Joaquín Araújo: «La rebeldía de los jóvenes ecologistas es la última esperanza»

-Todas las fotografías por Nacho Goberna © 2019

Emma Rodríguez © 2019 /

Mi mejor poema es mi huerta; mi mejor documental, el bosque que he conseguido poner a crecer; mi mejor conferencia, la que le doy a menudo al silencio… Poco, o nada, iguala y menos aún supera el sereno placer de asistir a la revitalización de un paisaje”. Quien lo dice es Joaquín Araújo (Madrid, 1947) en el texto inicial de Laudatio Naturae, bellísimo libro homenaje donde los textos y versos de este naturalista, campesino, poeta, comunicador e indiscutible pionero del ecologismo en España, se acompañan de los escritos de doce autores que se adentran en sus senderos  y motivaciones, desgranando las claves, las palabras, los afanes, luchas y convicciones que marcan un trayecto de sólidas raíces, un camino inspirador que cobra relevancia en un presente en el que cada vez surgen más voces que alertan de la agonía del planeta, de la urgencia de parar su devastación.

Hasta once especies de pájaros detectó nuestro hombre durante el tiempo que duró la charla que a continuación se desarrolla y que tuvo lugar recientemente, una tarde de domingo, durante la celebración de la Feria del Libro, en el parque madrileño del Retiro. “Es algo natural en mí. Aunque esté atento a la conversación, mis oídos están abiertos al lenguaje de los pájaros”, me explicaba, ya de camino a la caseta donde había de firmar ejemplares de esta entrega publicada por La Línea del Horizonte que lo resume y lo retrata. Menos de una hora de encuentro (tuvimos que prolongar la entrevista a través del correo electrónico porque, por falta de tiempo, muchas preguntas se quedaron en el aire), bastaron para que se apropiase de mi estado de ánimo una especie de  alegría, esa carga energética positiva que son capaces de contagiar ciertas personas con su entusiasmo, su sencillez, su don para transmitir sus ideales, sus conocimientos, incluso su enojo ante lo que no está bien, ante las injusticias (algo que conocen muy bien quienes le han seguido en sus variados espacios radiofónicos).

Mientras caminaba, con su pesado maletín de cuero, cargado de libros que le habían regalado en otra feria de naturalismo, Araújo me iba hablando de los pájaros, de los árboles que iba saludando a su paso, atento al momento, creando a su alrededor un entorno de agradable inmediatez, de calma, fuera de los apremios de la agenda. Atalantar es un verbo que el autor utiliza con frecuencia, en los intercambios de mensajes, en las dedicatorias de sus libros. “Que la vida te atalante”, suele decir. Atalantar en sus múltiples sentidos de serenar, calmar, tranquilizar, agradar, satisfacer… Esa sensación, ese efecto, ese espacio y alegría de la que os hablo, siguen presentes cuando evoco ese día, ahora mismo, mientras escribo y os hago partícipes de la experiencia, de este diálogo que se inició hablando de Extremadura, de las Villuercas cacereñas, un paisaje sin el que Joaquín Araújo, de origen madrileño, no sería quien es, y que, sin embargo, no descubrió hasta pasados los 20 años.

El dato resulta muy revelador y me lleva a preguntar: ¿Antes del encuentro con ese entorno geográfico tan particular, hay elementos en la infancia que expliquen la pasión por los espacios abiertos, por la naturaleza?

– Lo curioso es que en una sociedad como la nuestra, donde casi todo el mundo tenía un padre o un abuelo agricultor, campesino o ganadero, yo no tuviera ninguna de esas referencias. Nací en el barrio madrileño de Chamberí y mis antecedentes cercanos eran todos militares, aunque lo cierto es que desde muy pequeño me llamaba la atención el mundo rural, mucho más que la propia naturaleza. ¿Dónde se pudo alimentar eso? Pues probablemente en los largos veraneos con mi familia en un pinar de la sierra de Ávila. Estudié en el Instituto Italiano de Madrid y nuestras vacaciones eran bastante más extensas que las de los alumnos de la mayoría de los otros colegios. Disponíamos de tres meses y medio como mínimo al año y eso me permitía pasar mucho tiempo al aire libre. Creo que ahí nació mi pasión por la naturaleza, pero la consolidación definitiva me llegó bastante tarde, porque antes de decidir ser naturalista, mi vocación fue la literatura. Fui un lector y un escritor extraordinariamente precoz. A los 13, 14 años, ya escribía textos y leía obras complejas. A los 15 años fundé una tertulia literaria y me introduje en un círculo de intelectuales, de poetas malditos. De joven era íntimo amigo de Leopoldo María Panero, escribíamos como posesos, a dos manos incluso… Pero a los 19 años me separé literalmente de todo ese mundo de pretendidos escritores, de pretendidos poetas y me hice naturalista. Evidentemente, la literatura nunca me ha abandonado del todo y ahora, a partir de los 60, después de haber realizado una carrera densa y variada sobre todo lo que es la divulgación científica vinculada a la naturaleza en este país, lo que más me interesa es otra vez la poesía.

– Pero siempre muy relacionada con todos tus conocimientos y experiencias de la naturaleza…

–  Sí, claro, porque a pesar de que se trata de uno de los temas más grandes que existen, la literatura más o menos convencional se ha ocupado muy poco de la naturaleza. Ahora es cierto que hay un resurgimiento bastante espectacular, pero yo llevo 40 años publicando literatura de la naturaleza. Mi historia, volviendo a lo de antes, es una historia capicúa: la de un precoz literato que amaba la poesía sobre todas las cosas, se hizo naturalista y profesional del periodismo ambiental, ecológico, de divulgación científica, y volvió, a partir de los 60 años, al cultivo de los versos.

– ¿Cómo fue a parar el joven Araújo a las Villuercas? ¿Se puede hablar de paisaje transformador?

– Bueno, mi descubrimiento de las Villuercas fue totalmente azaroso. Se debió al típico compañero de mili, que como veía que yo era muy naturalista, me dijo que para árboles y para pájaros, su pueblo. Fue tan insistente y convincente que no me quedó más que decirle: “pues vamos a tu pueblo”. Y cuando  llegué allí, me sucedió algo que no es que sea excepcional, pero que sí creo que le ha pasado a muy poca gente: el descubrimiento de tu lugar en el mundo. Es algo similar a lo que en ocasiones pasa con las parejas, sentimentalmente hablando, o con las profesiones o devociones. Llegué a ese sitio con 20 años y para mi gran sorpresa, lo primero que pasó por mi cabeza fue: “anda, ya sé donde me van a enterrar”. Lo primero que me provocó aquel paisaje fue la idea de que iba a ser de ese paisaje, iba a pertenecer a ese paisaje. Y cómo lógicamente lo que más dura es la eternidad post mortem de cada cual, me dije: “pues yo ya sé donde voy a estar para el resto de la eternidad, aquí en mitad de estas montañas”.

Estamos, claramente, ante uno de esos momentos que definen, que marcan una vida…

–  Sí. Fue determinante por todo, porque es en ese entorno donde culmino mi trayectoria como naturalista: hago investigaciones, incluso científicas, y publico trabajos serios, pero también redondeo todas las vivencias de la naturaleza que están condensadas en Laudatio. Todo eso empezó a los 20 años, con el descubrimiento de un lugar que es de los más hermosos del país, de los más deshabitados y por tanto de los más vivaces desde el punto de vista de la naturaleza. Y yo con el paisaje mantengo relaciones amorosas directamente. Hay un episodio que ilustra muy bien esto que te digo. Cuando dirigí mi primera serie de documentales para Televisión Española, durante el rodaje, como sucede en todos los rodajes del mundo, surgieron tensiones, y en un momento dado, me quejé de los técnicos con el jefazo de turno. Le dije que no podía ser, que no les gustaba el trabajo, que no se integraban, que no eran capaces de un poco de sacrificio, que no entendían lo que era la naturaleza. Y él me contestó: “Ya está bien; parece que tú eres el único que sabes de naturaleza y que te interesas por la naturaleza. La naturaleza nos interesa a todos”. Me quedé mirando a aquel buen señor y le dije: “Sí, sí, estoy seguro de eso. La naturaleza les interesa a todos, pero muy pocos nos acostamos con ella”. Se trata de eso. Yo me llevo acostando con una señora naturaleza desde hace 40 años y eso es determinante en toda mi vida, en mi obra, en mis relaciones, en mis amistades, absolutamente en todo.

¿Cómo describirías, en pocas palabras, ese paisaje que cambió tu destino?

– Pues es una maravilla de las maravillas. Se necesita tener ese doble culto a la vida rural y a la vida espontánea, para llegar a apreciarlo en su totalidad. En pocas palabras puedo decirte que, desde la puerta de mi casa, domino 300 kilómetros cuadrados de territorio. No se ve ninguna otra casa, ninguna carretera, ningún tendido eléctrico…. Y estoy rodeado de árboles por todas partes.

«Yo me llevo acostando con una señora naturaleza desde hace 40 años y eso es determinante en toda mi vida, en mi obra, en mis relaciones, en mis amistades, absolutamente en todo».

Pero sí hay conexión a Internet…

– Sí, ahora hay cobertura. Pero pasé los primeros 20 años (llevo 41 instalado ahí) sin luz eléctrica, sin Internet. Puedo decir que soy de las pocas personas, seguramente, de este momento histórico, que ha escrito libros a la luz de las velas, a mano, además. Y la primera consecuencia de vivir así es que te da la posibilidad de escuchar. Hay algo que suele pasar inadvertido incluso a los mejores naturalistas de todo el mundo, el hecho de que la contemplación es sobre todo escucha, sobre todo percibir los sonidos, los distintos lenguajes de lo espontáneo. Y resulta que vivo en un sitio en el que perfectamente puedo pasar varios días sin oír ningún ruido ni ninguna palabra de otro ser humano. Escucho al aire, escucho al agua, escucho a los pájaros, escucho lo que la soledad de la naturaleza te cuenta, que es mucho, y que se convierte en un ejercicio que casi nadie practica. Por eso en Laudatio uno de los capítulos está dedicado al silencio.

El silencio ocupa un capítulo del libro y también la soledad. ¿Siempre has vivido solo?

– No. Yo tengo familia, estoy casado, tengo un hijo y un nieto. He vivido en las Villuercas con mi familia durante mucho tiempo, aunque siempre, de forma salpicada, esporádicamente, he pasado largas temporadas solo –no ha habido año en que no haya sido así–, pero ahora se ha convertido en algo permanente. Por azares de la vida, desde hace cuatro años estoy solo en Extremadura. Mi esposa vive en Madrid porque se ocupa de cuidar a su madre, que tiene 100 años. Puedo decir que hago muy poca vida familiar, porque cuando no estoy en Extremadura paso mucho tiempo viajando.

«Resulta que vivo en un sitio en el que perfectamente puedo pasar varios días sin oír ningún ruido ni ninguna palabra de otro ser humano. Escucho al aire, escucho al agua, escucho a los pájaros, escucho lo que la soledad de la naturaleza te cuenta, que es mucho»

– En el primer texto de Laudatio, el que sigue a tu Pórtico (inicio) Antonio Muñoz Molina te califica como “el más moderno” y te sitúa muy cerca de Miguel Delibes, ambos implicados en la lucha ecológica cuando muy pocos en España se ocupaban de ella.

– Me parece una compañía muy apropiada. Disfruté de la cercanía de Miguel Delibes en tres o cuatro ocasiones, siempre le he admirado y he leído prácticamente toda su obra. En una ocasión nos dieron un premio conjunto y cuando publiqué mi primer libro en el año 80 él fue muy generoso conmigo y destacó su gran contenido poético. Fue un espaldarazo importante para mí. Aunque era cazador, por edad y por sensibilidad, Delibes es un adelantado del diagnóstico sobre este “mundo que agoniza”, tema que centró su discurso de entrada en la RAE. Se trata de un manifiesto que podría firmar hoy día cualquier ecologista por radical que sea. Es más, cuando luego con su hijo mayor, Miguel, el biólogo, con el que tengo mucha amistad, escribió otro libro sobre las mismas cuestiones en plan dueto, el padre es infinitamente más radical que el hijo (risas).

– La verdad es que ahora que la emergencia climática está en el primer plano de la actualidad; ahora que tantos políticos la niegan y aún hay demasiada gente que se resiste a darle la importancia que tiene, sorprende y deslumbra que personas como Araújo o Delibes se hubieran adelantado al diagnóstico hace tantos años.

– Bueno, es lo que dice Muñoz Molina. En mi caso, pronto hará 51 años que estoy en activo dentro de la lucha ecologista. Me hice activista ecológico en 1968. En el simbólico 68, cuando la gente joven de izquierda era de izquierda convencional, surgimos un pequeñísimo número de personas que entendimos muy pronto que lo verdaderamente importante era impedir la destrucción del planeta; que eso tenía que ir de la mano de la izquierda. Éramos cuatro locos, contados con los dedos de la mano. Solo había tres organizaciones en España en ese momento y yo me apunté a las tres a la vez.

– ¿Cómo hemos podido permanecer tan ciegos tanto tiempo y cómo se explica que todavía sigamos enceguecidos ante algo tan grave, tan evidente y todo indica que inminente?

– La pregunta es demasiado compleja, necesitaríamos más de una hora para explicarlo. Pero intentaré resumirlo. Lo primero que hay que tener en cuenta es que la conciencia es una traidora permanente para los que se consideran concienciados. Ahora mismo si preguntamos a las personas que están a nuestro alrededor, nos dirán que tienen conciencia ecológica, que están muy preocupadas por el medio ambiente, pero ese tipo de conciencia, como otros muchos, como la conciencia de solidaridad o de igualdad, es absolutamente traidora, es una puñetera embustera, engaña a todo cristo… Ese es un grave problema. Tenemos ahí como una especie de parachoques, interponemos un muro de extraordinario autoengaño, autodesprecio incluso, nos mentimos como bellacos. Y en segundo lugar, nos encontramos con que el futuro no existe. Psicológicamente para la mayoría de la gente el futuro no existe. En este sentido, lo más novedoso, desde el punto de vista incluso filosófico moral, del ecologismo, es decir: “Señores, nosotros estamos representando al futuro, nosotros somos unos mensajeros del futuro, somos ciencia-ficción en realidad, estamos defendiendo algo que no existe, pero como consideramos que sí existe estamos planteando las cosas que planteamos…” A estos dos puntos, hay que añadir toda la parafernalia de la fe en la tecnología, la idea de que ya lo arreglará un aparato que inventará no sé quien… Y luego están las facetas perversas de la condición humana, entre las que una de las peores es la comodidad. ¿Para qué me voy yo a esforzar? Todo eso se conjuga para que, a pesar de que llevemos 50 años dale que te pego con los avisos, y de que cada día tengamos un auténtico aluvión de confirmaciones, aún haya tanta resistencia. Lo del cambio climático no es nuevo, no ha surgido de repente. Lo que ahora mismo está diciendo la joven activista sueca Greta Thunberg no es nada distinto a lo que yo y otros decíamos hace 45, 50 años. Ella no está exponiendo ningún argumento diferente. Lo que pasa actualmente es que esta oleada de viernes verdes y de jóvenes que salen a la calle diciendo “me estáis jorobando, me estáis robando la vida”, es la última esperanza, esa sí que es la última esperanza.

En el simbólico 68, cuando la gente joven de izquierda era de izquierda convencional, surgimos un pequeñísimo número de personas que entendimos muy pronto que lo verdaderamente importante era impedir la destrucción del planeta. Éramos cuatro locos, contados con los dedos de la mano.

Muñoz Molina te sitúa en la estirpe de los naturalistas del XIX. Pienso en el movimiento trascendentalista: Thoreau, Emerson, Whitman, Fuller… ¿Qué significan para ti, te sientes deudor de su espíritu, de su obra?

– Sí. Todos tenemos antecesores e inspiradores. Lo que pasa es que eso hay que autentificarlo. Yo leí con devoción a Whitman y cuando participé recientemente en el homenaje que se llevó a cabo en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid por los 200 años de su nacimiento, lo primero que hice fue sacar mi ejemplar de Hojas de hierba. “Miren, esto me acompaña desde hace 54 años”, les mostré a los asistentes mi libro, ya completamente deshecho, con mil apuntes. Hace 54 años yo leía a Whitman y eso consolidó mi tendencia. Con Thoreau me pasó lo mismo y con Emerson. Lo que pasa es que para la mayoría de escritores las influencias son de salón, y si de algo me siento especialmente orgulloso es de tener el triple de experiencias de la naturaleza que el señor Thoreau. Lo puedo demostrar porque he vivido del modo que él propone en Walden mucho más que él y no digamos que muchísimo más que Whitman o Emerson. Soy deudor, soy heredero de ellos, de su lectura, sin duda, y me pasa lo mismo con John Muir y con otros. Pero, en mi caso, puedo decir que he radicalizado, he llevado al extremo, sus experiencias.

– ¿Qué crees que dirían si levantarán la cabeza todos ellos? ¿Dónde está la herencia de todos estos pioneros del ecologismo en los Estados Unidos de hoy, con un presidente como Donald Trump que encabeza el movimiento del negacionismo ante el cambio climático? Es bastante desolador pensarlo.

– Es devastador hasta la tortura. Tengo amigos naturalistas y ecologistas norteamericanos que no pueden pronunciar la palabra Trump, porque se les atraganta. No les cabe en la cabeza que en el país de la democracia esté pasando lo que está pasando. No podemos olvidar que en Estados Unidos, gracias también a Emerson, a Thoreau, a Whitman, hay una rama importantísima, una porción elevada de estadounidenses que rinden auténtico culto a la naturaleza, que entienden que ir a un parque natural es algo casi sagrado, ritual, con un poder extraordinario. Y este presidente se atreve a proponer la reducción de las superficies de los parques naturales, cuando para los norteamericanos esas zonas son como el museo del Prado para nosotros… Que a alguien se le ocurra pensar en intervenir en el Yosemite o  en el Gran Cañón es una auténtica blasfemia. No todo el mundo sabe que Estados Unidos es el país que tiene más verdes del mundo. Son muchos los estadounidenses que aman esos espacios y los cuidan, pero los sistemas electorales y toda la parafernalia de la política van por otro lado. Ya puedes obtener muchos millones de posibles votos para poder tener una influencia… Es complicado. Pensemos que, de todo el planeta, el movimiento verde apenas tiene una gran pujanza en algunos países europeos (Alemania, Países Nórdicos, Francia….) Pero, volviendo a la pregunta, concluyendo: si Thoreau, Emerson, Whitman, levantaran la cabeza de la tumba volverían a morir de asco.

Probablemente el que Trump se convierta, por ideología y por el poder que tiene en sus manos, en algo casi equivalente a un tsunami, a una catástrofe natural de proporciones similar, es otra cosa que no ha pasado nunca en la historia de la humanidad.

Ya les parecía horroroso el ferrocarril, que marcó los comienzos del progreso, y supuso un cambio de sociedad, de modos de vida.

– Sí, en efecto. Mantenían una actitud muy precavida. Ojo con las tecnologías, avisaban. Se puede decir que ellos fueron testigos del primer ir devorando el mundo, de la apisonadora. Pero si levantaran la cabeza y pudieran entender lo que es el 5G todavía se morirían más de asco, porque digan lo que digan es muy posible que el 5G acabe con la humanidad. Y no lo digo yo, lo dicen los científicos más avezados del planeta. Pensemos que ya hay media docena de gobernantes en el planeta para los que su principal instrumento de poder es twitter. Pero, ¿dónde estamos?, ¿esto qué es? Probablemente el que Trump se convierta, por ideología y por el poder que tiene en sus manos, en algo casi equivalente a un tsunami, a una catástrofe natural de proporciones similar, es otra cosa que no ha pasado nunca en la historia de la humanidad. Estamos ante alguien que desde un despacho, por negar el cambio climático, o apostar por perjudicar cualquier medida que lo aplaque, puede estar convirtiéndose en una fuerza geológica, una fuerza transformadora de lo real y de lo viviente. Suelo defender mucho que para luchar contra el cambio climático hay que saber lo que es el clima y lo que somos todos y cada uno de nosotros en relación al clima, pero es que el señor Trump no tiene conocimientos al respecto, no sabe que él es una consecuencia del clima. Todos los seres vivos de este planeta somos una consecuencia del clima. En el fondo somos tan hijos del clima, como deudores de las plantas o hijos de nuestro padre y de nuestra madre. Pero, claro, estas cosas que son una visión muy panorámica, completa y profunda de lo que es la vida, no entra en la cabeza de este señor… Para él la vida, supongo, son unos guarismos en una pantalla del ordenador.

– Pero lo triste, lo preocupante, es que esto no le pasa solo a él. Este desconocimiento, ignorancia, desprecio, lo comparten millones de personas en todo el mundo. Leyendo sus libros y los de otros ecologistas; al volver la vista a movimientos como el trascendentalismo, nos damos cuenta de hasta qué punto hemos perdido la conexión con la naturaleza, con las raíces, los vínculos, las palabras esenciales. Estamos aislados de lo trascendente.

– Así es. Este libro y casi todos mis libros son una apuesta por recuperar el diálogo, la relación. Pero es que la principal característica de esta civilización es de una torpeza literalmente ontológica. Consiste en pretender vivir sin la vida, y cuando se empieza a vivir sin la vida se acaba viviendo contra la vida. Se trata del disparate, intelectualmente hablando, más profundo que puede haber. Pretendemos vivir sin lo que permite vivir. Pero, ¿qué es esto?. Ahí está la batalla. Por eso en todos mis libros, mis conferencias, mis artículos y programas de radio, lo que hago es recordar, entre otras cosas, que la vida es confluencia, es convivencia, es ciclo, es pertenencia y es dependencia. “Mire usted, no, no es el móvil, no es el Internet, no es que usted tenga un coche de quinientos caballosLa vida es esto, esto y esto”.

– En un ensayo reciente el antropólogo francés Bruno Latour se pregunta dónde podemos aterrizar en los tiempos de la emergencia climática, y muestra su confianza en Europa, pero en una Europa que acabe liderando un horizonte verde y de acogida.

– Me parece un planteamiento extraordinariamente sensato, progresista, solidario, científicamente correcto y desde luego políticamente necesario. Somos el único continente con suficiente cultura para abordar los cambios pertinentes, porque al final también este es un problema cultural, de tener suficiente conocimiento y aplicación de ese conocimiento para que no sea solo sustractor sino enriquecedor. Europa es el continente que tiene más ecologismo, más partidos verdes, más años de debate, más iniciativas en el campo de las renovables… Ya somos indiscutiblemente líderes mundiales en economía vivaz, término que me gusta más que sostenibilidad o circularidad, porque se trata de vivir con la vida y por tanto las soluciones tienen siempre que llevar el concepto vida en sus planteamientos. Fuera de toda duda, los que estamos mejor situados y más concienciados somos los europeos. Ni los indios, ni los chinos, ni los norteamericanos, están mejor preparados para acometer ese aterrizaje al que se refiere Latour.

La principal característica de esta civilización es de una torpeza literalmente ontológica. Consiste en pretender vivir sin la vida, y cuando se empieza a vivir sin la vida se acaba viviendo contra la vida. Se trata del disparate más profundo que puede haber.

– Pero todo choca con las teorías neoliberales que apuestan por el crecimiento, por la productividad sin freno, aunque eso siga castigando ferozmente al planeta.

– Si. Los cambios no parecen nada fáciles y mucho menos cuando emerge, como ahora, el temor al diferente. El absurdo planteamiento de que nos quitan trabajo o minan la propia cultura. En cualquier caso el humanismo progresista que todavía late por el viejo mundo debe contrarrestar la xenofobia y la degradación ambiental. Los europeos somos los que más y mejor conocemos las enfermedades ambientales, los que más políticas verdes hemos puesto en funcionamiento y, no menos, los que en el ámbito estrictamente político tenemos más y mejores partidos verdes con considerable influencia en países como Francia y Alemania. Ejercer el liderazgo resulta obligado, pero no menos establecer cuanto antes otra vara de medir el bienestar que no sea el PIB, porque todas la medidas de regeneración ambiental implican menor actividad económica en todos los sectores. Lo que está mucho más que claro es que el modelo económico actual además de resultar imposible no ya a largo plazo sino a corto, es el causante de la ya patente demolición del planeta viviente.

¿Cómo interpretar el auge de la xenofobia cuando los desplazamientos, de personas de unos territorios a otros, debido al cambio climático, irán en aumento?

– Vivimos en un tiempo en el que de Málaga hemos caído en Malagón; de la sartén al fuego… Los neofascistas están aquí. Del todo vale del neoliberalismo, que es curiosísimo, porque es el todo vale menos la vida; todo vale menos lo que más vale, hemos caído en que la diferencia es un terror, un peligro, una amenaza… Y resulta que la xenofobia empieza a triunfar políticamente. Por eso es muy importante la lucha ecológica. Ahora mismo el mayor contrapeso a las derechas y ultraderechas que empiezan a brotar es curiosamente el ecologismo bien entendido, porque la izquierda tradicional parece que está hecha migas.

– Y el feminismo…

– Claro, pero es que solemos olvidar algo muy importante, que la defensa de la vida, de la naturaleza, es inseparable del feminismo y del pacifismo más estricto. Son tres cosas prácticamente inseparables. Igual que antes te decía que hace 47 años yo decía lo mismo que Greta Thunberg, te digo que hace 47 años era ecofeminista. Siempre, desde que de niño iba al Liceo Italiano y me sentaba junto a compañeras de clase, lo que no era muy común en la España de entonces, he considerado algo evidente y esencial la igualdad entre hombres y mujeres.

La defensa de la vida, de la naturaleza, es inseparable del feminismo y del pacifismo más estricto. Son tres cosas prácticamente inseparables.

–  Jorge Riechmann dice que estamos en tiempos de descuento. Yo creo que Joaquín Araújo es un poquito más optimista. ¿Cuesta mantener ese optimismo?

– Bueno, es que ya hay predicciones de desaparición de la especie humana para 2030 y hasta para 2025… Yo soy muy amigo de Riechmann, nos hemos prologado libros el uno al otro y ciertamente Riechmann es de los del colapso, de los que dicen que no hay nada que hacer ya, que el colapso está asegurado y demás. Yo me resisto, pero no por ignorancia de los datos que avalan esas teorías. Los conozco, estoy en permanente contacto con fuentes de información tremendas, con informes que incluso a veces cuesta mirar porque te va entrando una angustia tremenda, pero, probablemente porque soy campesino, probablemente porque amo la vida, probablemente porque soy un activista de una época en la que creíamos en transformaciones histórico-sociales, aún defiendo el todavía estamos a tiempo, pero lo hago con una especial matización, y ojo a la frase: la especie más amenazada del planeta, y está amenazado el 20 % de las especies y ha desaparecido la mitad de la vida salvaje en los últimos 50 años, repito, la especie más amenazada del planeta es el “todavía estamos a tiempo”. Yo cuido el “todavía estamos a tiempo” en todas mis apariciones públicas, pero como si fuera el último lince que hay que rescatar. Esa es la batalla. Y es mi forma de no aceptar el que ya no nos queda tiempo, así de claro. O todavía peor. La frase más terrible que se ha escrito nunca, que es de Susan Sontag y que es muy apropiada para estas cosas, es aquella que dice: Hace ya mucho tiempo que es demasiado tarde. Eso es lo más desolador que hay. Yo me resisto con armas, dientes, uñas. Y lo que hago es plantar árboles. Tengo que plantar árboles hasta el último día y si es el último día también.

Antes te referías al movimiento verde de los más jóvenes como algo esperanzador.

– Por supuesto que resulta esperanzador. La incipiente rebeldía de los más jóvenes es lo más esperanzador que ha pasado en los últimos 50 años. Aquí incluso se ha afirmado por primera vez en la democracia que lo primero es la transición ecológica. Todos los cambios de la historia han llegado de la mano de las demandas de la sociedad o por los colapsos de los sistemas y las civilizaciones. Ojalá que esta vez sucedan por lo primero, porque la segunda opción esta vez será devastadora para demasiados.

Ya hay predicciones de desaparición de la especie humana para 2030 y hasta para 2025… Yo me resisto a aceptarlo, pero no por ignorancia de los datos que avalan la teoría del colapso. Cuido el “todavía estamos a tiempo” en todas mis apariciones públicas, pero como si fuera el último lince que hay que rescatar.

– ¿Te duele, indigna, el retraso, la falta de conciencia de la ciudadanía española?

– Me duele especialmente porque, entre otras cosas, supone el fracaso de vidas enteras, como la mía, dedicadas a intentar no solo esa toma de conciencia, que hasta cierto punto parece brotar actualmente en las mayorías, sino la lógica rectificación de modos de vivir, consumir, desplazarse. Hemos querido dar ejemplo y contarlo a través de todo lo que hemos escrito, hablado y filmado, pero tenemos poderosísimos contrarios, con la comodidad a la cabeza y la  creencia de que como el futuro no existe no tenemos obligación alguna con él.

El diagnóstico está muy claro: consumo, ansiedad, prisas, productividad, crecimiento a cualquier precio, injusticia, desigualdad… ¿Cómo convencer a tantos millones de personas atrapadas en la certeza de «esto es lo que hay«, incluso de que «esto es lo mejor posible«, que existen horizontes, mejores horizontes?

– Pues haciéndoles llegar otras opciones. La de una vida más sencilla, plena, libre y, sobre todo, serena, es la que yo propongo y cultivo. Es la que vertebra buena parte de mis libros y muy especialmente Laudatio Naturae, y que hoy apenas cuenta con adeptos. Han conseguido convencer a casi todos de que vivir entre grises, paredes y ruidos merece perder todo lo que he enumerado antes. La Natura con ser lo más grande y necesario es considerado un tema menor, cuando es manifiestamente el mayor. Por eso casi todo lo que podría ser cambio pasa por situar a lo primero en primer lugar. Pongo un ejemplo. Creo que todos consideramos importante respirar. Lo hacemos ocho millones de veces al año y si no lo hacemos durante tres minutos nos morimos. Caben pocas dudas sobre la primacía del aire. Pues bien la atmósfera no es lo crucial sino los que fabrican la transparencia que respiramos, es decir las algas y las plantas. Ellas son el 99 por cien de la vida de este planeta. Considerarnos deudores o cuando menos sentir el deber de ser agradecidos con los seres vegetales no le pasa a casi nadie por la cabeza y menos por los sentimientos. Sin embargo de eso se trata si queremos vivir en armonía y sobre todo sobrevivir al cambio climático.

¿Cómo aprender a vivir en este tiempo de emergencia? ¿Cómo combatir el ansia de posesión, de consumo, y hacer atractivo el camino de la igualdad, de la sobriedad, de un cierto decrecimiento que suponga un mayor crecimiento como seres humanos?

– Existen muchos lugares donde aprender a cambiar. El mismo bosque, por ejemplo, es la mejor escuela de tolerancia y calma. Se puede vivir con lentitud y hasta sin agenda. Creo, porque lo hago, que convivir con los espacios abiertos, todavía no vaciados de su vivacidad, te permite acometer con entusiasmo todos los esfuerzos que demanda la sostenibilidad, es decir menos derroche y un poco más de esfuerzo personal. Contemplar el mundo que nos rodea para intentar comprenderlo y comprendernos también ayuda a los cambios de conducta. Habría que considerar la infinita cantidad de cosas que tenemos sin usar o que se tiran tras una sola utilización. Necesitamos necesitar solo lo necesario y, poco o nada, hay más difícil. Pero hay que intentarlo porque la acumulación de unos pocos está demoliendo el planeta. Para que todo esto resulte atractivo no hay más camino que el de valorar como satisfactorias las acciones altruistas, el trabajo por lo común, el saberte al lado de las fuerzas que consiguen la continuidad de la vida. Pensar que estás asegurando su porvenir a los nietos de tus nietos. En suma se trata de ser más cultos, más vivaces, es decir mejores. Eso solo se logra leyendo mucho más, frecuentando los paisajes más completos y mirando profundamente a los ojos a nuestros hijos.

Se puede vivir con lentitud y hasta sin agenda. Convivir con los espacios abiertos, todavía no vaciados de su vivacidad, te permite acometer con entusiasmo todos los esfuerzos que demanda la sostenibilidad, es decir menos derroche y un poco más de esfuerzo personal.

– ¿Crees en la posibilidad de una vuelta a lo rural? Hay expertos que lo proponen como una solución ante la inmigración, para tantos refugiados y desplazados. ¿En el caso de nuestro país podría ser una manera de acometer el conflicto de la España vaciada?

– Considero que una de las mejores soluciones para la crisis moral, económica y ambiental es el contacto con los ciclos y los procesos que nos mantienen vivos. No menos hace la cultura rural, es decir nos alimenta. Que el modo actual de comer sea responsable de casi un tercio de las emisiones de CO2, es decir, del cambio climático, es desgarrador. Conseguir alimentar sin torturar suelos, aguas y aires demanda mucha más mano de obra y puede venir de las migraciones forzosas. También en esto las dificultades son enormes. Pero como campesino puedo afirmar que si exigiéramos comer sin daños a los campos y a nuestros cuerpos estaríamos comenzando a mejorar la salud de este mundo. Pero si nos centramos en nuestro país, uno de los opulentos del planeta, las cosas serían mucho más fáciles y cortas. Lo malo es que poblar el vacío demanda un alto grado de conocimientos, una gran sensibilidad y no poca generosidad. Con todo la España vaciada podría empezar a llenarse con tan solo asegurar al rural un justo precio por sus productos. Es más si consiguiéramos que recibieran el 40% del precio de venta al público todo cambiaría.

Hemos perdido lo esencial, el contacto con las raíces, con la naturaleza, con los ciclos de la vida. ¿Cómo volver a recuperar todo eso en un mundo tan hipertecnificado, donde se nos vende la inteligencia artificial como salida?

– Son opciones personales. Imposibles de tomar sin debate, sin ofrecer alternativa, sin conseguir independencia de criterios, sin desobediencia a los paradigmas dominantes. Ya lo he mencionado sin mucha más cultura, la culta, es decir la que incluye lo natural seguiremos ahondando la fosa de la artificialidad. Me preocupa que exista inteligencia artificial cuando no hemos desarrollado apenas la natural. Creo que es bueno recordar que si bien la tecnología es un logro indispensable no deja de ser pura ortopedia. Las tecnologías tienen la misma capacidad para buscar soluciones como para equivocarnos todavía más. La Natura lo hace todo casi bien, casi gratuitamente, casi eficientemente y logra la continuidad de la Vida, no lo olvidemos. Las máquinas nos hacen más poderosos y por tanto más destructivos.

Me preocupa que exista inteligencia artificial cuando no hemos desarrollado apenas la natural. Creo que es bueno recordar que si bien la tecnología es un logro indispensable no deja de ser pura ortopedia.

¿Salvará la inteligencia artificial a los ricos del mundo? He leído artículos que sostienen que ya están a la búsqueda de su refugio, de esa isla o planeta al que huir tras la devastación de la tierra. ¿Ciencia-ficción?

– La humanidad entera viaja en un Titanic que, según algunos, ya ha impactado y esto se hunde. Lo que sucede, por primera vez, es que el  navío se llama Tierra y no hay otra para que venga a rescatarnos. Quiero decir que no creo que el dinero, el poder o las tecnologías salven a unos pocos por tener esas ventajas. Es probable que sobrevivan mucho mejor los más pobres, los más aislados, los menos tecnológicos.   

Volvamos a Laudatio Naturae. Se trata de un magnífico, bello, compendio, de las claves, las ideas, las luchas, las palabras, de Joaquín Araújo, de su largo trayecto de compromiso y activismo. ¿Se podrían seguir añadiendo más capítulos a la obra? Pienso, por ejemplo, en otros conceptos con los que ha trabajado como «ética» y «estética»…

Laudatio Naturae es un resumen de lo pensado, vivido, deseado, contemplado y comprendido a lo largo de medio siglo de convivencia, intensa e íntima, con la vivacidad, con la Natura. Por supuesto que puede ser ampliado, y mucho. Sobre ética y estética he escrito otro par de libros. Si acaso lo que más echo en falta es un capítulo dedicado a mi primera actividad, a mi condición de campesino, de agricultor ecológico. Mis relaciones con la tierra, el estiércol, el agua son imponentes y creo que aparecerán en otro libro, acaso pronto.

La humanidad entera viaja en un Titanic que, según algunos, ya ha impactado y esto se hunde. Lo que sucede, por primera vez, es que el  navío se llama Tierra y no hay otra para que venga a rescatarnos.

Fermín Herrero traza el retrato de un caballero andante desfaciendo entuertos. ¿Te sientes identificado con la imagen? ¿Te has sentido demasiado solo en esa lucha, decepcionado en ocasiones? ¿Qué has aprendido por el camino, con los años, qué has echado en falta?

Fermín Herrero, enorme poeta, es muy generoso conmigo. También los otros once autores de los prólogos a todos los capítulos del libro. Ciertamente meterse a ecologista hace 50 años era más que romántico, más que arriesgado, más que incomprendido. El activismo, activo sin interrupciones a lo largo de ese tiempo está repleto de derrotas, sinsabores, casi torturas frecuentes. Nadie hay en este mundo más desafortunado que el que desea que no lo humillen, ensucien, hieran y, acaso, maten. Nadie hay en el mundo más afortunado que el luchador por la mejor causa. He disfrutado, estoy seguro que como pocos, por mi vida en el bosque, cultivando y cuidando del derredor. He aprendido a disfrutar con mi austeridad, mi soledad y mis emboscadas. He aprendido a morir porque nadie enseña mejor a desaparecer que la Natura. He gozado de la lealtad a mis pilares, es decir nunca he traicionado a la Belleza, ni a la hospitalidad. Me faltan decenas de compañeros que tiraron la toalla, me falta un simple gracias de no pocos a los que atalanté como si fueran mis hijos. Me falta que la Vida sea algo cotidiano en los medios, el sistema educativo y en las vidas cotidianas.

Hay muchos retratos de Joaquín Araújo en el libro, pero tal vez el mejor es el propio: «un emboscado«. ¿Puedes ampliarlo un poco?

– Defino emboscado como el que eligió vivir en un bosque para estar en el seno de la mejor creación de la historia de la Vida, en compañía de lo más solidario, productivo y regenerador que existe. En la gran fonda de las especies y donde más bellezas por metro cuadrado se pueden encontrar. Como emboscado asumo también la condición del que tiende trampas, en mi caso a un sistema violento, injusto y destructor. Nada te hace más libre que la vida en las arboledas. Es más, ya que estamos acordándonos de un libro, sencillamente recordar que los bosques han publicado todos los libros. Por eso soy un emboscado que planta árboles y llevo uno por cada día que he vivido: 25.000.

Laudatio Naturae. 50 Aniversario. Joaquín Araújo, ha sido publicado por La Línea del Horizonte. Los textos del naturalista se acompañan de escritos de Antonio Muñoz Molina, María Novo, Ramón Andrés, Alicia Puleo, Antonio Colinas, José Antonio Marina, Fermín Herrero, Pilar Rubio Remiro, Raúl Tapia, María Sánchez, Eduardo Martínez de Pisón y Julio Llamazares.

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