Foto de Cabecera Nacho Goberna © 2017 /

Emma Rodríguez © 2024 / 

Vivir es sentir dolor, dijo para sí, y vivir con miedo al dolor es negarse a vivir”, reflexiona Baumgartner, el protagonista –y a la vez el título– de la última entrega de Paul Auster. Estas palabras, en general todo el libro, cobran más fuerza ahora, tras la pérdida del escritor, a sus 77 años. Cuando lo leí, él estaba inmerso en el proceso de su enfermedad, un cáncer que, el pasado 30 de abril, acabó con su vida, y cuyos primeros brotes experimentó en el proceso de escritura de la que me atrevo a calificar como la novela más introspectiva y espiritual de su trayecto.

Mientras estaba sumergida en ella no pude evitar pensar que tal vez sería la última vez que abría las páginas de un nuevo libro de Auster, que tanto me ha acompañado desde que lo descubrí, hace ya mucho, en ese discurrir paralelo de la vida conformado por las lecturas que nos conmueven, nos nutren, nos sacuden, nos transforman la mirada. Lo conocí, hace ya mucho, con Trilogía en Nueva York, que me condujo a otros de sus títulos y he seguido su trayectoria con avidez a lo largo del tiempo, atenta a sus historias siempre indagadoras, al juego de las posibilidades, los azares y deslumbramientos de sus personajes, siempre con ese punto de imprevisibilidad, de fragilidad ante el discurrir incontrolado de los acontecimientos.

Se ha escrito mucho de Paul Auster estos últimos días, se han compartido muchas fotos, recuerdos, fragmentos de sus escritos; algo absolutamente lógico y hermoso, que da cuenta de su don para cautivar a lectores de todo el mundo (es el suyo uno de esos casos en los que la calidad, la singularidad, de la obra, no está en absoluto reñida con su repercusión, con su alcance). Pero he de reconocer que he buscado inconscientemente algo de distancia para preservar ese diálogo íntimo, particular, que entablamos con los autores que nos han tocado el fondo. He necesitado huir un poco de los homenajes, de los obituarios, para encontrar a Auster en sus libros, muy particularmente en Baumgartner, tan lleno de revelaciones, tan en sintonía con la propia vida del escritor.

Os decía antes que a medida que me adentraba en las vivencias del protagonista, en sus estados mentales, en sus sueños, me asaltaba la sensación de que en cierta medida esta novela era un adiós, algo que no quería creer, pues siempre nos aferramos a la posibilidad de la recuperación, de la cura, para las personas cercanas, queridas, y también para esa otra familia que nos forjamos en los ámbitos de la creación, compuesta por hacedores de ficciones, de obras de arte, que nos regalan valiosos mapas emocionales.

Había seguido los comentarios en Instagram de la también escritora Siri Hustvedt, la compañera de Auster, quien estuvo a su lado, durante los dos años que duró la enfermedad, en el territorio de “Cancerland”, como ella lo ha denominado, el espacio de las autopistas hospitalarias, las salas de espera, las entradas y las salidas tras recibir tratamiento, los diagnósticos médicos… Ese lugar en el que el escritor seguía haciendo sus bromas habituales, imaginando tramas novelescas, planteándose preguntas sobre lo que es el ser humano, sobre la sensación de estar vivo, sobre la conciencia de la muerte, cuestiones sobre las que gira todo su trayecto. De ello ha dado cuenta Hustvedt, tendiendo un puente delicado y cercano con los seguidores de Auster, trasladando un mensaje realista, directo, lleno de aceptación, a través del cual ha transmitido la idea de que el tiempo de la enfermedad no es un mero paréntesis de lucha, de espera, sino que continúa siendo tiempo de vida, de descubrimiento. 

El escritor seguía con su tratamiento, sin dejar de escribir, nos hacía saber Hustvedt, su hija Sophie les daba la alegría de un nieto, para quien Auster compuso cartas hasta el último momento, ha revelado… Y mientras tanto sus lectores compartíamos tiempo con Sy Baumgartner (un diálogo que prosigue, que proseguirá en el futuro). En el protagonista de esta novela crepuscular, de ocaso, no podemos dejar de ver al escritor en su vejez, con sus meditaciones, a la búsqueda de señales, de sentidos, de retazos de memoria. Auster siempre ha cedido parte de sus experiencias, de sus miradas, de sus paisajes de interior, a sus personajes.

Aunque cuenta con entregas testimoniales como Diario de invierno o el volumen Una vida en palabras, donde habla de su obra, de su oficio, a través de conversaciones con la profesora I. E. Siegumfeldt, sus novelas sobrevuelan por encima de la propia vida, pero en ellas atisbamos al autor a través de sus edades, accedemos a sus preocupaciones, pasiones, obsesiones. Detectamos su presencia ahora, oculta tras algunos de los trazos del retrato de su personaje, un hombre “que no cree en nada salvo en la obligación de formular preguntas aceptables sobre el significado de estar vivo, aunque sabe que nunca será capaz de encontrar respuesta”.  

Retrato del escritor tomado por Siri Hustvedt en 2023.

S. T. Baumgartner tiene 71 años, una edad muy cercana a la suya, ha sido profesor de la universidad de Princeton y, después de treinta y cuatro años de docencia, se jubila. “Célebre autor de nueve libros y numerosas obras breves sobre cuestiones filosóficas, estéticas y políticas”, el mundo de la creación es fundamental para él, es clave en esta novela tan especial, volcada hacia dentro, llena de sabiduría, profunda y cristalina, con valiosas vetas de ternura en su fondo, con un toque de humor ligero.

Centrada en el duelo, en su superación, ya que el protagonista ha sufrido la pérdida de Anna, también escritora, la mujer de su vida, en un accidente en el mar –cuando se enfrentó a una ola mortal–, la historia del viejo profesor, del hombre contemplativo, capaz de ver más allá de lo perceptible, nos lleva a plantearnos la pregunta de cómo seguir viviendo cuando nos quedamos sin las personas que más amamos, y nos conduce a las segundas oportunidades, a la capacidad del ser humano para seguir creyendo, confiando, disfrutando.

EN EL PROTAGONISTA DE «BAUMGARTNER», LA ÚLTIMA ENTREGA DE PAUL AUSTER, UNA OBRA CREPUSCULAR, DE OCASO, NO PODEMOS DEJAR DE VER AL ESCRITOR EN SU VEJEZ, CON SUS MEDITACIONES, A LA BÚSQUEDA DE SEÑALES, DE SENTIDOS, DE RETAZOS DE MEMORIA.

Muchos de los asuntos que atraviesan el recorrido austeriano se concentran aquí. En esta novela en la que parece que no pasa nada, pero en la que tantas cosas importantes, trascendentes, suceden, vuelven a atraparnos los ritmos tan especiales de Paul Auster, sus movimientos, sus golpes de efecto, sus historias dentro de historias. La fugacidad del tiempo, de la felicidad; lo efímero de los acontecimientos vividos; la sorpresa de lo inesperado; los juegos del destino; el milagro del amor; los obstáculos para alcanzar los deseos; las acechanzas de los peligros, de la muerte… hacen acto de presencia en un trayecto donde el palacio de la memoria se convierte en escenario primordial. Nuestro protagonista realiza un viaje hacia el pasado, en el que recrea la relación con su mujer desde la primera vez que se vieron. Su mirada, sus recuerdos, se cruzan con los de ella a través de los poemas y textos biográficos que no publicó en vida, lo que le proporciona un nuevo propósito: dar a conocer la obra poética, de indudable calidad, de Anna.

Las ramificaciones narrativas, tan propias del autor, el recurso de las voces que se encuentran, así como la inclusión de tramas paralelas, de narraciones, de versos, de sueños, estructuran esta novela en la que las investigaciones de Baumgartner, las ideas que sostienen los originales ensayos en los que trabaja, se convierten en pilares sólidos que dotan de profundidad, de sentido, a la historia contada. 

Así, en la parte inicial de la novela, lo vemos reflexionando sobre lo que denomina síndrome del miembro fantasma, en referencia a las amputaciones de partes del cuerpo, que le sirven como metáfora de la pérdida y del dolor humano, pues, como explica, “casi todo aquel que pierde un brazo o una pierna continúa sintiendo durante años que el miembro perdido sigue unido a su cuerpo, acompañado de cierto dolor agudo…”; pues como constata, él mismo se siente, diez años después de “la muerte súbita e inesperada de su mujer” como “un muñón humano, un hombre demediado que ha perdido una parte de sí mismo y ya no está entero (…) cuyos miembros perdidos siguen ahí, y le siguen doliendo, le duelen tanto que a veces tiene la sensación de que su cuerpo está a punto de incendiarse y consumirse”.

La memoria es esencial, sí, en esta novela donde se habla de los “reinos perdidos de la juventud, de “las curiosas madejas de las circunstancias”, de “tajos permanentes en el alma”. Todo comienza con una sucesión de accidentes domésticos que actúan como signos de que algo está alterando el orden, las rutinas, de nuestro hombre, llamado a sumergirse en el espacio de lo onírico, donde tienen lugar las revelaciones que le conducen a abrir el tiempo que sigue al duelo, a la aceptación de que –volvemos a las primeras líneas de este artículo– “vivir es sentir dolor (…) y vivir con miedo al dolor es negarse a vivir”. 

La memoria es esencial en esta novela, centrada en el duelo y en su superación, donde se habla de los “reinos perdidos de la juventud”, de “las curiosas madejas de las circunstancias”, de “tajos permanentes en el alma”.

Los pasajes narrados por Anna de su propia vida son realmente hermosos en el conjunto, dando un giro a la novela, que se convierte en una gran historia de amor, una historia llena de casualidades, que se consolida un día que pudo ser el último para ella, pero que acabó felizmente, en uno de esos movimientos del destino, del azar, a los que Auster nos tiene tan acostumbrados. Y resultan conmovedores, esenciales en el trayecto, los recuerdos que guarda el protagonista de sus padres y que llegan a él de forma fluida un día espléndido en que sale al jardín y, acomodado, “en una silla entre el patio y el cerezo”, piensa: “La tierra está en llamas, el mundo se consume, pero de momento sigue habiendo días como este y mejor será que lo disfrute mientras pueda”. 

Se pone a reflexionar entonces Baumgartner sobre lo que supone la vejez, sobre la demencia, sobre la memoria a corto y a largo plazo, y se deja llevar por esta última a imágenes familiares, del pasado lejano. Auster describe el tránsito hacia la evocación a través de bellas y poéticas escenas en las que vemos al personaje con los ojos cerrados y el rostro vuelto hacia el sol, intentando relajarse para viajar hacia atrás en el tiempo. La figura del progenitor, miembro de una saga de judíos polacos emigrados a Norteamérica, el relato de su destino, sus ideales, su fracaso, dan pie a rememorar momentos clave, definitorios, de la historia de Estados Unidos, una historia que arranca de un hecho brutal, el genocidio indio a manos de los colonos blancos.

El escritor introduce este hecho en el momento en que el protagonista se detiene en el segundo nombre que le puso su progenitor, Tecumseh, en honor al valeroso jefe del pueblo originario shawnee al que tanto veneraba, un hombre “que intentó unir a su dispar y vasto pueblo para resistir a los invasores europeos que estaban dispuestos a destruir a los shawnee y a cualquier otra nación india  a todo lo largo y ancho de este continente maldito, empapado en sangre”, transcribo este párrafo que indica hasta qué punto esta última novela de Paul Auster está cerca de su interesantísimo y esclarecedor ensayo Un país bañado en sangre, que ocupa otra página de Lecturas Sumergidas.

Se trata de un libro en el que el escritor explora las raíces de la violencia en EEUU, el uso de armas por gran parte de la población, los tiroteos masivos a personas inocentes que sacuden al país con demasiada frecuencia, la permanencia del racismo, la loca deriva después del gobierno de Trump y el ataque al Capitolio, revelando a la vez secretos de familia como el asesinato de su abuelo paterno a manos de su mujer, la abuela del escritor, algo que él conoció bastante tiempo después de haber sucedido y que cambió su perspectiva sobre muchas cosas.

Volviendo a la novela, la historia del padre de la ficción, que no pudo cumplir sus sueños de convertirse en “abogado izquierdista de los desposeídos y los oprimidos” o en agitador de masas, porque tuvo que ocuparse prematuramente de mantener el negocio familiar, [se le describe como “un soñador desdichado, un revolucionario fantasmal”, también como el quijote polaco-norteamericano de triste semblante y cerebro consumido por los libros] sirve a Auster para hablar de las purgas de McCarthy, del idealismo en un país donde la disidencia siempre ha sido cercenada, un tema este que aparece en la deslumbrante novela 4 3 2 1, de cuya experiencia de lectura di cuenta en otro artículo de esta revista.

En la obra que nos ocupa también se hace referencia a la sangrienta historia de la Europa del siglo XX”, al nazismo y al exterminio judío, a raíz de otra rememoración: un viaje de Baumgartner a Ucrania para participar en un congreso, lo que le permite bucear en sus orígenes y a componer un simbólico relato paralelo (historias dentro de historias). Y, como curiosidad, citar la alusión a la Guerra Civil española, a la idea con la que jugueteó el padre del protagonista de alistarse en la Brigada Abraham Lincoln.

Gran parte de la obra de Auster participa de un mismo marco temporal, los hechos que marcaron su infancia y juventud: La guerra de Vietnam, los asesinatos de John y Robert F. Kennedy, de Martin Luther King… En Baumgartner Vietnam, en concreto, resulta esencial en la biografía de Anna, que sirve para retratar, a grandes y eficaces trazos, toda una época. La crítica a la sociedad norteamericana está presente también a través de ella, de la relación con sus padres, a los que reprochaba “haberse tragado el anzuelo del mito norteamericano de que el dinero es la medida de todas las cosas, aunque manifestaran inquietud por la miseria de millones de menesterosos aplastados bajo los engranajes del mismo sistema que los había aupado a ellos como presuntos ganadores”.

La crítica a la sociedad norteamericana asoma en el personaje de ANNA y la relación con sus padres, a los que reprochaba «haberse tragado el anzuelo del mito norteamericano de que el dinero es la medida de todas las cosas».

Antes aludía a los secretos familiares de Paul Auster. Los secretos también tienen cabida en su última novela. Se centran en el personaje de la madre, (“único foco de cordura en aquella familia de locos”), apellidada Auster, un detalle que nos lleva nuevamente a la manera en que las propias circunstancias y vivencias del autor se mezclan con su obra, sirven de base a la ficción, sin ser reproducidas fidedignamente, actuando como un guiño, un chispazo del que partir, como una semilla que germina en forma de historias que, tal vez por esa carga de verdad, nos conmueven y afectan tanto. 

Llegada a este punto, soy yo la que doy un viraje al artículo y regreso a la idea de la muerte, tan presente en las meditaciones de Baumgartner y tan esencial en esta novela de interiorización, de auto-observación, de aprendizaje (el aprendizaje de los misterios de la existencia es una constante en Auster). En esta novela suceden cosas fuera de lo tangible, de lo visto como normal, que podemos situar dentro del territorio de lo onírico para no recurrir a explicaciones fuera de lo racional, aunque podríamos hacerlo. Una extraña llamada de teléfono, probablemente dentro de un sueño, un diálogo revelador con la Anna que ya no está presente, provoca en el protagonista una gran transformación.

En esa conversación se desmontan todas las ideas a las que las religiones recurren para situar el gran misterio del después de la muerte. Anna habla del “gran vacío” que sucede a la misma, de su situación como una clase de espíritu o una mónada pensante, capaz de entrar en la cabeza de su marido, oír sus cavilaciones y ver las mismas cosas, “un paradójico estado de inexistencia consciente” que llegará a su fin, presiente, cuando él deje de sostenerla con sus pensamientos en esa incomprensible vida de ultratumba”, en esa especie de “limbo temporal”; porque lo que sí sabe es que “los vivos y los muertos están conectados, y el hecho de que estuvieran tan unidos en vida puede continuar incluso en la muerte”.

Paul Auster llega en Baumgartner muy lejos en sus ahondamientos, en sus búsquedas, en viaje hacia un territorio que bien podríamos situar en los cauces de lo filosófico y lo espiritual, siempre partiendo del hilo de su propia vida, de sus circunstancias. Tras esa experiencia crucial a la que he hecho referencia, el protagonista percibe que entra en un nuevo estado de “claridad mental y “siente cada vez más confianza en sí mismo mientras sigue cruzando la vasta pradera interior que se extiende ante él”. A partir de ahí toma la decisión de jubilarse, consciente de que a sus años el tiempo pasa cada vez a mayor velocidad. Ya sin miedo a quedar atrapado en los aposentos del pasado, dedica sus energías al presente y se enamora de otra mujer, una última relación sentimental que él hubiera deseado prolongar.

la idea de la muerte está muy presente en las meditaciones de Baumgartner y es esencial en esta novela de interiorización, de auto-observación, donde suceden cosas fuera de lo tangible que podemos situar dentro del territorio de lo onírico.

La vida sigue y el hombre que no deja de adentrarse, de conocerse, se vuelve a ilusionar con la próxima visita de una joven y talentosa estudiante que quiere investigar la obra literaria de Anna. Se quedará en su casa, con todos los archivos a su disposición, y la preparación de su llegada llena el tiempo del profesor, coincidiendo con la inmersión en un nuevo y extraño libro que también resulta clave en la novela: Se titula Misterios de la rueda y entabla ingeniosos paralelismos entre los automóviles y las personas, tratando, a la vez, en las cuatro partes que lo componen, de la “la vida individual y colectiva” y del papel que desempeñan los coches en ella. 

Nuestro autor de ficción relaciona “el esfuerzo por ser una persona moralmente sana y el intento de convertirse en buen conductor”, retratando con ironía a la sociedad norteamericana de su tiempo, una mirada ácida que, en segundo plano, atraviesa esta novela llena de trascendencia, demostrando la preocupación de Auster por las “fisuras que crecen sin cesar” en el presente de Estados Unidos, como expresa en Un país bañado en sangre. Así, en el apartado Carreras de destrucción, describe “lo que ocurre en una sociedad cuando los conductores dejan de cumplir las normas y ejercen su “derecho constitucional” a la libertad personal, “otorgado por Dios”, saltándose señales de tráfico y semáforos en rojo y atropellando a todo peatón que se ponga de por medio. Ni una palabra sobre los millones del Devolvamos a América su grandeza ni de la amenaza que acecha a la Casa Blanca, pero las intenciones de Baumgartner son bastante claras y no le hacen falta más comentarios”, vamos leyendo.

Siri Hustvedt y Paul Auster en un viaje a Chile (2013).

Es mucho lo que nos ofrece esta novela que nos hace sonreír y conmovernos, con escenas inolvidables, capaces de añadir luz a los días, por ejemplo la que transcribo a continuación, cuando nuestro hombre llega conduciendo, un poco perdido, aturdido, hacia un lugar al que acudió en una ocasión en compañía de su Anna, y rememora la situación:

Ya no recuerda los detalles, salvo que pararon a merendar al aire libre en algún sitio y al extender la manta en el suelo de arena miró a Anna , contempló su bello y luminoso rostro y lo inundó una sensación de felicidad tan intensa que se le empezaron a agolpar lágrimas en los ojos y dijo para sus adentros: “Recuerda este momento, chico, acuérdate de él durante el resto de tu vida, porque nunca te ocurrirá nada más importante que lo que te está pasando ahora mismo”.

Terminé la lectura de Baumgartner con la sensación de que al final lo que importa es la cantidad de amor que hemos sabido dar y la capacidad para valorar el que hemos obtenido a lo largo de la vida. Confieso que la historia se me quedó corta, que hubiera seguido mucho más tiempo en compañía del viejo y reflexivo profesor, con sus evocaciones, con su ímpetu para seguir adelante, asumiendo nuevas aventuras y riesgos.

Siri Hustvedt habla de esta novela de Auster como un pequeño libro tierno y milagroso y remite a las palabras con las que concluye. En uno de sus mensajes señala que cuando él se las dio a leer no pudo evitar pensar en el tiempo que les quedaba de estar juntos. El protagonista llama a la puerta de una casa (prefiero no revelar las circunstancias) y entonces “empieza el último capítulo de la historia de S. T. Baumgarter”. Así, de esta manera tan abierta y ambigua, concluye la historia. Me agarré a la idea de que tendría continuación, pero intuí que no sería así. Ahí, de esa manera tan sencilla, se abre el territorio del enigma, esa gran extensión desconocida que ocupó la mente y la imaginación del escritor en su última etapa. 

Baumgartner ha sido publicada por Seix Barral, traducida por Benito Gómez Ibáñez.


No pertenecemos a ningún gran medio; nuestro criterio editorial es radicalmente independiente y, por supuesto, no somos IA, somos humanos, estamos vivas.

Podéis apoyar nuestro trabajo en LECTURAS SUMERGIDAS con vuestras suscripciones a la revista. Por favor, consideradlo. Gracias.

Elige tu SUSCRIPCIÓN SUMERGIDA:

Puedes seleccionar solo un nivel de este grupo.

Nivel Precio Acción
Mecenas Mensual

3.00€ por Mes.

Selecciona
Mecenas Anual

30.00€ por Año.

Selecciona
Socio Anual

99.00€ por Año.

Selecciona


Compartir el artículo en Redes Sociales:


Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Descubre más desde Lecturas Sumergidas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.