Aquí Truman Capote

Por Emma Rodríguez © 2016 / Me recuerdo leyendo A sangre fría (alrededor de 20 años, en la casa familiar de Tenerife). Me recuerdo impresionada y aterrorizada, pero sin poder dejar de pasar sus páginas. Me recuerdo totalmente aislada, fuera de lo real, de lo inmediato, sumergida en unas geografías lejanas, en unos paisajes sórdidos. Me recuerdo con miedo, reflexionando sobre el mal y la maldad; sobre la violencia y la locura; sobre el destino y sobre la mala suerte, sobre la frágil línea que separa lo normal de lo monstruoso… Me recuerdo leyendo A sangre fría encima de la cama (en esa época me gustaba leer así), con la puerta de la habitación cerrada a cal y canto. Y me veo, de la misma manera, con otra novela entre las manos, que curiosamente acude a mi memoria siempre que pienso en la de Truman Capote. Se trata de Crimen y castigo, de Dostoievski, nuevamente el tema del mal, de su aparición azarosa, y al mismo tiempo, la fascinación que nos produce acercarnos a sus raíces, a sus motivaciones.

No todas las experiencias de lectura se graban con nitidez, sólo las que nos sobrecogen, las que nos provocan un revolcón interior, las que nos llevan a descubrir algo, las que nos hacen reflexionar sobre el sentido de la vida y modifican, de algún modo, nuestra mirada sobre el mundo. A mí me sucedió con estos dos libros, separados por tantas cosas, pero juntos, ya para siempre en mi experiencia lectora. Por motivos diferentes, otra obra de Truman Capote aparece siempre que pienso en momentos en los que he sido consciente de la vida paralela que nos proporciona la literatura. No tengo tan claro dónde leí por primera vez Desayuno en Tiffany’s, ni si fue antes o después de A sangre fría, pero sí conservo la sensación placentera que me deparó leerla, así como la idea de soledad que me transmitió, pese a estar llena de fiestas y de pintorescos personajes que entran y salen por las puertas del apartamento de Holly Golightly, su protagonista, a la que ya siempre veré con el rostro de la inolvidable Audrey Hepburn en la adaptación cinematográfica de Blake Edwards, en esa escena magistral de Holly buscando desesperadamente, bajo la lluvia, al gato que había echado a la calle para demostrarse a sí misma que no necesitaba ningún tipo de afecto.

Siempre veré a Holly Golightly, la protagonista de “Desayuno en Tiffany’s”, con el rostro de la inolvidable Audrey Hepburn en la adaptación cinematográfica de Blake Edwards, en esa escena magistral buscando desesperadamente, bajo la lluvia, al gato que había echado a la calle para demostrarse a sí misma que no necesitaba ningún tipo de afecto.

Después de mi acercamiento, a través de estos dos libros, al escritor, seguí adentrándome en su obra: Otras voces, otros ámbitos, la primera novela que publicó; sus libros de relatos, con especial predilección por Música para camaleones; su novela póstuma, inacabada, Plegarias atendidas… He leído y me he interesado muchísimo por este hombre de vida frívola que en el fondo era un infatigable trabajador de la escritura, un ser prodigiosamente dotado para contar historias; para fascinar y emocionar tocando el complejo, sutil, teclado de las emociones; para provocar saltando por encima de las convenciones y de lo comúnmente aceptado como correcto. Corrí al cine a ver Capote, la película de Bennett Miller, con la magistral interpretación de Philip Seymour Hoffman en la piel del escritor durante los años –seis en total– que le llevó investigar el oscuro y terrible asesinato en Texas de una típica y modélica familia americana. Un capítulo esencial en su trayectoria y en el camino de la literatura, porque con A sangre fría Capote contribuyó sobremanera a inaugurar un nuevo y fructífero cauce, el de la novela real o novela documentada, o, por decirlo, a la manera inversa, el de la crónica periodística contada utilizando las técnicas de la narrativa, de la ficción. Novela y periodismo, pues. Un peculiar abrazo. Truman Capote abrió las puertas al llamado “nuevo periodismo” y por ellas habrían de entrar autores como Norman Mailer, Tom Wolfe, Gay Talese

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Siempre he visto a Capote como un escritor cercano, tan familiar como lo son los lugares que visitamos con frecuencia, los barrios y calles de nuestra vida. Por eso me ha alegrado enormemente la publicación en Anagrama (la editorial donde encontramos toda su obra) de sus relatos iniciales, Relatos tempranos, una entrega que, seguro, nadie que haya frecuentado al autor querrá perderse. Encontrar el germen de su recorrido, de sus primeros experimentos; ser conscientes de que, ya de  adolescente, con 16 o 17 años, demostraba un increíble dominio de la narración, de los tiempos, de los ritmos, así como un asombroso conocimiento del alma humana, es una experiencia altamente placentera que tiene un regalo añadido: procurarnos un billete de vuelta a sus libros, un viaje al centro de su narrativa.

Porque, como me ha pasado a mí, si leéis estos cuentos del artista adolescente, os será difícil evitar la tentación de acudir a su obra anterior. En mi caso, enseguida quise reencontrarme con las páginas de Música para camaleones, un volumen compuesto por piezas de ficción y de no ficción que fue su última publicación en vida. Aunque no fuera consciente de ello, ahora, mientras escribo este artículo, pienso que, en cierto modo, me impulsaba el afán de trazar un puente entre el comienzo y el final, entre el autor que empezaba a imaginar sus historias, a soñar, a probar, y el que ya había descubierto todas sus cartas y había alcanzado la gloria, aunque nunca dejara de buscar y nunca se llegara a sentir del todo satisfecho.

Música para camaleones contiene, además, como prefacio, un texto autobiográfico que es esencial para conocer mejor a Truman Capote (Nueva Orleans, 1924 – Los Ángeles, 1984), a ese hombre contradictorio que, pese a convertirse en el escritor de éxito que siempre quiso ser; a pesar de rodearse del glamour y la sofisticación de la alta sociedad neoyorquina, nunca dejó de ser el niño aislado y solitario del sur, acostumbrado a observar el maltrato hacia los negros y a esperar a una madre que siempre se estaba marchando de su lado y que nunca le proporcionó el cariño que él esperaba. Es inevitable que todo eso asome a sus piezas iniciales, a ese desesperado intento de salvarse, de sentirse acompañado, a través de la literatura, de los personajes de la ficción.

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Mi vida, al menos como artista, puede proyectarse exactamente igual que la gráfica de la temperatura: las altas y bajas, los cielos claramente definidos”, escribe el autor en ese texto autobiográfico en el que se retrata escribiendo a los ocho años, “de improviso”, sin inspirarse en ningún ejemplo, porque no tenía a nadie cerca que se dedicara al oficio de la literatura y porque a su alrededor los lectores no abundaban. “Un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”, relata. Y prosigue enumerando todos los géneros que fue probando: los relatos de aventuras, novelas de crímenes, comedias satíricas, cuentos que le habían contado antiguos esclavos y veteranos de la Guerra Civil… “Al principio”, confiesa, “fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía; la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal...”

En un  texto autobiográfico en el que se retrata escribiendo a los ocho años, “de improviso”, sin inspirarse en ningún ejemplo, porque no tenía a nadie cerca que se dedicara al oficio de la literatura y porque a su alrededor los lectores no abundaban.

A través de la confesión del escritor sabemos lo mucho que se esforzaba, sus prácticas a escondidas con las palabras, con los tonos, con los diálogos. Horas y horas mejorando su estilo, aprendiendo a narrar, mientras todos creían que se encerraba a hacer los deberes. “Hay que aprender tanto y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de la pintura y hasta de la simple observación de todos los días”, seguimos sus palabras. Una preparación autodidacta, concienzuda, unida a un indudable oído y talento, hicieron que, como él mismo dice, a los 17 años fuese ya un escritor consumado que empezó a enviar sus relatos a publicaciones literarias como The New Yorker, Story y Harper’s Bazaar, entre otras,  dando el salto a la novela (Otras voces, otros ámbitos) con apenas 24 años. La entrega no pasó en absoluto desapercibida y, pasado el tiempo, en el prólogo de Música para camaleones, en el que aún seguimos, Capote responde a quienes en su día se sorprendieron de que alguien tan joven pudiese escribir tan bien: “¿Sorprendente? ¡Sólo había estado escribiendo día tras día durante catorce años…

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No fue para nada casual el logro de su ópera prima. Capote siguió trabajando sin tregua, experimentando en casi todos los campos de la literatura, “tratando de dominar un repertorio de fórmulas y de alcanzar un virtuosismo técnico tan firme y flexible como la red de un pescador”, según confiesa él mismo, reconociendo que fracasó en algunos de los campos explorados, algo que, por otro lado, agradecía, porque “se aprende más de un fracaso que de un triunfo”. En este escrito, que debería ser lectura obligatoria en los talleres literarios y que no dudo puede disuadir a más de uno de seguir los nada fáciles senderos de la buena literatura, Truman Capote da cuenta de su trayecto, deteniéndose en A sangre fría y en el que fue su preludio, Se oyen las musas, libro compuesto a partir de una serie de artículos que publicó en The New Yorker sobre el recorrido por Rusia en 1955 de una compañía de negros norteamericanos que escenificaba Porgy and Bess. Por primera vez, periodismo y ficción iban de la mano. El escritor explica lo mucho que le atraían entonces el lenguaje y los métodos del periodismo y su deseo de “realizar una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa y la precisión de la poesía”.

Ese era el camino que quería seguir explorando y en 1959 su instinto le dijo que había encontrado su tema: un cruel y sórdido asesinato en un pueblo de Kansas. Capote se trasladó al lugar, entró en contacto con los asesinos y exploró sus motivaciones, sus orígenes, sus carencias, convirtiéndose la identificación con uno de ellos, Perry Smith, en una estimulante y a la vez dolorosa experiencia que refleja magníficamente la película Capote, de Bennett Miller, que nos acerca al genio y también a las inseguridades, a las búsquedas y renuncias del escritor; a su gloria y a su eterna sensación de orfandad, sensación que late al fondo de muchas de sus narraciones y que fue, precisamente, una de las causas que le llevó a conectar con el criminal protagonista de A sangre fría.

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Truman Capote con Alvin Dewey, el jefe de los agentes del KBI que investigaron y resolvieron el caso Clutter. La señora que se encuentra junto al escritor es Marie Dewey, esposa de Alvin Dewey. La fotografía se tomó en una de las tanta visitas que Capote realizó al hogar de los Dewey, ya que hicieron una gran amistad. El joven que se encuentra a la derecha de la foto es Paul Dewey hijo de Alvin y Marie. 1966. (STEVE SCHAPIRO/CORBIS)

La película recoge también la especial relación del autor con una mujer crucial en su vida, la también escritora Harper Lee, autora de Matar a un ruiseñor. Ambos fueron de niños vecinos en la pequeña localidad de Monroeville (Alabama), un pueblo que les hacía sentir tremendamente aislados y donde su amistad cómplice se afianzó. Tal vez nadie como ella conoció las carencias y angustias del escritor, su falta de amor maternal, el aislamiento provocado por su homosexualidad. Tal vez nadie como ella se sintió tan cómplice de sus sueños ni sufrió tan de cerca sus resentimientos, su carácter inestable y temperamental, su egocentrismo.

Pero sigamos con las reflexiones del autor en el prólogo de Música para camaleones sobre el proceso que le condujo a elaborar A sangre fría: “Los escritores, cuando menos aquellos que corren auténticos riesgos, que están dispuestos a  jugarse el todo por el todo y llegar hasta el final, tienen mucho en común con otra casta de hombres solitarios: los individuos que se juegan la vida jugando al billar y dando cartas. Mucha gente pensó que yo estaba loco por pasarme seis años vagando a través de las llanuras de Kansas; otros rechazaron de plano mi concepción de la “novela real”, declarándola indigna de un escritor “serio”. Norman Mailer la definió como un “fracaso de la imaginación”; queriendo decir, supongo, que una novela debería inspirarse en lo imaginario y no en lo real”.

Los escritores, cuando menos aquellos que corren auténticos riesgos, que están dispuestos a  jugarse el todo por el todo y llegar hasta el final, tienen mucho en común con otra casta de hombres solitarios: los individuos que se juegan la vida jugando al billar y dando cartas…”, escribió Capote en el prefacio de “Música para camaleones”

“Fue como jugarse el resto al póquer”, sigue explicando. “Durante seis exasperantes años estuve sin saber si tenía o no un libro. Fueron largos veranos y crudos inviernos, pero seguí dando cartas, jugando mi mano lo mejor que sabía…” Realmente es muy interesante conocer de qué manera Truman Capote era consciente de sus procesos creativos, de su esfuerzo, de la controversia que levantaba, del alcance de sus logros. Frente a los que seguían infravalorándolo, hubo escritores que se dieron cuenta enseguida del valor, de la novedad y del alcance de la vía que había abierto, entre ellos Mailer, que pasó de la crítica a emplear personalmente sus métodos en novelas “con las que ganó un montón de dinero y de premios”, dice Capote, añadiendo, no sin sutil ironía: “No importa; es un buen escritor y un tipo estupendo, y me resulta grato el haberle prestado algún pequeño servicio”.

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A partir de ahí, tras haber alcanzado, además del reconocimiento, el éxito de público (la novela vendió 300.000 ejemplares y se mantuvo en los primeros puestos de la lista del New York Times durante 37 semanas) Capote entró en la fase final de su trayecto literario y vital. El siguiente paso era Plegarias atendidas, una novela en la que quería llevar lo vivido, lo escuchado, hasta sus últimas consecuencias, jugando con el sensible material de la intimidad, de la confidencia. Todos los personajes eran reales; muchas de las tramas, de las anécdotas, partían de lo acaecido. El escritor buscaba ir un poco más allá en sus búsquedas, reflejar la verdad sin disfraces, y cuando los cuatro primeros capítulos fueron publicados en la revista Esquire provocaron”, como él mismo cuenta, “la ira de ciertos círculos”, donde pensaban que “estaba traicionando confianzas, abusando de amigos y/o enemigos.

Tras el éxito de “A sangre fría”, el siguiente paso era “Plegarias atendidas”, una novela en la que quería llevar lo vivido, lo escuchado, hasta sus últimas consecuencias, jugando con el sensible material de la intimidad, de la confidencia.

En la leyenda, en los apuntes testimoniales sobre el escritor se le cita respondiendo provocativamente: ¿Qué se esperaban (…) “Soy un escritor y me sirvo de todo. ¿Es que esa gente se pensaba que me tenían para entretenerles?”. Pero lo cierto es que el proyecto sufrió un parón. Se ha especulado mucho acerca del destino del resto de los capítulos del libro, que nunca aparecieron. Al respecto escribe Joseph M. Fox, el que fuera su editor, en el prólogo de la edición póstuma de la novela, de los cuatro capítulos publicados por Esquire. En su opinión, Capote escribió y posteriormente destruyó esas otras partes de la obra de las que solía hablar con bastante detalle. De hecho, como cuenta Fox, repetidas veces, almorzando con el autor, durante los últimos seis años de su vida, le habló de los cuatro capítulos restantes, citando fragmentos de diálogos siempre idénticos, “a menudo casi de un modo incongruente a causa de los fármacos y el alcohol, o ambos a la vez”.

El propio Capote cuenta que entonces atravesaba una “crisis creativa y, a la vez, personal”; explica que, llegado el momento, se dio dado cuenta de que, pese a todos los esfuerzos, a todo el trabajo realizado, nunca había conseguido explotar por completo “toda la energía y todos los atractivos estéticos que encerraban los elementos del texto”. Y que entonces la pregunta que se formulaba era: “¿Cómo puede un escritor combinar con éxito en una sola estructura –digamos el relato breve– todo lo que sabe acerca de todas las demás formas literarias?”

Un escritor debería tener todos sus colores y capacidades disponibles en la misma paleta para mezclarlos y, en casos apropiados, para aplicarlos simultáneamente. Pero ¿cómo?”, sigue interrogándose en el prólogo de Música para camaleones, un texto, como decía antes, absolutamente esencial y revelador. En este libro compuesto por relatos y escritos periodísticos encontramos piezas tan conocidas del autor como el perfil que trazó de Marilyn Monroe (Una adorable criatura), en el que la actriz, a la que retrata como frívola, sentimental y adicta a las pastillas, echa en falta tener un hogar y muestra inseguridades impropias de quien era considerada una “sex symbol”. En el retrato hay acidez, pero también una pizca de ternura, y soledad, la soledad de Capote y de todos aquellos a quienes se sentía especialmente cercano. Entre las composiciones dispersas del volumen, está también el famoso texto en el que el escritor hablando de sí mismo dijo: “Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio…”

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Truman Capote y Marilyn Monroe

Pero en este texto yo iba a hablar de los relatos iniciales de Truman Capote y he llegado a su etapa final sin apenas detenerme en ellos. Demos pues marcha atrás: el artista en ciernes aún no sabía dónde era capaz de llegar. Estaba lejos de plantearse los misterios de la creación, de enfrentarse a los grandes retos, de alcanzar la admiración y el rechazo de sus contemporáneos; pero ya tenía claro que era una persona diferente, especial… Ya sabía que lo suyo era observar, escuchar, comprender lo que veía y transformarlo en historias. Ya sabía que el lenguaje era algo con lo que se podía llegar muy lejos; que la imaginación, la literatura, podía otorgarle lo que la vida le negaba y podía hacer que los demás le admiraran y le quisieran. En las narraciones tempranas de Truman Capote –y aquí está el gran mérito del libro– encontramos ya el repertorio de temas, de emociones, de conflictos, con el que iba a trabajar siempre el escritor.

Cuenta la editora Anuschka Roshani, del sello Kein & Aber, que cuando descubrieron su legado en la New York Public Library, contenido en treinta y nueve cajas de cartón mal ordenadas, la verdadera sorpresa “no fue que Truman Capote hubiera escrito un montón de relatos y poemas siendo adolescente, sino que lo hiciera a tan temprana edad, como el escritor que llegaría a ser”. Califica, por tanto, el hallazgo como un tesoro y reconoce que, aún sabiendo que el autor pasaba desde los ocho años su tiempo frente a la máquina de escribir, no esperaban “que la mayor parte de sus obras de juventud fueran tan maduras. Maduras desde un punto de vista dramatúrgico y lingüístico; pero también sentimental: con gracia en el tono y, si es que existe tal cosa, repletas de inteligencia emocional”.

Cuenta la editora Anuschka Roshani que cuando descubrieron su legado en la New York Public Library, contenido en treinta y nueve cajas de cartón mal ordenadas, la verdadera sorpresa “no fue que Truman Capote hubiera escrito un montón de relatos y poemas siendo adolescente, sino que lo hiciera a tan temprana edad, como el escritor que llegaría a ser”.

Ciertamente son un tesoro estas narraciones de Truman Capote, narraciones muy sugerentes que parten de observaciones, de experiencias biográficas, de retratos, de experimentos; narraciones en las que el autor demuestra su capacidad para sorprendernos, para dejarnos en ascuas ante situaciones de las que nos gustaría saber más, que como lectores inquietos buscamos seguir desarrollando, imaginando. Como he dicho repetidamente, la soledad está presente en muchos de los relatos y también el ansia de salir de los estrechas fronteras de un pueblo del sur. Y la dura condición de la gente de color. Y la infancia. Y la vejez. Y el amor. Y la muerte…

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Si tuviera que elegir uno solo de los catorce cuentos que componen la entrega me quedaría con Esto es para Jamie, porque en él, el pequeño protagonista que en sus visitas al parque entabla amistad con una bella mujer y con el perrito que la acompaña, es el propio Truman Capote, el niño no deseado que tanto echa en falta el cariño de una madre. Hay misterio, drama, en este hermoso relato, donde el autor despliega su don para emocionar, pero igualmente atractivas son otras piezas como Louise, una historia sobre la envidia y la venganza, donde se aborda, de forma magistral, el conflicto racial, los prejuicios y la injusticia contra la gente de color.

Si tuviera que elegir uno solo de los catorce cuentos que componen la entrega me quedaría con Esto es para Jamie, porque en él, el pequeño protagonista que en sus visitas al parque entabla amistad con una bella mujer y con el perrito que la acompaña, es el propio Truman Capote, el niño no deseado que tanto echa en falta el cariño de una madre.

Las atmósferas sureñas, los ambientes cerrados de la infancia de Capote, se reflejan en sus escritos iniciales. El joven escritor habla de lo que conoce, pero es capaz desde muy pronto de trascender las proximidades, de apresar estados universales del alma. Hay variedad de tonos, de géneros, en este ramillete de cuentos: el miedo y el misterio asoman, por ejemplo, en Terror en el pantano, mientras que la necesidad y la búsqueda del ideal del amor se convierte en el centro de Si yo te olvidara. Hay niños que juegan y son picados por serpientes, como le pasó al propio Capote, en este repertorio, pero también ancianas que se enfrentan a la muerte. Es especialmente hermoso el relato de La señorita Belle Rankin, la historia de una mujer negra “que parecía demasiado vieja para estar viva” y que tenía tanto apego a sus membrillos japoneses que no duda en darle con la puerta en las narices a un comprador dispuesto a pagar una fortuna por ellos.

La extrema sensibilidad de Capote, su manera de empatizar con sus personajes, se ponen de manifiesto en estos escritos preparatorios, pero también su afán por experimentar, por probar con nuevas estructuras, caso de Tráfico oeste, un tríptico narrativo en el que el autor se pregunta por el sentido de la vida. Se trata de tres historias, tres situaciones diferentes, cuyo punto de unión es el final, la intención de los personajes de viajar en autobús. Capote introduce en las tres piezas el azar y juega a quebrar el sentido de las narraciones, ese quiebro que se produce a veces en la vida y que es capaz de cambiar el rumbo, el destino. Llama la atención la primera parte del relato, muy actual, absolutamente anticapitalista, ya que en él un ejecutivo convence a sus compañeros de negocios de renunciar a conseguir altos beneficios porque, aunque las operaciones sean legales, resultan injustas para los trabajadores.

TrumanCapote1959-Higgins-RogerTenemos poder, al igual que todos aquellos que sirven a los grandes intereses. Pero si hemos de juzgar por la ley de Dios, algo harto difícil de hacer para las mentes adineradas, sentimos – como hombres con poder– que tenemos un deber para con el hombre “de la calle” y, caballeros, les ruego por lo tanto que no den el visto bueno a una acción tan egoísta”, leemos este relato en el que los viejos objetivos de negocio se reemplazan por objetivos de hermandad.

Los marginados, los débiles, los solitarios, los enajenados, entran desde muy pronto en las narraciones de Truman Capote, que, pese a llegar a frecuentar la más exclusiva y sofisticada sociedad neoyorquina de su tiempo, no dejó nunca de sentirse el niño excluido, el joven diferente, rechazado. Por eso siempre hay un rincón en sus relatos para la soledad, para la desesperada búsqueda de afecto. Tanto en sus ficciones como en sus textos periodísticos, encontramos el relato de la marginalidad. “Marginados, vagabundos y proletarios que intentan abrirse paso en mundos extraños pueblan sus libros, como nos dice en el prólogo de Relatos tempranos Hilton Als. El crítico de The New Yorker alude también al machismo, la ignorancia y la brutalidad que se refleja en sus escritos.

Como artista, Truman Capote concebía la verdad como una metáfora tras la que ocultarse, la mejor forma de mostrarse ante un mundo no precisamente cordial con un “marica” nacido en el Sur y con una voz aflautada que en cierta ocasión le espetó a un camionero de mirada reprobadora: “¿Qué está mirando? A usted no le besaría ni aunque me dieran un dólar”, sigo el relato del crítico. Es momento de concluir. Os recomiendo buscar a Capote en sus relatos, no a quedaros con su leyenda, con las habladurías que a él tanto le gustaban. Vuelvo a la habitación en la que me encerré a leer A sangre fría. Vuelvo a recuperar las lágrimas tras cerrar las páginas de Desayuno en Tiffany’s, con toda su gran carga de ternura. Agradezco este viaje a los inicios, al camino de Truman Capote y lo imagino de niño, como él mismo cuenta, transcribiendo las conversaciones que escuchaba a los vecinos, apropiándose de ese estilo de “ver” y de “oír” único, tan suyo.

Los Relatos tempranos de Truman Capote han sido traducidos por Jesús Zulaika y publicados en Anagrama, sello que ha dedicado una Biblioteca al autor con sus grandes títulos. A algunos de ellos (A sangre fría; Desayuno en Tiffany’s; Música para camaleones; Plegarias atendidas…) nos referimos en este artículo.

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