen a este libro desde el afán viajero, no se sentirán defraudados y seguro que encontrarán razones para descubrir -o no- algunos de sus itinerarios. Quienes se cuenten, como es mi caso, entre su legión de seguidores, agradecerán acceder a muchas de sus claves, aproximarse a las razones de su temperamento nómada, a las orillas de sus inquietudes. A estos últimos les interesará sobremanera el texto titulado “Ventanas al pasado”, donde Bowles habla de un joven -él mismo- que camina por la calle Sierpes de Sevilla, pide un gazpacho andaluz y abre un libro de García Lorca, concretamente “Romancero gitano”, del que apenas entiende la mitad de las palabras que lo componen.

“La vida de Bowles era complicada en lo emocional, lo sexual, lo geográfico y, por supuesto, en lo creativo. Era guapo, difícil de impresionar, atento, solitario y sabía lo que quería; su aceptación casi fatalista le convertía en el viajero ideal”, indica Paul Theroux, otro de los grandes viajeros de las letras contemporáneas.

Ese joven norteamericano lo que está buscando es una necesaria conexión con el pasado, con las raíces de unas tradiciones de las que su nación carece. Es precisamente esa búsqueda la que explica la fascinación por Europa, las constantes visitas a museos, catedrales, festivales concretos. “Lo que buscamos los estadounidenses y, por tanto, lo más importante que podemos llevarnos de vuelta (…) lo calificaría de infancia, una infancia personal que guarda cierta relación con la infancia de nuestra cultura. La apabullante mayoría de nosotros somos europeos trasplantados, de una clase u otra” (…) Lo que queremos es experimentar la sensación de bienestar que tiene un individuo cuando siente de forma irrevocable que forma parte integral, aunque sea ínfima, de la comunidad histórica”.

Fotografía © Biblioteca de la universidad de Delaware, Newark.

Bowles siempre se sintió atraído por España, sobre todo por Andalucía, que visitó con frecuencia. En el artículo citado llega a decir que es “el país más dramático de Europa occidental”, un país cuyos “contrastes son siempre fáciles de percibir y de recordar”. “Casi cada aspecto de España debe su carácter a una contradicción. El elemento más importante del paisaje es que en medio de la aridez da la impresión de fertilidad, la arquitectura es al mismo tiempo un acuerdo y un choque entre conceptos occidentales y orientales de proporción y de formas, la gente acostumbra a ser o bien muy rica o bien muy pobre…”,  argumenta, poniendo de manifiesto su admiración por la música de Manuel de Falla, a quien se decidió a visitar en su casa de Granada después de haber espiado sus pasos de lejos en más de una ocasión.

El Museo del Prado, la Alhambra, la Catedral de Barcelona… se convierten en nutrientes que el joven del artículo -Paul Bowles- se lleva a cuestas. “Cada hora que ha pasado con los ojos y la mente abiertos le habrá hecho avanzar un poco más en el camino hacia la comprensión del mundo”, señala el autor. He ahí el punto de partida de todos los viajes que emprende: los ojos y la mente despiertos, ávidos de encontrar, de dejarse sorprender, de desmontar los tópicos aprendidos, de interiorizar cada experiencia, cada detalle.

Bowles se sintió atraído por España, sobre todo por Andalucía, que visitó con frecuencia. Le parecía “el país más dramático de Europa occidental”, un país donde casi cada aspecto debe su carácter a una contradicción. “El elemento más importante del paisaje”, decía, “es que en medio de la aridez da la impresión de fertilidad, la arquitectura es al mismo tiempo un acuerdo y un choque entre conceptos occidentales y orientales de proporción y de formas, la gente acostumbra a ser o bien muy rica o bien muy pobre…”

¿A quién no le ha pasado que al revivir un viaje pasado recuerde no las imágenes de los grandes monumentos sino los pequeños detalles: la fuente en la que se lavó los pies en mitad del camino, el café perdido de sillones desvencijados donde se sumergió con pasión en una lectura reveladora, la hospitalidad de quienes le acogieron en su casa…? Bowles tiene una particular sensibilidad para captar esos momentos. Los introduce en sus crónicas y ello contribuye a dotarlas de alma. Traza con delicadeza esos mapas privados que son los que finalmente nos atrapan, sin dejar de tener en cuenta que cuando escribe de viajes debe olvidarse del fabulador, del constructor de ficciones.

París, la ciudad de los artistas, escenario de formación también para Bowles, es otro de los destinos obligados. Allí se cruzó con el surrealista canario Óscar Domínguez, con Ezra Pound, con Tristan Tzara, con Gertrude Stein… Ésta última fue quien le aconsejó poner rumbo a Marruecos, a Tánger, el lugar con el que soñó un día y donde hubo de cerrar los ojos definitivamente un 18 de noviembre de 1999.  De entre todas las ciudades que recorrió Tánger fue la elegida, de ahí que se convierta en uno de los principales focos de atención de “Desafío a la identidad” y del resto de una obra que no hubiera sido lo que fue sin las influencias mágicas de ese entorno.

 “Yo no elegí vivir en Tánger de forma permanente, fue una casualidad. Tenía la intención de que mi visita fuera breve; después me iría a otro sitio y seguiría de un lado a otro indefinidamente. Me hice perezoso y demoré la partida. Y luego, un día advertí extrañado que no solo había mucha más gente en el mundo que muy poco tiempo antes, sino que además los hoteles no eran tan buenos, ni los viajes tan cómodos, y que los lugares en general eran mucho menos bellos. A partir de entonces siempre que iba a algún otro sitio, deseaba inmediatamente volver a Tánger. Así que si ahora estoy aquí es solamente porque estaba aquí cuando comprendí hasta qué punto había empeorado el mundo y que ya no deseaba viajar (…) Y más importante aún, saboreo la idea de que por la noche, mientras duermo, la hechicería horada sus túneles invisibles en todas direcciones, desde miles de remitentes a miles de receptores desprevenidos”, explica el autor en “Memorias de un nómada”.

Si hay un ángulo, una perspectiva, desde la que Paul Bowles mira es la del umbral, la de esa esquina a partir de la cual los usos y costumbres comienzan a transformarse. Muchas de las cosas que conoció en sus primeros viajes están a punto de desaparecer. Mira con cierta nostalgia la Costa del Sol anterior al desarrollo urbanístico y lamenta las construcciones caóticas que han acabado destruyendo todo su encanto, del mismo modo que la tendencia a europeizarse de  los territorios africanos que tanto le atrajeron por su lejanía, por su misterio. La colonización está tocando a su fin cuando Bowles escribe muchos de sus textos, gran parte de los pueblos que visita han tomado las riendas de su destino. El Tánger internacional, abierto, cosmopolita, que le cautivó, se está convirtiendo en algo diferente, pero aún le quedan rincones en los que refugiarse, a los que huir, trozos de memoria, escenarios que perviven en su imaginación.

Fotografía © Swiss Foundation for Photography and Rodrigo Rey Rosa

Hay una bellísima pieza donde reflexiona sobre la paulatina extinción de los cafés tradicionales marroquíes en aras de las prisas de la modernidad, esos lugares en los que las horas parecen detenidas, en los que mejor se palpa el pulso del país. “Hoy, cuando incluso en los montes más apartados comienza a establecerse una relación entre el número de horas que un hombre trabaja y el salario que gana, cualquier institución que aún no ha sido penetrada por la noción del tiempo es un fenómeno digno de aprecio”, escribe.

Y en otras páginas seguimos sus pasos por ciudades como Fez, que “parece inagotablemente compleja y vagamente amenazante”, donde sus ciudadanos aún viven relajados y sin apenas mostrar interés por lo que pasa fuera de sus contornos. Le vemos en sus paseos por Casablanca, que nada tiene que ver con la famosa película. Deambulamos a su lado por Estambul, mirando a lo alto, hacia las cúpulas y los minaretes que “se elevan por encima del desorden” de una ciudad que define como el paraíso de un fotógrafo por su “estética improbable e incongruente”.

En la crónica de Estambul encontramos otra de las interesantes argumentaciones de Paul Bowles, la que se refiere a las diferencias de carácter entre los pueblos que consumen alcohol y los que fuman kif (hachís). “El kif no abole ninguna inhibición; al contrario, las refuerza, empuja al individuo a replegarse aún más en los recovecos de su propia personalidad aislada, y le compromete a la contemplación y a la inacción. Es lógico que exista una estrecha relación entre la cultura de una sociedad en particular y los recursos que utilizan sus miembros para conseguir alivio y euforia. En el judaísmo y el cristianismo, el recurso siempre ha sido el alcohol; en el islam ha sido el hachís. El primero tiene efectos dinámicos, el otro estáticos. Si una nación, por mucho que se equivoque, desea occidentalizarse, primero tiene que renunciar al hachís”.

Le vemos en sus paseos por Casablanca, que nada tiene que ver con la famosa película. Deambulamos a su lado por Estambul, mirando a lo alto, hacia las cúpulas y los minaretes que “se elevan por encima del desorden” de una ciudad que define como el paraíso de un fotógrafo por su “estética improbable e incongruente”

Ya sea por ese tipo de reflexiones; ya sea por la profundidad y la poesía que encierran sus pensamientos; ya sea por los diálogos punzantes que va introduciendo en los recorridos, por su capacidad para ver más allá de las apariencias o por aportar datos y detalles desconocidos, lo cierto es que cada uno de los textos de este libro resulta sumamente enriquecedor. Todos son recomendables y no me gustaría acabar sin referirme a los artículos en los que relata el tiempo que vivió en la isla de Taprobane (Ceilán), “un simple penacho de selva tropical surgiendo del océano” ante cuya visión Jane Bowles dijo: “Es un cuento de Poe. Ya comprendo por qué te gusta”. Ni tampoco dejar de citar las intensas crónicas en las que da cuenta de la accidentada ruta que realizó por los territorios del Rif, en busca de las esencias de la música autóctona marroquí.

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Les invito a dejarse llevar por el particular ritmo de Bowles, a abrir los ojos, a aguzar los oídos, a descubrir finalmente a su lado los impresionantes paisajes del Sáhara, que es donde se sitúa “El cielo protector”. “Nadie que haya pasado un tiempo en el Sáhara es el mismo que cuando llegó (…) Aquí, en este paisaje enteramente mineral iluminado por estrellas como llamaradas, hasta la memoria desaparece; no queda más que la propia respiración y el sonido del corazón latiendo. Se inicia en el interior de uno un extraño proceso de reintegración, en ningún modo agradable, y se puede elegir entre luchar con él e insistir en continuar siendo la persona que uno siempre fue, o permitir que siga su curso”, asegura el escritor, dispuesto a transformarse en cada viaje. Transformémonos pues con su lectura, recuperando sus pasos sobre la tierra.

“Desafío a la identidad” ha sido editado por Galaxia Gutenberg. La traducción ha corrido a cargo de Nicole d’Amonville Alegría y Rodrigo Rey Rosa. Todas las fotos que ilustran el texto aparecen en el libro y han sido cedidas por la editorial (al pinchar cada una de ellas se visualizan sus créditos).

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