Pierre Rabhi, una radical crítica a la modernidad

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Por Emma Rodríguez © 2013 / “La vida sabe a milagro”, subrayo nada más empezar a leer “Hacia la sobriedad feliz” (Errata Naturae), un libro, un autor, Pierre Rabhi, que acabo de conocer y que ya ocupa un lugar entre los que, poco a poco, a lo largo de los años me han ido iluminando el camino. Me refiero a Henry David Thoreau, del que indudablemente se alimenta; a Erich Fromm, con el que tantas afinidades comparte; a Edgar Morin, con quien avanza por nuevas vías, con la esperanza de hacer posibles modos de sociedad diferentes. Son muchas las fuentes, las inspiraciones, a las que me ha ido conduciendo en el trayecto esta obra cautivadora que, desde aquí, a través de mis impresiones, de mis reflexiones, invito a descubrir.

Digo cautivadora a conciencia, con todos los matices de la palabra. Cautivadora por la sencillez de su planteamiento, por la clara exposición de las ideas y por las puertas de lucidez que abre, pero, sobre todo, por la autenticidad del testimonio de un hombre que habla de lo que conoce, de lo que ha vivido, de lo que ha experimentado. Rabhi no sólo traza teorías, no sólo imagina un futuro mejor ante el teclado del ordenador, ante los folios en blanco que ha de ir llenando con sus pensamientos. Rabhi muestra sus manos curtidas por la faena en el campo, habla del difícil ascenso hasta lograr hacer realidad su deseo de construir hoy, también desde la rebeldía, su propia cabaña en el bosque.

¿Quién es este hombre que hace un llamamiento a la moderación, al equilibrio, en un mundo dominado por el ansia de lucro y por la avaricia del tener más a costa de quien sea y de lo que sea? Él mismo nos lo va contando desde el primer capítulo del libro, “Las semillas de la rebelión”, un bellísimo relato de su infancia. La infancia de un niño que se sentía feliz ante la contemplación del trabajo de su padre, un herrero que ejercía su oficio en un pequeño oasis del sur de Argelia, un lugar donde “las estaciones y las constelaciones” daban “ritmo al tiempo”, donde “una especie de alegría omnipresente” superaba la precariedad y donde se cultivaba la gratitud cada vez que las necesidades básicas, esenciales, eran satisfechas. Pero a ese lugar, de la mano de los franceses, llegaron las minas, el trabajo asalariado y los relojes, que introdujeron un nuevo concepto de tiempo en el que no cabía el tan necesario cultivo de la pereza.

Cuando recibieron su primer sueldo algunos de los mineros de esa comunidad no acudieron al trabajo durante uno o dos meses. Cuando volvieron los empleados les preguntaron por qué habían desaparecido. “Ellos respondieron entonces con inocencia que si no habían terminado de gastar su dinero, ¿por qué habrían de trabajar?¡, relata el autor. Y sigue razonando sabiamente: “Sin saberlo, estaban planteando una cuestión que se ha evitado cuidadosamente, pero que hoy algunos consideran esencial, y a la que habrá que responder en estos tiempos de descalabro que obligan a reconsiderar la condición humana: ¿trabajamos para vivir o vivimos para trabajar”.

Rabhi no sólo traza teorías, no sólo imagina un futuro mejor ante el teclado del ordenador, ante los folios en blanco que ha de ir llenando con sus pensamientos. Rabhi muestra sus manos curtidas por la faena en el campo, habla del difícil ascenso hasta lograr hacer realidad su deseo de construir hoy, también desde la rebeldía, su propia cabaña en el bosque

Ese niño, que se sintió herido ante el obligado silencio del yunque, ante la servidumbre a la que también hubo de someterse su progenitor, fue dado en adopción, al morir su madre, a una pareja de franceses que se lo llevaron a otra región, al Norte de Argelia, y le transmitieron una cultura totalmente distinta a lo que había conocido hasta entonce. Sufrió en su adolescencia la Guerra de Independencia de su país y pasado el tiempo se convirtió en un pionero de la ecología, de la agricultura biológica. De todo ello habla en este libro que tiene entre sus principales atractivos, como apuntaba antes, la manera en la que se enlazan el pensamiento, la exposición filosófica, por llamarla de algún modo, con la propia biografía.

Rahbi relata cómo decidió trasladarse a Francia a finales de los años cincuenta y cómo, tras trabajar como obrero especializado en una fábrica de París, se dio cuenta, muy pronto, de que no podía suscribirse a “un modelo de sociedad que evidentemente alineaba al ser humano”, lo que le llevó a tomar la decisión, junto a Michèle, su compañera, de iniciar un proceso de vuelta a la tierra. Ahí se abre el apasionante capítulo de Cevenas de Ardèche, la región francesa donde la pareja empezó una nueva vida familiar basada en la sobriedad del entorno campesino, en la recuperación del contacto con la naturaleza, de la satisfacción interior y del concepto de belleza.

“En este camino, no estuvimos exentos de preocupaciones materiales, tormentos interiores, disensiones y divergencias; pero estas dificultades nos parecieron necesarias para una mejor comprensión de uno mismo y de los demás. Esta vida es, claramente, un camino iniciático ascendente. A medida que ascendemos, como por la ladera de una montaña de incertidumbre, desconocimiento y duda, el paisaje se ensancha, se vuelve más inteligible, y la conciencia parece elevarse, clarificarse”, expone el autor en un pasaje que irremediablemente me lleva a “Walden” de Thoreau: “La Tierra no es meramente un fragmento de historia muerta, colocada estrato sobre estrato como las hojas de un libro, para que la estudien sobre todo geólogos y anticuarios, sino que es poesía viviente al igual que las hojas de un árbol”.

Me interesa la manera en la que Pierre Rabhi habla de su vida, de sus decisiones, llegando incluso a cuestionarse su propio presente, ya convertido en conferenciante, en autor de libros reconocidos, en activista y promotor de iniciativas diversas en el ámbito del “agro-ecologismo” y de la educación, así como de programas de ayuda solidaria en el Tercer Mundo. Quien llevado por su impulso de cambio, fue capaz de presentarse a las elecciones presidenciales francesas en el año 2002 como candidato del partido verde Terre & Hume¬nismo, se cuestiona, sí, hasta qué punto él también ha claudicado en cierto modo; hasta qué punto, inevitablemente, ha tenido que aceptar algunas de las ventajas del sistema capitalista.

Campos. Galicia. Nacho Goberna @ 2011

Mientras he ido leyendo “Hacia la sobriedad feliz” no he podido dejar de pensar en toda la gente que aún sigue creyendo que, una vez superada esta etapa de crisis, podremos volver a salir al mismo sitio donde lo habíamos dejado, al mismo capítulo en el que estábamos antes de que estallara la burbuja inmobiliaria; antes de que palabras como “rescate” o “recortes” no formaran parte del vocabulario cotidiano. “Seamos optimistas, llegará un día en el que nos riamos de todo esto”, escuché el otro día en una conversación mantenida entre un cliente y la dueña de una tienda de víveres. Y me dieron ganas de regalarle el libro.

Pierre Rabhi dice dirigirse a las conciencias despiertas, a todos los que, de algún modo, sienten que solo cambiando a nivel individual, transformando los valores y el orden de las prioridades, ejercitando el derecho a las pequeñas revoluciones cotidianas, será posible dibujar nuevos horizontes. Y no hace falta que todos nos vayamos al campo, opción que, también es cierto, cada vez más gente empieza a contemplar. Basta con aplicar moderación, equilibrio, coherencia y silencio a nuestras vidas. Hay un momento en el que el autor recurre a una profecía de pueblos autóctonos, nativos, tradicionales, que resulta absolutamente esclarecedora: “Sólo cuando se haya talado el último árbol, envenenado el último río, pescado el último pez, sólo entonces descubriréis que el dinero no se come”.

Si dijera que “Hacia la sobriedad feliz” me está abriendo las puertas a las mayores revelaciones, mentiría. Muchas de las ideas que se exponen en este ensayo ya están en otros filósofos que desde hace tiempo se vienen mostrando críticos con la deriva que ha tomado la modernidad, el progreso, y anunciando la necesidad de un nuevo paradigma, de un nuevo trazado sobre el que deberán construirse las vidas de las futuras generaciones. A algunos ya los he citado, pero hay muchos otros y me estimula pensar en todos los que aún desconozco; en todos los que van construyendo esa gran corriente de pensamiento que, ojalá, nos impulse hacia adelante por sendas aún inexploradas.

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Hay un momento en el que el autor recurre a una profecía de pueblos autóctonos, nativos, tradicionales, que resulta absolutamente esclarecedora: “Sólo cuando se haya talado el último árbol, envenenado el último río, pescado el último pez, sólo entonces descubriréis que el dinero no se come”.

Lo que sí puedo afirmar es que Rabhi tiene la capacidad de juntar en una sola pieza gran parte de los interrogantes, de los anhelos, de las fallas de un sistema que hace aguas por todas partes. De ahí que resulte una lectura idónea para los que queremos seguir encontrando claros en el bosque de la zozobra. De ahí que sea altamente recomendable para quienes aún no hayan atisbado las trampas que nos han traído hasta aquí y sigan confiando en prolongar una película que ya dura demasiado y en la que cada vez son menos los protagonistas y más los figurantes. De ahí que considere que debería ser uno de los libros obligados para políticos que ansíen tomar el relevo de los actuales discursos alejados del malestar ciudadano.

“Hacia la sobriedad feliz” es un estupendo punto de partida, una obra que invita a seguir tirando del hilo, ejercitando la curiosidad, pero que por sí sola nos permite armarnos de una rica base para entender mejor lo que ha sucedido, lo que sigue sucediendo, eso que no acaban de contarnos con claridad los medios, ni los economistas, ni los gobernantes aferrados a unos modelos que en el fondo saben abocados al fracaso, pero que continúan perpetrando en base a un malévolo juego de intereses. De todo eso habla Rabhi con una absoluta clarividencia.

La desilusión de tantos obreros que se sometieron a la ley de los grandes sacrificios para que sus hijos estudiaran y tuvieran un futuro mejor; el lenguaje de las finanzas que ha sustituido al de las cosas del campo y, por supuesto, al del corazón; los exilios impuestos por el progreso, que se acentúan con la actual crisis; las desigualdades que en lugar de disminuir se agravan; el frenesí de la falta de tiempo como patología colectiva… Rabhi hace una crítica radical a la modernidad, pero eso no quiere decir que lo desprecie todo y que mire con nostalgia al pasado. “Sería absurdo e injusto”, dice, “negar ciertos avances de la modernidad en el mundo político, tecnológico, médico, etc. Pero estas experiencias positivas, en lugar de haber enriquecido las experiencias anteriores, han hecho tabla rasa, como si el genio de la humanidad que nos precedió no hubiera sido más que oscurantismo, ignorancia y superstición. A esta arrogancia totalitaria debemos la uniformización y la estandarización del mundo de un Polo al otro”, expone.

Nada escapa a la mirada del pensador. Nada deja de importarle, de preocuparle. “Ante la indigencia de muchos, las frustraciones engendradas, la indignación frente a la arrogancia a veces ostentatoria de los grandes pudientes, la política arbitraria, las vanidades exacerbadas, la cretinización en masa y las manipulaciones de todo tipo, ¿cómo no presentir un ciclón social de gran envergadura?”, se pregunta. “¿Cómo no verse invadido por una dolorosa rabia al ver que la vida se profana por ignorancia? El mundo actual se ha construido bajo la inspiración de una racionalidad sin alma”, reflexiona.

Rabhi habla de la desilusión de tantos obreros que se sometieron a la ley de los grandes sacrificios para que sus hijos estudiaran y tuvieran un futuro mejor; del lenguaje de las finanzas que ha sustituido al de las cosas del campo y, por supuesto, al del corazón; de los exilios impuestos por el progreso, que se acentúan con la actual crisis; de las desigualdades que en lugar de disminuir se agravan; del frenesí de la falta de tiempo como patología colectiva…

Y considera, desde una evidente complicidad con los postulados de Stéphane Hessel, un deber mantener la indignación “para no caer en la indiferencia o en un sentimiento de fatalidad que nos hundiría en la impotencia”. “Ahora más que nunca, son necesarios los nuevos políticos realistas y atentos a los grandes movimientos que se propagan hoy y ganan en número, no para frenarlos (pues sería en vano) sino para acompañarlos. La difícil situación mundial que los ha inspirado los volverá cada día un poco más universales”.

Campos. Cantabria. Nacho Goberna @ 2002

Partidario de la defensa de las utopías como semilla de todo florecimiento de cambio, consciente de que la confortabilidad del modelo antiguo es uno de los principales obstáculos para conseguir ir avanzando en una nueva dirección, Rabhi no se cansa de gritar contra la vulgaridad de las finanzas, la subordinación al lucro, la inmoderación, el derroche, en términos similares a como lo hiciera Erich Fromm en su clásico “¿Tener o ser?”, publicado a finales de los 70 y donde abogaba por renunciar a la economía de mercado libre y por la creación de unas “condiciones de trabajo y un espíritu general en que los estímulos eficaces no fueran las ganancias materiales, sino otras satisfacciones psíquicas”, como paso necesario para avanzar hacia la constitución de una nueva humanidad solidaria y pacífica.

“La “resistencia declarada al consumo excesivo” y “la necesidad de contribuir a la equidad en un mundo en el que cohabitan la sobreabundancia y la y la miseria”, son también los principios de los que parte Pierre Rabhi, quien repetidamente se refiere a recuperar la alegría, la alegría ante la cosecha que experimentaban los campesinos de antaño; la alegría ante el trabajo realizado en plenitud que proporcione los medios necesarios para cubrir las necesidades básicas, sin tener por objetivo el enriquecimiento, la productividad por la productividad.

Partidario de la defensa de las utopías como semilla de todo florecimiento de cambio, consciente de que la confortabilidad del modelo antiguo es uno de los principales obstáculos para conseguir ir avanzando en una nueva dirección, Rabhi no se cansa de gritar contra la vulgaridad de las finanzas, la subordinación al lucro, la inmoderación, el derroche, en términos similares a como lo hiciera Erich Fromm en su clásico “¿Tener o ser?”

El pensador de origen argelino marca el camino hacia “una ligereza singular, la de la sobriedad tranquila y feliz”, la de la “autolimitación” voluntaria, consciente, nada que ver con el discurso de los esfuerzos colectivos que piden los gobiernos actuales y que se reducen a exigir más trabajo, más productividad, más alienación a cambio de menos derechos y salarios más bajos. Lo que propugna Rabhi, en la misma senda de lo que propugna Edgar Morin en su reveladora obra “La vía”, es “la conquista de un arte de vivir”. Y si el primero alude a la rehabilitación de un buen número de prácticas del pasado como respuesta obligada al “callejón sin salida al que se dirige el mundo contemporáneo”; el segundo anima a mirar atrás, a los filósofos de la India, de China y de la Antigüedad griega, que tanto se afanaron en la búsqueda de ese arte esencial de saber vivir.

Ambos coinciden en la necesidad de recuperar el sentido, el latido de la espiritualidad, sin que ello suponga adscribirse a un credo determinado. “La llamada a la espiritualidad (empleamos esta palabra porque no tenemos otra mejor que oponer a la materialidad y al afán de lucro) se está infiltrando en nuestra sociedad. Cuanto más carecemos de una dimensión interior, más nos invade y nos oprime la lógica de la máquina artificial, más nos infesta el mundo cuantitativo del “cada vez más”, convirtiéndose en necesidad aquello que nos falta: la paz del alma, la relajación, la reflexión, la búsqueda de otra vida que dé respuesta a lo que, dentro de nosotros, está oprimido y asfixiado”, escribe Morin.

“Aunque yo no pertenezca a ninguna religión (a la que debo, por otro lado, el haber sido iniciado en la trascendencia), me he dado cuenta de que la sobriedad feliz, para mí, atañe decididamente a un ámbito místico y espiritual” (…) “Es una pena que el tiempo invertido en tratar de averiguar si existe vida más allá de la muerte no haya sido consagrado a comprender qué es la vida y, al comprender su inmenso valor, a actuar para hacer de ésta una obra de arte inspirada en un humanismo vivo y activo, en cuyo seno la moderación fuera un arte de vida”, voy repasando algunas de las ideas de Rabhi.

El pensador de origen argelino marca el camino hacia “una ligereza singular, la de la sobriedad tranquila y feliz”, la de la “autolimitación” voluntaria, consciente, nada que ver con el discurso de los esfuerzos colectivos que piden los gobiernos actuales y que se reducen a exigir más trabajo, más productividad, más alienación a cambio de menos derechos y salarios más bajos

Son muchas las reflexiones que despierta “La sobriedad feliz”. Finalizada la lectura mi ejemplar está absolutamente subrayado, lleno de anotaciones. Todo me parece inspirador, me remite a otras lecturas, me hace pensar. Rabhi acierta al hacer comprender las cosas más complejas desde la lógica más simple, a través de un recorrido certero por el mundo que habitamos a comienzos de este incierto siglo XXI. “La sobreabundancia y la felicidad no van forzosamente de la mano”, insiste. Y se detiene a analizar el maltrato a la naturaleza; la necesidad de una alimentación sana, basada en productos libres de pesticidas; el saqueo de un planeta convertido en “mina de recursos por explotar”. “Los bosques, el suelo nutricio, el agua, las semillas, los recursos pesqueros, etc., deben alejarse imperativamente de la especulación financiera. Resulta lamentable e indignante ver el patrimonio vital de la humanidad -y las innumerables criaturas que comparten su destino- subordinado a la vulgaridad del dinero sin escrúpulos”, se alinea con los movimientos ecologistas.

Los males de una educación que propugna el crecimiento de nuevas generaciones hechas para competir, para ser productivas, en lugar de “seres humanos realizados, capaces de pensar, de criticar, de crear, de dominar y hacer frente a sus propias emociones, así como capaces de eso que llamamos espiritualidad”, es otro capítulo interesantísimo del libro, así como el análisis que se hace de la publicidad como deformadora de visiones y opiniones o de las nuevas tecnologías, con sus ventajas y desventajas. Aquí, ante la confusión y el exceso de informaciones contradictorias que nos llegan vía Internet, Rabhi recomienda, de vez en cuando, una cura de desintoxicación. “¡Oh, el silencio…! ¡Qué maravilla! Hacer de vez en cuando una buena dieta de información, como un ayuno purificador, es probablemente uno de los actos de sobriedad más beneficiosos”, señala. ¿Sencillo de llevar a la práctica? Intentemos, probemos.

(“Hacia la sobriedad feliz” ha sido publicado por Errata Naturae. La traducción ha corrido a cargo de Marisa Morata Hurtado).

El artículo se ha ilustrado con: una fotografía del autor cedida por la editorial; fotografías del campo del archivo de Nacho Goberna y la célebre pintura “La siesta” de Vicent Van Gogh.

Van Gogh / La Siesta

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