Emma Rodríguez © 2023 /
Un territorio sorprendente el de Silvina Ocampo. Un mundo propio, hecho de paisajes entre lo cotidiano y lo onírico, de imágenes imprevistas, de asociaciones de palabras y de elementos que trastocan, de sensaciones inquietantes… Cuesta encontrar palabras nuevas para dar cuenta de su originalidad, de su carácter insólito. Para mí la escritora argentina, nacida en 1903 en Buenos Aires, ciudad en la que discurrió su vida hasta 1993, era una asignatura pendiente. A través de los años me la he ido encontrando en las lecturas y comentarios de otros autores (Borges, Bioy Casares, Victoria Ocampo, críticos diversos…), pero, por unas u otras circunstancias, he ido aplazando el acercamiento a su obra, una obra, por otra parte, poco presente en las librerías. Ahora, la reciente celebración del 120 aniversario de su nacimiento, ha hecho posible el encuentro, gracias a la publicación en Lumen de dos de sus títulos: el volumen de cuentos Autobiografía de Irene y la novela La promesa.
He traspasado finalmente, desde la más absoluta curiosidad, como una niña fisgona, entrometida, las murallas del castillo de Silvina Ocampo; me he adentrado en los laberintos de su jardín secreto, imágenes que acuden a mí al buscar motivos para referirme a una literatura tan llena de alusiones a la fantasía, a la infancia, esa etapa de la vida en la que es posible que los objetos hablen, que los pájaros nos cedan las alas… Ambos libros, me han descubierto una escritura capaz de elevarse sobre lo vivido a través del mágico vuelo de la imaginación, de los mecanismos del sueño, de la búsqueda de los fondos más ocultos de la conducta, de lo no alcanzable, de lo intangible.
Solía pensar en Silvina Ocampo como una mujer misteriosa, como una creadora oculta, no demasiado conocida, pero prometedora, dueña de infinidad de enigmas… Había llegado a esas ideas por lo que había leído sobre ella, también por lo que había intuido en las menciones a su obra, a su figura, en textos ajenos. Ya más de cerca, lo que me han transmitido sus narraciones no dista mucho de todo eso. Confieso que mi devoción por los libros de Bioy Casares, despertó aún más mi interés por ella… Me atrevería a decir que durante mucho tiempo esta creadora ha dado pie a todo tipo de comentarios y análisis mucho más por sus circunstancias vitales que por su obra. Sus orígenes (la hija menor de la acaudalada familia Ocampo, la hermana de la brillante y decidida Victoria, fundadora de la revista Sur) y sus relaciones (esposa de Adolfo Bioy Casares, amiga de Borges, íntima de Alejandra Pizarnik…) han dado pie a todo tipo de indagaciones, de conjeturas. Sin embargo, sus escritos, pese a su indudable valor, singularidad, permanecieron opacados, frutos de culto para muy iniciados. Aquí, por supuesto, hemos de hablar de la invisibilidad de las mujeres, de su no inclusión en el canon literario, durante un largo trecho. La voz de Silvina Ocampo ha empezado a sonar, cada vez con mayor fuerza, a raíz del protagonismo creciente de nuevas autoras latinoamericanas que han tirado del hilo del pasado, de sus figuras de referencia, de sus herencias.

Silvina ha sido reivindicada, por ejemplo, entre muchas otras, por la también escritora bonaerense Mariana Enriquez, autora de una biografía sobre ella titulada La hermana menor. Nuestra protagonista siempre estuvo ahí, en las fotos, en los estudios literarios, al lado de los grandes nombres masculinos de las letras. Ser mujer, desde luego, no la benefició, pero tampoco parece que buscara protagonismo. Frente a otras compañeras entregadas a la escritura, ella contó, todo hay que decirlo, con la admiración del que fuera su marido, Bioy Casares, el autor de La invención de Morel, quien confesaba que no podía publicar nada sin contar con su aprobación (hay especialistas que consideran que podría haber valorado mucho más sus ficciones), y con el elogio de Borges, que llegó a definirla como “genial”, refiriéndose a la convivencia, en su mundo literario, de “lo quimérico y lo casero”, de “la crueldad minuciosa de los niños y la recatada ternura”, de “la hamaca paraguaya de una quinta y la mitología”.
SILVINA OCAMPO CONTó CON EL elogio de Borges, que llegó a definirla como “genial”, refiriéndose a la convivencia, en su mundo literario, de “lo quimérico y lo casero”, de “la crueldad minuciosa de los niños y la recatada ternura”, de “la hamaca paraguaya de una quinta y la mitología».
El carácter tímido, huidizo, de Silvina, reacia a la vida social, es crucial para entenderla. Parecía cómoda, y de ello han dejado testimonio quienes la conocieron, ocupando un discreto segundo plano, componiendo su obra al margen, como mirando desde atrás, nutriéndose de los silencios, de lo no dicho, circunstancia que la vuelve aún más impenetrable. Se puede escribir un artículo partiendo de textos biográficos sobre ella, sobre Bioy Casares, sin duda interesantes, o ir a sus textos y encontrarla ahí, en el aislamiento y soledad de su habitación propia, repasando una y otra vez sus piezas, pues era muy perfeccionista y exigente, como la retratan quienes la conocieron. Las narraciones de la autora parten de lo vivido, pero se construyen con herramientas y materiales insospechados, creando situaciones y tramas poco convencionales. Muchas de las claves de lo que experimentó, de lo que fue, de lo que sintió esta mujer, se encuentran en sus creaciones.
Al sumergirnos en el cuento que da título al conjunto de relatos Autobiografía de Irene imaginamos a una niña tremendamente imaginativa, acostumbrada a habitar en reinos de fantasía, que con el paso de los años fue adquiriendo el gusto por los espacios de la contemplación, de la meditación, del misticismo. La protagonista de la historia tiene un don sobrenatural, el don de adivinar acontecimientos que han de suceder, y eso hace que se sienta culpable por visualizar determinados hechos, muchas veces trágicos, que se acaban haciendo realidad.
EL CARÁCTER TÍMIDO, HUIDIZO, DE SILVINA OCAMPO, REACIA A LA VIDA SOCIAL, ES CRUCIAL PARA ENTENDERLA. PARECÍA CÓMODA OCUPANDO UN DISCRETO SEGUNDO PLANO, COMPONIENDO SU OBRA AL MARGEN, COMO MIRANDO DESDE ATRÁS, NUTRIÉNDOSE DE LOS SILENCIOS, DE LO NO DICHO, CIRCUNSTANCIA QUE LA VUELVE AÚN MÁS IMPENETRABLE.
En algunos de sus textos testimoniales, Victoria, la hermana mayor, retrata los juegos infantiles en el jardín de Villa Ocampo; recuerda a las mujeres que las cuidaban y a las que se hicieron cargo de enseñarles idiomas. Yo pienso en Silvina accediendo a otros mundos desde el privilegio de su niñez sin carencias, inmersa en lecturas, espiando desde escondites de ramas y árboles, tal vez deseosa de ver lo que sucedía detrás de los muros que la protegían. Hay algo de eso en sus relatos, un deseo de huir hacia dentro, de acceder a experiencias fuera del mundo, podríamos decir celestiales; pero también de mirar a espacios fuera de su alcance, los espacios de la gente corriente, de la calle.
Autobiografía de Irene es un relato donde la muerte trunca la felicidad de la infancia. Muy visual, está compuesto con trazos poéticos, con imágenes deslumbrantes; del mismo modo que Fragmentos del Libro Invisible y La red. El primero de ellos habla del trayecto del tiempo a través de un protagonista que se va reencarnando, que vive en distintas épocas, que medita sobre la vida y la muerte, sobre el cielo y el infierno. En el segundo, que transcurre ante la presencia del mar, todo arranca de la maldad de haber matado a una mariposa, una mariposa que inicia una cruel venganza de la muchacha que la ha atravesado con un alfiler de oro con turquesa.

Son extraños los relatos de Silvina Ocampo, sí. No es fácil explicarlos. A cada cual le pueden transmitir mensajes y sensaciones distintas. En Atlas de literatura latinoamericana, un interesante itinerario por las letras de un continente sin duda fecundo en creaciones, que ocupa otra página en Lecturas Sumergidas, la ya mencionada escritora Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) narra su experiencia como lectora en un texto muy sugerente. “Me pregunto, a veces, si la radicalidad de los textos de Silvina Ocampo, su uso del lenguaje tan poco convencional, sus temas estrafalarios o sus frecuentes cambios de género en el narrador sin dar aviso se deben a que el castellano no fue su primera lengua. Tuvo que aprenderla como una extranjera. Silvina nunca fue a la escuela porque los Ocampo, terratenientes ricos hasta el delirio, educaron a sus cinco hijas en casa, con institutrices. Las clases se dictaban en francés; las niñas aprendían también inglés, italiano y castellano, pero el idioma de la tierra natal venía último en la lista de prioridades. Silvina, al principio, escribía en inglés, porque la gramática del español le resultaba imposible”, apunta Enriquez, quien señala como algo increíble, como una ironía, “que la mejor escritora argentina y una de las más importantes en lengua castellana”, aprendiera la lengua de su escritura “relativamente tarde y con dificultad”.
Al sumergirnos en el cuento que da título al conjunto de relatos «Autobiografía de Irene » imaginamos a una niña tremendamente imaginativa, acostumbrada a habitar en reinos de fantasía, que con el paso de los años fue adquiriendo el gusto por los espacios de la contemplación, de la meditación, del misticismo.
En cuanto al acercamiento a su obra, la autora confiesa que algunos de sus relatos le dieron miedo (historias de abusos infantiles, de perversidad; de niñas crueles y caprichosas). “El humor de Silvina Ocampo, su registro de lo ridículo de la existencia, es agudo y grotesco. Sus cuentos (…) pueden reunirse bajo el enorme paraguas del “weird”, el cuento raro, casi nunca sobrenatural pero marcado por los dedos de una bruja, peligroso y dislocado, como si transcurriera en un mundo con otras reglas. O con un idioma diferente”.
Buscando comentarios sobre la autora de sus allegados ilustres, me encuentro también con un texto de Victoria Ocampo, incluido en el volumen Darse. Autobiografía y Testimonios, publicado por Fundación Banco de Santander, con edición y prólogo de Carlos Pardo, al que también me he referido en este espacio. Se trata de un análisis muy personal, de una reseña, sobre el primer libro de la escritora, Viaje olvidado, y resulta muy revelador porque Victoria, que empieza diciendo que llevó a la pequeña Silvina en sus brazos a la pila bautismal, parte de la confrontación de recuerdos compartidos, reconoce las vivencias en los relatos de su hermana y señala: “Estos recuerdos, relatados en forma de cuentos y mezclados de abundantes invenciones, habrían podido ser los míos; pero eran distintos, muy distintos de tono (…) Desde el fondo de un pasado común, vivido en la misma casa, inclinado sobre el mismo catecismo, abrigado por los mismos árboles y las mismas miradas, esos recuerdos me lanzaban señales en el lenguaje cifrado de la infancia, que es el del sueño y la poesía…”

Escribe la ávida y lúcida lectora que fue Victoria Ocampo que los cuentos de su hermana, “son recuerdos enmascarados de sueños; sueños de la especie de los que soñamos con los ojos abiertos”. Califica el proceso de escritura de los mismos como “un juego de escondite”, alude a la deformación de la realidad llevada a cabo en las distintas piezas, y no deja de señalar tanto los “hallazgos que encantan” como los “desaciertos que molestan en el conjunto” (se refiere fundamentalmente al uso del lenguaje, de la gramática), recomendando a la autora una mayor exigencia consigo misma, a la manera de una maestra estricta que pide más a su alumna aventajada.
Volviendo a Autobiografía de Irene, el cuento más largo del volumen se titula El Impostor y es casi una novela breve, una “nouvelle”. Ocampo, como indica el crítico Ernesto Montequin, responsable de la edición, en el apartado de notas finales, quiso, en efecto, escribir una novela, pero rompió más de la mitad de lo que había escrito. “Me parecía que no se podía llenar tantas hojas de silencio, porque era una novela de silencio y de soledad. Ahora me arrepiento...”, dejó escrito en un documento encontrado entre sus papeles, supuestamente una respuesta a un cuestionario que no llegó a publicarse.
Victoria Ocampo decía que los cuentos de su hermana “son recuerdos enmascarados de sueños; sueños de la especie de los que soñamos con los ojos abiertos”. En una reseña Calificaba el proceso de escritura de los mismos como “un juego de escondite”, aludiendo a su deformación de la realidad.
Estamos ante una historia de desdoblamiento, donde la sombra y la luz se superponen; donde la locura es el territorio en el que se puede impedir que los deseos, las dichas, se desvanezcan, acaben muriendo del todo. El mundo de los sueños, de las premoniciones, del porvenir que se hace visible, entra de nuevo en esta narración enigmática, que transcurre en una estancia desvencijada, en una casa abandonada en la que hay una permanente tensión que presagia la tormenta, el drama.
El relato se acompaña en la edición de Lumen de un texto-guión escrito por la propia autora, con vistas a una película que quiso rodar el director y escritor Leopoldo Torre Nilsson y que finalmente no se llevó a cabo. “El impostor” es el cuento de Silvina Ocampo que mayor atracción ejerció sobre guionistas y directores cinematográficos”, indica Montequin, añadiendo posteriores intentos, algunos de los cuales sí vieron frutos, caso de la versión de Arturo Ripstein (El otro) y del que tomó el mismo título de la pieza, El impostor, filme dirigido por Alejandro Maci, que se estrenó en 1997 y en cuyos prolegómenos participaron el escritor Ricardo Piglia y la guionista y directora argentina María Luisa Bemberg. Otro autor siempre interesado en llevar a la gran pantalla la historia fue Manuel Puig, quien, tras desacuerdos con Ripstein, cuyo proyecto alentó, acabó escribiendo un guión propio, La cara del villano.

Acceder a los cuentos de Silvina, como dice Mariana Enriquez, es acceder a un mundo con otras reglas o enfrentarse a recuerdos enmascarados de sueños, como los define Victoria Ocampo. Las narraciones que componen Autobiografía de Irene permiten un primer acercamiento que se enriquece con la lectura de su novela La promesa, una historia con una trama muy singular, en la que una mujer que viaja en barco cae al mar desde la borda, al intentar recoger un broche, y, convertida en náufraga, va componiendo la historia de su vida, uniendo los fragmentos rotos de su memoria, recordando situaciones y personajes, fraguando una historia en la que la realidad y los sueños se entremezclan.
«La promesa» es una Novela con una trama muy singular, en la que una mujer que viaja en barco cae al mar desde la borda, al intentar recoger un broche, y, convertida en náufraga, va componiendo la historia de su vida, uniendo los fragmentos rotos de su memoria.
La protagonista de esta obra original y cautivadora, hace una promesa a Santa Rita: si logra sobrevivir escribirá un libro a partir de un «diccionario de recuerdos» que empieza a recopilar mientras flota, logra mantenerse a salvo, contempla y reflexiona, abocada a integrarse, a formar parte del paisaje marino. Los recuerdos van conformando una novela estructurada a la manera de relatos que se van encadenando, con personajes diversos, que se relacionan entre ellos, cuyos devenires van dando paso a los de los otros. “No tengo vida propia, tengo sentimientos. Mis experiencias no tuvieron importancia ni a lo largo de la vida ni aun al borde de la muerte, sin embargo la vida de los otros se vuelve mía”, piensa en un primer momento la mujer, antes de empezar a desgranar los capítulos de su biografía compartida.
Hay muchos detalles, muchas claves, en esta entrega, sobre la mirada al mundo y sobre las preocupaciones, tormentos y obsesiones de Silvina Ocampo: por ejemplo, su observación de los pobres, por cuyas circunstancias siempre sintió curiosidad desde su situación privilegiada, y que, en cierto modo, me recuerda a algunos relatos de Clarice Lispector, aunque en esta había un mayor ejercicio de empatía, de crítica transformadora.
Está muy presente en la novela, así como en muchos de los relatos de Ocampo, el tema de la infidelidad y los celos, algo que marcó su vida, su compleja convivencia con Bioy Casares, once años menor, y a cuya hija, Marta, fruto de otra relación, acogió como propia. En La promesa es el personaje de Irene Roca, muy destacado en el recorrido, la que sufre con la actitud de desapego de Leandro, con sus relaciones con otras mujeres, incluida la narradora, que va hilando las confidencias que el hombre, de quien todo el mundo parecía enamorarse, le hacía sobre sus intimidades, sus deseos, sus otras existencias.

“Tengo que sentirme libre, ¿no entendés? sin vínculos?”, le dice Leandro a Irene cuando lo interroga sobre sus andares. “Sin vínculos (…) cómo si pudieras vivir sin vínculos. Hasta con el gato mantenés una relación ridícula. No te acostás sin decirle buenas noches...”, razona la protagonista. “Leandro necesitaba que Irene amara a otro ser que no fuera él mismo para interesarse un poco en ella. Es tan abrumador ser amado en exclusividad”, leemos en otro momento, en alusión a otro personaje esencial en el recorrido, la hija de Irene, Gabriela, que tan bien representa a los niños-niñas de Silvina Ocampo, tan encantadoras y alegres como angustiadas e intrigantes; espías del mundo adulto, curiosas ante el sexo, “habitantes de otro planeta”, como se dice en un momento dado.
EN Las ficciones de Silvina Ocampo Hay muchas claves sobre su Mirada al mundo y sobre sus tormentos y obsesiones. Está muy presente el tema de la infidelidad y los celos, algo que marcó su vida, su compleja convivencia con Bioy Casares, once años menor, y a cuya hija, Marta, fruto de otra relación, acogió como propia.
“El mundo que escuchaba y adivinaba detrás de las puertas era para ella el verdadero mundo: el otro una representación…”, me detengo en este párrafo referido a Gabriela en el que creo vislumbrar ecos de la infancia de Silvina y su posición como escritora capaz de atrapar lo que sucede cuando se mira desde ángulos en los que las personas no se sienten observadas. Hablo de Gabriela, pero también podría decir Gabriel, porque la autora juega a la confusión, a la mezcla de géneros. “Esa Gabriela, o Gabriel, cuyo nombre estaba siempre en los labios de Irene como un hermafrodita, tornándose del femenino al masculino continuamente, aún más”, subrayo estas líneas en la página. Y más adelante, ya en otro fragmento, en relación a un personaje diferente, me quedo prendada de una pregunta y su respuesta: “¿Qué es enamorarse?” / “Perder el asco, perder el miedo, perder todo”.
Silvina Ocampo, como os decía, nos traslada a un territorio diferente, hecho a su medida, que nos atrae y atrapa en sus singularidades, en sus giros inesperados. Hay oscuridad en los fondos, una capacidad innata para acercarse descarnadamente a las emociones y también una cierta inocencia en la mirada, como si todo fuese recién descubierto, empezando por la frescura de los interrogantes que se van abriendo y por la corriente absorbente, poética, del lenguaje; no hemos de olvidar que la creadora también cultivó la poesía.
“¿Qué existirá en el fondo de este mar? ¿Barcos que naufragaron? ¿Escombros? Todo lo come el mar. A mí también me comerá un día, un instante”, escuchamos la voz que narra, la de esa mujer que ansía que llegue un barco a rescatarla. “¿Cómo harán para subirme a un barco? ¿Alcanzarán a verme? ¿Me oirán? ¿Qué dirá Leandro? Es lo único que ocupa mi pensamiento, pero ahora estoy habitada por infinitas personas que perturban mi memoria; estoy viviendo de otros recuerdos. ¿Cuál soy yo? A veces no me encuentro”.

Introspectiva, íntima, personal, con los brazos extendidos hacia una cierta búsqueda espiritual, extraña en su argumento, en su composición, en las repeticiones de escenas, con apenas ligeras variantes, La promesa es una obra que acoge muchos de los asuntos que preocuparon y ocuparon a la escritora. El ensayista Ernesto Montequin, especialista en las hermanas Ocampo, que también se ha ocupado de la edición de esta entrega, escribe una esclarecedora nota preliminar en la que se refiere “las cíclicas reescrituras” que llevó a cabo Silvina de la novela, a través de casi veinticinco años de trabajo discontinuo sobre ella. Cuenta el autor que fue en el último periodo de su vida, ya aquejada por la enfermedad, cuando se dedicó afanosamente a corregirla y completarla. En cierto modo, podemos leerla como una última travesía, un último viaje hacia lo desconocido.
Llegada a este punto pongo el cierre a este artículo con un fragmento muy significativo de la novela, animándoos a sumergiros en el mar Ocampo. “¡Moriré pronto! Si muero antes de terminar lo que estoy escribiendo nadie se acordará de mí, ni siquiera la persona que más quise en el mundo. ¿Existe esta persona? Creo que existe. No me abandonará jamás y me seguirá como una sombra divina que yo buscaré a mi lado, porque todo lo que uno busca aparece de pronto del modo más inesperado. Creo que el amor es compartido, que nunca nos abandona y que la gratitud existirá mientras existan los hombres. La vida nos enseña a ser agradecidos de un modo o de otro…”
Autobiografía de Irene y La promesa, de Silvina Ocampo, han sido publicados por Lumen, con edición al cuidado de Ernesto Montequin.








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