Emma Rodríguez © 2024 /
(“Mientras haya mares, mientras haya miseria, mientras haya dominantes y dominados, tengo la impresión de que siempre habrá barcos para transportar a personas que sueñan con un horizonte mejor”)
La pálida memoria de Nathacha Appanah comienza de una manera muy poética, con la imagen del vuelo de los estorninos, desplegándose en el cielo para emprender su ruta migratoria. Estas aves, presencia clave en el recorrido, ayudan a la escritora francesa a hallar la inspiración necesaria para narrar la historia de sus abuelos y, explorando huecos subterráneos de la memoria, la de quienes les precedieron en la familia, todos trabajadores indios que se embarcaron rumbo a la isla Mauricio para reemplazar a los esclavos negros de las plantaciones de cañas de azúcar; todos miembros de un colectivo que viajó muy lejos en busca de una vida mejor, una experiencia compartida con tantos y tantos migrantes de ayer y de hoy.
Entre las propias vivencias, los recuerdos y los datos históricos, la autora construye una obra que es a la vez un ensayo y unas memorias, una entrega que juega con el lenguaje como cauce para encontrar semillas ocultas, para marcar las fronteras de la propia identidad, para formular preguntas, para entender y entenderse. “¿A qué se parece el destino de los que emigran? ¿Explota ruidosamente o implosiona íntimamente?”, se plantea en las primeras páginas del libro, mientras contempla las formas que dibujan los estorninos en el aire y establece paralelismos. “Nacieron para volar y sobrevivir, el sentido de su existencia está contenido en estos dos verbos”, escribe.
La pálida memoria es una historia sobre la supervivencia y la dominación, pero también sobre el poder de la creación para acceder a los fondos del existir, para trazar puentes que conectan el ayer y el ahora. La propia escritora explica muy bien sus propósitos en el arranque de una entrega planteada como una búsqueda, donde ella va abriendo senderos a medida que avanza en la escritura, a través de la investigación y el levantamiento de velos, de silencios mantenidos a lo largo del tiempo en su entorno más cercano, pero también en el transcurrir histórico, en esa trama coral en la que tantas cosas permanecen olvidadas, sumergidas.
“No solo quiero contar la historia de mis abuelos, quiero ir más allá de la narración, quiero armonía, complejidad en el reverso, pero sencillez en el anverso. Sueño con un libro que hable del pasado, del presente y de todo lo que ha sucedido entremedias. Un libro que marque el final del exotismo y de lo pintoresco con palabras que me pertenezcan a mí, a mis abuelos y también a todo el mundo”, señala. Y prosigue: “Escribo sobre mis abuelos y mis padres, sobre mi infancia, sobre la casa de Piton y la finca azucarera de Antoinette, y sobre la plantación de Camp Chevreau, y sobre todas estas historias hilvanadas juntas en un gran poema en versos libres. Una palabra un estornino unas palabras unos estorninos una frase una forma de belleza...”

Así, de esta manera tan hermosa, narra Nathacha Appanah. Página a página nos va envolviendo en un recorrido que combina lo de fuera y lo de dentro, lo que se ve y lo que se oculta, lo que atañe a la historia y lo más íntimo. La indagación en sus raíces, la curiosidad de una mirada que observa a distancia, desde la perspectiva que otorgan la ausencia y la pérdida, dan como resultado una entrega cargada de empatía, que bucea en la fragilidad, en los miedos que acompañaron a sus antepasados cuando decidieron marchar, dejar atrás sus paisajes, su cultura, su modo de vida.
Appanah desea acceder al ayer, hacerlo suyo a través de la escritura, a la manera de una exploradora que va desenterrando los pocos rastros que se conservan. Es por medio del lenguaje, de la creación, como va llenando los huecos, los vacíos. También recurre a fotografías, que ilustran el libro, que hacen emerger los recuerdos. Es en los archivos de inmigración indios del Instituto Mahatma Gandhi de la isla Mauricio, donde encuentra el hilo del que ir tirando: tres fichas de sus tatarabuelos y del hijo de estos, su bisabuelo, donde se indica la fecha de la llegada, un mes de agosto de 1872, a Port Louis, capital de la que entonces era una colonia británica.
«La pálida memoria», donde Nathacha APPANAH cuenta la historia de sus abuelos, que emigraron de India a Isla mauricio para trabajar en las plantaciones de cañas de azúcar, es una historia sobre la supervivencia y la dominación.
“Eran trabajadores indios contratados, culis, así se les llamaba, que habían dejado su pueblo indio de Rangapalle, en el distrito de Visakhapatnam, en el estado de Andhra Pradesh. En el puerto de Madrás, actual Chennai, embarcaron en un navío llamado John Allan, y su travesía duró alrededor de siete semanas”, cuenta, impresionada por los números que aparecen en las fichas, con los que se les designó para poder ser identificados, con la “deshumanización” que supone ese gesto. Ella se aprende de memoria esos números, como un mantra contra el olvido, y rememora esos tiempos de “trashumancia global, migración organizada y multidimensional dictada por la expansión colonial europea, pero también por la miseria endémica en los países de los contratados”.
En los archivos, Appanah se hace con datos, con cifras, constata que, entre 1834 y 1920, alrededor de un millón quinientos mil trabajadores contratados arribaron a las colonias británicas, el ochenta y cinco por ciento de ellos indios, procedencia también de los miles que emigraron a las posesiones francesas. Pero esos datos deben ser despojados de su frialdad. ¿Qué sentían los migrantes; qué esperaban; qué soñaban; qué nueva vida les aguardaba? En las respuestas a esas preguntas debe asomar un poco de verdad, de luz. La escritora persigue esa luz que combata lo sombrío de la historia. Se plantea de qué manera el afán de supervivencia, de superación, era tan fuerte que los viajeros hubieron de saltar por encima de miedos ancestrales como el de cruzar el “agua negra” del Océano Índico, una prohibición religiosa, una leyenda maldita según la cual acometer ese acto suponía dejar de ser lo que eran, ver resquebrajarse “las identidades religiosas, culturales y sociales”.
La escritora se adentra en el mundo cerrado de las plantaciones de caña de azúcar, donde los trabajadores indios crearon sus comunidades, protegiendo su cultura y costumbres. Hay dureza en un recorrido lleno de trabajo, de esfuerzo continuado, de conflictos que tienen que ver con el proceso de integración, pero también calidez y ternura, una capa de suavidad, de sutileza, sobre todo cuando salen a la luz episodios de la historia familiar largamente guardados, cuando afloran momentos reveladores, recuerdos de infancia a través de los cuales reconocemos los impulsos que mueven a la escritora, los fondos en los que nace su literatura.

“De mis abuelos conservo un mundo semejante a un corazón vivo, con venas cavas, múltiples arterias, facetas ocultas y delicadas membranas. A veces me olvido de él durante semanas enteras y, de repente, tengo la impresión de que ese corazón es todo lo que tengo, todo lo que soy, y me doy cuenta de su frágil complejidad”, escribe Appanah.
Resulta reveladora, estremecedora, la parte en la que se da cuenta de cómo en las primeras travesías, en medio del caos de la llegada a puerto, se perdían niños. Y sobrecoge el capítulo en el que se narra el gesto de insubordinación, de rebeldía, del abuelo de la escritora, que no puede evitar enfrentarse al capataz por un asunto de trabajo, en defensa de su dignidad, y acaba en la cárcel, humillado, expulsado de la plantación, abriéndose paso hacia un nuevo horizonte tras la mudanza al pueblo de Piton, donde la escritora pasó años cruciales de su niñez.
Hay dureza en un recorrido lleno de trabajo, de esfuerzo continuado, de conflictos que tienen que ver con el proceso de integración, pero también calidez y ternura, sobre todo cuando salen a la luz episodios de la historia familiar largamente guardados, cuando afloran momentos reveladores.
La admiración por el abuelo es clave en el libro, donde también sobresale la figura de la abuela, una mujer “llena de supersticiones y creencias”, dotada de una innata capacidad para convencer a los demás, para ver con claridad lo que ha de hacerse en cada momento, capaz de curar a su hijo, víctima de una epidemia de poliomielitis. Ambos representan una cultura perdida. “Mis abuelos paternos eran un punto aparte. No era una cuestión de dinero, de educación, instrucción o cultura. Los dos formaban un mundo olvidado, una cuestión identitaria, social y cultural que procedía de la plantación y su desarraigo de ese mundo fue brutal, sin transición”, explica la autora, quien contrasta esa situación que tanto le conmueve con la realidad moderna de los padres, que han estudiado y tienen el objetivo de prosperar.
La sinceridad es uno de los grandes valores de este libro tan especial, que también es un ensayo sobre los vaivenes de la creación, sobre la mecánica de los recuerdos y la alargada sombra de las herencias recibidas. Appanah se pregunta de qué forma nos llega la memoria a lo largo del tiempo; medita sobre las alteraciones y modificaciones que sufren los hechos, que van desvaneciéndose a través de todas las voces que los han ido contando a lo largo del discurrir de las generaciones.
“Mientras haya mares, mientras haya miseria, mientras haya dominantes y dominados, tengo la impresión de que siempre habrá barcos para transportar a personas que sueñan con un horizonte mejor”, vamos leyendo en este libro que al rescatar la historia de una familia concreta acaba trazando el retrato de una colectividad, la de los culis, y uniendo a miles de migrantes, no solo indios –también javaneses, japoneses, tonkineses, mozambiqueños, malgaches, chinos– que “abandonaron sus países a cambio de míseros salarios y la promesa de una vida mejor”.
La sinceridad es uno de los grandes valores de este libro tan especial, que también es un ensayo sobre los vaivenes de la creación, sobre la mecánica de los recuerdos y la alargada sombra de las herencias recibidas.
El alcance de la historia que nos cuenta Nathacha Appanah traspasa el tiempo en el que se sitúa. Ese hilo del que empezó a tirar en los archivos nos traslada hasta el momento actual, hasta travesías desesperadas que tantas veces acaban en el rechazo, en la persecución, incluso en la muerte. Cuántas personas pierden la vida en los mares… Cuánto nos hemos acostumbrado ya a verlo en las pantallas, en los periódicos… Podemos aceptar la impotencia a la que nos conducen nuestros gobiernos, pero lo que no podemos es dejar de sentirlo, inmunizarnos ante ello, apoyarlo. Y son cada vez más los ciudadanos occidentales que aplauden políticas migratorias deleznables, que atentan contra los más básicos derechos humanos.
La pálida memoria nos lleva irremediablemente a reflexionar sobre todo esto. Su autora, de formación periodística, sabe tocar las fibras sensibles, llegar allí donde no lo hacen las noticias que pasan tan rápidamente por encima de los hechos, de los conflictos, sustituyéndolos de un día para otro por nuevos acontecimientos. En este caso recurre a una obra en la que se mezcla ensayo y testimonio; otras veces lo ha hecho a través de las ficciones, capaces de profundizar, de quedarse en nosotros cuando son poderosas, cuando nos muestran verdades, zonas a las que no habíamos accedido.

Nathacha Appanah (Isla Mauricio, 1973), que cuenta en su haber con el Premio de la Lengua Francesa por el conjunto de su obra (le fue concedido en 2022), tiene una gran capacidad para la empatía, para contar historias con el lenguaje de las emociones, hasta el punto de abrir compuertas cerradas. La conocí con Trópico de la violencia, una novela desgarradora, poderosa. También en esa obra, a la que dedicamos otro artículo en Lecturas Sumergidas, es esencial el vuelo del lenguaje, impregnado de un cierto tono poético que ahonda, que revela pulsiones escondidas. En esa entrega, que parte de una realidad terrible que no merece atención en los medios, se cuenta la historia de Moïse y otros niños y adolescentes de la calle, sin tutela, en la isla de Mayotte, un departamento francés del Océano Índico, olvidado, abandonado por la metrópolis.
Esa novela, difícil de olvidar, impregnada de violencia, de vidas rotas, refleja un presente marcado por la presión migratoria, por las desigualdades, donde el desprecio y el racismo caen como una condena, como un puñal, sobre los diferentes, los desafortunados por su lugar de nacimiento, los ilegales, los que se ven obligados a coger una patera y lanzarse al mar para huir de la pobreza, de las guerras. En la presentación de la novela (Madrid, 2020) la escritora explicó que el germen de la historia surgió en los años en que, por motivos personales, vivió en Mayotte, donde pudo acercarse a la realidad de esos niños, hijos de madres provenientes de lugares vecinos, que los habían tenido intencionadamente allí o los habían enviado al lado de sus familias francesas en busca de una oportunidad que en la mayoría de los casos no tuvo lugar.
“La ficción tiene un poder evocador más fuerte que cualquier documental o reportaje. El periodismo tiene su lugar para contar los hechos. El novelista está ahí para dar una perspectiva diferente. Tiene a su disposición el tiempo y el espacio, juega con la complejidad y los matices de la lengua”, señaló entonces.
En declaraciones recientes, a propósito de La pálida memoria, ha explicado: “Este libro era algo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer, porque hasta ahora he escrito sobre todo novelas. Quería tener la suficiente madurez, quizá también la legitimidad necesaria para escribir un texto sobre mis abuelos. Sabía que había vacíos, porque hay muchas cosas que no sé y quería serveraz y sincera; decir que había muchas cosas que no sabía… Al principio de mi carrera no habría podido hacer eso. En un texto no habría podido decir: “No lo sé”. Pero el azar hace bien las cosas yen un momento dado Colette Fellous e Isabelle Gallimard me pidieron escribir para la colección “Traits et portraits”, en la que existe una obra que para mí es uno de los textos más importantes de la literatura francesa, “El africano”, de Jean-Marie Gustave Le Clézio. Me pareció que todo llegaba en el momento adecuado”.
La pálida memoria, ha sido publicado por la editorial De Conatus, donde también ha aparecido Trópico de la violencia. Ambos libros han sido traducidos por Mercedes Corral.









Deja un comentario