Foto cabecera: David foster wallace /
Óscar Hernández Arteaga © 2024 /
A pocos días de la entrega de este artículo, me doy cuenta de que tengo una amalgama (como me ocurre siempre) de hechos ficticios y reales que se mezclan en lo cotidiano y en lo circunstancial. Desde mi última crónica me han seguido ocurriendo cosas, que siempre uso para la escritura de mis textos. Debido a la subida del alquiler he vuelto a la casa materna. Quizás esto sea una esquela para el día de ayer y para el que fui. Así que, sin una cronología clara, comienzo por David Foster Wallace.
Si a mí me hubieran encargado un artículo, como el que le encargaron a Foster Wallace, sobre la experiencia en un crucero de lujo, no sé si hubiera aceptado. Siempre le he tenido un poco de miedo a los barcos. Y es que, además, me mareo mucho. Supongo que por eso he despreciado siempre ese tipo de turismo. Me parece falso. Quedarte en un barco durante días, no es –me he dicho siempre– mi idea de conocer nada. Aunque, poniéndome un tanto metafísico, diría que cualquier viaje (aunque no bajes nunca del barco), ha de suponer una experiencia nueva. Más allá de los servicios que te ofrece esa embarcación gigante para que te llegues a sentir cómodo, pasar unos días con un grupo de desconocidos, aceptando el programa de ocio y refugiándote en una inercia de actividades lúdicas, probando cinco platos de lujo tres veces al día y disfrutando de un descanso impuesto, no parece ser tan horrible.
Hay mucha gente que disfruta de estas travesías. Mucha gente que cree conocer los países por los que atraca el barco gigante, o mucha a la que no le importa ni siquiera llegar a ningún puerto extranjero. Es una experiencia pasiva. Entiendo que podría estar en el viaje y no moverme (un barco que no se mueva, que nunca salga) y aun así sería un viaje (metafísicamente hablando).
Hablo con una amiga sobre el hecho de que llevo casi ocho años sin salir al extranjero. Y me invade una sensación de pesadez o de tristeza pesada. Aunque no dura mucho. Quizás es una decepción aceptada. Porque en el fondo yo siempre quise viajar. Al menos en teoría, disfrutaba imaginándome en lugares exóticos, probando la comida y conociendo las costumbres ajenas. O simplemente buscando los referentes culturales y artísticos que me habían despertado el ánimo. Por ejemplo, me digo: ir a Dublín tiene el incentivo de que es la ciudad donde transcurre la novela de Joyce (Ulysses) y también pienso en un pueblo determinado de Escocia –que ahora no recuerdo–, donde transcurre la historia de una mis pelis favoritas de todos los tiempos (Local Hero); al tiempo que me imagino en Alaska, que tiene el mismo atractivo para mí por la serie Doctor en Alaska (aunque resulte que el pueblo de la serie está en realidad en el estado de Washington). En cualquier caso, si llega a pasar que nunca vaya a sitios así y me quede sólo con la metafísica del asunto, es posible que me consuele con un viaje metafísico y especulativo del que, por otra parte, siempre se nutre cierta ficción.
Los viajes metafísicos tienen una base real, un deseo que se proyecta como rutina. Es cierto que luego, cuando llegas al lugar deseado, hay afortunadamente un desajuste entre lo esperado y lo que conoces. Pero así ocurre con todo. Creo que es una condición epistemológica, partir de una creencia –el famoso prejuicio–, que luego desaparece y que es suplantada por otra creencia que, a la larga, se convertirá en otro prejuicio si no es prudentemente revisada.
Yo, en un crucero creo que intentaría probarlo todo. Y seguramente, acabaría odiando la experiencia programada. Foster Wallace es de lo escritores más recordados y diría que poco leídos de su generación. Su obra más importante es The Infinite Jest. Traducida como La broma infinita, esta es una novela que he intentado leer dos o tres veces y con la que siempre me atasco. Se publicó en 1996 y creo que yo la descubrí en 2001. En fin, su estilo es irónico, ensayístico, con frases kilométricas y notas a pie de página que hacen que te sientas un poco cansado. Pero seguro que merece la pena. Reconozco que perdí el interés, aunque siempre me ronda como uno de esos libros que hay que leerse sí o sí antes de morir.

Hace poco me encontré con algo sobre la vida del escritor que no me gustó mucho. Algo sobre que había maltratado a su pareja. Siempre me digo que hay que separar la vida del autor de su obra. De Wallace conocía su triste final (suicidio en 2008) y su categoría de genio. Gracias a que leí de nuevo su artículo/ensayo sobre el crucero, llamado Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer nunca, he vuelto a prestarle atención. Este publirreportaje tan bien escrito, te hace sentir que estás ahí con él, en ese experimento de ocio programado, sufriendo, a diario, sus neurosis. Lo escribió un año antes de La broma infinita y creo que ya estaba decantado su estilo: exceso de detalles nimios; una visión satírica de los placeres materiales del mundo; la deconstrucción del capitalismo de consumo turístico e impostado, que ahora se manifiesta con fuerza en las redes.
Ya no hace falta hacer el ridículo en un barco gigante. Lo puedes hacer en tu propia casa. Cualquier viaje que hagas, como si es en tu barrio, puede ser una gran aventura en el escaparate de las redes. Pero Wallace, diría yo, habla de la dimensión existencial y materialista del asunto. Usa ese crucero de lujo para hablar de la condición humana, del enfoque kafkiano que tiene un viaje supuestamente agradable, con todos los servicios imaginables y un solo propósito: no hacer absolutamente nada y no morir (de aburrimiento).
Hay guerras por todo el mundo, cambio climático, conflictos diversos, locales y globales, en 20 años hemos pasado de 6.000 a 8.000 millones de personas en el mundo. Escalamos el ochomil con una dificultad que posiblemente nos dejará sin aliento y sin oxígeno en más de una ocasión. Vivir sin oxígeno es complicado. Y Foster Wallace lo sabe bien. En su viaje de una semana en el año 94 del siglo pasado, sostuvo muchas ideas sobre ese ocio organizado y sobre la rutina infernal del placer impuesto. Si salía de su habitación durante unos minutos, una empleada del barco gigante (llamado Nadir) le hacía la cama con una destreza profesional. Wallace llegó a conocer a la empleada y su nombre era Petra. Llegó a albergar sentimientos por Petra. En el barco gigante se programaban todas las actividades para intentar matar el aburrimiento.
Hace unos días acudí a la manifestación en contra de la mala gestión turística y de sus consecuencias para el territorio canario. Los daños colaterales son muchos. A mí me afecta personalmente el del alquiler de la vivienda y su subida de precio, pero también el hecho de que cada vez haya menos territorio virgen en esta isla y que lo que se construya no sea ni sostenible ni económico. Es un expolio. Un abuso institucional.
No se trata de desarrollar la xenofobia por el turista que se viene a gastar el dinero aquí. Se trata más bien de desarrollar alternativas a ese turismo depredador, conservar el medio ambiente y regular el precio del alquiler. Se trata de aceptar un turismo responsable y de impedir que sea el monopolio del gobierno. Yo quiero seguir siendo turista, pero primero me gustaría poder seguir viviendo en mi hogar y poder seguir llamándolo así. El problema no está en el turista, repito. Recuerdo que de niño mi casa y las casas del barrio, estaban rodeadas de huertas y extensiones de árboles frutales, atravesado por un canal de agua que ya por aquel entonces usábamos para jugar. No queda nada de ese paisaje. Sólo hay edificios y carreteras.
Hoy me he levantado con la noticia de la muerte de Paul Auster. Llevo un podcast de libros con un amigo, y lo hemos llamado Cabezadelibro (todo seguido, como si fuera una palabra nueva). Por eso, también he vuelto con Foster Wallace, porque es uno de los autores de los que vamos a hablar. Mi amigo me ha enviado la noticia (de la muerte de Auster), por la mañana temprano. En este podcast que hacemos como excusa para hablar de los libros que nos apasionan, caerá muy pronto alguno de Auster.

Con 77 años, por culpa de un cáncer, se nos ha ido un escritor que con sus más y sus menos siempre creó expectación con lo que publicaba. Y la noticia se ha difundido como la pólvora, sin el permiso de la viuda, Siri Hustvedt (quien ha declarado que la noticia de la muerte de su marido la dieron antes de que ella y su hija pudieran asumir la pérdida, y que le hubiera gustado ser quien la notificara), lo cual es un poco triste, indignante y sintomático de un mundo en el que la prisa por contar nos hace ser poco precavidos y nada respetuosos.
No sé qué habría pensado el propio Auster de esta imbecilidad periodística. Recuerdo que su libro Brooklyn Follies fue el que más me impresionó. Me habían gustado sus novelas La Trilogía de Nueva York, La música del azar, El libro de Las ilusiones; El palacio de la luna y El país de las últimas cosas (con la descubrí que quería ser ese tipo de escritor que desarrolla una historia a partir de una premisa ingeniosa, con un tono a ser posible irónico y simbólico, sin caer en lo moralizante). Después, llegó a mis manos Brooklyn Follies, y tuve la impresión de ser testigo, como lector, de la construcción de una obra maestra, un homenaje a su universo neoyorquino.
No soy de escribir esquelas para el día de mañana, prefiero escribirlas para el día de ayer; póstumas y con vocación de presente pero dirigidas al pasado. Mi memoria emocional y de lector se ve sujeta a ciertos libros de Auster que llegaron a mis manos a principios de siglo. Quise ser escritor por causa de algunos autores y uno de ellos fue Auster.
Siempre pensé que aquellos escritores que hacen fácil lo difícil son realmente buenos. Al lector que fui le diría que siguiera perseverando en la impresión de adoptar un tono y una voz propias para describir un espacio y unas gentes, con unas costumbres determinadas, e introducir temas que tienen que ver con la identidad literaria y con la ficción real; asumir que estamos de paso y que las metáforas son el pan de cada día es la gran tarea, creo, del escritor. Cristalizar en unas pocas palabras, argumentos que nos remonten a esa ilusión de ser espectador y a la vez participante de la vida.
Auster también escribió el guión de Smoke (1995), donde vemos al escritor Paul Benjamin (trasunto de Auster) que interpreta William Hurt, lastrado por la pérdida de su mujer y su relación de amistad con Auggie Wren, el personaje interpretado por Harvey Keitel, que regenta una tienda de tabaco y tiene como afición, tomar la misma foto todas las mañanas, antes de abrir. La misma foto que siempre es diferente. Vemos a Auggie (Keitel), situar la cámara con su trípode en frente de la tienda y sacar la foto, un día tras otro a primera hora, como parte de la rutina. Y vemos que, a pesar de ser el mismo encuadre y aparentemente ser el mismo escenario, con cada foto, todo es diferente, la luz es distinta, así como la gente que entra en plano, etcétera.

Eso siempre me pareció una gran idea literaria, muy apropiada para ser contada con imágenes; digamos que hay cierta poética del cine que se acoge bien a lo literario. Y la cosa no queda ahí, porque en una de estas fotos aparece la esposa del escritor interpretado por Hurt. En una escena conmovedora, Keitel le enseña los álbumes con las instantáneas que ha ido tomando durante años y Hurt se encuentra con la foto de su mujer fallecida. Recuerdo que me conmovió por cómo estaba contada la escena, y sobre todo por el silencio con el que se acompañaba cada foto, ese silencio sonoro en el que se escucha cómo el observador/escritor, interpretado por Hurt, termina descubriendo la imagen cotidiana y fugaz de su mujer desaparecida y cómo, por un momento, ella renace en su recuerdo, provocándole un llanto sordo y contenido. No sé si la escena es exactamente así, pero de ese modo es cómo la recuerdo y ya se sabe que los recuerdos tienen algo de ficción.
Años después, cuando descubrí a Auster, me di cuenta de que la película estaba escrita por él. Y este es uno de esos giros de guión de una vida de lector que sirve para establecer conexiones reales. Auster vino a mí, antes de que lo conociera como tal, en esa escena conmovedora. Tomé conciencia de que era un magnífico retratista de la intimidad y de las tragedias cotidianas y de los renacimientos suaves, usando elementos de metaficción. Me pregunto cómo trataría lo que me ocurre con el alquiler y con la vuelta a la casa materna, encauzándolo en la realidad material y jodidamente mala de la especulación capitalista: agentes inmobiliarios, alquiler vacacional y gentrificación. Quizás se inventaría una premisa que ahondase en la soledad de todo esto y pondría en primer plano la escasez de lo humano en lo que nos ocurre a diario.
Después de Foster Wallace, me puse con Siri Hustvedt y su primera novela. Se llama Los ojos vendados, se publicó en 1992 y me la he leído dos veces. Yo conocí a Siri (su obra) hace muchos años y lo hice porque era la pareja de Paul Auster. Luego, la cosa cambió un poco y Paul Auster, pasó a ser la pareja de Siri Hustvedt. Pero quitando predisposiciones y gustos volátiles, lo que me interesa es el talento de los dos. Con Auster me pasaba que llegaba a su nuevo libro con esperanzas de que me enganchara. Porque tiene, como Murakami, esos elementos que son adictivos para mí: una buena trama, un buen planteamiento, una premisa original, un desarrollo que te mantiene intrigado y de fondo –muy presente– la descripción de una parcela de la sociedad con la que te puedes identificar por sus episodios neuróticos y sus gustos culturales.
Es como un Woody Allen literario y metafísico, muy buen observador de la psique humana. Con Siri Hustvedt me está ocurriendo lo mismo. Cuatro textos como si fueran cuentos independientes, que tratan sobre la búsqueda de identidad de una joven llamada Iris (Siri al revés). Una maravillosa primera novela, que se construye con los hechos en los que se ve envuelta la protagonista, una estudiante universitaria que en cada historia se enfrenta a la mirada del otro y reacciona para ocultarse y para descubrirse en la ficción.

Las noticias sobre el turismo de masas y sobre lo que está ocurriendo en Canarias; la novela de Foster Wallace; la muerte de Auster y la subida del alquiler, así como la búsqueda de identidad de la novela de Siri, son cosas que en un principio no tienen mucha conexión, salvo por el hecho de que pueden estar narradas como el trasfondo de una trama personal del personaje que soy yo y que va conectando todo si querer.
El capitalismo no es una cosa abstracta, ni tampoco la muerte, ni los alquileres y su precio elevado. Hacemos lo que podemos, lo que está de nuestra mano, protestamos y nos informamos por las redes y compartimos pequeños fragmentos de noticias, frases ingeniosas que nos hacen posicionarnos ante los demás, construyendo una identidad (como la Iris de la novela de Hustvedt) pero no es suficiente y el activismo social es lo que nos queda. Yo tecleo las últimas palabras de este artículo con la esperanza de llegar a tiempo para que se publique y tenga una especie de coherencia interna. Lo hago en la casa materna. Escucho a mi madre que me llama, le contesto que casi estoy terminado el texto, me pongo unos auriculares y escucho una play list de canciones favoritas.
Entonces voy recordando todo lo que en tan poco tiempo nos puede pasar, en lo precaria que es la vida y en los cambios que no puedes controlar. Pienso en el suicida Foster Wallace; en la agudeza de Siri Hustvedt; en las premisas maravillosas de Auster, y en el activismo social de los ciudadanos con conciencia de Canarias y su enfrentamiento a una mala gestión política de los recursos naturales y del sector turístico. Y me doy cuenta de que todo tiene que ver y caigo en la cuenta de que los libros que he mencionado y la película son de los años 90 del siglo pasado, una década en la que transcurrió mi formación como lector y espectador.
Cierro esto, y me dan remordimientos por los auriculares y la música, me los quito y, al poco tiempo, compruebo que mi madre está entretenida haciendo una sopa de letras, deberá pensar que sigo escribiendo. Mi madre no sabe que esto es una esquela para el que fui, aunque tampoco importa. Ella me trajo junto con mi padre a una casa donde aprendí a leer y a descubrir todo lo que era –y no– primordial. Asumo que tener un techo donde cobijarte siempre es más importante que cualquier libro y que la metafísica y sus viajes están bien cuando uno sabe que tiene una casa a la que volver, sin la presión del alquiler y sus subidas terroríficas. Me pongo a fantasear con la posibilidad de escribir la novela austeriana de los sucesos de este año. La titularía, me digo, La esquela para el día de ayer. Una sopa de letras mental, quizás como la que está completando con entusiasmo silencioso, ahora mismo, mi madre.









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