Foto cabecera: La fotógrafa Gerda Taro en España en 1937 /
Emma Rodríguez © 2024 /
(“España realmente me ha roto el corazón”. Martha Gellhorn)
“España realmente me ha roto el corazón”, escribió Martha Gellhorn, quien ejerció de corresponsal y vivió de primera mano momentos clave de la guerra, muchos de ellos en compañía de Ernest Hemingway, quien fuera su compañero. Reconozco que esta frase tan sencilla, y que tanto es capaz de expresar, me ha atravesado como una flecha, me ha conducido a tiempos convulsos, oscuros, cuyos fantasmas parecen emerger en un presente en el que asistimos perplejos y preocupados al ascenso del fascismo en Occidente, a la aceptación de sus discursos.
Gellhorn es una de las protagonistas de Mañana tal vez el futuro, un apasionante y revelador estudio de la historiadora Sarah Watling centrado en las vidas cruzadas de muchas “escritoras y outsiders en la Guerra Civil española”, mujeres valientes que tomaron postura a favor de la República y en contra del fascismo. Escribe su autora que ninguna de las personas que aparecen en su libro “quedó al margen del terrible golpe que sufrió la esperanza en la década de 1930 y los primeros años de la de 1940”, pero que “todas encontraron alguna manera de comprometerse”.
Me ha interesado, conmovido y afectado este ensayo del que empiezo a hablaros, una investigación a fondo de un tiempo que, para qué negarlo, me recuerda en muchos aspectos a situaciones que volvemos a vivir en la actualidad. Aunque Watling se detiene especialmente en la vida de un puñado de mujeres, son muchos los hombres que aparecen en un recorrido que nos devuelve al terreno de los ideales, del compromiso, de la solidaridad, de la resistencia, en cuyas páginas finales nos encontramos con las palabras ya citadas de la escritora Martha Gellhorn, expresadas en abril de 1939, una vez terminada la contienda, ante la terrible realidad del triunfo de Franco, ante el éxodo y la represión de miles de republicanos.
«Mañana tal vez El futuro» eS un apasionante y revelador estudio de la historiadora Sarah Watling centrado en las vidas cruzadas de muchas “escritoras y outsiders en la Guerra Civil española”, mujeres valientes que tomaron postura a favor de la República y en contra del fascismo.
Nos sumergimos en este trayecto, tan lleno de hechos y circunstancias cruciales que tal vez habíamos olvidado, de historias que, en gran parte, desconocíamos, de experiencias, testimonios, complicidades. La historiadora inglesa Sarah Watling, licenciada por las universidades de Cambridge y Londres, autora de Noble Savages, obra con la que obtuvo el premio Tony Lothian, consigue con esta entrega que nos enfrentemos al pasado, a la memoria; que reflexionemos sobre cómo se involucran las personas con los acontecimientos históricos que sacuden sus vidas. La mirada desde fuera resulta muy interesante, pues ofrece otra perspectiva del país en guerra, del sueño republicano que tantos extranjeros hicieron suyo, por el que pusieron en riesgo sus vidas.

Vamos pasando las páginas y nos encontramos con voces diversas, disidentes, rebeldes, muchas de ellas apagadas con el discurrir de los años. Aquí cabe decir que las mujeres en las que fija la atención la historiadora son apenas una representación de las que acudieron a luchar, a ayudar, a dejar constancia de lo que ocurría. Hubo muchas más, pero las que están representadas tienen mucho que aportar. Sus vivencias son dispares, del mismo modo que sus posiciones ante el conflicto; sus testimonios nos siguen despertando a día de hoy.
Además de la ya citada Martha Gellhorn, en Mañana tal vez el futuro nos encontramos con figuras centrales como la fotógrafa Gerda Taro y las escritoras e intrépidas periodistas, también activistas, Josephine Herbst, Nancy Cunard, Nan Green, Virginia Cowles, Sylvia Townsend Warner, Valentine Ackland y Jessica Mitford, junto a las que destaca la enfermera Salaria Kea, que se convirtió en todo un símbolo de la acción solidaria. Y, aunque no viajó a España, es relevante en el conjunto, Virginia Woolf, que estuvo muy pendiente de la guerra y la sufrió dolorosamente a través de la decidida implicación en la misma de su sobrino Julian Bell, miembro de las Brigadas Internacionales, que perdió la vida en la batalla de Brunete.
“Es evidente que España importaba. Pero lo que es raro en relación con la guerra civil española, que asoló el país entre 1936 y 1939, y acabó con su joven democracia, es lo mucho que le importaba a gente que no tenía nada que ver con España. Este no es un libro sobre los españoles. En realidad, ni siquiera es un libro sobre la guerra. Es un libro sobre algunos individuos –extranjeros– y cómo entendían su papel en la historia de la humanidad”, explica Sarah Watling, quien traza un mapa vital y emocional de un momento ante el que muchas mujeres no quisieron quedarse excluidas; que las llevó a escribir memorias, poemas, novelas, relatos y ensayos que nos conducen a la verdad, que se convierten en muros de resistencia contra la tergiversación y la mentira.

“Yo había estado pensando sobre el activismo y el aislamiento, sobre la responsabilidad, la libertad y la solidaridad, y sobre cómo una podía reaccionar ante ciertas posibles calamidades cuando se asoman en el horizonte. Y ahí estaban ellas con las calamidades de sus generaciones, y con sus reacciones. Podría admitir que tengo debilidad por la gente instintivamente rebelde, por las mujeres que no hacen ningún esfuerzo por complacer a nadie cuando hay cuestiones importantes en juego”, da cuenta de sus motivaciones la historiadora, quien se detiene en un hecho que resultó decisivo para activar su interés en la guerra civil española: la lectura de un llamamiento urgente a sus colegas escritores que hizo la escritora y activista Nancy Cunard al comienzo de la misma, tras constatar que, mientras la Alemania nazi y la Italia fascista brindaron al bando de Franco un fuerte y sólido apoyo que fue decisivo en su victoria, países como Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos se negaron a intervenir en defensa del gobierno republicano, que contaba a favor con una gran resistencia popular y con armas procedentes de la Rusia soviética y de México, para nada equiparables a las proporcionadas a los nacionales.
“Muchos de nosotros, en todas las partes del mundo, tenemos claro, con mayor certidumbre que nunca, que estamos obligados a tomar partido. La actitud ambigua, la torre de marfil, lo paradójico, el distanciamiento irónico, ya no sirven”, señalaba Cunard entonces, palabras que ochenta años después, en “una época de turbulencias nacionales e internacionales” como la actual, impactaron en Sarah Watling y la llevaron a tirar del hilo de la historia, a seguir pistas en busca de sentidos, a reflexionar sobre las similitudes con el ahora.
“Muchos de nosotros, en todas las partes del mundo, tenemos claro, con mayor certidumbre que nunca, que estamos obligados a tomar partido. La actitud ambigua, la torre de marfil, lo paradójico, el distanciamiento irónico, ya no sirven”, señalaba La escritora y activista Nancy Cunard.
“Establecer relaciones entre el pasado más oscuro y el propio presente, con todos sus problemas, implica caer en una especie de grandiosidad absurda. Y, sin embargo, en la época en que empecé a leer sobre Nancy Cunard, notaba, como muchas de las cosas que siempre había dado por descontadas comenzaban a desaparecer. Los procesos democráticos, los mecanismos de justicia e incluso la verdad estaban bajo una renovada amenaza. Mi país me parecía un lugar menos moderado y tranquilo de lo que solía pensar, y ciertos extremistas, recientemente envalentonados, tenían cada vez más fuerza en el espacio público. Las desigualdades económicas y de oportunidades se estaban haciendo mayores. La urgencia de hacer frente al cambio climático crecía clamorosamente. Resultaba difícil mantener la esperanza…”, vamos leyendo.
Sin duda somos multitud quienes nos sentimos identificados con Sarah Watling, con sus palabras, del mismo modo que con las pronunciadas en su día por Cunard. Confieso que me ha cautivado, seducido, la implicación de la autora de este ensayo, su proximidad a los acontecimientos, las preguntas que abre, el tono reflexivo, la manera en que va relatando las dificultades, contradicciones y límites de su investigación, el ritmo y la amenidad de una narración que capta la complejidad de los grandes momentos históricos desde la óptica de quienes decidieron actuar, arriesgarse, ese imprescindible “tomar postura” al que alentaba en todo momento Nancy Cunard, en mi opinión una de las figuras más atractivas y cautivadoras del recorrido.
Hija de una rica heredera estadounidense, que se instaló en Inglaterra y formó parte de los círculos de la alta sociedad, y de uno de los nietos de la mítica compañía de barcos de vapor Cunard, nuestra protagonista se caracterizó por la rebeldía desde muy joven y tuvo una existencia novelesca.

Fotografiada por Man Ray y Cecil Beaton, conocida por su vida disoluta, por servir de inspiración a personajes femeninos de escritores como Aldous Huxley, autora de libros de poesía como Parallax (Paralaje), publicado en su día en la mítica Hogarth Press de Virginia y Leonard Woolf, y convertida ella misma en editora (apostó por la obra de Ezra Pound, Laura Riding, Robert Graves y Samuel Beckett), lo que más llama la atención de su biografía es la manera en la que los acontecimientos de su tiempo cambiaron su modo de vida, hasta entonces centrada en la creación, en las diversiones y las llamativas fiestas de los años 20, y la llevaron a servirse de sus contactos, de sus privilegios, para comprometerse y ayudar en causas que consideraba justas.
En la década de 1930, “su principal preocupación era el activismo –el antiimperialismo, el antirracismo y el antifascismo– que ella canalizaba por medio del periodismo, la poesía y la edición”, indica Sarah Watling, quien en otro momento señala. “Había muchas opiniones diversas sobre Nancy Cunard; cuanto más se radicalizaba su postura, más voces hostiles se alzaban en su contra. El poeta Langston Hughes, en cambio, apreciaba la atracción que sentía su amiga hacia los ideales elevados y los conflictos a escala histórica”.
Interesada por los acontecimientos que acaecían en la España republicana, por las amenazas que se cernían sobre ella, tres semanas después de la rebelión, Cunard ya tenía un visado de periodista que le permitía quedarse tres meses en el país para entender lo que estaba sucediendo y contarlo a los lectores de fuera. Sus andanzas se van cruzando en el trayecto con las de las otras protagonistas, con tantas mujeres y hombres unidos por el compromiso. Compleja, apasionada, combativa y llena de energía, admirada por unos y denostada por otros, tenía claro que había que gritar a los cuatro vientos lo que estaba pasando, siendo muchas y osadas las acciones que acometió.
Con Pablo Neruda, con quien mantuvo un romance, editó una serie de seis panfletos de poesía bajo el título Los poetas del mundo defienden al pueblo español. El poeta chileno, Premio Nobel de Literatura en 1971, vivió en Madrid como cónsul de su país y cuando la conoció estaba profundamente afectado por el asesinato de su amigo Federico García Lorca, ejecutado por los nacionales, cuyo cuerpo fue arrojado a una fosa común. La guerra apenas había comenzado y los artistas de la zona republicana se unieron en la Alianza de Intelectuales Antifascistas.
La guerra no impidió que se siguieran creando canciones y poemas, que el teatro llegara a las trincheras, que se continuara con las campañas de alfabetización, volcadas en ese momento en los soldados. Todo esto lo cuenta muy bien Sarah Watling y podría dedicar este texto únicamente a este apasionante capítulo en el que la cultura pasó a la acción y, como dice la historiadora, “llegó a simbolizar las carencias del pasado y la promesa de la victoria”, convirtiéndose “en un punto de encuentro que distinguía la República de sus enemigos”.
Las andanzas de Nancy Cunard, que en las Navidades de 1936, hablando de Madrid, se refirió al “invierno de la muerte y el morir”, dan para mucho, del mismo modo que las de la ya mencionada escritora Martha Gellhorn, otra mujer de gran personalidad, que cubrió los grandes conflictos de su época, o las de la intrépida fotógrafa Gerda Taro. En realidad ninguna de las protagonistas de este libro, ninguna de sus historias, nos dejan indiferentes. Amor y lucha se dan la mano en sus devenires vitales. Gellhorn, una pacifista convencida, que simpatizó desde un primer momento con los republicanos, coincidió con Ernest Hemingway, al que ya conocía, en Madrid durante la guerra civil. Juntos, cada uno con su estilo, a su manera, dieron cuenta de los momentos clave de la contienda y acabaron convirtiéndose en marido y mujer. Su relación está llena de luces y sombras, muchos biógrafos apuntan a la rivalidad entre ambos, pero aquí los vemos en un momento concreto, límite, enfrentados a los bombardeos, a la tragedia, pero sin perder la capacidad de disfrutar, de tomarse respiros en medio del horror para poder superarlo.

“La guerra encajaba con Martha Gellhorn; todo lo extremo e intenso encajaba con ella. Pasaba en un instante de un polo a otro: tras sobrevivir a duras penas en zonas de guerra se sumergía en un retiro total, donde no se privaba de ningún lujo; se relacionaba con políticos, diplomáticos y celebridades literarias del más alto nivel, vestida de punta en blanco y rezumando glamur, pero también se sentía orgullosa de su capacidad para lidiar con la vida en el campo de batalla con “los chicos”; buscaba compañía y después necesitaba desesperadamente estar sola”, escribe Sarah Watling, quien se refiere a la atención que dedicaba a las personas, a los detalles cotidianos, en sus reportajes.
En uno de los pasajes dedicados a ella, la historiadora escribe sobre el importante papel que los periodistas tenían para recabar apoyos de los países que se mantenían al margen, para que se conociese la implicación de las potencias fascistas extranjeras con los nacionales, al tiempo que describe los ambientes en los que se movían en Madrid: Gran Vía, el Hotel Florida en la plaza de Callao, el edificio de Telefónica, que era un punto de encuentro crucial, desde el que dictaban sus artículos por teléfono e incluso podían dormir en catres instalados en los pasillos.
Martha gellhorn, una pacifista convencida, que simpatizó desde un primer momento con los republicanos, coincidió con ernest hemingway en madrid durante la guerra civil. Juntos, cada uno con su estilo, a su manera, dieron cuenta de los momentos clave de la contienda y acabaron convirtiéndose en marido y mujer.
Watling hace referencia a la sensación de abatimiento que experimentó Martha Gellhorn al final de la guerra, al ser consciente de que sus artículos no habían servido para salvar a nadie. Su fe en los gobiernos y en la justicia fue destruida tras la derrota de la República y el imparable ascenso fascista. No había sido posible pararlo. La Segunda Guerra Mundial fue una terrible continuación. En una entrevista para la televisión inglesa, concedida tiempo después, sobre su experiencia en España, valoraba “la inmensa valentía de la gente (…) una valentía absolutamente increíble en unas circunstancias espantosas”. En otra ocasión escribió: “La guerra es una enfermedad maligna, una idiotez, una cárcel, y el dolor que causa está más allá de lo que se pueda explicar o imaginar”.

Sarah Watling nos traslada al transcurrir de la contienda, a las distintas batallas, a los datos escalofriantes, a la desolación, pero lo hace desde las vivencias de sus protagonistas, a través de un dinámico cruce de experiencias, de voces, de miradas. Dispuestos a convertirse en los ojos del caos y el desastre, también del heroísmo de los combatientes, seguimos a Gerda Taro y Robert Capa en sus acercamientos al frente de batalla. Son muy conocidas sus imágenes de las mujeres milicianas, sus tomas mientras estas se preparaban para intervenir en la lucha. La pareja fue testigo de la euforia inicial en Barcelona, de la experiencia anarquista en la ciudad, que muchos vivieron como una especie de revolución. Fotografiaron para la revista “Vu” a niños con gorros de la CNT, a milicianas aprendiendo a disparar en la playa; pero también estuvieron presentes en tragedias como la crisis de refugiados provocada por el atroz ataque a Málaga de los nacionales en febrero de 1937.
“Cuando la ciudad cayó, miles de republicanos que habían permanecido en ella fueron fusilados o encarcelados (en Málaga las ejecuciones se prolongarían durante años). Decenas de miles de civiles, aterrorizados por el avance de los tanques italianos, habían huido de la ciudad y de los pueblos vecinos mientras Málaga era atacada desde el aire y desde el mar. Había una manera de escapar: por carretera, hacia el este, rumbo a Almería…”, va contando la autora de Mañana tal vez el futuro, quien narra la desesperación de los que escapaban y eran atacados en todas direcciones, perseguidos por escuadrones italianos que les disparaban con ametralladoras, bombardeados por cielo y mar, desde navíos que controlaban la costa. “Taro y Capa tuvieron que avanzar entre hordas de personas traumatizadas con sus cámaras. Los retratos de Gerda documentan un horror estupefacto e incapaz de expresarse; es el grito silencioso que hay tras los informes de Martha Gellhorn”.

El amor, el trabajo compartido y los ideales, fueron los pilares sobre los que se construyó la relación de la pareja de fotógrafos. Ambos, de origen judío, huían del fascismo; ambos se protegieron, ayudaron, abandonaron sus nombres de exiliados y se convirtieron en Capa y Taro. Ella empezó a trabajar con él, pero pronto ganó confianza en su obra y comenzó a realizar sus propios encargos, cubriendo el desastre de Madrid, las trincheras del valle del Jarama, la derrota de las tropas de Mussolini en Guadalajara…, nos cuenta Sarah Watling, quien la retrata como una mujer cautivadora, menuda y valiente, que aportaba alegría a los soldados al aproximarse al frente, arriesgándose, siempre en peligro. “Sus fotografías cuentan la historia de lo que quería aportar a la causa republicana, de lo que esperaba de esta”, indica la autora, recalcando el afán de Taro por conseguir pruebas que “demostraran ante el londinense Comité de No Intervención que Italia y Alemania estaban violando el acuerdo internacional”.
El amor, el trabajo compartido y los ideales, fueron los pilares sobre los que se construyó la relación de la pareja de fotógrafos formada por Gerda taro y Frank Capa. Ambos, de origen judío, huían del fascismo; ambos se protegieron y ayudaron.
Gerda Taro perdió la vida en España cuando menos lo sospechaba. Capa la esperaba en París para preparar un próximo viaje a China, un encargo de la revista «Life». Pero ella decidió volver una vez más al frente, el 23 de julio de 1937, cuando los nacionales atravesaron las líneas republicanas y llegaron a los límites de Brunete. La derrota fue brutal y desde las trincheras sacó fotos compulsivamente. Tras la retirada de las tropas, se dirigió hacia Villanueva de la Cañada, donde se subió a los estribos de un coche que trasladaba soldados republicanos heridos a El Escorial.
Los aviones alemanes no dejaban de bombardear la carretera en llamas y un tanque amigo, surgido de la nada, se les echó encima por la parte en la que ella estaba montada. “En el hospital, consciente a pesar de las gravísimas heridas que ha sufrido, pregunta por sus cámaras”, recupera la historiadora ese momento trágico. “En la Alianza de Madrid, algunos miembros de las milicias habían organizado una guardia de honor para homenajear a su “pequeña heroína húngara”, mientras una gran cantidad de dolientes desfilaba junto a su improvisado ataúd”, prosigue.

Hay muchas historias conmovedoras en este trayecto que, aunque se centra en la guerra civil española, resulta abarcador y consigue reflejar la complejidad de los conflictos y, en relación con ellos, de la condición humana. Imposible dar cuenta en este artículo de todos los matices y perspectivas que plantea un libro que se adentra en las vidas, en las emociones de sus protagonistas y, al mismo tiempo, en las circunstancias del tiempo que les tocó vivir, afrontando grandes temas de debate que siguen muy vigentes ahora, abriendo el foco hacia la lucha de clases, el feminismo, el racismo… Me he centrado en tres mujeres que no dudaron en tomar postura, pero son muchas más. En el cruce de caminos que se plantea nos encontramos también a la novelista Josephine Herbst, una convencida mujer de izquierdas que se había iniciado como reportera en Cuba y que no se sentía nada afín a compañeras como Martha Gellhorn, a la que consideraba una privilegiada.
La experiencia de Herbst es la de la confusión ante las hostilidades que estallaron en el bando republicano en la primavera de 1937, dando lugar en las calles de Barcelona a “enfrentamientos sangrientos entre los comunistas y sus rivales: los anarquistas y el trotskista POUM”, algo denunciado en su momento por el escritor George Orwell, que había combatido con la milicia del POUM y se libró por los pelos de ser arrestado por los comunistas. Watling explica que, aunque Josephine se identificaba con la lucha contra el bando nacional, esa atmósfera le resultaba paralizante a alguien como ella, que creía en la fuerza de los cambios, de la revolución, y siempre iba en busca de la verdad. La misma incertidumbre ante estos hechos la experimentaron otras de las protagonistas de este libro como Gellhorn o Cunard, quienes tuvieron claro que la prioridad era la lucha antifascista y que para ello había que decantarse por un bando, aunque no fuera perfecto.

Ya que hablamos de Barcelona, conviene retroceder un año respecto a lo contado en el párrafo anterior. Resulta muy interesante en el trayecto la parte dedicada a la capital catalana, que durante la República tenía su propio gobierno y que se convirtió en 1936 en un bastión anarquista con gran potencial revolucionario. Muchos intelectuales, como el citado Orwell, se sumaron a la experiencia y creyeron que un nuevo tipo de sociedad estaba naciendo. Por un breve periodo de tiempo, fábricas, tiendas y bancos fueron dirigidos por sus empleados; “el Hotel Ritz pasó a llamarse “Hotel Gastronómico Número Uno” y se convirtió en una cantina pública donde podía comer cualquiera que lo necesitase; los comités revolucionarios asumieron las responsabilidades que antes ejercían las autoridades, y Cataluña comenzó a ser gobernada por una coalición de milicias antifascistas”, vamos leyendo.
Cada personaje, cada vivencia en este libro coral ayuda a observar distintos planos de la realidad, circunstancias concretas, contradictorias, capítulos que se van uniendo hasta trazar el mapa, entre luces y sombras, de lo acontecido. La destrucción de Guernica; la situación de Valencia, sede del gobierno republicano tras su evacuación de Madrid, tantos y tantas batallas; tantos escenarios de una España destrozada, brutalmente herida, marcada.
La enigmática figura de Salaria Kea, en cuya biografía escurridiza se sumerge Sarah Watling, es otro de los grandes atractivos de su investigación. Salaria fue la única enfermera afroamericana que se trasladó a España, formando parte de la Brigada Abraham Lincoln. Su lucha contra el racismo y la igualdad, a favor de la democracia, la impulsaron a comprometerse y se convirtió en todo un símbolo de la solidaridad, en protagonista de artículos de prensa y de películas sobre la guerra. A su lado emerge la figura de Nan Green, comprometida comunista británica que siguió a George, su pareja, y sufrió su pérdida en España; y las de Sylvia Townsend Warner y Valentine Ackland, dos mujeres enamoradas, convencidas comunistas, que desafiaron las convenciones de la sociedad de su tiempo y encontraron nuevos espacios de solidaridad en “el latir de la causa republicana”.
Salaria KEA fue la única enfermera afroamericana que se trasladó a España, formando parte de la Brigada Abraham Lincoln. se convirtió en todo un símbolo de la solidaridad, en protagonista de artículos de prensa y de películas sobre la guerra.
Son muchas más las mujeres, también los hombres, que hacen acto de presencia en este revelador recorrido (Virginia Cowles, Jessica Mitford y sus hermanas, Langston Hugues, Stephen Spender, Simone Weil… que pasó brevemente por la España en guerra). Sus historias merecen la pena ser recordadas. Por encima de todas ellas planea la figura de Virginia Woolf, su diferente forma de comprometerse, con la palabra, con las ideas. La escritora no logró convencer a su sobrino, Julian Bell, hijo de su hermana Vanessa, de que desistiera de unirse a las Brigadas Internacionales, pero él no encontraba razones para no hacerlo y se decantó por participar en la guerra como conductor de ambulancias. Las dos mujeres temían por su vida y los más oscuros presagios se cumplieron. La pérdida fue devastadora para ambas.

En otro artículo de Lecturas Sumergidas sobre la correspondencia de la escritora se refleja su dolor, su impotencia, y el efecto de las contiendas mundiales que atravesaron su vida. Sin despreciar los principios que habían impulsado a Julian a tomar partido de forma directa, ella tenía muy claro que su combate tenía que desarrollarse en el plano intelectual, pensando y buscando argumentos de largo alcance, siempre a favor de la paz. Apoyó actos de recaudación de fondos, pero no se sintió obligada a responder a todas las peticiones –manifiestos– que llegaban a sus manos, pues, a su parecer, tendían a simplificar demasiado las complejidades de fondo de lo que sucedía.
Con Virginia Woolf introduce Sarah Watling el tema de la torre de marfil, del compromiso de los intelectuales. Frente a la guerra la autora de Una habitación propia respondía con más feminismo y con una decidida protesta contra el patriarcado, un punto de vista expresado ampliamente en su libro Tres guineas, en el que se sumergió en aquellos tiempos. Para ella “luchar siempre había sido un hábito de los hombres, no de las mujeres” y “a toda la gente que insistía en la necesidad de combatir el fascismo, les respondía que había una tiranía que combatir en casa”. Al plantearle la pregunta de cómo podía prevenirse la guerra, argumentaba que “liberando el pensamiento de las normas embrutecedoras y masculinas que gobernaban la sociedad y que constituían una de las causas primeras de la guerra”.
Decía la escritora que el hecho de que las mujeres hubieran estado siempre “al margen” se convertía en su “poder”; les otorgaba “independencia de pensamiento”, una independencia “que se pondría en peligro si renunciaban a las particularidades de su punto de vista”. Si esto último sucedía, “las mujeres simplemente contribuirían a mantener un sistema que perpetuaba la guerra, y aprenderían a excluir a otros de las posiciones privilegiadas con los mismos métodos con que habían sido excluidas ellas”.
Al plantearle A Virginia Woolf la pregunta de cómo podía prevenirse la guerra, La escritora argumentaba que “liberando el pensamiento de las normas embrutecedoras y masculinas que gobernaban la sociedad”.
Woolf propuso crear una “Sociedad de los que están al Margen”, cuyos miembros rechazarían recibir honores, participar en la industria militar y tomar parte en actividades patrióticas que “fomentaran el deseo de imponer” civilizaciones o dominios sobre otros pueblos. Hacía un llamamiento a hacer preguntas, cuestionar las cosas, decir la verdad. Sarah Watling utiliza ese estar en el margen para enlazar a sus protagonistas. La mayoría de ellas adoptaron esa posición para conservar la integridad; se inclinaron por “seguir una ruta y unas normas propias, haciendo frente a una sociedad hostil y poco comprensiva”, lo que sin duda fue –habitar en los márgenes siempre lo es– , una empresa solitaria.
Merece mucho la pena reflexionar sobre los planteamientos de Virginia Woolf, sobre estos asuntos con los que tanto había discutido con su sobrino, quien le recriminaba que no era tiempo de palabras, para quien “rendirse o luchar” eran las únicas opciones posibles. Mañana tal vez el futuro (escritoras y outsiders en la guerra civil española) es un homenaje a quienes combatieron en las Brigadas Internacionales, a quienes supieron ver que España simbolizaba la lucha antifascista; que había que ganar esa partida para frenar el avance de la barbarie en Europa.

Llegada a este punto, no puedo dejar de transmitir el estremecimiento que me provocaron las páginas dedicadas al término de la guerra, un final que Nancy Cunard denominó “el triunfo del infierno”, en el que entran el hambre, el éxodo, la huida, de miles y miles de republicanos hacia el norte, en dirección a Francia, mientras la aviación del bando nacional los bombardeaba y ametrallaba, con el ejército republicano emprendiendo la retirada y los líderes asumiendo el exilio.
Ella estaba allí, lo observaba todo para contarlo, consciente de que esa tragedia era “solo una parte minúscula de lo que estaba por llegar” a Europa. La escritora y activista criticó la actitud de Francia, la apertura de campos de reclusión a los que fueron a parar gran parte de los que escapaban del horror. “Pensábamos que seríamos recibidos como héroes por haber resistido al fascismo durante casi tres años. Nos dimos cuenta de que había sido en vano”, toma Sarah Watling las palabras de un exiliado. Y no se olvida, en otro momento del recorrido, de la manera en que los brigadistas que sobrevivieron y regresaron a Estados Unidos fueron tachados de izquierdistas e incluidos en listas negras, lo cual perjudicó sus futuros.
Volviendo a la situación de los vencidos, recordemos que cuando Francia fue ocupada, sus campos pasaron a ser utilizados por los nazis. “A partir de 1939 hubo diez campos de concentración en Francia […] Decenas de miles de españoles murieron desatendidos” y siete mil fueron utilizados como esclavos por los alemanes, constató Martha Gellhorn tras visitar una de las instalaciones en 1945. En otro momento vemos a Nancy Cunard ayudando a huir de la reclusión a gente que había conocido en los distintos escenarios de la guerra.
Al final del trayecto Watling introduce algo de luz al relatar el viaje del buque SS Sinaia, que partió de la ciudad de Sète, en mayo de 1939, con 600 familias españolas a bordo. También es hermosa la historia de la maleta mexicana, una historia sobre el rescate de tres cajas de cartón llenas de películas, que llegaron en 2007 al Centro Internacional de Fotografía de Nueva York, después de un trayecto lleno de vicisitudes, con cuatro mil quinientos negativos correspondientes a la guerra civil española. Fotos tomadas por Robert Capa, Gerda Taro y su amigo David Seymour.

Ahora que, desde determinados sectores reaccionarios de la política y la sociedad española, se intentan destruir, acomodar, las leyes de memoria histórica, reduciendo el relato de la guerra civil a la equidistancia, a la equiparación de la defensa del gobierno legítimo con el ataque de los golpistas, merece mucho la pena acometer esta lectura. Ahora, cuando resurgen los fantasmas del fascismo en tantos lugares, cuando se intenta instaurar nuevamente el ardor belicista a nivel europeo e imponer las armas al discurso pacifista, es oportuno emprender lecturas que remuevan las conciencias y eviten que olvidemos. Frente al apoyo cerrado de tantos gobiernos al genocidio sionista contra el pueblo palestino, sin tener en cuenta la opinión de las ciudadanías a nivel global, resultan enormemente valiosos libros como este.
Como constata la historiadora, resulta imposible no pensar en lo que estamos viviendo mientras pasamos las páginas del ensayo, trazar paralelismos con la década de los 30 del siglo pasado. Sé que conviene no aplicar una mirada a corto plazo y que debemos tener claro que a lo largo de la Historia siempre ha habido desastres, guerras, episodios decepcionantes. Sí, lo sé, le digo a quien me lo recuerda cuando lamento los males del ahora, pero también le comento que de la evolución y del progreso humano hemos de esperar, de seguir esperando, mejora, reparación.
¿Qué hay del ánimo colectivo ahora mismo? ¿Nos ha ganado la indiferencia? ¿Tiene sentido seguir luchando? ¿Basta con compartir y expresar opiniones de protesta en las redes sociales? ¿Sirven de algo las manifestaciones, por muy masivas que sean? Pese a todo, sí, me respondo, mientras acuden a mí las imágenes de los estudiantes poniendo el cuerpo en tantas universidades en favor de Palestina, de los activistas por el clima, de los miembros de partidos políticos que siguen creyendo en la posibilidad de mejores horizontes de futuro. La lucha antifascista sigue siendo hoy tan necesaria como ayer; ahí nos encontramos, nos identificamos, nos abrazamos, con las protagonistas de este libro impactante, emocionante.
Mañana tal vez el futuro (Escritoras y outsiders en la guerra civil española) ha sido publicado por la editorial Taurus, con traducción de Mariano Peyrou Tubert.









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