Volver a Miguel Delibes, un adelantado en el camino

Emma Rodríguez © 2020 /

Miguel Delibes es uno de esos autores que siempre están ahí, que forman parte de la formación lectora de varias generaciones. Escenas, personajes, historias salidas de su pluma, algunas de ellas representadas con posterioridad en el cine o en el teatro, están guardadas al fondo de la memoria y regresan, en ocasiones, dependiendo de las circunstancias. Partiendo de mi propia experiencia, confieso que en los últimos tiempos, no pocas veces, he recordado al escritor. Los conflictos del mundo rural, la España vacía, la urgencia climática, son asuntos del ahora que ya vaticinaba Delibes, que ya le preocupaban y entraban en su obra. 

“De eso ya hablaba Delibes”, le he comentado a más de una persona en conversaciones sobre estos temas. Y la casualidad ha querido que el autor se hiciese aún más presente al hilo de la lectura de Laudatio Naturae, un homenaje coral al naturalista Joaquín Araújo, donde otro escritor, Antonio Muñoz Molina, traza  un breve retrato, tan cierto, tan acertado, que me impulsó definitivamente a recorrer de nuevo las páginas de Un mundo que agoniza, una entrega que en su día ya me impresionó. Escrita en la década de los 70 del siglo XX, Delibes se adelantó a lo que estamos viviendo como consecuencia de un mal entendido progreso, de un rumbo errático que, en aras de un desenfrenado “Tener” nos ha ido robando el “Ser”.

En los próximos meses Miguel Delibes volverá a estar presente en las librerías y en las conversaciones. Se cumplen cien años de su nacimiento (un 17 de octubre de 1920) y diez de su muerte (un 12 de marzo de 2010). Y con ese motivo tendrán lugar exposiciones y se publicarán nuevas ediciones de sus libros. El momento es idóneo para recuperar novelas inolvidables. Ediciones Destino, su sello de toda la vida, lanzará El camino, con prólogo de Sergio del Molino; Cinco horas con Mario, con introducción de Aroa Moreno Durán; El príncipe destronado, con el que dialoga Berna González Harbour, y Los santos inocentes, del que ofrecerá su visión Manuel Vilas. Pero yo me he decantado, en este particular homenaje desde Lecturas Sumergidas, por Un mundo que agoniza, una obra de no ficción donde están contenidas muchas de las ideas de fondo, de las obsesiones, que mueven a Delibes y a sus personajes.

– “¿Qué puede hacer un ecologista como tú en un mundo lleno de misiles?, le preguntó el periodista y crítico literario Javier Goñi en 1985, en una de las conversaciones que mantuvieron, durante cinco jornadas, en la casa del escritor en Valladolid, y que se recogieron en el libro Cinco horas con Miguel Delibes, reeditado ahora por la editorial Fórcola

– “Poco. A un ecologista o a un amante de la naturaleza y del progreso equilibrado apenas le queda el triste recurso del pataleo: hacer con la fuerza de que disponga, a través de sus libros y escritos, una defensa de la naturaleza...”, le contestó.

Esta entrega de la que os hablo, este extenso y enriquecedor diálogo en el que el periodista se acerca a las distintas etapas en la vida y la obra del escritor, nos ofrece una estimulante aproximación a un hombre que, seguramente, habría querido equivocarse en sus oscuros presagios sobre el futuro de la humanidad.

Delibes no tenía claro que pudiésemos abrir las puertas del siglo XXI. Le habla a su interlocutor de la insensatez de los gobernantes, arremete contra la carrera armamentística, no deja de alertar del peligro nuclear. Son cinco los perfiles que ofrece esta entrega testimonial, cinco las ventanas a las que se asoma: la infancia; los paisajes de Castilla; el período como periodista al frente de «El Norte de Castilla»; el cariz burgués, liberal, progresista y provinciano del autor y el retrato del aguerrido pacifista y adelantado de las corrientes ecologistas, que no puede renunciar a su innato pesimismo. Es en este último aspecto en el que voy a detenerme. Cuando volvemos a sus palabras, ahora, con perspectiva, no puede dejar de sorprendernos la claridad de sus visiones, contenidas en esta conversación con Javier Goñi y, sobre todo, en las páginas de Un mundo que agoniza.

«Cinco horas con Miguel Delibes», de Javier Goñi, es un extenso y enriquecedor diálogo que el periodista mantuvo, durante cinco jornadas, con el escritor, y que nos ofrece una estimulante aproximación a sus distintas etapas.

Este ensayo, que en su momento tanto me asombró y que ahora redescubro desde la admiración y el agradecimiento, me esperaba en los estantes donde permanecen muchas de mis lecturas de adolescencia y primera juventud en Tenerife. Lo recuperé en mi último viaje a la isla y me emocionó con sus páginas marcadas con pequeñas hojas secas. Fue bonito recobrarlo, con las ilustraciones, tan infantiles, de Ramón García Domínguez, que también realizó la portada (un pueblo rodeado de árboles de tonos amarillos, con un sol radiante de fondo) para la edición de Plaza & Janés de 1979.

Os hablaba antes del impulso que me llevó a buscar el volumen, que se encontraba justo donde lo recordaba: las palabras de Antonio Muñoz Molina. En la corriente de la literatura y del tiempo, el escritor, me devolvía a una orilla a la que ya había arribado y que me llamaba de nuevo. En el libro homenaje a Joaquín Araújo al que me he referido, Muñoz Molina emparenta al naturalista con Delibes por ser ambos dos hombres modernos, dos pioneros del ecologismo, en tiempos en los que no parecía tan necesario lanzar llamamientos de alarma. 

Recuerda el autor un artículo publicado por el diario británico “The Guardian”, tras la muerte de nuestro protagonista, en el que se decía que Delibes, que “entre nosotros tenía una cierta fama de agrario y de rancio, había sido uno de los escritores más avanzados de España y de toda Europa, porque mucho antes de que se hiciera popular el movimiento ecologista o de que se hablara del cambio climático, Miguel Delibes ya estaba denunciando la degradación irreparable de la naturaleza, la desaparición de las especies animales, de las plantas salvajes, el deterioro de los suelos y de las aguas”. 

Aquí me atrevo a hacer un inciso para recordar aquellos tiempos en los que tanto se denostó el realismo practicado por Delibes y otros autores de su tiempo. Se les asociaba a la dictadura, a la posguerra, y la Transición requería una ruptura con toda esa época, una bocanada de aire fresco que se buscó en autores de fuera, sobre todo en la senda de la narrativa norteamericana. El tiempo ha contribuido a superar las distancias entre generaciones, a reconocer el valor de lo propio y tirar de su hilo, sin complejos, sin prejuicios. En su centenario hemos de recuperar al Miguel Delibes que, más allá de reflejar en su obra el tremendismo de la España en la que le tocó vivir, fue capaz de trascenderla y otear los turbios horizontes del futuro. 

Pero mejor volvamos a Muñoz Molina, quien nos dice: “En los años ochenta, algunos aspirantes a modernos, entre los que con pena retrospectiva me incluyo, considerábamos que lo importante de verdad, lo que merecía ser celebrado y contado, estaba en los bares, en las ciudades, en la vida nocturna. Delibes era un hombre madrugador que en las fotos parecía triste, pero que en persona tenía la piel morena y el color de cara sonrosado de quien pasa mucho tiempo enérgicamente al aire libre. Nosotros creíamos que Delibes era autóctono y provinciano. Y con los años descubrimos que era el más cosmopolita de todos, porque pertenecía al linaje de los grandes escritores de la naturaleza, y aunque escribía sobre las profundidades de Castilla estaba mucho más cerca de Thoreau que de Azorín o Unamuno”. 

En la estela de Thoreau, de Emerson, de Margaret Fuller, se sitúa Delibes, en efecto. En estos tiempos en los que tanto miramos a estos autores, y a muchos otros que se pueden considerar sus herederos, el autor de El camino se nos presenta bajo una nueva luz. Nuestro hombre, a su manera, con su estilo sobrio, contenido, mucho menos poético que el de los clásicos norteamericanos, también promovía, como ellos, el acercamiento a la naturaleza como vía para encontrar los valores esenciales, el sentido espiritual de la vida. Permítaseme, además, establecer paralelismos con otros autores –referencia en Lecturas Sumergidas; en el diálogo sin fin que pretende ser esta publicación– como Erich Fromm, Pierre Rabhi o el economista y pensador Ernst Friedrich Schumacher, autor de Lo pequeño es hermoso y Una guía para los perplejos. 

La sintonía con todos estos nombres, unidos en la ancha corriente del humanismo, de la ecología, se percibe al pasar las páginas de Un mundo que agoniza, en el que ahora sí, tras este largo preámbulo, voy a sumergirme. Alude Miguel Delibes en la entrega a la humillación a que son sometidos los estudios de Humanidades, al no ser considerados rentables, útiles. “Los carriles del progreso se montan (…) sobre la idea del provecho, o lo que es lo mismo, del bienestar. Pero, ¿en qué consiste el bienestar? ¿Qué entiende el hombre contemporáneo por estar bien?”, se pregunta.

Y argumenta más adelante: “Lo que no se presta a discusión es que el “estar bien” para los actuales rectores del mundo y para la mayor parte de los humanos consiste, tanto a nivel comunitario como a niveles individuales, en disponer de dinero para cosas. Sin dinero no hay cosas y sin cosas no es posible “estar bien” en nuestros días / El dinero se erige en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo: llegado el caso, incluso al hombre…” 

Hay momentos en los que las conexiones a las que he aludido se hacen especialmente patentes, por ejemplo cuando Delibes, ya en la parte final, tras haber alertado de todos los males y peligros de las sociedades capitalistas, del progreso desenfrenado, señala: “El desarrollo, tal como se concibe en nuestro tiempo, responde a todos los niveles, a un planteamiento competitivo. Bien mirado, el hombre del siglo XX no ha aprendido más que a competir y cada día parece más lejana la fecha en que seamos capaces de ir juntos a alguna parte”. 

En toda esta parte, en realidad en todo el recorrido, es imposible no establecer un puente con Fromm, recuperar esos fragmentos de su obra ¿Tener o ser?, cuando critica el carácter mercantil de las sociedades en las que el éxito no se basa en el saber y en las capacidades para ser mejores personas, sino en la habilidad para venderse bien en el mercado, para competir con los otros. 

Era consciente el autor de su excesivo pesimismo. En su día, muchos le tacharon de reaccionario por cuestionar el progreso, pero la preocupación de Delibes no estaba en el progreso en sí, sino en su despiadado e irracional rumbo, en el sometimiento a los avances de las máquinas por encima de las personas, de la Naturaleza. Sabía que solo unos centenares de naturalistas en el mundo secundaban sus ideas y se alineaba con quienes se adscribieron por aquellos tiempos al Manifiesto de Roma, convencidos de que solo la defensa y cuidado del medio natural, el decrecimiento de los países evolucionados hasta alcanzar el equilibrio con los más atrasados, y la organización de la vida comunitaria sobre bases diferentes –pequeñas comunidades autoadministradas  y autosuficientes– evitarían el “suicidio colectivo en un plazo relativamente breve”. Ideas que hoy en día siguen sonando utópicas e irrealizables, pese a encontrarnos en una situación en la que ya apenas hay tiempo para frenar el desastre a todos los niveles.

Estamos en el capítulo uno del libro, Mi Credo, absolutamente revelador, en el que Miguel Delibes traza las bases de lo que podría considerarse su particular Manifiesto.”El verdadero progresismo”, escribe, “no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones Hombre-Naturaleza en un plano de concordia”.

Era consciente el autor de su excesivo pesimismo. En su día, muchos le tacharon de reaccionario por cuestionar el progreso, pero la preocupación de Delibes no estaba en el progreso en sí, sino en su despiadado e irracional rumbo, en el sometimiento a los avances de las máquinas por encima de las personas, de la Naturaleza.

Con su lenguaje llano el escritor se pregunta más adelante por el futuro, nos lo pregunta. No hay distancias, él está aquí. Iba por delante en el camino, adelantándose a los acontecimientos, y nos lo hemos encontrado. “El hombre obcecado por una pasión dominadora, persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro. Pero, ¿cuál puede ser, presumiblemente, ese futuro? Negar la posibilidad de mejorar y, por lo tanto, el progreso, sería por mi parte una ligereza; condenarlos; condenarlo una necedad. Pero sí cabe denunciar la dirección torpe y egoísta que los rectores del mundo han impuesto a ese progreso”.

Muchas circunstancias han cambiado. El mundo globalizado no es el de la Guerra Fría, que tanto analizó Delibes. Estamos en un escenario diferente, pero gran parte de lo que intuyó, pronosticó, lejos de diluirse, se ha confirmado y agravado. La corrupción es un síntoma de las sociedades modernas. La eficacia, la producción espectacular y el dinero se han impuesto a “la integridad y a la dignidad humanas”. El consumo y la posesión de objetos dominan nuestro modo de vida. “Al teocentrismo medieval y al antropocentrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo sentido de elevación en el hombre, le ha hecho caer en la abyección y la egolatría”, le leemos.

En la pasada década de los 70, Miguel Delibes ya vaticinó la creciente ambición de poder y de dominación, tan característico de las sociedades neoliberales; el espíritu de competencia, que hoy se detecta en todos los ámbitos: en los trabajos, en las universidades… Detectó la pérdida del sentido de comunidad. Aún lejos de la era de Internet y de las redes sociales, intuyó que cada vez iba a darse una mayor intromisión en la esfera privada de la ciudadanía, una vigilancia de sus datos posible gracias a los avances de la tecnología. Y supo ver la supremacía del espectáculo, del entretenimiento, a través de medios tan alienantes como la televisión… A todo ello alude el humanista en Un mundo que agoniza.

En la pasada década de los 70, Miguel Delibes ya vaticinó la creciente ambición de poder y de dominación, tan característico de las sociedades neoliberales; el espíritu de competencia, que hoy se detecta en todos los ámbitos: en los trabajos, en las universidades…

Las armas nucleares, que aún en el caso de un acuerdo de desarme resultan altamente peligrosas; porque no pueden ser destruidas y su almacenamiento siempre supone riesgos, están en el punto de mira de Delibes, quien también habla en su libro de la guerra química y biológica. “El hombre se ha acomodado a vivir sobre un volcán. Pero “vivir sobre un volcán” era, hasta el día, una situación accidental, esto es, que se le imponía, no buscada por él. Lo insensato es que el evolucionado hombre del siglo XX haya encendido el volcán para después, tranquilamente, instalarse a vivir en sus faldas”, nos dice en un momento dado.

Y en los capítulos dedicados al destrozo del medio natural, sus diagnósticos y argumentaciones no han perdido un mínimo de vigencia. Por desgracia, no se han detenido los procesos y prácticas de destrucción. Aún se siguen expoliando las riquezas naturales que quedan, en defensa de un progreso absolutamente voraz, un progreso que sigue siendo defendido por políticos sin escrúpulos y empresarios movidos únicamente por sus intereses. El uso ilimitado de recursos que no son recuperables, la degradación del medio ambiente, la desaparición de los bosques, la contaminación de los mares… Todo entra en estas páginas en las que Delibes alude a encuentros y conferencias de mandatarios mundiales que siempre acaban en conclusiones bienintencionadas; lo que demuestra, una y otra vez, como nos dice, que la preocupación no acaba de ser profunda, “ni se considera vital por la inmensa mayoría de los gobiernos”.

De la contaminación se habla mucho, como digo, pero la amenaza que comporta, salvo en casos aislados, no cala, no empuja a la acción. Por el contrario, cada país, por su cuenta y riesgo, sigue soñando con incrementar la renta nacional bruta y el nivel de la vida de sus habitantes…”, indica. Y habla de la “rapacidad humana”, del “expolio incesante”.

En la Naturaleza, apenas cabe el progreso. Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder / Empero, el hombre se obstina en mejorarla y se inmiscuye en el equilibrio ecológico, eliminando mosquitos, desecando lagunas o talando el revestimiento vegetal (…) La Historia de la Humanidad no ha sido otra cosa hasta el día que una sucesión incesante de guerras y talas de bosques”, voy leyendo.

El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un  futuro (…) Toda idea de futuro basada en el crecimiento ilimitado conduce al desastre”, dejó dicho Miguel Delibes, asombrado él mismo de la certidumbre que ya en su tiempo había de que se caminaba hacia el drama.

“En la Naturaleza, apenas cabe el progreso. Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder», escribió Miguel Delibes en «Un mundo que agoniza».

El mensaje del escritor está cargado de rotundidad. “Mientras el respeto a los delicadísimos mecanismos ecológicos no sea una actitud desinteresada y general, apenas adelantaremos un paso (…) Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero”, voy pasando las páginas de este libro demoledor en su brevedad. Recuerdo las palabras recientes de otro defensor incansable de la naturaleza, Joaquín Araújo, quien dice: “La humanidad entera viaja en un Titanic que, según algunos, ya ha impactado y esto se hunde. Lo que sucede, por primera vez, es que el  navío se llama Tierra y no hay otra para que venga a rescatarnos”. 

Leer Un mundo que agoniza de Miguel Delibes y otros de sus escritos en la misma línea, casi 50 años después, en un nuevo siglo al que él dudaba que llegásemos, no puede dejar de aterrarnos. Cuando ya hemos superado el tiempo de descuento, como nos dice Jorge Riechmann, es absolutamente incomprensible, penoso, desolador, que sigamos sin cambiar las políticas ni los modos de vida; sin marcar el rumbo, de forma contundente, hacia un decrecimiento responsable y necesario.

Pese a ser testigos de los daños causados; pese a estar asistiendo a transformaciones drásticas en el clima, en los ciclos de la naturaleza, no se actúa a nivel global. Los llamamientos de los jóvenes, que se están jugando el futuro, en los que Delibes ya veía una esperanza, no se corresponden con los resultados de la última Conferencia sobre el Cambio Climático, ni se reflejan en los intercambios de alto nivel del último Foro de Davos. Lo que se hace no deja de ser insuficiente. Los retos urgentes: frenar el calentamiento global, controlar las emisiones de CO2, equilibrar el modelo capitalista, consumista, en última instancia, siguen ahí, estancados en la categoría de retos.

En Un mundo que agoniza, Delibes necesita menos de 200 páginas para  contagiarnos su pesimismo. Os lo advierto. La entrega resulta amarga, él mismo dice que en ocasiones puede adquirir incluso tintes apocalípticos. Pero, ¿cabe la complacencia? ¿podemos seguir mirando para otro lado? Cuando en 1985 Javier Goñi le preguntaba si se consideraba un hombre desconectado del mundo (rehuía los actos sociales, disfrutaba del campo, de estancias cada vez más largas en la localidad de Sedano), su respuesta fue clara: “en absoluto, procuro estar informado de todo lo que pasa, por las vías que sean. Incluso cuando me aíslo en mi casa de Sedano, no pierdo el contacto con la actualidad a través de la televisión, de la radio, del periódico. Tal como está el mundo, el aislamiento me parece culpable”. 

Tal vez la situación de lejanía otorgó a Delibes la perspectiva adecuada, esa lucidez que nos ha legado en su obra. Desde su vida al aire libre, lejos de los ruidos de la urbe, el escritor percibía los males de nuestro tiempo, el aumento de la ansiedad y la angustia en una sociedad cada vez más atemorizada y vulnerable. Como tantos otros humanistas, él lo tenía claro: “A mi entender, únicamente un hombre nuevo –humano, imaginativo, generoso– sobre un entramado social nuevo, sería capaz de afrontar, con alguna probabilidad de éxito, un programa restaurador y de encauzar los conocimientos actuales hacia la consecución de una sociedad estable. Lo que es evidente, como dice Alain Hervé, es que si queremos conservar la vida, hay que cambiarla”. 

Desde su vida al aire libre, lejos de los ruidos de la urbe, el escritor percibía los males de nuestro tiempo, el aumento de la ansiedad y la angustia en una sociedad cada vez más atemorizada y vulnerable.

Desde su clarividencia y su gran intuición, Delibes solo veía esperanza en el ensanchamiento de una conciencia universal, en la transformación interior y de carácter colectivo. Por supuesto que sabía de las dificultades de tal empeño, de su carácter utópico, y de ahí su constante pesimismo. “Hoy por hoy, la Humanidad no está preparada para este salto”, señalaba Delibes. Por la misma época, finales de los 70 del siglo XX, otro hombre, Ernst Friedrich Schumacher, se planteaba en  su ensayo Lo pequeño es hermoso lo mismo y marcaba el rumbo de una economía hecha a escala de las personas, como si la gente tuviera importancia. Un nuevo modelo que debía ir acompañado de transformaciones en los modos de vida, en el viraje hacia propósitos y valores más elevados. Un cambio de mentalidad que, apuntaba el pensador, más que de una concepción espiritual nueva, puede surgir “del miedo materialista que inspiran las crisis ambiental y energética, la amenaza de una crisis alimentaria y los síntomas de una futura crisis sanitaria…”

No quiero terminar este texto sin aludir a otro aspecto que me parece muy interesante: el modo en que Miguel Delibes transmite todas sus preocupaciones y obsesiones a sus personajes; la manera en que se retrata a sí mismo a través de sus seres de ficción “más contemplativos que locuaces”, movidos por la necesidad de mantener su individualismo, “solitarios a su pesar”, al sentirse fuera de un “progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte”.

En el prólogo de Un mundo que agoniza, el autor Ramón García Domínguez, que tanto ha escrito sobre Delibes, señala un momento clave y un discurso inolvidable: el que pronunció el escritor el día que ingresó en la Real Academia Española, en 1975. Entonces, nos dice el crítico, “llevaba un recado (…) Era un recado de parte de sus personajes. De parte de Daniel el “Mochuelo”, isidoro, Juan Gualberto el “Barbas”, Nini el cazador de ratas, la criada analfabeta Desi, Lorenzo el emigrante, el viejo Eloy, el Tío Ratero… / Y el recado era bien sencillo: Que si el progreso moderno, el de la técnica y el de las máquinas, el del consumo desmedido y el del confort, era sinónimo de la destrucción del campo y de los pájaros, ellos renunciaban a ese progreso”.

En la parte final del libro que nos ocupa, el propio Delibes reflexiona sobre su obra, sobre sus paisajes y sus protagonistas, deteniéndose también en un tema que le preocupó siempre: la pérdida del lenguaje, de los vocablos relacionados con la Naturaleza. Antes me refería a la manera en que el autor identificaba los problemas de la España vaciada. Os remito a entregas como Viejas historias de Castilla la Vieja en concreto, pero en ese territorio sitúa Delibes a gran parte de los protagonistas de sus novelas. “El éxodo rural (…) es un fenómeno universal e irremediable. Hoy nadie quiere parar en los pueblos porque los pueblos son el símbolo de la estrechez, el abandono y la miseria”, señalaba. 

¿Qué sentido tiene un paisaje vacío? ¿Qué será de un paisaje sin hombres que en él habiten de continuo y que son los que le confieren realidad y sentido?, se preguntaba. Los personajes de Delibes se rebelan, “se resisten, rechazan la masificación”. Su autor habla en nombre de todos y en el suyo propio: “Al presentárseles la dualidad Técnica-Naturaleza como dilema, optan resueltamente por ésta que es, quizá la última oportunidad de optar por el humanismo. Se trata de seres primarios, elementales, pero que no abdican de su humanidad: se niegan a cortar las raíces. A la sociedad gregaria que les incita, ellos oponen un terco individualismo”.

Miguel Delibes, ese castellano sobrio, de pocas palabras y piel curtida, que practicaba la caza menor y arremetía contra los que utilizaban la escopeta de un modo incontrolado, sin equilibrio; que odiaba los aviones y prefería ir en bicicleta cuando el sueño de la mayoría era moverse en cuatro ruedas –en eso también fue un adelantado–, podía estar aislado, lejos del bullicio, de las prisas de las grandes ciudades. Desde su posición distante, él, que no se consideró nunca un intelectual, estaba alineado con muchos otros que también eran capaces de imaginar y creer en sociedades mejores. Dialogaba y se inscribía en algunas de las corrientes más progresistas del mundo –la ecología, el humanismo, el pacifismo–, que son las que todavía hoy pueden salvar al mundo. Como dice Muñoz Molina, resulta que ese escritor, con cierta “fama de agrario y de rancio”, ha resultado ser el más cosmopolita de todos, un adelantado en el camino. 

La edición de Un mundo que agoniza a la que alude este artículo es la de Plaza & Janés, 1979. Con ilustraciones de José Ramón Sánchez y texto de introducción de Ramón García Domínguez.


Cinco horas con Mario, de Javier Goñi, acaba de ser reeditado por Fórcola Ediciones.

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