Francisco Ayala, con los ojos vueltos al pasado, entre “recuerdos y olvidos”

Emma Rodríguez © 2021 /

Dice Francisco Ayala en sus Memorias que las obras salidas de la imaginación reflejan un “relato esencial” de su autor que llegará a hacerse definitivo con el paso del tiempo, con la llegada inevitable de la muerte. Reflexiona de este modo en el prólogo que escribió en 1988 para sus enriquecedores Recuerdos y olvidos, una obra que se fue prolongando a lo largo de la vida y que, en efecto, nos lo devuelve tal cual era en lo más hondo, en sus emociones, en sus convicciones, en sus tomas de postura, en sus humores, impulsos, anhelos…  

Los pasos sobre la tierra del escritor, que vivió largamente –de 1906 a 2009– saltando por encima de los obstáculos de todo el siglo XX, siempre con una actitud vitalista y curiosa, con una mirada atenta a los cambios, con una capacidad de adaptación prodigiosa que le llevó a sortear las circunstancias turbulentas de su tiempo, llenan las páginas de un recorrido que nos atrapa por completo, que nos inspira con su carga de verdad y lucidez . Yo, que tuve la suerte de conocer a Ayala, he disfrutado enormemente al recuperar esta obra ya leída, a la que he vuelto una y otra vez en busca de pasajes concretos y que ahora he recorrido de nuevo enteramente, alentada por la lectura del interesante ensayo de Mercedes Monmany sobre la literatura del exilio al que me refiero en este mismo número de Lecturas Sumergidas.

He tenido la oportunidad de recobrar la conversación con Ayala, de reconocerlo en sus palabras, en sus pensamientos, en tantas querencias, confidencias y anécdotas de su vida. Sobre él hay otro artículo en estas páginas, centrado sobre todo en su sublime Jardín de las delicias, donde los dones para la fabulación, para el juego literario, se combinan ingeniosamente con la narración más íntima. En Recuerdos y olvidos se refleja ese diálogo continuo que siempre mantuvo consigo mismo, atento a sus interiores y preocupado por las cosas del mundo. El exilio ocupa buena parte del trayecto vital del autor, quien hubo de empezar de cero en muchos lugares distintos. Sobre los países en los que se sintió acogido; sobre los trabajos que realizó y sobre los muchos amigos que hizo –que ocupan mucho más espacio que los enemigos– encontramos valiosos testimonios en la entrega, pero, sobre todo, al menos a mí, lo que más me cautiva es el discurrir de las meditaciones, de las opiniones del escritor sobre los momentos y acontecimientos vividos, así como la claridad y estilo particular de una voz sobria y a la vez cálida, capaz de conmover profundamente.

Es una gran suerte que Alianza Editorial haya vuelto a poner en las mesas de novedades este volumen, en una nueva y actualizada edición de bolsillo de la Biblioteca Francisco Ayala, que, bajo la supervisión y el cuidado de Carolyn Richmond, su compañera y especialista en su obra, incluye también un tomo que recopila las narraciones cortas del autor (Cazador en el alba, Historia de macacos, La niña de oro y otros relatos); un segundo con sus novelas Muertes de perro y El fondo del vaso, y un tercero que incluye los títulos Los usurpadores y La cabeza del cordero.

El autor granadino, a quien podemos considerar un hombre de espíritu cosmopolita por sus muchas vidas en geografías diversas, siempre dispuesto a conocerlas y enriquecerse con sus culturas, está pues, como él mismo decía, presente en los espejos de su obra de ficción y en sus testimonios biográficos. Es apasionante recorrer a su lado una andadura tan larga en el tiempo, atravesada de alegría y de desolación, de encuentros y desencuentros, de paisajes de derrota y de renaceres, de búsquedas y aprendizajes.

La autobiografía del autor, hecha de pasajes de la memoria no necesariamente lineales, de perfiles, impresiones y reflexiones, ofrece una perspectiva del autor en su siglo, un viaje por sus afueras y también por sus adentros, por esos hechos importantes que marcaron su existencia, pero también por esos episodios fugaces, de alegría, de huidiza felicidad, que quedaron grabados, pasados por el tamiz de su sensibilidad, de su ingenio y agudeza. 

Recuerdos y olvidos nos muestra el exilio de Ayala y otros muchos exilios, pues la obra está llena de nombres propios, de encuentros e intercambios con muchísimas personalidades de la cultura. Sin duda el relato de esta etapa resulta de gran interés, pero igualmente relevantes son las vivencias del autor durante la República, a cuyos principios siempre se mantuvo fiel, y el intenso relato de la guerra civil, a la que llegamos después de atravesar su infancia granadina, su etapa de juventud en Madrid, escenario de sus iniciales tanteos literarios, de sus primeras publicaciones, y su paso por el Berlín de finales de los años 20, crucial en su desarrollo. El Ayala estudiante de derecho, el escritor en ciernes que se inició en el vanguardismo y que acudía a las tertulias de Ortega y Gasset, donde se hizo amigo de María Zambrano y Rosa Chacel, nos sale al encuentro. 

PRIMEROS AÑOS EN GRANADA

Francisco Ayala con sus hermanos José Luis, Eduardo y Vicente, en 1913.

Sobre los orígenes hay unas páginas bellísimas en las que el autor escribe de Granada, la historia familiar, los descubrimientos de la niñez, con su habitual estilo evocador, volviendo al ayer desde el mañana. Se sitúa Ayala en 1960, cuando tras el largo exilio, emprende viaje a su tierra natal y revive antiguas experiencias y emociones. Evoca entonces su deseo de volver a visitar la última casa donde vivió con su familia, que se encontraba “deshabitada y en estado ruinoso”, pero le es imposible. “Hubiera deseado asomarme al patio, al jardincillo del fondo, ver la sala donde tantas y tantas horas de mi infancia –sobre todo en verano– hube de pasar leyendo novelas y versos, pintando y jugando (….) Nadie por aquellos alrededores pudo decirme quién estaba al cuidado de la casa. / Pronto deseché la sentimental tentación que en un momento me había asaltado de comprar el abandonado inmueble; descarté enseguida la ilusión fútil de capturar así el pasado fugitivo…”, nos hace saber.

Los acontecimientos del pasado se van entremezclando con el presente desde el que el escritor narra con ese don suyo para atrapar el tiempo, las fugacidades de la vida, lo que fue y se ha escapado, pero permanece de algún modo, impregnando el ser, ya sean sabores amargos, ya sean vislumbres de luz, de magia, de felicidad… Muchas veces el autor escribe de los hechos desde sí mismo, dejando que asome el gran telón de fondo de lo colectivo sutilmente, por detrás de lo aparentemente sencillo, cotidiano.

En ese viaje a Granada pasa Ayala por delante de otra casa, la del que fuera su padrino, y piensa en llamar a la puerta, pero desiste. “¿Para qué? Los viejos habrían muerto hacía ya quién sabe cuánto, y si alguna de las hijas seguía viviendo allí con su propia familia, ¿qué podría significarle mi visita? La guerra civil estaba todavía relativamente cercana, y en la guerra civil todos ellos se pusieron, por supuesto, en el bando que les correspondía, y ese bando era el opuesto al mío”.

Ayala en 1926.

No es fácil elegir extractos en este recorrido tan lleno de significados, de momentos clave. A mí, como os decía, me atrapa el Ayala reflexivo, me seduce su ternura y su extrema sensibilidad al relatar episodios que más de una vez le escuché de viva voz, como el del gorrión mecánico que su padre, cuando él era muy pequeño, trajo de un viaje a Nueva York,  “al que dio cuerda e hizo volar en la habitación” ante la mirada maravillada del niño. “Pero nunca más volví a ver el juguete increíble. No era para mí…”, cuenta Ayala en la primera parte de sus memorias y yo pienso que tal vez de ahí, en ese recuerdo remoto, arranca su capacidad para apresar lo efímero.

En un apartado titulado Sentimientos y emociones, el escritor se refiere a un rasgo esencial de su carácter, la “avidez vital”, que nunca le abandonó y por cuyo efecto se entregó, “siempre con frenética urgencia a cuantos estímulos, tanto de signo negativo como positivo”, la experiencia le fue poniendo delante, según confiesa, reconociendo, a raíz de ello, impulsos de cólera e indignación desde sus primeros años ante determinados acontecimientos, impulsos que con el paso de los años logró equilibrar, aunque siempre acababan asomando ante lo que consideraba injusto. Ayala se descubre, se autoanaliza en sus memorias, se busca en el niño que fue, en sus distintas edades. 

Con los ojos vueltos hacia el  pasado, puedo decir que si las experiencias negativas me hundían en abismos de insondable desconsuelo o me agitaban en espasmos de cólera furiosa, con igual arrebatadora pasión me entregaba a la felicidad desbordante de experiencias positivas –una felicidad cuya impresión perdura, indeleble, en la memoria al cabo de los años–.”, escribe nuestro autor, a quien busco, muchas páginas, hechos y aventuras después, en los días previos a la  instauración de la República, un 14 de abril de 1931, que él, como tantos otros intelectuales, celebró con entusiasmo desbordante.

LA ETAPA REPUBLICANA

El 14 de abril de 1931 se proclamó la II República en España.

“El país respiraba una atmósfera de tranquila anticipación: se miraba al porvenir con optimismo y el advenimiento de la República era aguardado en la misma actitud que las familias esperan un parto, que puede adelantarse o retrasarse algo, que puede presentarse más o menos doloroso, pero que, como quiera, ha de llegar en corto plazo”, escribe Ayala. Y prosigue con una de sus típicas digresiones: 

La bandera tricolor salió a ondear por todas partes, y se impuso –digámoslo así– por sí misma. ¡Cuánto habría de pelearse en lo sucesivo alrededor de esa bandera! Nunca ha dejado de causarme asombro lo que ocurre con los símbolos, la intensidad de emoción que son capaces de suscitar, y cómo canalizan, de qué manera concentran en sí la carga de los más apasionados sentimientos. En Alemania había percibido yo la hostilidad difusa hacia la bandera de la República de Weimar, y la lealtad rencorosa que mucha gente guardaba a la antigua bandera imperial. (Pronto resolverían los nazis el conflicto, levantando, en lugar de una u otra, la suya propia con la cruz esvástica). En España la supresión de la bandera roja y gualda (…) significó en el sentir de muchas personas, traición imperdonable, algo así como un sacrilegio. renegar de las viejas glorias patrias cosechadas bajo su pabellón”.

Como letrado en las Cortes, Ayala fue un testigo privilegiado del acontecer político en tiempos de la República. Como él mismo dice pudo presenciar, “sobre el hemiciclo, los hechos sensacionales que configuraban el destino trágico del país”. El escritor va dando cuenta de las señales peligrosas que empiezan a aparecer. Analiza la revolución de octubre en Asturias, la mayor “insensatez” de aquellos días, acaecida en 1934, un año crucial en su vida.

Mientras seguía con amargura el desarrollo de los sucesos políticos a la espera de su desenlace”, nació su única hija, y poco después falleció su madre, a la que siempre se sintió muy unido. Resultan convincentes los testimonios de nuestro hombre para entender un pasado histórico que tantas veces se pretende tergiversar, para captar los matices, para mantener viva la memoria, para leer mejor un presente que guarda muchas pulsiones destructivas, que no acaba de desprenderse de una corriente regresiva que le impide avanzar. Hay capítulos en estas memorias que resultan estremecedores; hay pasajes cargados de lucidez. 

Especialmente interesantes me parecen, entre muchas otras, sus reflexiones sobre el triunfo del Frente Popular y el liderazgo de Manuel Azaña, quien fuera su amigo, circunstancia que no le impide ejercer la crítica. “Azaña reunió en su persona el mayor poder que hombre alguno había tenido nunca en España (…) Hubiera bastado que (como cada cual por un motivo, todo el mundo deseaba) empuñase con firmeza las riendas del gobierno y diese la impresión de que el poder público no transigiría con el desorden, fueran quienes fueran los revoltosos. Y no puede decirse que fracasara en esa tarea, pues ni siquiera lo intentó. A los políticos, como a los militares, debe suponérseles el valor, cualidad de que Azaña carecía (…) Huyó de unas responsabilidades que ciertamente no había buscado, que había temido, pero que el destino echó sobre sus hombros, y fue a esconderse en el cargo de presidente de la República, muy dispuesto a mostrar, de espaldas a la realidad tremenda del país, cómo debe comportarse un presidente constitucional: manteniendo el decoro y dando lustre al protocolo, y desentendido, aún más de la cuenta, de los problemas políticos del día. Muy pronto tuve la sensación de desamparo que sin duda debió afligir a muchos españoles en aquellas circunstancias”.

LA TRAGEDIA DE LA GUERRA CIVIL

Manuel Azaña y, en primer plano a la izquierda del presidente de la República, el general golpista Francisco Franco.

A Francisco Ayala la noticia de la sublevación del 18 de julio le llegó cuando se encontraba en Chile, país que había visitado por motivos familiares –su primera mujer era chilena–. Llevaba tiempo presagiando negros nubarrones, pero tenía la confianza de que el gobierno republicano hubiera podido resistir, como en otras ocasiones, la intentona de derrocarlo. “Es lo que probablemente hubiera ocurrido de no mediar la intervención extranjera”, expone el autor.

Pese a que el país ya estaba dividido en dos frentes, decidió regresar a España y ponerse al servicio de la República, desde su puesto en la Secretaría de las Cortes. La travesía no estuvo exenta de peligros. “Tenía obligación de venir” , respondía el escritor a quienes le preguntaban por sus motivos a la hora de volver a una España en guerra. Resultan muy esclarecedoras las páginas dedicadas a la resistencia del gobierno de la República en Valencia, ciudad a la que trasladó su sede y a la que fue llegando un gran número de intelectuales. Ayala se implicó en la lucha antifascista, en acciones desesperadas en busca de ayuda de otros países. Resulta demoledor el testimonio de la falta de ayuda del resto de Europa, que optó por una política de no intervención. 

Como no podía ser de otro modo, vemos a Francisco Ayala atravesando el doloroso tramo de la guerra civil, un tiempo negro, de tragedia, en el que su padre y su hermano Rafael – de 17 años– fueron asesinado por los nacionales, del mismo modo que otros familiares y amigos que, como cuenta, sufrieron la misma suerte de Federico García Lorca

En mi ánimo”, confiesa Ayala, “la tragedia, familiar y nacional, que todo era una, hacía mezclarse los sentimientos de dolor con sentimientos de indignación moral y de rabia impotente, y que estos eran tan fuertes como para contrastar piadosamente el abatimiento de un dolor excesivo. Supongo que a muchos fusilados debió de sostenerlos en el atroz trance la conciencia airada frente a la injusticia de que eran víctimas. La noticia del asesinato de mi padre y demás desventuras no me concedió a mí el alivio de las lágrimas, sino que me dejó el corazón helado. Pensé de inmediato en mi madre y agradecí que, al menos, la muerte se hubiera adelantado a librarla de tanto sufrimiento”.

He ido hilando acontecimientos a grandes zancadas, pues el trayecto, que abarca cerca de 900 páginas, que debo decir no pesan en absoluto, está lleno de revelaciones, de intensidades, de jirones de memoria que a cada cual tocarán de una manera. Francisco Ayala abre diálogos constantemente. Cuando la guerra toca a su fin y comienza el tiempo del exilio, se inicia el segundo tomo de las memorias, muchas de cuyas páginas están llenas de perfiles de amigos, conocidos, personalidades a las que trató en los diversos países de acogida en los que fue desembarcando.

LOS PAISAJES DEL EXILIO

Yo no me hacía ilusiones acerca del futuro. Sabía que había salido de España para muchísimo tiempo, quizá para siempre, y sin querer engañarme con falsas ilusiones, esperanzas, me dispuse a rehacer mi vida al otro lado del océano. Así, tan pronto como pude recuperar a mi hermano Enrique (quien, con su uniforme de carabinero, había sido internado en el campo de concentración de Argelès-sur-mer, de donde conseguí sacarlo al cabo de catorce o quince días, ya medio muerto, pues se iba patas abajo de la disentería) embarcamos todos en un mercante inglés rumbo a Cuba, único país para el que, gracias a la bondad de quien llevaba ese consulado en París, había conseguido las necesarias visaciones, y arribamos por fin a La Habana”.

Francisco Ayala, Roger Caillois y el rector Jaime Benítez, con un grupo de estudiantes de la Universidad de Puerto Rico.

Así inicia el relato el escritor, quien a partir de ese momento inicia una nueva aventura vital en compañía de su familia, rumbo a Argentina, Brasil, Puerto Rico y Estados Unidos, países que acogen con los brazos abiertos a tantos otros creadores españoles exiliados, y cuyas culturas se enriquecen con sus aportaciones, con sus trabajos en el ámbito universitario, editorial, literario. En Buenos Aires, Francisco Ayala se integra en un ambiente intelectual que describe como estimulante, en torno a Victoria Ocampo y su revista Sur. Entabla amistad con Borges, con Adolfo Bioy Casares y con Silvina Ocampo, por nombrar a algunos de los más conocidos. Poco a poco va saliendo adelante y recibe invitaciones para impartir clases en universidades de otros países ya citados.

Son apasionantes las entradas que dedica a tantas y tantas figuras de la cultura, también de la política. Además de las citadas, desfilan por estas páginas Juan Ramón Jiménez, Max Aub, Gabriela Mistral, Julio Cortázar, Oliveiro Girondo, Carlos Drummond de Andrade, Rafael Alberti, María Teresa León, María Zambrano, Pedro Salinas, a quien dedica un hermoso retrato… Cuando recorremos las aguas caudalosas del río que es Recuerdos y olvidos nos llama la atención la capacidad de Francisco Ayala para la amistad y para el intercambio intelectual, no siendo él alguien dado a la pose social, a la invención de un personaje público, al juego de intereses. “Solitario y vuelto hacia mi interior, siempre lo he sido, pese a una apariencia de fácil acceso a la sociabilidad”, se retrata en un recodo de Recuerdos y olvidos.

Francisco Ayala frente a la Casa Rosada. Buenos Aires (1940).

Realmente es la curiosidad, el aprendizaje, el enriquecimiento a través del contacto humano profundo, lo que motiva al autor, muy sabio también en la captación de las debilidades ajenas, con las que suele mostrarse compasivo en no pocos momentos. Emoción, ternura, ironía, humor, sutileza, elegancia, integridad, son rasgos de Ayala, de su estilo, que asoman en una autobiografía donde se cruzan infinidad de destinos. Son muchos los personajes, las complicidades, los asombros, las anécdotas amigables, elocuentes, también desmitificadoras, de destacadas figuras literarias (os animo a descubrirlas acudiendo a las páginas del libro). Son muchas las historias, no pocas de carácter indiscutiblemente novelesco, que descubrimos en la entrega. 

Pero, si me tengo que detener en algunos pasajes concretos, lo haré en aquellos que reflejan su toma de postura, su capacidad para aprovechar las oportunidades que en todo momento la vida le va ofreciendo. Una actitud que contrasta con otras de las que va dando cuenta en muchos de los textos dedicados a personas cercanas. Como os decía, estas memorias contienen muchos exilios. “Procuré desde el comienzo mismo –o mejor, no es que lo procurase, sino que ello se produjo espontáneamente– integrarme en el país donde mi vida iba a desenvolverse”, asegura el autor en el capítulo que dedica a sus amigos argentinos. Una y otra vez su experiencia nos lleva a reflexionar sobre el hecho de que la emigración forzada, el exilio, pese a truncar vidas y carreras, también puede abrir puertas, ensanchar caminos, sobre todo en lo que respecta a los ámbitos creativos, de la imaginación.

Mucho más adelante, ya en la parte del recorrido dedicado a los retornos, nos ofrece el autor unas reflexiones muy esclarecedoras, una mirada retrospectiva que refleja su manera de estar en el mundo. “Desde la guerra civil mis viviendas en distintos países y ciudades han tenido siempre –al menos, en mi ánimo– cierto carácter de instalación provisional. Sospecho que el desasimiento que ello implica corresponde a mi manera de ser profunda, a esa conciencia que jamás me ha abandonado de la provisionalidad de nuestra estación en la tierra”, escribe, aludiendo a que sus circunstancias no fueron “las más propicias a la estabilidad”; a que la guerra civil le sorprendió durante un viaje a Sudamérica y que a su regreso, cuando pensaba mudarse a una casa nueva adquirida de antemano, había perdido todos los enseres domésticos que había dejado guardados en un guardamuebles a las afueras de Madrid, una zona que durante meses fue línea de fuego, lamentando, sobre todo, entre los bienes evaluables, la desaparición de primeras ediciones de obras dedicadas por Azaña, José Ortega y Gasset y García Lorca, que le había dibujado “unos garabatos en tinta verde” en su ejemplar del Romancero  gitano

Francisco Ayala con Bioy Casares, Jorge Luis Borges, y otros amigos en Buenos Aires (1969)

Poco después Ayala se pone a pensar en un viaje que realizó a Oriente, a mediados de los años 50, un viaje que fue una especie de retiro espiritual, que le procuró distanciamiento y silencio para mirar camino recorrido. Ese viaje le dio la oportunidad de meditar largamente. He aquí, en su testimonio, toda una lección de vida: 

Visitando las mezquitas, o los templos budistas, o palacios, o museos, o jardines, discurriendo por entre las espesas muchedumbres de Arabia, de Persia o de la India, más extrañas para mí que las de Buenos Aires y Nueva York, o descansando acaso en algún parque o en la habitación de mi hotel, reflexionaba sobre las tormentas y tormentos que el acontecer histórico había infligido a nuestra generación, y sobre el modo cómo había conducido yo mi existencia (…) Pensaba que el haber sido capaz de capear esas tormentas y soportar esos tormentos era debido en medida considerable a mi desasimiento del pasado, que me permite abandonar sin pena los preciosos lastres que al correr de los días y los años se van acumulando. Esa propensión mía, quizá excesiva a proyectarme hacia adelante sacudiéndome de las adherencias –o, digamos–, adquisiciones ya logradas, ha permitido que la situación de “volver a empezar” en que varias veces me había hallado no fuera para mí tan destructiva como, según veía a mi alrededor, lo era para otros. Con la guerra civil había perdido no solo mi casa y todas mis pertenencias, sino mi posición oficial como Letrado de las Cortes y catedrático de la Universidad, e incluso el nombre que como escritor tenía ganado y que el régimen franquista se empeñó, no sin algún éxito, a borrar y tachar –esto, sin mencionar pérdidas mucho más irreparables–, y era cuestión de seguir adelante”.

Para Francisco Ayala el exilio supuso un período de intensa actividad y de gran fecundidad intelectual. En Brasil, donde permaneció un año, acometió su Tratado de sociología, una obra que le deparó no pocas gratificaciones. Esa etapa, que denomina como un paréntesis, tuvo, según confiesa, una “significación profunda y rica”, ya que “dentro de ese paréntesis se encierran sensaciones sensoriales muy intensas, colores, músicas, olores y sabores inolvidables”. Estados Unidos le abrió las puertas de las grandes universidades, despertó su devoción por la ciudad de Nueva York, donde nació Julieta, su única nieta, que le ató más a la gran urbe. Estados Unidos le deparó también el encuentro con Carolyn Richmond, quien fuera su colega durante tres años en el Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas del Brooklyn College de la City University of New York, el gran amor de su etapa de madurez, una gran cómplice de su trabajo creativo que estimuló sus ganas de seguir viviendo. 

Carolyn Richmond y Francisco Ayala en una visita a la Alhambra.

Hay momentos en sus memorias donde habla de todo ello. A la capital estadounidense dedica bellas e inolvidables evocaciones en El jardín de las delicias. Durante el exilio surgieron algunas de sus grandes novelas y relatos. En Buenos Aires concluyó Los usurpadores, una entrega a la que se refiere como “una apesadumbrada reflexión sobre el fenómeno de la discordia civil, y en general, de las pugnas alrededor del poder”, y compuso las narraciones que se incluyen en La cabeza del cordero y que, como él mismo explica, giran alrededor de la experiencia de la guerra civil, pero buscando infundir “a lo particular y anecdótico un sentido general”. En su etapa estadounidense escribió su novela Muertes de perro, que al igual que El fondo del vaso, se ubica en un país caribeño, dato que da también idea de la influencia que ejercieron sobre él los paisajes del exilio.

LA HORA DEL REGRESO

La última parte de Recuerdos y olvidos, igualmente interesante, está dedicada al regreso a España, a los viajes previos cuando ya se podía entrar en el país, viajes de reencuentro, de observación, de adaptación. En ellas se refiere al mito alrededor de los exiliados que se había generado con el tiempo y la distancia, dando cuenta de los intentos de no pocos por ganar su nombres para favorecer determinadas causas e intereses. “Pero cuando yo, por fin, me decidí a volver a España, no venía para ser visto; venía para ver. Lo que a mí me interesaba era darme cuenta del estado en que se hallaba nuestro país después de la catástrofe. Demasiado grave y demasiado triste era lo ocurrido con nuestras vidas para que pudiera uno complacerse ahora en sacar partido de ello. Por eso, tan pronto como consideré que podía regresar sin detrimento de mi integridad física (la moral no entraba para esto en juego), vine calladamente, en la actitud de un observador silencioso”, nos va contando Ayala.

Las observaciones del escritor sobre sus primeras visitas a España en la década de 1960, resultan hoy muy reveladoras. Constata la miseria, el atraso, la sumisión de la gente –hay viejos amigos que preferirían no verlo por miedo a ser acusados de contactar con un “rojo” peligroso–. Se inicia la etapa del desarrollismo en el terreno económico, pero los desastres, la regresión en todos los ámbitos de la vida, habían calado profundamente. Le resulta chocante, sobre todo, “la atmósfera de ñoña beatería que por todos lados se respiraba; en lo visual, la omnipresencia del clero, la abundancia de personas que exhibían por la calle los hábitos de distintas promesas; en lo auditivo, el que no pudiera oírse por la radio apenas otra cosa que rosarios, letanías, oraciones y exhortaciones piadosas o edificantes…”.

Ayala en el emblemático barrio granadino del Albaicín.

Merece la pena visitar estas páginas que van avanzando hacia la muerte de Franco y la Transición, hacia la etapa de reconocimientos, por la que el autor pasa con mucha rapidez, ya instaurada la Democracia. En esta parte de la autobiografía se incluyen curiosos encuentros con figuras clave en la vida política del momento, caso del profesor Tierno Galván y de Manuel Fraga, quien siendo ministro de Información y Turismo, en la primavera de 1963, le manda una invitación para comer en un restaurante madrileño. 

Francisco Ayala es consciente de que no se adaptaba a los estereotipos de la figura del exiliado, de que no respondía de manera convencional a las preguntas de los periodistas. “La verdad es que ni había idealizado en la ausencia a la España perdida, ni tampoco me decepcionó después la hallada. O quizá sea que no soy capaz de identificarme a fondo con nada del mundo, y eso me hace despegado, me reduce a profunda soledad. En cuanto el mundo es un determinado país, debo confesar –y humildemente confieso- que en mi exilio no había sufrido la nostalgia de España, y que, ni antes ni después me ha afligido nunca ese patriótico dolor que en tantas ilustres almas arranca quejas magnificadas por una espléndida retórica”, escuchamos al escritor, al hombre que superó un siglo de vida. Sus Recuerdos y olvidos están absolutamente vigentes, son un faro contra el olvido, un trayecto extraordinario al que acudir en momentos de confusión, de transformación, de aguas revueltas, como las actuales. Cuando la crispación se apodera de la vida política, estas memorias se convierten en un oasis de comprensión.

El volumen de Recuerdos y olvidos leído para escribir este artículo ha sido publicado en una reciente edición de bolsillo de Alianza Editorial, de 2020. Forma parte de la nueva y actualizada Biblioteca Francisco Ayala.

Otros libros de Francisco Ayala editados en la renovada biblioteca del autor en Alianza Editorial:

 

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