Eléctrico, salvaje, Jimi Hendrix

Fidel Oltra © 2020 /

Enero de 1967. Jimi Hendrix, anunciado a veces como Jimmy Hendrix, otras como Jimmy Hendricks y algunas como Jimmy Hendrick’s Experience, se encuentra girando por Inglaterra con su grupo. Abre sus llamativos y ruidosos conciertos con Wild thing, la canción de The Troggs, retorciéndola hasta hacerla casi irreconocible. A la gente le encanta su pose, su actitud, su atractivo fruto de la mezcla de razas. También su música, desde luego. Poco después de actuar en el famoso programa Top Of The Pops de la BBC, a finales de enero, hacen de teloneros nada menos que de The Who en el Saville. Allí son testigos del brutal final de concierto, habitual en el grupo británico, con los músicos rompiendo sus instrumentos, destrozando amplificadores y derribando la batería a patadas.

Toman nota: nuestro show debería ser así de espectacular, pero no nos podemos permitir estrenar instrumentos nuevos cada noche. En febrero ya es presentado como “un cruce entre Eric Clapton y James Brown”. Cuando vuelven a Top Of The Pops en marzo, ya tienen un par de sencillos bien colocados en las listas de éxitos. Quizás ese sea el momento. El 31 de marzo actúan en el Astoria Theatre con un plantel de lujo: Englebert Humperdinck, Cat Stevens, el trío de Jimi Hendrix y los Walker Brothers como cabezas de cartel. Antes del concierto bromean con un periodista británico sobre hacer algo espectacular para finalizar el concierto, algo como por ejemplo quemar la guitarra. Sigue una breve discusión sobre lo difícil que es que una guitarra arda, hasta que alguien, medio en broma, propone rociarla de gasolina. Curiosamente, el tema con el que tienen pensado cerrar su actuación se llama Fire. Cuando llega el momento de tocarla, Jimi saca una guitarra empapada de gasolina de mechero, la pone en el suelo y trata de incendiarla con el mechero. Dos intentos, tres…y no ocurre nada. La multitud está expectante. Hendrix es consciente de que quizás se encuentre en uno de esos momentos en la vida en el que la línea que separa el bochorno de la gloria es tan fina que uno apenas puede mantenerse en pie sobre ella. De repente, una gran llama brota de la guitarra y Hendrix empieza a aullar los versos de Fire. El público enloquece, algunos buscan a la policía. Scott Walker, en su camerino esperando el momento de salir, se retuerce las manos y mira al suelo. ¿Ha hecho qué? Sabe que le acaban de robar el protagonismo. A partir de entonces la gente querrá ver a ese tal Hendrick. En los Estados Unidos, sin embargo, es solo un negro hippie más tocando blues eléctrico. De momento.

Pocos meses después, ante la insistencia de Paul McCartney, Jimi Hendrix y sus Experience son llamados para actuar en el Festival de Monterrey, en California. Será su primera gran actuación en suelo norteamericano, como también lo será para una joven llamada Janis Joplin. Los caminos de Hendrix vuelven a cruzarse con los de The Who: han de decidir qué grupo cerrará el festival. Ambos se temen mutuamente, de forma que nadie quiere salir después del otro. A Hendrix no le gusta la idea de aparecer después de que The Who hayan arrasado el escenario, destrozado sus instrumentos y enloquecido al personal. Townshend y los suyos no se fían de lo que pueda hacer Hendrix, le han visto robar demasiados shows en Inglaterra. Finalmente lo echan a suertes y The Jimi Hendrix Experience serán los últimos en tocar. Salen al escenario después de que The Who hayan realizado su habitual número demoledor.

Será complicado meterse al público, decenas de miles de personas, en el bolsillo. Hendrix lo intenta, da lo mejor de sí mismo. Lleva canciones como Killing floor de Howlin’ Wolf o Like a rolling stone, de Bob Dylan a un nivel distinto, estratosférico. Algo está fallando, sin embargo. Jimi va muy colocado y las pausas entre canciones empiezan a ser demasiado largas. Llega el momento de ir rematando la actuación con varias canciones propias como Purple haze o The wind cries Mary. Hendrix está cerca de perder el control, balbucea cosas sin sentido, divaga, empieza a darse cuenta de que aquello se le está yendo de las manos. La gente empieza a perder el interés. Entonces llega el momento de cerrar con Wild thing, como viene siendo habitual.

Hendrix prolonga más de dos minutos la presentación, de manera que incluso sus propios músicos se ponen nerviosos. Habla de una manera atropellada de su experiencia en Inglaterra, de lo contento que está de actuar en los Estados Unidos, de combinar el himno británico con el norteamericano. Entonces dice algo de un sacrificio. Sí, le dice a la gente que es una noche especial y que ha decidido celebrarlo con un sacrificio. Con la mirada perdida, afirma que para que un sacrificio sea útil debe sacrificarse algo que se quiere. Entonces empieza con unos acoples interminables que dan paso a una de las interpretaciones más salvajes y sexuales que se han podido ver y escuchar de Wild thing. De repente Hendrix deja su guitarra en el suelo, todavía berreando sonidos distorsionados, y sale del escenario. Un final brutal. ¿No? Pues no, todavía no ha acabado. Vuelve al escenario y vacía gasolina de mechero sobre la guitarra. Le prende fuego. Se arrodilla delante de ella con las palmas de las manos alzadas hacia el cielo mientras la guitarra, herida de muerte, sigue soltando algunos acoples. Hendrix estaba sacrificando lo que más quería: su guitarra. Alguien en primera fila hizo una foto en ese justo momento que se convirtió en un mito, en símbolo no solo del festival sino de toda la contracultura de los 60. Hendrix había regresado a Norteamérica siendo un hippie negro que por lo visto había hecho algo importante en las Islas Británicas, pero bajó del escenario de Monterrey, con solo un disco en el mercado y un par de singles que apenas habían pasado del puesto 60 en las listas estadounidenses, convertido en una leyenda viva.

Una leyenda cuya breve vida se narra en el libro Two Riders Were Approaching: Vida y Muerte de Jimi Hendrix (Alianza Editorial), escrito por el británico Mick Wall y traducido, imagino que con cierto esfuerzo y mucho mérito, por Ana Pérez Galván. El título Two Riders Were Approaching, curiosamente, está extraído de la canción All along the watchtower, de Bob Dylan. Sin embargo, no es de extrañar: seguramente la de Hendrix sea la única versión que se ha hecho del genio de Duluth que eclipsa a la original, hasta el punto de que la canción ha quedado bastante más ligada al recuerdo de Hendrix que al de Dylan. Claro que este, por otra parte, ostenta una discografía lo bastante amplia y extraordinaria como para que All along the watchtower no represente un hito en ella, mientras que Hendrix apenas tuvo tiempo de ver publicados tres discos en vida.

El libro de Mick Wall es ameno e interesante, pero de complicada lectura hasta que consigues meterte en su estilo, repleto de jerga y saltos temporales indiscriminados. Da la sensación de que Wall intenta trasladar a su texto el atractivo desaliñado de Hendrix y el caos de su música, enrevesada y psicodélica. Sin embargo, es un texto también apasionante que arroja algunas luces y muchas sombras sobre la trayectoria del guitarrista que, una vez, hizo plantearse a gente como Eric Clapton o Jeff Beck si valía la pena seguir en el negocio. Entre las sombras, como no, están las circunstancias de su trágico fallecimiento en 1970. Wall, en el libro, parece dar algún pábulo a las teorías conspiratorias que postulan que Hendrix en realidad fue asesinado. ¿Por quién? No queda claro a cuál de ellas se apunta el autor, pero aparecen todos los ingredientes habituales: los matones que supuestamente lo habían secuestrado días antes, la enigmática Monika que le acompañó en su última noche, una posible paliza, una fiesta que se fue de las manos, de la que los invitados salieron corriendo… y en el centro del todo, el no menos misterioso y controvertido papel de su mánager, Mick Jeffery. Casi todas las teorías sobre la muerte de Hendrix convergen en un punto: la influencia de Jeffery en la carrera y la vida de Hendrix había llegado a ser perniciosa. Jimi estaba pensando prescindir de sus servicios y es mucha casualidad que no pudiera llegar a hacerlo.

Jimi Hendrix nació como Johnny Allen Hendrix en 1942, aunque más adelante le cambiarían el nombre por el de James Marshall Hendrix. Originario de Seattle, entre sus ancestros había afroamericanos y nativos americanos. Una mezcla de razas que tendría un papel decisivo en el aspecto exótico y salvaje del guitarrista. Su infancia fue complicada. Tenía un hermano, Leon, al que se encontraba muy unido. Sin embargo, crecieron prácticamente separados porque su entorno familiar era muy complicado: muchas veces uno u otro se iban a vivir con familiares o a casas de acogida. Tenía otros hermanos pequeños, fruto de las aventuras extramatrimoniales de su madre, que en general fueron dados en adopción. Finalmente en 1951 sus padres se divorciaron y los hermanos quedaron bajo la custodia de su padre, Al.

Las penurias económicas no cesaron, de todos modos. El sueño de Jimmy era tener una guitarra, y ante la imposibilidad de comprar una se conformaba yendo a todas partes manejando un palo de escoba como si fuese el ansiado instrumento. Tal era su afición, y también su talento, que cuando encontró un ukelele con una sola cuerda en la basura se lo llevó a casa y aprendió a tocarlo, primero algunas notas y después, para asombro de todos, canciones enteras. No fue hasta los 15 años cuando tuvo su primera guitarra acústica, lo que le sirvió para inmediatamente formar su primera banda, The Velvetones. Hacían versiones de clásicos del blues, que era la música que el joven Jimmy escuchaba habitualmente y con la que había aprendido a tocar. Al mismo tiempo, su vida personal seguía un rumbo desastroso. A los 19 años es detenido por segunda vez por conducir coches robados y recibe un ultimátum: o la cárcel, o el ejército. Jimmy escoge el ejército, donde pasará varios meses intentando por todos los medios que lo expulsen. Lo conseguirá después de hacer innumerables visitas al médico, en las que alegaba distintas lesiones inexistentes, y al psiquiatra, al que aseguraba que era gay y que estar allí viviendo entre soldados semidesnudos le resultaba insufrible. Al final, aunque no creyeran ni una palabra de aquel problemático soldado mestizo, fue eximido del servicio.

A su vuelta a la vida civil se traslada a Tennessee y empieza a trabajar como guitarrista para diferentes artistas y grupos. Con un antiguo amigo del Ejército, Billy Cox, se traslada a Nashville y forma los King Kasuals. Actúan regularmente en el Chitlin’ Circuit, un circuito exclusivamente para artistas negros. Al mismo tiempo empieza a labrarse un nombre como músico de sesión o apoyo en directos, hasta el punto de acabar trabajando para gente como Wilson Pickett o Sam Cooke. Culo de mal asiento, siempre descontento con su trabajo y ya soñando con convertirse en una estrella por sus propios méritos, se traslada a Nueva York. Allí actúa en diferentes clubes de Harlem, gana un premio en un concurso para aficionados del Teatro Apolo y finalmente consigue un trabajo nada menos que con los Isley Brothers. Sin embargo, Hendrix sigue siendo un espíritu libre, y ni siquiera tocar con una banda de renombre calma sus inquietudes.

Se cansa de tocar cada noche las mismas canciones y deja a los Isley Brothers para unirse a la banda de acompañamiento de Little Richard. Tampoco la presencia de un mito de tal calibre rebaja el ego de Hendrix, quien a mediados de 1965, tras varios choques con su jefe, que le acusaba de intentar eclipsarle durante las actuaciones, abandona el grupo. Pronto se une al de Curtis Knight & The Squires, con quien compone sus primeros temas, un par de canciones de momento instrumentales. Entonces llega su primer golpe de suerte: en una de sus actuaciones con Curtis Knight es descubierto por Linda, novia de Keith Richards, quien cae rendida ante su presencia en el escenario y su talento tocando la guitarra. Traban una buena amistad y pasan bastante tiempo juntos en Nueva York. Linda, que parece ser la única que ve potencial en aquel desastrado pero fascinante guitarrista, se propone compartir su descubrimiento y conseguirle un reconocimiento acorde con su talento. Lo recomienda a varios mánagers, que no ven gran cosa en sus desquiciadas actuaciones, hasta que finalmente Chas Chandler, que acaba de dejar a los Animals y busca hacerse un hueco en el mundillo trabajando para Michael Jeffery, le echa el ojo y se lo lleva a Inglaterra.

En el Reino Unido, de repente, todos los trucos que en Nueva York pasaban desapercibidos empiezan a llamar la atención de la gente. Los británicos habían tenido la oportunidad de ver desfilar por sus escenarios a casi todos los bluesmen vivos, pero todos ellos eran señores mayores que tocaban sentados. Estaban los Stones, sí, y los Animals, y la Graham Bond Organisation, y muchos otros jóvenes que tocaban el blues eléctrico de una manera nunca vista, pero aquella figura desgarbada y exótica que había llegado desde el otro lado del océano irradiaba una sensualidad y un vigor que destacaba entre sus coetáneos. Hendrix era una fiera por domesticar. Para acentuar su exotismo, Chandler propone cambiar el nombre de Jimmy, casi infantil, por el más infrecuente de Jimi. Nace entonces la Jimi Hendrix Experience, con Mitch Michell a la batería y Noel Redding al bajo. Un trío que habría de revolucionar el rock de guitarras en los dos años siguientes.

Antes de tener ninguna actuación relevante en Inglaterra, la nueva banda de Jimi Hendrix debuta en Francia como teloneros de Johnny Hallyday. A su vuelta al Reino Unido, se encuentran con que a sus actuaciones acude gente como Mick Jagger y Brian Jones, Lennon y McCartney, Pete Townshend, Jeff Beck o Kevin Ayers. Llegan entonces sus increíbles actuaciones en el Hotel Astoria, la primera vez que quema la guitarra, su incursión en el mundo de las drogas. Ante un alucinado Paul McCartney, Jimi Hendrix abre su espectáculo de junio de 1967 en el Saville Theatre con una versión electrizante de Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band, a pesar de que el disco se había publicado solo unos días antes. Hendrix hace malabarismos con su guitarra, toca con ella a la espalda, toca con los dientes, toca por puesto con la zurda. La trata sin miramientos, pero a veces también hace el amor con ella. La gente se vuelve loca con sus directos, y canciones como su versión de Hey Joe, Purple haze y The wind cries Mary alcanzan el top-10 en el Reino Unido. Sin embargo, sigue sin ser nadie en los Estados Unidos. Es entonces cuando Paul McCartney consigue que le hagan un hueco en el Festival de Monterrey, donde tiene lugar la extraordinaria actuación que hemos comentado al principio del artículo. Una actuación que le valdrá una gira por todo Estados Unidos como telonero de Jefferson Airplane. Por supuesto, a mitad de la gira la banda de Hendrix se ha convertido ya en la principal atracción.

A finales de 1967 The Jimi Hendrix Experience han publicado dos discos: Are You Experienced? y Axis: Bold As Love. El primero es más accesible, contiene sus primeras canciones con estructuras más convencionales. El segundo es algo más experimental e innovador, con un toque más psicodélico y temas más arriesgados. Al mismo tiempo ya se encuentra preparando su siguiente disco, Electric Ladyland, que se disputa con su disco de debut el título de su mejor álbum. Durante las grabaciones del que iba a ser su último disco de estudio publicado en vida empieza a hacerse evidente que el caos se ha apoderado de la vida de Hendrix. Cantidades ingentes de personas, con intenciones de lo más diferentes, se pasean por el estudio durante las sesiones de grabación. Hendrix no puede con la presión, la relación con sus compañeros, especialmente con Redding, se va deteriorando a marchas forzadas. Una vez acabado el disco y tras realizar unas cuantas actuaciones para promocionarlo, Hendrix disuelve la Jimi Hendrix Experience ante el malestar de su mánager, que ve como se le puede escapar la gallina de los huevos de oro. Jimi Hendrix estaba en la cúspide de su fama, era el artista mejor pagado del mundo. ¿Cómo podía renunciar a todo aquello?

Apenas unas semanas después de dar carpetazo a la banda, Hendrix había montado a toda prisa otro grupo para tocar en Woodstock: su viejo amigo Bill Cox al bajo, Mitch Mitchell repitiendo en la batería, Larry Lee en la guitarra rítmica y dos percusionistas de estilo latino llamados Juma Sultan y Gerry Velez. Con ellos, tras numerosas disputas contractuales, cerró el mítico Festival de Woodstock en agosto de 1969. Aunque su mánager, Mike Jeffery, finalmente había conseguido el doble de la cantidad máxima que los organizadores querían pagar, a cambio de dos actuaciones el domingo (una por la mañana, en acústico, y otra por la noche con la banda al completo para cerrar el festival), Jimi Hendrix nunca se presentó a la actuación matinal. Para compensarlo, por la noche dio otro de sus conciertos legendarios, aunque para entonces la audiencia de casi medio millón de personas ya había quedado reducida a solo unas decenas de miles. Su interpretación del himno nacional estadounidense, The star splanged banner, quedó de nuevo para la historia.

Todo alrededor de Hendrix empieza a ser confuso, principalmente por las oscuras maniobras de Jeffery, de quien se cuenta que en aquella época le pagaba a Jimi con heroína. Hendrix se encuentra con que todavía debe un disco por su anterior contrato, y decide editar un directo a partir de varios conciertos que dio con su nueva banda, Band of Gypsys, en el Fillmore East. Aquellas fueron unas de las pocas actuaciones que llegarían a dar en directo. En enero de 1970 tocan en el Madison Square Garden: es su tercer concierto juntos, y será el último. Hendrix va demasiado puesto de LSD y la actuación resulta desastrosa. Se rumorea que es Mike Jeffery quien se lo dio buscando precisamente boicotear el espectáculo, ya que su intención era que Hendrix volviera a reunir a los Experience. Finalmente tuvo éxito en su empeño, aunque Hendrix insistió en mantener a Cox al bajo en lugar de Redding. Al final era cuestión, simplemente, de un cambio de nombre. Los renovados Jimi Hendrix Experience empiezan a trabajar en nuevos temas que presentan en directo a lo largo de la primera mitad de 1970.

Después del verano Hendrix vuelve a Londres para descansar, y es entonces cuando se produce el fatal desenlace. En un primer momento se determina que Hendrix falleció ahogado en su propio vómito tras una borrachera o una sobredosis, pero investigaciones posteriores arrojaron unas sombras sobre las últimas horas de Hendrix que todavía no se han despejado del todo. Finalmente sus nuevas canciones vieron la luz en forma de disco póstumo, el reivindicable Cry of Love (1971). Desde entonces la leyenda del guitarrista zurdo que llevó el rock a un nivel nunca antes visto no ha dejado de crecer, aunque en los últimos años se haya intentado explotar demasiado su memoria con continuos lanzamientos a los que resulta complicado seguir la pista. Para la eternidad, de todos modos, quedarán sus tres discos publicados en vida, sus incendiarias actuaciones y un legado al que todos los posteriores grandes guitarristas del rock deben buena parte de su éxito.

  • 292
    Shares
Etiquetado con: