Camille Claudel: «La sociedad me castigó por ser mujer y querer ser libre»

ESTHER BENGOECHEA © 2020 /

Su madre la odió desde el momento de su nacimiento por no haber sido un varón. Su hermana la envidió toda la vida. Tenía más encanto, talento y belleza que ella, sin duda alguna. Tal vez por eso la eclipsaba delante de su padre. Tal vez por eso la envidia se fue transformando en odio. Ninguna de las dos acudió ni una sola vez al sanatorio mental a visitarla. Ya no a sacarla de allí, simplemente a verla durante unas horas. Ambas fallecieron sin acercarse a los muros de piedra de Montdevergues y sin volver a enfrentarse a los maravillosos ojos azul oscuro de Camille Claudel, que poco a poco se fueron apagando, víctima de la soledad, de la injusticia y del abandono.

Su padre la veneró toda su vida. Desde que nació supo que tendría que duplicar su amor y hacer de padre y de madre al mismo tiempo. Y lo cumplió con creces. Pronto se dio cuenta de que Camille era distinta. Y la apoyó en sus decisiones, a pesar de vivir en el siglo XIX, a pesar de que fuese una mujer, a pesar de que todos -familia y amigos- le aconsejasen que no lo hiciera. La protegió hasta su último suspiro. Una semana después de su muerte, una ambulancia rompió, al alba, el silencio y la quietud del amanecer y dos enfermeros entraron en el taller de Camille para meterla en una ambulancia y conducirla a su encierro, ese que sufrió el resto de su vida.

Su hermano la idolatró durante su infancia -su madre siempre detestó que los dos hombres de su vida, su marido y su hijo, adorasen de esa forma a su hija mayor-. Paul fue el primer modelo que esculpió y su primer ayudante. Juntos vivieron una infancia maravillosa, entre los bosques de Tardenois. París los alejó, pero Rodin los separó para siempre. Paul, reconvertido al catolicismo, desaprobó siempre su relación. Se convenció de que su hermana representaba el pecado, tal vez por eso nunca la rescató, por mucho que ella se lo rogase, por mucho que él la quisiera. Tampoco acudió a su entierro. Simplemente la abandonó. Ella le defraudó y él la abandonó.

Rodin se enamoró de ella desde el momento en el que la vio. Se enamoró de sus ojos, de su perfil, de su vanidad, de su talento y de su carácter. Era testaruda, sincera e inteligente. No tenía miedo a nada y le sobraba orgullo. Él tenía 43 años y ella 19. La convirtió en su musa, su alumna y su amante. Le prometió el mundo, pero solo le dio las migajas. Nunca abandonó a Rose Beuret, como le dijo que haría. Nunca se casó con ella, como le prometió por escrito y la engañó una y mil veces, aunque también juró que no lo haría. Por todos estos motivos, Camille terminó abandonándole, cansada de mentiras y desencantos, presa ya de crisis nerviosas, de insomnio y del comienzo de su locura. 

Todos los personajes citados fueron los protagonistas en la vida de Camille Claudel y marcaron su devenir, desde su nacimiento hasta su muerte. Puede sobrar la figura de Louis Jeanne, su hermana, que pasó sin pena ni gloria por el mundo y que imitó los pasos y los sentimientos de su madre para con Camille. Todos los demás, su madre, su padre, Paul y Rodin son, sin duda, parte esencial en la triste y trágica historia de la escultora francesa, que pasó a la posteridad por ser la amante de Rodin, no por sus maravillosas creaciones o su innegable talento.

Cuando me planteé escribir La lluvia de Camille, la biografía novelada de Camille Claudel [ganadora del Premio de Novela Histórica de la Editorial Ápeiron en 2019], partí del disgusto de ver a la artista siempre a la sombra de Rodin o simplemente silenciada por la historia. Con mi libro pretendía mostrar cómo fue su vida, cómo luchó contra la sociedad, contra el mundo, para ser feliz y libre.

Rodin se enamoró de ella desde el momento en el que la vio. Se enamoró de sus ojos, de su perfil, de su vanidad, de su talento y de su carácter. Era testaruda, sincera e inteligente. No tenía miedo a nada y le sobraba orgullo.

Camille no entiende por qué ese señor mayor con barba, de aspecto torpe y mirada miope la observa como si hubiese visto un fantasma. Lentamente se acerca hacia ella, sin dejar de contemplarla ni un segundo. Cuando llega a su lado, sin articular ni una sola palabra, desvía la mirada de sus ojos azul oscuro hasta su escultura, situada justo enfrente. El busto infantil de Paul, con un perfil perfecto, espera los últimos retoques. Los dulces gestos de su rostro y la profundidad de su mirada son sencillamente maravillosos. Boucher no se quedó corto al alabar las obras de Camille y su increíble talento. De repente, a Rodin ya no le parece tan mala idea sustituir a su amigo. Al contrario, es lo mejor que le habría podido pasar. Como si despertarse de un largo letargo, vuelve a sentir el aire en sus pulmones y el tamborileo de los latidos en sus sienes. No entiende por qué pero ya necesita estar cerca de ella, verla todo el tiempo y poder observar cómo trabaja. Sin quererlo, pero sin poderlo evitar, toda su existencia ya gira alrededor de la fiera y apasionada Camille Claudel, y así será ya para siempre. O casi.

Llegó al mundo el 8 de diciembre de 1864 y desde que Louise Athénaïse la alumbrase, la odió. Ella esperaba un varón, que sustituyera a su primer hijo, fallecido con tan solo quince días un año antes, pero nació Camille y fue incapaz de redirigir el amor que sentía por Charles Henri hacia ella. Absolutamente incapaz. Por eso, la novela arranca con el día de su nacimiento, horas antes de que llegue el mundo. La esperanza de su madre por parir un varón y el desgarrador grito al verla en brazos de la comadrona. Después, el rechazo -que se extendería ya el resto de su vida- a amamantarla, cogerla o besarla. Hasta su olor le disgustaba. Desde muy pequeña comenzó a llamarla la usurpadora’, porque había ocupado el lugar de su hermano. Se lo reprochaba directamente a ella. ¿Alguien se puede imaginar lo que es crecer sin el amor de tu madre? Y ya no solo eso, sino saber que te odia por algo que tú no has hecho, por algo que le pasó a tu hermano mayor, al que ni siquiera conociste.

Pues así creció la escultora francesa, la autora de obras tan maravillosas como El Vals, Clotho o Helene, creación que expuso en el Salón de Mayo de París en 1882 y recibió muy buenas críticas. Casualidades de la vida, Rodin supo de la existencia de Camille y de su obra, a través del busto que hizo de la sirvienta, de la vieja Helene, que consiguió suplir, con sus besos y con sus ásperas manos, la falta de amor de su madre. La esculpió, con sus arrugas en la frente, con su mirada profunda y su moño apretado. Plasmó en su obra su carácter, su bondad y su infinito amor. Si con Helene logró que la crítica francesa comenzase a hablar de su obra, con Sakountala les convenció de que era un diamante en bruto. Corría el año 1888 y Camille Claudel, que ya convivía con Rodin, lograba la mención especial del Salón de Artistas de París por su historia de amor basada en la leyenda hindú. El rey Duchmanta se arrodillaba ante su amada y le pedía perdón por no haberla reconocido como amante. Recreó la escena porque quería que fuera verdad, quería que él se postrase ante ella y le demostrase su amor. Pero no el rey sino Rodin, que esculpía  –y seducía– a otras mujeres; que seguía volviendo cada noche a dormir con Rose Beuret, su pareja durante toda su vida y la que toleró todas sus infidelidades

Camille se dedicó en cuerpo y alma a su maestro. Trabajaba durante todo el día, a veces se le olvidaba hasta comer, y por la noche estaba tan cansada que se quedaba dormida con polvo blanco en el pelo. Tenía que alcanzar la perfección en las manos y en los pies, porque Rodin había confiado en ella. Las extremidades eran tarea suya y no podía fallarle. Bien es sabido que Camille Claudel esculpía, cuanto menos, las manos y los pies de las obras del maestro. Y que los mejores años –sin duda alguna– de creación del escultor francés fueron cuando estuvo al lado de su amante y alumna de ojos azul oscuro. En cambio ella se abandonó o, mejor dicho, abandonó sus propias creaciones para volcarse en las de su pareja. Por eso un día su padre fue a buscarla al taller y le quiso recordar a la niña que se manchaba las faldas del vestido transportando barro hasta la entrada de la casa familiar. A la niña que estaba horas y horas moldeando el barro, en silencio mientras sus dedos esculpían belleza. Y por este motivo Camille creó Sakountala, donde por fin la sociedad parisina reconocía su talento.

Si con «Helene» logró que la crítica francesa comenzase a hablar de su obra, con «Sakountala» les convenció de que era un diamante en bruto. Corría el año 1888 y La escultora lograba la mención especial del Salón de Artistas de París.

Pero esa misma sociedad parisina también la penalizó y la castigó porque los estilos de ambos, del maestro y de la alumna, se parecían. Las similitudes entre sus obras existían antes de que se conocieran, pero todo el mundo pensó que ella le imitaba, que perseguía el arte de Rodin. Él tuvo que salir en su defensa. La famosa frase: ‘Yo le he enseñado dónde buscar oro, pero el oro que encuentra es solo suyo’ la pronunció Rodin para defenderla de los ataques de plagio.

La lluvia de Camille fluye deteniéndose en los momentos más importantes de su vida. Si arranca el día que nace, concluye cuando muere, sola, en la cama de hierro, pasando frío. Montdevergues le robó treinta años de su vida y acabó albergando su propia sepultura, que se limitó a un número, ese que daban a los internos del sanatorio mental cuyos familiares no reclamaban sus restos. Entre medias, entre su nacimiento y su muerte, se desarrolla la historia de esta genial mujer, narrándose en cada capítulo, un día concreto de un año concreto, y titulándolo con la fecha. Así van encadenándose sus grandes momentos, sus alegrías, sus decepciones, sus miedos, mientras su juicio se va debilitando, mientras sus fuerzas van menguando hasta rendirse. 

Aparece -en su infancia- el ceño de Camille mientras esculpe, que se transforma en la sonrisa más bella y resplandeciente al ver su obra terminada, el valor de su padre por mover a toda la familia a París para que su hija esculpa y luche por su sueño, sus primeras clases en la Academia Colarossi -la única junto con el centro Julian que admitía mujeres-, su primer encuentro con Rodin, su primera vez, su primer desengaño. También La lluvia de Camille recoge su éxito, su esperanza, su lucha. Más allá de los engaños ya nombrados está el aborto, la herida sin cerrar, el dolor que no cesa. La lucha por lograr su meta, a pesar del daño, a pesar de la oscuridad que la rodea. Pero sus obras dejaron de venderse, de exponerse y su nombre ya no inundaba las críticas de los periódicos. Aun así siguió, dejó de comprar carbón, y no le importó el frío. Dejó de comprar comida, y no le importó el hambre. Se cambió a un taller más barato, y tampoco le importó que tuviese menos luz. Pero temblaba, se alimentaba con vino y le dolían los ojos. Y así se incrementó su debacle. 

La sociedad me castigó por ser mujer y querer ser libre, por vivir sola y por haber superado en genio a mi maestro’. Así de tajante y de simple fue Camille para describir todo su devenir. Es cierto que sus obras se vendían por 40 francos, mientras que las de Rodin ascendían a 40.000. Camille llegó a hacer lámparas por la noche, para conseguir dinero para comprar materiales y seguir esculpiendo. Su padre también la ayudaba, dándole billetes a escondidas de su madre. Pero todo fue empeorando y él falleció. Nadie se lo contó a tiempo, para que no fuese al entierro y ridiculizase a la familia. Le había cambiado la voz, ahora era más grave, y siempre se excedía con el alcohol y con el colorete. Se enteró por una carta que le envió su primo, días más tarde. Desde ese momento, desde que la leyó, supo que irían a por ella. Poco tardaron, lo que se demoraron su madre y su hermano en rellenar todos los papeles del sanatorio. Louis Prosper falleció el 3 de marzo de 1913 y la ambulancia destruyó la quietud y el silencio de todo el vecindario hasta que se detuvo en el número 19 del Quai de Bourbon el 10 de marzo, justo una semana más tarde. 

sus obras se vendían por 40 francos, mientras que las de Rodin ascendían a 40.000. Camille llegó a hacer lámparas por la noche, para conseguir dinero para comprar materiales y seguir esculpiendo.

No le dejaron llevarse nada, ni sus obras, ni sus herramientas, absolutamente nada. Fue abandonada a su suerte, enterrada en vida, escondida de la sociedad y del mundo. Rodeada de gente demente, de enfermos mentales, de ruidos nauseabundos, de gestos repulsivos. Llegó con un cuadro de neurosis depresiva y síndrome narcisista por el que desarrolló la manía persecutoria. Por eso se pensaba que Rodin y sus secuaces querían robarle sus obras, su propio talento. Por eso tenía miedo de salir a la calle, tapaba las ventanas con maderos y se escondía de la gente. Pensaba que la querían envenenar, de nuevo Rodin y sus secuaces, y se comía las patatas y los huevos cocidos sin pelar. También dormía con un palo con pinchos al lado de la cama, por si intentaban hacerle daño. 

Pasea encorvada, sin mirar a nadie, sin dejar de caminar. Llevaba muchos días sin moverse de su taller, pero necesita comida, por eso se ha decidido a salir. El sonido del caudal del Sena, que tanto le relajaba hace no mucho tiempo, ahora le provoca incertidumbre. Todo lo que se mueve, todo lo que suena, todo le asusta. Oye voces, risas, golpes. Todo aparenta desmesurado, exagerado ante sus ojos y sus oídos. Tiene frío, se encoge sobre sí misma, pero no se para. De repente, oye un estruendo, que solo se ha dado en su cabeza, y sale corriendo. Con su cojera, con las pupilas clavadas en el suelo y con la respiración entrecortada. No se detiene hasta que llega a su taller. Saca rápidamente la llave, pero tarda en meterla en la cerradura porque le tiembla el pulso. Jadea, suda, se encorva. Mira a todos los lados como si la persiguieran. Cuando consigue abrir, entra veloz y cierra de un portazo. Se apoya en la puerta y llora. Solloza como si fuera una niña, presa del miedo, del pánico. Ahora el peligro se ha ido, ya está a salvo, pero hoy no ha conseguido nada para comer.

Fue abandonada a su suerte, enterrada en vida, escondida de la sociedad y del mundo. Rodeada de gente demente, de enfermos mentales, de ruidos nauseabundos, de gestos repulsivos.

Camille superó sus trastornos, aunque siempre siguió pensando que la querían envenenar. Los médicos del sanatorio advirtieron a la familia que estaba prácticamente recuperada, pero nadie quería que saliera. Nadie. Su madre se engañaba a sí misma diciendo que cuidaba de ella, como le prometió a su marido, por pagar religiosamente su internamiento en una habitación individual, lejos del pabellón de hileras de camas donde el frío resultaba paralizante en invierno. También se permitía el lujo de enviarle paquetes con algunos productos muy cotizados como chocolate o aceite. Y, de vez en cuando, hasta se carteaba con ella. 

Obra de Camille Claudel: «El Vals»

Paul sí fue a verla. Varias veces. Ella siempre se ponía bonita para verle y le esperaba en el jardín horas antes. Le pidió, le rogó y le exigió que la sacase de allí. No dejó de hacerlo a pesar de las decepciones y de los años. Él siguió pagando mensualmente a Montdevergues cuando su madre falleció, aunque la cuota le parecía excesiva, por eso decidió que su hermana fuese trasladada al pabellón, donde residían los pacientes de las familias más pobres o de las que no querían pagar demasiado.

En La lluvia de Camille he repasado la vida de la escultora francesa, deteniéndome en los detalles, centrándome en los sentimientos de la protagonista y dando peso a su familia, que tan importante fue en su historia. He optado por una estructura de capítulos cortos, que funcionan como píldoras de realidad, por un estilo que he querido sobrio y sencillo. Y he incluido una conversación de Camille Claudel con el psiquiatra del sanatorio. Tal vez sea solo un monólogo… 

La «lluvia de Camille» es UN repaso a la vida de la escultora francesa, centrada en los sentimientos de la protagonista y dando peso a su familia, que tan importante fue en su historia.

Enfrentarme a una página en blanco de Word para convertirla en mi primera novela, en La lluvia de Camille supuso un desafío. Supuso aparcar todos mis miedos. Supuso dotarme a mí misma de paciencia (carezco de ella a la hora de escribir porque trabajo en un periódico y los reportajes son al día, a lo sumo, a la semana) y de valor. Todo comenzó con un relato corto. Me lancé a escribir cuatro páginas sobre Camille, artista que siempre me había fascinado, tanto por su vida como por su obra.

Me di cuenta de que tenía más que contar, que cuatro páginas no eran suficientes. Y escribí un segundo relato con diez. Y también me supo a poco. Había investigado tanto sobre ella, tenía tantos detalles de su vida, de su trágica vida y de su fuerte carácter y su inagotable lucha, que me convencí de que podía hacerlo. Organicé mis ideas, esquematicé el contenido de mi novela y me lancé al vacío. Sin red ni arneses. Y de ahí nació La lluvia de Camille.

Poner punto final a mi primera novela supuso un premio. No sabía si era buena o mala, ni si le gustaría a alguien (aparte de a mi madre). Pero yo lo había conseguido. Había logrado plasmar los sentimientos de Camille, sus miedos, sus decepciones. Todo. Sufrí con ella y soñé con ella. Pero sentía que era algo que tenía que hacer y que quería hacer. Mi primer salto sin red fue por Camille, por La lluvia de Camille.


FIRMAS SUMERGIDAS: ESTHER BENGOECHEA

Trabaja desde 2008 en el periódico El Norte de Castilla. Comenzó en Valladolid, dentro del área de Internet, y desde 2013 escribe en la sección de Deportes en su ciudad, en Palencia. En el año 2018 ganó el Premio de Periodismo ‘Mariano del Mazo’, con un reportaje sobre el sexagésimo aniversario de un accidente en el pico Curavacas. Un año más tarde, en 2019, se hizo con el premio de novela histórica ‘Rrose Sélavy’ de la Editorial Ápeiron, con una biografía novelada sobre la escultora francesa Camille Claudel, titulada ‘La lluvia de Camille’. La obra ya ha sido presentada en Palencia y en Valladolid. Recientemente, a principios de marzo, logró el segundo premio en el Concurso de Relatos Cortos sobre la Igualdad del Ayuntamiento de Aranda de Duero, con ‘El despertar de Kate’, una historia basada en la escritora Kate Chopin.

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