Una invitación a recorrer y amar la costa vasca

Nuestra sección “Hojas sueltas” incluye artículos cuya publicación no está sujeta a la pauta bimestral propia de NUESTRAS EDICIONES. Hojas que pueden caer, como sorpresas, en cualquier momento, rompiendo el ritmo de los números de lecturas sumergidas.

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Por Emma Rodríguez © 2018 / En Los senderos del mar sigue María Belmonte la estela de los paseantes, de los contempladores, y emprende un trayecto íntimo, emocional, inspirador, del que inmediatamente nos sentimos cómplices. El recorrido por la costa vasca que emprende la antropóloga se nutre claramente de las experiencias de otros caminantes ilustres, pero es muy profunda la huella y las enseñanzas del autor británico Robert Macfarlane, uno de los grandes expertos de la actualidad en naturaleza y paisaje, autor de Las viejas sendas, ensayo que ya ha ocupado las páginas de Lecturas Sumergidas. Como nos sucede tantas veces a los lectores fue precisamente el libro de Macfarlane el que me condujo a abrir las páginas de esta otra entrega que comparte su mismo espíritu. Ambas obras reivindican el camino y las corrientes de afinidad que, a través del tiempo, se entablan entre los amantes de los trayectos a pie.

Ya en la introducción reconoce Belmonte su deuda con la ambientalista Rachel Carson, defensora de los bosques y de los océanos, y con Macfarlane. Los pasos de ambos se reconocen una y otra vez en citas, en referencias utilizadas, en la visión compartida. Ambos fueron su acicate para colgarse la mochila a la espalda, calzarse las botas y lanzarse al camino, una acción que, según nos dice, “supone también un humilde acto de subversión, una manera de dar la espalda a una cultura que prima en exceso el beneficio inmediato, la eficiencia y la rapidez, y rehúye las supuestas incomodidades de la vida al aire libre”.

Conocí a la autora con su publicación anterior, Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia, un enriquecedor viaje tras los pasos de nueve personajes fascinados por la luz del Mediterráneo y por el legado de los clásicos. Me encantó entonces su capacidad para interpretar y conectar trayectos y geografías, pasado y presente, en un relato altamente evocador y apasionado. No me ha decepcionado con esta nueva aventura, tan apegada a sus orígenes bilbaínos, en la que de nuevo demuestra su capacidad para atraparnos en una narración sencilla y amena, llena de historias, personajes, vivencias y reflexiones.

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Lanzarse al camino “supone también un humilde acto de subversión, una manera de dar la espalda a una cultura que prima en exceso el beneficio inmediato, la eficiencia y la rapidez, y rehúye las supuestas incomodidades de la vida al aire libre”, señala María Belmonte.

Al recorrer tranquilamente a pie la costa vasca, deteniéndome donde me apetecía, he tenido encuentros inesperados, pero también he aprendido a percibir los variados tonos que puede adquirir el océano, sus estados de ánimo e incluso eso que tanto atraía al poeta Shelley, su latido”, señala la autora, invitándonos a compartir la ruta: De Bayona a Hendaya; de Fuenterrabía a San Sebastián y, atravesando ocho kilómetros de costa, de Zumaya a Deva, para llegar después a Guernica y culminar el camino en Cobarón. Puntos de llegada, territorios de referencia que se cruzan con otros nombres y destinos tanto geográficos como del corazón. El viaje, la Historia, la literatura, la curiosidad, la pasión, la biografía de otros y la propia biografía. Todo se junta en esta entrega estimulante, llena de paisajes y de emociones.

Donostia. Fotografía por Nacho Goberna

No es mi intención aquí dar cuenta de todos los descubrimientos y detalles que han despertado mi interés y mis ánimos viajeros, pero sí destacaré algunos episodios y pasajes que os pueden dar idea del tipo de aventura que encierran las páginas de este libro que invita a parar y a disfrutar del tiempo lento, que nos hace tomar conciencia de hasta qué punto estamos contagiados por el exceso de ruidos y la sobreabundancia de informaciones e imágenes, un torbellino de actualidad que nos impide tomar perspectiva y detectar la importancia de las cosas esenciales, de los pequeños-grandiosos gestos que tantas veces pasan delante de nosotros sin que seamos capaces de percibirlos porque estamos demasiado pendientes de no perder la conexión con la agitación y las turbulencias del presente. Tal vez por eso soy tan adicta a este tipo de libros donde el caminar se convierte en una especie de acción filosófica, en un cultivo de la reflexión, del diálogo con el entorno, de la escucha interior.

Recorrer la costa vasca a pie equivale no sólo a realizar un viaje en el espacio, sino también hacia atrás en el tiempo”, señala Belmonte muy al comienzo del recorrido, ante los acantilados y las areniscas de Jaizkibel, en Guipúzcoa, formadas en una profunda cuenca marina durante el Eoceno. No basta la explicación científica; hay que recurrir a la poesía para dar cuenta del impacto de fenómenos naturales de estas características. La autora, que realiza la excursión acompañada de un gran conocedor de la zona, Francisco Javier Beltrán de Heredia, se hermana con Víctor Hugo, quien en 1843 se sintió profundamente conmovido ante el paisaje, y reflexiona sobre la extrañeza de determinados lugares donde la presencia humana parece estar de más. “La naturaleza”, escribe, “está impregnada de geometría y presenta formas simétricas a todas las escalas, en todos los niveles de organización, desde la más diminuta molécula hasta un colosal cúmulo de galaxias. Formas que se pueden explicar con el lenguaje matemático, considerado por muchos como el lenguaje de la belleza”.

Lo sublime y lo sencillo conviven en  Los senderos del mar. “Si hay algo que uno aprende caminando es a deleitarse con poca cosa”, señala la autora cuando en un tramo del camino, hambrientos y polvorientos los viajeros, se encuentran con un chiringuito que, en ese momento, ofrece los manjares soñados. Y lo mismo experimenta ante un baño en el mar que obra el milagro de transportarla a las emociones de la niñez. Los hechos históricos, las leyendas y hazañas de personajes ilustres se acompañan de encuentros con personas tan entrañables y dignas de admiración como Josetxo el Mayor, al que conoce cuando atraviesa la montaña de Ulía hasta llegar a San Sebastián.

 

Vista del Monte Ulía (al fondo), San Sebastián, desde el Palacio de Congresos del Kursaal. Era un día de galerna en el barrio de Gros, donde nació quien tomó esta fotografía, Nacho Goberna.

El “guardián de los caminos” llaman a este jubilado donostiarra que lleva más de veinte años recuperando y cuidando los senderos y árboles del entorno. “Lo que comenzó como una labor fruto de la nostalgia al descubrir que todos los viejos caminos de su infancia habían desaparecido bajo la maleza, se convirtió en la obra de su vida al jubilarse”, nos cuenta Belmonte, quien, en nombre de tantos, da las gracias a este hombre que, “sin la ayuda de máquinas ni herramientas sofisticadas, ha recuperado la red de senderos que comunican todas las zonas de Ulía”, preocupándose por los árboles y por el bienestar de los paseantes (para quienes ha suavizado pendientes pronunciadas y construido tramos de escaleras).

Son muchos los matices y los puntos de interés de este libro que se convierte también en un tratado sobre usos y costumbres, sobre todo en el tramo en el que nos explica cómo el disfrute de la orilla del mar fue algo inconcebible hasta bien entrado el siglo XIX, cuando se pusieron de moda los balnearios y sus beneficiosos tratamientos de hidroterapia. Entonces, como cuenta la autora, la gente empezó a ser consciente de que “el océano curaba resfriados, aumentaba el apetito, alegraba el estado de ánimo y renovaba las energías”, a lo cual se unía el éxito social que suponía poder pasar una temporada en un centro marítimo de moda, ya fuese en Dieppe, Boulogne, Brighton o Biarritz.

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Belmonte nos cuenta el antes, cuando las orillas del mar eran un territorio ignorado y desconocido, sólo destinado al trabajo, y alude a la transformación de humildes pueblos de pescadores en centros de moda (circunstancia caricaturizada en su día por autores como Dickens o Jane Austen). A partir de ahí, el ritmo no ha parado hasta llegar a un hoy en el que el turismo se ha convertido en sinónimo de rapidez y masificación. Pero aún es posible encontrar una playa en la que sentirnos exploradores; aún cabe un revitalizante baño y un paseo por orillas vírgenes. Es esa costa vasca la que nos anima a mirar y a preservar María Belmonte.

El disfrute de la orilla del mar fue algo inconcebible hasta bien entrado el siglo XIX, cuando se pusieron de moda los balnearios y sus beneficiosos tratamientos de hidroterapia. Entonces la gente empezó a ser consciente de que “el océano curaba resfriados, aumentaba el apetito, alegraba el estado de ánimo y renovaba las energías

Los relatos de balleneros (la vida y andanzas de los vascos en Terranova) y de corsarios en una ciudad como San Sebastián, que nació a los pies del monte Urgull, cuando en 1810 Sancho IV de Navarra, el Sabio, concedió un fuero poblador a unos comerciantes gascones de Bayona, y que llegó a convertirse en el mayor nido de corsarios de Europa en el siglo XVII, resultan interesantísimos, así como las páginas en las que se muestra la conversión de la ciudad en centro internacional de vacaciones, venerada por privilegiados visitantes, entre ellos la reina María Cristina que se declaró enamorada del lugar en 1987 y disfrutó de sus bellezas durante cuarenta veranos de su vida. Y, del mismo modo, nos atrapan las páginas en las que la viajera da cuenta de sus vivencias biográficas, recuperando trazos de memoria en su Bilbao natal, o las que nos llevan a hacer parada en Guernica, con el peso atroz de la Guerra Civil como una sombra eterna. Y hay mucho más, que os animo a descubrir. Es este, como os decía, un viaje íntimo, cercano, que recorre la Historia de los lugares y que tan lleno está de curiosidades geográficas, geológicas, científicas, marinas, literarias, humanas… Es esta una entrega sobre la memoria y el tiempo, muy recomendable para amantes de las caminatas, de las piedras y los fósiles, pero, sobre todo, para lectores curiosos, siempre deseosos por conocer, por aproximarse a nuevos relatos y orillas.

No hace falta emprender rutas lejanas, peligrosas, para despertar la imaginación, el afán explorador y los sentidos. Lo atractivo, lo sugerente, lo bello, lo extraño, puede estar muy cercano, al alcance de la mano. En Los senderos del mar Belmonte recorre parajes y caminos que a los lectores españoles nos resultan conocidos, pero es capaz de mostrarlos renovados ante nuestra mirada, a través de los datos, detalles y anécdotas que nos descubre; de las vicisitudes y revelaciones que va mostrando sobre la marcha.

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Foto por Nacho Goberna _High_-7
“Las viejas sendas” de Robert Macfarlane y “Los senderos del mar”, de María Belmonte, dos libros afines.

Es este un viaje placentero y amable que despierta las ganas por conocer mejor, por amar, las geografías próximas, por seguir encontrando en ellas deslumbramientos. Todos intuimos, de algún modo, que el viaje auténtico, el que es capaz de quedarse, de llevarnos a nuestro más profundo interior, es el que de verdad se acaba convirtiendo en un tesoro. Y algo de la verdad de esos viajes nos puede llegar a través de la lectura. Es lo que he percibido al sumergirme en las páginas de Las viejas sendas, de Robert Macfarlane, donde el caminante parte de lo próximo, de las tierras de Inglaterra, y se aventura después en lo extranjero (siempre junto a compañías que conocen a fondo y aman los lugares que va visitando). Es lo que sabe y transmite María Belmonte.

Al final, en el epílogo, la antropóloga responde a la pregunta que alguien le hizo en un trecho del camino sobre su gusto por andar sola. “Ahora le habría contado que me gusta caminar porque a fuerza de recorrer senderos, casi cualquier sendero, se desarrolla una capacidad de transformar el mundo en un espacio nuevo, sorprendente y maravilloso. Porque al andar por los viejos caminos te alejas de las carreteras asfaltadas por las que se circula a toda velocidad; te alejas de los centros de supuesta producción de riqueza en los que quizá no se acrecienta más que la miseria. Porque con tu tranquilo deambular, con una mochila por todo equipaje, te alejas de los lugares en los que prima el rendimiento, la eficacia y la codicia y te dedicas al puro placer de existir...” Me quedo con estas palabras, con ganas de seguir caminando y encontrando, como decía Thoreau y recuerda Belmonte, lo extraordinario en lo más próximo.

Los senderos del mar, de María Belmonte, ha sido publicado por Acantilado, igual que el ensayo anterior de la autora, Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia.

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En este artículo se hace referencia también a Las viejas sendas, de Robert Macfarlane (Pre-Textos), traducido por Juan de Dios León Gómez, con introducción de Miguel Ángel Blanco.

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