Emma Rodríguez © 2024 /

Si me preguntáis por qué me ha resultado tan interesante y cautivadora Nuestras madres, de Gemma Ruiz Palà, os diré que por su capacidad para visibilizar y poner voz, desde la autenticidad y la verdad, a tantas historias y circunstancias silenciadas de las mujeres que nacieron en la España de los últimos años de la dictadura, fueron testigos de la muerte de Franco y participaron en las transformaciones que fue experimentando el país en su andadura hacia la democracia. 

El diálogo entre madres e hijas, la atención prestada por las segundas a quienes les dieron la vida, se convierte en el impulso de este libro, compuesto de diez narraciones, todas ellas tituladas con nombres de mujer, que se van trenzando y acaban fraguando el retrato de un estado amordazado, de un devenir colectivo que se ha ido desprendiendo de ataduras, en gran parte gracias a la iniciativa de muchas mujeres, muchas de ellas anónimas, capaces de promover cambios con sus pequeñas-grandes acciones y decisiones, arropadas por el movimiento feminista, por sus logros en el camino de la igualdad, una lucha que está lejos de acabar, pese a los indudables avances conseguidos, pues siempre hay fuerzas dispuestas a derribar derechos, a cercenar libertades. 

No deja de resultar curioso que Ruiz Palà (Sabadell, 1975), autora con anterioridad de otras dos novelas (Argelages y Donde Wenling), con las que se ha ganado el aprecio del público catalán, y que ha compaginado hasta ahora la literatura con el periodismo en la Televisión de Catalunya –ha ejercido como cronista cultural y como responsable de Informativos– se haya alzado con Nuestras madres (traducida ahora al castellano por la editorial Consonni) con el Premio Sant Jordi de Novela en su 63 edición. Un reconocimiento que le llegó en diciembre de 2022, después de 19 años de ausencia femenina en la nómina de premiados de este destacado galardón de las letras catalanas [en 2003 lo había obtenido Carme Riera].

Gemma Ruiz Palà se alzó con «Nuestras madres» con el premio santi Jordi de Novela en 2022, después de 19 años de ausencia femenina en la nómina de premiados de este destacado galardón, algo que ha calificado como «Una vergüenza».

Pareciera que el azar hubiera propiciado que el carácter reivindicativo de la novela se reforzara con esta concesión que puso en evidencia una llamativa desigualdad de género, algo que la autora destacó en su discurso de recepción del premio, considerándolo “una vergüenza, una omisión imperdonable”; alegando que no estaba sola, que provenía de un rico y fructífero legado, y pasando a recitar los nombres de otras escritoras que hubieran merecido ganarlo a lo largo de todos esos años. 

Se refiere la escritora vasca Katixa Agirre en el prólogo del libro a la entrega como “una revisión histórica con ambición reparadora”; destaca la estructura de la novela como “una red que nos va envolviendo, creando un universo cercano, familiar y repleto de energía que se contagia”. Totalmente de acuerdo con ella, yo quiero destacar el elemento de la escucha, para mí esencial en el recorrido. 

Al hilo de esto, me permito introducir en este texto la lectura reciente de un ensayo singular y esclarecedor, Mujer y naturaleza, de la autora estadounidense Susan Griffin, del que he escrito en el número 79 de Lecturas Sumergidas. En el mismo, Griffin, pionera del ecofeminismo, se refiere a la escucha en unos pasajes de gran fuerza y belleza.

Nos volvimos hacia nuestras madres. Escuchamos las historias de sus vidas. Escuchamos antiguas historias repetidas. El tono. El volumen. El timbre. Volvimos a oír la historia de la casa limpia, volvimos a oír la historia de la cocina, la historia de la reparación, la historia de la ropa sucia. El tañido de la campana. La confluencia de tonos en el tañido de la campana. Los sobretonos de los gritos del parto, la historia del despertar nocturno, la historia de la puerta cerrada, la historia de su voz rabiosa, volvimos a oír las historias de las zorras. La resonancia, la horquilla del mismo tono que zumba en simpatía, la onda simpática. / Intentamos recuperarlas como niñas. Las buscamos como hijas...”, vuelvo a este fragmento, que prosigue con la pregunta de por qué habían sido ocultadas tantas historias; con la reflexión sobre el silencio, “por el que hemos perdido para siempre a algunas de nuestras madres”, y con la conclusión de que sobrevivimos al escuchar.

Mientras leía la novela de Gemma Ruiz, no podía dejar de establecer un puente con Susan Griffin. Su libro recorre la historia de las mujeres a lo largo del tiempo, una historia de menosprecio, de violencia, con episodios tan brutales como el de la quema en las hogueras de las consideradas brujas entre los siglos XV y XVIII. En el recorrido se hace un llamamiento a la necesidad de que las mujeres cuenten sus historias en compañía, se miren a sí mismas, al mundo, con sus propios ojos, desarticulando los relatos, las normas impuestas por los hombres siglo tras siglo.

Partiendo del hecho de que las conexiones que establecemos entre nuestras experiencias de lectura son siempre muy particulares, siendo, por supuesto, las perspectivas y propósitos de ambos libros muy diferentes, encuentro que la novela que nos ocupa, participa de la misma propuesta, desde otro enfoque, utilizando los mecanismos de la ficción. Puede ser que el paralelismo radique en ese don que Gemma Ruiz tiene de saber escuchar, al que se refiere Griffin. Por momentos da la impresión de que ha colocado la grabadora delante de sus protagonistas, que las ha dejado hablar con todo su desparpajo, libres de prejuicios. Lo más probable es que las historias cruzadas de esta novela provengan de muchas conversaciones oídas, de vivencias de personas cercanas, de lecturas, de ecos, de retazos de memoria, llamados a engarzarse, a hilvanarse, componiendo un espectacular patchwork en el que se contraponen tonalidades que van de lo más sombrío a lo luminoso. 

La empatía, la sororidad, son importantes en esta novela en la que se habla del “clan de la cicatriz”, una línea de unión, de afinidad, entre todas las narraciones. Se trata de escuchar, de cuidarse, de llorar y curar heridas juntas, en complicidad, porque hay muchas heridas, sacrificios, secretos que tardan en desvelarse, en este libro lleno de encuentros, de revelaciones, en el que emergen conflictos propios de la generación de mujeres de la transición española, pero también luchas que se mantienen. Así, asoman a sus páginas: las obligaciones conyugales que durante tanto tiempo fueron asumidas; la maternidad como obstáculo para el desarrollo de las vocaciones en el terreno profesional; el divorcio; el derecho al aborto; la homosexualidad femenina; el drama de las cuidadoras migrantes, el techo de cristal; la desigualdad en el ámbito doméstico; la intimidación, la violencia, la violación…

La empatía, la sororidad, son importantes en esta novela en la que se habla del “clan de la cicatriz”, una línea de unión, de afinidad, entre todas las narraciones. Se trata de escuchar, de cuidarse, de llorar y curar heridas juntas, en complicidad.

Cada una de las narraciones da cuenta de una circunstancia concreta y a la vez compartida por muchas mujeres. Relato a relato, Ruiz Palà va construyendo el devenir de la historia reciente, con paradas en momentos esenciales. Podemos considerar a Lali, Anita, Dolors, Gabriela, Bet, Lana, Isabel, Montserrat, Dora y Mireia, representantes de gran parte de la comunidad femenina. Es difícil no sentir la cercanía, no conmoverse con sus experiencias, no reconocerlas en nosotras mismas y en nuestro entorno.

Todas tienen algo que decir, que aportar, al conjunto. Cabe destacar el trabajo con las voces, cada una diferente, y con los diálogos, directos, ágiles. La autora consigue que tengamos la impresión de entrar en una sala y sorprender a un grupo de amigas hablando de sus cosas, destapando su intimidad, sus miedos, sus anhelos, sus secretos. No voy a hablaros de cada una de las historias, pero sí os diré que, entre mis predilectas, se encuentran las de Isabel, Anita y Gabriela. La primera nos habla de una mujer con grandes dotes para el arte que ha de renunciar a su sueño de convertirse en pintora a causa de la maternidad, de las imposiciones sociales de su tiempo, que la llevan a postergar sus deseos por el bien del desarrollo profesional del marido arquitecto.

Gemma Ruiz. Foto por Miguel Taverna.

Son circunstancias que Bet, su hija, descubre mucho tiempo después, al encontrar, tras la muerte de la madre, su obra oculta, sorprendentes autorretratos femeninos y domésticos, a contracorriente; singulares óleos centrados en las transformaciones del cuerpo que se despliega, que se abre para acoger otra vida, que dejan testimonio del poder de las mujeres. Hay un momento en el que la hija se plantea cómo pudo crecer sin ser consciente de que “en casa había una pintora excepcional”; en el que le pregunta a su padre cómo no pudo ver que se había casado con una artista. “No sé cómo se puede vivir con tanto menosprecio”, señala al escuchar las explicaciones de un hombre que se arrepiente de haber sido “de los que pensaban que las cosas de los hombres eran de primera y las cosas de mujeres, de segunda”.

Es de los pocos personajes masculinos en el libro que acaban asumiendo esa realidad, lo que me lleva a pensar en la necesidad de una educación basada en el feminismo, pero ese ya es otro tema… Son muchas las referencias a artistas, a escritoras, que aparecen en esta narración –el libro está lleno de homenajes, de reivindicaciones–. La vida de la madre y de la hija de la narración comentada se entrecruzan en distintos capítulos que dan cuenta del avance de las luchas femeninas y del tropezar, una y otra vez, en obstáculos similares. 

Cabe destacar el trabajo con las voces, cada una diferente, y con los diálogos, directos, ágiles. La autora consigue que tengamos la impresión de entrar en una sala y sorprender a un grupo de amigas hablando de sus cosas, destapando su intimidad, sus miedos, sus anhelos, sus secretos.

Os hablaba también de las historias de Anita y de Gabriela, ambas muy conmovedoras, ambas llenas de sacrificio. La de Anita, que transcurre en la década de los noventa, nos conduce al tema de las drogas (su dura batalla por salvar al hijo de la adicción); la de Gabriela al de las mujeres migrantes. En este caso, la protagonista entabla unos fuertes lazos afectivos con el niño que cuida mientras sus pequeños están lejos (ella piensa en la injusticia de “un mundo que, para que unas rompan el techo de cristal, necesita a muchas más que recojan los añicos”).

Cada historia, como ya os decía, es distinta de las otras, pero hay muchos puntos de afinidad entre ellas, y juntas trazan un mapa de la sociedad española que nos permite recobrar, por ejemplo, episodios como el de las luchas obreras lideradas por mujeres, conflictos como el de la homosexualidad perseguida, escenas de escapadas a ver cine porno a localidades francesas como Perpiñán (aquí, concretamente, se alude a El último tango en París); momentos circunscritos a la etapa del destape, circunstancias dolorosas como los viajes para abortar en clínicas de Londres, rememoraciones de  jornadas reivindicativas que despertaron a tantas mujeres… 

En otro de los relatos, el de Mireia, tan cercano al ahora, se afronta la distancia entre madres e hijas, educadas para valorar los logros masculinos, para participar en la ceremonia de la indiferencia contra las mujeres. Aquí la protagonista toma conciencia de la ceguera, de la injusticia, del desconocimiento hacia su madre, Dora, una mujer valiente que llegó a participar en el encierro de Motor Ibérica, en defensa de los trabajadores frente a los patronos. “A Mireia la mente le vuela del videoclip de Donna Summer a la foto del encierro de Motor Ibérica. Y a la herencia feminista que Pili ve tan clara. Y a los libros de Montserrat Roig en la estantería del cuarto de baño que después leería ella. Y a la cara de su madre cuando se plantaba con su padre. Y los argumentos que siempre encontraba para rebatir un mundo en contra”, vamos leyendo.

Me parece muy hermoso el puente generacional que se traza, la comprensión hacia todas las historias que salen a la luz, historias silenciadas durante mucho tiempo, que las madres no han contado a sus hijas; que las hijas no han querido, o no han sabido, escuchar. ¿Hasta qué punto el silencio, ese “mantener la boca cerrada”, tan patriarcal, define a las mujeres españolas cuya educación se forjó en gran parte en los pilares de la dictadura? ¿Cómo ha marcado ese silencio a sus descendientes?, nos preguntamos. Y pensamos en el legado, en lo que somos gracias a las luchas y logros de quienes nos precedieron.

Gemma Ruiz (Consonni).

Las voces de este libro son femeninas, pero reflejan circunstancias que afectan tanto a mujeres como a hombres. Se habla de madres e hijas, sí, pero igualmente los hijos varones pueden escuchar lo que sus madres han de contarles. En una de las citas que abren la entrega, de la ensayista y referente del feminismo Gloria Steinem, se alude al deseo de que los hombres “puedan identificarse con las parábolas protagonizadas por mujeres con la misma empatía que tan a menudo” estas “han manifestado hacia las suyas”. De forma similar lo expresaba la escritora Grace Paley: “Las mujeres escriben diferente a los hombres. Tenemos mucha conversación doméstica o personal. Las mujeres se sienten cómodas hablando de lo personal, a diferencia de los hombres. Se cuentan más cosas, y tienen muchos problemas en común. Algo interesante es que las mujeres han comprado libros escritos por hombres desde siempre, y se dieron cuenta de que no eran acerca de ellas. Pero continuaron haciéndolo con gran interés porque era como leer acerca de un país extranjero. Los hombres nunca han devuelto la cortesía”.

Como os decía, temas decisivos que nos han ido marcando colectivamente van emergiendo en los distintos capítulos, en un marco temporal que va desde el final del franquismo hasta un presente en el que las hijas ya son madres y han de  seguir preocupándose por sus propias hijas, porque el miedo al abuso, a la violencia, no se ha extinguido; porque la falta de respeto hacia los derechos de las mujeres sigue persistiendo en amplio sectores de la sociedad, donde, a día de hoy, las cifras de casos de violencia de género siguen siendo demoledoras; a día de hoy se discute incluso el “consentimiento” en casos de violación (ahí tenemos toda la controversia en torno a la ley del “sí es sí”). Ese miedo está muy bien reflejado en Nuestras madres y sobrecoge. 

Temas decisivos que nos han marcado colectivamente emergen en la novela, que transcurre desde el final del franquismo hasta un presente en el que las hijas ya son madres y han de  seguir preocupándose por sus propias hijas, porque el miedo al abuso, a la violencia, no se ha extinguido.

Hay una crítica a la Transición en el libro. En un momento dado se habla de una “transición corta de miras”, en otro de “pseudodemocracia”. La Democracia española no ha sido capaz de derribar los muros necesarios, de acabar con los prejuicios, de instaurar con firmeza un programa feminista eficaz para hacer frente a las rígidas normas patriarcales. En los últimos años se han impulsado cambios esenciales en materia de leyes, pero siempre con sectores de la política, de la población, intentando frenarlos… Todo ello se refleja, a través de experiencias vividas, en esta novela entrañable, conmovedora, amena, que nos lleva también a profundizar en las circunstancias de un país donde las rémoras de la dictadura han sido –siguen siendo todavía– una pesada carga.

La novela comienza muy acertadamente con una cita de Maria Aurèlia Campmany (Barcelona, 1918-1991), que yo tomo para culminar este artículo. La escritora catalana, tan vinculada a la cultura, al activismo y al antifranquismo en su tiempo, es una de las figuras que inspiran a Gemma Ruiz Palà en el recorrido de su novela. Sus palabras, expresadas en los sesenta, cargadas de sana ironía, siguen teniendo plena vigencia actualmente; nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de no renunciar a dar pasos adelante, a gritar todo lo que haga falta para no retroceder en derechos, para hacer frente al pensamiento reaccionario, misógino, siempre al acecho.

Nos dice Campmany: “La actitud de un lector ante un libro de una mujer que habla sobre la mujer debe oscilar entre los límites formulables en estas dos opiniones: Primera actitud: “¡Pobres mujeres! Ya estamos otra vez. ¿No habíamos quedado en que las sufragistas lo habían arreglado todo? ¿No tienen ya todos los derechos que pedían? ¿Acaso no votan? ¿No salen solas de noche? ¿No consiguen puestos de periodistas, de ministras, sabio de laboratorio y hasta un puesto en las cápsulas de los cohetes interplanetarios? ¿Ahora de qué quieren hablarnos?”. Segunda actitud: “Pero ¿no habíamos quedado en que eso del feminismo era un movimiento superado, como el anarquismo y el estudio del esperanto? ¿No habíamos quedado en que las mujeres, las mujeres de verdad, se habían dado cuenta, ¡gracias a Dios!, de que su lugar era su hogar, con los hijos, y que este papel secundario no era un papel secundario, sino una aureola de prestigio sagrado?” (…) Pero ambas actitudes llegan a la misma conclusión: ya no hace falta hablar de la mujer. De hecho, el problema de la mujer no existe”.
 
Madres e hijas, de Gemma Ruiz Palà, ha sido publicado por la editorial Consonni, con prólogo de Katixa Agirre y traducción del catalán de Gemma Deza Guil.


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