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Emma Rodríguez © 2024 /
Seguir mirando lúcidamente al mundo y plantear preguntas incómodas es el punto de partida de Contra la actualidad, un estimulante ensayo que terminamos de leer con la sensación de haber dejado entrar por la ventana aire fresco. Su autor, Albert Lladó (Barcelona, 1980), un hombre curioso e inquieto que se asoma a las contradicciones del presente desde ámbitos como el periodismo, la novela, el teatro y el ensayo, se dedicó durante un año, como cuenta en el prólogo, a interrogarse sobre distintas cuestiones relacionadas con la manera en la que vivimos y percibimos la realidad, a partir de los libros, las películas, los artículos de prensa que iba leyendo, viendo, consultando.
El resultado es un libro ágil, ameno, motivador, capaz de dibujar un mapa personal del ahora a través de los cuestionamientos, las perplejidades, preocupaciones y vueltas de tuerca a los relatos asumidos de quien lo traza, un mapa que hacemos nuestro sin dificultad, porque, claramente, refleja las sociedades que habitamos, sujetas a la velocidad tecnológica, a los principios capitalistas del afán de consumo y la productividad por encima de todo. La osadía y la capacidad para adoptar ángulos de visión a contracorriente, lejos de los argumentos repetidos, convierte en especialmente atractiva esta entrega, que lleva como subtítulo Treinta preguntas ante la robotización del presente, y que pretende convertirse en “una conversación íntima y radical” en torno a temas que, aquí y ahora, nos afectan.
“¿Por qué miramos al ahora como si fuera un decorado en el que no podemos cambiar nada de sitio?”, nos plantea Lladó a bocajarro, dando cuenta, de una manera absolutamente directa, del desafío de su ensayo: lograr que respondamos a la cuestión, que pensemos sobre todo lo que aceptamos, incluidas las mentiras, sin apenas darle vueltas; sobre la sumisión y la conformidad constantes; sobre la peligrosa indiferencia ante las cosas que están sucediendo a nuestro alrededor. “El mundo es múltiple, y nuestra visión reduccionista del presente no se entiende si no es por el miedo que solemos tenerle a la complejidad”, nos indica el autor.
Combatamos la “pereza de pensamiento”, huyamos de la “calderilla de la actualidad” (expresión tomada de Walter Benjamin), parece querer decirnos Lladó desde su postura de observador que profundiza y traza diagnósticos, pero también indica, sugiere caminos. “Vivir el presente no puede reducirse al consumo de las imágenes que se nos ofrecen como síntesis del deseo, el anhelo o el temor que no sentimos como propios, que no sabemos de dónde provienen, que obvian cualquier suerte de trayectoria pasada y futura. (…) La actualidad es una estación de servicio, aislada en su propio vacío, sin carretera de llegada ni de destino”, argumenta el ensayista, quien, parte del pensamiento de Benjamin (“hemos ido perdiendo uno tras otro pedazos de la herencia de la humanidad”) nos invita a recobrar el hilo de la continuidad, porque “en cada huella, en cada ruina, está también lo que un día fue actualidad y hoy es olvido”; porque “la memoria es una herramienta fundamental, una palanca de cambio, para leer el ahora como un palimpsesto, como un manuscrito en el que aún hay muchas frases por leer, muchos relatos por actualizar”.

En este punto, miro yo, a través de esta Ventana Propia, de este espacio de contemplación siempre abierto, a otro filósofo, el francés Jean-Luc Nancy, al que ya me he referido en otro artículo de Lecturas Sumergidas, quien escribía: “En estos días a menudo nos sentimos tentados a percibirnos a nosotros mismos (nosotros: los habitantes de los llamados mundos “desarrollados”) como un presente desprovisto de pasado y de porvenir fiables, y que cada día extiende un poco más una niebla en la que se difuminan los contornos y el sentido de nuestro avance. De poca ayuda nos resulta nuestro pasado, ya sea el del humanismo o el del comunismo, y nuestro porvenir nos ofrece más dudas que certezas. Al mismo tiempo tenemos un sentimiento de inmovilidad o de suspensión dubitativa en la que nos sentimos desorientados. hasta el punto de refugiarnos en lo que algunos llaman un “presentismo”. Este término tiene un sentido teórico (la afirmación de la exclusiva existencia del presente) y un sentido práctico (“ocupémonos del presente, lo demás está fuera de nuestro alcance”).
«La actualidad es una estación de servicio, aislada en su propio vacío, sin carretera de llegada ni de destino”, argumenta Albert LLadó, partiendo de la idea de Walter Benjamin de que “hemos ido perdiendo uno tras otro pedazos de la herencia de la humanidad”.
En otro momento, cuando Lladó se refiere al “permanente culto a la novedad”, no puedo dejar de recordar otros libros de filósofos como Josep Maria Esquirol o Byung-Chul Han, ambos también presentes en las rutas de esta revista. Me encanta la red de conexiones, de puentes, que llegamos a levantar a través de las lecturas; las búsquedas y diálogos inspiradores que nos vamos encontrando, que tanto nos nutren. Esta entrega participa de este espíritu. Hay en ella gran cantidad de referencias a otros libros, a otras búsquedas y creaciones. Ese juego, ese ejercicio de establecer afinidades y paralelismos, ya es una forma de combatir el reinado de lo actual, de lo reciente, de lo novedoso.
Nos dice el autor: “Hemos canjeado la máxima cartesiana, que defiende la duda como principal método filosófico, por una cultura de la proclamación constante, continuada. Anunciamos un nuevo modelo de teléfono móvil, una aplicación infalible, un reloj, un proyecto personal, un programa informático, una generación de escritores, una almohada revolucionaria, o el hallazgo largamente soñado que, más allá del impacto inicial, en realidad no anuncia gran cosa”.
Y, un poco más adelante, nos pregunta: “¿a qué responde esa obsesión en proclamar el mundo como un mercado de novedades?, conduciéndonos a reflexionar sobre “el impacto” y “el asombro”. El primero, “un golpe que se clava en el interior, produce hematomas”; el segundo, “una perplejidad que logra sacarnos de adentro hacia fuera, dilata la mirada”. Intentemos pues, identificar las magulladuras de los impactos para poder evitarlos; dejémonos asombrar, no necesariamente con lo nuevo, sino con los diferentes matices de lo ya vivido, con el ciclo de las estaciones, con las repeticiones a las que alude Lladó, en este caso en compañía de Sören Kierkegaard, quien en su obra se refiere a las pequeñas desviaciones, variaciones, de lo ya experimentado, entre el reconocimiento del pasado y la actualización del presente.
“Repetir el mundo –con esas sutiles alteraciones– es interpretar la realidad como si fuera una partitura”, indica el ensayista, quien también se refiere a “la pulsión vitalista de los rituales”, mientras yo ya me he puesto a pensar en una obra también muy inspiradora del filósofo Arash Arjomandi, Gozar la vida por medio de actos bellos, de la que también se da cuenta en otra de nuestras páginas sumergidas, una obra donde el pensador otorga trascendencia al tiempo de lo vivido y nos habla de la reiteración de aquellos actos que, además de quererlos en el momento de decidirlos y ejecutarlos, también deseamos que sigan acaeciendo en el futuro, que se repitan, porque en ellos encontramos satisfacción, alegría interior; porque nos hacen bien y pueden transmitir ese bien, ese algo valioso, a nuestro entorno, a los demás.
¿a qué responde esa obsesión en proclamar el mundo como un mercado de novedades?, se pregunta Lladó, reflexionando sobre el impacto y el asombro. El primero, “un golpe que produce hematomas”; el segundo, “una perplejidad que dilata la mirada”.
Volviendo al libro que ahora nos ocupa, tan lleno de cuestionamientos, me detengo en un capítulo –imposible hacer paradas en todos– que resulta esencial y muy oportuno en un trayecto que afronta las vertientes y las trampas de la actualidad. Me refiero al que analiza el papel de los medios de comunicación, tan atentos a lo impactante, tan contaminados hoy por bulos y mentiras constantes. “¿Qué es lo que huele mal en el periodismo?”, es su significativo título, tan relacionado con lo que Nietzsche ya había visualizado en 1882: “Un siglo más de periodismo y todas las palabras hederán”, dejó escrito el autor de Así habló Zaratustra, una sentencia de la que parte el pensador Josep Casals en su ensayo Crónica crítica, que sirve de referencia a Albert Lladó al enfrentarse a este tema.
El culto a lo nuevo, el lenguaje estereotipado, las palabras “violentadas, hasta tal punto que han perdido su capacidad para narrar la complejidad del mundo al que se refieren”, que denuncia Casals, así como la actual dependencia de la viralidad, la obsesión por la audiencia, el baremo del éxito fácil, del aplauso, definen el presente de los medios, enfrentados, cada vez más, a la indiferencia de los lectores, como observa Lladó, quien critica la utilización del periodismo por algunos como “trampolín, como escalera mágica en su ascenso social o político”; como forma de propaganda. Recordemos la importancia de los medios en el ascenso del nazismo y del fascismo en Italia; en el triunfo del Brexit en Gran Bretaña… No tenemos que ir muy lejos, pensemos en los resultados de procesos electorales recientes; pensemos en el dinero gastado por determinadas formaciones y grupos de poder en diversas publicaciones que les sirven de altavoz.

Recuerda Lladó que ya Balzac se refería en su tiempo a la impunidad de la prensa, “un cuarto Poder dentro del Estado”, que puede atacar a todos, muchas veces sin razón ni certeza, sin que nadie la ataque: “Es hora de discutir a estos hombres mediocres que ocupan un lugar importante en su época”, señalaba el clásico. La situación no es nueva, pienso llegada a este punto, pero se ha agravado, porque ahora la utilización perversa de la tecnología amplifica el efecto de las noticias falsas, las expande y facilita la manipulación, la capacidad de influir en el destino de las sociedades, de las naciones.
Pese a todo, el autor del ensayo del que os estoy hablando, defiende “el compromiso y la pasión” del buen periodismo, que “siempre encuentra la rendija para colarse”. Está convencido de ello, del mismo modo que lo está de su carácter de “contrapoder contra los relatos dados, impuestos, contra la literalidad de quien pretende encajar el mundo en una casilla prefabricada, en una descripción fría y estéril”. Estoy de su parte, pero creo que, en un ahora tan saturado de informaciones, hay que estar preparados para distinguir las malas prácticas, para identificar las manipulaciones y engaños a los que determinados medios –incluso prestigiosos– nos someten, para saber distinguir, apoyar y compartir las noticias rigurosas y contrastadas, para valorar el trabajo de los profesionales honestos. ¿Debería incluirse en los colegios una asignatura que enseñase a los estudiantes a guiarse en la intrincada maraña informativa?, me pregunto mientras voy escribiendo.
Recuerda El autor de «Contra la actualidad» que ya Balzac se refería en su tiempo a la impunidad de la prensa, “un cuarto Poder dentro del Estado”, que puede atacar a todos, muchas veces sin razón ni certeza, sin que nadie la ataque.
“Ante la burocratización de la vida, aún es posible el compromiso –el del periodismo, y también el del pensamiento– para abrir espacios a la imaginación. E imaginar no es inventar, es crear imágenes que nos permitan poner palabras a un mundo que tantas veces nos deja sin palabras”, argumenta Albert Lladó, que en otro capítulo del ensayo se pregunta quién dibuja nuestro mapa de la vida y se refiere a lo acostumbrados que estamos hoy “a escuchar que lo importante es dominar el relato”; que “lo fundamental es marcar agenda propia”.
Señala al respecto que se trata de “una reacción comprensible ante una concepción de la actualidad demasiado rígida, agarrotada, gracias a la cual las portadas de los diarios siempre explican lo mismo de los mismos”. Y nos dice que “entrar en esa dialéctica es entrar en una batalla que puede suponer una trampa”, porque “querer dominar la agenda, intentar dominar el relato, es también una forma de expulsar la diferencia”; porque “uno puede compartir sus acontecimientos, pero no imponerlos a los demás”.
Si por algo resulta motivador este libro, creo que ya lo he apuntado, pero no está de más insistir en ello, es por su capacidad para romper clichés, para echar por tierra terminologías, prejuicios, discursos asimilados, impuestos, que se ponen de moda a fuerza de ser amplificados. La saludable práctica de tomar distancia frente a la novedad es uno de los pilares de un recorrido que invita a no pasar las páginas de la vida con rapidez, a tomarse tiempo y aprender a mirar lo que se encuentra detrás de las emergencias, de las catástrofes, de las crisis vividas, tanto a nivel personal como colectivo. Las referencias a la epidemia de COVID-19, que sin duda ha marcado un antes y un después en nuestra manera de enfrentarnos al mundo, reconociendo nuestra vulnerabilidad, aparecen una y otra vez en el ensayo.
¿Qué hemos aprendido; qué estamos dispuestos a aprender?, nos plantea el ensayista, poniéndonos como ejemplo algo que emergió con la pandemia: la lamentable situación de los geriátricos, su no medicalización, la precariedad de sus trabajadores, algo que todavía hay que resolver. “El aprendizaje es un compromiso”, indica Lladó. Seamos conscientes de que los sustos, los traumas, no pasen por nosotros sin más, sin consecuencias, “como si fuéramos un cuerpo pasivo, inerte”.
este ensayo resulta motivador por su capacidad para romper clichés, para echar por tierra terminologías, prejuicios, discursos que se ponen de moda a fuerza de ser amplificados. La práctica de distanciarse de la novedad es uno de sus pilares.
Pero tendemos a correr tupidos velos sobre las cosas, a saltar página, mirar para otro lado, seguir adelante como si nada hubiera cambiado. “Vemos cómo la sociedad se defiende con uñas y dientes para disimular los arañazos que la desgarran”, leo en un momento dado, después de avanzar a grandes zancadas por el recorrido propuesto. El autor reflexiona sobre el suicidio, sobre el silencio que se cierne sobre el mismo, sobre el papel de la ficción, de la filosofía, de las artes escénicas, como terreno de libertad desde el que explorarlo, pero la frase puede valer para lo dicho anteriormente y nos devuelve a la pregunta ¿Qué aprendemos de las crisis que vivimos? ¿En qué nos ha cambiado la pandemia; nos ha hecho más solidarios, más capaces de celebrar la fraternidad, la empatía, o nos ha encerrado más en nosotros mismos?
Son muchos los caminos de reflexión que se abren en este libro que nos anima a vernos desde la autenticidad, a detectar los espacios de interior que nada tienen que ver con la cultura de la exhibición, del aparentar, con la exposición en los escaparates virtuales. Albert Lladó reivindica la figura del dandi –yo la asocio con las del inconformista, el rebelde, el disidente– en contraposición a esta dinámica, como figura que representa la determinación de “elegir por uno mismo”, la singularidad frente a la uniformización que imponen las tendencias, las modas.
“El “postureo” con el que tratamos de aumentar seguidores en las redes sociales sólo busca impresionar o gustar. Ninguna de esas cosas es el motor vital del dandi. El dandi quiere generar sorpresa, incertidumbre, hacer de la duda y la paradoja una manera de criticar y resignificar su entorno. Por eso la forma de vestir y actuar del dandi es intensamente política. Construye una máscara, sí, pero no permite que sea la máscara quien le diga cómo debe actuar”, vamos leyendo.
Y proseguimos: “El algoritmo trata de capturar al dandi. Y no lo consigue. Es la presa menos fácil en la comedia humana que todos interpretamos. El dandi es una anguila en el océano de clichés y estereotipos en el que todos naufragamos. El misterio del dandi, entonces, es el misterio de una mujer y un hombre que se saben libres, eligiendo el vínculo que dota de significado esa libertad. Contra el malentendido de la igualdad –que muchos interpretan como homogeneización en una sociedad de réplicas y sucursales– el dandi grita “no” a ser una copia del otro para decir “sí” a la diversidad absoluta de cada persona”.

Las preguntas se suceden en este libro altamente inspirador del que me resulta difícil no seguir escribiendo, pero debo ir finalizando, dejando que busquéis por vosotros mismos muchos más pasajes llenos de interés, capaces de despertar las conciencias dormidas. Pero antes, os voy a hablar de los homenajes que se van colando en un recorrido, como os indicaba, salpicado de múltiples nombres propios, de referencias. Los homenajes, como me atrevo a denominarlos, son narraciones, perfiles de destacados representantes de la cultura que, sin duda, son faros para el autor y le ayudan a situar determinados temas.
Ahí está la hermosa narración del encuentro con Edith Aron, la mujer que inspiró a Cortázar el personaje de la Maga en Rayuela, cuya historia le lleva a preguntarse: “¿Cómo seguir confiando en el azar?”. Ahí está Leone Ginzburg y su estremecedora experiencia en la Italia fascista, que acabó con su muerte en una cárcel romana tomada por los alemanes. A través de su relato nos habla del coraje, de mirar más allá de uno mismo y de las necesidades más urgentes.
Sumamente esclarecedora resulta la parte dedicada a Albert Camus y su relación con España, los encendidos artículos que escribió en la revista Combat , durante la época de la Resistencia [en Lecturas Sumergidas contamos con un artículo del autor Jean-Pierre Castellani sobre los mismos], sobre la Guerra Civil, sobre la vergüenza que sintió cuando Europa dejó sola a España, “desangrándose”, y cuando los republicanos vencidos cruzaron la frontera francesa y fueron “tratados como burdos delincuentes” [sentimiento que experimentaron tantos extranjeros; las mujeres creadoras y activistas que protagonizan otro artículo de este número de nuestra revista].
Albert Camus no calló ante la injusticia. Sus escritos llevan al ensayista a reflexionar sobre la necesidad de disentir, sobre la justicia y la libertad, sobre cómo se tiende a tergiversar, a banalizar, estos conceptos en la actualidad. El autor pone como ejemplo a Isabel Díaz Ayuso, actual presidenta de la Comunidad de Madrid, que, en plena pandemia, defendió la libertad de tomar cañas, al tiempo que alude al “insulto a la inteligencia” que supuso tratar como “terroristas” a los representantes catalanes, encarcelados por un delito de desobediencia. Lo hace mostrando su perplejidad por la aceptación y el silencio de la ciudadanía ante circunstancias acaecidas recientemente, ante las que no tendría que tener cabida la indiferencia, una indiferencia que alienta las pulsiones autoritarias, el auge del populismo de ultraderecha.
“No decir nada equivale a hacerse cómplice. Porque, en efecto, nos hacemos cómplices de todo aquello que nos deja indiferentes”, vamos leyendo, alentados por el autor a abrir un interrogante sobre nuestros silencios, sobre aquello de lo que somos cómplices aquí y ahora; sobre el inútil refugio de la belleza, del arte, cuando son utilizados como analgésico contra los males y las injusticias del mundo. Creo que intentar reflexionar sobre todo esto ya es un buen ejercicio para seguir avanzando entre las sombras, entre las perplejidades, apartando la espesura de la actualidad para acabar encontrando nuestros propios latidos.
Contra la actualidad (Treinta preguntas ante la robotización del presente), ha sido publicado por Galaxia Gutenberg.









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