JEAN-PIERRE CASTELLANI © 2024 /
Imagen de cabecera: Celebración de la independencia de Argelia en el verano de 1962. Foto: Centre for the Study of Modern and Contemporary History /
“Los virtuosos”. Una autobiografía ficticia
Desde hacía algún tiempo, habíamos olvidado un poco a Yasmina Khadra. El gran escritor argelino, tan valorado por la crítica, no solo la francesa (cuenta con traducciones en todo el mundo), había publicado últimamente novelas bastante fallidas, caso de La última noche de Raïs (2015), Dios no vive en La Habana (2016) o La sal de todos los olvidados (2020). Por no hablar del dudoso episodio de su cargo como director del Centro Cultural Argelino en París, en 2008, a petición del presidente Abdelaziz Bouteflika, cargo al que puso fin en 2014, justo a tiempo para escapar del desastre final de la presidencia de Bouteflika, en 2020.
Ahora, con su última novela Les vertueux, (2022), Los virtuosos, (2023), ha regresado a la problemática de su tierra, Argelia. Como el salmón remontando el río, imagen que utiliza a menudo, reintegra la Historia de Argelia en su universo novelesco. Recupera la vena del que, a mi parecer, es uno de sus mejores libros, Lo que el día le debe a la noche (2019). El hijo del desierto, el nómada, el hombre que tiene Argelia en el corazón, vuelve a sus orígenes. Es el campesino Yacine Cheraga, el protagonista, quien nos cuenta su vida desde su participación en las batallas de la guerra 14-18, como fusilero en el ejército francés, hasta su regreso del presidio, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.
El arco temporal de la novela cubre desde el alejamiento del personaje de su familia hasta el reencuentro con ellos, al final de esos años de experiencias dolorosas, tras las que parece condenado a no encontrar la felicidad, ni siquiera la libertad. Se trata de una historia que podemos situar en la tradición de la literatura picaresca, donde un pobre hombre, un mendigo, relata, en primera persona, su odisea, hecha de dramas sucesivos, de fracasos repetidos de los que nunca parece escapar.
Estamos ante una autobiografía ficticia en la que Yasmina Khadra desaparece detrás de su personaje, hecho que explica la importancia de los diálogos en un extenso relato de 514 páginas que recorre gran parte de la Historia de Argelia a lo largo del siglo XX. El desafío es ambicioso, disperso a veces en aventuras secundarias demasiado detalladas, pero como ha afirmado el autor, en las entrevistas concedidas a los medios de comunicación tras la publicación de su libro: “Mi personaje encarna todo lo que ha sufrido Argelia durante la primera mitad del siglo XX, experimentamos todos los infiernos de la tierra”.

Según el escritor los períodos del pasado permiten comprender la Argelia de hoy. Y él quiere hablar de las guerras continuadas. La guerra, dice, es la quiebra del sentido común, no sirve para nada; nadie sale ileso. El protagonista es una persona llena de bondad, leal, cándida, educada en la rectitud, siempre correcta con los demás. Sin embargo, sufre un destino que le golpea sistemáticamente. Vive un verdadero vía crucis.
Khadra trabajó durante tres años en su libro. El resultado está ahí: un magnífico fresco sobre Argelia, una historia de aventuras, en la tradición de la novela occidental y la picaresca.
Un pacto diabólico
Todo comienza con un trato de tontos. A Yacine, un joven pastor muy pobre, un “caíd” todopoderoso le ofrece un pacto: ir a Francia a combatir en lugar de su hijo Hamza, a cambio de la promesa de una granja para sus padres. En una sociedad feudal, el “caíd” era la imagen del buen Dios. Podía convertir a un sinvergüenza en una persona notable y a una persona insolente en un ahorcado, teniendo más predisposición a castigar que a recompensar. Así que Yacine tomó el barco hasta Marsella, cruzó Francia y luchó en la batalla del Marne, bajo el estandarte del Segundo Regimiento de fusileros africanos. Luchó cuatro años contra los alemanes, intentando salvar el pellejo, aunque tenía que morir para que Hamza, el hijo del jefe, apareciera como un héroe, condecorado con todas las medallas, distinciones ganadas, a riesgo de su vida, por el desafortunado Yacine.
En «Los virtuosos» Estamos ante una autobiografía ficticia en la que Yasmina Khadra desaparece detrás de su personaje, hecho que explica la importancia de los diálogos en un extenso relato de 514 páginas que recorre gran parte de la Historia de Argelia a lo largo del siglo XX.
Sería un error situar esta historia en un discurso muy de moda actualmente sobre la explotación de los fusileros africanos alistados por la fuerza en los ejércitos franceses. Aunque, implícitamente, se cuestiona el sistema colonial, establecido por Francia después de la conquista de Argelia en 1830, es, ante todo, básicamente, una denuncia del régimen de los “caíds”. Porque, según Khadra, había dos tipos de jefes: los que estaban contra Francia y los que le eran leales. El que engaña al pastor es de estos últimos. En este caso, no cumplirá con su promesa y organizará el regreso del héroe disfrazado de su hijo. Peor aún, intentará asesinar a Yacine, el único testigo del engaño. Circunstancia que le impondrá una vida de errancia clandestina, que sabraá llevar siempre con sabiduría, resignación y confianza.
Una historia argelina
En definitiva, Khadra nos cuenta una historia argelina, entre argelinos, en un contexto colonial. Observamos que los europeos franceses están bastante ausentes. Se los ve en los pasajes sobre la Primera Guerra Mundial con oficiales que tratan brutalmente a los soldados indígenas, pero el papel de los colonizadores se limita a esas figuras de oficiales autoritarios y a otros personajes secundarios como el colono Bolzoni.
En el duro recorrido de Yacine, la salvación proviene de la solidaridad entre hombres, soldados o no, indígenas o no, franceses y argelinos: un pastor, un nómada, un herborista, una mujer sensual, un andaluz suicida, un carpintero, un suboficial. Incluso el terrible director de la prisión lo afirma: «Aquí me llaman Papá Galerias. Vengo de los mismos pozos negros que vosotros. Como vosotros, he experimentado hambre y cangrejos».

En su obstinada búsqueda de su familia, primero su padre, luego su mujer y su hijo, se topará el protagonista con algunos antiguos soldados, esos “turcos” conocidos en las trincheras de Verdún o de Louvemont. «Al final de la guerra, todos estos supervivientes sólo aspiran a hacer las maletas, olvidarse por fin de sus traumas y sus fantasmas.»
En el largo trayecto encuentra Yacine a su amigo Sid, que se enriqueció traficando, o a Zorg Er-Rouge, que se rebeló contra el ejército francés. Conoce a toda una humanidad de personas desclasadas, que componen una sociedad que no es colonial sino miserable, marginal, dentro de Argelia, ya sea en ciudades como Orán o Sidi Bel Abbès, ya sea en el desierto. Los capítulos sobre el vagabundeo de Yacine entre los beduinos nómadas se encuentran entre los más acertados del libro. Son una auténtica lección de vida.
Lo que salva a Yacine, perdido en esa espiral de desgracias, traiciones y duros golpes, es su testarudez para continuar el camino sin renunciar a su deseo de honestidad y de pureza, que lo empuja a menudo a peleas en las que no puede más que perder. Se niega a que su identidad se reduzca a esa sucesión de sufrimientos «Te pasan cosas increíbles, desvías el rumbo de tu existencia y la sacudes de arriba a abajo. Por mucho que huyas hasta los confines de la tierra, refugiándote donde nadie pueda encontrarte, te siguen como una jauría de perros callejeros y te convierten en alguien que no se parece en nada a ti, al fin y al cabo la única historia que recordaremos. Algunas personas llaman a estas cosas “mektoub”. Otros, menos irracionales, dicen que es la vida.»
El protagonista, el campesino Yacine Cheraga, Conoce a toda una humanidad de personas desclasadas, que componen una sociedad que no es colonial sino miserable, marginal, dentro de Argelia, ya sea en ciudades como Orán o Sidi Bel Abbès, ya sea en el desierto.
Yasmina Khadra, Mohammed Moulessehoul, en materia de estado civil, confirma con Los virtuosos que sigue siendo un formidable narrador. «Es mi texto más hermoso», ha señalado, añadiendo: «Traté de ir mejorando de un libro a otro. “Los virtuosos” es, espero, la culminación de esta perseverancia.»
Esta novela ilustra, una vez más para el autor, un mensaje de reconciliación, tanto más notable al estar firmado por el hijo de un combatiente del Ejército de Liberación Nacional; por alguien que sirvió durante veinticinco años en el ejército argelino contra los islamistas, antes de escribir novelas en defensa de una lucha basada en el humanismo. Esta narración se acerca más a la leyenda o a la historia de Las mil y una noches, a través de un héroe sincero que supera todas las pruebas del destino. El libro no es un panfleto, tampoco una acusación o un libro de carácter ideológico.

Se lo agradece el lector, que devora sin respiro las aventuras narradas. Aquí Khadra no se presenta como un escritor comprometido sino como un hombre que plantea preguntas, fuera de los deberes conmemorativos institucionales del momento, tanto en Francia como en Argelia. Para él, Los virtuosos es un libro importante, quiere ir al grano. Las palabras de su personaje son el mensaje que quiere transmitirnos: «Este es nuestro destino. Estamos aquí, fantasmas ebrios de antemano, luego desaparecemos, y nadie sabe qué se recordará de nosotros. Que caminemos sobre el agua, o que perdamos el equilibrio al cruzar el vado, no somos más que ilusiones que serán desempolvadas por el aliento de lo que nunca volverá a ser.»
Una lección de vida, en definitiva. No una moral basada en una visión maniquea de la Sociedad y de la Historia. Los virtuosos no se alistan en un solo bando sino que apuestan por la fraternidad.
“Un hombre sin título” de Xavier Le Clerc
En medio de tantos libros, más o menos exitosos, dedicados a Argelia, escritos por niños de segunda o tercera generación, en esa búsqueda de la memoria apoyada por instituciones en cada orilla del Mediterráneo, aparece el texto de Xavier Le Clerc, dedicado a su padre cabila. Se caracteriza por su sinceridad, su frescura y su calidad de escritura.
Podríamos pensar que se trata otra vez de la historia de un progenitor inmigrante, pero es mucho más que eso, estamos ante una auténtica creación, una mezcla equilibrada entre el relato de la vida del padre, reconstruida tras su muerte por el hijo, quien, a su vez, narra sus propias vivencias, una autobiografía que no puede entenderse sin recurrir a las raíces.
Xavier Le Clerc cuenta lo que desea en muy pocas páginas (ciento veinticinco), lo que es inusual este tipo de memorias familiares. Todo queda dicho con un tono tranquilo, sereno, reflexivo; a través de una escritura muy bella, precisa y poética. Ya desde el principio, hablando de su padre, indica el narrador: «Para comprenderlo, debo mantener una mirada serena, el corazón sereno y ahogar en mí todo sentimentalismo, debo contar finalmente el origen de la sangre que corre por mis venas.»

Como lectores nunca tenemos la sensación de que el autor cae en el sentimentalismo, pero nos invade una intensa emoción que culmina en la carta imaginaria que dirige a su progenitor, al final, después de su muerte. Una misiva donde le hace saber todo lo que ninguno de los dos supo confiarse durante su vida. Y le escribe en francés, la lengua de Camus.
La metamorfosis de un escritor
Xavier Le Clerc nació como Hamid Aït-Taleb, en Cabilia en 1979, pero se crió en Normandía. Hoy comparte su vida entre Francia e Inglaterra, donde se ha convertido en alto ejecutivo de una importante empresa de productos de lujo. Representa lo que podemos llamar un hijo inmigrante perfectamente integrado pero, leyéndolo, nos damos cuenta de que las cosas no son tan sencillas.
Sus libros anteriores habían pasado casi desapercibidos. El primero, De Grâce, novela publicada con su nombre real, Hamid Aït-Taleb (Jean Claude Lattès, 2008) cuenta la historia de Dilhya, una joven argelina que vive en un barrio pobre del barrio de Nanterre y se busca a sí misma, desgarrada entre su pertenencia a Argelia y a Francia.
Hamid Aït-Taleb huyó de la guerra de Argelia y sólo encontró represión y violencia en la Francia de la década de los 60. Con la nacionalidad francesa, se convirtió en Xavier Le Clerc. Bajo este nombre publicó su segunda novela, Cent vingt francs (Gallimard, 2021), que tuvo poca audiencia. Ahí explica la elección del nombre, con esta X de Xavier, como la cruz que firmaba su padre. Sabiendo que Aït-Taleb significa el clérigo, el hombre que ama las letras, lo hace suyo, porque leer y escribir siempre han sido sus pasiones. Entre sus autores favoritos: Camus, Giono, Faulkner, Gary, Sagan, Woolf, Dib, Kateb, Slimani, Laclavetine.
Lo que podría interpretarse como una traición, ilustra, por el contrario, la continuidad del vínculo entre el padre cabila y su hijo, que logró una integración que el primero no se atrevía a soñar para sus descendientes. Lo justifica al final de su libro: «He elegido no llevar más tu nombre sino traducirlo. Me liberé así, no sin dolor, de todas las responsabilidades identidarias. Gracias a la escuela, y especialmente a la literatura, me liberé de las limitaciones del determinismo. A decir verdad, no tengo más que un inmenso agradecimiento por la cultura francesa, su lengua y su riqueza.» Entre estas dos obras pasaron trece años. Parece que, mientras tanto, con su nuevo apellido, el autor ha encontrado finalmente su verdadera vocación.

Para nuestro mayor deleite Un homme sans titre (Gallimard, septiembre de 2022), Un hombre sin título (Cabaret Voltaire, mayo de 2023) es pues, su tercera novela, un texto breve que habla de la inmigración, la doble identidad o incluso la transmisión social. Una novela que establece el enlace entre la línea generacional de su familia y la de su padre, Mohand-Saïd. Un homenaje a este hombre, nacido en Cabilia y llegado a Francia en los años 60, que trabajó duro toda su vida para mantener a su familia de nueve hijos. Celebra su valentía, su modestia, su constancia; ese carácter esquivo, silencioso, pero de gran dignidad, a pesar de una vida humilde. El silencio de los padres es una constante en los relatos de hijos de emigrantes, como si los mayores quisieran ocultar o callar todo lo que han sufrido.
Una infancia cabila
Todo comienza con la consulta de los once artículos que Albert Camus escribió en 1939 bajo el título La miseria de Cabilia, publicados en el diario comunista «Alger-Républicain«. En esa investigación, que duró cinco meses, el autor describía y denunciaba la tragedia de los niños cabilas que pedían comida con “sus manos descarnadas extendidas entre sus harapos”; lo que él simplemente llamó una “ruta del hambre”. Veintitrés fotografías en blanco y negro ilustraban este informe. Por cierto, se trata de un testimonio que debería abrir los ojos a quienes en la Argelia actual consideran a Camus como un escritor colonialista, cuando, ya en 1939, hablaba de verdad, de justicia, de deber y de dignidad humana. En los textos citados mostró la insoportable pobreza y desafió al lector indiferente: “Mira adónde ha llevado tu política a Cabilia. ¡Todo puede cambiar!”
Xavier Le clerc Rinde homenaje a su padre, nacido en Cabilia y llegado a Francia en los años 60, que trabajó duro toda su vida para mantener a su familia de nueve hijos. Celebra su valentía, su modestia, su constancia; ese carácter esquivo, silencioso, pero de gran dignidad, a pesar de una vida humilde.
Camus apareció entonces como una figura moral en un contexto inmoral; lo que fue, por cierto, durante toda su vida. Le Clerc le rinde un homenaje notable, probando la influencia del Premio Nobel en la formación y la evolución de muchos argelinos. Una circunstacia que hace incomprensible el olvido impuesto por el poder en Argelia, donde Camus es el gran ausente en la educación de los jóvenes. El silencio de las autoridades oficiales del país es una confesión de debilidad o de ceguera. Que Camus no tenga en Argelia una calle, una plaza, un colegio con su nombre, es un escándalo. Pero esta es otra historia…
Xavier Le Clerc imagina que su padre, Mohand-Saïd, se encuentra entre esos niños miserables. El título del libro lo dice bien: Un hombre sin título hace referencia al hecho de que “este padre sólo tenía un título de residencia o de transporte, nunca un título de propiedad o de nobleza”, leemos. Y proseguimos: «Mi padre nació en medio del hambre, pasó su infancia durante la Segunda Guerra mundial, su adolescencia durante la Guerra de Argelia que aún no llevaba su nombre.» El autor ve en la figura paterna “una enorme lección de dignidad”.
Escribe al respecto: “Si tuviera unas migajas de su dignidad, estaría muy orgulloso de ello”. Y se dirige a él más allá de la muerte: “Si estabas tan aferrado a tu tarjeta de trabajador es sin duda porque eras un hombre sin título. Tú que naciste desposeído de todos los títulos de propiedad y residencia, sólo tendrás conocidos títulos de transporte y residencia. Título, en latín, significa “inscripción.”Y si efectivamente estabas inscrito en algún lugar en letra pequeña, lamentablemente fue sólo para que te borraran. Aparecías en la interminable lista de hombres a los que había que aplastar en el trabajo o -como les ocurrió a muchos otros que te precedieron- a los que había que amasar en las trincheras.»

Mohand-Saïd Aït-Taleb, nacido en Argelia en 1939, siguió la clásica ruta del inmigrante. Creció en un pueblo cabila, sin agua ni electricidad. Un “gourbi” situado entre Béjaïa y Tizi Ouzou. Su padre, Abdallah, caminaba horas y horas para trabajar en las tierras de los colonos. Mohand-Saïd Aït-Taleb llegó de Argelia en 1962. Dirección: la ciudad francesa de Caen. Después de cinco años de trabajo en la construcción y el cableado, de 1963 a 1968, el trabajador fue contratado como peón en la Société Metalúrgica de Normandía. Trabajó allí durante veinticuatro años para mantener a su esposa y a sus nueve hijos, hasta su jubilación anticipada forzosa.
Para describir este recorrido vital, el hijo utiliza fotografías y documentos de su familia: la tarjeta de trabajador de su padre, su expediente laboral. Reproduce una fotografía de éste, como había reproducido la de su abuelo Saïd, en la portada de Ciento veinte francos. Recuerda sus arrebatos de ira cuando el pago se retrasaba. Este hombre había sufrido, por tanto, todas las violencias; en los años cincuenta, la peor: la de su condición de trabajador de la metalurgia en Francia, que superó su dolorosa experiencia de pobreza durante la colonización francesa, en el transcurso de la guerra de independencia y después de lograda ésta. Si la desnutrición y la guerra no lo destruyeron, la vida en la fábrica acabó por destrozarlo.
El autor recorre la vida miserable de su padre: el hambre; la casi esclavitud en las plantaciones y viñedos regentados por los colonos franceses; la muerte prematura de sus abuelos; la guerra de Argelia y sus horrores, y finalmente el exilio hacia Francia, que buscaba entonces mano de obra barata. Finalmente su despido sin piedad cuando cerraron los altos hornos. Hasta su muerte en 2020.
Homenaje al padre
A través del retrato de un padre analfabeto y mudo, el autor rinde homenaje a los trabajadores que contribuyeron a la reconstrucción de la Francia de posguerra. Añadamos un matrimonio concertado con una prima joven, como era costumbre en la sociedad argelina de la época, con la cual tuvo numerosos hijos. Durante mucho tiempo, el narrador, uno de los nueve descendientes, no supo mucho sobre el pasado de su padre.
En el libro también se habla de la madre, una mujer valiente, como muchas madres de la época, quien sólo cuando regresaba al pueblo de Cabilia encontraba un respiro a una vida llena de sacrificios. «Los viajes a Argelia le dieron a mi madre, como a tantos inmigrantes, la oportunidad de brillar. Una corte de milagros donde finalmente desfilaron los humillados.», escribe el autor, quien dice que de ella, que adoraba al actor francés Fernandel, sólo conocía una barriga redonda. A su lado, él se erige como «un niño indefenso» que no sabía admitir en principio el enfado de su padre, pero que acabará entendiéndolo e incluso intentando apaciguarlo.
Nos cuenta el escritor su propia infancia en los suburbios grises de Caen, en un complejo de viviendas públicas, los viajes de ida y vuelta al campo, los edificios insalubres, su refugio en los libros de la Biblioteca municipal. Dedica hermosas páginas al poder de la literatura y al papel de las bibliotecas y de los profesores, aludiendo al apoyo de las monjas de Caen y a una trabajadora social que le asesoró. Es a través de la escuela, la lectura y los sueños alimentados por los libros, como Xavier Le Clerc encuentra su medio de emancipación. «Gracias a la escuela, me han construido los libros y las palabras.» escribe. La escuela, la cultura, vengarán el analfabetismo de sus progenitores. Recuerda a su padre que sólo conocía algunas palabras útiles para su trabajo como «fiambrera», «material», «casco», o «cable».
cuenta el autor su infancia en los suburbios grises de Caen, en un complejo de viviendas públicas, los viajes de ida y vuelta al campo, los edificios insalubres, su refugio en los libros de la Biblioteca municipal. Dedica hermosas páginas al poder de la literatura.
También nos hace partícipes de la dificultad que experimentó para encontrar trabajo con su apellido. Fue entonces cuando decidió cambiar su nombre, Hamid Aït-Taleb pasó a ser Xavier Le Clerc. Con él se le abrieron las puertas de grandes empresas y puestos ejecutivos.
Toda la violencia, la miseria, la injusticia sufrida, provocó en su padre arrebatos de ira, pero nunca rencor. Un fuerte sentimiento de soledad será el vínculo que perdure entre padre e hijo a través del tiempo. «Nadie sabía que mi padre padecía lo que yo llamaba la enfermedad del erizo. Y ahora, debo esforzarme por encauzar la emoción que me abruma, el precio que hay que pagar por esos viajes inmóviles y clandestinos que algunos llaman recuerdos, […] Mi padre tenía ojos incandescentes de artista, como un bosque de fuego. Una mirada que alguna vez nos miró durante mucho tiempo como si quisiera traspasar nuestra realidad, nuestra vulnerabilidad, nuestra esencia. Una mirada tan tenaz que exasperó a mi madre…», escribe el autor, quien indica que fue el despido laboral el que acabó por enterrarlo vivo, haciéndole caer en un silencio impenetrable. El hijo escribe esta terrible frase: «Nuestro padre se mantenía apartado como un producto caducado, retirado de los estantes del supermercado.»
En una de las numerosas entrevistas que concedió a los medios con motivo de la publicación de su libro, Xavier Le Clerc nos ofrece algunas claves: “Mi padre es el arquetipo de estos hombres que nunca se rebelaron. Son hombres que han derribado los muros, que han sido entrenados para ello. Rebelarse no es realmente su lugar. Lo suyo es la humildad, la aceptación. Y creo que para emanciparse de esa condición, primero hay que tomar conciencia de la misma… Mi padre caminó durante toda su vida, toda su infancia, para recoger las cosechas… La cuestión del caminar es un tema que vuelve en el libro. Caminamos para buscar agua, caminamos para sobrevivir. Y así cruzar el Mediterráneo no es más que un paseo.»
Casi medio siglo después, mientras su padre estaba postrado en cama en un hospital psiquiátrico, rompió el silencio en el que se encerraba para confiarle al hijo su angustia por haber sido torturado y humillado durante la guerra de Argelia, confesión que llegó muy tarde. Esta historia es, por tanto, a la vez una larga biografía del padre y un esbozo de autobiografía del autor que relata su formación humana, educativa, profesional y también su homosexualidad, circunstancia que precipitó la ruptura con su familia. Sus hermanos le ordenaban que callase, pero el rumor circulaba por el barrio y el escritor acabó marchándose y rompiendo con su entorno. El modo en que cuenta la despedida de su padre es especialmente conmovedor.
Esta historia es a la vez una larga biografía del padre y un esbozo de autobiografía del autor, que relata su formación humana, educativa, profesional y también su homosexualidad, circunstancia que precipitó la ruptura con su familia.
La única crítica que podemos hacerle a Xavier Le Clerc es que no trata este tema en profundidad. Lo hace por medio de elipsis, acercándose oblicuamente al conflicto. Por supuesto, es otro libro que el escritor nos debe. Aquí se contenta con hacer simples alusiones a la forma en que acabó aceptando su identidad sexual, revelada desde el principio.

Escuchemos a Xavier Le Clerc a propósito de Un hombre sin título, después de haberlo leído. Nos dice: «Mis personajes son parte de la curación de los recuerdos y una exploración de los vínculos entre Francia y sus antiguas colonias, Argelia en particular. Tengo la intención de escribir la continuación hasta hoy, un fresco de la inmigración a lo largo de un siglo. Amo profundamente Francia, su cultura y su idioma. Esperó tener un trabajo útil para el apaciguamiento de los recuerdos a través de esta novela. Nunca tomo partido por mis afiliaciones, ninguno de mis personajes es ideal. Me atraen mucho más su fragilidad y sus contradicciones. No podemos entender a Francia sin entender a Argelia. Sus historias están entrelazadas. Mi ambición es escribir una obra que recorra y explore la historia de Francia y Argelia, un fresco humanista. La colonización es muy compleja porque implica numerosas trayectorias para la mayoría de los proletarios, procedentes de Alsacia, España o Malta por ejemplo, y que soñaban con una tierra prometida. Escucho todo el sufrimiento y me guardo de cualquier animosidad o juicio estéril. Tengo muchas esperanzas para las nuevas generaciones de ambas orillas, porque se niegan a ocultar el pasado y no desean dictar un modelo para el futuro, sino construirlo juntos.»
Generosidad, gratitud, delicadeza y sensibilidad.
Es evidente que Khadra y Leclec no pertenecen a la misma generación. Khadra nació en 1955 y Le Clerc en 1979. Ninguno de los dos ha conocido la Guerra de Independencia (1954-1962), pero sí la Independencia de Argelia y la rebelión islamista contra el gobierno argelino (1992-2002). Han conocido una trayectoria vital bastante distinta, el primero en Argelia como oficial del ejército, el segundo en Francia como hijo de emigrante. Lo que los une es una relación problemática con su tierra de origen, caso de Khadra, y con Francia, tierra de un destierro doloroso para Le Clerc. Ambos cambian de apellido para publicar: Yasmina Khadra se llama de hecho Mohamed Moulesshoul, y adopta como escritor los nombres de su esposa. Una máscara femenina, por lo tanto. Le Clerc se llama Hamid Aït-Taleb. Nos explica que Le Clerc, apellido francés, es una traducción literal del apellido de su padre. Khadra es un antiguo militar que se ha vuelto un escritor profesional desde 1997. Suele valerse de la ficción para transmitir sus mensajes. Le Clerc es un ejecutivo de grandes empresas que cuenta la vida de sus padres y la suya a través de textos autobiográficos a partir de 2021.
Los dos coinciden en escribir sus novelas en francés y en proclamar su amor por la cultura francesa y el idioma francés, a pesar de la colonización de Argelia y del racismo sufrido por los emigrantes al llegar a Francia. Buscan, cada uno a su manera, una paz en la memoria colectiva. Son la prueba de que la literatura supera el maniqueísmo demasiado practicado por las autoridades políticas tanto en Francia como en España, encerradas, más allá de un discurso oficial, en una ideología de rechazo del otro.
Yasmina Khadra, Les vertueux, Miallet Barrault, septiembre de 2022.
Yasmina Khadra, Los virtuosos, Alianza Editorial, septiembre de 2023. Traducción Venceslao Carlos Lozano.
Xavier Le Clerc, Un homme sans titre, Gallimard, septiembre de 2022.
Xavier Le Clerc, Un hombre sin título, Cabaret Voltaire, mayo de 2023. Traducción David Martín Copé.









Deja un comentario