“Tienes que leer a John Cheever”, me dijo

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“No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento –creo entreverlo en sueños–, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras fuerzas cuando aquéllos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo , amenazado por un extraño en correos, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros sueños, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo. “ J. Cheever

Por Javier Morales Ortiz © 2015 / La lectura es un hermoso diálogo con el presente y con el pasado, con escritores que murieron hace años y con otros que comparten con nosotros el confuso momento que nos ha tocado vivir. Acumulamos lecturas, incorporamos nuevos autores a nuestra familia literaria, relevamos a otros, nunca del todo. Además de otras cosas, somos lo que hemos leído, lo que leemos. Y sé que hoy no sería el mismo escritor, por tanto la misma persona, si en mi vida no se hubiera cruzado la obra de John Cheever.

Tenía veintitantos años cuando lo leí por primera vez. Lo conocía, claro, pero en aquella época mis lecturas de literatura norteamericana iban por otro lado: Poe, Melville, Faulkner, DeLillo, Auster. Hasta que un día conocí a una chica, gran lectora, de quien enseguida me hice amigo. “Tienes que leer a Cheever”, me dijo. Estábamos en su casa y, con gran cuidado, como si me entregase una joya frágil, preciada, sacó de una estantería atiborrada de libros los dos volúmenes de Los cuentos (The Stories) de Cheever, en una vieja edición de Bruguera, agotada, que había conseguido en una librería de la cuesta de Moyano.

Ya en mi casa, tumbado en el sofá (una de mis posturas favoritas para leer), comencé a hojear el libro, dispuesto a saborear un buen vino. Leí el prefacio de Cheever. “Estos relatos se remontan a mi honorable licenciamiento del ejército, al final de la segunda guerra mundial. Están en orden cronológico, si no me falla la memoria, y los textos más embarazosamente inmaduros fueron eliminados. A veces parecen historias de un mundo hace tiempo perdido, cuando la ciudad de Nueva York estaba impregnada de una luz ribereña, cuando se oían los cuartetos de Benny Goodman en la radio de la papelería de la esquina y cuando casi todos llevaban sombrero”. Leí el primer relato del volumen, Adiós, hermanouna historia con reminiscencias bíblicas, una reinterpretación del mito de Caín y Abel. Y enseguida me di cuenta de que me había encontrado con un tesoro, con un paisaje que me acompañaría durante mucho tiempo, con una nueva puerta que me llevaría a un lugar desconocido, pero donde me podría sentir reconocido como escritor y como humano. Y ya no pude parar. Decía Borges que un buen libro es aquel capaz de transformarte. No solo un libro, también un cuento.

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Los cuentos de John Cheever (The Stories of John Cheever) se publicó en 1978, cuando el autor tenía 68 años. Como señala el escritor y crítico Rodrigo Fresán, quizás quien mejor conoce y entiende la obra de Cheever por estos lares: “El Gran Libro Rojo –en referencia a su portada ya clásica– fue un auténtico acontecimiento editorial a la vez que una gloriosa excepción al dictum fitzgeraldiano de que no hay segundos actos en las vidas norteamericanas. A diferencia de lo que sucedió con buena parte de los escritores de su generación, quienes publicaron lo mejor y lo importante de su obra antes de los cuarenta y cinco años, Cheever vivió una muy dura y oscurantista Edad Media marcada por el rencor, el alcoholismo y adicciones varias; pero el crepúsculo de los cinco últimos años de su vida tuvo el fulgor y la calidez de un largo, ardiente y muy renacentista verano”.

Un día conocí a una chica, gran lectora, de quien enseguida me hice amigo. “Tienes que leer a Cheever”, me dijo. Estábamos en su casa y, con gran cuidado, como si me entregase una joya frágil, preciada, sacó de una estantería atiborrada de libros los dos volúmenes de Los cuentos, en una edición de Bruguera, agotada, que había conseguido en la Cuesta de Moyano.

Los cuentos. ¿Cuántas veces habré leído algunas de sus mejores historias? El nadador, el citado Adiós hermano, El marido rural, La geometría del amor, Reunión, El tren de las cinco cuarenta y ocho… En cualquiera de ellas nos encontramos con una prosa exquisita, fulgurante, donde siempre hay un cielo que describir. Una prosa que, bajo la superficie de las palabras, esconde y disfraza un mundo, a veces siniestro, un mundo de martinis, matrimonios en crisis, sueños rotos, vacaciones familiares, piscinas y trenes con destino a Nueva York.

Antes de sentarme a escribir este artículo, mientras camino, gracias a internet escucho de nuevo la lectura que hizo Cheever en 1977 de El nadador, uno de sus mejores y más conocidos relatos, en parte por su adaptación cinematográfica (impresionante Burt Lancaster en el papel de Ned). Cheever tenía escritas más de ciento cincuenta páginas de una historia sobre la subida al cielo y el descenso a los infiernos de un “héroe” de los suburbios, el apuesto y optimista Nerry Merril, quien decide regresar a nado a su mansión surcando las piscinas de sus vecinos, como si fueran un río imaginario, el río Lucinda. Insatisfecho con el resultado de lo que llevaba escrito, Cheever decidió convertir el proyecto de novela en un relato que hoy es ya un clásico. Con ecos de La divina comedia, de La Odisea, en esta asombrosa historia de ostracismo, Cheever, como su admirado Fitzgerald, nos habla del paso del tiempo y de las limitaciones que impone a nuestras vidas, de la huella inexorable de los años, de la culpa y el castigo, y de la fragilidad de nuestra existencia, por muy seguros que estemos de nosotros mismos.

“A diferencia de lo que sucedió con buena parte de los escritores de su generación, quienes publicaron lo mejor y lo importante de su obra antes de los cuarenta y cinco años, Cheever vivió una muy dura y oscurantista Edad Media marcada por el rencor, el alcoholismo y adicciones varias; pero el crepúsculo de los cinco últimos años de su vida tuvo el fulgor y la calidez de un largo, ardiente y muy renacentista verano”, señala Rodrigo Fresán.

Esa historia, narrada en voz alta por el propio autor, es la que vuelvo a “leer” de nuevo. La voz de Cheever es la típica del fumador impenitente, de una gravedad arrastrada por la tos. El autor interrumpe el relato, oímos cómo suspira, como si le faltara el aire, retoma la lectura, con rapidez y sin emoción, como si tuviera prisa o no se siéntese del todo a gusto en ese papel de lector o de personaje público. Aunque la verdad es que le encantaba este reciente protagonismo, como recordaría más tarde uno de sus hijos. Vivió la celebridad con una “pose” casi infantil.

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Cuando grabó esa audición, Cheever había dejado definitivamente la bebida, una adicción que casi le mata, y no solo físicamente. Es legendaria la borrachera que compartió en la famosa Escuela de Escritura de Iowa junto a uno de sus admiradores, también escritor, profesor y dipsómano, Raymond Carver. Estuvo allí como profesor invitado y en sus clases se limitaba a leer a los alumnos sus relatos y les animaba a llevar un diario.

Alcoholismo. “Lo más maravilloso de la vida parece ser que casi desconocemos nuestras posibilidades de autodestrucción. Tal vez la deseemos, soñemos con ella, pero nos disuade un rayo de luz, un cambio en el viento”, leemos en un apunte de su diario, en 1958. Menos mal que pudo refugiarse en las palabras. Otro apunte más, esta vez de 1966. “La muerte de Fitzgerald me hace llorar, como me hizo llorar la historia de la muerte de Dylan Thomas. Esta noche no recuerdo lo que sucedió después de la cena”. Y continúa. “Al pensar en Fitzgerald se me ocurre que es larga la lista de los titanes literarios que se han autodestruido: Hart Crane, Virginia Woolf, Hemingway, Lewis, Dylan Thomas, Faulkner. Algunos, como Eliot y Cummings, sobrevivieron, pero son los menos. ¿Me detendré en la crucifixión del novelista diligente? El escritor cultiva, extiende, eleva e infla su imaginación, seguro de que es su destino, su utilidad, su aporte al conocimiento del bien y del mal. Al inflar su imaginación hace lo mismo con su capacidad para la ansiedad y se convierte inexorablemente en la víctima de fobias abrumadoras que solo se alivian con dosis mortales de heroína y alcohol”.

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En El nadador Cheever nos habla del paso del tiempo y de las limitaciones que impone a nuestras vidas, de la huella inexorable de los años, de la culpa y el castigo, y de la fragilidad de nuestra existencia, por muy seguros que estemos de nosotros mismos

Pero ahora, el escritor que lee su relato en la radio es un hombre rehabilitado. Ha sido portada de Newsweek por su novela Falconer, considerada como la mejor de las suyas por la crítica, y años antes, en 1964, del Time, un regalo reservado a muy pocos escritores a lo largo de la historia.  No lo sabe aún pero al año siguiente, en 1978, cuando se publiquen “Los cuentos”, ganará el Premio Pulitzer, será un éxito de ventas y de crítica y por fin podrá mirar de igual a igual a Saul Bellow, su eterno rival en la distancia, y entrar definitivamente en el parnaso de las letras norteamericanas. “Cada vez que leo una reseña sobre Saul Bellow siento náuseas. Con lo grande, salvaje y agitado que es este país y lo lleno de putas y boxeadores que está; y aquí estoy yo, empantanado en un viejo río en el crepúsculo y en el deterioro de un administrativo cuarentón”, apuntó en su diario en 1953.

La voz que oigo mientras camino es también la voz de un hombre profundamente religioso, puritano, atormentado por sus conflictos morales, contradictorio padre de dos hijos y una hija, la voz de alguien que se parapeta detrás de una pose y ha ocultado durante mucho tiempo su homosexualidad. Cheever, que se vanagloriaba de proceder de una familia de rancio abolengo venida a menos, huía con frecuencia de los suburbios y se adentraba en el Nueva York más sórdido, el de los urinarios y los chaperos. Hasta que en la madurez consiguió un amante fijo que le hizo renovar su fe en la vida. Su esposa, Mary, una mujer inteligente y culta procedente de una familia liberal, siempre sospechó y cuando un reportero le preguntó en una entrevista por las infidelidades de su marido, Mary respondió (cito de memoria): “Sí, es verdad, era infiel, pero siempre volvía a casa a cenar”.

La voz que cuenta la odisea del nadador Ned, su caída, es la de un hombre que empieza a saborear el éxito, después de años como escritor de segunda fila, con relatos pensados para rellenar los huecos que dejaba la publicidad, anhelando que quizás un día, alguien con gusto por la buena literatura, alguien que mata el tiempo en la sala de espera del dentista, por ejemplo, los leería y vería algo de luz en sus palabras, una suerte de redención.

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Alcoholismo. “Lo más maravilloso de la vida parece ser que casi desconocemos nuestras posibilidades de autodestrucción. Tal vez la deseemos, soñemos con ella, pero nos disuade un rayo de luz, un cambio en el viento”, leemos en un apunte de su diario, en 1958.

Aunque colaboró con varios medios, fue en el New Yorker donde desarrolló la mayor parte de su carrera como escritor, el medio que le permitió vivir de la literatura, un empeño heroico para alguien que había abandonado  el instituto a los dieciséis años. Cheever aseguraba que lo expulsaron. Realidad o ficción, lo cierto es que de esa experiencia nació su primer relato, Expelled (Expulsado), que despertó el interés del editor Malcolm Cowley, quien supo ver ahí el germen de un gran escritor. Lo publicó en The New Republic y, lo más importante, le pagó por ello. En este cuento vemos ya las trazas del mejor Cheever, hijo de un padre fracasado y una madre autoritaria y emprendedora (era ella quien llevaba los pantalones en casa), amargada por su destino, por su matrimonio, reinventada mil veces. El joven John se hundió cuando supo que había sido engendrado después de una borrachera, que el suyo había sido un embarazo no deseado, a diferencia del de su hermano mayor, Ben, con quien el escritor tuvo, supuestamente, su primera relación homosexual.

La literatura fue su tabla de salvación, su disfraz para afrontar los sinsabores de la vida. En un apunte de su diario de 1948, anotó: “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, solo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio”.

John Cheever

Cheever era un hombre de múltiples capas, como sus relatos, el género donde demuestra lo mejor de su talento narrativo. Lo que no quiere decir que haya que prescindir de sus novelas. Al contrario. Aunque Falconer (donde encontramos inquietantes huellas autobiográficas en un particular descenso a los infiernos) supuso su consagración como novelista, mi preferida es Esto parece el paraíso, su última obra, una encantadora novela corta donde Cheever, reconciliado con el mundo, muestra su lado más esperanzador.

Ésta es una historia para leer en la cama, en una casa antigua, una noche de lluvia. Los perros están durmiendo y los caballos de silla –Dombey y Trey– se dejan oír en sus cuadras del otro lado del camino de tierra, más allá del huerto. La lluvia es mansa y se necesita, pero no con desesperación, ni mucho menos. Los acuíferos mantienen su nivel, el río cercano lleva agua en abundancia y en los huertos y jardines –está cambiando la estación– la irrigación es óptima. Casi todas las luces están apagadas en el pueblecito junto a la cascada, donde hace muchos años el telar producía telas de algodón”.

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Así comienza esta “fábula” protagonizada por Lemuel Sears, un elegante anciano que en cierta forma bien podría ser el espejo al que le hubiera gustado mirarse al propio Cheever, quien padecía ya los primeros síntomas del cáncer que acabaría con su vida. Cuando ya creía que todo estaba perdido, Sears volverá a enamorarse y, como un Quijote, decide enfrentarse a quienes contaminan la laguna de su pueblo. Aparte de ser su testamento literario, y en cierta forma vital, creo que Esto parece el paraíso debe de ser una de las primeras novelas contemporáneas donde se muestra la preocupación por la naturaleza, cómo su degradación va unida indisolublemente a la propia degradación del hombre. Si alguien supo describir el paisaje, los atardeceres, el viaje de las nubes, ese fue Cheever. ¿Cómo no le iba a importar lo que sucediera con él?

En su primer relato, Expulsado, con el que fue descubierto, vemos ya las trazas del mejor Chhever, un hombre profundamente religioso, puritano, atormentado por sus conflictos morales, contradictorio padre de dos hijos y una hija, la voz de alguien que se parapeta detrás de una pose y ha ocultado durante mucho tiempo su homosexualidad.

He mencionado sus Diarios en varias ocasiones. Hace años que me acompañan allá donde voy, forma parte de mi paisaje vital y literario. De vez en cuando lo tomo y leo al azar alguno de sus apuntes. ¿Qué hizo Cheever tal año? Como nacimos el mismo día (una curiosa coincidencia), a veces me pregunto cómo era cuando tenía mi edad. Siempre he envidiado su estilo, la magnitud y profundidad de su obra. Pero nunca su vida.

Los libros de John Cheever han sido publicados en castellano por las editoriales RBA y Emecé.

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FIRMAS SUMERGIDAS | JAVIER MORALES ORTIZ

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Javier Morales Ortiz (Plasencia, 1968) es escritor, periodista y profesor. Es autor de la novela Pequeñas biografías por encargo y de los libros de relatos Ocho cuentos y medio, Lisboa y La despedida. Colabora habitualmente con varios medios de comunicación y tiene una columna dominical, Área de Descanso, en El Asombrario, el portal de cultura de eldiario.es. Imparte clases de literatura en el Museo Thyssen y de escritura creativa en varios centros.

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