Miguel Delibes y Francisco Umbral: Cincuenta años de amistad

Jean-Pierre Castellani © 2021

Desde diciembre de 1960 a agosto de 2007, año en el que se produjo la muerte de Francisco Umbral, éste mantuvo una intensa, fructífera y extensa correspondencia con Miguel Delibes. Ahora la editorial Destino acaba de publicar en un volumen el conjunto de misivas que intercambiaron los dos escritores. La magnífica fotografía de ambos, reproducida en la cubierta del libro, sacada en los años 60 por María España, la esposa de Umbral, representa perfectamente la complicidad entre los dos amigos, aunque el título genérico del libro “La amistad de dos gigantes”, no resulte del todo acertado.

No se consideraban como gigantes, ni Delibes, de talante humilde, ni tampoco Umbral, que, a pesar de su tendencia a la vanidad, era un hombre demasiado atormentado para verse como un gigante. Dicho esto, hay que reconocer que el trabajo editorial es perfecto, con una muy buena introducción de Santos Sanz Villanueva, cuyo título “Querido Paco, Querido Miguel” podría haber sido un mejor título para la entrega. O, tal vez, sencillamente, “Cincuenta años de amistad”.

Son de agradecer también las documentadas notas a pie de página que han redactado Araceli Godino López y Luciano López Gutiérrez para aclarar las numerosas referencias a hechos históricos, personales, familiares y literarios, imprescindibles para que el lector de hoy entienda la compleja red de relaciones culturales entre los dos hombres. Un índice onomástico muy completo permite y facilita  la consulta según lo que cada lector busque.         

El epistolario transcurre en épocas más o menos activas, que se corresponden con las distintas fases de la carrera profesional de cada uno de los protagonistas, sobre todo al principio, cuando Delibes ayudó al joven Umbral en sus pinitos como periodista. Delibes era mayor que Umbral, le llevaba 12 años (nació en 1920 y Umbral en 1932, como ahora sabemos, destapado ya el secreto sobre las condiciones y  la fecha exacta de su nacimiento). Cuando empezaron a cartearse, en 1960, Umbral no había publicado aún ninguna obra literaria. Era un joven periodista cultural, que ni siquiera firmaba como Francisco Umbral (seudónimo de escritor que adoptaría en 1961), ya casado con  María España (en 1959). Por su parte, Delibes ya era un autor reconocido: había publicado La sombra del ciprés alargado (1948), El Camino (1950), Mi idolatro hijo Sisi (1953), Diario de un cazador (1955), La hoja roja (1959) y poco después Las Ratas, en 1962. La década de los sesenta fue una época muy fructífera para él.

No pertenecían pues a la misma generación: a Delibes se le considera como un representante de la narrativa de la posguerra, de tendencia social y rural, mientras que a Umbral se le asocia más bien con lo que llamó él mismo el tardofranquismo. Será una figura muy activa durante la transición democrática, después de 1975, de la cual fue un protagonista importante, tanto en el periodismo como en  la narrativa. Delibes era un gran conocedor de la fauna y de la flora de Castilla y un cazador empedernido, mientras que Umbral, gran amigo de gatos caseros, fue el escritor de la ciudad, de Madrid esencialmente. Delibes era un escritor diurno y Umbral se adaptaba mejor a lo nocturno.  

Miguel Delibes era un gran conocedor de la fauna y de la flora de Castilla y un cazador empedernido, mientras que Francisco Umbral, gran amigo de gatos caseros, fue el escritor de la ciudad, de Madrid esencialmente.

Hay otra diferencia esencial entre ellos: Delibes era el tercero de los ocho hijos de una familia tradicional normal, con un padre que fue catedrático de Derecho en la Escuela de Comercio de Valladolid, con dos abuelos prestigiosos. El abuelo paterno, sobrino del compositor francés Leo Delibes, se había desplazado a España para participar en la construcción del ferrocarril en Cantabria; el materno, Miguel María de Setién, fue un destacado abogado y político carlista. ​

Por su parte, Umbral era huérfano de padre (la gran herida de su vida) e hijo de madre soltera a la que tardó mucho en conocer. Tendrá la desgracia de perder a su hijo único en 1974. Fuera de un origen común en la ciudad de Valladolid, en la cual fueron criados los dos, nada anunciaba una relación amistosa, incluso cariñosa, entre el hombre serio que era Delibes y el dandy que fue siempre Umbral. Es más, nada permitía pensar que el hombre de la boina y el de la bufanda roja iban a volverse tan cómplices. 

El interés principal de la publicación de esas 278 cartas que intercambiaron es precisamente explicar este fenómeno singular. Sabíamos de su respeto mutuo, proclamado públicamente durante años, pero ahora, con este epistolario en gran parte inédito, entramos en la génesis, la formación y la evolución de una fraternidad atípica, manifestada a lo largo de 50 años, y lo hacemos no como “voyeurs” sino como lectores que desean conocer mejor a dos escritores esenciales en las letras españolas.

Son cartas cruzadas, lo que hace que seamos partícipes de un auténtico diálogo, a veces interrumpido por las circunstancias familiares, o las enfermedades que van marcando el camino, sobre todo en los últimos años, marcados en ambos por el cansancio o el desánimo. 

Delibes y Umbral, en uno de sus encuentros en distintos actos culturales.

Esta iniciativa editorial desmiente los reparos de quienes no ven interés en la publicación de epistolarios entre escritores; de esos críticos que consideran las cartas como un material anecdótico o como una intrusión condenable en la intimidad de los corresponsales. También conviene mencionar aquí a esos editores que no creen en el éxito comercial de este tipo de publicaciones. Habría que recordarles, por ejemplo, el éxito reciente en Francia del epistolario de Albert Camus con la actriz María Casares o de François Mitterrand con su amante clandestina, Anne Pingeot.  

Sabíamos de su respeto mutuo, proclamado públicamente durante años, pero ahora, con este epistolario en gran parte inédito, entramos en la génesis, la formación y la evolución de una fraternidad atípica, manifestada a lo largo de 50 años.

Cuando se trata de cartas escritas e intercambiadas durante su vida por el escritor, y publicadas después de su muerte, hay que tener en cuenta una cuestión de derechos. Si el remitente de la carta es el único propietario de los mismos para publicar y utilizar estos textos, el destinatario no lo es. Por eso, el autor puede prohibir la publicación de las cartas que ha enviado, al menos por un período legal de 70 años en países como Francia (excluidas las guerras …). El grado de intimidad de la correspondencia depende en primer lugar de la elección hecha durante su vida por el propio autor. 

La mayoría de los escritores organizan su posteridad con cuidado, obsesionados por la voluntad de controlar su producción y de proteger su privacidad. La carta personal, en la vida de su autor, es evidentemente privada, por lo que está protegida por la ley: una persona ajena al intercambio no debe leerla. La carta anónima siempre está sujeta a la más completa deshonra y en las cárceles, se puede abrir correo por razones de seguridad (este derecho se puede discutir, por cierto). Abrir y leer una carta ajena es una forma de entrar donde no se ha sido invitado, en una red de intimidad más o menos fuerte, más o menos clandestina. 

dos escritores algo secretos

En el caso de Delibes y Umbral, nos situamos frente a dos escritores algo secretos. El primero lo es por su carácter prudente y humilde; el segundo por su deseo de resguardar sus orígenes, más allá de un aparente exhibicionismo falso y controlado desde el principio. No entramos en su correspondencia por sorpresa, ya que se publica con el visto bueno de la familia de Delibes y el de la esposa de Umbral, a quienes corresponde la custodia de sus legados.

Lo que llama la atención desde un primer momento es la sinceridad y la espontaneidad del intercambio. No tenemos nunca la impresión de que son cartas escritas para la posteridad, preparadas cuidadosamente, como sucede a veces. Al contrario, las misivas se corresponden con el discurrir personal y editorial de cada uno de los protagonistas. Son un complemento perfecto a las biografías oficiales y a las entregas autobiográficas, más o menos disfrazadas, publicadas por especialistas o por los propios escritores.

No hay ninguna carta íntima, de tipo amoroso o sexual. Umbral integró en su obra de ficción sus amores, bajo la máscara del texto literario, pero aquí se muestra muy púdico, con la única obsesión de su carrera y del destino de su obra. Tan sólo se confiesa a nivel más íntimo al dar cuenta del nacimiento y la enfermedad de su hijo en los años 70. En esos momentos, descubrimos a un padre muy sensible, próximo a su hijo al principio y luego muy preocupado por su salud. Lo que puso de manifiesto el autor en Mortal y Rosa, en un lenguaje poético, se traduce aquí a través de reflexiones cargadas de humanidad. Por ejemplo, cuando se maravilla de que su hijo haya aprendido a decir la palabra “barco”. Entendemos mejor al leer sus cartas la exasperación de Umbral por las críticas a este libro tan personal porque, según él, los críticos «se ocupan más de sus libros escandalosos periodísticos, oportunos y ocasionales más que de estos libros entrañables y verdaderos».  

En Las cartas Umbral se muestra muy púdico, con la única obsesión de su carrera y del destino de su obra. Tan sólo se confiesa a nivel más íntimo al dar cuenta del nacimiento y la enfermedad de su hijo en los años 70.

Hay años en los que la correspondencia se intensifica, por ejemplo esos periodos en los que Delibes es el que manda y guía a su joven amigo, en los primeros años de su relación epistolar, y otros en los que Umbral adopta una posición más segura de sí mismo, en la segunda fase de ese intercambio. La época con un ritmo más fluido en el diálogo se corresponde con los años 1966-1973, etapa en la que encontramos cartas a veces muy largas, personales, que incluyen reflexiones sobre la literatura. En los años 1974-1977 las misivas adquieren un tono de profundo dramatismo, debido a la muerte del hijo de Umbral y de la esposa de Delibes. A partir de 1980, tienden a hacerse menos numerosas e incluso hay años sin correspondencia o de una carta solamente. No disminuye la amistad, pero sí la práctica epistolar. 

Hay otros aspectos que merecen atención. En los primeros años de correspondencia, se alude, por ejemplo, a la presencia y al papel de revistas de tipo conservador, falangistas o católicas, en las cuales jóvenes periodistas, poetas o escritores como Umbral podían empezar su carrera: «Punta Europa», (1960), «Vida Mundial» (1961), «La Estafeta Literaria» (1944), «Mundo Hispánico» (1948), «Triunfo» (1946), «Voz de Galicia» o de Asturias, «Solidaridad Nacional» (1939), «Destino», «El Alcázar«, y más tarde «Ya». Revistas o diarios tolerados por el Régimen o vinculadas con él. Lo mismo que la tertulia de la Sala de Cultura del diario «El Norte de Castilla» (1955) o el programa radiofónico de «La voz de León» en el cual participó de modo activo Umbral entre 1958 y 1961.

¿Oportunismo de un joven ambicioso? ¿Ambigüedad del régimen? Algo de ambas cosas. La trayectoria inicial de Umbral dice mucho de la situación paradójica del periodismo cultural de los años 60 en la España franquista y, de modo más general, de la libertad de prensa en el país. Hay que tener en cuenta esas colaboraciones para entender la fuerza de la irrupción del autor en la prensa democrática, con las columnas de «El País» a partir de la primavera de 1976, las de «Diario 16» en 1988 y las de «El Mundo» posteriormente. A decir verdad, descubrimos ya en el Umbral de la época las mismas cualidades estilísticas que van a caracterizar en el futuro su lenguaje de novelista y de periodista. Tenemos una prueba más de que Umbral encontró muy pronto su estilo tan particular. Observamos la misma prudencia, la misma intuición de lo que puede o no puede decir, prueba de su deseo incansable de abrirse camino en el mundo editorial, con un manejo eficiente de la táctica personal, buscando siempre el apoyo de los más potentes, los más útiles para él y el desarrollo de su carrera. 

La lectura de estas cartas es una aportación valiosa para conocer el mundo cultural de la época: las dificultades para encontrar una casa editorial o colaborar en un diario relativamente independiente; la lucha por obtener un Premio prestigioso…También reflejan muy bien la personalidad astuta de Umbral, preocupado esencialmente por sus ingresos económicos y por la publicación de sus textos en la mejor editorial.       

A su favor, destacar que desde el principio muestra una lúcida conciencia de lo que debía ser la prensa moderna. Al respecto, propone, desde 1963, para «El Norte de Castilla», en el cual lo ha introducido Delibes, pliegos de huecograbado para el suplemento, con anuncios y salida los jueves, día estratégico en la semana. Ya habla de “cultura visual” y prefiere la forma del reportaje mejor que la clásica entrevista. Incluso sugiere, en 1965, sacar una hoja diaria en «El Norte» para regalarla en la Feria del Campo, con información, entrevistas y contenido publicitario, que compensaría el hecho de distribuirla gratuitamente. Tenemos pues, la confirmación de que Umbral fue un auténtico periodista, con un pragmatismo y un olfato preciso de los pasos que debían conducir a una prensa moderna.

TRayecto de una amistad

Desde el principio, los dos escritores van a proclamar esa amistad que, al mismo tiempo que los llena, les produce un cierto extrañamiento. Por la edad y la experiencia, Miguel Delibes se siente como un hermano mayor que se entusiasma por el éxito de Umbral, quien le llega a decir que sigue siendo su octavo hijo después de sufrir un accidente de coche camino a Murcia. Habla Umbral de sí mismo diciendo que su carta parece «la carta de una novia histérica» y se refiere a esa larga amistad como la única en su vida. Para él también Delibes es un hermano mayor, “si fuera cierto eso de que los hermanos mayores han hecho algo alguna vez por los menores”, señala, confesándole a su interlocutor: Eres el ligue más largo que he tenido en mi vida y añadiendo que se alegra de que su hijo pregunte por el señor de la boina.

Por su parte, Delibes le dice, en una carta firmada como su «invariable amigo«, que «no quiere hacer de madre regañona para dar consejos», pidiéndole a continuación que descanse un poco. A pesar de su pudor, Umbral le confiesa en una misiva de 1969: “no puedes imaginarte la cantidad de traumas psicológicos que yo he tenido en mi vida de niño y grande», refiriéndose a su mala letra. Le habla de «la infancia como culpabilidad por su mala letra”.

Por la edad y la experiencia, Miguel Delibes se siente como un hermano mayor que se entusiasma por el éxito de Umbral, quien le llega a decir que sigue siendo su octavo hijo después de sufrir un accidente de coche camino a Murcia.

Miguel Delibes, con su experiencia y sensatez, ejercerá una buena influencia sobre las decisiones de Umbral, por ejemplo cuando éste duda en seguir como colaborador con la editorial Destino o con Planeta. Entre esos dos potentes editores, Umbral se «siente como una señorita que se acuesta con dos novios». Delibes le aconseja de modo pragmático: «el juego de dos barajas. Tú eres un hombre que sabe sacar pan de las piedras» (1972). En otra ocasión, lo tranquiliza cuando no recibe el Premio Alfaguara, adoptando una posición de consejero moderado. Apoya su candidatura a la Real Academia Española y siente el fracaso de la campaña.

Ambos comparten dificultades y dramas personales. En julio de 1974, después de la muerte del hijo de Umbral, a los seis años, debido a una leucemia, Delibes le manda al escritor y a su esposa, María España, un mensaje corto pero muy emocionado: “qué más deciros en tan horrible trance”. Hace lo mismo con España para animarla después de la operación del pólipo en el colón que sufrió su marido en 2007. Después de  la muerte de Umbral ese mismo año, una de las hijas de Delibes, que le sobreviviría hasta 2010, le comunica a España la honda frustración de su padre. 

Las cartas que nos ocupan prueban que se trabó entre ambos escritores una verdadera amistad, como si fueran de la misma familia, compartiendo éxitos, alegrías, dificultades y penas. Delibes fue para Umbral el padre que no tuvo en la vida real. La relación que mantuvieron va más allá de la tradicional complicidad entre autores famosos.  

Miguel Delibes en su mesa de trabajo.

Un diálogo MUy literario

El diálogo que intercambiaron Delibes y Umbral tiene como base esencial la literatura o, mejor dicho, la actividad literaria de cada uno de ellos, si bien Umbral llega a asegurar que no le gustaba hablar de literatura en sus cartas. Pese a ello, sabemos que era su única pasión, algo que este epistolario confirma.

En una primera fase, Delibes ayuda enormemente a Umbral con su experiencia de novelista ya reconocido. Lo introduce en el mundo periodístico de la época, que conoce muy bien por su cargo de director de «El Norte de Castilla». Lo anima de modo constante a escribir, a conquistar Madrid. Umbral le pide reseñas para su libro Tamouré; Delibes lo felicita por el éxito de su Larra y le anima a seguir. Hasta el final, seguirá alabando casi todas las novedades editoriales de Umbral, que son numerosas, admirando su fecundidad, con la famosa fórmula: “escribes como meamos”. Umbral se defiende afirmando que para él escribir es una necesidad vital, una clave esencial para entenderlo: “Yo no tengo la culpa de ser rápido, de tener salud y ganas de escribir”. Tampoco duda Delibes en hacerle algunas críticas, por ejemplo, cuando le aconseja reposar un poco entre unos escritos y otros, o cuando le reprocha que no madure bastante sus novelas: “Te ruego moderes un poco el fondo erótico de tus estupendas crónicas”.

En 1969, Delibes le reprocha no haber trabajado más su novela Si hubiéramos sabido que el amor era eso. Umbral le contesta que su libro es un experimento literario, un análisis general de la realidad, la búsqueda de una técnica y de un lenguaje nuevo y, sobre todo, una manera de mirar y ver, no ya inéditos, pero si más acordes con la sensibilidad actual que otros métodos más rudos. No le interesan los grandes poemas del hombre, que le dan mucha risa, quiere hacer la novela de la colectividad, de la muchedumbre solitaria. Por eso Madrid está tan presente en su libro. Umbral repite varias veces que escribir es su única redención, su única realización, su manera de estar en el mundo, una especie de locura: “quisiera quemarme escribiendo y viviendo ya te aseguro que a veces duelen las quemaduras”.

En una primera fase, Delibes ayuda enormemente a Umbral CON su experiencia de novelista ya reconocido. Lo introduce en el mundo periodístico de la época, que conoce muy bien por su cargo de director de «El Norte de Castilla». Lo anima de modo constante a escribir, a conquistar Madrid.

Son importantes las cartas en las que habla de su concepto de la novela. Umbral rechaza la novela con tesis, no le gusta soltar mensajes: «mi mensaje es que no hay mensaje», sostiene. No le gusta la novela con caracteres, que le parece una cosa decimonónica. A propósito de todo ello, admite que no es novelista, que no tiene sentido de la novela, que es un escritor sin género: “mis valores itinerarios son de tipo lírico de lenguaje de observación, de descripción, ironía, ideas o visiones personales, pero las pasiones humanas las veo con bastante escepticismo, vibro más con  la estética que con los confines del hombre y así no se puede ser novelista ni consustancial”, se define, confesando su torpeza para adivinar una acción, cosa que por otra parte no le interesa nada, pues el mero acto de inventar no le divierte 

Lo que le apasiona es hacer literatura de lo que realmente ha vivido, recrear historias. Para él, lo demás «no tiene sentido aunque lo admire mucho en otros”.  Comparado con él, Delibes es todo lo contrario, un auténtico creador de historias y de personajes desde Las Ratas hasta Los Santos Inocentes

Por otra parte, Umbral justifica su modo de adaptar para la televisión el libro de Delibes La hoja roja. Le hace una crítica literaria muy detallada de Parábola del náufrago. Habla de un nuevo camino para Delibes, una novela de tensión, de acción violenta, de situación límite: “no lo habías hecho nunca rompiendo así con tu tono realista más o menos sosegado.” En muchas cartas se muestra como un crítico literario, por ejemplo cuando analiza la obra Cinco horas con Mario en 1966. Es muy raro tener acceso a este diálogo crítico entre dos grandes escritores que defienden, cada cual a su manera, su teoría de la narratividad.  No siempre coinciden, descubrir sus discrepancias es muy útil para el conocimiento de su obra. En los años 70 Umbral ya le habla directamente a Delibes: “debes cazar menos y escribir más. A mí me proliferan los libros por todas partes” pero reconoce que su amigo es «un clásico vivo». Delibes confirma la importancia, a sus ojos, del discurso periodístico al afirmar “En los periódicos se hace la cama a los libros”.

Umbral anuncia memorias generacionales colectivas entre la elegía y el ensayo, pero habla de su pudor al confesar que a veces “tiene la impresión de estar en la ventana enseñando las partes a los vecinos”.

Francisco Umbral. -Foto Cordon Press-.


Dos enfermos de cama a cama

Desde 1965, se impone en ambos escritores la conciencia de que están viejos, enfermos, agotados. Delibes habla incluso de un diálogo de cama a cama. Cada uno tiene sus achaques. Delibes, se queja del lumbago, de vértigo neurótico, de mareo. Se siente como “un viejo de mil años”. Confiesa en 1971: “Estoy más viejo que la Dama de Baza”. Por culpa de este malestar le entran dudas sobre su trabajo de escritor, reconoce su dificultad para escribir Las guerras de nuestros antepasados y se limita a elaborar fragmentos para Los Santos Inocentes, que publicará en 1981. Concluye: “Estoy viejo Te hablo con el título de hermano mayor que me diste un día».

Umbral, desde muy joven, se presenta como un “escritor maltrecho que se va a morir enseguida” y firma como «un pobre hombre». Hablando de su esposa dice “mi viuda”. Ya desde 1970 se encuentra «cansado, asqueado, deprimido». Tiene problemas de oído, de faringitis, de insomnio. Siente no tener «el prestigio del enfermo serio«. En una palabra, están muy cerca de la depresión y alternativamente se animan uno al otro. Comparten el mismo pesimismo frente a la vida, a la sociedad contemporánea, y consideran a los médicos como una calamidad. Cuando en 1976 Delibes felicita a Umbral por el Nadal con Las ninfas, el premiado le confiesa que tiene la vida con “el eje roto ya para siempre”. Delibes comparte este desconcierto y usa la misma imagen: “yo con el eje roto…  no hago nada, no escribo nada aparte los rutinarios diarios de caza y pesca”.  

Llama la atención el tono muy triste de Umbral en enero de 1976. Sigue viviendo por cobardía o por pura exigencia moral, manteniendo una figura y una cara -máscara- ante los demás. Los tormentos están detrás. Comparten los dos corresponsales el mismo trauma tras la desaparición de un ser querido. Umbral sufre la pérdida de su hijo Pincho, el 24 de julio de 1974, a los seis años, y Delibes la de Ángeles de Castro, su esposa, el 22 de noviembre  de 1974, a los 50 años. Umbral está destrozado por este drama; la pérdida de su mujer hace regresar a Delibes a su “Hurañía original”. Confiesa que se encuentra viejo y desorientado y en enero de 1975 habla “del hoyo en que estoy metido” y confiesa: «Me siento absolutamente seco». Para él “la vida es aleatoria, abierta y relativista pero también vertiginosa y ocupada”.

Llega un momento en que los dos corresponsales comparten el mismo trauma tras la desaparición de un ser querido. Umbral sufre La Pérdida de su hijo Pincho, a los seis años; Delibes la de Ángeles de Castro, su esposa, eN noviembre  de 1974.

En ese momento, Umbral le escribe a su amigo que “se mueve entre el ansia de soledad y el miedo a la soledad, como imagino que te pasa.” Ahora habla al mismo nivel que Delibes, se refiere a la gloria que es nauseabunda, a la inmundicia de la vida social y profesional, aparte del conflicto político, y concluye: “estoy tan perplejo como tú». Incluso coinciden en su no creencia en las vacaciones, que les resultan demoledoras: “Son un domingo que no termina nunca. Está hecho para futbolistas o jugadores de mus«. 

A partir de 1976, es Umbral quien trata de salvar a Delibes: “Tenemos que inventar algo, me cabrea encontrarte bajo”. Curiosa inversión de papeles: Umbral se alegra ahora de que Delibes no sea un escritor anacrónico. 

En definitiva, la calidad lingüística y humana de este epistolario supera lo que se pudiera esperar de dos escritores tan secretos y púdicos. La publicación está completamente justificada por la aportación que proporciona a especialistas y lectores interesados en la producción tan distinta de cada uno de los autores. Al final Umbral emplea un plural para calificar su relación con Delibes: “nos vamos desvaneciendo en el tiempo como un dibujo de Leonardo”. Entramos gracias a este intercambio en la intimidad de ambos, en sus personalidades y en la trastienda de la escritura de sus libros. En ningún momento tenemos la impresión de ser curiosos impertinentes. Después de apreciar y admirar sus textos, nos hacemos amigos de esos dos seres atormentados y frágiles, pero indudablemente entrañables.

Miguel Delibes-Francisco Umbral. La amistad de dos gigantes. Correspondencia (1960-2007), ha sido publicado por Destino, imago mundi, 2021.

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