Los 55 libros, espejos de la España del siglo XX, de Constantino Bértolo

Emma Rodríguez © 2021 /

Imagen de Cabecera: Fotograma de la película de Mario Camus, basada en la novela «Los Santos Inocentes» de Miguel Delibes

La literatura como creadora de imaginarios colectivos, como nutriente esencial de una cultura, de una sociedad, de un país. La literatura como reflejo de identidades, como ventana abierta al exterior y al interior, como arma de exploración, como espejo en el que mirarnos, echando la vista atrás y atisbando el futuro. De todo esto trata ¿Quiénes somos?, un interesantísimo ensayo, una selección de 55 libros que atraviesan y retratan la España del siglo XX, realizada por el crítico, ensayista y editor Constantino Bértolo, un lector sagaz, nada complaciente, siempre al rescate de obras reveladoras que no deberían caer en el olvido, siempre atento a nuevas voces, a arriesgadas maneras de contar y de interpretar los tiempos que se viven.

Habla el autor en el prólogo de la literatura como “mecanismo de autonarración” de lo común, un carácter compartido con la Historia. Ambos espacios tienen un mismo objetivo: “Ofrecer una visión del mundo y de la vida”, aunque uno parte de la objetividad de los hechos y otro se centra en lo subjetivo. “La literatura, desde su subjetividad relativa, puede suplir o complementar aquella incertidumbre que toda interpretación de la historia supone. En la imposible objetividad de la historia, la literatura se aposenta para acompañarla, interpretarla y ponerla en escena”, expone Bértolo, quien explica el criterio de selección seguido para elegir los 55 títulos que, en su opinión, mejor representan la travesía española a través del siglo XX: su relevancia “según su capacidad para intervenir directamente no en la realidad histórica, sino en su relato, en la narrativa que subyace a modo de subjetividad colectiva de toda una comunidad”. 

Esta obra, fruto de un encargo del escritor y editor, fundador de Periférica, Julián Rodríguez, fallecido prematuramente en junio de 2019, se convierte también en un homenaje a su pasión por los libros, por el activismo cultural. Para acentuar ese homenaje el trayecto culmina con un título de Rodríguez, Cultivos, una novela sobre el mundo rural escrita en el presente de la España vacía, una narración hecha desde las ausencias campesinas. “El campo como esfuerzo, como trabajo y como paisaje”, apunta el crítico. Los paisajes de labranza aparecen en otras de las obras reseñadas, entre ellas Los santos inocentes, de Miguel Delibes, una obra fijada en la memoria colectiva, llevada al cine por Mario Camus. Una imagen de la película es una buena manera de ilustrar este texto. Podrían ser muchas otras, pero pocas tan absolutamente reconocibles a partir de una ficción cuyos efectos intensificó la pantalla grande. Voces, entornos, personajes inolvidables como el del inocente Azarías al que le roban su querida “Milana”, escenas imborrables para dar cuenta de la España franquista de los señoritos, de los terratenientes. “El expoliado campo español toma la palabra y la venganza” en esta historia de “feudales humillaciones que llegan casi hasta ahora mismo”, escribe Constantino Bértolo.

La novela de Delibes, seguimos al crítico, retrata “el campo en cuanto violencia que se siembra, cosecha, recoge y disfruta en clave de explotación y menosprecio (…) donde los terratenientes han sido los palabratenientes y donde el campesinado ha sido despojado de cualquier voz que no fuese servil o apocada. El campo como desigual lucha semántica entre el poder y el silencio de los humillados”.

Le herencia de los poderosos dueños de las tierras, sigue presente entre nosotros. La percibimos en el maltrato a los emigrantes que son contratados en condiciones vergonzosas como temporeros, en esas situaciones de injusticia, de vejación, de desprecio e incumplimiento de las más mínimas reglas de respeto a los derechos humanos, que en ocasiones, menos de las deseadas, se reflejan en los medios de comunicación. Y cuando pensamos en caciquismo es fácil que regresen a nosotros las vicisitudes de los protagonistas de Los santos Inocentes.

El poder de la literatura, su capacidad de representarnos, se hace patente en nuestro día a día. Pensemos en las veces en las que para hablar de un tiempo pasado, de un paralelismo con la actualidad, recurrimos a una novela, a una situación determinada de la ficción que expresa lo que sentimos, lo que nos indigna. Puedo poneros un ejemplo particular. Ante determinados acontecimientos de la España actual, ante la corrupción de banqueros y políticos, a la hora de identificar las huellas del franquismo, para nada erradicadas, yo suelo pensar en Rafael Chirbes, en novelas tan estremecedoras como En la orilla

En ¿Quiénes somos?, un título muy acertado porque nos interroga, entabla un diálogo, nos invita a buscar nuestros propios espejos en la ficción, el autor introduce otra obra de Chirbes, La buena letra, una historia que apresa las derrotas personales, las amargas experiencias de personajes que, tras sufrir la Guerra Civil y la dura posguerra, no acaban de encontrar su espacio de dignidad y se sienten fuera de una nueva realidad marcada por el arribismo y la falta de principios. 

La contienda española y los 40 años de franquismo, con sus profundos efectos en el devenir del país, están muy presentes en esta selección. Como no podía ser de otro modo, marcan la narrativa española desde mediados del siglo XX hasta nuestros días. Es imposible huir de una sombra tan alargada. Es imposible saber si aún nos hemos recuperado de ese pasado oscuro que, por otra parte, es muy conveniente no olvidar. Escritores como Juan Eduardo Zúñiga nos ayudan a mantener viva la memoria con obras tan relevantes como Largo noviembre de Madrid, un conjunto de diecisiete piezas en las que el escritor, como señala Bértolo, “ha levantado una obra maestra, un friso literario que debe ocupar –y afortunadamente ocupa– un lugar de relieve en aquella zona, amplia, y diría bien amueblada, de nuestra literatura cuyo centro es el episodio más determinante de nuestro pasado, de nuestro presente y, sospecho, de nuestro futuro: La Guerra Civil”.

La acción narrativa”, seguimos leyendo, “transcurre en el Madrid de 1938, cuando la capital, asediada, se erige en símbolo de esa guerra que traspasa a lo largo y a lo ancho su geografía, desde Tetuán a los Carabancheles, desde el parque del Oeste al cementerio civil, y que va dejando en su trayectoria una turbia atmósfera psicológica y una extrema tensión física que constituyen los materiales sobre los que se levanta esta serie de relatos”.

Esta entrega, primer título de la Trilogía de la Guerra Civil, que prosigue con Capital de la gloria y La tierra será un paraíso, se queda en nosotros para siempre una vez leída, me atrevo a decir, porque apresa, desde los pliegues más íntimos, las emociones, los miedos, los deseos y heridas de unos personajes que han de seguir viviendo mientras a su alrededor caen las bombas, suenan las alarmas, se montan las trincheras. Zúñiga, como constata Bértolo, logra “un perfecto ensamblaje entre lo palpable y lo impalpable merced a una prosa y un ritmo narrativo extremadamente dotados para encerrar y desvelar los múltiples pliegues en los que lo fantasmagórico se anuda a lo material”.  Suscribo, me identifico, con su lectura, con cada una de sus apreciaciones.

Carmen Laforet

Este recorrido me ha permitido volver a obras que me han influido especialmente. En mi opinión, y es una idea que se repite en muchos de los textos que aparecen en Lecturas Sumergidas, la literatura no sólo nos representa y nos ayuda a entender el mundo en el que vivimos, sino que transforma nuestra mirada sobre los acontecimientos, sobre los sentidos y fondos de la vida. Además de los ya citados, en esta selección hay libros que devoré en los años de instituto, cuando acudía a la biblioteca con fruición en busca de otras vidas. A esa época de formación corresponden novelas como Nada, de Carmen Laforet; El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio o Tiempo de silencio, de Luis-Martín Santos. Libros que, pese al paso del tiempo, sigo recordando: sus atmósferas, los momentos de revelación que me ofrecieron. A veces se trata de una imagen, de una identificación, de una manera de contar que nos atrapa.

De Nada, una obra de cariz existencialista que estoy segura forma parte de la biografía emocional de muchos lectores, yo recuerdo los ambientes opresivos, el deseo de la protagonista de huir, de encontrar en la universidad un territorio alejado de las estrecheces y la mezquindad de su entorno familiar, un entorno de oscura posguerra. “Entiendo que es de esa suciedad de la inteligencia, más que de la suciedad física, mental y moral en la que vive su familia, de lo que habla Andrea en la novela y de la que trata de escapar buscando refugio en el trato de sus compañeros de aula y muy especialmente en su amiga Ena”, expone Constantino Bértolo. 

El lento discurrir de El Jarama, sus diálogos vibrantes, el suceso que rompe la calma de los jóvenes amigos, con sus conflictos y trabajos a cuestas, con sus deseos a flor de piel, en la orilla del río, se fijan en la memoria lectora. Hace poco volví a la novela y fui capaz de percibirla con mayor detalle, sin perder el asombro. Como dice el autor de ¿Quiénes somos? muchos han querido quedarse en el logro del estilo, del lenguaje, pero, más allá del magistral oído del autor para captar el habla de su época –los años 50– se trata de una novela singular, arriesgada, que transmite con brillantez “relaciones humanas, relaciones sociales”. 

Rafael Sánchez Ferlosio

Rompedora fue en su día Tiempo de silencio, de Martín-Santos. Señala el crítico que “en la historia de la novela en España hay un antes y un después” de su publicación, en 1962, momento marcado por la adopción de fórmulas alejadas del realismo imperante; que sus páginas reflejan “el agotamiento del modelo autárquico del franquismo (…) la conveniencia de mirar hacia adelante, hacia Europa, y escapar, en lo posible, del enorme y asfixiante peso del pasado”.

Pedro, el protagonista, un investigador sin medios, frustrado en sus ambiciones y anhelos, se convierte en un personaje difícil de olvidar, del mismo modo que la Andrea de Carmen Laforet. Su experiencia, su “viaje a los infiernos”, como dice Bértolo, es reflejo de muchas otras travesías, la búsqueda desesperada de “una salida de ese estercolero moral del franquismo lleno de corrupción, represión sexual, arbitrariedad, ignorancia, mediocridad, cobardía y resignación”.

La poesía, el teatro y el ensayo entran también en esta amplia selección. La poesía como expresión de la sensibilidad profunda, de los cauces subterráneos de las emociones, está representada por distintas generaciones: Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Carlos Barral, Leopoldo María Panero, Antonio Gamoneda, Ángela Figuera Aymerich, Blanca Andreu, Olvido García Valdés, Carlos Oroza, van marcando los ritmos, las rebeldías y los avances del camino. El pensamiento se abre paso de la mano de José Ortega y Gasset, María Zambrano y Carmen Martín Gaite en su vertiente de ensayista. 

La deshumanización del arte es un libro esencial para identificar el modo de entender la cultura de las élites intelectuales, aisladas en su hermetismo, en la valoración, sobre todo, de la forma, de la estética. “En opinión de Ortega, a la gente vulgar lo que le gusta del arte es la representación de los destinos humanos con sus amores, odios, penas, alegrías…”, argumenta Constantino Bértolo. El alejamiento del arte “de toda pretensión sociológica e ideológica”, como plantea el filósofo, se opone a las búsquedas del libro que nos ocupa, algo que lejos de incomodarnos nos coloca en compañía de quienes buscamos humanidad y creemos en los espejos de la literatura.

María Zambrano

Por su parte, Zambrano, de la que el crítico reseña su ensayo Filosofía y poesía, huía de la idea de representación, por lo que como indica el autor de la selección, la idea de la misma, la de la literatura como espejo, no sería bien vista por la pensadora. “Sépanlo las lectoras y  lectores: toda representación es mentira, fingimiento, como diría Pessoa. Pero no hemos venido a traer la verdad, sino la lucha por encontrarla…”

El libro que tengo entre las manos es una ventana abierta a los diálogos y a los encuentros. La literatura, como sostiene Martín Gaite, necesita “de espejo y de interlocución. Sobre ello reflexiona la autora en la entrega La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas, libro del que también destaca el crítico su cariz feminista, los distintos artículos dedicados a la emancipación femenina, destacando el vislumbre de “una deseable rebelión” de la “camisa de fuerza” impuesta a las mujeres. Las condiciones de sumisión y desigualdad de la mujer son abordadas en otras entregas incluidas en el conjunto, caso de La desclasada, de Carmen de Burgos (Colombine) y Tea Rooms, Mujeres obreras, de Luisa Carnés.

La guerra y la posguerra están presentes, como decía, en muchas de las obras seleccionadas, pero también el exilio, de la mano de Max Aub en La gallina ciega. Y la Transición, representada en obras como Letra muerta de Juan José Millás, quien narra un proceso de “transformación y acomodamiento”. Y tampoco falta la reciente crisis de 2008, “que hizo saltar por los aires las apariencias de un falso y fraudulento estado de bienestar”, retratada por el anónimo Colectivo Todoazen en la novela El año que tampoco hicimos la revolución.

Son 55 libros los que componen esta selección que arranca con piezas dedicadas a Azorín y su novela La voluntad; Pío Baroja (Aurora roja); Concha Espina (El metal de los muertos); Ramón María del Valle-Inclán (Cara de Plata)… El trayecto atraviesa épocas, circunstancias, corrientes literarias, y desemboca en autores más próximos. Algunos ya los he citado, pero también están: Belén Gopegui (La conquista del aire); Ray Loriga (Lo peor de todo); Luis Magrinyá (Belinda y el monstruo); Eduardo Mendoza (La verdad sobre el caso Savolta)…

Y no olvidemos al Unamuno de San Manuel Bueno Mártir; a la Rosa Chacel de La sinrazón; al Buero Vallejo de Historia de una escalera; al Camilo José Cela de Viaje a la Alcarria… Ni tampoco al Juan Benet de Herrumbrosas lanzas; al Juan Marsé de Un día volveré; al Juan Goytisolo de Reivindicación del Conde don Julián o a su hermano, Luis Goytisolo, con Recuento (al final del artículo encontraréis la lista completa de los libros seleccionados).

Esta entrega es una oportunidad de recobrar afinidades y lecturas. Constantino Bértolo, en mi opinión, consigue su objetivo: un retrato de la España del siglo XX a través de las vidas y las emociones de personajes que representan el devenir de un país entre luces y sombras. Todos podríamos añadir otros títulos. Personalmente echo de menos a autores como Francisco Ayala, Caballero Bonald, Luis Mateo Díez, Marta Sanz… Pero se trata de una selección personal, acotada, sin duda brillante. ¿Quiénes somos? nos invita también a descubrir autores y obras que todavía no han llamado a nuestra puerta y se convierte en un estímulo para que nos busquemos activamente en las ficciones. 

Aquí la lista de los 55 libros seleccionados por Constantino Bértolo:

  • La voluntad, de Azorín.
  • Aurora roja, de Pío Baroja.
  • Campos de Castilla, de Antonio Machado.
  • El metal de los muertos, de Concha Espina.
  • Segunda antolojía poética (1898-1918), de Juan Ramón Jiménez.
  • Cara de plata, de Ramón María del Valle-inclán.
  • La malcasada, de Carmen de Burgos (Colombine).
  • La deshumanización del arte, de José Ortega y Gasset.
  • El nuevo romanticismo, de José Díaz Fernández.
  • Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca.
  • Campesinos, de Joaquín Arderíus.
  • San Manuel Bueno , mártir, de Miguel de Unamuno.
  • Tensor, de Ramón J. Sénder.
  • Tea Rooms. Mujeres obreras, de Luisa Carnés.
  • Eugenio o proclamación de la primavera, de Rafael García Serrano.
  • Filosofía y poesía, de María Zambrano.
  • Leoncio Pancorbo, de José María Alfaro.
  • Nada, de Carmen Laforet.
  • Los muertos, de José Luis Hidalgo.
  • Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela.
  • El tintero, de Carlos Muñiz.
  • Nosotros, los Rivero, de Dolores Medio.
  • El grito inútil, de Ángela Figuera Aymerich.
  • El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio.
  • La mina, de Armando López Salinas.
  • Nuevas amistades, de Juan García Hortelano.
  • La sinrazón, de Rosa Chacel.
  • 19 figuras de mi historia civil, de Carlos Barral.
  • Los enanos, de Concha Alós.
  • Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos.
  • La gallina ciega, de Max Aub.
  • Reivindicación del conde Don Julián, de Juan Goytisolo.
  • Así se fundó Carnaby Street, de Leopoldo María Panero.
  • Recuento, de Luis Goytisolo.
  • La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas, de Carmen Martín Gaite.
  • La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza.
  • Días de llamas, de Juan Iturralde.
  • Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga.
  • De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, de Blanca Andreu.
  • Los santos inocentes, de Miguel Delibes.
  • Un día volveré, de Juan Marsé.
  • Herrumbrosas lanzas, de Juan Benet.
  • Las pistolas, de Félix Rotaeta.
  • Letra muerta, de Juan José Millás.
  • Évame, de Carlos Oroza.
  • Edad (Poesía 1947-1986), de Antonio Gamoneda.
  • La buena letra, de Rafael Chirbes.
  • Lo peor de todo, de Ray Loriga.
  • Belinda y el monstruo, de Luis Magrinyá.
  • Caza nocturna, de Olvido García Valdés.
  • La conquista del aire, de Belén Gopegui.
  • Memoria de un hombre perdido, de Antonio Ferres.
  • El año que tampoco hicimos la revolución, de Colectivo Todoazen.
  • Cultivos, de Julián Rodríguez.

¿Quiénes somos? 55 Libros de la literatura española del siglo XX, ha sido editado por la editorial Periférica.

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