Grace Paley, una mujer de letras y de acción

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Por Emma Rodríguez © 2017 /


Parece que tengo una disposición general hacia la desobediencia, civil o de cualquier otro tipo
, decía Grace Paley, quien cuando se refería a sí misma solía aludir a su terquedad, “la terquedad más absoluta”. Desobediente, terca, descarada, combativa, divertida, auténtica, adorable, era esta mujer de letras y de acción, convencida de que la literatura ayudaba a cuestionar el mundo, pero que para intentar transformarlo era necesario salir a las calles, repartir panfletos, portar pancartas y banderas en manifestaciones a favor de los derechos humanos y de la igualdad, asumiendo incluso que ir a la cárcel por causas justas era necesario para abrir el camino de los cambios sociales.

No se cansó Paley de escribir, de transmitir a través de sus narraciones los sinsabores y el dolor, pero también las esperanzas y la alegría del tiempo que le tocó vivir. No se cansó tampoco de protestar, de actuar, a lo largo de un trayecto largo e intenso que degustó con la convicción de que pese a todo merecía la pena caminar, seguir adelante con la moral en alto, la mirada empática, el corazón agitado y la capacidad crítica despierta, como un lápiz de punta siempre afilada. Nacida en Nueva York en 1922, hija de judíos rusos ucranianos, que habían emigrado a Estados Unidos, atravesó nuestra protagonista tres tercios del convulso siglo XX, asistiendo a sus acontecimientos desde la primera fila de la Historia, y arribó a los comienzos del XXI, a su arranque, desde pronto ensombrecido, estrenando los 80, 80 años de experiencia, de batalla, de sabiduría y de humildad, la humildad de quienes reconocen la importancia de no entenderlo todo.

Precisamente con esta frase, La importancia de no entenderlo todo, se titula el libro en el que se reúnen textos de no ficción de la autora: confesiones y vivencias biográficas, reflexiones ensayísticas, artículos de prensa de carácter político, notas sobre su actividad como profesora en talleres de escritura… Un compendio de opiniones, pensamientos, experiencias, acontecimientos, consejos y recuerdos que la editorial Círculo de Tiza acaba de editar en España. En nuestras manos un volumen absolutamente necesario para entender a la autora, que enriquece la lectura de los Cuentos completos publicados por Anagrama, un tomo en el que se reúnen los relatos que componen sus tres entregas de ficción: Batallas de amor, Enormes cambios en el último minuto y Más tarde, el mismo día. Estamos, pues, ante una puerta doble que se comunica y que nos permite acceder a los interiores de una mujer que no se limitó a habitar en su habitación propia, sino que tuvo muy claro que tenía que salir al exterior y tomar parte en las luchas por los derechos civiles entabladas en su país: contra la guerra de Vietnam, contra la segregación racial, contra el maltrato al Medio Ambiente, a favor de los derechos de las mujeres. Y, ya en los últimos años de su vida, en un paisaje muy distinto, haciendo frente a las políticas del presidente Bush que condujeron a la Guerra del Golfo. Hasta el último momento, manifestando su repulsa a la invasión de Irak, estuvo Grace Paley. Me gusta imaginarla en primera línea, imbatible, ligera, sin notar el peso de los años. A partir de ahora, de la lectura de este libro, pensaré en ella en cada manifestación a la que vaya, cuando avance al lado de veteranas mujeres a las que admirar en su no rendición ante los atropellos del presente.

No se limitó Grace Paley a habitar en su habitación propia, sino que tuvo muy claro que tenía que salir al exterior y tomar parte en las luchas por los derechos civiles entabladas en su país: contra la guerra de Vietnam, contra la segregación racial, contra el maltrato al Medio Ambiente, a favor de los derechos de las mujeres.

Pensaré en Paley cada vez que lea la noticia de turno sobre Donald Trump. La veré en cada protesta contra las determinaciones, los mandatos y leyes de un presidente para tiempos de regresión, dispuesto a echar por tierra tantos logros conseguidos en duras décadas de trabajo, de lucha, de activismo concienzudo. Precisamente esa idea del esfuerzo colectivo, de la perseverancia, de la unión entre gentes de distintas generaciones, entre colectivos, es una de las que la escritora logra transmitirnos. “Casi todos estos artículos fueron escritos porque yo formaba parte de un movimiento, o más bien de una marea, que surgió de las luchas por los derechos civiles de los cincuenta y que generó energías y métodos en los movimientos antibélicos de acción directa de los sesenta, debilitándose luego, como ocurre con las mareas, para volver con fuerza en los setenta y ochenta, en la segunda ola del movimiento de las mujeres, ola nutrida por las corrientes de la educación ecológica, la interconexión y, por último, la acción”, seguimos las palabras de Paley en la introducción de La importancia de no entenderlo todo.

Este libro se lee como unas memorias porque todo brota de las propias vivencias, de lo acontecido. A nada de lo que cuenta es ajena la autora, quien hubo de compaginar su vida familiar, el cuidado de los hijos, que una y otra vez aparecen en sus escritos, sobre todo en sus relatos, con su dedicación a la política y con la escritura, faceta a la que se dedicaba por las noches, desordenadamente.

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Entregada al movimiento pacifista, muy crítica con las políticas estadounidenses, Paley retrata a Estados Unidos como “un país rico, poderoso, algo retrógrado, secretamente pobre, racista, democrático, tan grande que resulta incómodo, cascarrabias y también honrado”, y argumenta que, “aunque las elecciones, cada cuatro años, se consideran la mayor responsabilidad de la ciudadanía, por lo general solo vota el cincuenta por ciento del electorado”. Señala la autora que mucha gente elude manifestarse y protestar porque está convencida de que basta con vivir en una democracia y que, precisamente por eso, es necesario, inmenso, digno de alabanza, el trabajo llevado a cabo por las organizaciones progresistas y defensoras de la justicia social. Todo esto lo razonaba la autora en 1991, pero suena como si nos lo estuviera diciendo hoy.

La situación de las mujeres en su tiempo ocupa muchas de sus páginas, páginas contadas sin prejuicios de ningún tipo, desde la verdad. “Conforme más rápido pasa el tiempo, más feminista soy”, decía quien participó y ayudó a organizar concentraciones por la legalización del aborto, experiencia que también vivió, en la clandestinidad, cuando tomó la decisión, de acuerdo con su marido, de no tener un tercer hijo a causa de la precariedad económica en la que vivían. Paley lo relata en toda su crudeza, pero sin dramatismos, con absoluta naturalidad. “Esos hombres que atacan las clínicas (…) son las cabezas visibles, encargados de armar jaleo y lanzar frases falsas e hipócritas sobre la vida humana, que en realidad no les importa. Lo que de verdad quieren es recuperar la propiedad de los cuerpos de las mujeres. Quieren devolvernos a una época en la que ni siquiera nuestros propios hijos eran nuestros. Éramos simples receptáculos para tenerlos. Muchas grandes novelas del siglo XIX y principios del XX trataban sobre mujeres que sabían que si daban un paso en falso les arrebatarían a sus hijos…”, argumenta en el ensayo titulado Los días ilegales.

La situación de las mujeres ocupa muchas de sus páginas, páginas contadas sin prejuicios de ningún tipo, desde la verdad. “Conforme más rápido pasa el tiempo, más feminista soy”, decía quien participó y ayudó a organizar concentraciones por la legalización del aborto, experiencia que también vivió, en la clandestinidad.

El talante crítico, la lucidez, la energía y el valor a la hora de defender las causas en las que creía, definen a Grace Paley, poseedora también de una especial empatía para acercarse y comprender a los demás. Son muchas las narraciones en las que lo pone de manifiesto, tanto en la parte testimonial de su obra como en la más elaborada literariamente, pero hay un escrito en este libro del que os estoy hablando que lo dice todo al respecto. Se trata de Seis días: algunos recuerdos, donde da cuenta de los seis días que pasó en el Centro de Detención de Mujeres, una cárcel de catorce plantas situada en el que era su barrio, el Greenwich Village, durante la guerra de Vietnam, en los 60, a la que se opuso firmemente llevando a cabo actos de desobediencia civil, como la sentada para impedir un desfile militar que le ocasionó la condena. Durante esas jornadas Paley entabló relación con mujeres en su mayor parte negras y puertorriqueñas, algunas prostitutas, otras drogadictas; aprovechó tan desafortunada ocasión para dialogar con ellas e intentar comprenderlas. Y pasado el tiempo lo rememoró a su manera, con esa espontaneidad tan suya, descubriendo tras la aparente simpleza de lo vivido, argumentos de fondo, así el orgullo de las mujeres negras por su condición, por el color de su piel, atraídas por el discurso de Malcolm X.

Hay ternura y humor también en este texto carcelario en el que Paley reconoce que sólo lloró al ser consciente de que su estancia en prisión impedía a su hijo pequeño ir al campamento de verano que le había prometido, ya que no pudo reunir el dinero necesario. Y relata también que, a través de la ventana que daba al exterior, podía ver a sus familiares y amigos mientras iban por la calle camino a sus tareas cotidianas e incluso hablar con ellos cuando la llamaban a gritos desde fuera, un contacto, una cierta humanidad, que desapareció cuando las cárceles se trasladaron lejos, a las periferias de las ciudades. Entonces, seguimos la reflexión de la autora, “la población que se considera a sí misma inocente olvida, niega o elige no saber que existe un enorme país donde viven los malos, los desafortunados y los que solo saben hacerse daño, un país con una población mayor que la de muchas naciones de este mundo”.

En el prólogo de la entrega, la periodista y escritora Elvira Lindo cuenta que pocas veces el lector tiene la oportunidad de admirar una obra donde se mezclan “la literatura y el compromiso político, el activismo y el amor de madre”. Recuerda los términos con los que la propia autora se definía, una pacifista provocativa y una anarquista cooperativa”. Y señala: “El mundo de Paley es fundamentalmente el neoyorquino. Su breve viaje a Vietnam la reafirmará en lo que ya sabía, que la guerra es devastadora y marca a varias generaciones, y que son los hombres, algunos hombres, los que generalmente activan su maquinaria, mientras que las mujeres y los niños la sufren”.

Frente al silencio de intelectuales y figuras públicas que optan por callar; frente a quienes entienden la creación como una actividad al margen, que no debe contaminarse con la política, Grace Paley entendió que la literatura era un arma necesaria para mostrar la desigualdad, para permitir alzar la voz a los hombres y las mujeres corrientes. Fue su postura, su decisión, su destino. Mientras escribo esto, pienso en el otro camino, en el de la no intervención directa en los vaivenes del tiempo que a cada cual le toca vivir. Un camino elegido por no pocos creadores que expresa muy bien el escritor irlandés John Banville en una de las respuestas a un cuestionario de Lecturas Sumergidas, a propósito de su última novela, La guitarra azul.

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El artista busca absorber el mundo dentro de sí mismo y hacer de él algo “enriquecedor y extraño”, como dice Shakespeare. Eso no significa que el artista intente “cambiar el mundo” para bien o para mal; si es realmente un artista no tiene ningún objetivo social, político o moral. Al respecto, una de mis máximas está en algo que dijo Kafka: “El artista es aquel que no tiene nada que decir”, comenta Banville. Nada que ver con las búsquedas de Paley. En el eterno debate de la acción y la inacción ella no quiso optar, eligió las dos cosas, o mejor las combinó, consciente de que el activismo le iba a robar tiempo y energía para poner en pie una obra más extensa, tal vez más ambiciosa. Así fue, pero, a la larga, quienes la leemos apreciamos que esa faceta, ese compromiso, también le proporcionó temas, experiencias, cercanías, que son las que convierten sus relatos en únicos.

Cuando se le planteaba el tema, cuando se le preguntaba, por ejemplo, por qué nunca se había atrevido a escribir una novela, ella solía decir que el arte es largo y la vida corta. En realidad fue el azar el que actuó para que Paley publicara sus relatos, historias en las que empezó a trabajar a mediados de los años 50, estimulada por la necesidad de retratar la vida de los hombres y de las mujeres en aquella época. Lo cuenta la propia escritora en el texto que abre la edición de sus Cuentos completos. Confiesa que ella, que hasta entonces se había adentrado por las sendas de la poesía, encontraba dificultades para la prosa, para contar lo que escuchaba, lo que conocía de primera mano, lo que vivía.

En el eterno debate de la acción y la inacción ella no quiso optar, eligió las dos cosas, o mejor las combinó, consciente de que el activismo le iba a robar tiempo y energía para poner en pie una obra más extensa, tal vez más ambiciosa. Así fue, pero, a la larga, quienes la leemos apreciamos que esa faceta, ese compromiso, también le proporcionó temas, experiencias, cercanías, que son las que convierten sus relatos en únicos.

Y entonces tuve mi primer golpe de suerte. Me puse enferma, lo bastante para que los niños se quedaran durante varias semanas en el centro cívico de Greenwich House después del colegio realizando actividades extraescolares hasta la hora de la cena, pero no tanto como para no poder sentarme a la mesa del salón y pasarme allí todo el día escribiendo a mano o a máquina…”, relata, asombrada ante la manera en que de pronto, sobre la hoja en blanco, empezaban a reflejarse los sonidos, la lengua de la calle, los acentos yiddish y ruso de sus orígenes.

Y los hados siguieron de su parte, porque un día  el padre de uno de los amigos de sus hijos, de profesión editor, supo por su mujer que Grace escribía cuentos y le pidió que le pasase algunos. Le gustaron y le propuso escribir siete más para componer el que sería su primer libro de relatos.Yo he llamado a aquel encuentro y a aquella publicación mis pequeños golpes de suerte. No porque no fueran arrolladores. Cambiaron mi vida, ciertamente. Son pequeños sólo por ser tan personales, por el íntimo placer que me proporcionaron”, nos dice, y a continuación señala: “En cuanto a la gran suerte, tiene que ver con los movimientos políticos, la historia que acontece mientras tú estás fregando los platos, las guerras que los hombres planean para sus hijos, para nuestros hijos”.

Si no habéis leído aún a Grace Paley estas palabras, estos fragmentos, os pueden dar una idea de sus pulsiones, de su manera de pisar el asfalto con determinación en los días de batalla, o el césped de los parques a los que tanto acudía con sus hijos pequeños, donde se encontraba con sus amigas y conocidas, las grandes protagonistas de unos relatos cargados de verdad. Capaz de hablar de lo cotidiano, de lo que sucede de puertas adentro, sus historias abrazan también lo colectivo, la fealdad del mundo, ya sea haciendo referencia a las turbulencias y luchas del momento, ya sea sólo a través de una breve alusión, en una mirada a la penuria de vidas habitualmente no tenidas en cuenta.

Ya en su primer libro, Batallas de amor, se aprecia la mordacidad, el ingenio, el desparpajo, la falta de prejuicios de esta mujer que abre las puertas de su casa, de las casas de sus amigas, de las mujeres que conoció en los años 50, para retratar las circunstancias del momento, el transcurrir de la existencia por dentro, desde el corazón. “Hagas lo que hagas la vida no se detiene. Como máximo, se sienta a soñar un minuto”, leemos en el cuento que abre el volumen, Adiós y buena suerte, donde se narra, con altas dosis de humor, la relación, a lo largo del tiempo, de una mujer con su amante, un conocido actor de teatro, al que finalmente, según parece, acabará llevando al altar.

El matrimonio como finalidad, el deseo de las mujeres de cazar marido y de los hombres de mentir, eludir responsabilidades y acabar huyendo, es común en estos relatos que hablan de “guerras, engaños y hogares rotos” y que me recuerdan por momentos a otra escritora con similar sentido del humor, Dorothy Parker, también muy crítica con los roles sociales asumidos. Los trayectos literarios de ambas se cruzaron. Cuando murió Parker, en 1967, Paley tenía 45 años y ya había empezado a publicar. Sus primeras narraciones reflejan con dureza no únicamente la condición masculina sino también la femenina, la de todas esas jóvenes que sólo soñaban con casarse, ajenas a cualquier tipo de reivindicación de sus derechos, víctimas en muchos casos de la violencia de sus parejas. Pero ya, en ocasiones, empieza a percibirse un cierto cambio, un enfrentamiento generacional. En Mujeres y niñas, por ejemplo, la narradora de la historia habla de su madre y de su abuelo, que abofeteó a la primera todos los días de su vida. Si alguien se atreviese siquiera a tocarme, lo reduciría a lluvia radiactiva, es su reacción al saberlo. Y más adelante nos enteramos de que la madre ha dicho a una de sus hermanas que “estaba harta de tener que criar dos hijas en un mundo erizado de malditos símbolos fálicos”.

Sus primeras narraciones reflejan con dureza no únicamente la condición masculina sino también la femenina, la de todas esas jóvenes que sólo soñaban con casarse, ajenas a cualquier tipo de reivindicación de sus derechos, víctimas en muchos casos de la violencia de sus parejas. Pero ya, en ocasiones, empieza a percibirse un cierto cambio, un enfrentamiento generacional.

Episodios familiares, alusiones a la tradición, a la religión judía (hay un cuento, La voz más fuerte, donde se contrastan con las costumbres cristianas y sus celebraciones) y a la marcha forzada de los padres de la tierra de origen, entran en los cuentos, del mismo modo que la guerra, la sombra alargada, terrible, de la II Guerra Mundial. No hay medias tintas en estos relatos ácidos, mordaces. La estructura es convencional, realista, en los inicios, pero, poco a poco, se va abriendo y ganando en osadía. Ya en una de las piezas finales, Nada que decir, la historia de Eddie Teitelbaum, un extraño chico solitario que juega a ser científico, inventor, se percibe un cierto giro hacia el absurdo.

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Paley empieza a volar más alto, a afinar su estilo. Y ya en su segundo libro, Enormes cambios en el último minuto nos encontramos con piezas sublimes. Os cuento cuáles son mis favoritas: Fe en la tarde y La corredora de fondo. En la primera, de carácter biográfico, Fe, la protagonista, que aparece en muchos otros cuentos y donde reconocemos matices y ráfagas de vida de la escritora, acude a visitar a sus padres a la residencia donde se encuentran, en el momento en que su pareja la ha abandonado. Lo que la madre le cuenta sobre el destino cruel de algunos de quienes fueron sus compañeros de juegos y de estudios en el barrio, el diálogo que mantiene con el padre, con su  intercambio de pareceres, de recriminaciones, de consejos, de emociones, resulta inolvidable.


En la segunda, La corredora de fondo, que me hace evocar otro relato, El nadador, de John Cheever, la protagonista, nuevamente Fe, decide ir corriendo hasta el barrio de su infancia, ahora habitado en su mayoría por gente de color, y se acaba quedando a vivir una temporada en la casa donde creció, en compañía de una anfitriona muy particular. El racismo, el miedo al diferente, es el tema de fondo de este cuento hondo, estremecedor, lleno de soledades, de distancias que parecen infranqueables.

Las ideas políticas, la crítica al capitalismo, las acciones de protesta en las que se vio implicada la escritora, la preocupación por el Medio Ambiente, se van filtrando cada vez más en las narraciones. Y nunca deja de escribir de las desigualdades, de la pobreza, de la situación de las mujeres. Hay un cuento en esta segunda entrega durísimo. Se titula La jovencita y es el relato de una violación. Hay otros en los que Paley profundiza en relaciones absorbentes de madres que no asumen que sus hijos deben volar por sí mismos. Y hay maravillosas piezas sobre la amistad entre mujeres, y sobre la pérdida, y sobre la vejez y la vida, el sentido de la vida. Hay precisamente una titulada Viviendo en la que Fe le dice a su amiga Ellen, que está ya al final de su trayecto: “La vida no vale tanto (…) Todo lo que nos ha dado han sido días miserables y hombres miserables y hemos estado siempre sin dinero, siempre arruinadas, con cucarachas siempre, sin nada que hacer los domingos excepto llevar a los niños a Central Park y remar en ese estanque asqueroso, ¿Para qué vivir Ellen? ¿Qué es lo que perdemos? ¿Vivir un par de años más?…

Nunca dejó de escribir Paley de las desigualdades, de la pobreza, de la situación de las mujeres. Hay cuentos en los que profundiza en relaciones absorbentes de madres que no asumen que sus hijos deben volar por sí mismos. Y hay maravillosas piezas sobre la amistad entre mujeres, y sobre la pérdida, y sobre la vejez y la vida, el sentido de la vida.

Hay dureza, sí, en los relatos de Grace Paley, pero en ocasiones una simple y cálida ráfaga de luz que se cuela por la ventana en un momento de desesperación, es capaz de iluminar el mundo, de despertar los ánimos, contagiar la sonrisa y renovar las esperanzas. Amigas se titula otro de esos cuentos difíciles de olvidar, ya en Más tarde, el mismo día, la última parada de su ciclo narrativo. En él se relata la visita de tres mujeres a una cuarta que está en el hospital, en los que son los últimos días de su vida, y rememora la pérdida de su hija en un accidente de automóvil. Pocas autoras consiguen trasladar esas relaciones tan intensas con los hijos, esa ligazón (perennes ataduras) que conlleva una constante preocupación, una necesidad de protección, para nada comparable a cualquier otro tipo de afecto.

Aquí, en esta narración, todo eso, lo más íntimo e individual se une a la lucha por los demás, por el devenir colectivo, algo muy propio de Paley. En un momento dado las amigas recuerdan un episodio en el que, sin acatar las reglas del centro escolar al que van sus hijos, formaron parte de un grupo de mujeres –“independientes por necesidad, por temperamento (…) almas candorosamente tenaces de la anarquía”– que decidieron mezclarse con el personal educativo del colegio, para, los viernes por la tarde, ayudar a los niños hispanos más retrasados. En un momento dado, Fe, en su papel de narradora, señala que el aprendizaje que sacaron de aquella experiencia fue que si bien no podían cambiar el mundo charlando con los niños de uno en uno, podían, al menos, conocerlo.

Antes os decía que Fe, sin duda la voz de la escritora, aparece en muchas de las narraciones, del mismo modo que los hijos, los padres y otros personajes que se acaban haciendo muy próximos para los lectores. De ahí que los relatos en su conjunto conformen esa novela que nunca fue escrita. ¿Para qué?, podemos preguntarnos. Todo está ahí, en los cuentos. En este sentido Paley me recuerda a Lucia Berlin, otra autora deslumbrante, que he descubierto recientemente. Ambas consiguen hilar una novela relato a relato; ambas trabajan con los mimbres de sus vidas y son igual de francas, de auténticas. También hay empatía en Berlin. Y a ellas debo unir a una tercera que acude una y otra vez a mi mente mientras leo las historias de Paley. Se trata de Doris Lessing. En novelas como Diario de una buena vecina la premio Nobel pone de manifiesto su preocupación por la sociedad, su fraternidad y abrazo a los desfavorecidos.

Me ha gustado ir leyendo los cuentos de Grace Paley e ir buscando puntos de encuentro dentro de su propia obra, entre la ficción y el testimonio contenido en los ensayos que conforman La importancia de entenderlo todo. Ha sido un viaje doble, paralelo, que me ha permitido juntar las dos mitades de esta mujer: la literaria y la política o pública. No hay fricciones entre las dos. En realidad, como os decía al principio, ambas se mezclan, forman parte de una manera de ser y de estar en el mundo.

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En la narración que cierra el volumen de sus Cuentos completos, titulada A la escucha, vemos a la protagonista repartiendo octavillas en las que quiere concienciar a la gente de que los Estados Unidos deben respetar los Acuerdos de Ginebra. Paley realizó esa acción muchas veces, del mismo modo que acudió a manifestaciones e hizo sentadas contra la Guerra de Vietnam y contra tantas otras causas ya mencionadas. La situación de las mujeres y de la gente de color es un tema habitual en los cuentos y en los ensayos. Una y otra vez la escritora nos transmite la idea de que no podemos dar la espalda a las injusticias, de que no debemos resignarnos ni dejar que silencien nuestras voces. Una y otra vez, a través de sus ficciones, de sus testimonios, hace un llamamiento a la toma de conciencia. Así, en el relato Fe en un árbol, donde se hace referencia a los bebés vietnamitas víctimas del napalm, es un escrito sobre el asfalto con la pregunta ¿quemarías a un niño? y la respuesta: “En caso necesario”, el que se convierte en el detonante de una transformación en la protagonista de la historia: “Creo que fue precisamente entonces cuando los acontecimientos me volvieron del revés y me hicieron cambiar de peinado, de lugar de trabajo, de modo de vida y de modo de hablar. Entonces conocí a mujeres y a hombres que trabajaban en cosas muy diferentes (…) y por ello, yo pensé cada día más y más acerca del mundo”.

De viaje es otra narración muy especial donde la autora recuerda un episodio biográfico vivido por su madre y su hermana en un viaje en autobús, en la época en que la ley obligaba a los negros a ocupar los asientos de atrás (norma que la madre, tan concienciada políticamente como su hija escritora, no quiso acatar, negándose a ubicarse en la parte de delante), hilándolo con otro vivido por ella misma en otro viaje realizado en 1943, en un largo trayecto de Nueva York a Miami Beach, donde acudió a ver a su marido, que se preparaba para ir a la guerra. De pie, a su lado, una mujer negra, extenuada con un bebé en brazos, pero que no acepta sentarse en el sitio que le ofrece ante la mirada inquisidora de los hombres blancos. Para ayudarla, la autora coge al niño en sus brazos, es insultada por uno de los viajeros y piensa: Dios mío, este mundo sucumbirá en el hielo.

Hay textos muy interesantes, enriquecedores, en este tomo en el que Grace Paley también habla del oficio de la escritura, por ejemplo de su admiración por la lengua de Clarice Lispector, fruto, según argumenta de forma brillante, del roce entre dos idiomas, el ruso y el portugués, lo que dio lugar a ese tono y esos ritmos “tan sorprendentes y acertados” de la autora de obras como Cerca del corazón salvaje, o de la manera en la que ella enfocó sus talleres de escritura en universidades como la de Columbia, enseñando a apreciar la literatura como mecanismo de escucha de los otros, como puerta abierta y acicate para crear un mundo mejor.

Necesitamos la imaginación para comprender lo que les ocurre a las personas que nos rodean, para intentar comprender las vidas de los demás. Sé que según cierta posición política solo se debe escribir sobre uno mismo o sobre el círculo de personas más próximas (…)  Me parece demasiado restrictivo. Escribir desde la conciencia o desde la perspectiva de otras personas, desde otra vida, desde la posición de un vecino o de la persona que hay al otro lado de la calle, es seguramente el acto más importante de la imaginación, y además puede ser de provecho para el mundo”, escribió en su ensayo Imaginar el presente.

Enfocó sus talleres de escritura, en universidades como la de Columbia, enseñando a apreciar la literatura como mecanismo de escucha de los otros, como puerta abierta y acicate para crear un mundo mejor. “Necesitamos la imaginación para comprender lo que les ocurre a las personas que nos rodean, para intentar comprender las vidas de los demás”, decía.

En otro de sus textos, Eclipsar el tiempo, nos dice: “Confieso que cuando un problema delicado o simplemente complejo crece un poco, tiendo a sumergirme en el terreno de la ficción. Es mi manera de pensar, un hábito de pensamiento”. Y en Algunas notas sobre la enseñanza, donde recomienda no pasar por la vida sin haber leído las biografías de Emma Goldman, Piotr Kropotkin y Malcolm X, apunta: “Por suerte para el arte, la vida es dura, difícil de entender, inútil y misteriosa”.

Paley siempre buceó en ese misterio, siempre intentó golpear las duras aristas de la existencia para encontrar algo de sentido. Como recuerda Elvira Lindo en el prólogo de La importancia de no entenderlo todo fue el escritor Philip Roth uno de los primeros en valorar la singularidad de su voz, su comprensión de “la soledad, el deseo, el egoísmo”, así como su “espléndida comicidad”. También transcribe Lindo un párrafo escrito por la autora que no puedo pasar por alto: “Las mujeres escriben diferente a los hombres. Tenemos mucha conversación doméstica o personal. Las mujeres se sienten cómodas hablando de lo personal, a diferencia de los hombres. Se cuentan más cosas, y tienen muchos problemas en común. Algo interesante es que las mujeres han comprado libros escritos por hombres desde siempre, y se dieron cuenta de que no eran acerca de ellas. Pero continuaron haciéndolo con gran interés porque era como leer acerca de un país extranjero. Los hombres nunca han devuelto la cortesía”.

**FILE**Poet Grace Paley is shown in her home in Thetford, Vt., April 9, 2003. Poet and short story writer Grace Paley, a literary eminence and old-fashioned rebel who described herself as a
Fotografía por Toby Talbot © RADIAL PRESS

Es un juego tan estimulante trazar puentes entre los cuentos y los testimonios de Paley, que voy avanzando por las líneas de este artículo con la sensación de dejarme muchas cosas esenciales detrás. Aún no os he hablado, por ejemplo, de la importancia del padre, un veterano socialista con el que tantas charlas y confidencias compartió, dejando constancia de ellas en su obra. En general lo que quería mi padre era enseñarme a envejecer, señala en uno de sus testimonios, y hay relatos –os animo a buscarlos– en los que transmite esas enseñanzas.

Las reflexiones sobre la vejez en los escritos de Grace Paley es otro de sus grandes regalos. La evolución de su propia vida, en paralelo a los acontecimientos del tiempo que le tocó vivir, queda registrada en lo que escribió. Hay un arco temporal que va de la juventud a la última fase de la vida, donde se aprecian los aprendizajes del camino. “¿Soy dura?, se pregunta la autora en el ya citado ensayo Eclipsar el tiempo, montado en gran parte en forma de entrevista. Y responde: “Bueno, hace falta salir fuerte de la madurez y llegar a la vejez con los músculos de la imaginación en buena forma, y con los músculos necesarios para nadar contra las mareas de la desinformación también muy fuertes. Igual que los de la espalda y las abdominales, tan fáciles de ejercitar por las mañanas”.

Este podría ser un buen final, pero os propongo otro: ante la cuestión de qué es lo que le ha gustado de su vida, Grace Paley hace recuento y contesta: “Me ha gustado ser judía. Me ha gustado ser mujer. Cuando era niña me gustaba pensar que era un chico. Me encantó criarme en Nueva York, en el Bronx, en mi calle, y he intentado dar esas ventajas a mis hijos”. Y cuando se plantea qué es lo que echaba de menos, en la etapa final de su vida,  cuando ya vivía en Vermont, donde murió en 2007–  confiesa: “A mi madre, que murió antes de que las mujeres pudiéramos mantener todas esas conversaciones que ahora se han convertido en libros, gracias al movimiento feminista. Echo de menos que mis hijos sean niños. Ahora que vivo en el campo, cosa que me gusta mucho, echo de menos mi vida política y de activista en las calles de Nueva York...” Así era ella. En su compañía, ahora sí, os dejo.

 


  • Los ensayos de La importancia de no entenderlo todo, traducidos por Arturo Muñoz, han sido publicados por Círculo de Tiza. La edición incluye un prólogo de Elvira Lindo.
  • Los Cuentos Completos, que abarcan los tres libros de relatos de Grace Paley: Batallas de amor, Enormes cambios en el último minuto y Más tarde, el mismo día, han sido publicados por Anagrama. Los traductores han sido: José Manuel Álvarez Flórez, Susana Contreras, Enrique Hegewicz, César Palma y Ángela Pérez.

 


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